• Kiara- Edad actualmente no reconocida. Edad de apariencia: 20 años.
    Siglo de la tragedia: No reconocido

    𝑹𝒆𝒄𝒖𝒆𝒓𝒅𝒐𝒔.

    Kiara es una joven marcada por la tragedia y la resiliencia. Varios años habían pasado desde que su pueblo fue arrasado, pero las memorias de su infancia aún resuenan en su mente como ecos lejanos. Recuerda los días soleados en los que corría libre entre los árboles, el aroma del campo y las risas de sus amigos. Cada rincón de aquel lugar estaba impregnado de magia y alegría, un hogar que ahora solo existe en sus recuerdos.

    La noche de la tragedia sigue grabada a fuego en su corazón. Huyó por el río, malherida y asustada, sintiendo cómo las aguas turbulentas la arrastraban lejos de todo lo que conocía. En ese momento de desesperación, casi se rindió; el cansancio la envolvía como una sombra oscura. Sin embargo, el destino tenía otros planes para ella. Fue rescatada por los guardias de un rey benevolente, un hombre que se convirtió en una figura paterna para Kiara. Aunque era humano, él vio más allá de su apariencia; reconoció su valor y su potencial.

    Bajo su tutela, Kiara aprendió a luchar con destreza y astucia, convirtiéndose en una guerrera fuerte e inteligente. El rey le enseñó no solo a defenderse, sino también a liderar con compasión y justicia. A pesar de ser un humano en un mundo que había traicionado a su pueblo, Kiara desarrolló un profundo aprecio por él. Se sintió protegida bajo su manto y encontró en él una nueva familia.

    Sin embargo, con el tiempo, la verdad sobre su naturaleza comenzó a salir a la luz. La gente del reino empezó a notar que no envejecía como ellos; sus rasgos permanecían inalterables mientras los demás pasaban por el ciclo natural de la vida. Temiendo ser descubierta y enfrentarse al mismo destino que había llevado a su pueblo a la ruina, decidió huir nuevamente. Dejó atrás el trono que había llegado a ocupar con tanto esfuerzo y sacrificio, dejando ese puesto en manos de un tirano.

    Ahora, Kiara vaga por tierras desconocidas, llevando consigo el peso del pasado y la esperanza de encontrar un nuevo propósito. Su corazón está dividido entre el amor por el rey que le dio una segunda oportunidad y el dolor por lo perdido. Aunque ha dejado atrás un reino que podría haber sido suyo, sigue buscando un lugar donde pueda ser libre sin temor a ser cazada nuevamente; un lugar donde pueda reconciliarse con su identidad como Kitsune y honrar la memoria de aquellos que ya no están.
    Kiara- Edad actualmente no reconocida. Edad de apariencia: 20 años. Siglo de la tragedia: No reconocido 𝑹𝒆𝒄𝒖𝒆𝒓𝒅𝒐𝒔. Kiara es una joven marcada por la tragedia y la resiliencia. Varios años habían pasado desde que su pueblo fue arrasado, pero las memorias de su infancia aún resuenan en su mente como ecos lejanos. Recuerda los días soleados en los que corría libre entre los árboles, el aroma del campo y las risas de sus amigos. Cada rincón de aquel lugar estaba impregnado de magia y alegría, un hogar que ahora solo existe en sus recuerdos. La noche de la tragedia sigue grabada a fuego en su corazón. Huyó por el río, malherida y asustada, sintiendo cómo las aguas turbulentas la arrastraban lejos de todo lo que conocía. En ese momento de desesperación, casi se rindió; el cansancio la envolvía como una sombra oscura. Sin embargo, el destino tenía otros planes para ella. Fue rescatada por los guardias de un rey benevolente, un hombre que se convirtió en una figura paterna para Kiara. Aunque era humano, él vio más allá de su apariencia; reconoció su valor y su potencial. Bajo su tutela, Kiara aprendió a luchar con destreza y astucia, convirtiéndose en una guerrera fuerte e inteligente. El rey le enseñó no solo a defenderse, sino también a liderar con compasión y justicia. A pesar de ser un humano en un mundo que había traicionado a su pueblo, Kiara desarrolló un profundo aprecio por él. Se sintió protegida bajo su manto y encontró en él una nueva familia. Sin embargo, con el tiempo, la verdad sobre su naturaleza comenzó a salir a la luz. La gente del reino empezó a notar que no envejecía como ellos; sus rasgos permanecían inalterables mientras los demás pasaban por el ciclo natural de la vida. Temiendo ser descubierta y enfrentarse al mismo destino que había llevado a su pueblo a la ruina, decidió huir nuevamente. Dejó atrás el trono que había llegado a ocupar con tanto esfuerzo y sacrificio, dejando ese puesto en manos de un tirano. Ahora, Kiara vaga por tierras desconocidas, llevando consigo el peso del pasado y la esperanza de encontrar un nuevo propósito. Su corazón está dividido entre el amor por el rey que le dio una segunda oportunidad y el dolor por lo perdido. Aunque ha dejado atrás un reino que podría haber sido suyo, sigue buscando un lugar donde pueda ser libre sin temor a ser cazada nuevamente; un lugar donde pueda reconciliarse con su identidad como Kitsune y honrar la memoria de aquellos que ya no están.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    // Tengo muchas ocupaciones ultimamente, disculpen la demora, probablemente siga así hasta mediados de este mes. Tengo todavía muchos planes y sorpresas, entre Magnolia y yo estamos preparando algo para la que es posiblemente la parte más importante de esta historia, que le haga justicia a todo el esfuerzo que tanta gente me ha dado. Gracias a todos. <3
    // Tengo muchas ocupaciones ultimamente, disculpen la demora, probablemente siga así hasta mediados de este mes. Tengo todavía muchos planes y sorpresas, entre Magnolia y yo estamos preparando algo para la que es posiblemente la parte más importante de esta historia, que le haga justicia a todo el esfuerzo que tanta gente me ha dado. Gracias a todos. <3
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  • ¿Qué planes tenéis para este domingo?
    ¿Qué planes tenéis para este domingo?
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  • "—Esta puede ser muy bien tu última hazaña, Caballero Oscuro. Sobrevivimos... Y podrás descansar. ¿Yo? Ya tengo planes de estar en tranquilidad... Con ella—"

    Pensamientos propios.
    "—Esta puede ser muy bien tu última hazaña, Caballero Oscuro. Sobrevivimos... Y podrás descansar. ¿Yo? Ya tengo planes de estar en tranquilidad... Con ella—" Pensamientos propios.
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  • Cambio de planes, no tengo sueño.
    Cambio de planes, no tengo sueño.
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  • En efecto, soy bastate atractivo, eso es una ventaja para mi y mis planes de manipulación.
    En efecto, soy bastate atractivo, eso es una ventaja para mi y mis planes de manipulación.
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  • El Olimpo se erguía como la cúspide del poder divino, un reino de esplendor inconmensurable donde el tiempo fluía distinto, como un río que nunca se detenía. Sus columnas doradas resplandecían con la luz eterna del cielo, y los caminos de mármol se extendían en un laberinto de belleza imposible, adornados con jardines colgantes donde crecían flores que nunca marchitaban. Allí, entre dioses y semidioses que vivían en un goce sin fin, Artemisa caminaba con paso firme, indiferente a la opulencia que la rodeaba.

    Para ella, el Olimpo no era un refugio ni un hogar; era solo el punto de partida antes de regresar a donde realmente pertenecía. Sus dominios no estaban entre los banquetes de néctar y ambrosía, ni en las asambleas de los dioses donde Zeus imponía su autoridad. Su reino era el viento que corría libre por los montes, el crujir de las hojas bajo las patas de los ciervos, el aullido lejano de los lobos en la espesura. Allí estaba su verdadera esencia, en la naturaleza indómita que regía con justicia, no con dominio.

    A su alrededor, el Olimpo vibraba con la actividad incansable de los dioses en sus respectivas ocupaciones. Atenea meditaba en lo alto de su templo, sus pensamientos forjando planes que decidirían el destino de reinos enteros. Afrodita reía entre sus doncellas, perfumada con el aroma de mil flores, mientras tejía con hilos invisibles el destino de los corazones mortales. Hermes se deslizaba como un rayo entre los pasillos, dejando tras de sí un eco de palabras ininteligibles. Incluso Ares, impetuoso y fiero, entrenaba en su colosal campo de batalla, golpeando contra el aire en una guerra eterna que nunca conocería fin.

    Pero Artemisa no se detenía a contemplar nada de eso. Su atención estaba en otra parte, en el mundo más allá de las nubes divinas. Su oído percibía lo que otros ignoraban: las súplicas que se alzaban desde la tierra, débiles como un murmullo, pero inconfundibles para ella. Un llamado se filtró a través del velo de los cielos, una voz trémula que pronunciaba su nombre en medio del bosque. Era un ruego de protección, un grito silencioso de auxilio que no necesitaba ser más fuerte para ser escuchado.

    El mármol del Olimpo resplandecía bajo la luz plateada de la luna, mientras una brisa fresca serpenteaba entre las columnas altísimas del palacio de los dioses. Artemisa caminaba con paso firme, la mirada afilada y los labios tensos. Su túnica corta, ceñida con un cinturón de plata, ondeaba con cada movimiento, y su carcaj lleno de flechas silbaba levemente con el roce del cuero.

    Las obligaciones nunca cesaban en el Olimpo. No importaba que estuviera en la morada de los dioses, su mente siempre estaba en el mundo mortal, en los bosques y montañas que protegía. Mientras los demás se regocijaban en banquetes y alabanzas, ella permanecía alerta. Sus dominios no eran los salones dorados ni los festines del Olimpo, sino los bosques sombríos y las montañas indómitas del mundo mortal.

    Los susurros de una súplica llegaron a sus oídos como el aullido de un lobo en la distancia. Una joven pedía protección, su voz trémula perdida en la vastedad del cosmos. Artemisa no dudó. Su existencia no era de descanso ni de indulgencia, sino de vigilancia y acción. Sin un instante de vacilación, se encaminó hacia la gran escalinata, su silueta perdiéndose entre la bruma dorada del Olimpo, lista para cumplir con su deber una vez más.

    Sus dedos se cerraron sobre su arco con naturalidad, como si la madera y la cuerda fueran una extensión de su propio ser. La cacería no era solo un acto de supervivencia, sino un equilibrio que debía preservarse. Y así como ella cazaba, también protegía. No permitiría que la injusticia corriera libre por la tierra como una bestia sin cadenas. No mientras ella existiera.

    Sin mirar atrás, comenzó su descenso. El Olimpo, con toda su gloria imperecedera, se desdibujó tras de ella, reemplazado por el resplandor frío de la luna que la acompañaba siempre. Su labor nunca cesaba, y jamás buscaría que lo hiciera. La noche era su aliada, y en su abrazo, cumplía su eterno deber.
    El Olimpo se erguía como la cúspide del poder divino, un reino de esplendor inconmensurable donde el tiempo fluía distinto, como un río que nunca se detenía. Sus columnas doradas resplandecían con la luz eterna del cielo, y los caminos de mármol se extendían en un laberinto de belleza imposible, adornados con jardines colgantes donde crecían flores que nunca marchitaban. Allí, entre dioses y semidioses que vivían en un goce sin fin, Artemisa caminaba con paso firme, indiferente a la opulencia que la rodeaba. Para ella, el Olimpo no era un refugio ni un hogar; era solo el punto de partida antes de regresar a donde realmente pertenecía. Sus dominios no estaban entre los banquetes de néctar y ambrosía, ni en las asambleas de los dioses donde Zeus imponía su autoridad. Su reino era el viento que corría libre por los montes, el crujir de las hojas bajo las patas de los ciervos, el aullido lejano de los lobos en la espesura. Allí estaba su verdadera esencia, en la naturaleza indómita que regía con justicia, no con dominio. A su alrededor, el Olimpo vibraba con la actividad incansable de los dioses en sus respectivas ocupaciones. Atenea meditaba en lo alto de su templo, sus pensamientos forjando planes que decidirían el destino de reinos enteros. Afrodita reía entre sus doncellas, perfumada con el aroma de mil flores, mientras tejía con hilos invisibles el destino de los corazones mortales. Hermes se deslizaba como un rayo entre los pasillos, dejando tras de sí un eco de palabras ininteligibles. Incluso Ares, impetuoso y fiero, entrenaba en su colosal campo de batalla, golpeando contra el aire en una guerra eterna que nunca conocería fin. Pero Artemisa no se detenía a contemplar nada de eso. Su atención estaba en otra parte, en el mundo más allá de las nubes divinas. Su oído percibía lo que otros ignoraban: las súplicas que se alzaban desde la tierra, débiles como un murmullo, pero inconfundibles para ella. Un llamado se filtró a través del velo de los cielos, una voz trémula que pronunciaba su nombre en medio del bosque. Era un ruego de protección, un grito silencioso de auxilio que no necesitaba ser más fuerte para ser escuchado. El mármol del Olimpo resplandecía bajo la luz plateada de la luna, mientras una brisa fresca serpenteaba entre las columnas altísimas del palacio de los dioses. Artemisa caminaba con paso firme, la mirada afilada y los labios tensos. Su túnica corta, ceñida con un cinturón de plata, ondeaba con cada movimiento, y su carcaj lleno de flechas silbaba levemente con el roce del cuero. Las obligaciones nunca cesaban en el Olimpo. No importaba que estuviera en la morada de los dioses, su mente siempre estaba en el mundo mortal, en los bosques y montañas que protegía. Mientras los demás se regocijaban en banquetes y alabanzas, ella permanecía alerta. Sus dominios no eran los salones dorados ni los festines del Olimpo, sino los bosques sombríos y las montañas indómitas del mundo mortal. Los susurros de una súplica llegaron a sus oídos como el aullido de un lobo en la distancia. Una joven pedía protección, su voz trémula perdida en la vastedad del cosmos. Artemisa no dudó. Su existencia no era de descanso ni de indulgencia, sino de vigilancia y acción. Sin un instante de vacilación, se encaminó hacia la gran escalinata, su silueta perdiéndose entre la bruma dorada del Olimpo, lista para cumplir con su deber una vez más. Sus dedos se cerraron sobre su arco con naturalidad, como si la madera y la cuerda fueran una extensión de su propio ser. La cacería no era solo un acto de supervivencia, sino un equilibrio que debía preservarse. Y así como ella cazaba, también protegía. No permitiría que la injusticia corriera libre por la tierra como una bestia sin cadenas. No mientras ella existiera. Sin mirar atrás, comenzó su descenso. El Olimpo, con toda su gloria imperecedera, se desdibujó tras de ella, reemplazado por el resplandor frío de la luna que la acompañaba siempre. Su labor nunca cesaba, y jamás buscaría que lo hiciera. La noche era su aliada, y en su abrazo, cumplía su eterno deber.
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  • "El choque de guerreros. JIMOTO VS ALEJANDRO".
    Fandom Fantasía, ciencia ficción
    Categoría Acción
    La ciudad brillaba bajo el sol de la tarde, con los edificios reluciendo bajo un cielo despejado. La paz parecía reinar, pero una ruidosa explosión en la avenida principal rompió la calma.

    Un grupo de criminales armados intentaba huir con un botín millonario, disparando a las fuerzas del orden que los perseguían. Sin embargo, antes de que pudieran escapar, una silueta envuelta en una capa verde descendió del cielo.

    —¡Alto ahí, malhechores!— exclamó la imponente figura.

    Era **Gran Saiyaman**, o mejor dicho, Jimoto, un Saiyajin que se había convertido en protector de la Tierra. Con su traje característico, visera oscura y actitud heroica, se lanzó contra los criminales con precisión quirúrgica. En cuestión de segundos, los desarmó y los dejó inconscientes en la calle.

    Los ciudadanos comenzaron a aplaudir, pero antes de que Jimoto pudiera dar su clásico discurso de justicia, un ruido atronador rasgó el cielo. Un objeto metálico atravesó la atmósfera como un meteoro y descendió sobre la ciudad, causando una onda expansiva que sacudió los edificios cercanos.

    Entre el humo y los escombros, una figura emergió. Su traje blanco, ajustado y marcado con símbolos dorados en los codos, brillaba bajo la luz del sol. Su cabello castaño estaba perfectamente peinado hacia atrás, y sus ojos marrones observaron el mundo con una calma imponente.

    —Interesante planeta— murmuró, con una sonrisa apenas perceptible. Luego, elevó la voz—. ¡Habitantes de la Tierra, escuchen! Mi nombre es **Alejandro Zeppeli**, emisario del **Imperio Viltrum**. A partir de este momento, este mundo estará bajo el control de Viltrum. La rebelión no será tolerada.

    El silencio fue absoluto. Nadie entendía lo que estaba ocurriendo. Pero Jimoto, aún con su pose heroica, dio un paso al frente.

    —¡¿Bajo control de qué?!— gritó, ajustando sus guantes—. ¡La Tierra ya tiene un protector, y no dejaré que ningún villano se apodere de ella!

    Alejandro suspiró y extendió una mano con gesto paciente.

    —No soy un villano, joven. Soy un conquistador.

    Sin más palabras, ambos se lanzaron al combate.

    ### **Saiyajin vs. Viltrumita**

    Jimoto, sin perder tiempo, se transformó en **Super Saiyajin**, su cabello dorado brillando con intensidad. Lanzó un rápido combo de golpes, pero Alejandro bloqueó cada uno con una facilidad inquietante.

    —Nada mal— comentó el viltrumita, desviando un puñetazo y respondiendo con una patada que lanzó a Jimoto contra un edificio.

    Pero el Saiyajin no se quedó atrás. Antes de tocar el concreto, se impulsó con una onda de ki y regresó con un **ráfaga de golpes**, logrando impactar a Alejandro en el rostro.

    El viltrumita sonrió.

    —Al menos harás esto interesante.

    Ambos combatientes se elevaron en el aire, intercambiando golpes a una velocidad imposible de seguir para los humanos. Cada choque de sus puños generaba ondas de energía que sacudían la ciudad. Jimoto aprovechó un instante para lanzar un **Kamehameha**, pero Alejandro, en un despliegue de velocidad, lo esquivó en el último segundo y apareció detrás de él, estrellándolo contra el suelo con un golpe brutal.

    Jimoto se incorporó rápidamente, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano.

    —Vaya, sí que eres duro…

    —No es personal— respondió Alejandro—. Pero si te interpones en los planes del Imperio Viltrum, tendré que eliminarte.

    Antes de que pudieran continuar, una alarma resonó en la ciudad. **Un ejército alienígena había llegado a la Tierra.**

    ### **Un enemigo en común**

    Desde el cielo descendían naves biomecánicas, liberando hordas de criaturas con piel metálica y ojos rojos. Sin dudarlo, comenzaron a arrasar la ciudad, disparando rayos de energía y destruyendo todo a su paso.

    Jimoto y Alejandro se detuvieron.

    —¿Estos son tuyos?— preguntó Jimoto con recelo.

    —No— respondió Alejandro, con un tono más serio—. Y eso es un problema.

    El viltrumita observó el caos con una mezcla de molestia y desdén.

    —Este planeta ya tiene dueño— murmuró, y luego miró a Jimoto—. Si alguien va a conquistar este mundo, será el Imperio Viltrum.

    El Saiyajin sonrió.

    —Eso sí que es una lógica extraña.

    Sin más palabras, ambos guerreros se lanzaron contra el ejército alienígena, luchando lado a lado. Alejandro destrozaba a los invasores con una precisión quirúrgica, mientras que Jimoto los aniquilaba con ráfagas de energía y técnicas de combate Saiyajin.

    La batalla se extendió por horas, hasta que finalmente los invasores fueron erradicados. La ciudad quedó en ruinas, pero la Tierra había sido protegida… por ahora.

    Alejandro flotó en el aire, observando el horizonte.

    —No te equivoques, Saiyajin— dijo, cruzándose de brazos—. Esto no cambia nada. La Tierra sigue siendo territorio viltrumita.

    Jimoto suspiró, cruzando los brazos.

    —Lo que digas, amigo. Pero si intentas algo, ya sabes que no te la pondré fácil.

    Alejandro sonrió levemente.

    —Eso espero.

    Y con esas palabras, el viltrumita se quedó en la Tierra, **vigilándola desde las sombras**, esperando el momento adecuado para reclamarla en nombre del Imperio Viltrum.
    La ciudad brillaba bajo el sol de la tarde, con los edificios reluciendo bajo un cielo despejado. La paz parecía reinar, pero una ruidosa explosión en la avenida principal rompió la calma. Un grupo de criminales armados intentaba huir con un botín millonario, disparando a las fuerzas del orden que los perseguían. Sin embargo, antes de que pudieran escapar, una silueta envuelta en una capa verde descendió del cielo. —¡Alto ahí, malhechores!— exclamó la imponente figura. Era **Gran Saiyaman**, o mejor dicho, Jimoto, un Saiyajin que se había convertido en protector de la Tierra. Con su traje característico, visera oscura y actitud heroica, se lanzó contra los criminales con precisión quirúrgica. En cuestión de segundos, los desarmó y los dejó inconscientes en la calle. Los ciudadanos comenzaron a aplaudir, pero antes de que Jimoto pudiera dar su clásico discurso de justicia, un ruido atronador rasgó el cielo. Un objeto metálico atravesó la atmósfera como un meteoro y descendió sobre la ciudad, causando una onda expansiva que sacudió los edificios cercanos. Entre el humo y los escombros, una figura emergió. Su traje blanco, ajustado y marcado con símbolos dorados en los codos, brillaba bajo la luz del sol. Su cabello castaño estaba perfectamente peinado hacia atrás, y sus ojos marrones observaron el mundo con una calma imponente. —Interesante planeta— murmuró, con una sonrisa apenas perceptible. Luego, elevó la voz—. ¡Habitantes de la Tierra, escuchen! Mi nombre es **Alejandro Zeppeli**, emisario del **Imperio Viltrum**. A partir de este momento, este mundo estará bajo el control de Viltrum. La rebelión no será tolerada. El silencio fue absoluto. Nadie entendía lo que estaba ocurriendo. Pero Jimoto, aún con su pose heroica, dio un paso al frente. —¡¿Bajo control de qué?!— gritó, ajustando sus guantes—. ¡La Tierra ya tiene un protector, y no dejaré que ningún villano se apodere de ella! Alejandro suspiró y extendió una mano con gesto paciente. —No soy un villano, joven. Soy un conquistador. Sin más palabras, ambos se lanzaron al combate. ### **Saiyajin vs. Viltrumita** Jimoto, sin perder tiempo, se transformó en **Super Saiyajin**, su cabello dorado brillando con intensidad. Lanzó un rápido combo de golpes, pero Alejandro bloqueó cada uno con una facilidad inquietante. —Nada mal— comentó el viltrumita, desviando un puñetazo y respondiendo con una patada que lanzó a Jimoto contra un edificio. Pero el Saiyajin no se quedó atrás. Antes de tocar el concreto, se impulsó con una onda de ki y regresó con un **ráfaga de golpes**, logrando impactar a Alejandro en el rostro. El viltrumita sonrió. —Al menos harás esto interesante. Ambos combatientes se elevaron en el aire, intercambiando golpes a una velocidad imposible de seguir para los humanos. Cada choque de sus puños generaba ondas de energía que sacudían la ciudad. Jimoto aprovechó un instante para lanzar un **Kamehameha**, pero Alejandro, en un despliegue de velocidad, lo esquivó en el último segundo y apareció detrás de él, estrellándolo contra el suelo con un golpe brutal. Jimoto se incorporó rápidamente, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano. —Vaya, sí que eres duro… —No es personal— respondió Alejandro—. Pero si te interpones en los planes del Imperio Viltrum, tendré que eliminarte. Antes de que pudieran continuar, una alarma resonó en la ciudad. **Un ejército alienígena había llegado a la Tierra.** ### **Un enemigo en común** Desde el cielo descendían naves biomecánicas, liberando hordas de criaturas con piel metálica y ojos rojos. Sin dudarlo, comenzaron a arrasar la ciudad, disparando rayos de energía y destruyendo todo a su paso. Jimoto y Alejandro se detuvieron. —¿Estos son tuyos?— preguntó Jimoto con recelo. —No— respondió Alejandro, con un tono más serio—. Y eso es un problema. El viltrumita observó el caos con una mezcla de molestia y desdén. —Este planeta ya tiene dueño— murmuró, y luego miró a Jimoto—. Si alguien va a conquistar este mundo, será el Imperio Viltrum. El Saiyajin sonrió. —Eso sí que es una lógica extraña. Sin más palabras, ambos guerreros se lanzaron contra el ejército alienígena, luchando lado a lado. Alejandro destrozaba a los invasores con una precisión quirúrgica, mientras que Jimoto los aniquilaba con ráfagas de energía y técnicas de combate Saiyajin. La batalla se extendió por horas, hasta que finalmente los invasores fueron erradicados. La ciudad quedó en ruinas, pero la Tierra había sido protegida… por ahora. Alejandro flotó en el aire, observando el horizonte. —No te equivoques, Saiyajin— dijo, cruzándose de brazos—. Esto no cambia nada. La Tierra sigue siendo territorio viltrumita. Jimoto suspiró, cruzando los brazos. —Lo que digas, amigo. Pero si intentas algo, ya sabes que no te la pondré fácil. Alejandro sonrió levemente. —Eso espero. Y con esas palabras, el viltrumita se quedó en la Tierra, **vigilándola desde las sombras**, esperando el momento adecuado para reclamarla en nombre del Imperio Viltrum.
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  • Viendo como su hija no se encuentra muy cómoda alrededor de Hyuna, ha echado atrás los planes de mudarse a vivir juntos, quizá sea algo que traiga un problema a su relación, sin embargo, prefiere dedicar tiempo y espacio a Hikari y a sus hijos.
    Viendo como su hija no se encuentra muy cómoda alrededor de Hyuna, ha echado atrás los planes de mudarse a vivir juntos, quizá sea algo que traiga un problema a su relación, sin embargo, prefiere dedicar tiempo y espacio a Hikari y a sus hijos.
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  • La reacción de Sana cada vez que las demás hablan de planes, peleas, dramas y esas cosas demasiado complejas para ella, siempre apoyando aunque no tenga idea.
    La reacción de Sana cada vez que las demás hablan de planes, peleas, dramas y esas cosas demasiado complejas para ella, siempre apoyando aunque no tenga idea.
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