{El agua golpeaba las piedras rotas de la plaza como si el propio cielo quisiera borrar aquel lugar del mundo.
Ivandore permanecía inmóvil bajo la lluvia, con la espada baja y el escudo levantado. Su respiración resonaba dentro del yelmo mientras observaba a la aberración que se alzaba frente a él.
No era un hombre.
No era una bestia.
Era un títere.
Uno de aquellos engendros de madera y tela maldita que habitaban los rincones olvidados de los viejos caminos.
Las cuerdas descendían desde la oscuridad sobre la criatura de verdes ropajes, perdiéndose en las alturas de las ruinas. Sus ojos rojizos brillaban con una luz enfermiza mientras avanzaba con movimientos imposibles, torciendo las articulaciones en ángulos antinaturales.
Ivandore hundió una bota en el barro.}
—Sea quien sea el que mueve tus hilos... hoy los cortaré.
{La marioneta emitió un chirrido semejante a una carcajada rota y lanzó una de sus afiladas hojas hacia el caballero.
El acero chocó contra el escudo con un estruendo seco.
Sin perder un segundo, Ivandore avanzó.
Una zancada.
Dos.
Tres.
Su espada describió un arco brillante bajo la lluvia, obligando al monstruo a retroceder. Las cuerdas se tensaron violentamente mientras la criatura saltaba hacia atrás con una agilidad imposible.
Pero el caballero no se detuvo.
Había sobrevivido a Arkenfall.
Había sido expulsado de la Orden.
Había caminado solo por las tierras salvajes de Asteria.
Y no pensaba caer ante una marioneta.
Con un rugido contenido, Ivandore cargó una vez más, dispuesto a acabar con aquella criatura y descubrir qué oscuro titiritero se ocultaba tras las sombras de la ciudad maldita.}
Ivandore permanecía inmóvil bajo la lluvia, con la espada baja y el escudo levantado. Su respiración resonaba dentro del yelmo mientras observaba a la aberración que se alzaba frente a él.
No era un hombre.
No era una bestia.
Era un títere.
Uno de aquellos engendros de madera y tela maldita que habitaban los rincones olvidados de los viejos caminos.
Las cuerdas descendían desde la oscuridad sobre la criatura de verdes ropajes, perdiéndose en las alturas de las ruinas. Sus ojos rojizos brillaban con una luz enfermiza mientras avanzaba con movimientos imposibles, torciendo las articulaciones en ángulos antinaturales.
Ivandore hundió una bota en el barro.}
—Sea quien sea el que mueve tus hilos... hoy los cortaré.
{La marioneta emitió un chirrido semejante a una carcajada rota y lanzó una de sus afiladas hojas hacia el caballero.
El acero chocó contra el escudo con un estruendo seco.
Sin perder un segundo, Ivandore avanzó.
Una zancada.
Dos.
Tres.
Su espada describió un arco brillante bajo la lluvia, obligando al monstruo a retroceder. Las cuerdas se tensaron violentamente mientras la criatura saltaba hacia atrás con una agilidad imposible.
Pero el caballero no se detuvo.
Había sobrevivido a Arkenfall.
Había sido expulsado de la Orden.
Había caminado solo por las tierras salvajes de Asteria.
Y no pensaba caer ante una marioneta.
Con un rugido contenido, Ivandore cargó una vez más, dispuesto a acabar con aquella criatura y descubrir qué oscuro titiritero se ocultaba tras las sombras de la ciudad maldita.}
{El agua golpeaba las piedras rotas de la plaza como si el propio cielo quisiera borrar aquel lugar del mundo.
Ivandore permanecía inmóvil bajo la lluvia, con la espada baja y el escudo levantado. Su respiración resonaba dentro del yelmo mientras observaba a la aberración que se alzaba frente a él.
No era un hombre.
No era una bestia.
Era un títere.
Uno de aquellos engendros de madera y tela maldita que habitaban los rincones olvidados de los viejos caminos.
Las cuerdas descendían desde la oscuridad sobre la criatura de verdes ropajes, perdiéndose en las alturas de las ruinas. Sus ojos rojizos brillaban con una luz enfermiza mientras avanzaba con movimientos imposibles, torciendo las articulaciones en ángulos antinaturales.
Ivandore hundió una bota en el barro.}
—Sea quien sea el que mueve tus hilos... hoy los cortaré.
{La marioneta emitió un chirrido semejante a una carcajada rota y lanzó una de sus afiladas hojas hacia el caballero.
El acero chocó contra el escudo con un estruendo seco.
Sin perder un segundo, Ivandore avanzó.
Una zancada.
Dos.
Tres.
Su espada describió un arco brillante bajo la lluvia, obligando al monstruo a retroceder. Las cuerdas se tensaron violentamente mientras la criatura saltaba hacia atrás con una agilidad imposible.
Pero el caballero no se detuvo.
Había sobrevivido a Arkenfall.
Había sido expulsado de la Orden.
Había caminado solo por las tierras salvajes de Asteria.
Y no pensaba caer ante una marioneta.
Con un rugido contenido, Ivandore cargó una vez más, dispuesto a acabar con aquella criatura y descubrir qué oscuro titiritero se ocultaba tras las sombras de la ciudad maldita.}
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