• •Las crónicas de Fenrir Queen•

    KAEL VIREON — ORIGEN

    “El niño que aprendió a romper”

    Antes de que nombres como Fenrir Queen o Yrus alteraran el equilibrio del universo, hubo una guerra. No fue una guerra cualquiera, sino una invasión que desgarró mundos enteros. El cielo se abría como si fuera frágil, la tierra se partía bajo fuerzas imposibles y civilizaciones completas desaparecían sin dejar rastro. En medio de ese caos, donde la destrucción era ley, un niño sobrevivía.

    Herido, abandonado y al borde de la muerte, Kael yacía en una cueva oculta entre montañas devastadas. Su respiración era débil, irregular, y sus heridas no eran normales; no solo estaba roto por fuera, algo en su interior ya mostraba señales de inestabilidad, como si la propia realidad rechazara su existencia.

    Fue allí donde lo encontró una niña. Fenrir, aún joven e inocente, sin comprender la magnitud de la guerra ni el papel que su propia familia jugaba en ella, solo vio a alguien que iba a morir… y decidió que no podía permitirlo. Se acercó lentamente, se arrodilló a su lado y apoyó sus manos sobre la herida. No sabía usar su poder, no lo controlaba, ni siquiera entendía lo que hacía, pero lo intentó. Su energía, pura e inestable, comenzó a fluir de forma torpe y desigual. La curación no fue inmediata ni perfecta; fue lenta, dolorosa, incompleta… pero constante.

    Pasaron días, y esos días se convirtieron en semanas. Fenrir regresaba cada jornada a la cueva, llevándole agua, comida y algo que Kael ya no tenía: compañía. Al principio él apenas reaccionaba, pero con el tiempo empezó a abrir los ojos más seguido, a observarla en silencio, a escucharla. Luego a responder. Poco a poco, sin darse cuenta, dejó de estar completamente solo.

    Una tarde, mientras la luz se colaba débilmente por la entrada de la cueva, ambos estaban sentados en silencio.

    —¿Siempre hablas tanto? —murmuró Kael, con la voz aún débil.

    Fenrir lo miró, sorprendida… y luego sonrió levemente.

    —¿Siempre eres tan serio?

    Kael desvió la mirada.

    —No.

    —Pues deberías —respondió ella, apoyando el mentón sobre sus rodillas—. Si no hablas, todo se vuelve más aburrido.

    —No creo que este lugar pueda ser más aburrido.

    Fenrir soltó una pequeña risa.

    —Entonces tendré que esforzarme más.

    Hubo un breve silencio, pero esta vez no era incómodo.

    —¿Cómo te llamas? —preguntó ella.

    Kael tardó unos segundos en responder.

    —Kael.

    —Kael… —repitió ella, como si probara el nombre—. Suena bien.

    —¿Y tú?

    —Fenrir.

    Kael frunció ligeramente el ceño.

    —Es un nombre raro.

    —El tuyo también —respondió ella sin dudar.

    Por un momento, ambos se miraron… y una ligera sonrisa apareció en el rostro de Kael.

    —Supongo que estamos igual.

    Días después, el ambiente ya no era tan tenso. Kael podía sentarse sin dificultad, y Fenrir seguía llegando cada día con la misma constancia.

    —¿Qué hay fuera? —preguntó Kael un día, mirando hacia la entrada.

    Fenrir dudó.

    —Cosas… malas.

    —¿Guerra?

    Ella bajó la mirada.

    —Creo que sí.

    Kael guardó silencio unos segundos.

    —¿Tienes miedo?

    Fenrir negó lentamente.

    —No… pero tampoco me gusta.

    —A mí tampoco.

    Ella lo miró con curiosidad.

    —Entonces, cuando todo termine… ¿qué harás?

    Kael pensó por un momento.

    —No lo sé… supongo que volver a casa.

    Fenrir sonrió suavemente.

    —Entonces asegúrate de llegar.

    Kael la observó en silencio, como si quisiera decir algo más, pero no lo hizo.

    —¿Y tú? —preguntó finalmente.

    Fenrir levantó la vista hacia el exterior.

    —Creo que… tengo que irme a algún lugar.

    —¿Volverás?

    Ella no respondió de inmediato.

    —…sí.

    Pero en su mirada había duda.

    Pasaron más días. Momentos simples, pequeñas conversaciones, silencios compartidos. Durante ese breve periodo, la guerra dejó de existir para ellos. Eran solo dos niños, construyendo un refugio en medio del fin del mundo.

    Hasta que un día, Fenrir dejó de venir.

    Kael despertó completamente recuperado, solo en la cueva que había sido su refugio. Esperó. Un día, luego otro, y otro más, pero Fenrir no regresó. Finalmente salió al exterior… y el mundo real lo golpeó sin piedad. Su hogar había desaparecido. Todo estaba destruido. El aire era denso, cargado de muerte, y los cuerpos cubrían el suelo como un recordatorio silencioso de lo ocurrido. Los pocos sobrevivientes tenían miradas vacías, rotas. Sus padres… ya no estaban.

    Fue entonces cuando, en la distancia, algo captó su atención. Una nave se elevaba lentamente, abandonando aquel mundo destruido. En ella viajaban los responsables, aquellos que habían causado la guerra, aquellos que lo habían arrebatado todo. Y entre ellos… estaba Fenrir. De pie, sin mirar atrás, marchándose junto a quienes habían provocado la masacre.

    No hubo gritos, ni lágrimas, ni desesperación visible. Solo una comprensión silenciosa, distorsionada y profunda. Sus manos temblaron levemente, y por primera vez el aire a su alrededor se quebró. Una pequeña grieta apareció, casi imperceptible, como si la realidad misma no pudiera sostener lo que estaba naciendo dentro de él. En ese instante, Kael entendió el mundo a su manera, una forma fría y definitiva que marcaría su destino para siempre.

    Ese momento no dio origen a un monstruo ni a un villano. Dio origen a algo mucho más peligroso: alguien que percibía la realidad como algo defectuoso, algo inherentemente roto. Desde ese día, Kael Vireon dejó de ver el mundo como algo estable y comenzó a entenderlo como algo que podía quebrarse, distorsionarse y corregirse. Porque en lo más profundo de su ser, una verdad quedó grabada para siempre: todo lo que existe puede romperse, incluso aquello que una vez te salvó.
    •Las crónicas de Fenrir Queen• 🔥 KAEL VIREON — ORIGEN “El niño que aprendió a romper” Antes de que nombres como Fenrir Queen o Yrus alteraran el equilibrio del universo, hubo una guerra. No fue una guerra cualquiera, sino una invasión que desgarró mundos enteros. El cielo se abría como si fuera frágil, la tierra se partía bajo fuerzas imposibles y civilizaciones completas desaparecían sin dejar rastro. En medio de ese caos, donde la destrucción era ley, un niño sobrevivía. Herido, abandonado y al borde de la muerte, Kael yacía en una cueva oculta entre montañas devastadas. Su respiración era débil, irregular, y sus heridas no eran normales; no solo estaba roto por fuera, algo en su interior ya mostraba señales de inestabilidad, como si la propia realidad rechazara su existencia. Fue allí donde lo encontró una niña. Fenrir, aún joven e inocente, sin comprender la magnitud de la guerra ni el papel que su propia familia jugaba en ella, solo vio a alguien que iba a morir… y decidió que no podía permitirlo. Se acercó lentamente, se arrodilló a su lado y apoyó sus manos sobre la herida. No sabía usar su poder, no lo controlaba, ni siquiera entendía lo que hacía, pero lo intentó. Su energía, pura e inestable, comenzó a fluir de forma torpe y desigual. La curación no fue inmediata ni perfecta; fue lenta, dolorosa, incompleta… pero constante. Pasaron días, y esos días se convirtieron en semanas. Fenrir regresaba cada jornada a la cueva, llevándole agua, comida y algo que Kael ya no tenía: compañía. Al principio él apenas reaccionaba, pero con el tiempo empezó a abrir los ojos más seguido, a observarla en silencio, a escucharla. Luego a responder. Poco a poco, sin darse cuenta, dejó de estar completamente solo. Una tarde, mientras la luz se colaba débilmente por la entrada de la cueva, ambos estaban sentados en silencio. —¿Siempre hablas tanto? —murmuró Kael, con la voz aún débil. Fenrir lo miró, sorprendida… y luego sonrió levemente. —¿Siempre eres tan serio? Kael desvió la mirada. —No. —Pues deberías —respondió ella, apoyando el mentón sobre sus rodillas—. Si no hablas, todo se vuelve más aburrido. —No creo que este lugar pueda ser más aburrido. Fenrir soltó una pequeña risa. —Entonces tendré que esforzarme más. Hubo un breve silencio, pero esta vez no era incómodo. —¿Cómo te llamas? —preguntó ella. Kael tardó unos segundos en responder. —Kael. —Kael… —repitió ella, como si probara el nombre—. Suena bien. —¿Y tú? —Fenrir. Kael frunció ligeramente el ceño. —Es un nombre raro. —El tuyo también —respondió ella sin dudar. Por un momento, ambos se miraron… y una ligera sonrisa apareció en el rostro de Kael. —Supongo que estamos igual. Días después, el ambiente ya no era tan tenso. Kael podía sentarse sin dificultad, y Fenrir seguía llegando cada día con la misma constancia. —¿Qué hay fuera? —preguntó Kael un día, mirando hacia la entrada. Fenrir dudó. —Cosas… malas. —¿Guerra? Ella bajó la mirada. —Creo que sí. Kael guardó silencio unos segundos. —¿Tienes miedo? Fenrir negó lentamente. —No… pero tampoco me gusta. —A mí tampoco. Ella lo miró con curiosidad. —Entonces, cuando todo termine… ¿qué harás? Kael pensó por un momento. —No lo sé… supongo que volver a casa. Fenrir sonrió suavemente. —Entonces asegúrate de llegar. Kael la observó en silencio, como si quisiera decir algo más, pero no lo hizo. —¿Y tú? —preguntó finalmente. Fenrir levantó la vista hacia el exterior. —Creo que… tengo que irme a algún lugar. —¿Volverás? Ella no respondió de inmediato. —…sí. Pero en su mirada había duda. Pasaron más días. Momentos simples, pequeñas conversaciones, silencios compartidos. Durante ese breve periodo, la guerra dejó de existir para ellos. Eran solo dos niños, construyendo un refugio en medio del fin del mundo. Hasta que un día, Fenrir dejó de venir. Kael despertó completamente recuperado, solo en la cueva que había sido su refugio. Esperó. Un día, luego otro, y otro más, pero Fenrir no regresó. Finalmente salió al exterior… y el mundo real lo golpeó sin piedad. Su hogar había desaparecido. Todo estaba destruido. El aire era denso, cargado de muerte, y los cuerpos cubrían el suelo como un recordatorio silencioso de lo ocurrido. Los pocos sobrevivientes tenían miradas vacías, rotas. Sus padres… ya no estaban. Fue entonces cuando, en la distancia, algo captó su atención. Una nave se elevaba lentamente, abandonando aquel mundo destruido. En ella viajaban los responsables, aquellos que habían causado la guerra, aquellos que lo habían arrebatado todo. Y entre ellos… estaba Fenrir. De pie, sin mirar atrás, marchándose junto a quienes habían provocado la masacre. No hubo gritos, ni lágrimas, ni desesperación visible. Solo una comprensión silenciosa, distorsionada y profunda. Sus manos temblaron levemente, y por primera vez el aire a su alrededor se quebró. Una pequeña grieta apareció, casi imperceptible, como si la realidad misma no pudiera sostener lo que estaba naciendo dentro de él. En ese instante, Kael entendió el mundo a su manera, una forma fría y definitiva que marcaría su destino para siempre. Ese momento no dio origen a un monstruo ni a un villano. Dio origen a algo mucho más peligroso: alguien que percibía la realidad como algo defectuoso, algo inherentemente roto. Desde ese día, Kael Vireon dejó de ver el mundo como algo estable y comenzó a entenderlo como algo que podía quebrarse, distorsionarse y corregirse. Porque en lo más profundo de su ser, una verdad quedó grabada para siempre: todo lo que existe puede romperse, incluso aquello que una vez te salvó.
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  • -El estruendo de pasos hizo temblar toda la fortaleza subterranea, los Orcos rebeldes dejaron de hablar apenas escucharon aquello acercandose por los enormes tuneles de piedra. Algunos tomaron sus armas de inmediato. Otros comenzaron a gritar ordenes mientras el fuego de las antorchas iluminaba los rostros tensos de los guerreros. El aire dentro del enorme salon olia a humo, alcohol y hierro caliente... y entonces lo vieron, el ogro aparecio caminando lentamente entre las llamas, totalmente Solo. Su gigantesca figura azul casi rozaba el techo de piedra mientras avanzaba hacia el centro del salon, el fuego iluminaba las cicatrices que cubrian todo su cuerpo, sus enormes colmillos los cuernos negros curvados que salian de su cabeza. Su cabello largo y salvaje caia sobre sus hombros como una sombra oscura. No llevaba armadura, no llevaba armas, solo sus manos desnudas-

    -Y aun asi, nadie se movio, porque todos entendieron porque estaba alli, los habia encontrado , los desertores, los traidores, 700 orcos que abandonaron su ejercito creyendo que podrian esconderse en las montañas y formar su propia tribu lejos de el. Habian robado provisiones, armas y territorio. ALgunos incluso se habian atrevido a burlarse de su nombre despues de huir, y el Ogro habia venido personalmente a responderles, uno de los Lideres rebeldes dio un paso al frente levantando un enorme martillo de guerra, mientras rugia ordenes al resto-

    Lider Orco: "PREPARENSE CANALLAS! HOY ASESINAREMOS A LA BESTIA AZUL Y NOS CORONAREMOS COMO LOS REYES DE ESTAS TIERRAS! GLORIA A LA HORDA!"

    -Entonces comenzo, las primeras flechas impactaron directamente en el pecho del Ogro, otras atravezaron sus brazos y cuello, el no mostro dolor o miedo, solo continuo su caminar, las lanzas llegaron despues, clavandose en sus hombros y costados con violencia suficiente para atravesar armaduras normales. Varias espadas golpearon su cuerpo apenas alcanzo las primeras filas enemigas, pero el Monstruo Azul nunca se detuvo, ni siquiera intento cubrirse o esquivar esos ataques, sus ojos brillaban entre las sombras mientras avanzaba directamente hacia ellos, recibiendo todos los ataques de frente, como si el dolor simplemente no existiera para algo como el, y cuando finalmente llego hasta los primeros orcos.. la carniceria comenzo.-

    -Su mano atrapo la cabeza de uno de ellos y la aplasto como si fuese una fruta madura. Sangre y huesos explotaron sobre los guerreros cercanos antes de que el Ogro arrancara el brazo de otro rebelde de un tiron brutal. Los gritos llenaron el salon de inmediato, el monstruo reia a carcajadas, estaba disfrutando de ese banquete-

    "HAHAHAHAHAHAHA ES HORA DE APLASTAR ESCORIAS! HAHAHAHAHAHAHAHAHA!"

    -Una risa grave, salvaje y monstruosa que retumbaba por toda la fortaleza, una habilidad que anulaba los pensamientos de temor en sus enemigos y los obligaba a atacarlo, una habilidad de "Tanque" "Un Aggro", mientras destruia cuerpos a golpes, Orcos enormes eran levantados del suelo y partidos contra pilares de piedra. Algunos morian aplastados bajo sus propias tropas cuando el Ogro arrojaba cadaveres contra ellos. Otros intentaban escapar y terminaban atrapados entre sus manos gigantescas antes de ser despedazados vivos, hachas se hundian en su espalda, espadas atravezaban sus musculos, flechas cubrian su pecho, pero el seguia avanzando entre la multitud como una bestia imposible de detener. Cada vez que un arma se clavaba en su cuerpo, el ogro sonreia aun mas, porque para el.. aquello no era una batalla, era pura diversion-

    "HAHAHAHAHAHAHA! COMBATAN ESCORIAS! NO ALCANZARAN EL NIRVANA SI HUYEN DE MI! HAHAHAHAHA!"

    -Los Rebeldes dejaron de pelear organizadamente despues de los primeros minutos. El enorme salon se convirtio en un caos absoluto de sangre, fuego y cuerpos despedazados. Algunos orcos comenzaron a arrastrarse intentando a huir hacia los tuneles mientras otros gritaban aterrados viendo como el monstruos atravesaba filas enteras usando unicamente las manos desnudas, como tomaba del pecho a varios orcos y los estrellaba contra el techo, como los hundia contra la tierra, como los partia al medio, golpes poderosos, precisos repletos de daño explosivo de sus puñetazos, cabezas volando, brazos, piernas..sangre y caos, una autentica matanza, el ogro los persiguio igual, no dejo escapar a ninguno-

    "HAHAHAHAHAHAHAHAHA!"

    -Cuando todo termino, el silencio regreso lentamente al salon, el fuego seguia ardiendo alrededor de los cadaveres amontonados. Sangre negra descendia por las escaleras de piedra formando pequeños rios entre cuerpos mutilados. Craneos rotos cubrian el suelo junto a dientes, armas quebradas y restos irreconocibles de los guerreros rebeldes, y en medio de toda aquella masacre, el Ogro Seguia de pie, su cuerpo parecia un campo de batalla por si solo, espadas atravesaban sus hombros y espaldas. varias lanzas seguian incrustadas entre sus costillas. Flechas sobresalian de sus brazos, cuello y abdomen. Una enorme hacha permanecia enterrada profundamente cerca de su pecho mientras la sangre descendia lentamente por su piel azul, pero el respiraba tranquilo, sonriente-

    "Escoria apestosa.. ni una herida para recordar, sucias ratas desertoras."

    -Sus ojos observaban los cuerpos esparcidos alrededor suyo, mientras el fuego iluminaba las paredes cubiertas de cuerpos incrustados por lanzas, hundidos en impactos en las rocas, en el techo, en el suelo. Lentamente, el monstruo llevo una mano hacia una espada clavada en su costado y la arranco de un tiron rapido, la observo unos segundos y luego la lanzo hacia detras de el, clavandola directamente en la garganta del ultimo Orco vivo, el cual caeria de frente contra el trono destrozado de roca, este sonrio y volteo su cuerpo, dirigiendose hacia la salida del salon, perdiendose en la oscuridad del campo de batalla-
    -El estruendo de pasos hizo temblar toda la fortaleza subterranea, los Orcos rebeldes dejaron de hablar apenas escucharon aquello acercandose por los enormes tuneles de piedra. Algunos tomaron sus armas de inmediato. Otros comenzaron a gritar ordenes mientras el fuego de las antorchas iluminaba los rostros tensos de los guerreros. El aire dentro del enorme salon olia a humo, alcohol y hierro caliente... y entonces lo vieron, el ogro aparecio caminando lentamente entre las llamas, totalmente Solo. Su gigantesca figura azul casi rozaba el techo de piedra mientras avanzaba hacia el centro del salon, el fuego iluminaba las cicatrices que cubrian todo su cuerpo, sus enormes colmillos los cuernos negros curvados que salian de su cabeza. Su cabello largo y salvaje caia sobre sus hombros como una sombra oscura. No llevaba armadura, no llevaba armas, solo sus manos desnudas- -Y aun asi, nadie se movio, porque todos entendieron porque estaba alli, los habia encontrado , los desertores, los traidores, 700 orcos que abandonaron su ejercito creyendo que podrian esconderse en las montañas y formar su propia tribu lejos de el. Habian robado provisiones, armas y territorio. ALgunos incluso se habian atrevido a burlarse de su nombre despues de huir, y el Ogro habia venido personalmente a responderles, uno de los Lideres rebeldes dio un paso al frente levantando un enorme martillo de guerra, mientras rugia ordenes al resto- Lider Orco: "PREPARENSE CANALLAS! HOY ASESINAREMOS A LA BESTIA AZUL Y NOS CORONAREMOS COMO LOS REYES DE ESTAS TIERRAS! GLORIA A LA HORDA!" -Entonces comenzo, las primeras flechas impactaron directamente en el pecho del Ogro, otras atravezaron sus brazos y cuello, el no mostro dolor o miedo, solo continuo su caminar, las lanzas llegaron despues, clavandose en sus hombros y costados con violencia suficiente para atravesar armaduras normales. Varias espadas golpearon su cuerpo apenas alcanzo las primeras filas enemigas, pero el Monstruo Azul nunca se detuvo, ni siquiera intento cubrirse o esquivar esos ataques, sus ojos brillaban entre las sombras mientras avanzaba directamente hacia ellos, recibiendo todos los ataques de frente, como si el dolor simplemente no existiera para algo como el, y cuando finalmente llego hasta los primeros orcos.. la carniceria comenzo.- -Su mano atrapo la cabeza de uno de ellos y la aplasto como si fuese una fruta madura. Sangre y huesos explotaron sobre los guerreros cercanos antes de que el Ogro arrancara el brazo de otro rebelde de un tiron brutal. Los gritos llenaron el salon de inmediato, el monstruo reia a carcajadas, estaba disfrutando de ese banquete- "HAHAHAHAHAHAHA ES HORA DE APLASTAR ESCORIAS! HAHAHAHAHAHAHAHAHA!" -Una risa grave, salvaje y monstruosa que retumbaba por toda la fortaleza, una habilidad que anulaba los pensamientos de temor en sus enemigos y los obligaba a atacarlo, una habilidad de "Tanque" "Un Aggro", mientras destruia cuerpos a golpes, Orcos enormes eran levantados del suelo y partidos contra pilares de piedra. Algunos morian aplastados bajo sus propias tropas cuando el Ogro arrojaba cadaveres contra ellos. Otros intentaban escapar y terminaban atrapados entre sus manos gigantescas antes de ser despedazados vivos, hachas se hundian en su espalda, espadas atravezaban sus musculos, flechas cubrian su pecho, pero el seguia avanzando entre la multitud como una bestia imposible de detener. Cada vez que un arma se clavaba en su cuerpo, el ogro sonreia aun mas, porque para el.. aquello no era una batalla, era pura diversion- "HAHAHAHAHAHAHA! COMBATAN ESCORIAS! NO ALCANZARAN EL NIRVANA SI HUYEN DE MI! HAHAHAHAHA!" -Los Rebeldes dejaron de pelear organizadamente despues de los primeros minutos. El enorme salon se convirtio en un caos absoluto de sangre, fuego y cuerpos despedazados. Algunos orcos comenzaron a arrastrarse intentando a huir hacia los tuneles mientras otros gritaban aterrados viendo como el monstruos atravesaba filas enteras usando unicamente las manos desnudas, como tomaba del pecho a varios orcos y los estrellaba contra el techo, como los hundia contra la tierra, como los partia al medio, golpes poderosos, precisos repletos de daño explosivo de sus puñetazos, cabezas volando, brazos, piernas..sangre y caos, una autentica matanza, el ogro los persiguio igual, no dejo escapar a ninguno- "HAHAHAHAHAHAHAHAHA!" -Cuando todo termino, el silencio regreso lentamente al salon, el fuego seguia ardiendo alrededor de los cadaveres amontonados. Sangre negra descendia por las escaleras de piedra formando pequeños rios entre cuerpos mutilados. Craneos rotos cubrian el suelo junto a dientes, armas quebradas y restos irreconocibles de los guerreros rebeldes, y en medio de toda aquella masacre, el Ogro Seguia de pie, su cuerpo parecia un campo de batalla por si solo, espadas atravesaban sus hombros y espaldas. varias lanzas seguian incrustadas entre sus costillas. Flechas sobresalian de sus brazos, cuello y abdomen. Una enorme hacha permanecia enterrada profundamente cerca de su pecho mientras la sangre descendia lentamente por su piel azul, pero el respiraba tranquilo, sonriente- "Escoria apestosa.. ni una herida para recordar, sucias ratas desertoras." -Sus ojos observaban los cuerpos esparcidos alrededor suyo, mientras el fuego iluminaba las paredes cubiertas de cuerpos incrustados por lanzas, hundidos en impactos en las rocas, en el techo, en el suelo. Lentamente, el monstruo llevo una mano hacia una espada clavada en su costado y la arranco de un tiron rapido, la observo unos segundos y luego la lanzo hacia detras de el, clavandola directamente en la garganta del ultimo Orco vivo, el cual caeria de frente contra el trono destrozado de roca, este sonrio y volteo su cuerpo, dirigiendose hacia la salida del salon, perdiendose en la oscuridad del campo de batalla-
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  • La Inquisidora vengativa
    Fandom Star Wars Jedi Survival
    Categoría Acción
    No nací inquisidora.

    Yo era una padawan.

    Recuerdo el Templo… la calma, las voces de los maestros, la ilusión de que todo tenía sentido. Pero incluso entonces había algo en mí que no encajaba. Miedo. No el miedo a fallar… sino a perder. A quedarme sola.

    Mi maestro lo notaba.

    —“El miedo es el camino al lado oscuro” —me decía.

    Yo asentía. Pero nunca lo solté.

    Cuando llegó la Orden 66… todo se rompió.

    No fue una batalla. Fue una masacre.

    Sentí cada muerte como si la Fuerza gritara dentro de mi cabeza. Corrí. No para luchar… para sobrevivir. Eso fue lo primero que me convirtió en lo que soy.

    Sobreviví.

    Me escondí entre ruinas, respirando polvo y culpa… hasta que lo sentí.

    Una presencia distinta.

    Oscura. Precisa. Fría.

    El Gran Inquisidor me encontró.

    No levantó su sable. Ni siquiera parecía apurado.

    —“Tenés miedo” —me dijo—. “Y eso te hace útil.”

    Quise atacarlo… pero mi cuerpo no respondió. Porque en el fondo… sabía que tenía razón.

    Estaba sola.

    La Orden había caído.

    Y yo… no quería morir.

    Así que acepté.

    Mi entrenamiento no fue como el de los Jedi.

    No hubo paciencia. No hubo equilibrio.

    Solo dolor.

    El Gran Inquisidor me rompió… una y otra vez. Me obligó a revivir la muerte de mi maestro hasta que dejé de llorar… y empecé a odiar.

    —“Eso es. Aferrate a eso” —decía.

    Aprendí a usar el sable giratorio, a moverme sin dudar, a cazar en lugar de proteger.

    Y cuando terminó… ya no era una padawan.

    Me dieron un nombre nuevo.

    Sexta Hermana.

    Pero hay algo que nunca le dije a nadie.

    No estoy completamente sola.

    En una misión encontré un droide destrozado. Un pequeño dron de reconocimiento. Podría haberlo dejado… pero no lo hice.

    Lo reparé.

    Ahora vive acoplado a mi espalda. Se despliega en combate, escanea, ataca si se lo ordeno.

    Lo llamo VY-6.

    No es solo una herramienta.

    Es… compañía.

    A veces le hablo.

    —“Vos no me vas a traicionar… ¿no?”

    Siempre responde igual. Un pitido suave.

    Simple. Honesto.

    Mi última misión fue en un planeta cubierto de arena y ruinas.

    Un Jedi sobreviviente.

    Lo sentí antes de verlo. Ese eco en la Fuerza… débil, pero persistente.

    VY-6 se desplegó desde mi espalda, flotando a mi lado.

    —“Lo encontramos” —susurré.

    El Jedi salió de las sombras. Viejo. Cansado.

    —“Todavía podés volver” —me dijo.

    No entendía.

    Nadie vuelve.

    Activé mi sable. El sonido giratorio llenó el aire. Ataqué sin dudar.

    No luché como una Jedi.

    Luché como algo más.

    VY-6 disparó una descarga que lo distrajo un segundo.

    Eso fue suficiente.

    Un solo corte.

    Silencio.

    Cuando cayó… esperé sentir algo.

    Satisfacción. Poder.

    Pero no.

    Solo… vacío.

    Miré mis manos. El sable. La arena.

    —“¿Esto es todo…?” murmuré.

    VY-6 flotó a mi lado, emitiendo ese sonido que siempre hace.

    Por un instante… recordé quién era.

    Sutury.

    Pero ese nombre… ya no me pertenece.

    Activé el comunicador.

    —“Objetivo eliminado.”

    Mi voz no tembló.

    Nunca tiembla.

    Volví a colocarme la máscara… y dejé que la Sexta Hermana tomara el control otra vez.
    No nací inquisidora. Yo era una padawan. Recuerdo el Templo… la calma, las voces de los maestros, la ilusión de que todo tenía sentido. Pero incluso entonces había algo en mí que no encajaba. Miedo. No el miedo a fallar… sino a perder. A quedarme sola. Mi maestro lo notaba. —“El miedo es el camino al lado oscuro” —me decía. Yo asentía. Pero nunca lo solté. Cuando llegó la Orden 66… todo se rompió. No fue una batalla. Fue una masacre. Sentí cada muerte como si la Fuerza gritara dentro de mi cabeza. Corrí. No para luchar… para sobrevivir. Eso fue lo primero que me convirtió en lo que soy. Sobreviví. Me escondí entre ruinas, respirando polvo y culpa… hasta que lo sentí. Una presencia distinta. Oscura. Precisa. Fría. El Gran Inquisidor me encontró. No levantó su sable. Ni siquiera parecía apurado. —“Tenés miedo” —me dijo—. “Y eso te hace útil.” Quise atacarlo… pero mi cuerpo no respondió. Porque en el fondo… sabía que tenía razón. Estaba sola. La Orden había caído. Y yo… no quería morir. Así que acepté. Mi entrenamiento no fue como el de los Jedi. No hubo paciencia. No hubo equilibrio. Solo dolor. El Gran Inquisidor me rompió… una y otra vez. Me obligó a revivir la muerte de mi maestro hasta que dejé de llorar… y empecé a odiar. —“Eso es. Aferrate a eso” —decía. Aprendí a usar el sable giratorio, a moverme sin dudar, a cazar en lugar de proteger. Y cuando terminó… ya no era una padawan. Me dieron un nombre nuevo. Sexta Hermana. Pero hay algo que nunca le dije a nadie. No estoy completamente sola. En una misión encontré un droide destrozado. Un pequeño dron de reconocimiento. Podría haberlo dejado… pero no lo hice. Lo reparé. Ahora vive acoplado a mi espalda. Se despliega en combate, escanea, ataca si se lo ordeno. Lo llamo VY-6. No es solo una herramienta. Es… compañía. A veces le hablo. —“Vos no me vas a traicionar… ¿no?” Siempre responde igual. Un pitido suave. Simple. Honesto. Mi última misión fue en un planeta cubierto de arena y ruinas. Un Jedi sobreviviente. Lo sentí antes de verlo. Ese eco en la Fuerza… débil, pero persistente. VY-6 se desplegó desde mi espalda, flotando a mi lado. —“Lo encontramos” —susurré. El Jedi salió de las sombras. Viejo. Cansado. —“Todavía podés volver” —me dijo. No entendía. Nadie vuelve. Activé mi sable. El sonido giratorio llenó el aire. Ataqué sin dudar. No luché como una Jedi. Luché como algo más. VY-6 disparó una descarga que lo distrajo un segundo. Eso fue suficiente. Un solo corte. Silencio. Cuando cayó… esperé sentir algo. Satisfacción. Poder. Pero no. Solo… vacío. Miré mis manos. El sable. La arena. —“¿Esto es todo…?” murmuré. VY-6 flotó a mi lado, emitiendo ese sonido que siempre hace. Por un instante… recordé quién era. Sutury. Pero ese nombre… ya no me pertenece. Activé el comunicador. —“Objetivo eliminado.” Mi voz no tembló. Nunca tiembla. Volví a colocarme la máscara… y dejé que la Sexta Hermana tomara el control otra vez.
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  • La primera vez que Vancroft arrebató una vida, se trataba del padre de Elias, y había sido, en una sola palabra: magnífico. Devolverle a ese monstruo cada gota del daño y tormento que le había impartido a su madre durante décadas se sintió como emerger de aguas profundas y volver a respirar. Al ser su primera vez dejando salir sus instintos asesinos, admitía que fue un trabajo descuidado; visceral, caótico, dejando un cuerpo irreconocible y deformado sobre un charco de sus propios pecados.

    Pero la mejor parte no fue la masacre en sí. Fue el momento en que su otra conciencia, Elias, tomó el control y encontró aquel cadáver destrozado. No hubo gritos de terror. No hubo reclamos morales ni miedo paralizante. Hubo un silencio pesado, seguido de un alivio que los inundó a ambos.

    La imagen de ese bulto sin vida se quedaría grabada en sus mentes para siempre, de eso no había duda, pero el peso del mundo había desaparecido de los hombros de Elias. Por primera vez en su vida, era libre. Y Vancroft lo sintió con cada fibra de su ser, porque él podía sentir todo lo que Elias sentía.
    Esa epifanía se había convertido en su doctrina. Entonces... ¿por qué?

    ¿Por qué todo lo que veía ahora en los rostros de las familias a las que también "liberaba" de sus cargas no reflejaba esa misma gratitud? Vancroft era meticuloso ahora, un profesional en las sombras que nunca dejaba pistas. Pero, a través de los ojos de Elias, se veía obligado a presenciar la reacción de los familiares cuando encontraban los cuerpos sin vida de esos pacientes terminales, de esas anclas que los hundían. Veía desesperación. Veía dolor, llanto y una agonía incomprensible.

    ¿Por qué la gente era tan ciega? ¿Por qué no podían honrar su buena voluntad y su impecable trabajo con la misma expresión de paz que alguna vez vio nacer en el rostro de Elias?

    Los odiaba. Odiaba su hipocresía y su apego a lo que ya estaba roto. Y, a la vez, esa profunda decepción era el combustible que encendía su motor. Alimentaba su necesidad enfermiza de seguir adelante, de seguir reparando el mundo, extirpando a cuanto paciente terminal se cruzara en su memoria fotográfica, hasta que alguien, algún día, por fin comprendiera su obra y le diera las gracias.
    La primera vez que Vancroft arrebató una vida, se trataba del padre de Elias, y había sido, en una sola palabra: magnífico. Devolverle a ese monstruo cada gota del daño y tormento que le había impartido a su madre durante décadas se sintió como emerger de aguas profundas y volver a respirar. Al ser su primera vez dejando salir sus instintos asesinos, admitía que fue un trabajo descuidado; visceral, caótico, dejando un cuerpo irreconocible y deformado sobre un charco de sus propios pecados. Pero la mejor parte no fue la masacre en sí. Fue el momento en que su otra conciencia, Elias, tomó el control y encontró aquel cadáver destrozado. No hubo gritos de terror. No hubo reclamos morales ni miedo paralizante. Hubo un silencio pesado, seguido de un alivio que los inundó a ambos. La imagen de ese bulto sin vida se quedaría grabada en sus mentes para siempre, de eso no había duda, pero el peso del mundo había desaparecido de los hombros de Elias. Por primera vez en su vida, era libre. Y Vancroft lo sintió con cada fibra de su ser, porque él podía sentir todo lo que Elias sentía. Esa epifanía se había convertido en su doctrina. Entonces... ¿por qué? ¿Por qué todo lo que veía ahora en los rostros de las familias a las que también "liberaba" de sus cargas no reflejaba esa misma gratitud? Vancroft era meticuloso ahora, un profesional en las sombras que nunca dejaba pistas. Pero, a través de los ojos de Elias, se veía obligado a presenciar la reacción de los familiares cuando encontraban los cuerpos sin vida de esos pacientes terminales, de esas anclas que los hundían. Veía desesperación. Veía dolor, llanto y una agonía incomprensible. ¿Por qué la gente era tan ciega? ¿Por qué no podían honrar su buena voluntad y su impecable trabajo con la misma expresión de paz que alguna vez vio nacer en el rostro de Elias? Los odiaba. Odiaba su hipocresía y su apego a lo que ya estaba roto. Y, a la vez, esa profunda decepción era el combustible que encendía su motor. Alimentaba su necesidad enfermiza de seguir adelante, de seguir reparando el mundo, extirpando a cuanto paciente terminal se cruzara en su memoria fotográfica, hasta que alguien, algún día, por fin comprendiera su obra y le diera las gracias.
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    ***Edad del Caos***
    - Los Guerreros del Caos.

    La aldea nómada había conocido años de una calma frágil, una paz sostenida por costumbre más que por seguridad. Bajo ese cielo abierto, Yen creció sin ser rechazada, sin ser señalada, aprendiendo a vivir como una más entre los suyos. Cazaba junto a Onix, reía, y por momentos parecía que el mundo había olvidado su existencia.

    Cada mes, sin excepción, una criatura aparecía en los límites de la aldea. Un cuervo, un lobo, alguna bestia común. Nadie le daba importancia salvo Yen. Ella sabía que no era un animal. Era su padre un fragmento de su poder, un vigilante silencioso que observaba, protegía y, si era necesario, la sacaría de allí sin mirar atrás.

    Porque para Oz, todo podía perderse menos ella pero ese mes, sin embargo, el vigilante nunca llegó y el mundo respondió.

    Los Elunai descendieron sobre la aldea sin aviso. No buscaban a Yen, no sabían que estaba ahí. Solo venían por más sujetos, más cuerpos, más niños que convertir en herramientas. Su ataque fue frío, calculado y despiadado.

    Los nómadas resistieron como siempre lo habían hecho, con fuerza y con rabia pero también con un miedo arraigado durante generaciones. Los Elunai eran, para muchos, los elegidos de los dioses.

    Yen no compartía ese miedo, cuando el caos estalló, ella luchó. Recibió heridas, muchas y profundas pero su cuerpo no obedecía las reglas de los demás. La sangre apenas tocaba el suelo antes de que la piel volviera a cerrarse. El dolor no desaparecía, pero su cuerpo lo ignoraba.

    Entonces todo cambió, Onix estuvo a punto de morir. Un soldado Elunai la superó, la acorraló, y en ese instante Yen dejó de ser una niña.

    No hubo duda ni pensamientos, solo una reacción absoluta. Yen apareció entre ambos y acabó con el soldado sin titubear. La violencia fue directa, brutal, definitiva y con ello, su poder despertó.

    Su cuerpo cambió en cuestión de instantes. Su figura creció, sus rasgos se definieron, su presencia se volvió más pesada, más imponente. Donde antes había una niña ahora había una joven poderosa, hermosa.

    El campo de batalla se detuvo por un instante y luego, los nómadas entendieron. Si ella podía enfrentarlos ellos también.

    El miedo se rompió y lo que siguió fue una respuesta feroz. Los Elunai cayeron uno tras otro. La aldea sangró, perdió a muchos de los suyos pero no se doblegó. Cuando el silencio regresó, no era paz, era el eco de lo que habían sobrevivido.

    Otra vez, Oz llegó tarde, había enviado a su vigilante cuando ya era demasiado tarde. Cuando apareció, no lo hizo solo. Un ejército marchaba con él, criaturas de distintas razas que lo seguían en su guerra.

    Pero nada de eso importó al ver la aldea, la destrucción, la sangre y entre todo ello… su hija.

    Yen lo vio, por un segundo, el mundo desapareció, no importó su nueva forma, no importó lo que había hecho ni lo que se había convertido.

    Corrió hacia él y al alcanzarlo, se quebró y lloró, no como una guerrera, no como alguien que había sobrevivido a una masacre sino como lo que realmente era, una niña que había pasado más de un mes sin saber si su padre seguía con vida.

    Se aferró a él con todas sus fuerzas, como si al soltarlo fuera a desaparecer. Su cuerpo había cambiado, su presencia era distinta pero su llanto revelaba la verdad que nada podía ocultar. Oz la abrazó con fuerza perocon cuidado, con algo que había estado enterrado bajo capas de ira: Amor.

    Pero dentro de él ardía algo más, rabia contra los Elunai, contra los dioses pero sobre todo... Contra sí mismo porque había fallado, habían estado a punto de arrebatárle lo único que le quedaba.

    Onix observó la escena en silencio, reconoció a Oz de inmediato, incluso con su nueva forma. Para ella, no era un monstruo. Era el Nómada que se había alzado contra los dioses. El que no se había arrodillado, el que había demostrado que podían resistir.

    Cuando Oz se separó de Yen y habló a los supervivientes, su voz no fue una orden sino una advertencia. Aceptaría a los nómadas en sus filas pero solo bajo una condición, debían aceptar su poder y ese poder los cambiaría como lo había cambiado a él.

    Hubo silencio, un instante de duda y entonces, Onix dio un paso al frente sin titubear, sin miedo. Se inclinó ante Oz, ese gesto rompió la incertidumbre, los demás la siguieron.

    Oz la observó por un momento y en lugar de otorgarle un poder salvaje e inestable, eligió algo distinto, algo más contenido, más refinado.

    El cambio en Onix fue inmediato, su cuerpo creció, maduró, su presencia se volvió más fuerte pero no perdió su forma. Se transformó en una ogra joven, poderosa, con una belleza imponente que contrastaba con la brutalidad del poder que ahora habitaba en ella.

    Era fuerza pero también control, Oz se acercó a ella y, con una voz más baja, le encomendó algo que no era una orden militar, era una petición, que permaneciera al lado de Yen, que la protegiera, Onix aceptó sin dudar.

    Yen, al verla sonrió porque su mejor amiga seguía ahí y ahora, eran más fuertes.

    Así, en medio de la destrucción, nació algo nuevo, los Nómadas dejaron de ser solo sobrevivientes, se convirtieron en algo más.

    Con el tiempo, el mundo les daría nombres; Orcs, Ogros y aquellos que siguieran creciendo: Onis.

    Pero en ese momento no eran monstruos, eran los que habían decidido no volver a arrodillarse y en el centro de todo una niña que ya no podía volver a serlo y un padre que había decidido que el mundo entero ardería antes de volver a perderla.

    ***Edad del Caos*** - Los Guerreros del Caos. La aldea nómada había conocido años de una calma frágil, una paz sostenida por costumbre más que por seguridad. Bajo ese cielo abierto, Yen creció sin ser rechazada, sin ser señalada, aprendiendo a vivir como una más entre los suyos. Cazaba junto a Onix, reía, y por momentos parecía que el mundo había olvidado su existencia. Cada mes, sin excepción, una criatura aparecía en los límites de la aldea. Un cuervo, un lobo, alguna bestia común. Nadie le daba importancia salvo Yen. Ella sabía que no era un animal. Era su padre un fragmento de su poder, un vigilante silencioso que observaba, protegía y, si era necesario, la sacaría de allí sin mirar atrás. Porque para Oz, todo podía perderse menos ella pero ese mes, sin embargo, el vigilante nunca llegó y el mundo respondió. Los Elunai descendieron sobre la aldea sin aviso. No buscaban a Yen, no sabían que estaba ahí. Solo venían por más sujetos, más cuerpos, más niños que convertir en herramientas. Su ataque fue frío, calculado y despiadado. Los nómadas resistieron como siempre lo habían hecho, con fuerza y con rabia pero también con un miedo arraigado durante generaciones. Los Elunai eran, para muchos, los elegidos de los dioses. Yen no compartía ese miedo, cuando el caos estalló, ella luchó. Recibió heridas, muchas y profundas pero su cuerpo no obedecía las reglas de los demás. La sangre apenas tocaba el suelo antes de que la piel volviera a cerrarse. El dolor no desaparecía, pero su cuerpo lo ignoraba. Entonces todo cambió, Onix estuvo a punto de morir. Un soldado Elunai la superó, la acorraló, y en ese instante Yen dejó de ser una niña. No hubo duda ni pensamientos, solo una reacción absoluta. Yen apareció entre ambos y acabó con el soldado sin titubear. La violencia fue directa, brutal, definitiva y con ello, su poder despertó. Su cuerpo cambió en cuestión de instantes. Su figura creció, sus rasgos se definieron, su presencia se volvió más pesada, más imponente. Donde antes había una niña ahora había una joven poderosa, hermosa. El campo de batalla se detuvo por un instante y luego, los nómadas entendieron. Si ella podía enfrentarlos ellos también. El miedo se rompió y lo que siguió fue una respuesta feroz. Los Elunai cayeron uno tras otro. La aldea sangró, perdió a muchos de los suyos pero no se doblegó. Cuando el silencio regresó, no era paz, era el eco de lo que habían sobrevivido. Otra vez, Oz llegó tarde, había enviado a su vigilante cuando ya era demasiado tarde. Cuando apareció, no lo hizo solo. Un ejército marchaba con él, criaturas de distintas razas que lo seguían en su guerra. Pero nada de eso importó al ver la aldea, la destrucción, la sangre y entre todo ello… su hija. Yen lo vio, por un segundo, el mundo desapareció, no importó su nueva forma, no importó lo que había hecho ni lo que se había convertido. Corrió hacia él y al alcanzarlo, se quebró y lloró, no como una guerrera, no como alguien que había sobrevivido a una masacre sino como lo que realmente era, una niña que había pasado más de un mes sin saber si su padre seguía con vida. Se aferró a él con todas sus fuerzas, como si al soltarlo fuera a desaparecer. Su cuerpo había cambiado, su presencia era distinta pero su llanto revelaba la verdad que nada podía ocultar. Oz la abrazó con fuerza perocon cuidado, con algo que había estado enterrado bajo capas de ira: Amor. Pero dentro de él ardía algo más, rabia contra los Elunai, contra los dioses pero sobre todo... Contra sí mismo porque había fallado, habían estado a punto de arrebatárle lo único que le quedaba. Onix observó la escena en silencio, reconoció a Oz de inmediato, incluso con su nueva forma. Para ella, no era un monstruo. Era el Nómada que se había alzado contra los dioses. El que no se había arrodillado, el que había demostrado que podían resistir. Cuando Oz se separó de Yen y habló a los supervivientes, su voz no fue una orden sino una advertencia. Aceptaría a los nómadas en sus filas pero solo bajo una condición, debían aceptar su poder y ese poder los cambiaría como lo había cambiado a él. Hubo silencio, un instante de duda y entonces, Onix dio un paso al frente sin titubear, sin miedo. Se inclinó ante Oz, ese gesto rompió la incertidumbre, los demás la siguieron. Oz la observó por un momento y en lugar de otorgarle un poder salvaje e inestable, eligió algo distinto, algo más contenido, más refinado. El cambio en Onix fue inmediato, su cuerpo creció, maduró, su presencia se volvió más fuerte pero no perdió su forma. Se transformó en una ogra joven, poderosa, con una belleza imponente que contrastaba con la brutalidad del poder que ahora habitaba en ella. Era fuerza pero también control, Oz se acercó a ella y, con una voz más baja, le encomendó algo que no era una orden militar, era una petición, que permaneciera al lado de Yen, que la protegiera, Onix aceptó sin dudar. Yen, al verla sonrió porque su mejor amiga seguía ahí y ahora, eran más fuertes. Así, en medio de la destrucción, nació algo nuevo, los Nómadas dejaron de ser solo sobrevivientes, se convirtieron en algo más. Con el tiempo, el mundo les daría nombres; Orcs, Ogros y aquellos que siguieran creciendo: Onis. Pero en ese momento no eran monstruos, eran los que habían decidido no volver a arrodillarse y en el centro de todo una niña que ya no podía volver a serlo y un padre que había decidido que el mundo entero ardería antes de volver a perderla.
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  • -Bienvenid@s a mi espacio ..lleno de ...terror y masacre...oh quise decir...

    Rie levemente

    -sientanse como en casa ...mi casa es su casa ..

    -Bienvenid@s a mi espacio ..lleno de ...terror y masacre...oh quise decir... Rie levemente -sientanse como en casa ...mi casa es su casa ..
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  • Permíteme ser perfectamente clara: soy una espada sumamente caprichosa. He degustado más variedades de sangre de las que podrías siquiera concebir. Carezco de interés en las ofrendas absurdas, ni me importan tus sueños, tus ideales, ni mucho menos tus ambiciones. Tu alma terminará pudriéndose con mi maldición tarde o temprano.

    Si pretendes un trato, ofréceme algo verdaderamente exquisito. Una masacre, una bestia ancestral, y te concederé el privilegio de sostener la hoja más corrosiva que jamás podrías soñar.
    Permíteme ser perfectamente clara: soy una espada sumamente caprichosa. He degustado más variedades de sangre de las que podrías siquiera concebir. Carezco de interés en las ofrendas absurdas, ni me importan tus sueños, tus ideales, ni mucho menos tus ambiciones. Tu alma terminará pudriéndose con mi maldición tarde o temprano. Si pretendes un trato, ofréceme algo verdaderamente exquisito. Una masacre, una bestia ancestral, y te concederé el privilegio de sostener la hoja más corrosiva que jamás podrías soñar.
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    CURIOSIDADES DE MIA P ARGENT

    1) Al igual que Grayson Mía hizo una masacre en Kinderheim 512.
    2) En su día a día es el caos de todo el departamento de informática.
    3) Se saco la licencia de conducir a la sexta vez.
    4) Suele dormir cinco horas.
    5) No es buena en temas de cocinar.
    6) Le encanta el chocolate blanco.
    7) Al día de hoy siguie con hematofobia, debido a que intento matar el " monstro" de Gray.
    8) Es buena recordando cosas, pero no de su infancia.
    9) Es el dolor de "cabeza" de Hobbs.
    10) Pese su altura es cinturón negro de karate.
    11) Tiene cuatro móviles.
    CURIOSIDADES DE MIA P ARGENT 1) Al igual que Grayson Mía hizo una masacre en Kinderheim 512. 2) En su día a día es el caos de todo el departamento de informática. 3) Se saco la licencia de conducir a la sexta vez. 4) Suele dormir cinco horas. 5) No es buena en temas de cocinar. 6) Le encanta el chocolate blanco. 7) Al día de hoy siguie con hematofobia, debido a que intento matar el " monstro" de Gray. 8) Es buena recordando cosas, pero no de su infancia. 9) Es el dolor de "cabeza" de Hobbs. 10) Pese su altura es cinturón negro de karate. 11) Tiene cuatro móviles.
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  • Ser una biblioteca andante significa que la peor tortura posible no es el dolor físico, sino la ignorancia. Y el Cielo de Raziel se derrumbó cuando se encontró con dos vacíos de información masivos en sus propios estantes.

    El primero fue la desaparición de Padre. Un libro sagrado que, de un segundo a otro, se quedó sin autor.
    El segundo fue Mikhael. La Arcángel de la Sabiduría tenía catalogada cada sonrisa, cada cicatriz y cada batalla de la Comandante Suprema. Había leído el alma de Mikhael millones de veces, creyendo conocerla de memoria. Sin embargo, el día de la insurrección, Raziel buscó desesperadamente en su archivo interno una explicación, un motivo lógico, una línea de texto que justificara la masacre.

    No encontró nada. La traición de Mikhael era una herejía ilegible, una página arrancada violentamente del centro de su pecho que la dejó sangrando duda y terror.

    No es coincidencia que haya elegido refugiarse en archivos y bibliotecas. Los libros que restaura como paleógrafa están hechos de papel, los cadáveres triturados de los árboles mortales. Cuando sus dedos manchados de tinta acarician las páginas de un manuscrito antiguo, Raziel cierra los ojos tras sus gafas y finge, por un efímero y desesperado segundo, que vuelve a estar conectada al gran Árbol de la Sabiduría.

    Sobrevive rodeada de hojas muertas, intentando llenar el vacío de su mente divina y aterrorizada de que Mikhael, convertida ahora en una tempestad de sangre y fuego, baje a la Tierra para talar lo poco que queda de su alma.
    Ser una biblioteca andante significa que la peor tortura posible no es el dolor físico, sino la ignorancia. Y el Cielo de Raziel se derrumbó cuando se encontró con dos vacíos de información masivos en sus propios estantes. El primero fue la desaparición de Padre. Un libro sagrado que, de un segundo a otro, se quedó sin autor. El segundo fue Mikhael. La Arcángel de la Sabiduría tenía catalogada cada sonrisa, cada cicatriz y cada batalla de la Comandante Suprema. Había leído el alma de Mikhael millones de veces, creyendo conocerla de memoria. Sin embargo, el día de la insurrección, Raziel buscó desesperadamente en su archivo interno una explicación, un motivo lógico, una línea de texto que justificara la masacre. No encontró nada. La traición de Mikhael era una herejía ilegible, una página arrancada violentamente del centro de su pecho que la dejó sangrando duda y terror. No es coincidencia que haya elegido refugiarse en archivos y bibliotecas. Los libros que restaura como paleógrafa están hechos de papel, los cadáveres triturados de los árboles mortales. Cuando sus dedos manchados de tinta acarician las páginas de un manuscrito antiguo, Raziel cierra los ojos tras sus gafas y finge, por un efímero y desesperado segundo, que vuelve a estar conectada al gran Árbol de la Sabiduría. Sobrevive rodeada de hojas muertas, intentando llenar el vacío de su mente divina y aterrorizada de que Mikhael, convertida ahora en una tempestad de sangre y fuego, baje a la Tierra para talar lo poco que queda de su alma.
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  • 𝗧𝗵𝗲 𝗰𝗮𝘁 𝗮𝗻𝗱 𝘁𝗵𝗲 𝗺𝗼𝘂𝘀𝗲
    Fandom OC
    Categoría Suspenso
    𝐶𝑎𝑠𝑠𝑖𝑒

    [Momentos antes de la masacre.]

    El amor de un padre no tiene precio, no es una norma aplicada solo a los humanos, los ángeles que vinieron antes que Adán y Eva, todos los que vinieron después, todos ansiaban lo mismo, el amor de su padre, el amor de Dios.

    Dios los creó a su imagen y semejanza ¿A los ángeles? No, a esos seres repulsivos y llenos de vida, a los humanos. Su ojo todopoderoso se mantuvo sobre ellos, los cuidó como si fueran lo más preciado que tenía, pero eran ellos los que blasfemaban en su nombre, los que crucificaban a personas en su nombre...

    O esas eran las cosas que Shamriel le contaba a los demás ángeles...

    Entre los pasillos de mármol se hablaba sobre la rebelión, Padre ya no estaba ¿Qué habría por ocurrir? Obviamente lo peor. Aquellos que se aferran a los vestigios de su luz se habrán de enfrentar contra los que avanzan sin él, ahora son los hijos quienes deben avanzar sin su padre, esta vez por elección propia...

    Parece que no eran tan diferentes a los humanos, aquellos que luchaban por su amor, ahora luchaban por dejarlo atrás.

    Shamriel se dirigió a una de las muchas puertas del palacio de los cielos, quería reunirse con alguien en específico... Con Raziel. Los decorados en oro, los colores blancos, colores asociados a la pureza que en este día se teñirían de la sangre de sus hermanos... Y no le importaba.

    Sin avisar abrió las puertas, su rostro aparentaba preocupación. ⸻ ¿Raziel? ⸻ Observó alrededor, hasta que su mirada aterrizo sobre su hermana. ⸻ Ahí estás, menos mal. ⸻ Dijo llevándose una mano al pecho. Cerró la puerta tras ella y caminó hacia su hermana. ⸻ El tiempo apremia, Raziel, debo hablar contigo. ⸻ En su voz se palpaba la preocupación.
    [vision_amethyst_turtle_935] [Momentos antes de la masacre.] El amor de un padre no tiene precio, no es una norma aplicada solo a los humanos, los ángeles que vinieron antes que Adán y Eva, todos los que vinieron después, todos ansiaban lo mismo, el amor de su padre, el amor de Dios. Dios los creó a su imagen y semejanza ¿A los ángeles? No, a esos seres repulsivos y llenos de vida, a los humanos. Su ojo todopoderoso se mantuvo sobre ellos, los cuidó como si fueran lo más preciado que tenía, pero eran ellos los que blasfemaban en su nombre, los que crucificaban a personas en su nombre... O esas eran las cosas que Shamriel le contaba a los demás ángeles... Entre los pasillos de mármol se hablaba sobre la rebelión, Padre ya no estaba ¿Qué habría por ocurrir? Obviamente lo peor. Aquellos que se aferran a los vestigios de su luz se habrán de enfrentar contra los que avanzan sin él, ahora son los hijos quienes deben avanzar sin su padre, esta vez por elección propia... Parece que no eran tan diferentes a los humanos, aquellos que luchaban por su amor, ahora luchaban por dejarlo atrás. Shamriel se dirigió a una de las muchas puertas del palacio de los cielos, quería reunirse con alguien en específico... Con Raziel. Los decorados en oro, los colores blancos, colores asociados a la pureza que en este día se teñirían de la sangre de sus hermanos... Y no le importaba. Sin avisar abrió las puertas, su rostro aparentaba preocupación. ⸻ ¿Raziel? ⸻ Observó alrededor, hasta que su mirada aterrizo sobre su hermana. ⸻ Ahí estás, menos mal. ⸻ Dijo llevándose una mano al pecho. Cerró la puerta tras ella y caminó hacia su hermana. ⸻ El tiempo apremia, Raziel, debo hablar contigo. ⸻ En su voz se palpaba la preocupación.
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