• Último día de mi trabajo tienen su oportunidad de molestar..
    Luego no existo y usted tampoco para mí ..
    Gracias
    Besos..
    - dejo el comunicado y se fue a su oficina -

    https://vt.tiktok.com/ZSmeSejWN/
    Último día de mi trabajo tienen su oportunidad de molestar.. Luego no existo y usted tampoco para mí .. Gracias Besos.. - dejo el comunicado y se fue a su oficina - https://vt.tiktok.com/ZSmeSejWN/
    @morat_ecuador

    Hoy sale FALTAS TÚ y yo no estoy para nadie. #faltastu #moratbanda #m5

    ♬ Faltas Tú - Manuel Valdez
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  • — El pelinegro últimamente estaba muy pegajoso con su esposo, estaba en casa el mayor tiempo posible y cuando no, le dejaba detalles todo el tiempo.
    Esa mañana tuvo que salir a trabajar a la oficina, pero no sé olvidó de dejar un regalo y una pequeña nota a su amado. —

    "Para ti, porque si. Te amo"

    Hee Park
    — El pelinegro últimamente estaba muy pegajoso con su esposo, estaba en casa el mayor tiempo posible y cuando no, le dejaba detalles todo el tiempo. Esa mañana tuvo que salir a trabajar a la oficina, pero no sé olvidó de dejar un regalo y una pequeña nota a su amado. — "Para ti, porque si. Te amo" [spirit_yellow_koala_469]
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  • De acuerdo, ya me tienes justo donde me querías... Luego del trabajo, con la oficina sola, sin cámaras de vigilancia... Que es lo que querías decirme?~
    De acuerdo, ya me tienes justo donde me querías... Luego del trabajo, con la oficina sola, sin cámaras de vigilancia... Que es lo que querías decirme?~
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  • 𝑷𝑬𝑨𝑪𝑬 𝑾𝑨𝑺 𝑵𝑬𝑽𝑬𝑹 𝑨𝑵 𝑶𝑷𝑻𝑰𝑶𝑵
    Fandom Marvel
    Categoría Acción
    La situación actual con los centinelas no hacía más que darle la razón. Si tan solo lo hubieran escuchado cuando dijo que era un error confiar en la CIA y en todo lo que tuviera que ver con el gobierno, quizás las cosas podrían ser diferentes.

    El gobierno había decretado ley marcial, pero no era el ejército quien custodiaba las calles. Reemplazaron hombres por máquinas, por robots gigantes, cazadores de mutantes. Como si colocarles un collar inhibidor no fuese suficiente castigo, suficiente humillación para una raza incomprendida aunque claramente superior.

    Pesé a estar en desventaja, Erik había conseguido hacerse de un pequeño grupo de mutantes. Juntos eran la nueva resistencia, se reuinan una vez a la semana y en lugares diferentes, pasando el poco tiempo que tenían buscando la forma de quitarse ese artefacto del cuello aunque no habían tenido éxito, funcionaba igual para todos, soltando descargas eléctricas cuando trataban de extraerlos insertado alguna herramienta.

    Los gemelos Lensherr, Wanda y Pietro, también mutantes; trataban de que su padre desistiera de su idea por liberar a su gente pero Erik no entendía motivos ni razones. Había vivido una situación como esa en la infancia, más cruda y cruel, pero la situación actual no estaba muy lejos de tomar el camino que tomaron los alemanes.

    Prefería sacrificarse su vida, sacrificarse por sus hijos, por sus amigos, por todos aquellos mutantes que habían muerto injustamente. Decidió esperar para llevar a cabo su plan y tras burlar la seguridad en Industrias Trask, consiguió entrar haciéndose pasar por un obrebero, una elección inteligente y bastante acertada ya que en su mayoría eran mutantes.

    Aprovecho un descuido del arquitecto que los guiaba a la zona donde iban a trabajar y tras deambular por los corredores vacíos de la empresa, llego a la oficina de Bolivar Trask, el responsable de la nueva era de esclavitud mutante.

    Forzó la cerradura de la puerta y al entrar se encontro cara a cara con un hombre de cabello negro, sentado al otro lado del escritorio como si hubiera estado esperándolo. No conocía a ese hombre pero al menos no era el dueño de la empresa y eso lo tranquilizo.

    ──Disculpe, creíamos que este piso estaba vacío. Tiene que salir ahora, vamos a remodelar estas oficinas── Le explico al desconocido, señalando la identificación en su pecho que lo acreditaba como un obrero más.

    𝐃𝚄𝚂𝚃𝙸𝙽 𝚝𝚑𝚎 𝐏𝚒𝚕𝚘𝚝
    La situación actual con los centinelas no hacía más que darle la razón. Si tan solo lo hubieran escuchado cuando dijo que era un error confiar en la CIA y en todo lo que tuviera que ver con el gobierno, quizás las cosas podrían ser diferentes. El gobierno había decretado ley marcial, pero no era el ejército quien custodiaba las calles. Reemplazaron hombres por máquinas, por robots gigantes, cazadores de mutantes. Como si colocarles un collar inhibidor no fuese suficiente castigo, suficiente humillación para una raza incomprendida aunque claramente superior. Pesé a estar en desventaja, Erik había conseguido hacerse de un pequeño grupo de mutantes. Juntos eran la nueva resistencia, se reuinan una vez a la semana y en lugares diferentes, pasando el poco tiempo que tenían buscando la forma de quitarse ese artefacto del cuello aunque no habían tenido éxito, funcionaba igual para todos, soltando descargas eléctricas cuando trataban de extraerlos insertado alguna herramienta. Los gemelos Lensherr, Wanda y Pietro, también mutantes; trataban de que su padre desistiera de su idea por liberar a su gente pero Erik no entendía motivos ni razones. Había vivido una situación como esa en la infancia, más cruda y cruel, pero la situación actual no estaba muy lejos de tomar el camino que tomaron los alemanes. Prefería sacrificarse su vida, sacrificarse por sus hijos, por sus amigos, por todos aquellos mutantes que habían muerto injustamente. Decidió esperar para llevar a cabo su plan y tras burlar la seguridad en Industrias Trask, consiguió entrar haciéndose pasar por un obrebero, una elección inteligente y bastante acertada ya que en su mayoría eran mutantes. Aprovecho un descuido del arquitecto que los guiaba a la zona donde iban a trabajar y tras deambular por los corredores vacíos de la empresa, llego a la oficina de Bolivar Trask, el responsable de la nueva era de esclavitud mutante. Forzó la cerradura de la puerta y al entrar se encontro cara a cara con un hombre de cabello negro, sentado al otro lado del escritorio como si hubiera estado esperándolo. No conocía a ese hombre pero al menos no era el dueño de la empresa y eso lo tranquilizo. ──Disculpe, creíamos que este piso estaba vacío. Tiene que salir ahora, vamos a remodelar estas oficinas── Le explico al desconocido, señalando la identificación en su pecho que lo acreditaba como un obrero más. [PANDEM0NIO]
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  • — ¡Vin! Dice Vale que si vamos por sushi hoy. —Marco, su compañero del departamento de finanzas, no dudó en abordarlo con emoción a la salida del trabajo.— Hace mucho tiempo que no vamos y, siendo realista, la verdad es que también me gustaría. ¿Qué dices, vamos?

    Vincent se le quedó mirando con duda e intriga. No es que no tuviese antojo de sushi o que no quisiera distraerse un rato de su monótona rutina en el trabajo pero, la verdad, detestaba la idea de tener que conducir por más tiempo para llevar a Valentina hasta su casa y después regresar a dejar a Marco, porque le quedaba de camino a su hogar, y así terminar retrasándose más tiempo. Además, entendía que era el único que tenía vehículo y por eso lo invitaban, porque nadie más se iba a tomar la molestia de llevarlos al otro extremo de la ciudad, regresarlos a sus hogares y no pedir un solo centavo para la gasolina. ¿Quién más iba a ser tan noble para dejar que se aprovecharan de él tan descaradamente?

    — No lo sé. Tengo que terminar un trabajo llegando a casa, también le dije al jefe de nómina que veríamos su tema cuando estuviese en casa y mañana tengo una reunión con el equipo de auditoria. No sé si realmente pueda...

    — Hoy hay promoción. Todos los rollos están al dos por uno.

    — ¿Todos? Pero no lo sé, realmente tengo trabajo que...

    — Los helados de yogur también están al tres por dos. —Marco agregó de inmediato. Como si quisiera interrumpirlo sin darle oportunidad de negarse una vez más ante su petición.— Esos son los que te gustan, ¿no? Además, no sé si lo habías notado, pero ya nos pagaron.

    Ya nos pagaron. Nos pagaron. Pagaron. Promoción. Dos por uno. Tres por dos.

    Por un momento Vincent se quedó pensando en aquellas palabras que resonaron con fuerza en su mente. Aunque las deudas del mes le pasaron por la cabeza, el hecho de entender que su salario había sido pagado era suficiente para cambiar su humor. Su rostro cambió, pasando de esa incomodidad por el aprovechamiento, a una expresión más relajada en la que enviaba todo al carajo.

    — Bueno. Por mí está bien, ya hablaré mañana con los demás. Vamos, pero ustedes dos deberán invitarme el helado esta vez. —Vincent asintió, confirmando sus palabras y estando satisfecho con su propia decisión. De verdad que ya comenzaba a saborearse el helado cubierto de chocolate y con trozos de fruta como decoración para mejorar el dulzor.— Ya me hacía falta salir de esa oficina.

    Del dinero gastado hoy, se preocupará el Vincent del mañana.
    — ¡Vin! Dice Vale que si vamos por sushi hoy. —Marco, su compañero del departamento de finanzas, no dudó en abordarlo con emoción a la salida del trabajo.— Hace mucho tiempo que no vamos y, siendo realista, la verdad es que también me gustaría. ¿Qué dices, vamos? Vincent se le quedó mirando con duda e intriga. No es que no tuviese antojo de sushi o que no quisiera distraerse un rato de su monótona rutina en el trabajo pero, la verdad, detestaba la idea de tener que conducir por más tiempo para llevar a Valentina hasta su casa y después regresar a dejar a Marco, porque le quedaba de camino a su hogar, y así terminar retrasándose más tiempo. Además, entendía que era el único que tenía vehículo y por eso lo invitaban, porque nadie más se iba a tomar la molestia de llevarlos al otro extremo de la ciudad, regresarlos a sus hogares y no pedir un solo centavo para la gasolina. ¿Quién más iba a ser tan noble para dejar que se aprovecharan de él tan descaradamente? — No lo sé. Tengo que terminar un trabajo llegando a casa, también le dije al jefe de nómina que veríamos su tema cuando estuviese en casa y mañana tengo una reunión con el equipo de auditoria. No sé si realmente pueda... — Hoy hay promoción. Todos los rollos están al dos por uno. — ¿Todos? Pero no lo sé, realmente tengo trabajo que... — Los helados de yogur también están al tres por dos. —Marco agregó de inmediato. Como si quisiera interrumpirlo sin darle oportunidad de negarse una vez más ante su petición.— Esos son los que te gustan, ¿no? Además, no sé si lo habías notado, pero ya nos pagaron. Ya nos pagaron. Nos pagaron. Pagaron. Promoción. Dos por uno. Tres por dos. Por un momento Vincent se quedó pensando en aquellas palabras que resonaron con fuerza en su mente. Aunque las deudas del mes le pasaron por la cabeza, el hecho de entender que su salario había sido pagado era suficiente para cambiar su humor. Su rostro cambió, pasando de esa incomodidad por el aprovechamiento, a una expresión más relajada en la que enviaba todo al carajo. — Bueno. Por mí está bien, ya hablaré mañana con los demás. Vamos, pero ustedes dos deberán invitarme el helado esta vez. —Vincent asintió, confirmando sus palabras y estando satisfecho con su propia decisión. De verdad que ya comenzaba a saborearse el helado cubierto de chocolate y con trozos de fruta como decoración para mejorar el dulzor.— Ya me hacía falta salir de esa oficina. Del dinero gastado hoy, se preocupará el Vincent del mañana.
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  • ⸻"𝐴 𝑚𝑒𝑚𝑜𝑟𝑦 𝑟𝑒𝑠𝑖𝑑𝑖𝑛𝑔 𝑏𝑒𝑡𝑤𝑒𝑒𝑛 𝑙𝑜𝑣𝑒 𝑎𝑛𝑑 𝑝𝑎𝑖𝑛." | 𝐄𝐧𝐭𝐫𝐲: 𝐈


    […] Sentía la respiración más y más pesada a cada instante; suspiraba pesadamente al exhalar, y al inhalar, los pulmones le ardían mientras que un regusto a azufre invadía su lengua. El cerúleo de sus ojos cansinos se asomó apenas por sus entreabiertos párpados y los mechones rebeldes de su melena platinada, contemplando su silueta fragmentada en el espejo que tenía delante.

    La sangre escurría espesa y lenta —como si el vidrío sangrase desde cada lugar donde fue resquebrajado— tiñendo su pálido y distorsionado reflejo con un carmín sucio que parecía incluso desdibujar sus facciones. Tan solo su mirada, anclada al cristal, permanecía. Pero incluso sentía que esta ya no era suya. Entre más observaba, menos se reconocía.

    ¿Cuántas veces había contemplado su reflejo, solo para encontrar a alguien más detrás de él? A su padre, a su madre. A su hermano.

    Al propio hueco que la culpa había dejado en su pecho.

    Dante apretó los dientes al punto de hacerlos rechinar, así como su puño se ciñó a la empuñadura de su espada como si buscase aplastarla. La brea negra bajo sus pies comenzó a subir, mientras dejaba a la vista un precioso amuleto dorado frente a él, símbolo de sus más cruentos recuerdos.

    El cuerpo le pesaba, pero no iba a dejarse arrastrar por la culpa hasta el fondo de aquel mar negro. Con lo último que le quedaba de fuerzas, alzó la pesada hoja por encima del espejo, y la dejó caer. Un último impulso, un último anhelo. Y todo se volvió oscuridad sin encontrar en ello consuelo.

    Despertó agitado y empapado de sudor frío en uno de los sofás de su oficina. Los rayos cálidos del sol del atardecer le acariciaban el rostro en un contraste que le brindó tanto alivio como confusión.

    Otra vez había tenido ese sueño.
    ⸻"𝐴 𝑚𝑒𝑚𝑜𝑟𝑦 𝑟𝑒𝑠𝑖𝑑𝑖𝑛𝑔 𝑏𝑒𝑡𝑤𝑒𝑒𝑛 𝑙𝑜𝑣𝑒 𝑎𝑛𝑑 𝑝𝑎𝑖𝑛." | 𝐄𝐧𝐭𝐫𝐲: 𝐈 […] Sentía la respiración más y más pesada a cada instante; suspiraba pesadamente al exhalar, y al inhalar, los pulmones le ardían mientras que un regusto a azufre invadía su lengua. El cerúleo de sus ojos cansinos se asomó apenas por sus entreabiertos párpados y los mechones rebeldes de su melena platinada, contemplando su silueta fragmentada en el espejo que tenía delante. La sangre escurría espesa y lenta —como si el vidrío sangrase desde cada lugar donde fue resquebrajado— tiñendo su pálido y distorsionado reflejo con un carmín sucio que parecía incluso desdibujar sus facciones. Tan solo su mirada, anclada al cristal, permanecía. Pero incluso sentía que esta ya no era suya. Entre más observaba, menos se reconocía. ¿Cuántas veces había contemplado su reflejo, solo para encontrar a alguien más detrás de él? A su padre, a su madre. A su hermano. Al propio hueco que la culpa había dejado en su pecho. Dante apretó los dientes al punto de hacerlos rechinar, así como su puño se ciñó a la empuñadura de su espada como si buscase aplastarla. La brea negra bajo sus pies comenzó a subir, mientras dejaba a la vista un precioso amuleto dorado frente a él, símbolo de sus más cruentos recuerdos. El cuerpo le pesaba, pero no iba a dejarse arrastrar por la culpa hasta el fondo de aquel mar negro. Con lo último que le quedaba de fuerzas, alzó la pesada hoja por encima del espejo, y la dejó caer. Un último impulso, un último anhelo. Y todo se volvió oscuridad sin encontrar en ello consuelo. Despertó agitado y empapado de sudor frío en uno de los sofás de su oficina. Los rayos cálidos del sol del atardecer le acariciaban el rostro en un contraste que le brindó tanto alivio como confusión. Otra vez había tenido ese sueño.
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  • Espera que la joven 𝑴𝒂𝒆𝒍𝒍𝒆 esté bien, si hubiera apuntado su teléfono cuando entró a la oficina... Igual le hacía una llamada para saber CUÁNDO VA A PAGARLE, y luego saber cómo se encuentra, claro.

    Una lástima.
    Espera que la joven [expedition33] esté bien, si hubiera apuntado su teléfono cuando entró a la oficina... Igual le hacía una llamada para saber CUÁNDO VA A PAGARLE, y luego saber cómo se encuentra, claro. Una lástima.
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  • ~Fue entonces cuando lo conocí. Se acercó a mí para presentarse formalmente, tal como lo habían hecho los demás invitados, yo simplemente correspondí a su saludo con cortesía, observándolo con disimulo, cada detalle suyo captó mi atención desde el primer instante. La conversación, trivial al inicio, que pronto perdió interés para mí, así que lo invité a recorrer el castillo en busca de un poco de silencio.

    Caminamos hasta llegar a una de las oficinas, amplia, adornada con un sofá, un escritorio y estanterías repletas de libros. La luz de la luna se filtraba por los ventanales, bañando el lugar con un resplandor tenue y casi irreal.
    Hablamos largamente. Me contó de su origen y de la especie a la que pertenecía mientras le ofrecía una copa de vino. Todo transcurría de manera amena, interesante incluso, pero mis intenciones ya no podían ocultarse por más tiempo, sin pedir permiso, acorté la distancia y me senté sobre su regazo. La confianza se instaló entre nosotros y, dejando las copas de lado, la charla fluyó con mayor naturalidad, sin que él notara que ya estaba atado a la silla.

    Me incorporé lentamente entre sus piernas, inclinándome hacia él. Reaccionó apenas un instante después, al comprender que no podía moverse, pero para entonces yo ya había conseguido lo que buscaba, mis dedos recorrieron su cuello con suavidad, sintiendo el pulso bajo la piel, hasta encontrar el punto exacto, el sin comprender lo que sucedía y lo que iba acontecer solo se quedó expectante. Sin pedir permiso allí mordí, bebiendo su sangre cálida, intensa, exquisita. Fue cuando comprendió que había caído en el terreno de una vampira.~
    ~Fue entonces cuando lo conocí. Se acercó a mí para presentarse formalmente, tal como lo habían hecho los demás invitados, yo simplemente correspondí a su saludo con cortesía, observándolo con disimulo, cada detalle suyo captó mi atención desde el primer instante. La conversación, trivial al inicio, que pronto perdió interés para mí, así que lo invité a recorrer el castillo en busca de un poco de silencio. Caminamos hasta llegar a una de las oficinas, amplia, adornada con un sofá, un escritorio y estanterías repletas de libros. La luz de la luna se filtraba por los ventanales, bañando el lugar con un resplandor tenue y casi irreal. Hablamos largamente. Me contó de su origen y de la especie a la que pertenecía mientras le ofrecía una copa de vino. Todo transcurría de manera amena, interesante incluso, pero mis intenciones ya no podían ocultarse por más tiempo, sin pedir permiso, acorté la distancia y me senté sobre su regazo. La confianza se instaló entre nosotros y, dejando las copas de lado, la charla fluyó con mayor naturalidad, sin que él notara que ya estaba atado a la silla. Me incorporé lentamente entre sus piernas, inclinándome hacia él. Reaccionó apenas un instante después, al comprender que no podía moverse, pero para entonces yo ya había conseguido lo que buscaba, mis dedos recorrieron su cuello con suavidad, sintiendo el pulso bajo la piel, hasta encontrar el punto exacto, el sin comprender lo que sucedía y lo que iba acontecer solo se quedó expectante. Sin pedir permiso allí mordí, bebiendo su sangre cálida, intensa, exquisita. Fue cuando comprendió que había caído en el terreno de una vampira.~
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  • -La oficina estaba en un silencio casi absoluto, roto únicamente por el suave roce del papel y el lejano zumbido de las luces fluorescentes. Leon permanecía sentado tras su escritorio, las mangas de la camisa ligeramente arremangadas mientras ordenaba varios expedientes clasificados en distintas carpetas. Cada una llevaba sellos rojos y anotaciones precisas: ubicaciones, amenazas biológicas, posibles víctimas.
    Tomó uno de los informes y lo leyó con atención, frunciendo levemente el ceño al detenerse en un apartado marcado como “misión prioritaria”. Europa del Este. Actividad sospechosa. Restos de una cepa no identificada. Nada nuevo… y aun así, nunca dejaba de ser preocupante.
    Exhaló despacio, dejando el documento a un lado para tomar otro, revisando fechas, nombres y rutas de extracción. Su mente ya estaba varios pasos adelante, evaluando riesgos, escenarios y posibles fallos. Cerró la carpeta con un golpe seco y apoyó los codos sobre el escritorio, entrelazando los dedos.-

    Esto va a complicarse…

    -murmuró para sí, antes de alzar la mirada hacia la puerta, como si presintiera que no tardaría en recibir compañía o nuevas órdenes.-
    -La oficina estaba en un silencio casi absoluto, roto únicamente por el suave roce del papel y el lejano zumbido de las luces fluorescentes. Leon permanecía sentado tras su escritorio, las mangas de la camisa ligeramente arremangadas mientras ordenaba varios expedientes clasificados en distintas carpetas. Cada una llevaba sellos rojos y anotaciones precisas: ubicaciones, amenazas biológicas, posibles víctimas. Tomó uno de los informes y lo leyó con atención, frunciendo levemente el ceño al detenerse en un apartado marcado como “misión prioritaria”. Europa del Este. Actividad sospechosa. Restos de una cepa no identificada. Nada nuevo… y aun así, nunca dejaba de ser preocupante. Exhaló despacio, dejando el documento a un lado para tomar otro, revisando fechas, nombres y rutas de extracción. Su mente ya estaba varios pasos adelante, evaluando riesgos, escenarios y posibles fallos. Cerró la carpeta con un golpe seco y apoyó los codos sobre el escritorio, entrelazando los dedos.- Esto va a complicarse… -murmuró para sí, antes de alzar la mirada hacia la puerta, como si presintiera que no tardaría en recibir compañía o nuevas órdenes.-
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  • La mosca en la nuca II
    Categoría Original
    El asfalto parecía estirarse infinitamente bajo las ruedas de la moto, una cinta negra y desgastada que devoraba los kilómetros de la carretera secundaria. Alberto sentía el entumecimiento en las manos y el peso del cuero sobre los hombros; el motor, un rugido constante entre sus piernas, era lo único que mantenía a raya el silencio absoluto de la noche.
    Tras una curva cerrada, un letrero de neón parpadeante apareció como un faro de mala muerte: "The Sleepy Hollow - Vacancy".
    El motel era poco más que una hilera de puertas desconchadas y un olor penetrante a pino barato y humedad. Alberto detuvo la moto, apagó el motor y dejó que el silencio lo envolviera. Se quitó el casco, sacudiendo su cabello mientras sus ojos escudriñaban el lugar. Como demonio, sus sentidos siempre estaban alerta, pero el cansancio empezaba a ganarle la partida a la paranoia.
    Caminó hacia la oficina de recepción, pero antes de llegar, una presencia lo detuvo en seco. Un aroma dulce, casi celestial —como ozono después de la lluvia y jazmín—, flotaba en el aire estancado del aparcamiento.
    Allí, apoyado contra la barandilla de madera de la habitación número 4, estaba él.


    —¿Alberto? —La voz era una caricia de seda, cargada de una incredulidad genuina.

    Se trataba de...¿Zetch?

    El ángel se veía fuera de lugar en aquel entorno decadente. Su piel parecía emitir una luminiscencia tenue bajo la luz amarillenta de las farolas. Sus ojos, grandes y llenos de esa inocencia que Alberto siempre había encontrado tan exasperante como adictiva, lo miraban fijamente. Zetch dio un paso adelante.

    —Ha pasado tanto tiempo... Pensé que no volvería a sentir tu rastro —murmuró Zetch, acercándose lo suficiente para que la tensión entre ambos se volviera eléctrica.

    Alberto sintió el calor familiar subiendo por su pecho. El contraste era letal: la pureza de Zetch frente a la oscuridad densa que él mismo cargaba. El ángel inclinó un poco la cabeza, con esa curiosidad dulce que lo caracterizaba, y estiró una mano blanca para rozar la chaqueta de cuero de Alberto, justo encima de donde latía su corazón oscuro.

    —Estás cansado —susurró Zetch, su aliento rozando la mandíbula de Alberto—. Entra conmigo. Aquí... aquí nadie te buscará.—

    El demonio sabía que quedarse era un error, pero la forma en que Zetch lo miraba, con esa devoción limpia y sin juicio, era una tentación más fuerte que cualquier pecado que Alberto hubiera cometido antes.
    El asfalto parecía estirarse infinitamente bajo las ruedas de la moto, una cinta negra y desgastada que devoraba los kilómetros de la carretera secundaria. Alberto sentía el entumecimiento en las manos y el peso del cuero sobre los hombros; el motor, un rugido constante entre sus piernas, era lo único que mantenía a raya el silencio absoluto de la noche. Tras una curva cerrada, un letrero de neón parpadeante apareció como un faro de mala muerte: "The Sleepy Hollow - Vacancy". El motel era poco más que una hilera de puertas desconchadas y un olor penetrante a pino barato y humedad. Alberto detuvo la moto, apagó el motor y dejó que el silencio lo envolviera. Se quitó el casco, sacudiendo su cabello mientras sus ojos escudriñaban el lugar. Como demonio, sus sentidos siempre estaban alerta, pero el cansancio empezaba a ganarle la partida a la paranoia. Caminó hacia la oficina de recepción, pero antes de llegar, una presencia lo detuvo en seco. Un aroma dulce, casi celestial —como ozono después de la lluvia y jazmín—, flotaba en el aire estancado del aparcamiento. Allí, apoyado contra la barandilla de madera de la habitación número 4, estaba él. —¿Alberto? —La voz era una caricia de seda, cargada de una incredulidad genuina. Se trataba de...¿Zetch? El ángel se veía fuera de lugar en aquel entorno decadente. Su piel parecía emitir una luminiscencia tenue bajo la luz amarillenta de las farolas. Sus ojos, grandes y llenos de esa inocencia que Alberto siempre había encontrado tan exasperante como adictiva, lo miraban fijamente. Zetch dio un paso adelante. —Ha pasado tanto tiempo... Pensé que no volvería a sentir tu rastro —murmuró Zetch, acercándose lo suficiente para que la tensión entre ambos se volviera eléctrica. Alberto sintió el calor familiar subiendo por su pecho. El contraste era letal: la pureza de Zetch frente a la oscuridad densa que él mismo cargaba. El ángel inclinó un poco la cabeza, con esa curiosidad dulce que lo caracterizaba, y estiró una mano blanca para rozar la chaqueta de cuero de Alberto, justo encima de donde latía su corazón oscuro. —Estás cansado —susurró Zetch, su aliento rozando la mandíbula de Alberto—. Entra conmigo. Aquí... aquí nadie te buscará.— El demonio sabía que quedarse era un error, pero la forma en que Zetch lo miraba, con esa devoción limpia y sin juicio, era una tentación más fuerte que cualquier pecado que Alberto hubiera cometido antes.
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