• No te preocupes.. No es mía..

    *Dijo mientras se limpio la salpicadura de su rostro, aveces tiene que defenderse, ya que el mundo no es color de rosa, así como hay personas buenas también las hay malvadas que disfrutan lastimando a otros. *
    No te preocupes.. No es mía.. *Dijo mientras se limpio la salpicadura de su rostro, aveces tiene que defenderse, ya que el mundo no es color de rosa, así como hay personas buenas también las hay malvadas que disfrutan lastimando a otros. *
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  • —Iomante.

    El ritual Ainu que anuncia el cierre de un ciclo y el inicio del siguiente. Cuando el verano se acerca, cuando el lienzo interminable de infértil y gélido blanco da paso a tonos más verduzcos y misericordiosos, el agradecimiento se vuelve necesario y compulsivo.

    Es que tenemos que dar las gracias. Al sol, a la nieve, al cielo y a la tierra, a los árboles y al viento. A cada Inaw, a cada Kamuy.

    Tenía varios años implorando que me dejasen participar. Creía que, si lo hacía bien, realmente bien, me aceptarían un poco más. Que podía demostrar, a través del encuentro del acero y la sangre, que era una de ellos, una de ellos en verdad. Que sería el inicio de un ciclo nuevo no solamente para el mundo, sino para mí, también.

    Pero no pude. No pude hacerlo.

    El ritual de Iomante comienza al inicio del año, cuando el invierno está en su punto más despiadado. Un osezno se extrae de la seguridad del seno maternal y se cría en la aldea casi como uno de nosotros... presente, pero diferente. Está ahí, sin ser parte.

    Como yo. Quizás por eso fallé.

    ¿Y cómo podía no fallar? Cuando el punto cumbre llegó y la daga debía de encontrarse con la garganta del animal, algo me frenó.

    ¿Qué era? ¿Compasión? ¿Lástima? ¿Cariño que se había gestado con los meses en los que vivimos juntos?

    Debía morir. El Iomante no está completo hasta que el osezno conoce el frío del acero y transfigura en un Kamuy, un ente divino que se sintoniza con el cambio a su alrededor. Es que la muerte es la única forma de trascender, es que la sangre es la única tinta que indeleble es frente al frío que todo borra, que a todo en nostalgia convierte.

    Pero no pude. No pude.

    Fallé.

    Y aún no sé por qué.

    Porque quitarle la vida a otros seres no era algo nuevo para mí. Porque el sacrificio era algo de todos los días, la necesidad que una vida de fría carencia exige. No era falta de práctica, ni miedo a arrancar otra vida de este plano.

    Lo miré a los ojos. Quería obtener de ellos una respuesta, por cruel, por fría, por devastadora que fuese. Si en esos ojos estaba el testimonio de mi debilidad, de ella no iba a huir. Que me persiguiera, que me destruyera si era necesario.

    Pero quería, más que ninguna otra cosa, saber por qué. Saber por qué no podía, saber qué me estaba deteniendo.

    Y no encontré nada. No encontré una respuesta. De cierta manera, aún hoy la sigo buscando.

    Fallé. Fallé, dejé que escapara.

    Fallé y mentí. Su sangre reemplacé con la mía, que fuesen mi dolor y mi sangre, insuficientes como fuesen, una penitencia por mi fracaso. Incompleto el Iomante de ese año, la sangre presente, pero la muerte, ausente.

    Una vida que me persigue. Una respuesta que nunca obtuve.
    —Iomante. El ritual Ainu que anuncia el cierre de un ciclo y el inicio del siguiente. Cuando el verano se acerca, cuando el lienzo interminable de infértil y gélido blanco da paso a tonos más verduzcos y misericordiosos, el agradecimiento se vuelve necesario y compulsivo. Es que tenemos que dar las gracias. Al sol, a la nieve, al cielo y a la tierra, a los árboles y al viento. A cada Inaw, a cada Kamuy. Tenía varios años implorando que me dejasen participar. Creía que, si lo hacía bien, realmente bien, me aceptarían un poco más. Que podía demostrar, a través del encuentro del acero y la sangre, que era una de ellos, una de ellos en verdad. Que sería el inicio de un ciclo nuevo no solamente para el mundo, sino para mí, también. Pero no pude. No pude hacerlo. El ritual de Iomante comienza al inicio del año, cuando el invierno está en su punto más despiadado. Un osezno se extrae de la seguridad del seno maternal y se cría en la aldea casi como uno de nosotros... presente, pero diferente. Está ahí, sin ser parte. Como yo. Quizás por eso fallé. ¿Y cómo podía no fallar? Cuando el punto cumbre llegó y la daga debía de encontrarse con la garganta del animal, algo me frenó. ¿Qué era? ¿Compasión? ¿Lástima? ¿Cariño que se había gestado con los meses en los que vivimos juntos? Debía morir. El Iomante no está completo hasta que el osezno conoce el frío del acero y transfigura en un Kamuy, un ente divino que se sintoniza con el cambio a su alrededor. Es que la muerte es la única forma de trascender, es que la sangre es la única tinta que indeleble es frente al frío que todo borra, que a todo en nostalgia convierte. Pero no pude. No pude. Fallé. Y aún no sé por qué. Porque quitarle la vida a otros seres no era algo nuevo para mí. Porque el sacrificio era algo de todos los días, la necesidad que una vida de fría carencia exige. No era falta de práctica, ni miedo a arrancar otra vida de este plano. Lo miré a los ojos. Quería obtener de ellos una respuesta, por cruel, por fría, por devastadora que fuese. Si en esos ojos estaba el testimonio de mi debilidad, de ella no iba a huir. Que me persiguiera, que me destruyera si era necesario. Pero quería, más que ninguna otra cosa, saber por qué. Saber por qué no podía, saber qué me estaba deteniendo. Y no encontré nada. No encontré una respuesta. De cierta manera, aún hoy la sigo buscando. Fallé. Fallé, dejé que escapara. Fallé y mentí. Su sangre reemplacé con la mía, que fuesen mi dolor y mi sangre, insuficientes como fuesen, una penitencia por mi fracaso. Incompleto el Iomante de ese año, la sangre presente, pero la muerte, ausente. Una vida que me persigue. Una respuesta que nunca obtuve.
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  • 𝖨𝖿 𝗅𝗈𝗏𝖾 𝖼𝖺𝗇 𝗅𝖺𝗌𝗍 𝖿𝗈𝗋𝖾𝗏𝖾𝗋, 𝖨 𝗁𝗈𝗉𝖾 𝗂𝗍 𝗅𝗈𝗈𝗄𝗌 𝗅𝗂𝗄𝖾 𝗎𝗌.

    Ha-Rin había escuchado muchas veces que el amor eterno se parecía a los grandes gestos.

    A las promesas bajo la lluvia.

    A los besos dramáticos en aeropuertos.

    A las declaraciones capaces de detener el tiempo.

    Pero, mientras intentaba mantener el equilibrio sobre la espalda de Ji-Hyun en medio de la sala, llegó a la conclusión de que quizás todos estaban equivocados.

    —No te muevas —ordenó con una sonrisa mientras extendía los brazos y se inclinaba ligeramente hacia adelante.

    Aquella escena, vista desde afuera, debía parecer absurda. Cualquiera pensaría que estaban jugando o perdiendo el tiempo de la forma más ridícula que se les podría haber ocurrido. Y, tal vez, era exactamente eso y, sin embargo, ninguno quería estar en otro lugar o hacer otra cosa.

    —¿Sabes qué es gracioso? —preguntó el joven artista, aún concentrado en no caer.

    —Antes de que existiera un nosotros, pensaba que las parejas felices hacían cosas mucho más interesantes que esto: viajes románticos, cenas elegantes, flores, promesas solemnes, momentos perfectos... Cosas de películas y, a pesar de que hacemos esas cosas, luego tenemos momentos como estos y me gustan mucho más.

    Años atrás, ambos habían creído que el amor se medía por los momentos extraordinarios. Ahora sabían que se trataba de cosas simples.

    En las mañanas compartidas.

    En las compras del supermercado.

    En las series que nunca terminaban porque se quedaban dormidos a mitad del capítulo.

    En las fotografías borrosas.

    En los silencios cómodos.

    En una mirada compartida.

    En la confianza absoluta de poder ser ridículos frente al otro sin sentir vergüenza.

    En la tranquilidad de saber que siempre habría alguien esperando al final del día.

    Ha-Rin volvió a centrar su atención en Ji-Hyun. Lo observó allí, relajado, sin ninguna prisa por levantarse, como si aquella posición fuese lo más cómodo del mundo.

    Entonces comprendió algo.

    Quizás el amor eterno no tenía una apariencia espectacular.

    Quizás no era una fotografía perfecta ni una historia extraordinaria.

    Quizás era esto.

    Porque, al final, el amor no se medía en la intensidad de un instante.

    Se medía en la permanencia.

    En las risas compartidas sin motivo.

    En la facilidad de existir juntos a pesar de la rutina.

    En la confianza.

    En no sentir la necesidad de demostrar nada.

    En los años pasando sin que ninguno deje de elegir al otro.

    Ha-Rin sonrió una vez más y finalmente se dejó caer de rodillas al lado de Ji-Hyun. Acomodó alguno de los mechones rebeldes del cabello de su pareja y luego besó suavemente su sien.

    —Si el amor puede durar para siempre, espero que se parezca a nosotros.


                                                       ≽(•⩊ •マ≼  𖾕𖾝꙼ᩚ𛲕𖾟
    💕 𝖨𝖿 𝗅𝗈𝗏𝖾 𝖼𝖺𝗇 𝗅𝖺𝗌𝗍 𝖿𝗈𝗋𝖾𝗏𝖾𝗋, 𝖨 𝗁𝗈𝗉𝖾 𝗂𝗍 𝗅𝗈𝗈𝗄𝗌 𝗅𝗂𝗄𝖾 𝗎𝗌. Ha-Rin había escuchado muchas veces que el amor eterno se parecía a los grandes gestos. A las promesas bajo la lluvia. A los besos dramáticos en aeropuertos. A las declaraciones capaces de detener el tiempo. Pero, mientras intentaba mantener el equilibrio sobre la espalda de Ji-Hyun en medio de la sala, llegó a la conclusión de que quizás todos estaban equivocados. —No te muevas —ordenó con una sonrisa mientras extendía los brazos y se inclinaba ligeramente hacia adelante. Aquella escena, vista desde afuera, debía parecer absurda. Cualquiera pensaría que estaban jugando o perdiendo el tiempo de la forma más ridícula que se les podría haber ocurrido. Y, tal vez, era exactamente eso y, sin embargo, ninguno quería estar en otro lugar o hacer otra cosa. —¿Sabes qué es gracioso? —preguntó el joven artista, aún concentrado en no caer. —Antes de que existiera un nosotros, pensaba que las parejas felices hacían cosas mucho más interesantes que esto: viajes románticos, cenas elegantes, flores, promesas solemnes, momentos perfectos... Cosas de películas y, a pesar de que hacemos esas cosas, luego tenemos momentos como estos y me gustan mucho más. Años atrás, ambos habían creído que el amor se medía por los momentos extraordinarios. Ahora sabían que se trataba de cosas simples. En las mañanas compartidas. En las compras del supermercado. En las series que nunca terminaban porque se quedaban dormidos a mitad del capítulo. En las fotografías borrosas. En los silencios cómodos. En una mirada compartida. En la confianza absoluta de poder ser ridículos frente al otro sin sentir vergüenza. En la tranquilidad de saber que siempre habría alguien esperando al final del día. Ha-Rin volvió a centrar su atención en Ji-Hyun. Lo observó allí, relajado, sin ninguna prisa por levantarse, como si aquella posición fuese lo más cómodo del mundo. Entonces comprendió algo. Quizás el amor eterno no tenía una apariencia espectacular. Quizás no era una fotografía perfecta ni una historia extraordinaria. Quizás era esto. Porque, al final, el amor no se medía en la intensidad de un instante. Se medía en la permanencia. En las risas compartidas sin motivo. En la facilidad de existir juntos a pesar de la rutina. En la confianza. En no sentir la necesidad de demostrar nada. En los años pasando sin que ninguno deje de elegir al otro. Ha-Rin sonrió una vez más y finalmente se dejó caer de rodillas al lado de Ji-Hyun. Acomodó alguno de los mechones rebeldes del cabello de su pareja y luego besó suavemente su sien. —Si el amor puede durar para siempre, espero que se parezca a nosotros.                                                    ≽(•⩊ •マ≼  𖾕𖾝꙼ᩚ𛲕𖾟
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  • No lo cuestionaba, mucho menos lo peleaba.
    Para él, era obvio que su hermano era el digno heredero y el mayor, así fuese por minutos.
    Pero en donde todos creerían que existiría el rencor, la rivalidad o intento de un asesinato; solo reinó la paz.

    Valerius no buscaba reconocimiento, mucho menos un trono, sus manos ya estaban bastante llenas de sangre, sus ojos habían visto tanto sufrimiento que se tiñeron de ese rojo escarlata por toda la eternidad.

    ¿Qué deseaba ahora?
    Paz.
    Ayudar a otros.
    No volver a pensar en guerras, en sufrimiento, en días de oscuridad.
    No lo cuestionaba, mucho menos lo peleaba. Para él, era obvio que su hermano era el digno heredero y el mayor, así fuese por minutos. Pero en donde todos creerían que existiría el rencor, la rivalidad o intento de un asesinato; solo reinó la paz. Valerius no buscaba reconocimiento, mucho menos un trono, sus manos ya estaban bastante llenas de sangre, sus ojos habían visto tanto sufrimiento que se tiñeron de ese rojo escarlata por toda la eternidad. ¿Qué deseaba ahora? Paz. Ayudar a otros. No volver a pensar en guerras, en sufrimiento, en días de oscuridad.
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  • Fragmento extraído del rol con Elina Drakon.

    https://ficrol.com/posts/386585

    —Aahh...

    El suspiro del anciano hizo temblar las montañas.

    La roca crujió.

    Los árboles nacidos sobre su cuerpo se mecieron lentamente.

    —Estoy... tan cansado... vieja amiga...

    Sus enormes ojos permanecieron sobre Elina.

    —Cuánta guerra...

    —Cuánta muerte...

    —Cuántos nombres olvidados...

    Su voz sonaba cada vez más lejana.

    Como si hablara desde otro tiempo.

    Desde otro mundo.

    —Este viejo dragón ya no puede sostener más esta paz...

    Un silencio pesado cayó sobre el valle.

    —La paz...

    Sus párpados descendieron lentamente.

    —Es todo lo que anhelo...

    Volvió a mirarme.

    Sus pupilas antiguas reflejaban algo que jamás había visto.

    Esperanza.

    —Fuego...

    —Escarcha...

    Su respiración se volvió irregular.

    —Puede ser...

    —Pero no sola...

    Sus ojos parecieron perderse entre recuerdos imposibles.

    —Ellos creían en la unión...

    Los creadores de mi huevo.

    Los dos elementales que abandonaron la guerra.

    —Lo demostraron...

    Una pequeña carcajada escapó de su garganta.

    —Ha... ha...

    —Sí...

    —Elementos convergentes...

    Su cabeza descendió unos centímetros.

    —Acércate, niña...

    —Deja que estos viejos ojos puedan verte una última vez...

    Tragué saliva.

    Incluso para mí era difícil sostener aquella mirada.

    Pero avancé.

    Paso a paso.

    Hasta quedar frente a él.

    Su tamaño era tan inmenso que apenas podía abarcar una pequeña parte de su rostro.

    Sin embargo, sus ojos me observaban como si yo fuera todo su mundo.

    Durante unos segundos no dijo nada.

    Simplemente me contempló.

    Y sonrió.

    —Ahora lo entiendo...

    Sus palabras apenas fueron un susurro.

    —No naciste para continuar nuestra guerra...

    —Naciste para terminarla...

    El brillo de sus ojos comenzó a apagarse.

    Lentamente.

    Sin dolor.

    Sin miedo.

    Como quien finalmente puede descansar.

    Y entonces ocurrió.

    A mi lado apareció una pequeña figura encapuchada.

    Silenciosa.

    Antigua.

    Un diminuto shinigami.

    No pronunció palabra alguna.

    Ni parecía interesado en nosotros.

    Simplemente caminó hasta el anciano dragón.

    Extendió una pequeña mano.

    Y tomó algo que no podía verse.

    El alma de Terra.

    Pero no se la llevó.

    El pequeño ser observó el núcleo que latía en el pecho del dragón.

    Una última vez.

    Y lo separó cuidadosamente de su cuerpo.

    El corazón mineral del anciano cayó frente a mí.

    El suelo tembló.

    La piedra comenzó a resquebrajarse.

    Runas antiguas aparecieron sobre su superficie.

    Lentamente.

    Muy lentamente.

    El núcleo empezó a transformarse.

    La roca se alargó.

    Se refinó.

    Se condensó.

    Hasta adoptar la forma de un bastón.

    Un bastón de piedra primordial.

    Nacido de la tierra más antigua.

    De la voluntad del último dragón hadeico de ese elemento.

    Lo tomé entre mis manos.

    Y en cuanto mis dedos tocaron la piedra...

    Sentí algo.

    No poder.

    No fuerza.

    No dominio.

    Sentí compañía.

    Como si una montaña entera hubiera decidido caminar a mi lado.

    Por primera vez.

    Fuego.

    Escarcha.

    Y tierra.

    Tres elementos.

    No enfrentados.

    No dominándose unos a otros.

    Sino coexistiendo.

    Terra cerró los ojos.

    Y por primera vez en cuatro mil quinientos millones de años...

    El último dragón de tierra descansó.
    Fragmento extraído del rol con [Elina_Drakon]. https://ficrol.com/posts/386585 —Aahh... El suspiro del anciano hizo temblar las montañas. La roca crujió. Los árboles nacidos sobre su cuerpo se mecieron lentamente. —Estoy... tan cansado... vieja amiga... Sus enormes ojos permanecieron sobre Elina. —Cuánta guerra... —Cuánta muerte... —Cuántos nombres olvidados... Su voz sonaba cada vez más lejana. Como si hablara desde otro tiempo. Desde otro mundo. —Este viejo dragón ya no puede sostener más esta paz... Un silencio pesado cayó sobre el valle. —La paz... Sus párpados descendieron lentamente. —Es todo lo que anhelo... Volvió a mirarme. Sus pupilas antiguas reflejaban algo que jamás había visto. Esperanza. —Fuego... —Escarcha... Su respiración se volvió irregular. —Puede ser... —Pero no sola... Sus ojos parecieron perderse entre recuerdos imposibles. —Ellos creían en la unión... Los creadores de mi huevo. Los dos elementales que abandonaron la guerra. —Lo demostraron... Una pequeña carcajada escapó de su garganta. —Ha... ha... —Sí... —Elementos convergentes... Su cabeza descendió unos centímetros. —Acércate, niña... —Deja que estos viejos ojos puedan verte una última vez... Tragué saliva. Incluso para mí era difícil sostener aquella mirada. Pero avancé. Paso a paso. Hasta quedar frente a él. Su tamaño era tan inmenso que apenas podía abarcar una pequeña parte de su rostro. Sin embargo, sus ojos me observaban como si yo fuera todo su mundo. Durante unos segundos no dijo nada. Simplemente me contempló. Y sonrió. —Ahora lo entiendo... Sus palabras apenas fueron un susurro. —No naciste para continuar nuestra guerra... —Naciste para terminarla... El brillo de sus ojos comenzó a apagarse. Lentamente. Sin dolor. Sin miedo. Como quien finalmente puede descansar. Y entonces ocurrió. A mi lado apareció una pequeña figura encapuchada. Silenciosa. Antigua. Un diminuto shinigami. No pronunció palabra alguna. Ni parecía interesado en nosotros. Simplemente caminó hasta el anciano dragón. Extendió una pequeña mano. Y tomó algo que no podía verse. El alma de Terra. Pero no se la llevó. El pequeño ser observó el núcleo que latía en el pecho del dragón. Una última vez. Y lo separó cuidadosamente de su cuerpo. El corazón mineral del anciano cayó frente a mí. El suelo tembló. La piedra comenzó a resquebrajarse. Runas antiguas aparecieron sobre su superficie. Lentamente. Muy lentamente. El núcleo empezó a transformarse. La roca se alargó. Se refinó. Se condensó. Hasta adoptar la forma de un bastón. Un bastón de piedra primordial. Nacido de la tierra más antigua. De la voluntad del último dragón hadeico de ese elemento. Lo tomé entre mis manos. Y en cuanto mis dedos tocaron la piedra... Sentí algo. No poder. No fuerza. No dominio. Sentí compañía. Como si una montaña entera hubiera decidido caminar a mi lado. Por primera vez. Fuego. Escarcha. Y tierra. Tres elementos. No enfrentados. No dominándose unos a otros. Sino coexistiendo. Terra cerró los ojos. Y por primera vez en cuatro mil quinientos millones de años... El último dragón de tierra descansó.
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  • Sury vs Kael

    Las grietas recorrían el aire mientras fragmentos de roca flotaban alrededor de la cueva. El hielo cubría lentamente el suelo a cada paso que daba, extendiéndose como una marea silenciosa bajo mis pies. Al otro lado de las fracturas violetas distinguía una silueta inmóvil suspendida entre los restos de una realidad que parecía incapaz de soportar su presencia. Durante unos segundos observé aquella figura sin decir nada. Había escuchado demasiadas historias sobre él. Algunas parecían exageradas. Otras directamente imposibles. Y aun así, después de todo lo que había visto en mi vida, ninguna sonaba tan absurda como debería.

    Sury: Así que eras tú…

    La nieve comenzó a girar a mi alrededor mientras pequeños cristales nacían junto a la hoja de mi espada. El frío se extendió por toda la cueva, cubriendo las paredes con una fina capa de escarcha. No sentía miedo. Tampoco rabia. Solo curiosidad. Quería ver con mis propios ojos si aquel monstruo era realmente tan aterrador como contaban.

    Sury: He escuchado bastante sobre ti.

    Las grietas vibraron lentamente.

    Kael: ¿Y qué es lo que cuentan?

    Una pequeña sonrisa apareció en mi rostro. El hielo siguió extendiéndose mientras las fracturas del aire respondían a la presión de ambos poderes.

    Sury: Curioso… siempre que escucho hablar de ti, la historia termina igual.

    Miles de cristales aparecieron detrás de mí.

    Sury: Una chica de cabello plateado.

    La temperatura descendió varios grados.

    Sury: Ojos azules.

    La escarcha cubrió completamente las paredes.

    Sury: Orejas puntiagudas.

    Las grietas permanecieron inmóviles durante un instante.

    Sury: Y una costumbre bastante molesta de intentar resolver sola problemas que claramente la superan.

    Solté una pequeña risa mientras apoyaba la espada sobre mi hombro.

    Sury: Sinceramente… empieza a preocuparme cuánto habla de ti.

    Por primera vez la figura al otro lado de las grietas pareció reaccionar. No por el hielo. No por la presión. Sino por aquellas palabras. Fragmentos de roca comenzaron a girar a su alrededor mientras el aire volvía a agrietarse.

    Kael: Ya veo…

    La presión aumentó ligeramente.

    Kael: Así que has hablado con ella.

    Una nueva grieta atravesó la cueva de lado a lado.

    Kael: Debí imaginarlo.

    Las grietas avanzaron lentamente mientras la presión aumentaba por toda la cueva. Durante unos segundos el silencio regresó. Un silencio incómodo. El hielo continuó extendiéndose bajo mis pies mientras observaba la silueta suspendida entre las fracturas del aire.

    Kael: Entonces ya sabes cómo termina esta historia.

    Fragmentos de roca comenzaron a girar a su alrededor.

    Kael: No importa cuánto corra.

    Una nueva grieta atravesó el aire.

    Kael: No importa cuántos intenten protegerla.

    Las fracturas violetas se expandieron por las paredes.

    Kael: La sangre de su familia acabará pagando la deuda que dejaron atrás.

    El hielo crujió bajo mis pies.

    Kael: Y ella…

    La presión aumentó.

    Kael: Apenas puede protegerse a sí misma.

    Por primera vez mi sonrisa desapareció. La nieve dejó de girar. El frío descendió varios grados de golpe mientras observaba aquellas grietas durante unos segundos sin apartar la mirada.

    Sury: Eso es algo muy complicado para una niña.

    El silencio volvió a llenar la cueva.

    Sury: Apenas está comenzando su historia.

    Miles de cristales aparecieron detrás de mí.

    Sury: Apenas está aprendiendo quién quiere ser.

    La escarcha cubrió completamente el techo.

    Sury: Y sinceramente…

    El invierno absoluto despertó.

    Sury: Creo que ya tiene suficientes problemas sin que alguien de tu nivel siga intentando arrastrarla a los errores de generaciones anteriores.

    Las grietas vibraron.

    La nieve explotó a mi alrededor.

    Sury: Por eso estoy aquí.

    Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. El hielo avanzaba. Las grietas respondían. Dos fuerzas completamente opuestas luchaban por dominar el mismo espacio mientras la cueva comenzaba a temblar bajo la presión de ambos.

    Entonces, por primera vez, Kael sonrió. La realidad volvió a fracturarse alrededor de su cuerpo y nuevas grietas recorrieron el aire como si el propio mundo estuviera cediendo ante su presencia.

    Kael: Entonces deja de hablar.

    Las fracturas avanzaron hacia mí devorando todo lo que encontraban a su paso.

    Kael: Ven y compruébalo.

    La nieve comenzó a arremolinarse violentamente a mi alrededor. Miles de cristales iluminaron la oscuridad de la cueva mientras llevaba lentamente la espada a una posición de combate. El invierno absoluto despertó por completo dentro de mí. La temperatura cayó en picado y la escarcha cubrió cada rincón de aquel lugar.

    Sury: Apenas está comenzando su historia.

    Los cristales flotaron alrededor de la hoja de mi espada mientras el hielo se extendía por las paredes.

    Sury: Y yo me aseguraré de que llegue a ver el siguiente capítulo.

    Las grietas vibraron.

    La nieve explotó.

    El frío descendió todavía más.

    Sury: Aunque tenga que derribar una grieta para conseguirlo.

    Durante un instante el propio mundo pareció contener la respiración. El hielo y las fracturas chocaban entre sí incluso antes de que nosotros nos moviéramos. Entonces desaparecimos al mismo tiempo. La tormenta de hielo estalló a mi alrededor mientras las grietas devoraban el espacio entre nosotros. La cueva entera tembló bajo el impacto de ambos poderes y el primer choque entre la Reina del Hielo y el portador de las grietas hizo que el cielo se resquebrajara sobre sus cabezas
    ⚠️Sury vs Kael⚠️ Las grietas recorrían el aire mientras fragmentos de roca flotaban alrededor de la cueva. El hielo cubría lentamente el suelo a cada paso que daba, extendiéndose como una marea silenciosa bajo mis pies. Al otro lado de las fracturas violetas distinguía una silueta inmóvil suspendida entre los restos de una realidad que parecía incapaz de soportar su presencia. Durante unos segundos observé aquella figura sin decir nada. Había escuchado demasiadas historias sobre él. Algunas parecían exageradas. Otras directamente imposibles. Y aun así, después de todo lo que había visto en mi vida, ninguna sonaba tan absurda como debería. Sury: Así que eras tú… La nieve comenzó a girar a mi alrededor mientras pequeños cristales nacían junto a la hoja de mi espada. El frío se extendió por toda la cueva, cubriendo las paredes con una fina capa de escarcha. No sentía miedo. Tampoco rabia. Solo curiosidad. Quería ver con mis propios ojos si aquel monstruo era realmente tan aterrador como contaban. Sury: He escuchado bastante sobre ti. Las grietas vibraron lentamente. Kael: ¿Y qué es lo que cuentan? Una pequeña sonrisa apareció en mi rostro. El hielo siguió extendiéndose mientras las fracturas del aire respondían a la presión de ambos poderes. Sury: Curioso… siempre que escucho hablar de ti, la historia termina igual. Miles de cristales aparecieron detrás de mí. Sury: Una chica de cabello plateado. La temperatura descendió varios grados. Sury: Ojos azules. La escarcha cubrió completamente las paredes. Sury: Orejas puntiagudas. Las grietas permanecieron inmóviles durante un instante. Sury: Y una costumbre bastante molesta de intentar resolver sola problemas que claramente la superan. Solté una pequeña risa mientras apoyaba la espada sobre mi hombro. Sury: Sinceramente… empieza a preocuparme cuánto habla de ti. Por primera vez la figura al otro lado de las grietas pareció reaccionar. No por el hielo. No por la presión. Sino por aquellas palabras. Fragmentos de roca comenzaron a girar a su alrededor mientras el aire volvía a agrietarse. Kael: Ya veo… La presión aumentó ligeramente. Kael: Así que has hablado con ella. Una nueva grieta atravesó la cueva de lado a lado. Kael: Debí imaginarlo. Las grietas avanzaron lentamente mientras la presión aumentaba por toda la cueva. Durante unos segundos el silencio regresó. Un silencio incómodo. El hielo continuó extendiéndose bajo mis pies mientras observaba la silueta suspendida entre las fracturas del aire. Kael: Entonces ya sabes cómo termina esta historia. Fragmentos de roca comenzaron a girar a su alrededor. Kael: No importa cuánto corra. Una nueva grieta atravesó el aire. Kael: No importa cuántos intenten protegerla. Las fracturas violetas se expandieron por las paredes. Kael: La sangre de su familia acabará pagando la deuda que dejaron atrás. El hielo crujió bajo mis pies. Kael: Y ella… La presión aumentó. Kael: Apenas puede protegerse a sí misma. Por primera vez mi sonrisa desapareció. La nieve dejó de girar. El frío descendió varios grados de golpe mientras observaba aquellas grietas durante unos segundos sin apartar la mirada. Sury: Eso es algo muy complicado para una niña. El silencio volvió a llenar la cueva. Sury: Apenas está comenzando su historia. Miles de cristales aparecieron detrás de mí. Sury: Apenas está aprendiendo quién quiere ser. La escarcha cubrió completamente el techo. Sury: Y sinceramente… El invierno absoluto despertó. Sury: Creo que ya tiene suficientes problemas sin que alguien de tu nivel siga intentando arrastrarla a los errores de generaciones anteriores. Las grietas vibraron. La nieve explotó a mi alrededor. Sury: Por eso estoy aquí. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. El hielo avanzaba. Las grietas respondían. Dos fuerzas completamente opuestas luchaban por dominar el mismo espacio mientras la cueva comenzaba a temblar bajo la presión de ambos. Entonces, por primera vez, Kael sonrió. La realidad volvió a fracturarse alrededor de su cuerpo y nuevas grietas recorrieron el aire como si el propio mundo estuviera cediendo ante su presencia. Kael: Entonces deja de hablar. Las fracturas avanzaron hacia mí devorando todo lo que encontraban a su paso. Kael: Ven y compruébalo. La nieve comenzó a arremolinarse violentamente a mi alrededor. Miles de cristales iluminaron la oscuridad de la cueva mientras llevaba lentamente la espada a una posición de combate. El invierno absoluto despertó por completo dentro de mí. La temperatura cayó en picado y la escarcha cubrió cada rincón de aquel lugar. Sury: Apenas está comenzando su historia. Los cristales flotaron alrededor de la hoja de mi espada mientras el hielo se extendía por las paredes. Sury: Y yo me aseguraré de que llegue a ver el siguiente capítulo. Las grietas vibraron. La nieve explotó. El frío descendió todavía más. Sury: Aunque tenga que derribar una grieta para conseguirlo. Durante un instante el propio mundo pareció contener la respiración. El hielo y las fracturas chocaban entre sí incluso antes de que nosotros nos moviéramos. Entonces desaparecimos al mismo tiempo. La tormenta de hielo estalló a mi alrededor mientras las grietas devoraban el espacio entre nosotros. La cueva entera tembló bajo el impacto de ambos poderes y el primer choque entre la Reina del Hielo y el portador de las grietas hizo que el cielo se resquebrajara sobre sus cabezas
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  • Llevamos tres días jugando al gato y al ratón. He cambiado dos veces de ubicación. Él a saber cuántas. Ahora, en esta nueva posición, llevo 17 horas quieto.

    He llenado una botella y media y me he fumado un paquete. Siempre vuelto hacia atrás. Sobieski me enseñó que si no puedes combatir el vicio, aprende a esconderlo.

    La mira recorre la ciudad. Ventana por ventana. Cientos de ellas. Cientos de vidas que no me incumben.

    Algo capta mi atención en un edificio en construcción, varias plantas por debajo de mi posición. Una brasa. Pequeña. Intermitente.

    Un cigarrillo encendido en la oscuridad.

    Ajusto la mira. Veo el cañón de un rifle apoyado en el borde de una ventana sin cristal. Nadie detrás. Solo el cigarrillo, esperando.

    Un error de novato en alguien que me ha dado esquinazo durante días.

    No es un error.

    Da una calada. El punto rojo se intensifica un instante y vuelve a apagarse.

    Está buscando. No sabe dónde estoy. Y ha decidido que la mejor forma de encontrarme es ponerse delante y esperar a que yo dispare primero. Que el fogonazo me delate.

    Apostando su vida a que voy a fallar.

    Pienso en las cientos de ventanas que hay entre nosotros. En toda la gente que vive ahí dentro, ajena a esto. Y en él, en algún punto de toda esa ciudad, pensando solo en mí. Buscándome solo a mí.

    Durante un instante, casi se siente bien. Que alguien me busque. Solo a mí.

    Casi.

    Disparo.
    Llevamos tres días jugando al gato y al ratón. He cambiado dos veces de ubicación. Él a saber cuántas. Ahora, en esta nueva posición, llevo 17 horas quieto. He llenado una botella y media y me he fumado un paquete. Siempre vuelto hacia atrás. Sobieski me enseñó que si no puedes combatir el vicio, aprende a esconderlo. La mira recorre la ciudad. Ventana por ventana. Cientos de ellas. Cientos de vidas que no me incumben. Algo capta mi atención en un edificio en construcción, varias plantas por debajo de mi posición. Una brasa. Pequeña. Intermitente. Un cigarrillo encendido en la oscuridad. Ajusto la mira. Veo el cañón de un rifle apoyado en el borde de una ventana sin cristal. Nadie detrás. Solo el cigarrillo, esperando. Un error de novato en alguien que me ha dado esquinazo durante días. No es un error. Da una calada. El punto rojo se intensifica un instante y vuelve a apagarse. Está buscando. No sabe dónde estoy. Y ha decidido que la mejor forma de encontrarme es ponerse delante y esperar a que yo dispare primero. Que el fogonazo me delate. Apostando su vida a que voy a fallar. Pienso en las cientos de ventanas que hay entre nosotros. En toda la gente que vive ahí dentro, ajena a esto. Y en él, en algún punto de toda esa ciudad, pensando solo en mí. Buscándome solo a mí. Durante un instante, casi se siente bien. Que alguien me busque. Solo a mí. Casi. Disparo.
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  • En un intento por levantar la moral, la soldado más joven se acercó finalmente, aunque no fueran a reconocerla en esa ocasión. No era importante mostrarse con la armadura y el rostro cubierto por el casco, solo que su voz fuera escuchada por aquellos compañeros que en algún momento le habían confiado sus vidas.
    Serena, como solamente alguien con poder podría acercarse, ella mantuvo la mirada.

    — Si no es posible... que sea, y si deberá ser será, si Dios es todo no es solo lo que consideráis bueno, sino que también es la luz en la oscuridad: iluminará tanto al justo como al injusto en el camino del libre albedrío y no dará castigo hasta el juicio final.
    Todos nuestros días son, entonces, una oportunidad para elegir un camino justo, y mientras los injustos dejan ese tiempo pasar como arena entre sus dedos, el justo sufrirá cada segundo como un siglo.
    No se sigue a Dios para hacer el bien, vosotros hacéis el bien porque es lo que Dios ha sembrado en vosotros.

    Toda vuestra bondad y disciplina que ha sido dada por él, a él volverá, y su reino será entonces una familia unida en un abrazo que solo el mortal puede soñar.
    En un intento por levantar la moral, la soldado más joven se acercó finalmente, aunque no fueran a reconocerla en esa ocasión. No era importante mostrarse con la armadura y el rostro cubierto por el casco, solo que su voz fuera escuchada por aquellos compañeros que en algún momento le habían confiado sus vidas. Serena, como solamente alguien con poder podría acercarse, ella mantuvo la mirada. — Si no es posible... que sea, y si deberá ser será, si Dios es todo no es solo lo que consideráis bueno, sino que también es la luz en la oscuridad: iluminará tanto al justo como al injusto en el camino del libre albedrío y no dará castigo hasta el juicio final. Todos nuestros días son, entonces, una oportunidad para elegir un camino justo, y mientras los injustos dejan ese tiempo pasar como arena entre sus dedos, el justo sufrirá cada segundo como un siglo. No se sigue a Dios para hacer el bien, vosotros hacéis el bien porque es lo que Dios ha sembrado en vosotros. Toda vuestra bondad y disciplina que ha sido dada por él, a él volverá, y su reino será entonces una familia unida en un abrazo que solo el mortal puede soñar.
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  • Un amor que debe florecer:
    Bajo el firmamento sereno, do la luna derramaba su argentado resplandor sobre las aguas del puerto, corría el mozo Zelkova, cubierto con su gorrilla de caza bermeja, abrigo largo y corbata oscura. El rumor de los navíos anclados se mezclaba con el jadeo afanoso de la pareja que seguía sus pasos.

    ◇¡Amor, no lo lograremos! ¡Nos hallarán!

    Exclamó la doncella con la voz quebrada.

    ●No dejéis que vuestra voluntad claudique

    Replicó Zelkova sin aminorar el paso.

    ●Ya estamos cerca.

    Con discretos ademanes los guiaba entre las sombras de las naves, señalándoles cuándo detenerse y cuándo escurrirse entre los cascos y aparejos. Así llegaron finalmente a una pequeña lancha que los aguardaba junto al muelle.

    Los tres quedaron rendidos por la fatiga.

    ♤No sabes cuánto te agradecemos

    Dijo el varón

    ♤Habéis hecho tanto por nosotros...

    ●No fue nada

    Respondió el cura, ocultando el rostro bajo la visera de su gorra.

    Mas el hombre entrecerró los ojos.

    ♤¿Qué escondéis ahí?

    ●Nada... nada. Daos priesa.

    ◇¡Por Dios!

    Gritó la mujer

    ◇¡Deja de hacerte el duro!.

    Con un suspiro resignado, Zelkova apartó la visera. Entonces quedó expuesto el morado que ennegrecía uno de sus ojos, memoria de las contiendas libradas para protegerles.

    La mujer rompió en llanto.

    ♤¿Por qué lo hiciste?

    Preguntó el hombre.

    ●Porque vuestro amor debe florecer en paz. Por vuestro bien... y por el de vuestro hijo.

    El hombre quedó anonadado y volvió la vista hacia su amada. Ella, ruborizada, miró hacia otro lado.

    ●Oh...

    Murmuró Zelkova

    ●Creo que malogré vuestra sorpresa.

    El hombre abrazó a la mujer y luego se volvió hacia él.

    ♤venga con nosotros. Mi familia os persigue; es peligroso. Si continuáis así, acabarán por daros muerte.

    ◇Intentaron apartarnos.

    Sollozó la doncella

    ◇Encerrarnos en nuestra soledad y unirnos a matrimonios arreglados. Usted y Ciaso nos ayudaron a amarnos. Buscarán mataros...

    Zelkova agitó las manos con mansedumbre.

    ●Está bien, está bien. No acontece nada. Mas no puedo acompañaros.

    Ambos guardaron silencio, incrédulos.

    ●No seáis necios

    Prosiguió el cura con una tenue sonrisa

    ●Siembra tu semilla y puebla la tierra. Dios os bendecirá con una familia sana. En verdad, merecéis ser felices. Yo aún tengo menesteres que atender.

    Volvió apenas el rostro.

    ●Vamos. Partid.

    El hombre, antes de embarcar, formuló una última pregunta.

    ♤¿Por qué arriesgas tu vida por unos desconocidos? No podemos devolverte semejante favor.

    Entonces Zelkova respondió con voz serena, citando las Sagradas Escrituras:

    ●Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.

    La pareja corrió hacia él y lo estrechó en un abrazo.

    ♤Gracias, Padre Legasov◇

    Susurraron. Después subieron a la lancha, que pronto comenzó a alejarse de la ribera.

    Zelkova alzó una mano en despedida. Cuando la embarcación se perdió entre los reflejos argénteos del mar, tomó asiento junto al muelle. No contempló las aguas ni la luna que danzaba sobre ellas. Permaneció inmóvil, aquietando su espíritu y templando su mente para la labor que aún le aguardaba en la grisácea senda que había escogido recorrer.
    Un amor que debe florecer: Bajo el firmamento sereno, do la luna derramaba su argentado resplandor sobre las aguas del puerto, corría el mozo Zelkova, cubierto con su gorrilla de caza bermeja, abrigo largo y corbata oscura. El rumor de los navíos anclados se mezclaba con el jadeo afanoso de la pareja que seguía sus pasos. ◇¡Amor, no lo lograremos! ¡Nos hallarán! Exclamó la doncella con la voz quebrada. ●No dejéis que vuestra voluntad claudique Replicó Zelkova sin aminorar el paso. ●Ya estamos cerca. Con discretos ademanes los guiaba entre las sombras de las naves, señalándoles cuándo detenerse y cuándo escurrirse entre los cascos y aparejos. Así llegaron finalmente a una pequeña lancha que los aguardaba junto al muelle. Los tres quedaron rendidos por la fatiga. ♤No sabes cuánto te agradecemos Dijo el varón ♤Habéis hecho tanto por nosotros... ●No fue nada Respondió el cura, ocultando el rostro bajo la visera de su gorra. Mas el hombre entrecerró los ojos. ♤¿Qué escondéis ahí? ●Nada... nada. Daos priesa. ◇¡Por Dios! Gritó la mujer ◇¡Deja de hacerte el duro!. Con un suspiro resignado, Zelkova apartó la visera. Entonces quedó expuesto el morado que ennegrecía uno de sus ojos, memoria de las contiendas libradas para protegerles. La mujer rompió en llanto. ♤¿Por qué lo hiciste? Preguntó el hombre. ●Porque vuestro amor debe florecer en paz. Por vuestro bien... y por el de vuestro hijo. El hombre quedó anonadado y volvió la vista hacia su amada. Ella, ruborizada, miró hacia otro lado. ●Oh... Murmuró Zelkova ●Creo que malogré vuestra sorpresa. El hombre abrazó a la mujer y luego se volvió hacia él. ♤venga con nosotros. Mi familia os persigue; es peligroso. Si continuáis así, acabarán por daros muerte. ◇Intentaron apartarnos. Sollozó la doncella ◇Encerrarnos en nuestra soledad y unirnos a matrimonios arreglados. Usted y Ciaso nos ayudaron a amarnos. Buscarán mataros... Zelkova agitó las manos con mansedumbre. ●Está bien, está bien. No acontece nada. Mas no puedo acompañaros. Ambos guardaron silencio, incrédulos. ●No seáis necios Prosiguió el cura con una tenue sonrisa ●Siembra tu semilla y puebla la tierra. Dios os bendecirá con una familia sana. En verdad, merecéis ser felices. Yo aún tengo menesteres que atender. Volvió apenas el rostro. ●Vamos. Partid. El hombre, antes de embarcar, formuló una última pregunta. ♤¿Por qué arriesgas tu vida por unos desconocidos? No podemos devolverte semejante favor. Entonces Zelkova respondió con voz serena, citando las Sagradas Escrituras: ●Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos. La pareja corrió hacia él y lo estrechó en un abrazo. ♤Gracias, Padre Legasov◇ Susurraron. Después subieron a la lancha, que pronto comenzó a alejarse de la ribera. Zelkova alzó una mano en despedida. Cuando la embarcación se perdió entre los reflejos argénteos del mar, tomó asiento junto al muelle. No contempló las aguas ni la luna que danzaba sobre ellas. Permaneció inmóvil, aquietando su espíritu y templando su mente para la labor que aún le aguardaba en la grisácea senda que había escogido recorrer.
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  • Siempre he preferido a las bestias en la noche.
    La competencia es buena.
    Nunca te olvides que el peor horror somos nosotros.
    No los dioses, no los monstruos.
    Nosotros.
    Siempre he preferido a las bestias en la noche. La competencia es buena. Nunca te olvides que el peor horror somos nosotros. No los dioses, no los monstruos. Nosotros.
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