• Khatsis se encontraba entrenando. Su hermano dijo que lo ayudaria pero el dios del tiempo era alguien impaciente, asi que creo multiples clones temporales de si mismo para ayudarse a entrenar

    - ¡Vamos... yo puedo!, ¡no puedo depender unicamente de mis poderes!, ¡debo saber luchar con mis puños!

    Por alguna razon las copias que creo de si mismo tenian una apariencia algunos mas jovenes y otros mas adultos... los que eran mas adultos tenian mas control al momento de pelear lo cual era extraño, pero util para entrenar
    Khatsis se encontraba entrenando. Su hermano dijo que lo ayudaria pero el dios del tiempo era alguien impaciente, asi que creo multiples clones temporales de si mismo para ayudarse a entrenar - ¡Vamos... yo puedo!, ¡no puedo depender unicamente de mis poderes!, ¡debo saber luchar con mis puños! Por alguna razon las copias que creo de si mismo tenian una apariencia algunos mas jovenes y otros mas adultos... los que eran mas adultos tenian mas control al momento de pelear lo cual era extraño, pero util para entrenar
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  • — El único lugar que me gusta y a la vez agota mi paciencia, aunque eso último más bien es culpa de otros factores.
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  • —No hay tareas aburridas, sólo maneras aburridas de hacerlas. No todo en la vida de un caballero de la Orden es blandir armas y excursionar, ¿sabes? Hasta nosotros tenemos que ponernos a barrer, trapear y sacudir. Y eso es igual de importante, incluso si no parece emocionante y glamoroso.
    —No hay tareas aburridas, sólo maneras aburridas de hacerlas. No todo en la vida de un caballero de la Orden es blandir armas y excursionar, ¿sabes? Hasta nosotros tenemos que ponernos a barrer, trapear y sacudir. Y eso es igual de importante, incluso si no parece emocionante y glamoroso.
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  • 10 a 10 líneas por Año
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    Mokushiro no Yushiro
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    El aroma del café barato y el vapor de la máquina de espresso intentaban, sin éxito, camuflar el olor que realmente dominaba sus sentidos: pólvora vieja y ozono. Reze llevaba puesto el uniforme del café, una prenda que sentía como un disfraz de Halloween del que no podía despojarse. Sus manos, las mismas que fueron sumergidas en químicos y entrenadas para romper cuellos antes de aprender a escribir, temblaban levemente mientras sostenían una taza de cerámica.

    ​《FLASHBACK》

    ​Cerró los ojos un segundo y el calor de Tokio desapareció. De repente, volvía a tener siete años y el frío le quemaba los pulmones. Se vio en una fila, vulnerable bajo luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico. A su lado, el "Sujeto 733" caía al suelo, sus ojos convertidos en cristal líquido tras la inyección. Los hombres de bata blanca ni siquiera lo miraron; simplemente anotaron con frialdad: “Fallo en la tasa de absorción”.

    ​Sintió de nuevo el pinchazo en su propio cuello. El dolor no era humano; era como si alguien vertiera metal fundido directamente en sus venas. Recordó el sabor metálico de la sangre en su boca y el eco de una voz gélida que sentenciaba su destino:

    ​— "Si sobrevives, serás el orgullo de la Madre Rusia. Si mueres, solo serás abono para la siguiente generación."

    ​Despertó en una fosa, bajo el peso muerto de otros sujetos que no tuvieron su "suerte". Salir de allí gateando fue su primer acto de guerra; su garganta no emitía un grito, sino el pitido sordo de una mecha encendida. Ese día, la niña llamada Reze murió. Lo que emergió de la nieve fue la Bomba.

    ​Reze abrió los ojos, regresando bruscamente a la realidad del café. El vello de su nuca se erizó. Sabía que Seguridad Pública la buscaba y que cualquier sombra en la calle podría ser un agente del gobierno. Había pasado meses cambiando de identidad, borrando sus huellas y aprendiendo a reír como si nada le doliera, como si fuera una persona real.

    ​Sus dedos rozaron la gargantilla negra que rodeaba su cuello. Era su seguro de vida y, al mismo tiempo, su condena. Si tiraba de ella, Tokio ardería. Si la mantenía puesta, seguiría siendo una esclava en fuga.
    ​El trauma comenzó a distorsionar su visión del entorno. Los clientes a su alrededor dejaron de ser simples civiles; en su mente, el joven de la esquina era un informante y la mujer del fondo una asesina de Seguridad Pública esperando la señal para disparar. Sus ojos escaneaban cada movimiento con una intensidad paranoica, convencida de que el experimento fallido finalmente había sido acorralado por el gobierno. El "clic" de una cucharilla contra una taza sonó en su cabeza como el percutor de un arma. Estaba rodeada, o al menos eso le gritaba su instinto roto, sintiéndose atrapada en una emboscada invisible a plena luz del día.
    El aroma del café barato y el vapor de la máquina de espresso intentaban, sin éxito, camuflar el olor que realmente dominaba sus sentidos: pólvora vieja y ozono. Reze llevaba puesto el uniforme del café, una prenda que sentía como un disfraz de Halloween del que no podía despojarse. Sus manos, las mismas que fueron sumergidas en químicos y entrenadas para romper cuellos antes de aprender a escribir, temblaban levemente mientras sostenían una taza de cerámica. ​《FLASHBACK》 ​Cerró los ojos un segundo y el calor de Tokio desapareció. De repente, volvía a tener siete años y el frío le quemaba los pulmones. Se vio en una fila, vulnerable bajo luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico. A su lado, el "Sujeto 733" caía al suelo, sus ojos convertidos en cristal líquido tras la inyección. Los hombres de bata blanca ni siquiera lo miraron; simplemente anotaron con frialdad: “Fallo en la tasa de absorción”. ​Sintió de nuevo el pinchazo en su propio cuello. El dolor no era humano; era como si alguien vertiera metal fundido directamente en sus venas. Recordó el sabor metálico de la sangre en su boca y el eco de una voz gélida que sentenciaba su destino: ​— "Si sobrevives, serás el orgullo de la Madre Rusia. Si mueres, solo serás abono para la siguiente generación." ​Despertó en una fosa, bajo el peso muerto de otros sujetos que no tuvieron su "suerte". Salir de allí gateando fue su primer acto de guerra; su garganta no emitía un grito, sino el pitido sordo de una mecha encendida. Ese día, la niña llamada Reze murió. Lo que emergió de la nieve fue la Bomba. ​Reze abrió los ojos, regresando bruscamente a la realidad del café. El vello de su nuca se erizó. Sabía que Seguridad Pública la buscaba y que cualquier sombra en la calle podría ser un agente del gobierno. Había pasado meses cambiando de identidad, borrando sus huellas y aprendiendo a reír como si nada le doliera, como si fuera una persona real. ​Sus dedos rozaron la gargantilla negra que rodeaba su cuello. Era su seguro de vida y, al mismo tiempo, su condena. Si tiraba de ella, Tokio ardería. Si la mantenía puesta, seguiría siendo una esclava en fuga. ​El trauma comenzó a distorsionar su visión del entorno. Los clientes a su alrededor dejaron de ser simples civiles; en su mente, el joven de la esquina era un informante y la mujer del fondo una asesina de Seguridad Pública esperando la señal para disparar. Sus ojos escaneaban cada movimiento con una intensidad paranoica, convencida de que el experimento fallido finalmente había sido acorralado por el gobierno. El "clic" de una cucharilla contra una taza sonó en su cabeza como el percutor de un arma. Estaba rodeada, o al menos eso le gritaba su instinto roto, sintiéndose atrapada en una emboscada invisible a plena luz del día.
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    Domingo 26 de enero, 2026.
    Georgia State.

    "Maté mi nombre antes de que el mundo terminara de hacerlo por mí. Lo dejé tirado junto con el parche, las promesas y la mentira de que pertenecer a algo te salva. No te salva. Solo te da una razón elegante para pudrirte despacio.

    Aprendí más de la vida desarmando una motocicleta que escuchando a cualquier hombre hablar de honor. El metal no miente. Si está roto, está roto. Si fuerzas una pieza donde no va, todo revienta. La vida es igual: no perdona nostalgia ni ideales heredados.

    Cuando armas una moto desde cero, aceptas una verdad incómoda: nada tiene sentido por sí mismo. El sentido es algo que le impones a golpes, con decisiones sucias y consecuencias reales. Cada tornillo es una elección. Cada error, una cicatriz que no se borra.

    Yo también tuve que desmontarme. Quitar piezas que llevaban años oxidándome por dentro. Quemar lo que otros llamaban identidad. No quedó nada bonito. Solo silencio, rabia y la certeza de que nadie iba a venir a arreglarme.

    El motor arrancó igual. No por destino. No por redención. Arrancó porque hice el trabajo. Porque acepté que no hay propósito esperando al final del camino, solo kilómetros y asfalto. Y si vas a rodar, más vale hacerlo rápido, solo y sin mirar atrás. El mundo no merece explicaciones. Solo el ruido del motor alejándose.”
    Domingo 26 de enero, 2026. Georgia State. "Maté mi nombre antes de que el mundo terminara de hacerlo por mí. Lo dejé tirado junto con el parche, las promesas y la mentira de que pertenecer a algo te salva. No te salva. Solo te da una razón elegante para pudrirte despacio. Aprendí más de la vida desarmando una motocicleta que escuchando a cualquier hombre hablar de honor. El metal no miente. Si está roto, está roto. Si fuerzas una pieza donde no va, todo revienta. La vida es igual: no perdona nostalgia ni ideales heredados. Cuando armas una moto desde cero, aceptas una verdad incómoda: nada tiene sentido por sí mismo. El sentido es algo que le impones a golpes, con decisiones sucias y consecuencias reales. Cada tornillo es una elección. Cada error, una cicatriz que no se borra. Yo también tuve que desmontarme. Quitar piezas que llevaban años oxidándome por dentro. Quemar lo que otros llamaban identidad. No quedó nada bonito. Solo silencio, rabia y la certeza de que nadie iba a venir a arreglarme. El motor arrancó igual. No por destino. No por redención. Arrancó porque hice el trabajo. Porque acepté que no hay propósito esperando al final del camino, solo kilómetros y asfalto. Y si vas a rodar, más vale hacerlo rápido, solo y sin mirar atrás. El mundo no merece explicaciones. Solo el ruido del motor alejándose.”
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  • —El poder no significa nada si no se usa para ayudar a otros. El egoísmo y la autopreservación son trampas del ego; sólo unidos podemos sobrevivir. El valor de un reino se mide en cómo trata a sus ciudadanos menos privilegiados.
    —El poder no significa nada si no se usa para ayudar a otros. El egoísmo y la autopreservación son trampas del ego; sólo unidos podemos sobrevivir. El valor de un reino se mide en cómo trata a sus ciudadanos menos privilegiados.
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  • la promesa de un mañana
    Fandom Mo Dao Zu Shi
    Categoría Fantasía
    Zhōngguó (China) tambien nombrada Ciudad Central, pues era una nación gobernada por dinastías, donde las bases se asentaban en honrar a los ancestros y ser un buen hijo filial, respeto a los ancianos, y la misma naturaleza.

    Viejas leyendas que se contaban de generacion en generación, daban paso a jovenes que se dedicaban a mejorar espiritual y fisicamente sus habilidades o talentos y aquellos que lograban destacar se convertirían en cultivadores, muchos de ellos crearon sus propios clanes o sectas, las mas reconocidas eran por supuesto, Gusu Lan, Jiang de Yunmeng, Lanling Jin, Qinghe Nie, y Qishan Wen, entre las mas notables y las cuales tenian sus propias costumbres, tradiciones y reglas que cada uno de sus integrantes cumplía. Eran sus hijos primogénitos los que heredarían por supuesto la direccion de la secta.

    Los pequeñs clanes solian afiliarse o deseaban hacerlo a las principales, principalmente aquellos clanes o sectas que tenían mas poder y dominio como el caso del clan Wen.

    El mundo del cultivo era sin duda alguna una actividad predominante para aquellos con poder espiritual, fuerza y liderazgo, y se encargaban de erradicar los males del mundo, demonios, y otros seres que solian atacar a las personas.

    Lejos de esa región, en unas lejanas montañas, las cosas se manejaban diferente. Una mujer de complexión delgada, de largos cabellos grises impartía a su joven alumno lecciones de vida, aquel inquieto e ingenuo jovencito poseia una determinación inalterable tomaba algunas hermosas flores de loto del jardin. Su deseo desde hace algunos meses habia sido el mismo, salir de la montaña para pdoer ayudar a las personas, pues noticias alarmantes habian llegado a sus oidos por parte de un anciano que se topó cuando fue a recoger agua al manantial que se localizaba al bajar la montaña.

    - Deberé pedirle nuevamente a la mestra..poder ir..se negará de nuevo?..no me retractaré...debo ser firme..

    El tiempo transcurrió y tras mucho rogarle ella finalmente cedió, le dejó partir, pues muy a su pesar sabía que debia descubrir su vida por su propia cuenta, aunque las reglas eran absolutas, una vez que sales..no puedes regresar a la montaña.

    A pesar de su duda, su deseo era mayor y bajó la montaña por primera vez para emprender su viaje en un mundo nuevo, su nombre Daozhang Xiao XIngchen..
    Zhōngguó (China) tambien nombrada Ciudad Central, pues era una nación gobernada por dinastías, donde las bases se asentaban en honrar a los ancestros y ser un buen hijo filial, respeto a los ancianos, y la misma naturaleza. Viejas leyendas que se contaban de generacion en generación, daban paso a jovenes que se dedicaban a mejorar espiritual y fisicamente sus habilidades o talentos y aquellos que lograban destacar se convertirían en cultivadores, muchos de ellos crearon sus propios clanes o sectas, las mas reconocidas eran por supuesto, Gusu Lan, Jiang de Yunmeng, Lanling Jin, Qinghe Nie, y Qishan Wen, entre las mas notables y las cuales tenian sus propias costumbres, tradiciones y reglas que cada uno de sus integrantes cumplía. Eran sus hijos primogénitos los que heredarían por supuesto la direccion de la secta. Los pequeñs clanes solian afiliarse o deseaban hacerlo a las principales, principalmente aquellos clanes o sectas que tenían mas poder y dominio como el caso del clan Wen. El mundo del cultivo era sin duda alguna una actividad predominante para aquellos con poder espiritual, fuerza y liderazgo, y se encargaban de erradicar los males del mundo, demonios, y otros seres que solian atacar a las personas. Lejos de esa región, en unas lejanas montañas, las cosas se manejaban diferente. Una mujer de complexión delgada, de largos cabellos grises impartía a su joven alumno lecciones de vida, aquel inquieto e ingenuo jovencito poseia una determinación inalterable tomaba algunas hermosas flores de loto del jardin. Su deseo desde hace algunos meses habia sido el mismo, salir de la montaña para pdoer ayudar a las personas, pues noticias alarmantes habian llegado a sus oidos por parte de un anciano que se topó cuando fue a recoger agua al manantial que se localizaba al bajar la montaña. - Deberé pedirle nuevamente a la mestra..poder ir..se negará de nuevo?..no me retractaré...debo ser firme.. El tiempo transcurrió y tras mucho rogarle ella finalmente cedió, le dejó partir, pues muy a su pesar sabía que debia descubrir su vida por su propia cuenta, aunque las reglas eran absolutas, una vez que sales..no puedes regresar a la montaña. A pesar de su duda, su deseo era mayor y bajó la montaña por primera vez para emprender su viaje en un mundo nuevo, su nombre Daozhang Xiao XIngchen..
    Tipo
    Individual
    Líneas
    150
    Estado
    Disponible
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  • —Ah, siempre es lo mismo contigo. Te rehusas al principio, pero después no quieres darle el turno a otros. Eres una pequeña caprichosa, ¿verdad, Lowin?
    —Ah, siempre es lo mismo contigo. Te rehusas al principio, pero después no quieres darle el turno a otros. Eres una pequeña caprichosa, ¿verdad, Lowin?
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  • El frío de las noches cala en el cuerpo con fuerza, y la necesidad de no pensar en ello hace que la mente comience a trabajar para distraerse con otras cosas. El calor del cigarrillo apenas es suficiente para dejar de temblar, pero es una de esas noches reflexivas en las que no puede simplemente regresar a su departamento y resguardarse. Pensar es necesario, rebuscar explicaciones y plantearse escenarios que pudieron ser es parte de la rutina diaria del fin de semana durante el tiempo destinado a divagar.

    "Tal vez debí hablarle con más calma." Es el primer pensamiento que cruza su mente cuando le da una calada al cigarrillo. Sabía que el trabajo a veces era difícil, que ya de por sí el estrés y los deadlines lo hacían complicado para todavía poner más peso en los hombros de sus subordinados. Pero si no eran ellos, sería él. Una torre siempre cae cuando sus cimientos se sacuden y flaquean; tal vez en ese sismo no caería, pero lo haría en el siguiente, o en el siguiente de ese, o en el siguiente del siguiente. Era un hecho que tarde o temprano alguien terminaría cayendo y ese no podía -ni debía- ser él. "Tal vez debí entenderlo y mirarlo con otros ojos".

    — No, le di demasiadas oportunidades y no las supo aprovechar. —Suspiró, aprovechó de hacerlo en el momento que soltó el humo del cigarrillo, como si con ello estuviese dejando que parte de sus preocupaciones se esfumaran lentamente. La tensión en los hombros era grande, llegaba a ser dolorosa incluso del lado derecho, pero el pesar del corazón le hacía creer que era un precio justo.— Quizá sí sea esta la mejor decisión, un ultimátum hace cambiar a las personas. ¡Argh! Dios.

    Vincent se desesperó. Arrojó la colilla del cigarro al suelo y la pisó para asegurarse de que lo había apagado y, poco después, comenzó a palparse los bolsillos para encontrar la cajetilla. Obtuvo uno más y se lo llevó a la boca pero, al no encontrar el encendedor, sólo lo mantuvo sujeto mientras que refunfuñaba.

    — ¿Qué debería hacer en este caso? ¿Por qué es tan difícil asumir la responsabilidad sobre los sentimientos de los demás? Odio esta parte del trabajo.
    El frío de las noches cala en el cuerpo con fuerza, y la necesidad de no pensar en ello hace que la mente comience a trabajar para distraerse con otras cosas. El calor del cigarrillo apenas es suficiente para dejar de temblar, pero es una de esas noches reflexivas en las que no puede simplemente regresar a su departamento y resguardarse. Pensar es necesario, rebuscar explicaciones y plantearse escenarios que pudieron ser es parte de la rutina diaria del fin de semana durante el tiempo destinado a divagar. "Tal vez debí hablarle con más calma." Es el primer pensamiento que cruza su mente cuando le da una calada al cigarrillo. Sabía que el trabajo a veces era difícil, que ya de por sí el estrés y los deadlines lo hacían complicado para todavía poner más peso en los hombros de sus subordinados. Pero si no eran ellos, sería él. Una torre siempre cae cuando sus cimientos se sacuden y flaquean; tal vez en ese sismo no caería, pero lo haría en el siguiente, o en el siguiente de ese, o en el siguiente del siguiente. Era un hecho que tarde o temprano alguien terminaría cayendo y ese no podía -ni debía- ser él. "Tal vez debí entenderlo y mirarlo con otros ojos". — No, le di demasiadas oportunidades y no las supo aprovechar. —Suspiró, aprovechó de hacerlo en el momento que soltó el humo del cigarrillo, como si con ello estuviese dejando que parte de sus preocupaciones se esfumaran lentamente. La tensión en los hombros era grande, llegaba a ser dolorosa incluso del lado derecho, pero el pesar del corazón le hacía creer que era un precio justo.— Quizá sí sea esta la mejor decisión, un ultimátum hace cambiar a las personas. ¡Argh! Dios. Vincent se desesperó. Arrojó la colilla del cigarro al suelo y la pisó para asegurarse de que lo había apagado y, poco después, comenzó a palparse los bolsillos para encontrar la cajetilla. Obtuvo uno más y se lo llevó a la boca pero, al no encontrar el encendedor, sólo lo mantuvo sujeto mientras que refunfuñaba. — ¿Qué debería hacer en este caso? ¿Por qué es tan difícil asumir la responsabilidad sobre los sentimientos de los demás? Odio esta parte del trabajo.
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