Ser una biblioteca andante significa que la peor tortura posible no es el dolor físico, sino la ignorancia. Y el Cielo de Raziel se derrumbó cuando se encontró con dos vacíos de información masivos en sus propios estantes.

El primero fue la desaparición de Padre. Un libro sagrado que, de un segundo a otro, se quedó sin autor.
El segundo fue Mikhael. La Arcángel de la Sabiduría tenía catalogada cada sonrisa, cada cicatriz y cada batalla de la Comandante Suprema. Había leído el alma de Mikhael millones de veces, creyendo conocerla de memoria. Sin embargo, el día de la insurrección, Raziel buscó desesperadamente en su archivo interno una explicación, un motivo lógico, una línea de texto que justificara la masacre.

No encontró nada. La traición de Mikhael era una herejía ilegible, una página arrancada violentamente del centro de su pecho que la dejó sangrando duda y terror.

No es coincidencia que haya elegido refugiarse en archivos y bibliotecas. Los libros que restaura como paleógrafa están hechos de papel, los cadáveres triturados de los árboles mortales. Cuando sus dedos manchados de tinta acarician las páginas de un manuscrito antiguo, Raziel cierra los ojos tras sus gafas y finge, por un efímero y desesperado segundo, que vuelve a estar conectada al gran Árbol de la Sabiduría.

Sobrevive rodeada de hojas muertas, intentando llenar el vacío de su mente divina y aterrorizada de que Mikhael, convertida ahora en una tempestad de sangre y fuego, baje a la Tierra para talar lo poco que queda de su alma.
Ser una biblioteca andante significa que la peor tortura posible no es el dolor físico, sino la ignorancia. Y el Cielo de Raziel se derrumbó cuando se encontró con dos vacíos de información masivos en sus propios estantes. El primero fue la desaparición de Padre. Un libro sagrado que, de un segundo a otro, se quedó sin autor. El segundo fue Mikhael. La Arcángel de la Sabiduría tenía catalogada cada sonrisa, cada cicatriz y cada batalla de la Comandante Suprema. Había leído el alma de Mikhael millones de veces, creyendo conocerla de memoria. Sin embargo, el día de la insurrección, Raziel buscó desesperadamente en su archivo interno una explicación, un motivo lógico, una línea de texto que justificara la masacre. No encontró nada. La traición de Mikhael era una herejía ilegible, una página arrancada violentamente del centro de su pecho que la dejó sangrando duda y terror. No es coincidencia que haya elegido refugiarse en archivos y bibliotecas. Los libros que restaura como paleógrafa están hechos de papel, los cadáveres triturados de los árboles mortales. Cuando sus dedos manchados de tinta acarician las páginas de un manuscrito antiguo, Raziel cierra los ojos tras sus gafas y finge, por un efímero y desesperado segundo, que vuelve a estar conectada al gran Árbol de la Sabiduría. Sobrevive rodeada de hojas muertas, intentando llenar el vacío de su mente divina y aterrorizada de que Mikhael, convertida ahora en una tempestad de sangre y fuego, baje a la Tierra para talar lo poco que queda de su alma.
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