• *Si bien, Stelle vio unos videos sobre esa aplicación, ella más movida por la curiosidad, lo descargo paso a instalado en su celular.

    Para asi una vez listo, espero que en el planeta que estaba visitando llegue a funcionar, imagina que si ya que lo pudo descargar e instalar.

    Una vez que estuvo listo, abre la app y la usa, desea una anomalía, la aplicación al momento comenzó a buscar una buena zona para ir...

    Finalmente da una ubicación, antes de ir, se da cuenta que unas recomendaciones es "no ir sola"... Suspira con pezades, pues ella no tiene a nadie que la acompañe o desee ir con ella, todos los que conoce, están ocupados.

    Sin mas, sale de la habitación donde se estaba quedando, camino al lugar, antes estaba rodeada de casas pero conforme avanza, las casas iban disminuyendo su número hasta que pasa a un terreno solitario, al llegar vio algo que la dejo en shock. *

    Supongo que fue mala idea ir sola.

    *Al llegar a la zona, había una casa que mas qué casa abandonada parecía una sacada de las más terribles pesadillas. *

    Supongo que debo seguir.

    *Al punto final de la ubicación dada por la app, es estar dentro de aquel lugar.*
    *Si bien, Stelle vio unos videos sobre esa aplicación, ella más movida por la curiosidad, lo descargo paso a instalado en su celular. Para asi una vez listo, espero que en el planeta que estaba visitando llegue a funcionar, imagina que si ya que lo pudo descargar e instalar. Una vez que estuvo listo, abre la app y la usa, desea una anomalía, la aplicación al momento comenzó a buscar una buena zona para ir... Finalmente da una ubicación, antes de ir, se da cuenta que unas recomendaciones es "no ir sola"... Suspira con pezades, pues ella no tiene a nadie que la acompañe o desee ir con ella, todos los que conoce, están ocupados. Sin mas, sale de la habitación donde se estaba quedando, camino al lugar, antes estaba rodeada de casas pero conforme avanza, las casas iban disminuyendo su número hasta que pasa a un terreno solitario, al llegar vio algo que la dejo en shock. * Supongo que fue mala idea ir sola. *Al llegar a la zona, había una casa que mas qué casa abandonada parecía una sacada de las más terribles pesadillas. * Supongo que debo seguir. *Al punto final de la ubicación dada por la app, es estar dentro de aquel lugar.*
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    //La lluvia está con todo.
    Qué ganas de tomar un chocolate caliente y quedarse mirando el techo sin ninguna preocupación.
    El principal problema es qué detesto la comida/bebidas calientes y tengo muchas preocupaciones.
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  • ⊹₊˚‧︵‿₊ Entiendo lo de ser un adulto responsable, pero ¿Todos los días? ¿Tooooooooooooodoooooooooos los días? Me parece un poco excesivo, la verdad. ₊‿︵‧˚₊⊹

    -finalmente huyó del club junto a Louis, pero encuentra agobiante buscar empleo, alojamiento, comida, abrigo... Pasó la última noche en un parque y comienza a necesitar una ducha con urgencia-
    ⊹₊˚‧︵‿₊ Entiendo lo de ser un adulto responsable, pero ¿Todos los días? ¿Tooooooooooooodoooooooooos los días? Me parece un poco excesivo, la verdad. ₊‿︵‧˚₊⊹ -finalmente huyó del club junto a Louis, pero encuentra agobiante buscar empleo, alojamiento, comida, abrigo... Pasó la última noche en un parque y comienza a necesitar una ducha con urgencia-
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  • El cuarto era pequeño, frío y completamente insonorizado. Una única lámpara colgaba del techo, balanceándose apenas y proyectando sombras largas sobre el suelo de cemento.

    En el centro de la habitación se encontraba un joven cura atado firmemente a una silla metálica. Sus muñecas estaban sujetas detrás del respaldo y varias cuerdas rodeaban su torso y sus piernas. Un fino hilo de sangre descendía desde la comisura de sus labios hasta su barbilla, señal de que el interrogatorio no había sido precisamente amable.

    Frente a él permanecía un grupo de figuras encapuchadas. Sus rostros quedaban ocultos bajo las sombras de las capuchas, observándolo en silencio como depredadores esperando que su presa mostrara miedo.

    El sacerdote levantó lentamente la cabeza. A pesar de los golpes y las ataduras, sus ojos conservaban una extraña firmeza.

    -Ustedes... ustedes estuvieron aquel día...

    Murmuró con voz ronca

    -¡Cobardes! ¡Digan su nombre!

    Durante unos segundos reinó el silencio. Finalmente, uno de los encapuchados dio un paso al frente: Somos el Culto de Saturno.

    Aquellas palabras parecieron confirmar las sospechas del cura. Una leve sonrisa apareció en sus labios ensangrentados.

    La situación era terrible a simple vista. Estaba solo, inmovilizado y rodeado por enemigos que claramente no tenían buenas intenciones. Sin embargo, algo en su expresión resultaba inquietante para sus captores. No era la mirada de un hombre derrotado. Sus dedos, ocultos tras el respaldo de la silla, realizaron un movimiento casi imperceptible.

    El joven sacerdote observó uno por uno a los miembros del culto mientras inclinaba ligeramente la cabeza.

    -Ya veo... así que eran ustedes.

    La sonrisa se ensanchó apenas. Los encapuchados intercambiaron miradas confundidas. El cura parecía demasiado tranquilo para alguien en su situación.
    Aunque estaba maniatado, golpeado y encerrado en un cuarto del que nadie podía oírlo escapar... el sacerdote todavía guardaba más de un truco bajo la manga.
    El cuarto era pequeño, frío y completamente insonorizado. Una única lámpara colgaba del techo, balanceándose apenas y proyectando sombras largas sobre el suelo de cemento. En el centro de la habitación se encontraba un joven cura atado firmemente a una silla metálica. Sus muñecas estaban sujetas detrás del respaldo y varias cuerdas rodeaban su torso y sus piernas. Un fino hilo de sangre descendía desde la comisura de sus labios hasta su barbilla, señal de que el interrogatorio no había sido precisamente amable. Frente a él permanecía un grupo de figuras encapuchadas. Sus rostros quedaban ocultos bajo las sombras de las capuchas, observándolo en silencio como depredadores esperando que su presa mostrara miedo. El sacerdote levantó lentamente la cabeza. A pesar de los golpes y las ataduras, sus ojos conservaban una extraña firmeza. -Ustedes... ustedes estuvieron aquel día... Murmuró con voz ronca -¡Cobardes! ¡Digan su nombre! Durante unos segundos reinó el silencio. Finalmente, uno de los encapuchados dio un paso al frente: Somos el Culto de Saturno. Aquellas palabras parecieron confirmar las sospechas del cura. Una leve sonrisa apareció en sus labios ensangrentados. La situación era terrible a simple vista. Estaba solo, inmovilizado y rodeado por enemigos que claramente no tenían buenas intenciones. Sin embargo, algo en su expresión resultaba inquietante para sus captores. No era la mirada de un hombre derrotado. Sus dedos, ocultos tras el respaldo de la silla, realizaron un movimiento casi imperceptible. El joven sacerdote observó uno por uno a los miembros del culto mientras inclinaba ligeramente la cabeza. -Ya veo... así que eran ustedes. La sonrisa se ensanchó apenas. Los encapuchados intercambiaron miradas confundidas. El cura parecía demasiado tranquilo para alguien en su situación. Aunque estaba maniatado, golpeado y encerrado en un cuarto del que nadie podía oírlo escapar... el sacerdote todavía guardaba más de un truco bajo la manga.
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    Se que estas ocupado con tu trabajo, pero no puedo dejar de extrañarte...
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    || Por si tenían la duda, en efecto, Masthian suena exactamente igual que el vocal de Wiplash, para sorpresa de nadie. Cuando piensen en él, que sepan quién les habla al menos.

    Y sí, sí canta bonito. ||
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  • *La transformación agónica y dolorosa cada vez se volvía más y más intensa. Las escamas comenzaban a brotar y poco a poco las alas se iban apoderando de mi forma física.*

    Crosis: "¡SUCUMBE ANTE LA VOLUNTAD DEL VACÍO! ¡TU RESISTENCIA ES SIMPLEMENTE INUTIL!"

    "¡YO SOY EL PADRE DE TODAS LAS ABERRACIONES! ¡YO CONTROLO LA MUERTE Y EL VACÍO!"

    *Mi voz se escuchaba cada vez más gutural y distorsionada, cada resquicio de humanidad se iba perdiendo y mi mente era cada vez más Crosis que Jero.*
    *La transformación agónica y dolorosa cada vez se volvía más y más intensa. Las escamas comenzaban a brotar y poco a poco las alas se iban apoderando de mi forma física.* Crosis: "¡SUCUMBE ANTE LA VOLUNTAD DEL VACÍO! ¡TU RESISTENCIA ES SIMPLEMENTE INUTIL!" "¡YO SOY EL PADRE DE TODAS LAS ABERRACIONES! ¡YO CONTROLO LA MUERTE Y EL VACÍO!" *Mi voz se escuchaba cada vez más gutural y distorsionada, cada resquicio de humanidad se iba perdiendo y mi mente era cada vez más Crosis que Jero.*
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  • el armadillo estaba tranquilamente sentado en medio de un bosque, mientras tarareaba una cancion familiar ("i'm here") repentinamente un pajaro se coloco sobre su pie; captando su atencion.
    —❝𝐡𝐞𝐲, 𝐡𝐨𝐥𝐚 𝐚𝐦𝐢𝐠𝐮𝐢𝐭𝐨 ¿𝐭𝐮 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞𝐧 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐯𝐢𝐚𝐣𝐞?❞
    el armadillo estaba tranquilamente sentado en medio de un bosque, mientras tarareaba una cancion familiar ("i'm here") repentinamente un pajaro se coloco sobre su pie; captando su atencion. —❝𝐡𝐞𝐲, 𝐡𝐨𝐥𝐚 𝐚𝐦𝐢𝐠𝐮𝐢𝐭𝐨 ¿𝐭𝐮 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞𝐧 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐯𝐢𝐚𝐣𝐞?❞
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  • 。 𝗧𝗵𝗶𝘀 𝗰𝗶𝘁𝘆 𝗻𝗲𝘃𝗲𝗿 𝗳𝘂𝗰𝗸𝗶𝗻𝗴 𝘀𝗹𝗲𝗲𝗽.
    Categoría Original
    La lluvia no caía.

    Se desplomaba.

    Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes.

    Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez.

    La ciudad seguía viva.

    Y ese era el problema.

    Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso.

    Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza.

    Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler.

    OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE.


    En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él.

    El cazador.

    Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia.

    Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda.

    En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana.

    El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él.

    O lo que quedaba.

    Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota:

    — Error... Error... Error…

    El cazador soltó humo por la nariz.

    — Bienvenido al club, idiota.

    A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas.

    — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme.

    El cazador giró la cabeza.

    Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión.

    Tampoco orgullo.

    Solo hastío.

    — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no?

    La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa.

    — La corporación no pagará el total.

    El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver.

    — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo.

    Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre.

    Nadie se detuvo. Nadie preguntó.

    En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana.

    El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre.

    Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos.

    — Al menos esto sí vale algo.

    La mujer dio un paso atrás.

    — Eso es propiedad privada.

    Él la miró.

    Pesado.

    Despacio.

    Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada.

    — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito.

    Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo.

    Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto.

    Entonces su comunicador vibró.

    Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada.
    Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto.

    El cazador suspiró.

    — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí.

    Aceptó la llamada.

    Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua.

    — Tenemos otro trabajo para ti.

    Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas.

    Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más.

    — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz.

    La voz continuó.

    — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida. 

    El cazador se quedó quieto.

    La lluvia golpeó el ala de su sombrero.

    Una gota bajó por el borde de su parche.

    — ¿Con vida? Eso es complicado.

    — Solo nos sirve con vida. No lo arruines.

    Él soltó una risa baja, áspera, sin humor.

    — Pero ese es mi encanto.

    Hubo un silencio al otro lado de la línea.

    — El riesgo es elevado. La paga alta.

    El cazador cerró el ojo.

    Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa.

    Luego sonrió.

    Una mueca desgastada.

    Cansada.

    — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo.

    Cortó la llamada.

    A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz.

    El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar.

    Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón.

    — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda.

    Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre.

    Solo existían distintos precios para la misma condena.
    La lluvia no caía. Se desplomaba. Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes. Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez. La ciudad seguía viva. Y ese era el problema. Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso. Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza. Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler. OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE. En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él. El cazador. Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia. Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda. En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana. El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él. O lo que quedaba. Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota: — Error... Error... Error… El cazador soltó humo por la nariz. — Bienvenido al club, idiota. A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas. — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme. El cazador giró la cabeza. Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión. Tampoco orgullo. Solo hastío. — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no? La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa. — La corporación no pagará el total. El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver. — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo. Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre. Nadie se detuvo. Nadie preguntó. En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana. El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre. Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos. — Al menos esto sí vale algo. La mujer dio un paso atrás. — Eso es propiedad privada. Él la miró. Pesado. Despacio. Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada. — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito. Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo. Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto. Entonces su comunicador vibró. Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada. Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto. El cazador suspiró. — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí. Aceptó la llamada. Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua. — Tenemos otro trabajo para ti. Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas. Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más. — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz. La voz continuó. — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida.  El cazador se quedó quieto. La lluvia golpeó el ala de su sombrero. Una gota bajó por el borde de su parche. — ¿Con vida? Eso es complicado. — Solo nos sirve con vida. No lo arruines. Él soltó una risa baja, áspera, sin humor. — Pero ese es mi encanto. Hubo un silencio al otro lado de la línea. — El riesgo es elevado. La paga alta. El cazador cerró el ojo. Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa. Luego sonrió. Una mueca desgastada. Cansada. — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo. Cortó la llamada. A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz. El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar. Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón. — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda. Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre. Solo existían distintos precios para la misma condena.
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    A veces, un sueño deja de querer ser contemplado… y empieza a querer existir. Ahí es cuando se vuelve aterrador. Porque no hay monstruo más peligroso que una ilusión convencida de que merece ocupar un lugar en la realidad.
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