Con
Jason Elaris y quien se quiera unir.
En la trastienda, la habitación del fondo, subiendo por las escaleras de la derecha, estaba abierta de par en par, el interior estaba impecable, intacto, todas las cosas permanecían en su lugar, las sábanas blancas, limpias.
Al bajar por las escaleras, se encontraba una mesa con una libreta llena con una lista de recursos que en su momento se escribieron y marcaron, un inventario, una pluma negra de alguna especie de ave desconocida y un tintero con un líquido carmesí en su interior.
Los estantes organizados, cada uno con recursos diferentes, todos etiquetados con una caligrafía impecable.
Al abrir la puerta de la trastienda, el bar, la barra, cada una de las copas y tazas estaban debidamente acomodadas.
Impecables.
Relucientes.
La cafetera permaneció encendida preparando el suficiente café para cinco o seis personas.
Sobre la barra, descansaba un paño blanco.
Los asientos debidamente limpios, donde alguna vez alguien sin un techo para descansar, optó por dormir.
Algunos clientes habituales en el bar, susurraban al ver el lugar más impecable que nunca. La rockola reproduciendo rock de los 80's a un volumen moderado.
Algunas cajas de pizza descansaban en la esquina de la barra, calientes, recién compradas. Sobre de ellas, varios sobres blancos, cuidadosamente cerrados y marcados cada uno con la misma caligrafía de las etiquetas de la trastienda.
Y una fotografía de cinco personas en la playa, finamente enmarcada en un cuadro de madera de ébano.
En la entrada, se encontraban dos siluetas, dos viejos amigos, cómplices, que se conocían casi desde los inicios de la humanidad.
El más alto, llevó la mano hacia el bolsillo del pantalón y sacó un juego de llaves, depositándolas con calma y lentitud en las manos de su interlocutor.
- Te quedas a cargo. Es hora, Jay.
Las palabras escaparon de sus labios, con la calma y tesitura habitual del dueño del bar.
Colocó una mano sobre el hombro del peliplata.
- Los sobres tienen cartas de despedida, así como un cheque por medio millón para cada quién, correspondientes al pago por el tiempo que han estado todos en el bar.
Explicó calmadamente, al tiempo que se ajustaba las mangas de la camisa y se colocaba un par de guantes de cuero sin las últimas falanges.
- Hay uno para cada quién. Nairis, Windburn, Lyra, El pequeño Al, y tú.
Después de decir esto, un par de alas negras con tintes rojos se desplegaron de su espalda.
- También, hay una para Saya.
Las palabras salieron con dolor y un nudo en la garganta, respiró profundo antes de exhalar todo el aire contenido.
- Me hubiera gustado decirle las cosas de frente.
Admitió con pesar en el rostro, sacudió las alas y dirigió la mirada al cielo.
- Disfruta tu vida, Jay. Tal vez después nos encontremos de nuevo.
En un parpadeo, donde antes se encontraba el dueño del bar, solo había una pluma flotando lentamente hacia el suelo.
Con [jay.elaris] y quien se quiera unir.
En la trastienda, la habitación del fondo, subiendo por las escaleras de la derecha, estaba abierta de par en par, el interior estaba impecable, intacto, todas las cosas permanecían en su lugar, las sábanas blancas, limpias.
Al bajar por las escaleras, se encontraba una mesa con una libreta llena con una lista de recursos que en su momento se escribieron y marcaron, un inventario, una pluma negra de alguna especie de ave desconocida y un tintero con un líquido carmesí en su interior.
Los estantes organizados, cada uno con recursos diferentes, todos etiquetados con una caligrafía impecable.
Al abrir la puerta de la trastienda, el bar, la barra, cada una de las copas y tazas estaban debidamente acomodadas.
Impecables.
Relucientes.
La cafetera permaneció encendida preparando el suficiente café para cinco o seis personas.
Sobre la barra, descansaba un paño blanco.
Los asientos debidamente limpios, donde alguna vez alguien sin un techo para descansar, optó por dormir.
Algunos clientes habituales en el bar, susurraban al ver el lugar más impecable que nunca. La rockola reproduciendo rock de los 80's a un volumen moderado.
Algunas cajas de pizza descansaban en la esquina de la barra, calientes, recién compradas. Sobre de ellas, varios sobres blancos, cuidadosamente cerrados y marcados cada uno con la misma caligrafía de las etiquetas de la trastienda.
Y una fotografía de cinco personas en la playa, finamente enmarcada en un cuadro de madera de ébano.
En la entrada, se encontraban dos siluetas, dos viejos amigos, cómplices, que se conocían casi desde los inicios de la humanidad.
El más alto, llevó la mano hacia el bolsillo del pantalón y sacó un juego de llaves, depositándolas con calma y lentitud en las manos de su interlocutor.
- Te quedas a cargo. Es hora, Jay.
Las palabras escaparon de sus labios, con la calma y tesitura habitual del dueño del bar.
Colocó una mano sobre el hombro del peliplata.
- Los sobres tienen cartas de despedida, así como un cheque por medio millón para cada quién, correspondientes al pago por el tiempo que han estado todos en el bar.
Explicó calmadamente, al tiempo que se ajustaba las mangas de la camisa y se colocaba un par de guantes de cuero sin las últimas falanges.
- Hay uno para cada quién. Nairis, Windburn, Lyra, El pequeño Al, y tú.
Después de decir esto, un par de alas negras con tintes rojos se desplegaron de su espalda.
- También, hay una para Saya.
Las palabras salieron con dolor y un nudo en la garganta, respiró profundo antes de exhalar todo el aire contenido.
- Me hubiera gustado decirle las cosas de frente.
Admitió con pesar en el rostro, sacudió las alas y dirigió la mirada al cielo.
- Disfruta tu vida, Jay. Tal vez después nos encontremos de nuevo.
En un parpadeo, donde antes se encontraba el dueño del bar, solo había una pluma flotando lentamente hacia el suelo.