⸻"𝐴 𝑚𝑒𝑚𝑜𝑟𝑦 𝑟𝑒𝑠𝑖𝑑𝑖𝑛𝑔 𝑏𝑒𝑡𝑤𝑒𝑒𝑛 𝑙𝑜𝑣𝑒 𝑎𝑛𝑑 𝑝𝑎𝑖𝑛." | 𝐄𝐧𝐭𝐫𝐲: 𝐈


[…] Sentía la respiración más y más pesada a cada instante; suspiraba pesadamente al exhalar, y al inhalar, los pulmones le ardían mientras que un regusto a azufre invadía su lengua. El cerúleo de sus ojos cansinos se asomó apenas por sus entreabiertos párpados y los mechones rebeldes de su melena platinada, contemplando su silueta fragmentada en el espejo que tenía delante.

La sangre escurría espesa y lenta —como si el vidrío sangrase desde cada lugar donde fue resquebrajado— tiñendo su pálido y distorsionado reflejo con un carmín sucio que parecía incluso desdibujar sus facciones. Tan solo su mirada, anclada al cristal, permanecía. Pero incluso sentía que esta ya no era suya. Entre más observaba, menos se reconocía.

¿Cuántas veces había contemplado su reflejo, solo para encontrar a alguien más detrás de él? A su padre, a su madre. A su hermano.

Al propio hueco que la culpa había dejado en su pecho.

Dante apretó los dientes al punto de hacerlos rechinar, así como su puño se ciñó a la empuñadura de su espada como si buscase aplastarla. La brea negra bajo sus pies comenzó a subir, mientras dejaba a la vista un precioso amuleto dorado frente a él, símbolo de sus más cruentos recuerdos.

El cuerpo le pesaba, pero no iba a dejarse arrastrar por la culpa hasta el fondo de aquel mar negro. Con lo último que le quedaba de fuerzas, alzó la pesada hoja por encima del espejo, y la dejó caer. Un último impulso, un último anhelo. Y todo se volvió oscuridad sin encontrar en ello consuelo.

Despertó agitado y empapado de sudor frío en uno de los sofás de su oficina. Los rayos cálidos del sol del atardecer le acariciaban el rostro en un contraste que le brindó tanto alivio como confusión. Otra vez había tenido ese sueño.
⸻"𝐴 𝑚𝑒𝑚𝑜𝑟𝑦 𝑟𝑒𝑠𝑖𝑑𝑖𝑛𝑔 𝑏𝑒𝑡𝑤𝑒𝑒𝑛 𝑙𝑜𝑣𝑒 𝑎𝑛𝑑 𝑝𝑎𝑖𝑛." | 𝐄𝐧𝐭𝐫𝐲: 𝐈 […] Sentía la respiración más y más pesada a cada instante; suspiraba pesadamente al exhalar, y al inhalar, los pulmones le ardían mientras que un regusto a azufre invadía su lengua. El cerúleo de sus ojos cansinos se asomó apenas por sus entreabiertos párpados y los mechones rebeldes de su melena platinada, contemplando su silueta fragmentada en el espejo que tenía delante. La sangre escurría espesa y lenta —como si el vidrío sangrase desde cada lugar donde fue resquebrajado— tiñendo su pálido y distorsionado reflejo con un carmín sucio que parecía incluso desdibujar sus facciones. Tan solo su mirada, anclada al cristal, permanecía. Pero incluso sentía que esta ya no era suya. Entre más observaba, menos se reconocía. ¿Cuántas veces había contemplado su reflejo, solo para encontrar a alguien más detrás de él? A su padre, a su madre. A su hermano. Al propio hueco que la culpa había dejado en su pecho. Dante apretó los dientes al punto de hacerlos rechinar, así como su puño se ciñó a la empuñadura de su espada como si buscase aplastarla. La brea negra bajo sus pies comenzó a subir, mientras dejaba a la vista un precioso amuleto dorado frente a él, símbolo de sus más cruentos recuerdos. El cuerpo le pesaba, pero no iba a dejarse arrastrar por la culpa hasta el fondo de aquel mar negro. Con lo último que le quedaba de fuerzas, alzó la pesada hoja por encima del espejo, y la dejó caer. Un último impulso, un último anhelo. Y todo se volvió oscuridad sin encontrar en ello consuelo. Despertó agitado y empapado de sudor frío en uno de los sofás de su oficina. Los rayos cálidos del sol del atardecer le acariciaban el rostro en un contraste que le brindó tanto alivio como confusión. Otra vez había tenido ese sueño.
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