Kazuo caminó durante varios días por el bosque, implorando que la senda se abriera para atravesar aquel umbral que lo llevaba a las tierras de Brattvåg.
Finalmente, después de tres días caminando casi sin descanso, el bosque se abrió. A lo lejos pudo divisar el bastión fortificado custodiado por la reina escarlata.
Kazuo soltó un trémulo suspiro que rompió el silencio de la noche. Al fin había regresado.
Le había dicho a Elizabeth que su ausencia podría durar unos tres días aproximadamente; y que, si pasaba de ese tiempo, si el bosque no le daba paso, podrían ser meses. Su tarea y su viaje por el bosque se habían prolongado hasta sobrepasar una semana entera.
Deseaba con todas sus fuerzas volver a Brattvåg e ir en busca de ella. Pero aún tenía que hacer algo más: enviar a su diosa una última oración, una propia por primera vez en su vida.
Aquel día, Kazuo cumplía mil doscientos treinta y tres años. Y tan solo quería un pequeño regalo: que su diosa de la cosecha y la abundancia hiciera que los cultivos de Brattvåg prosperasen. Que aquella mañana, cuando los agricultores vieran sus tierras, creyeran en los milagros. Que comprendieran que la esperanza era lo último que debían perder, que la lucha y el esfuerzo merecían recompensa.
Esa noche, el cielo se tiñó de azul. El kitsune danzó para Inari, elevando su oración a los cielos. A lo lejos se verían estelas de color zafiro, su color distintivo.
Kazuo sabía que aquello podría alertar a los soldados de Brattvåg. Pero también sabía que ella reconocería aquel color tan particular.
En caso de que viera a los soldados dirigirse hacia él, desaparecería entre las sombras para no ser reconocido. O incluso dejaría que su verdadera forma se hiciera presente para mantenerse en el anonimato.
Kazuo caminó durante varios días por el bosque, implorando que la senda se abriera para atravesar aquel umbral que lo llevaba a las tierras de Brattvåg.
Finalmente, después de tres días caminando casi sin descanso, el bosque se abrió. A lo lejos pudo divisar el bastión fortificado custodiado por la reina escarlata.
Kazuo soltó un trémulo suspiro que rompió el silencio de la noche. Al fin había regresado.
Le había dicho a Elizabeth que su ausencia podría durar unos tres días aproximadamente; y que, si pasaba de ese tiempo, si el bosque no le daba paso, podrían ser meses. Su tarea y su viaje por el bosque se habían prolongado hasta sobrepasar una semana entera.
Deseaba con todas sus fuerzas volver a Brattvåg e ir en busca de ella. Pero aún tenía que hacer algo más: enviar a su diosa una última oración, una propia por primera vez en su vida.
Aquel día, Kazuo cumplía mil doscientos treinta y tres años. Y tan solo quería un pequeño regalo: que su diosa de la cosecha y la abundancia hiciera que los cultivos de Brattvåg prosperasen. Que aquella mañana, cuando los agricultores vieran sus tierras, creyeran en los milagros. Que comprendieran que la esperanza era lo último que debían perder, que la lucha y el esfuerzo merecían recompensa.
Esa noche, el cielo se tiñó de azul. El kitsune danzó para Inari, elevando su oración a los cielos. A lo lejos se verían estelas de color zafiro, su color distintivo.
Kazuo sabía que aquello podría alertar a los soldados de Brattvåg. Pero también sabía que ella reconocería aquel color tan particular.
En caso de que viera a los soldados dirigirse hacia él, desaparecería entre las sombras para no ser reconocido. O incluso dejaría que su verdadera forma se hiciera presente para mantenerse en el anonimato.
Viajar al mundo de los espíritus era una acción primordial para que el cometido de Kazuo y su propia existencia tuvieran sentido en este mundo.
Los kitsunes eran los mensajeros de Inari, aquellos encargados de servir como puente entre los mortales y el mundo celestial. Las oraciones honestas y puras eran escuchadas; llegaban a Kazuo como si le hablaran de forma directa y presente. El zorro viajaba al mundo de los espíritus para que aquellos rezos alcanzaran a su Kami.
Serían días intensos. Era época de recogida y siembra de cosechas. Para muchas personas, que la cosecha fuera fructífera marcaba la diferencia entre sobrevivir o no aquel año. Los Kamis influían para que aquello se cumpliera, algo que, según la moral de Kazuo, resultaba injusto. Tenían el poder de decidir, y esa decisión podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.
Pero Inari era un ser cargado de benevolencia, y el esfuerzo de uno de sus hijos más amados era recompensado en favor de aquellos que vivían en el plano mortal.
Aunque Kazuo... pronto pediría algo por primera vez en su vida. Un ser que siempre cargaba con los deseos de los demás sin pensar en los propios. Desde su posición más humilde, esperaba ser escuchado.
Viajar al mundo de los espíritus era una acción primordial para que el cometido de Kazuo y su propia existencia tuvieran sentido en este mundo.
Los kitsunes eran los mensajeros de Inari, aquellos encargados de servir como puente entre los mortales y el mundo celestial. Las oraciones honestas y puras eran escuchadas; llegaban a Kazuo como si le hablaran de forma directa y presente. El zorro viajaba al mundo de los espíritus para que aquellos rezos alcanzaran a su Kami.
Serían días intensos. Era época de recogida y siembra de cosechas. Para muchas personas, que la cosecha fuera fructífera marcaba la diferencia entre sobrevivir o no aquel año. Los Kamis influían para que aquello se cumpliera, algo que, según la moral de Kazuo, resultaba injusto. Tenían el poder de decidir, y esa decisión podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.
Pero Inari era un ser cargado de benevolencia, y el esfuerzo de uno de sus hijos más amados era recompensado en favor de aquellos que vivían en el plano mortal.
Aunque Kazuo... pronto pediría algo por primera vez en su vida. Un ser que siempre cargaba con los deseos de los demás sin pensar en los propios. Desde su posición más humilde, esperaba ser escuchado.
Elizabeth se apoyó contra la madera de la puerta de su alcoba, con la espalda y el vientre aún conservando un calor residual que parecía una traición a su propia lógica.
Estaba sola.
Caminó hacia el centro de la estancia con la elegancia fracturada. Sus pies descalzos sentían la suavidad de las alfombras, un contraste doloroso con la piedra fría y la harina que había cubierto sus pies minutos antes.
Sin darse cuenta quedó frente al gran espejo de bronce, lo que vio la dejó sin aliento.
No era solo el desorden, era la mirada...Sus ojos rojos, habitualmente gélidos y calculadores, conservaban un brillo febril, una neblina de lujuria que no terminaba de disiparse. Se despojó de los jirones de su túnica con dedos temblorosos.Había marcas de dedos en sus muslos, el rastro de los colmillos en su cuello
✴ ─¿Qué has hecho Elizabeth? —susurró para sí misma, y su voz dulce y rasgada, todavía sonaba a esa mujer que habia sido protagonista esa madrugada.
Se acercó a la palangana de agua y empezó a lavarse con una urgencia casi violenta. Necesitaba quitarse el olor a madera chamuscada, a especias y, sobre todo, el aroma del Kitsune que parecía haber saturado sus poros.
Se sentó en su cama sin una pizca de sueño consciente de que la verdadera batalla no sería contra sus enemigos externos, sino contra la necesidad hambrienta de volver a esa oscuridad viciada para sentirse una vez más, simplemente una mujer frente a su igual.
Había probado la fruta prohibida, y el sabor todavía permanecía en su lengua como una promesa de perdición.
Elizabeth se apoyó contra la madera de la puerta de su alcoba, con la espalda y el vientre aún conservando un calor residual que parecía una traición a su propia lógica.
Estaba sola.
Caminó hacia el centro de la estancia con la elegancia fracturada. Sus pies descalzos sentían la suavidad de las alfombras, un contraste doloroso con la piedra fría y la harina que había cubierto sus pies minutos antes.
Sin darse cuenta quedó frente al gran espejo de bronce, lo que vio la dejó sin aliento.
No era solo el desorden, era la mirada...Sus ojos rojos, habitualmente gélidos y calculadores, conservaban un brillo febril, una neblina de lujuria que no terminaba de disiparse. Se despojó de los jirones de su túnica con dedos temblorosos.Había marcas de dedos en sus muslos, el rastro de los colmillos en su cuello
✴ ─¿Qué has hecho Elizabeth? —susurró para sí misma, y su voz dulce y rasgada, todavía sonaba a esa mujer que habia sido protagonista esa madrugada.
Se acercó a la palangana de agua y empezó a lavarse con una urgencia casi violenta. Necesitaba quitarse el olor a madera chamuscada, a especias y, sobre todo, el aroma del Kitsune que parecía haber saturado sus poros.
Se sentó en su cama sin una pizca de sueño consciente de que la verdadera batalla no sería contra sus enemigos externos, sino contra la necesidad hambrienta de volver a esa oscuridad viciada para sentirse una vez más, simplemente una mujer frente a su igual.
Había probado la fruta prohibida, y el sabor todavía permanecía en su lengua como una promesa de perdición.
──────────
Epílogo de https://ficrol.com/posts/364285
Kazuo vio al pequeño kitsune. Era muy joven, un ser prácticamente recién creado. No pudo evitar que los recuerdos de sus propios comienzos afloraran, aunque estos eran algo difusos. En aquella etapa tan temprana aún era un zorro salvaje, y la conciencia de raciocinio, como la de los seres humanos, no la desarrollaría hasta que avanzara su edad… si sobrevivía hasta entonces.
El pequeño zorro se acercó a Kazuo con la confianza de quien reconoce a un familiar, a uno de los suyos, incluso pese a aquella apariencia más humana.
—Te queda un largo camino, pequeño… Solo espero que no tengas que pasar por el sufrimiento que yo he vivido. Que tu futuro sea más tranquilo. Japón, ahora mismo, atraviesa una transición más estable, por suerte.— Quizás el pequeño kitsune no entendía sus palabras, pero sí la energía que le transmitía.
—Mi hogar es tu hogar… Tú y los tuyos siempre tendréis un lugar junto a mí. Os guiaré y os enseñaré vuestro cometido, algo de lo que yo no tuve el privilegio de tener.— Decía Kazuo con esa serenidad que tanto lo caracterizaba, a pesar de lo que la vida le había ofrecido.
Kazuo era muy viejo. No había tantos como él. Los kitsune zenko de nueve colas eran una rareza en ese mundo, y por ello ayudaba a los más jóvenes. Enseñándoles cuál sería su cometido: ser mensajeros de Inari, un puente entre el mundo mortal y el reino de los espíritus, donde los ōkami habitaban.
Kazuo vio al pequeño kitsune. Era muy joven, un ser prácticamente recién creado. No pudo evitar que los recuerdos de sus propios comienzos afloraran, aunque estos eran algo difusos. En aquella etapa tan temprana aún era un zorro salvaje, y la conciencia de raciocinio, como la de los seres humanos, no la desarrollaría hasta que avanzara su edad… si sobrevivía hasta entonces.
El pequeño zorro se acercó a Kazuo con la confianza de quien reconoce a un familiar, a uno de los suyos, incluso pese a aquella apariencia más humana.
—Te queda un largo camino, pequeño… Solo espero que no tengas que pasar por el sufrimiento que yo he vivido. Que tu futuro sea más tranquilo. Japón, ahora mismo, atraviesa una transición más estable, por suerte.— Quizás el pequeño kitsune no entendía sus palabras, pero sí la energía que le transmitía.
—Mi hogar es tu hogar… Tú y los tuyos siempre tendréis un lugar junto a mí. Os guiaré y os enseñaré vuestro cometido, algo de lo que yo no tuve el privilegio de tener.— Decía Kazuo con esa serenidad que tanto lo caracterizaba, a pesar de lo que la vida le había ofrecido.
Kazuo era muy viejo. No había tantos como él. Los kitsune zenko de nueve colas eran una rareza en ese mundo, y por ello ayudaba a los más jóvenes. Enseñándoles cuál sería su cometido: ser mensajeros de Inari, un puente entre el mundo mortal y el reino de los espíritus, donde los ōkami habitaban.
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TEMÁTICA:
╰➤ Fantasía oscura • Poder demoníaco • Elegancia sobrenatural
MODELO ESTRELLA:
╰➤ Vali Lucifer
✧ El heredero del poder infernal
✧ Presencia dominante y aura enigmática
✧ Símbolo del ascenso y la ambición oscura
MODELOS DESTACADAS:
╰➤ Sasha Ishtar
✧ Reina del abismo
✧ Belleza imponente y energía divina
✧ Guardiana de secretos ancestrales
╰➤ Yasaka Kitsune
✧ Diosa de las nueve colas
✧ Elegancia mística y seducción espiritual
✧ Portadora de sabiduría y poder sagrado
CONTENIDO DESTACADO:
✧ El regreso de la Reina del Abismo
✧ El pacto de Lucifer: ascenso del elegido
✧ Secretos del poder de la Diosa Kitsune
✧ Alianza entre cielo e infierno
✧ Especial: lo mejor del mundo sobrenatural
ESLOGAN:
╰➤ “Solo en Ishtar’s: Tu guía para lo desconocido”
╔══════════════════════════════╗ EDICIÓN ESPECIAL – PODER & OSCURIDAD
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🔥🖤 FICHA OFICIAL DE REVISTA 🖤🔥
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🌑✨ TÍTULO:
╰➤ ISHTAR´S LUCIFER
🏛️🔥 AGENCIA:
╰➤ Ishtar´s Demonic Déesse Infernal Glamour
🌌🖤 TEMÁTICA:
╰➤ Fantasía oscura • Poder demoníaco • Elegancia sobrenatural
👑🔥 MODELO ESTRELLA:
╰➤ Vali Lucifer
✧ El heredero del poder infernal
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✧ Símbolo del ascenso y la ambición oscura
💎🌙 MODELOS DESTACADAS:
╰➤ Sasha Ishtar
✧ Reina del abismo
✧ Belleza imponente y energía divina
✧ Guardiana de secretos ancestrales
╰➤ Yasaka Kitsune
✧ Diosa de las nueve colas
✧ Elegancia mística y seducción espiritual
✧ Portadora de sabiduría y poder sagrado
📖🔥 CONTENIDO DESTACADO:
✧ El regreso de la Reina del Abismo
✧ El pacto de Lucifer: ascenso del elegido
✧ Secretos del poder de la Diosa Kitsune
✧ Alianza entre cielo e infierno
✧ Especial: lo mejor del mundo sobrenatural
🌠🖤 ESTILO VISUAL:
╰➤ Nocturno • Estelar • Místico • Infernal elegante
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✨🔥 EDICIÓN ESPECIAL – PODER & OSCURIDAD 🔥✨
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¿Por qué luchar contra algo que parece inevitable? Contra la colisión de dos almas que parecían buscarse sin el permiso de las mentes que las dirigían.
En aquel amanecer, entre el olor a cera de velas extinguidas y antiguos pergaminos, lo inevitable sucedió.
El zorro jamás besaba a nadie en los labios. Para un ser milenario como él, un beso no era un simple obsequio: era una promesa de entrega total, un pacto silencioso en el que ofrecía su alma sin reservas. La pasión de aquel beso casi los consumió a ambos. Tanto, que la soberana aún se resistía ante lo evidente, ante lo inevitable.
¿Cómo iba a gobernar un reino si no era capaz de gobernarse a sí misma?
¿Y cómo iba Kazuo a continuar su lucha, a seguirla a ella, sin que aquello interfiriera con su labor como Kitsune Zenko?
Tenía responsabilidades que no podía ignorar ni eludir. Y, aun así, no renunciaría a lo que Brattvåg le había concedido: llenar un vacío que creía perdido desde hacía meses. No renunciaría a ella… a la reina escarlata que había logrado que su corazón latiera con la fuerza de quien, por fin, desea seguir viviendo.
Da igual en que mundo... en que espacio o tiempo. 𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉 y Kazuo parecían ser almas predestinadas a estar juntas en cualquiera de sus vidas, en cualquier universo en el que ambos existieran.
//Escena cerrada. Referencia a https://ficrol.com/posts/363531 //
Hay batallas que, a veces, es mejor no librar.
¿Por qué luchar contra algo que parece inevitable? Contra la colisión de dos almas que parecían buscarse sin el permiso de las mentes que las dirigían.
En aquel amanecer, entre el olor a cera de velas extinguidas y antiguos pergaminos, lo inevitable sucedió.
El zorro jamás besaba a nadie en los labios. Para un ser milenario como él, un beso no era un simple obsequio: era una promesa de entrega total, un pacto silencioso en el que ofrecía su alma sin reservas. La pasión de aquel beso casi los consumió a ambos. Tanto, que la soberana aún se resistía ante lo evidente, ante lo inevitable.
¿Cómo iba a gobernar un reino si no era capaz de gobernarse a sí misma?
¿Y cómo iba Kazuo a continuar su lucha, a seguirla a ella, sin que aquello interfiriera con su labor como Kitsune Zenko?
Tenía responsabilidades que no podía ignorar ni eludir. Y, aun así, no renunciaría a lo que Brattvåg le había concedido: llenar un vacío que creía perdido desde hacía meses. No renunciaría a ella… a la reina escarlata que había logrado que su corazón latiera con la fuerza de quien, por fin, desea seguir viviendo.
Da igual en que mundo... en que espacio o tiempo. [Liz_bloodFlame] y Kazuo parecían ser almas predestinadas a estar juntas en cualquiera de sus vidas, en cualquier universo en el que ambos existieran.
Fueron las palabras de la reina Elizabeth cuando el zorro cumplió su promesa de salvar a su protegida, Milenka.
Nunca esperó que su primer día en aquella ciudad, Brattvåg, fuera tan intenso.
El zorro había llevado su poder de sanación a un punto límite. Era un don que no estaba hecho para compartirse, pero aun así él lo ofrecía a aquellos a quienes deseaba salvar. El agotamiento fue extremo, y para recuperar fuerzas Kazuo necesitaba la energía del bosque. Él daba a la tierra, y la tierra siempre le devolvía el favor.
En un principio iba a ser escoltado por órdenes de la soberana, pero pidió ir solo. No quería mostrar su vulnerabilidad ni que nadie supiera más de lo necesario sobre él y el poder que albergaba en su interior. Ella cedió después de ver que él había cumplido diligentemente su promesa, a pesar de la sorpresa de descubrir que no era un simple humano.
Pasó el resto del día y toda la noche en la profundidad del bosque, en soledad, tal como deseaba. La tierra le devolvía poco a poco la fuerza de su sacrificio. Él no exigía nada del bosque; permitía que este le ofreciera su energía de forma voluntaria, al ritmo que la naturaleza considerase adecuado.
Por la mañana, Kazuo abrió los ojos lentamente. El brillo zafiro había regresado a sus profundos orbes. Su piel marmórea lucía más saludable, y el cabello azabache había recuperado su lustre habitual.
No estaba completamente recuperado, pero había prometido regresar a Brattvåg para tratar las heridas de la arquera y de Su Majestad, además de ayudar a cualquiera que necesitara sus conocimientos de medicina. Estaba claro que en aquel lugar los curanderos y sanadores brillaban por su ausencia. Estaría algunas horas más allí hasta iniciar su camino de regreso, cumpliendo con la hora acordada con la reina el día anterior.
Quizás pasar una temporada en aquella ciudad, ofreciendo su ayuda y conocimiento, llenaría el vacío que de pronto le habían arrancado en su hogar; un recuerdo que, por mucho que lo intentase, no lograba recuperar.
Estar lejos de su hogar no significaba que estuviera exento de su deber como kitsune. Sentiría la llamada de Inari cuando fuera necesario, y a través del bosque podría regresar a su templo para cumplir con su labor de mensajero. Aun así, estaba seguro de que, por alguna razón, seguiría volviendo a la ciudad de Brattvåg, gobernada por la reina de ojos escarlata.
//Continuación de https://ficrol.com/posts/359883 //
"Te has ganado tu vida"
Fueron las palabras de la reina Elizabeth cuando el zorro cumplió su promesa de salvar a su protegida, Milenka.
Nunca esperó que su primer día en aquella ciudad, Brattvåg, fuera tan intenso.
El zorro había llevado su poder de sanación a un punto límite. Era un don que no estaba hecho para compartirse, pero aun así él lo ofrecía a aquellos a quienes deseaba salvar. El agotamiento fue extremo, y para recuperar fuerzas Kazuo necesitaba la energía del bosque. Él daba a la tierra, y la tierra siempre le devolvía el favor.
En un principio iba a ser escoltado por órdenes de la soberana, pero pidió ir solo. No quería mostrar su vulnerabilidad ni que nadie supiera más de lo necesario sobre él y el poder que albergaba en su interior. Ella cedió después de ver que él había cumplido diligentemente su promesa, a pesar de la sorpresa de descubrir que no era un simple humano.
Pasó el resto del día y toda la noche en la profundidad del bosque, en soledad, tal como deseaba. La tierra le devolvía poco a poco la fuerza de su sacrificio. Él no exigía nada del bosque; permitía que este le ofreciera su energía de forma voluntaria, al ritmo que la naturaleza considerase adecuado.
Por la mañana, Kazuo abrió los ojos lentamente. El brillo zafiro había regresado a sus profundos orbes. Su piel marmórea lucía más saludable, y el cabello azabache había recuperado su lustre habitual.
No estaba completamente recuperado, pero había prometido regresar a Brattvåg para tratar las heridas de la arquera y de Su Majestad, además de ayudar a cualquiera que necesitara sus conocimientos de medicina. Estaba claro que en aquel lugar los curanderos y sanadores brillaban por su ausencia. Estaría algunas horas más allí hasta iniciar su camino de regreso, cumpliendo con la hora acordada con la reina el día anterior.
Quizás pasar una temporada en aquella ciudad, ofreciendo su ayuda y conocimiento, llenaría el vacío que de pronto le habían arrancado en su hogar; un recuerdo que, por mucho que lo intentase, no lograba recuperar.
Estar lejos de su hogar no significaba que estuviera exento de su deber como kitsune. Sentiría la llamada de Inari cuando fuera necesario, y a través del bosque podría regresar a su templo para cumplir con su labor de mensajero. Aun así, estaba seguro de que, por alguna razón, seguiría volviendo a la ciudad de Brattvåg, gobernada por la reina de ojos escarlata.
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¡El sol se oculta en el horizonte de Isla Mujeres - México, pero las historias que crearon quedarán grabadas en la arena de FicRol para siempre!
Queremos agradecer de todo corazón a cada uno de ustedes por hacer de este evento una experiencia inolvidable. La creatividad, la energía y la variedad de personajes que invadieron la isla superaron todas nuestras expectativas. ¡Gracias por darle vida a este paraíso!
Sin más preámbulos, ¡es momento de celebrar a nuestros grandes ganadores!
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Felicidades a quienes ahora cuentan con todas las herramientas premium para potenciar su narrativa:
Nota importante: Los premios se verán reflejados en sus cuentas automáticamente.
¡Gracias por ser parte de la mejor comunidad de rol!
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El Staff de FicRol <3
¡El sol se oculta en el horizonte de Isla Mujeres - México, pero las historias que crearon quedarán grabadas en la arena de FicRol para siempre! 🏝️✨
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— La luz del lunes se filtraba por las rendijas de los shoji no como un amanecer, sino como una intrusión no deseada. Era una claridad pálida y anémica que parecía haber perdido toda su energía al rebotar contra el manto helado del patio. El aire en la habitación era gélido, un contraste brutal con el nido de mantas que la Sacerdotisa acababa de abandonar.
Permanecía de rodillas sobre el futón, con la silueta de su espalda tensándose mientras estiraba los brazos hacia el techo con un quejido sordo. Cada vértebra protestaba y sus músculos se sentían rígidos por el frío y la pesadez de una noche que se le hizo corta. Sus orejas de kitsune, generalmente alertas, caían con desgana, y sus párpados plomizos apenas dejaban ver sus ojos amatista, apagados por el cansancio. Una fina voluta de vapor se escapaba de sus labios con cada aliento, materializando el frío ambiental.
—Mmm... Incluso los dioses deberían tener derecho a un día de descanso remunerado —murmuró con una voz rasposa, arrastrando las palabras con una pereza casi dolorosa—. ¿Quién tuvo la "brillante" ocurrencia de construir este lugar en la cima más alta y ventosa de la isla? ¿Para estar "más cerca de los cielos"?—
Soltó una risa amarga que se quebró en un bostezo interminable, estirando su mandíbula hasta el límite antes de continuar con sarcasmo.
—Ah, claro... fui yo. Qué conveniente es la memoria histórica cuando se trata de mis propios errores de diseño. Y aquí estoy, pagando las consecuencias de mi propio ego arquitectónico. Qué bárbaro es tener responsabilidades un lunes...
🌸— La luz del lunes se filtraba por las rendijas de los shoji no como un amanecer, sino como una intrusión no deseada. Era una claridad pálida y anémica que parecía haber perdido toda su energía al rebotar contra el manto helado del patio. El aire en la habitación era gélido, un contraste brutal con el nido de mantas que la Sacerdotisa acababa de abandonar.
Permanecía de rodillas sobre el futón, con la silueta de su espalda tensándose mientras estiraba los brazos hacia el techo con un quejido sordo. Cada vértebra protestaba y sus músculos se sentían rígidos por el frío y la pesadez de una noche que se le hizo corta. Sus orejas de kitsune, generalmente alertas, caían con desgana, y sus párpados plomizos apenas dejaban ver sus ojos amatista, apagados por el cansancio. Una fina voluta de vapor se escapaba de sus labios con cada aliento, materializando el frío ambiental.
—Mmm... Incluso los dioses deberían tener derecho a un día de descanso remunerado —murmuró con una voz rasposa, arrastrando las palabras con una pereza casi dolorosa—. ¿Quién tuvo la "brillante" ocurrencia de construir este lugar en la cima más alta y ventosa de la isla? ¿Para estar "más cerca de los cielos"?—
Soltó una risa amarga que se quebró en un bostezo interminable, estirando su mandíbula hasta el límite antes de continuar con sarcasmo.
—Ah, claro... fui yo. Qué conveniente es la memoria histórica cuando se trata de mis propios errores de diseño. Y aquí estoy, pagando las consecuencias de mi propio ego arquitectónico. Qué bárbaro es tener responsabilidades un lunes...