• —¿Otra vez yo? ¡Dile a Keirot o a Jasuke! ¡Yo estoy esperando mis papas! (?)
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  • ·El chico de pequeña altura
    vagaba por la extensa y
    transitada calle como si fue-
    ra una sombra. Su cabello
    negro azabache, corto y en-
    marañado, caía sin orden
    sobre su pequeño rostro
    pálido, oculto bajo prendas de
    ropa oscuras de estilo urbano,
    demasiado grandes para su
    pequeño cuerpo. Caminaba
    sin prisa, con una bolsa blanca
    colgando de su brazo, como si
    en realidad no tuviera a dónde
    ir. De su interior sacaba papas
    fritas con manos torpes,
    comiéndolas sin cuidado,
    dejando grasa y migajas
    pegadas en sus labios;
    masticaba en silencio mie-
    ntras las personas en la calle
    lo ignoran o lo miraban con
    disgusto y susurraban cosas,
    como si su presencia no
    importara o les repugnara·

    (Que día tan aburrido ... )
    ·El chico de pequeña altura vagaba por la extensa y transitada calle como si fue- ra una sombra. Su cabello negro azabache, corto y en- marañado, caía sin orden sobre su pequeño rostro pálido, oculto bajo prendas de ropa oscuras de estilo urbano, demasiado grandes para su pequeño cuerpo. Caminaba sin prisa, con una bolsa blanca colgando de su brazo, como si en realidad no tuviera a dónde ir. De su interior sacaba papas fritas con manos torpes, comiéndolas sin cuidado, dejando grasa y migajas pegadas en sus labios; masticaba en silencio mie- ntras las personas en la calle lo ignoran o lo miraban con disgusto y susurraban cosas, como si su presencia no importara o les repugnara· (Que día tan aburrido ... )
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    *Les lanza una Ryno Papa*
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    — E̶l̶ ̶S̶i̶l̶e̶n̶c̶i̶o̶ ̶d̶e̶l̶ ̶O̶r̶d̶e̶n̶

    La nieve descendía con una parsimonia que resultaba casi insultante frente al caos que acababa de extinguirse. En aquella carretera olvidada, el silencio era una entidad densa, interrumpida únicamente por el crepitar lejano de lo que alguna vez fue una ciudad y el siseo casi imperceptible del cigarrillo de Makima al consumirse.

    ​Ella se apoyó contra el metal gélido del coche, permitiendo que el peso del abrigo, empapado por una humedad que trascendía lo meteorológico, la anclara al momento. En su mejilla, una pequeña herida comenzaba a cerrarse con una eficiencia antinatural; el rastro escarlata que dejaba a su paso era la única mancha de imperfección en su palidez de porcelana. No había fatiga en sus ojos dorados, solo esa calma gélida y absoluta de quien contempla un incendio como si fuera una simple puesta de sol.

    ​Sobre el techo del vehículo, dos cuervos se posaron con un aleteo seco. La observaban con ojos inteligentes, negros y fijos, como extensiones de su propia voluntad. Eran sus únicos testigos, y los únicos que no necesitaban explicaciones.
    ​Inhaló el humo con lentitud, dejando que el calor del tabaco fuera el último vínculo con un mundo físico que ella misma estaba moldeando a su antojo. A lo lejos, las llamas bailaban contra el cielo plomizo, tiñendo las nubes de un naranja violento y tóxico. Para Makima, aquel espectáculo no era una tragedia, sino una firma. Todo había salido según lo previsto. El sacrificio no era un error de cálculo, sino la moneda de cambio; el orden, después de todo, siempre exige una cuota de sangre que solo ella estaba dispuesta a cobrar.
    ​Soltó el aire en un suspiro blanquecino que se disolvió entre los copos de nieve, una exhalación tan fría como el entorno.

    ​—Qué silencioso se vuelve el mundo cuando por fin obedece —susurró para nadie, o quizás para el destino mismo.
    ​Con un gesto despreocupado, arrojó la colilla al suelo. El pequeño punto de fuego se extinguió al instante al contacto con la escarcha, desapareciendo como las vidas que se habían apagado esa noche. Makima se enderezó, ajustándose el abrigo con una elegancia imperturbable. Aún quedaba mucho por construir sobre las cenizas, y ella tenía toda la eternidad para ser la arquitecta de esa nueva y perfecta paz.
    — E̶l̶ ̶S̶i̶l̶e̶n̶c̶i̶o̶ ̶d̶e̶l̶ ̶O̶r̶d̶e̶n̶ La nieve descendía con una parsimonia que resultaba casi insultante frente al caos que acababa de extinguirse. En aquella carretera olvidada, el silencio era una entidad densa, interrumpida únicamente por el crepitar lejano de lo que alguna vez fue una ciudad y el siseo casi imperceptible del cigarrillo de Makima al consumirse. ​Ella se apoyó contra el metal gélido del coche, permitiendo que el peso del abrigo, empapado por una humedad que trascendía lo meteorológico, la anclara al momento. En su mejilla, una pequeña herida comenzaba a cerrarse con una eficiencia antinatural; el rastro escarlata que dejaba a su paso era la única mancha de imperfección en su palidez de porcelana. No había fatiga en sus ojos dorados, solo esa calma gélida y absoluta de quien contempla un incendio como si fuera una simple puesta de sol. ​Sobre el techo del vehículo, dos cuervos se posaron con un aleteo seco. La observaban con ojos inteligentes, negros y fijos, como extensiones de su propia voluntad. Eran sus únicos testigos, y los únicos que no necesitaban explicaciones. ​Inhaló el humo con lentitud, dejando que el calor del tabaco fuera el último vínculo con un mundo físico que ella misma estaba moldeando a su antojo. A lo lejos, las llamas bailaban contra el cielo plomizo, tiñendo las nubes de un naranja violento y tóxico. Para Makima, aquel espectáculo no era una tragedia, sino una firma. Todo había salido según lo previsto. El sacrificio no era un error de cálculo, sino la moneda de cambio; el orden, después de todo, siempre exige una cuota de sangre que solo ella estaba dispuesta a cobrar. ​Soltó el aire en un suspiro blanquecino que se disolvió entre los copos de nieve, una exhalación tan fría como el entorno. ​—Qué silencioso se vuelve el mundo cuando por fin obedece —susurró para nadie, o quizás para el destino mismo. ​Con un gesto despreocupado, arrojó la colilla al suelo. El pequeño punto de fuego se extinguió al instante al contacto con la escarcha, desapareciendo como las vidas que se habían apagado esa noche. Makima se enderezó, ajustándose el abrigo con una elegancia imperturbable. Aún quedaba mucho por construir sobre las cenizas, y ella tenía toda la eternidad para ser la arquitecta de esa nueva y perfecta paz.
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  • ‎"Las cosas no siempre salen como uno quiere..."



    ‎ ( Ese es un hecho crudo que todos terminamos aceptando en algún punto, y yo no soy la maldita excepción aquí. ¿Pero sabes qué? Que yo acepte eso no significa que esté de acuerdo. Y sí, sé que el término "aceptar" se puede usar de forma similar para indicar que no hay problema alguno, pero no; yo puedo aceptar que un día lluvioso me termine dejando empapado o que el tren se vaya de la estación cuando yo apenas llegaba, pero nunca dejaré que esos inconvenientes jodan mi plan. No voy a decir una estupidez como que "si no ocurre, es porque no lo has querido lo suficiente" y blah, blah, blah... No. Para mí, si las cosas no resultan como se esperan, es porque no lo he planeado lo suficiente, porque no he previsto todas las posibilidades. Y eso no está mal; equivocarse y cometer errores es válido en mi marco de acción, lo que jamás voy a permitir es que eso se convierta en fracaso. Eso sí que es impensable y esa es exactamente la razón por la que no estoy de acuerdo con ese hecho. Jajaja... Vaya, vaya... Supongo que estoy un poco más tenso de lo normal, o de lo contrario no tendría sentido que tenga que hacer este monólogo en mi mente para limpiar el ruido mental. JAJAJAJA... )



    ‎ * Marcus se detenía en su andar con una sonrisa apenas perceptible. Había llegado hasta un lugar solitario, desprovisto de cualquier persona que pudiera interrumpir su pensamiento o su "descanso". Con una habilidad casi milimétrica, sacaba la caja de cigarrillos de uno de sus bolsillos; le daba unos leves golpes a la parte superior antes de destaparla. Como era habitual, el joven universitario estaba a punto de fumar, no solo para relajarse; lo cierto era que Marcus suele pensar mejor cuando el humo y la nicotina corren por su sistema, y lo necesita ahora más que nunca, pues lo que tiene que formular es un Plan B... *
    ‎"Las cosas no siempre salen como uno quiere..." ‎ ‎ ‎ ‎ ( Ese es un hecho crudo que todos terminamos aceptando en algún punto, y yo no soy la maldita excepción aquí. ¿Pero sabes qué? Que yo acepte eso no significa que esté de acuerdo. Y sí, sé que el término "aceptar" se puede usar de forma similar para indicar que no hay problema alguno, pero no; yo puedo aceptar que un día lluvioso me termine dejando empapado o que el tren se vaya de la estación cuando yo apenas llegaba, pero nunca dejaré que esos inconvenientes jodan mi plan. No voy a decir una estupidez como que "si no ocurre, es porque no lo has querido lo suficiente" y blah, blah, blah... No. Para mí, si las cosas no resultan como se esperan, es porque no lo he planeado lo suficiente, porque no he previsto todas las posibilidades. Y eso no está mal; equivocarse y cometer errores es válido en mi marco de acción, lo que jamás voy a permitir es que eso se convierta en fracaso. Eso sí que es impensable y esa es exactamente la razón por la que no estoy de acuerdo con ese hecho. Jajaja... Vaya, vaya... Supongo que estoy un poco más tenso de lo normal, o de lo contrario no tendría sentido que tenga que hacer este monólogo en mi mente para limpiar el ruido mental. JAJAJAJA... ) ‎ ‎ ‎ ‎ * Marcus se detenía en su andar con una sonrisa apenas perceptible. Había llegado hasta un lugar solitario, desprovisto de cualquier persona que pudiera interrumpir su pensamiento o su "descanso". Con una habilidad casi milimétrica, sacaba la caja de cigarrillos de uno de sus bolsillos; le daba unos leves golpes a la parte superior antes de destaparla. Como era habitual, el joven universitario estaba a punto de fumar, no solo para relajarse; lo cierto era que Marcus suele pensar mejor cuando el humo y la nicotina corren por su sistema, y lo necesita ahora más que nunca, pues lo que tiene que formular es un Plan B... *
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  • 18-08
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    Kazuha

    “Ahora, ¿quién puede decirme cuál es la regla número uno de un vigilante?”

    Voces.

    Ecos que provenían de ningún sitio, y de todos al mismo tiempo. Reverberando en las paredes de piedra, a veces parecían tan cercanos que uno podía jurar estar ahí otra vez, las voces dejando de ser un recuerdo, su vibrar en el aire agitando el serpenteo de las antorchas.

    “¡Muy bien, Kyrie! Ya son cinco preguntas seguidas. ¿Piensas quedarte atrás, Kieran?”

    Voces, sí. Había aprendido a ignorarlas, pero no a callarlas.

    ¿O es que aún quería callarlas? Un mundo en silencio parecía tan distante y extraño, que empezaba a sentirse inhóspito.

    Voces, nada más que voces. Con Kyrie como su epicentro, ondas que distorsionaban los recuerdos, olas que arrastraban lo incómodo, lo doloroso y lo prohibido, desde las profundidades a la superficie. Su ser, una distorsión de la realidad andante.

    Eso -y sólo eso- era ahora. Nada más que un cascarón.

    —Me preguntaste por qué no la había sacado, ¿cierto? —Habló, por fin, después de lo que parecían años. De no ser por el eco de sus pasos en la oscuridad, cualquiera en esas grutas se volvía una sombra, una silueta borrosa de lo que alguna vez fue una persona. Rodeado de las voces, empapado del veneno del memento, la cordura empezaba a perderse.

    Pero se acostumbró. Tenía que acostumbrarse para poder seguirla visitando.

    Pero, ¿qué había de Kazuha? ¿Qué clase de cosas estaba trayendo a flote esa marea inmisericorde que de Kyrie provenía? ¿Qué decían sus voces? ¿Qué mostraban las siluetas en la piedra con el sinuoso danzar de las llamas?

    El carmesí usaba, hacia ella extendía como una sábana que uno se coloca para aplacar el ruido al dormir. Aminoraba el efecto sobre ella, pero no lo cancelaba.

    —Es por esto. Mientras más te acercas a ella, más intenso se vuelve. Si la saco de aquí, no importa a dónde la lleve… el daño que le causaría a la gente es…

    Pausó. Ya estaban frente a la celda, y el efecto empezaba a ser insoportable, desquiciante, doloroso.

    Pero él se acostumbró. Tenía que haberse acostumbrado. ¿Las primeras veces? Ni siquiera podía entrar al pasillo. Aún así, poco a poco y día con día, aprendió a soportar. A escuchar. A dar un paso más cerca, cada vez más cerca.

    —…pero ya no tengo opción. Ya no puedo esperar. Vamos a cortar los barrotes.

    Era fácil. Sorprendentemente fácil, dada la severidad de sus crímenes, cuán destructiva era su existencia.

    Fácil, sí, porque... ¿quién querría liberar a un monstruo?
    [k4zuha] “Ahora, ¿quién puede decirme cuál es la regla número uno de un vigilante?” Voces. Ecos que provenían de ningún sitio, y de todos al mismo tiempo. Reverberando en las paredes de piedra, a veces parecían tan cercanos que uno podía jurar estar ahí otra vez, las voces dejando de ser un recuerdo, su vibrar en el aire agitando el serpenteo de las antorchas. “¡Muy bien, Kyrie! Ya son cinco preguntas seguidas. ¿Piensas quedarte atrás, Kieran?” Voces, sí. Había aprendido a ignorarlas, pero no a callarlas. ¿O es que aún quería callarlas? Un mundo en silencio parecía tan distante y extraño, que empezaba a sentirse inhóspito. Voces, nada más que voces. Con Kyrie como su epicentro, ondas que distorsionaban los recuerdos, olas que arrastraban lo incómodo, lo doloroso y lo prohibido, desde las profundidades a la superficie. Su ser, una distorsión de la realidad andante. Eso -y sólo eso- era ahora. Nada más que un cascarón. —Me preguntaste por qué no la había sacado, ¿cierto? —Habló, por fin, después de lo que parecían años. De no ser por el eco de sus pasos en la oscuridad, cualquiera en esas grutas se volvía una sombra, una silueta borrosa de lo que alguna vez fue una persona. Rodeado de las voces, empapado del veneno del memento, la cordura empezaba a perderse. Pero se acostumbró. Tenía que acostumbrarse para poder seguirla visitando. Pero, ¿qué había de Kazuha? ¿Qué clase de cosas estaba trayendo a flote esa marea inmisericorde que de Kyrie provenía? ¿Qué decían sus voces? ¿Qué mostraban las siluetas en la piedra con el sinuoso danzar de las llamas? El carmesí usaba, hacia ella extendía como una sábana que uno se coloca para aplacar el ruido al dormir. Aminoraba el efecto sobre ella, pero no lo cancelaba. —Es por esto. Mientras más te acercas a ella, más intenso se vuelve. Si la saco de aquí, no importa a dónde la lleve… el daño que le causaría a la gente es… Pausó. Ya estaban frente a la celda, y el efecto empezaba a ser insoportable, desquiciante, doloroso. Pero él se acostumbró. Tenía que haberse acostumbrado. ¿Las primeras veces? Ni siquiera podía entrar al pasillo. Aún así, poco a poco y día con día, aprendió a soportar. A escuchar. A dar un paso más cerca, cada vez más cerca. —…pero ya no tengo opción. Ya no puedo esperar. Vamos a cortar los barrotes. Era fácil. Sorprendentemente fácil, dada la severidad de sus crímenes, cuán destructiva era su existencia. Fácil, sí, porque... ¿quién querría liberar a un monstruo?
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  • — 𝗜𝗗𝗘𝗔 𝗗𝗘 𝗦𝗧𝗔𝗥𝗧𝗘𝗥 : 𝗤𝗨𝗜𝗘𝗡 𝗦𝗘 𝗣𝗘𝗥𝗗𝗜𝗢́
    : Despertó a las orillas de un desconocido río, en un desconocido bosque rodeado por densa vegetación; estando herida y notablemente golpeada por algo que le costaba recordar.
    ❝ .... ❞ Se levantó de su lugar, empapada y con una armadura de acero llena de abolladuras y que, por el impacto y el agua, estaba prácticamente inservible, haciendo que tenga que levantarse para quitarse todo el pesado equipo, que arrojó al suelo con pesadez.

    — 𝗜𝗗𝗘𝗔 𝗗𝗘 𝗦𝗧𝗔𝗥𝗧𝗘𝗥 : 𝗤𝗨𝗜𝗘𝗡 𝗦𝗘 𝗣𝗘𝗥𝗗𝗜𝗢́ 🪓: Despertó a las orillas de un desconocido río, en un desconocido bosque rodeado por densa vegetación; estando herida y notablemente golpeada por algo que le costaba recordar. ❝ .... ❞ Se levantó de su lugar, empapada y con una armadura de acero llena de abolladuras y que, por el impacto y el agua, estaba prácticamente inservible, haciendo que tenga que levantarse para quitarse todo el pesado equipo, que arrojó al suelo con pesadez.
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  • - ¡Buenas tardes/noches niños y niñas, hoy por ser navidad Santa Max os regala lo que más ansié vuestro corazón (o lo que más queráis en general), así que no temáis en hacer vuestra carta de navidad y mandármela o incluso podréis pedirlo en persona! ¡JA JA JA! No espera esa no era la risa de Papa Noel…
    - ¡Buenas tardes/noches niños y niñas, hoy por ser navidad Santa Max os regala lo que más ansié vuestro corazón (o lo que más queráis en general), así que no temáis en hacer vuestra carta de navidad y mandármela o incluso podréis pedirlo en persona! ¡JA JA JA! No espera esa no era la risa de Papa Noel…
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  • Desde temprano el viejo ya se encuentra preparando las cosas para la cena de la noche, costillas al horno y pure de papa dulce. El detalle es que hasta la mezcla de especias esta preparando desde cero.
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  • ¡Buenos días, Papa Noel ya ha llegado al hogar de los Spellman!
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