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    ( Fin de semana para ser nahuales y aterrorizar iglesias en las noches.

    Respondí poco a poco uvu la presión laboral me aplasta. )
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  • [Escena: Es un atardecer en una iglesia cuyo dios ha sido olvidado. Casi vacía, la gente llega usualmente a descansar y rezar por sus respectivos dioses.

    Elizabeth está sentada dentro de la cabina de confesiones. En el lado de escucharlas de las personas. Ella apenas y puede ver sus rostros por los patrones de la madera recién pulida. Esta ciudad le pidió un favor: atender las iglesias. Y más que nada, hacer algunas "labores" divinas de clériga Para el desdén de Elizabeth. Ella no sabe ni tres cuartos sobre ser clériga Pero la gente, al escuchar sobre ella siendo bendecida por los dioses, pensaron ella seria apta para esta labor.

    Ella espera y espera. Hasta escuchar a ~tu personaje~ entrar a la cabina por la puerta del otro lado. Ella se sorprende un poco. No esperaba que alguien viniera buscando confesarse. Aún más en una iglesia sin un dios. Aunque pensándolo bien, si no tienes un dios, no tienes a qué temerle. Confesarte en ese sentido es solo una limpieza de conciencia. Liberar fantasmas internos.

    "Bienvenido, adelante. Confiesa lo que gustes. No importa lo grande o pequeño que esto sea."

    Le invita ella a sacar sus males y dudas que sientan amenazar sus corazones... los pesos de la conciencia. La voz de Elizabeth es suave como seda, dulce y femenina como esferas de azúcar.
    [Escena: Es un atardecer en una iglesia cuyo dios ha sido olvidado. Casi vacía, la gente llega usualmente a descansar y rezar por sus respectivos dioses. Elizabeth está sentada dentro de la cabina de confesiones. En el lado de escucharlas de las personas. Ella apenas y puede ver sus rostros por los patrones de la madera recién pulida. Esta ciudad le pidió un favor: atender las iglesias. Y más que nada, hacer algunas "labores" divinas de clériga Para el desdén de Elizabeth. Ella no sabe ni tres cuartos sobre ser clériga Pero la gente, al escuchar sobre ella siendo bendecida por los dioses, pensaron ella seria apta para esta labor. Ella espera y espera. Hasta escuchar a ~tu personaje~ entrar a la cabina por la puerta del otro lado. Ella se sorprende un poco. No esperaba que alguien viniera buscando confesarse. Aún más en una iglesia sin un dios. Aunque pensándolo bien, si no tienes un dios, no tienes a qué temerle. Confesarte en ese sentido es solo una limpieza de conciencia. Liberar fantasmas internos. "Bienvenido, adelante. Confiesa lo que gustes. No importa lo grande o pequeño que esto sea." Le invita ella a sacar sus males y dudas que sientan amenazar sus corazones... los pesos de la conciencia. La voz de Elizabeth es suave como seda, dulce y femenina como esferas de azúcar.
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  • ❝Por suerte estamos aquí...❞
    Fandom The Walking Dead
    Categoría Slice of Life
    ㅤㅤㅤ
    ㅤㅤㅤㅤ ⧽ 𝐒𝐓𝐀𝐑𝐓𝐄𝐑
    ㅤㅤㅤㅤ ˹ Daryl Dixon



    Puede que aquella fuera la época en la que realmente tocaran fondo como familia. Todo se volvió más duro y complicado desde que salieron de la Terminal. Gracias a Carol y un golpe de suerte escaparon de aquella trampa mortal de caníbales dispuestos a matarnos. Y con ello se reunieron con Tyresse, quien habia pasado todo aquel tiempo cuidando de Judith. Recuperar a Judith fue la mejor sensación que Liv pudo llevarse consigo.

    Después de aquello, tras salvarle la vida a Gabriel, un pastor que guardaba un terrible secreto, se acomodaron en su iglesia. Allí, el equipo de Abraham les propuso acompañarlos a Washington para que Eugene, quien al parecer podía resolver el problema de los caminantes, obrara un milagro. Y aunque aquello parecía esperanzador, la vida les pondría la zancadilla una y otra vez… Perdieron a Bob por culpa de los supervivientes de La Terminal, encontrarían a Beth en un hospital de Atlanta solo para volver a perderla. Esta vez para siempre. Un golpe muy duro para Maggie, quien habia perdido a su padre unas semanas atrás. Y, para colmo de desgracias, Eugene se reveló como un farsante. Porque, aunque resultaba imposible que un solo hombre pudiera resolver aquello, ellos aun guardaban las esperanzas…

    Incorporaron a Noah al equipo, un chico que habia conocido a Beth en el hospital y que queria regresar a la casa de su madre en Richmond. Solo Rick, Michonne, Glenn y Tyresse lo acompañaron. El resto del grupo se quedó resguardado en una casa a unos kilómetros. Daryl habia estado taciturno desde la muerte de Beth y Liv, sabiendo que a él le habia importado la joven no sabía bien como consolarle. Intentaba dejarle a solas el tiempo que él requería, pero tampoco era capaz de dejarlo pasar. Le dolía verle pasarlo mal…

    Carol habia hablado con Liv mientras esperaban por noticias de Rick o los demás:

    -Tiene que dejar ir el dolor. Daryl es… Bueno, ya le conoces -dijo Carol mientras reunían bayas para hacer algo de comer- Es introspectivo, callado y se guarda esas cosas para sí mismo… Acabará explotando…

    Asi que, con esas palabras en mente, Liv habia decidido salir a acompañar a Daryl a buscar algo de caza. No habia hecho falta proponérselo. Simplemente, se compenetraban asi de bien, a pesar de todo… Por lo que los dos recorrían el bosque aledaño a la casita donde se alojaban, en silencio intentando no hacer ruido. Solo cuando encontraron un par de conejos y regresaban, Liv se atrevió a hablar. Alargó una mano hacia la masculina y tiró de él levemente para llamar su atención.

    -Oye… -le dijo dando un paso adelante para colocarse delante de él- Sé que… quizás ahora no es el mejor momento, pero… no puedes guardártelo dentro…- le dijo solamente- Estoy aquí. Siempre. Y no volveré a irme -le aseguró antes de acortar la distancia entre los dos y dejar un beso cariñoso en su labio inferior.
    Por supuesto, aún era demasiado pronto para que Daryl se decidiera a hablar. Aun asi, Liv no se separaba de él. Lo buscaba para dormir, compartía con él la poca comida que tenían y cuando lo de Richmond resultó ser un fracaso, perdieron tambien a Tyresse y tuvieron que regresar a la carretera (aunque ahora con un destino ya que Michonne pensó que Eugene queria ir a DC por algo), respetó sus espacios y momentos de ausencia.

    Lo ocurrido en el granero, aquella tormenta que logró volver a aunar al grupo, ayudó a limpiar un poco la racha de mala suerte, pero más la limpió el momento en que un desconocido llamado Aaron apareció en escena con intenciones de llevarlos a su hogar. Aunque Rick fue reticente al principio, lo cierto era que Liv estaba en desacuerdo con él. Al igual que Maggie y Sasha, quienes lo habían encontrado primero. No se cortó un pelo en contarle sus impresiones a Daryl, con quien habia revisado la carretera siguiendo las ordenes de su padre.

    -Pues yo si creo que Aaron dice la verdad -dijo, y ante la mirada de Daryl, ella se encogió de hombros- No sé, llámame ingenua, pero creo que puede funcionar. Creo que hemos tenido bastante mala suerte en las ultimas semanas como para que algo se nos vuelva a ir a la mierda. Entiendo que papá esté a la defensiva, pero… Ha de ser algo bueno de verdad…

    Y lo fue. Fueron horas tensas pero tras encontrar al, a todas luces, novio de Aaron, el grupo entero consiguió llegar hasta las puertas enrejadas de Alejandria. Aaron no habia mentido. Habia muros, se escuchaban niños en el interior del enclave y estaba seguro… Liv alzó las cejas hacia Daryl en un mudo: “¿Lo ves?”

    Tras dejar sus armas en la armería, aunque no le hiciera demasiada gracia deshacerse de su arco de poleas (el que Daryl habia rescatado de Joe y su grupo de saqueadores y que Carol habia encontrado después en La Terminal), lo dejó sobre la mesa metálica al lado de la ballesta de Daryl. Después de aquello llegó la hora de las entrevistas con Deanna, la líder de Alejandria. Primero fue Rick, después Carl, y tras aquello llegó el turno de Liv.

    -¿A qué te dedicabas antes? -preguntó Deanna desde su sillón mirándola afablemente.

    Liv miró a su alrededor, sintiendo que era irreal estar sentada en medio de una sala de estar ordenada, limpia y segura. Como si el mundo no se hubiera ido a la mierda. ¿Qué? ¿Mientras ellos habían estado durmiendo en celdas o al raso esa gente habia estado allí todo el tiempo? ¿Sin problemas? ¿Sin enemigos? No sabían la suerte que tenían.

    -Olivia…- la llamó Deanna con suavidad. Liv la miró, sorprendida. Deanna sonrió- ¿A qué te dedicabas antes?

    Liv esbozó una tímida sonrisa de disculpa.

    -Perdone… -pronunció echando una ultima mirada alrededor de forma rápida. Sus dedos tironeaban de un hilo suelto de uno de sus guantes- Pues… Estudiaba medicina -rodó los ojos- Queria… ser cirujana.

    Deanna pareció conforme con su respuesta.

    -Tenemos un médico. Uno muy bueno, quizás te gustaría aprender de él…- propuso Deanna.

    Y Liv, que llevaba mas de un año sin tocar siquiera una aguja, se sintió abrumada.

    -Seria… No quiero ser un estorbo -dijo la muchacha.

    -No digas tonterías. Pete te enseñará todo lo que necesitas -decía Deanna- ¿No te ves siendo médico, Olivia?

    Y Liv, cuyo sueño, desde niña, habia sido ser médico de pronto pensó que quizás tendría oportunidad de realizar su sueño.

    -Me veo… Cuidando de mi familia. De mi padre, de mis hermanos, de Daryl y los demás. Es lo que he hecho desde que todo esto empezó. Aprender a valerme sola. Aprender a sobrevivir… Vivir un día más… -decía la muchacha- No sé -rio algo conmocionada con aquel cambio- Perdóneme… Es que… No me creo esto… Llevamos tanto tiempo fuera que…

    Deanna asintió.

    -Tu padre dice que habéis estado fuera desde el principio. ¿Cómo fue?

    Liv hinchó los mofletes y resopló.

    -Cuando dispararon a mi padre pareció que el mundo se fue a la mierda. Mi madre, Carl y yo salimos de nuestro pueblo con… un amigo de la familia… Y fuimos a Atlanta. Acampamos en el exterior. Después de un mes, o dos… mi padre volvió. Nos encontró. Y después… El Centro de Control de Enfermedades, una granja en medio de Georgia, la carretera, una prisión, la carretera otra vez…

    Deanna asintió.

    -Parece que habéis hecho un largo recorrido…

    Liv asintió.

    -No se lo imagina…



    #Personajes3D #3D #Comunidad3D #Starter #TheWalkingDead
    ㅤㅤㅤ ㅤㅤㅤㅤ ⧽ 𝐒𝐓𝐀𝐑𝐓𝐄𝐑 ㅤㅤㅤㅤ ˹ [DarylDixon] Puede que aquella fuera la época en la que realmente tocaran fondo como familia. Todo se volvió más duro y complicado desde que salieron de la Terminal. Gracias a Carol y un golpe de suerte escaparon de aquella trampa mortal de caníbales dispuestos a matarnos. Y con ello se reunieron con Tyresse, quien habia pasado todo aquel tiempo cuidando de Judith. Recuperar a Judith fue la mejor sensación que Liv pudo llevarse consigo. Después de aquello, tras salvarle la vida a Gabriel, un pastor que guardaba un terrible secreto, se acomodaron en su iglesia. Allí, el equipo de Abraham les propuso acompañarlos a Washington para que Eugene, quien al parecer podía resolver el problema de los caminantes, obrara un milagro. Y aunque aquello parecía esperanzador, la vida les pondría la zancadilla una y otra vez… Perdieron a Bob por culpa de los supervivientes de La Terminal, encontrarían a Beth en un hospital de Atlanta solo para volver a perderla. Esta vez para siempre. Un golpe muy duro para Maggie, quien habia perdido a su padre unas semanas atrás. Y, para colmo de desgracias, Eugene se reveló como un farsante. Porque, aunque resultaba imposible que un solo hombre pudiera resolver aquello, ellos aun guardaban las esperanzas… Incorporaron a Noah al equipo, un chico que habia conocido a Beth en el hospital y que queria regresar a la casa de su madre en Richmond. Solo Rick, Michonne, Glenn y Tyresse lo acompañaron. El resto del grupo se quedó resguardado en una casa a unos kilómetros. Daryl habia estado taciturno desde la muerte de Beth y Liv, sabiendo que a él le habia importado la joven no sabía bien como consolarle. Intentaba dejarle a solas el tiempo que él requería, pero tampoco era capaz de dejarlo pasar. Le dolía verle pasarlo mal… Carol habia hablado con Liv mientras esperaban por noticias de Rick o los demás: -Tiene que dejar ir el dolor. Daryl es… Bueno, ya le conoces -dijo Carol mientras reunían bayas para hacer algo de comer- Es introspectivo, callado y se guarda esas cosas para sí mismo… Acabará explotando… Asi que, con esas palabras en mente, Liv habia decidido salir a acompañar a Daryl a buscar algo de caza. No habia hecho falta proponérselo. Simplemente, se compenetraban asi de bien, a pesar de todo… Por lo que los dos recorrían el bosque aledaño a la casita donde se alojaban, en silencio intentando no hacer ruido. Solo cuando encontraron un par de conejos y regresaban, Liv se atrevió a hablar. Alargó una mano hacia la masculina y tiró de él levemente para llamar su atención. -Oye… -le dijo dando un paso adelante para colocarse delante de él- Sé que… quizás ahora no es el mejor momento, pero… no puedes guardártelo dentro…- le dijo solamente- Estoy aquí. Siempre. Y no volveré a irme -le aseguró antes de acortar la distancia entre los dos y dejar un beso cariñoso en su labio inferior. Por supuesto, aún era demasiado pronto para que Daryl se decidiera a hablar. Aun asi, Liv no se separaba de él. Lo buscaba para dormir, compartía con él la poca comida que tenían y cuando lo de Richmond resultó ser un fracaso, perdieron tambien a Tyresse y tuvieron que regresar a la carretera (aunque ahora con un destino ya que Michonne pensó que Eugene queria ir a DC por algo), respetó sus espacios y momentos de ausencia. Lo ocurrido en el granero, aquella tormenta que logró volver a aunar al grupo, ayudó a limpiar un poco la racha de mala suerte, pero más la limpió el momento en que un desconocido llamado Aaron apareció en escena con intenciones de llevarlos a su hogar. Aunque Rick fue reticente al principio, lo cierto era que Liv estaba en desacuerdo con él. Al igual que Maggie y Sasha, quienes lo habían encontrado primero. No se cortó un pelo en contarle sus impresiones a Daryl, con quien habia revisado la carretera siguiendo las ordenes de su padre. -Pues yo si creo que Aaron dice la verdad -dijo, y ante la mirada de Daryl, ella se encogió de hombros- No sé, llámame ingenua, pero creo que puede funcionar. Creo que hemos tenido bastante mala suerte en las ultimas semanas como para que algo se nos vuelva a ir a la mierda. Entiendo que papá esté a la defensiva, pero… Ha de ser algo bueno de verdad… Y lo fue. Fueron horas tensas pero tras encontrar al, a todas luces, novio de Aaron, el grupo entero consiguió llegar hasta las puertas enrejadas de Alejandria. Aaron no habia mentido. Habia muros, se escuchaban niños en el interior del enclave y estaba seguro… Liv alzó las cejas hacia Daryl en un mudo: “¿Lo ves?” Tras dejar sus armas en la armería, aunque no le hiciera demasiada gracia deshacerse de su arco de poleas (el que Daryl habia rescatado de Joe y su grupo de saqueadores y que Carol habia encontrado después en La Terminal), lo dejó sobre la mesa metálica al lado de la ballesta de Daryl. Después de aquello llegó la hora de las entrevistas con Deanna, la líder de Alejandria. Primero fue Rick, después Carl, y tras aquello llegó el turno de Liv. -¿A qué te dedicabas antes? -preguntó Deanna desde su sillón mirándola afablemente. Liv miró a su alrededor, sintiendo que era irreal estar sentada en medio de una sala de estar ordenada, limpia y segura. Como si el mundo no se hubiera ido a la mierda. ¿Qué? ¿Mientras ellos habían estado durmiendo en celdas o al raso esa gente habia estado allí todo el tiempo? ¿Sin problemas? ¿Sin enemigos? No sabían la suerte que tenían. -Olivia…- la llamó Deanna con suavidad. Liv la miró, sorprendida. Deanna sonrió- ¿A qué te dedicabas antes? Liv esbozó una tímida sonrisa de disculpa. -Perdone… -pronunció echando una ultima mirada alrededor de forma rápida. Sus dedos tironeaban de un hilo suelto de uno de sus guantes- Pues… Estudiaba medicina -rodó los ojos- Queria… ser cirujana. Deanna pareció conforme con su respuesta. -Tenemos un médico. Uno muy bueno, quizás te gustaría aprender de él…- propuso Deanna. Y Liv, que llevaba mas de un año sin tocar siquiera una aguja, se sintió abrumada. -Seria… No quiero ser un estorbo -dijo la muchacha. -No digas tonterías. Pete te enseñará todo lo que necesitas -decía Deanna- ¿No te ves siendo médico, Olivia? Y Liv, cuyo sueño, desde niña, habia sido ser médico de pronto pensó que quizás tendría oportunidad de realizar su sueño. -Me veo… Cuidando de mi familia. De mi padre, de mis hermanos, de Daryl y los demás. Es lo que he hecho desde que todo esto empezó. Aprender a valerme sola. Aprender a sobrevivir… Vivir un día más… -decía la muchacha- No sé -rio algo conmocionada con aquel cambio- Perdóneme… Es que… No me creo esto… Llevamos tanto tiempo fuera que… Deanna asintió. -Tu padre dice que habéis estado fuera desde el principio. ¿Cómo fue? Liv hinchó los mofletes y resopló. -Cuando dispararon a mi padre pareció que el mundo se fue a la mierda. Mi madre, Carl y yo salimos de nuestro pueblo con… un amigo de la familia… Y fuimos a Atlanta. Acampamos en el exterior. Después de un mes, o dos… mi padre volvió. Nos encontró. Y después… El Centro de Control de Enfermedades, una granja en medio de Georgia, la carretera, una prisión, la carretera otra vez… Deanna asintió. -Parece que habéis hecho un largo recorrido… Liv asintió. -No se lo imagina… #Personajes3D #3D #Comunidad3D #Starter #TheWalkingDead
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  • **La lluvia caía fina sobre las calles adoquinadas, convirtiendo la ciudad en un laberinto gris de charcos sucios y luces temblorosas. Entre el humo de las chimeneas y el murmullo lejano de las tabernas, avanzaba un joven cura con el paso lento de alguien que había dejado de esperar algo bueno del mundo.

    Vestía una vieja chaqueta marron encima de la sotana, desgastada por los viajes y el clima, y una gorra de caza roja que hacía juego con su bufanda de mismo color. En una mano llevaba una maleta de cuero golpeada y húmeda; en la otra, un cigarrillo consumiéndose entre sus dedos mientras el humo escapaba de sus labios con cansancio. No fumaba por placer. Fumaba para llenar el silencio.

    Sus ojos hundidos recorrían las calles con desprecio silencioso. Había pasado demasiados años dentro de iglesias cubiertas de oro, escuchando sermones sobre pureza pronunciados por hombres podridos hasta los huesos. Obispos comprando indulgencias. Sacerdotes escondiendo atrocidades detrás de rezos. Fanáticos condenando inocentes mientras levantaban cruces como si fueran armas. Y él había sido parte de eso.

    Dentro, cuidadosamente protegida entre telas viejas y documentos gastados, descansaba una vasija metálica con las cenizas de su amada. El único recuerdo que le quedaba de ella. La única persona que logró hacerle creer que todavía existía algo puro en el mundo. Por eso se iba, para encontrar el lugar que ella siempre soñó ver y esparcir allí sus cenizas. Le debía eso. Tal vez le debía mucho más.**

    **La lluvia caía fina sobre las calles adoquinadas, convirtiendo la ciudad en un laberinto gris de charcos sucios y luces temblorosas. Entre el humo de las chimeneas y el murmullo lejano de las tabernas, avanzaba un joven cura con el paso lento de alguien que había dejado de esperar algo bueno del mundo. Vestía una vieja chaqueta marron encima de la sotana, desgastada por los viajes y el clima, y una gorra de caza roja que hacía juego con su bufanda de mismo color. En una mano llevaba una maleta de cuero golpeada y húmeda; en la otra, un cigarrillo consumiéndose entre sus dedos mientras el humo escapaba de sus labios con cansancio. No fumaba por placer. Fumaba para llenar el silencio. Sus ojos hundidos recorrían las calles con desprecio silencioso. Había pasado demasiados años dentro de iglesias cubiertas de oro, escuchando sermones sobre pureza pronunciados por hombres podridos hasta los huesos. Obispos comprando indulgencias. Sacerdotes escondiendo atrocidades detrás de rezos. Fanáticos condenando inocentes mientras levantaban cruces como si fueran armas. Y él había sido parte de eso. Dentro, cuidadosamente protegida entre telas viejas y documentos gastados, descansaba una vasija metálica con las cenizas de su amada. El único recuerdo que le quedaba de ella. La única persona que logró hacerle creer que todavía existía algo puro en el mundo. Por eso se iba, para encontrar el lugar que ella siempre soñó ver y esparcir allí sus cenizas. Le debía eso. Tal vez le debía mucho más.**
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  • El llamado de la naturaleza, una de esas noches donde la Luna y el instinto primario coinciden fuera del raciocinio.

    ¿Hace cuánto no era tan libre?. Corriendo por los campos, atormentado iglesias pederastas, devorando al séquito con solo un mordisco.

    Su instinto protector es más poderoso que la codicia, intolerante al grupo creyente que se esconde detrás de un lienzo blanco arrodillándose todos los domingos.

    Ella, es feliz limpiando la suciedad.

    El llamado de la naturaleza, una de esas noches donde la Luna y el instinto primario coinciden fuera del raciocinio. ¿Hace cuánto no era tan libre?. Corriendo por los campos, atormentado iglesias pederastas, devorando al séquito con solo un mordisco. Su instinto protector es más poderoso que la codicia, intolerante al grupo creyente que se esconde detrás de un lienzo blanco arrodillándose todos los domingos. Ella, es feliz limpiando la suciedad.
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  • 。 𝗗𝗶𝗳𝗳𝗲𝗿𝗲𝗻𝘁 𝗷𝗼𝗯, 𝘀𝗮𝗺𝗲 𝘀𝗵𝗶𝘁...
    Categoría Original
    La lluvia había dejado de caer desde hace horas, pero el bosque seguía sudando humedad como un cadáver recién abierto. El barro se pegaba a las botas con una obstinación casi humana; raíces negras emergían de la tierra como dedos artríticos intentando arrastrar algo de vuelta al subsuelo. El viento olía a madera podrida, estiércol mojado y humo viejo.

    Al final del sendero se erguía la residencia Valdemar.

    Ventanas altas. Mármol húmedo. Hierro oxidado. El tipo de mansión donde las familias ricas escondían secretos detrás de retratos caros y cortinas gruesas.

    Y ahora también escondían a una "bruja".

    La palabra cambiaba según quién la pronunciara. Para algunos era una vieja que maldecía cosechas. Para otros, una curandera demasiado sabia para el gusto de la Iglesia. Para los soldados del barón, bastaba con que una mujer viviera sola y no bajara la cabeza al hablar.

    El cazador escupió entre dientes y observó la propiedad desde el portón principal mientras encendía un cigarro húmedo. Maldijo al notar que el tabaco sabía a moho.

    — Perfecto... —gruñó con la voz rasposa—. Noche de mierda, clientes de mierda y seguro una anciana farsante jugando a invocar demonios porque nadie la abrazó de niña.

    Llevaba el abrigo empapado hasta las rodillas, al igual que el maltratado sobrero que parecía haber tenido mejores tiempos. El cuero olía a pólvora vieja y carne quemada. Bajo la tela colgaban cuchillos, cadenas y herramientas cuyo propósito era mejor no preguntar. Su rostro parecía tallado con odio: ojera profunda, barba descuidada y una cicatriz que le partía la ceja izquierda como un relámpago. Eso sin hablar del parche oscuro que ocultaba la cuenca de su inexistente ojo.

    Abrió el portón de una patada.

    El metal chirrió igual que un animal herido.

    El jardín estaba muerto. No marchito: muerto. Los árboles parecían huesos ennegrecidos arañando el cielo. Había pájaros reventados sobre la hierba fangosa; pequeños cuerpos abiertos por dentro, cubiertos de larvas blancas que se retorcían.

    El cazador los observó por un segundo.

    — Por supuesto. Un mal augurio... Qué original.

    Subió los escalones de piedra mientras el viento golpeaba las ventanas de la residencia. Algo se movió detrás del cristal del segundo piso.

    Demasiado rápido para ser una sombra.

    Demasiado humano para ser un truco de luz.

    El hombre sonrió apenas, aunque no había humor en ello.

    La puerta principal se abrió sola antes de que pudiera tocarla.

    Un hedor espeso emergió desde el interior: más humedad, cera derretida... Y algo peor. Algo ligeramente dulzón. El olor exacto que tiene la carne cuando empieza a pudrirse por dentro.

    El vestíbulo estaba oscuro salvo por una fila de velas vagamente consumidas. Las llamas temblaban violentamente aunque no corría aire.

    Entonces la escuchó.

    Una respiración.

    Lenta.

    Arrastrándose entre las paredes.

    El cazador dejó caer la ceniza del cigarro sobre el suelo de mármol y avanzó hacia la oscuridad con el hastío de un hombre demasiado cansado para temerle al infierno.

    — Escucha, bruja... —dijo mientras desenfundaba lentamente una hoja de plata ennegrecida—. Me pagaron para sacarte de aquí. Honestamente, me importa un carajo si sales caminando, gritando o tu cuerpo siendo arrastrado.
    La lluvia había dejado de caer desde hace horas, pero el bosque seguía sudando humedad como un cadáver recién abierto. El barro se pegaba a las botas con una obstinación casi humana; raíces negras emergían de la tierra como dedos artríticos intentando arrastrar algo de vuelta al subsuelo. El viento olía a madera podrida, estiércol mojado y humo viejo. Al final del sendero se erguía la residencia Valdemar. Ventanas altas. Mármol húmedo. Hierro oxidado. El tipo de mansión donde las familias ricas escondían secretos detrás de retratos caros y cortinas gruesas. Y ahora también escondían a una "bruja". La palabra cambiaba según quién la pronunciara. Para algunos era una vieja que maldecía cosechas. Para otros, una curandera demasiado sabia para el gusto de la Iglesia. Para los soldados del barón, bastaba con que una mujer viviera sola y no bajara la cabeza al hablar. El cazador escupió entre dientes y observó la propiedad desde el portón principal mientras encendía un cigarro húmedo. Maldijo al notar que el tabaco sabía a moho. — Perfecto... —gruñó con la voz rasposa—. Noche de mierda, clientes de mierda y seguro una anciana farsante jugando a invocar demonios porque nadie la abrazó de niña. Llevaba el abrigo empapado hasta las rodillas, al igual que el maltratado sobrero que parecía haber tenido mejores tiempos. El cuero olía a pólvora vieja y carne quemada. Bajo la tela colgaban cuchillos, cadenas y herramientas cuyo propósito era mejor no preguntar. Su rostro parecía tallado con odio: ojera profunda, barba descuidada y una cicatriz que le partía la ceja izquierda como un relámpago. Eso sin hablar del parche oscuro que ocultaba la cuenca de su inexistente ojo. Abrió el portón de una patada. El metal chirrió igual que un animal herido. El jardín estaba muerto. No marchito: muerto. Los árboles parecían huesos ennegrecidos arañando el cielo. Había pájaros reventados sobre la hierba fangosa; pequeños cuerpos abiertos por dentro, cubiertos de larvas blancas que se retorcían. El cazador los observó por un segundo. — Por supuesto. Un mal augurio... Qué original. Subió los escalones de piedra mientras el viento golpeaba las ventanas de la residencia. Algo se movió detrás del cristal del segundo piso. Demasiado rápido para ser una sombra. Demasiado humano para ser un truco de luz. El hombre sonrió apenas, aunque no había humor en ello. La puerta principal se abrió sola antes de que pudiera tocarla. Un hedor espeso emergió desde el interior: más humedad, cera derretida... Y algo peor. Algo ligeramente dulzón. El olor exacto que tiene la carne cuando empieza a pudrirse por dentro. El vestíbulo estaba oscuro salvo por una fila de velas vagamente consumidas. Las llamas temblaban violentamente aunque no corría aire. Entonces la escuchó. Una respiración. Lenta. Arrastrándose entre las paredes. El cazador dejó caer la ceniza del cigarro sobre el suelo de mármol y avanzó hacia la oscuridad con el hastío de un hombre demasiado cansado para temerle al infierno. — Escucha, bruja... —dijo mientras desenfundaba lentamente una hoja de plata ennegrecida—. Me pagaron para sacarte de aquí. Honestamente, me importa un carajo si sales caminando, gritando o tu cuerpo siendo arrastrado.
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  • Habían pasado unos días desde que se manifestase nuevamente en el mundo humano, sin embargo para mala fortuna de este mismo, los cadáveres habían sido retirados de las morgues y puestos bajo vigilancia de la iglesia ante sospecha de corrupción en la gran ciudad, sus seguidores habían hecho lo posible por conseguir alguno sin llamar la atención, pero no hubo caso.
    Ante tal situación, ordeno a sus súbditos otra cosa, había escuchado hablar sobre un nuevo libro que ocultaba la iglesia, un libro que contenía información prohibida, para evitar que los descubrieran y este volviera a perder la conexión con el mundo humano, simplemente les ordeno encontrar la ubicación de donde lo tendrían escondido y el mismo se encargaría de acceder al lugar. La iglesia no tenia poder sobre él, puesto a que no era de esta tierra y tampoco poseía un cadáver, nada le pasaría.
    Así fue como pasado unos días terrestres, dieron con el lugar, por lo que no espero a ir a buscar conocimiento que quizás le ayudaría a al fin escapar de su prisión.
    El día era extraño, puesto a que si bien la luz del sol iluminaba, había una espesa niebla que cubría la ciudad, pero eso no importaba, paseo por las calles vaciás de la ciudad, hasta encontrarse con el lugar que buscaba, la biblioteca de la Iglesia, un guardia estaba en la puerta, el simplemente lo observo y continuo caminando, haciéndose cada vez mas grande para imponer miedo en la pobre alma que solo cumplía su trabajo, puesto a que con el miedo, los humanos sueltan mas fácil la información.
    Este se detuvo ante el guardia. —Sección prohibida.— Su voz retumbo en el aire vació, el guardia temblando, le indico la zona donde estaba dicha sección, a lo que entro.
    No demoro mucho en encontrar la zona de libros prohibidos, así que se acerco buscando el tomo, encontrándolo en un pedestal. Por lo visto había sido leído con anterioridad por alguien, con su psicoquinesis tomo el libro y busco un lugar para sentarse a leer, pasaron unos cuantos minutos en su lectura cuando sintió claramente que alguien le observaba escondido, sin apartar su visión del libro, soltó un suspiro.
    —¿Puedo ayudarte en algo?— Consulto para avisar que quien sea que estuviera escondido, ya fue descubierto.
    Habían pasado unos días desde que se manifestase nuevamente en el mundo humano, sin embargo para mala fortuna de este mismo, los cadáveres habían sido retirados de las morgues y puestos bajo vigilancia de la iglesia ante sospecha de corrupción en la gran ciudad, sus seguidores habían hecho lo posible por conseguir alguno sin llamar la atención, pero no hubo caso. Ante tal situación, ordeno a sus súbditos otra cosa, había escuchado hablar sobre un nuevo libro que ocultaba la iglesia, un libro que contenía información prohibida, para evitar que los descubrieran y este volviera a perder la conexión con el mundo humano, simplemente les ordeno encontrar la ubicación de donde lo tendrían escondido y el mismo se encargaría de acceder al lugar. La iglesia no tenia poder sobre él, puesto a que no era de esta tierra y tampoco poseía un cadáver, nada le pasaría. Así fue como pasado unos días terrestres, dieron con el lugar, por lo que no espero a ir a buscar conocimiento que quizás le ayudaría a al fin escapar de su prisión. El día era extraño, puesto a que si bien la luz del sol iluminaba, había una espesa niebla que cubría la ciudad, pero eso no importaba, paseo por las calles vaciás de la ciudad, hasta encontrarse con el lugar que buscaba, la biblioteca de la Iglesia, un guardia estaba en la puerta, el simplemente lo observo y continuo caminando, haciéndose cada vez mas grande para imponer miedo en la pobre alma que solo cumplía su trabajo, puesto a que con el miedo, los humanos sueltan mas fácil la información. Este se detuvo ante el guardia. —Sección prohibida.— Su voz retumbo en el aire vació, el guardia temblando, le indico la zona donde estaba dicha sección, a lo que entro. No demoro mucho en encontrar la zona de libros prohibidos, así que se acerco buscando el tomo, encontrándolo en un pedestal. Por lo visto había sido leído con anterioridad por alguien, con su psicoquinesis tomo el libro y busco un lugar para sentarse a leer, pasaron unos cuantos minutos en su lectura cuando sintió claramente que alguien le observaba escondido, sin apartar su visión del libro, soltó un suspiro. —¿Puedo ayudarte en algo?— Consulto para avisar que quien sea que estuviera escondido, ya fue descubierto.
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  • ────────────────── 𝕾𝖔𝖗𝖔𝖗 𝕸𝖔𝖗𝖙𝖎𝖘.
    Categoría Terror
    [https://youtu.be/aKseWO-PHpc?si=PYm6d1bnYU5KLRXJ
    TW: Música posiblemete embrujada. Se recomienda discreción.(?)]
    .


    Una capilla apareció entre la niebla poco antes del amanecer.
    Pequeña. Olvidada. Hundida entre árboles muertos y lápidas torcidas por las raíces.

    Odette la observó desde el sendero mientras el viento hacía sonar las campanas oxidadas del campanario.
    No había luz dentro.
    Y aun así… alguien estaba cantando.

    Una voz baja y quebradiza escapaba desde el interior de la iglesia, apenas audible entre el crujido de las ramas. No era un himno. Sonaba más parecido a una canción de cuna.

    Odette empujó las puertas lentamente.
    El olor la recibió primero:
    Incienso viejo, cera derretida, flores marchitas y debajo de todo eso… El dulzor espeso de la descomposición.

    La capilla estaba llena de velas ya gastadas hace tiempo. Algunas permanecían encendidas pese a no haber nadie cuidándolas. Otras iluminaban figuras cubiertas por telas blancas sentadas en los bancos de oración.

    Odette avanzó despacio entre ellas, con cautela. Ninguna se movía.
    Parecían fieles rezando en silencio.

    Hasta que la herborista pasó junto a uno de los bancos y la tela cayó ligeramente hacia un lado.
    Debajo no había rostro, solo huesos mohosos cubiertos de flores secas cosidas con hilo negro entre las costillas.

    Odette permaneció en silencio.
    Sus ojos descendieron apenas hacia el suelo de piedra. Había marcas, surcos. Como si algo pesado hubiese sido arrastrado innumerables veces hacia el altar.

    La canción continuaba.
    Más suave. Más cerca.

    Odette alzó la lámpara.

    Y allí la vio... Frente al altar, sentada de espaldas a ella, había una mujer extremadamente delgada vestida con las características ropas de la Orden de la Misericordia Pálida, podridas por la humedad. Su cabello gris caía en mechones largos mientras mecía algo entre los brazos cantándole... Despacio... Como una madre agotada intentando dormir a un niño enfermo.

    Odette avanzó un paso.

    El canto se detuvo.
    Y la mujer habló sin girarse

    —Llegaste tarde para la misa.—La voz sonaba seca. Rasposa. Como páginas viejas deshaciéndose entre los dedos.

    Odette inclinó apenas la cabeza.—No sabía que aún quedaban Hermanas aquí...

    La mujer soltó una risa baja. Siniestra.

    Entonces se giró lentamente.
    Lo que sostenía entre los brazos no era un niño.
    Era un cadáver pequeño cubierto por flores blancas, cuidadosamente vestido con ropa de funeral. Sus manos diminutas habían sido cosidas alrededor de un ramo de flores secas, marchitas hace mucho tiempo ya.

    Pero lo peor...
    Era que el cadáver aún respiraba.
    Lento. Como un debil silbido.

    Odette no mostró horror. Solo cansancio.

    Sus ojos fueron dirigidos hacia las raíces que emergían bajo las ropas de la mujer, extendiéndose por el suelo de la iglesia como venas oscuras.
    Cada banco. Cada cadáver. Cada vela. Todo estaba conectado a ella.

    La hermana le sonrió. De sus cuencas vacías salían lágrimas espesas, oscuras como sangre añeja, mientras pétalos negros se deshacían entre sus dientes y caían lentamente de su boca.

    —Despierta, pequeña y temerosa Odette…—La voz de la hermana retumbó por toda la iglesia, aunque sus labios jamás se movieron.—Ya viene… Y viene por ti.

    —"Sólo fue un sueño…"— Odette permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, aferrándose a la idea de que por fin había escapado de aquella pesadilla.

    Pero algo la inquietó.

    Su mano izquierda seguía crispada entre los pliegues del ropaje de su cama. Y entre los dedos de la derecha sintió el frío tacto de las cuentas de su rosario de plata: el mismo que utilizaba al recitar la última oración para los moribundos, justo antes de que abandonaran este mundo.
    [https://youtu.be/aKseWO-PHpc?si=PYm6d1bnYU5KLRXJ TW: Música posiblemete embrujada. Se recomienda discreción.(?)] . ༒ Una capilla apareció entre la niebla poco antes del amanecer. Pequeña. Olvidada. Hundida entre árboles muertos y lápidas torcidas por las raíces. Odette la observó desde el sendero mientras el viento hacía sonar las campanas oxidadas del campanario. No había luz dentro. Y aun así… alguien estaba cantando. Una voz baja y quebradiza escapaba desde el interior de la iglesia, apenas audible entre el crujido de las ramas. No era un himno. Sonaba más parecido a una canción de cuna. Odette empujó las puertas lentamente. El olor la recibió primero: Incienso viejo, cera derretida, flores marchitas y debajo de todo eso… El dulzor espeso de la descomposición. La capilla estaba llena de velas ya gastadas hace tiempo. Algunas permanecían encendidas pese a no haber nadie cuidándolas. Otras iluminaban figuras cubiertas por telas blancas sentadas en los bancos de oración. Odette avanzó despacio entre ellas, con cautela. Ninguna se movía. Parecían fieles rezando en silencio. Hasta que la herborista pasó junto a uno de los bancos y la tela cayó ligeramente hacia un lado. Debajo no había rostro, solo huesos mohosos cubiertos de flores secas cosidas con hilo negro entre las costillas. Odette permaneció en silencio. Sus ojos descendieron apenas hacia el suelo de piedra. Había marcas, surcos. Como si algo pesado hubiese sido arrastrado innumerables veces hacia el altar. La canción continuaba. Más suave. Más cerca. Odette alzó la lámpara. Y allí la vio... Frente al altar, sentada de espaldas a ella, había una mujer extremadamente delgada vestida con las características ropas de la Orden de la Misericordia Pálida, podridas por la humedad. Su cabello gris caía en mechones largos mientras mecía algo entre los brazos cantándole... Despacio... Como una madre agotada intentando dormir a un niño enfermo. Odette avanzó un paso. El canto se detuvo. Y la mujer habló sin girarse —Llegaste tarde para la misa.—La voz sonaba seca. Rasposa. Como páginas viejas deshaciéndose entre los dedos. Odette inclinó apenas la cabeza.—No sabía que aún quedaban Hermanas aquí... La mujer soltó una risa baja. Siniestra. Entonces se giró lentamente. Lo que sostenía entre los brazos no era un niño. Era un cadáver pequeño cubierto por flores blancas, cuidadosamente vestido con ropa de funeral. Sus manos diminutas habían sido cosidas alrededor de un ramo de flores secas, marchitas hace mucho tiempo ya. Pero lo peor... Era que el cadáver aún respiraba. Lento. Como un debil silbido. Odette no mostró horror. Solo cansancio. Sus ojos fueron dirigidos hacia las raíces que emergían bajo las ropas de la mujer, extendiéndose por el suelo de la iglesia como venas oscuras. Cada banco. Cada cadáver. Cada vela. Todo estaba conectado a ella. La hermana le sonrió. De sus cuencas vacías salían lágrimas espesas, oscuras como sangre añeja, mientras pétalos negros se deshacían entre sus dientes y caían lentamente de su boca. —Despierta, pequeña y temerosa Odette…—La voz de la hermana retumbó por toda la iglesia, aunque sus labios jamás se movieron.—Ya viene… Y viene por ti. —"Sólo fue un sueño…"— Odette permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, aferrándose a la idea de que por fin había escapado de aquella pesadilla. Pero algo la inquietó. Su mano izquierda seguía crispada entre los pliegues del ropaje de su cama. Y entre los dedos de la derecha sintió el frío tacto de las cuentas de su rosario de plata: el mismo que utilizaba al recitar la última oración para los moribundos, justo antes de que abandonaran este mundo.
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  • ── Vaya, sí eso es lo que necesita. Vaya, no le detendré. ──

    Isaac aceptó la petición con una calma que rozaba la desidia. Ella quería una iglesia; quería rezar para remendar un espíritu que ya goteaba oscuridad.

    Pero cuando la alerta de "bestia en el templo" llegó a oídos del joven Van Helsing, no hubo sorpresa, solo una confirmación de lo inevitable.

    Al cruzar el umbral, la encontró. No había gruñidos, solo el rítmico chocar de las cuentas de un rosario entre garras. Ella oraba, sumergida en ese trance hipnótico que solo la fe o la locura pueden provocar.

    Isaac, con la paciencia de quien ha visto a dioses sangrar, se sentó a su lado. No desenfundó el acero; simplemente unió sus manos y esperó.

    Al terminar el último susurro, la verdad cayó sobre la mesa con el peso de una lápida, así que Isaac le ofreció las únicas dos salidas que su apellido permitía: la muerte a manos de él, o el milagro de recuperar su piel.

    Las horas se consumieron entre el incienso, las velas que se iban derritiendo con el paso del tiempo y el frío

    Isaac salió de la iglesia cargando el cadáver de una mujer, ocultando sus propias facciones bajo la capucha.

    No hubo pelea; resultaba extrañamente perturbador que un monstruo decidiera reclamar su propia muerte, como si supiera que su nueva apariencia jamás la iba a decir descansar, ignorante a que si había posibilidad de volver a lucir humana, pero ella no tuvo interés en ello.
    ── Vaya, sí eso es lo que necesita. Vaya, no le detendré. ── Isaac aceptó la petición con una calma que rozaba la desidia. Ella quería una iglesia; quería rezar para remendar un espíritu que ya goteaba oscuridad. Pero cuando la alerta de "bestia en el templo" llegó a oídos del joven Van Helsing, no hubo sorpresa, solo una confirmación de lo inevitable. Al cruzar el umbral, la encontró. No había gruñidos, solo el rítmico chocar de las cuentas de un rosario entre garras. Ella oraba, sumergida en ese trance hipnótico que solo la fe o la locura pueden provocar. Isaac, con la paciencia de quien ha visto a dioses sangrar, se sentó a su lado. No desenfundó el acero; simplemente unió sus manos y esperó. Al terminar el último susurro, la verdad cayó sobre la mesa con el peso de una lápida, así que Isaac le ofreció las únicas dos salidas que su apellido permitía: la muerte a manos de él, o el milagro de recuperar su piel. Las horas se consumieron entre el incienso, las velas que se iban derritiendo con el paso del tiempo y el frío Isaac salió de la iglesia cargando el cadáver de una mujer, ocultando sus propias facciones bajo la capucha. No hubo pelea; resultaba extrañamente perturbador que un monstruo decidiera reclamar su propia muerte, como si supiera que su nueva apariencia jamás la iba a decir descansar, ignorante a que si había posibilidad de volver a lucir humana, pero ella no tuvo interés en ello.
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  • A veces las misiones eran fáciles, rápidas. Otras, llevaban más tiempo o presentaban más obstáculos que le hacían tomar un camino diferente al planeado. No obstante, en ciertas ocasiones, los obstáculos eran más internos que externos, pequeñas dudas colándose en su mente que dejaban raíz.

    Había tenido una de esas. Y es que tuvo que purificar el centro de una maldición. Tan solo era un niño, pero le ordenaron poner un fin completo. Si el niño vivía, la maldición volvería sin cesar. Se deshizo del pequeño con tanta rapidez y limpieza posible, pero antes de ello se preguntó si en verdad era necesario. Aunque quiso proponer más la iglesia ya había dado sentencia.

    Todavía sentía el olor a humo y quemado en sus ropas. Pequeñas manchas de cenizas en sus manos, mezcladas con algunas salpicaduras de sangre ya seca.

    Y ahí, en la pequeña capilla que parecía más abandonada que habitada, con apenas algunas velas iluminando el área, se arrodilló y juntó sus manos, entrelazando los dedos. Agachó su cabeza, mas no rezó, no de la forma que se esperaba.

    Aún sin vista escuchaba los gritos del niño, de cómo le imploró que se detuviera. Dolía. No en su pecho, como antes ocurría, ahora dolía en las yemas de sus dedos, en la cabeza, en sus ojos, incluso sus pies. Era un dolor que adormecía el tacto.

    Quería centrarse, volver al presente. Tener la certeza que lo hizo por bien mayor, porque la iglesia siempre buscaba eso, porque siempre sabía cómo...

    —¿De verdad? —soltó en un susurro apagado— ¿De verdad fue esta la solución?

    Había pedido perdón incontables, pero ya no era suficiente. Todavía pesaba, todavía se sentía incorrecto. Un pecado.

    —Perdóname...
    A veces las misiones eran fáciles, rápidas. Otras, llevaban más tiempo o presentaban más obstáculos que le hacían tomar un camino diferente al planeado. No obstante, en ciertas ocasiones, los obstáculos eran más internos que externos, pequeñas dudas colándose en su mente que dejaban raíz. Había tenido una de esas. Y es que tuvo que purificar el centro de una maldición. Tan solo era un niño, pero le ordenaron poner un fin completo. Si el niño vivía, la maldición volvería sin cesar. Se deshizo del pequeño con tanta rapidez y limpieza posible, pero antes de ello se preguntó si en verdad era necesario. Aunque quiso proponer más la iglesia ya había dado sentencia. Todavía sentía el olor a humo y quemado en sus ropas. Pequeñas manchas de cenizas en sus manos, mezcladas con algunas salpicaduras de sangre ya seca. Y ahí, en la pequeña capilla que parecía más abandonada que habitada, con apenas algunas velas iluminando el área, se arrodilló y juntó sus manos, entrelazando los dedos. Agachó su cabeza, mas no rezó, no de la forma que se esperaba. Aún sin vista escuchaba los gritos del niño, de cómo le imploró que se detuviera. Dolía. No en su pecho, como antes ocurría, ahora dolía en las yemas de sus dedos, en la cabeza, en sus ojos, incluso sus pies. Era un dolor que adormecía el tacto. Quería centrarse, volver al presente. Tener la certeza que lo hizo por bien mayor, porque la iglesia siempre buscaba eso, porque siempre sabía cómo... —¿De verdad? —soltó en un susurro apagado— ¿De verdad fue esta la solución? Había pedido perdón incontables, pero ya no era suficiente. Todavía pesaba, todavía se sentía incorrecto. Un pecado. —Perdóname...
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