• Otra cacería incompleta, la cabeza logró escapar, al menos demorará algo más de tiempo en regenerarse esa colmena con casi nada de recursos y espantar a todos los posible e incautos colonos que ven las tierras recién purgadas como tierra nueva, simplemente, se desploma delante de la fogata para esta noche, con la vista hacia el cielo.

    Desde los ojos de Chroma, el cielo luce exactamente igual que él ha observado el vacío del espacio sideral.
    Otra cacería incompleta, la cabeza logró escapar, al menos demorará algo más de tiempo en regenerarse esa colmena con casi nada de recursos y espantar a todos los posible e incautos colonos que ven las tierras recién purgadas como tierra nueva, simplemente, se desploma delante de la fogata para esta noche, con la vista hacia el cielo. Desde los ojos de Chroma, el cielo luce exactamente igual que él ha observado el vacío del espacio sideral.
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  • *De la borrachera de anoche en el bar del hotel me había quedado dormido en cualquier lugar y ese fue entre las botellas de detrás de la barra, ¿por qué? Un gato que se aprecie puede dormir en cualquier lado sin importar el espacio, así que ahí estaba, durmiendo la mona esperando que nadie me sacara del sueño porque la resaca que iba a tener iba a ser de las gordas*
    *De la borrachera de anoche en el bar del hotel me había quedado dormido en cualquier lugar y ese fue entre las botellas de detrás de la barra, ¿por qué? Un gato que se aprecie puede dormir en cualquier lado sin importar el espacio, así que ahí estaba, durmiendo la mona esperando que nadie me sacara del sueño porque la resaca que iba a tener iba a ser de las gordas*
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  • "Al igual que en el día de las madres, no tengo una figura paterna como tal. Lo más cercano son los 3 Soles que me dieron el poder y la forma de llevar a cabo mi existencia en este plano, aún así, dedico este pequeño espacio a todo aquel que lucha día a día por sus retoños. FELIZ DIA DEL PADRE."
    "Al igual que en el día de las madres, no tengo una figura paterna como tal. Lo más cercano son los 3 Soles que me dieron el poder y la forma de llevar a cabo mi existencia en este plano, aún así, dedico este pequeño espacio a todo aquel que lucha día a día por sus retoños. FELIZ DIA DEL PADRE."
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  • Haz descubierto el lugar secreto de siestas de astolfo!

    *Sorprendieo* -Bueno si quieres puedes unirte hay espacio pero a cambio no debes decirle a nadie!

    #seductivesunday
    Haz descubierto el lugar secreto de siestas de astolfo! *Sorprendieo* -Bueno si quieres puedes unirte hay espacio pero a cambio no debes decirle a nadie! #seductivesunday
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  • La teoría de las cosas demasiado cerca
    Categoría Comedia
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman?
    Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más.
    Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado.
    —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja.
    Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa.
    La lata se me va.
    La manoteo antes del desastre.
    Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última.
    —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo sin soltar la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria.
    Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez.
    Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura.
    Corro la cortina con dos dedos.
    En el patio no se mueve nada.
    Después sí.
    Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz.
    Me quedo quieta.
    Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más.
    Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín.
    —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie.
    Me miro la pierna.
    —Más o menos.
    El bulto no se mueve.
    —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda.
    Espero.
    El arbusto se sacude apenas.
    Bajo la voz.
    —Dame una señal.
    La cosa maúlla.
    Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Cierro los ojos.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    No fuerte. Peor. Educado.
    Tac.
    Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana.
    —¡Pero será posible!
    El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil.
    Tac.
    Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera.
    Una piedrita.
    Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión.
    —Ajá
    La rodilla late.
    El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado.
    Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa.
    Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular.
    —Buen... Si empezó el baile, tacos fuera.
    Abro la puerta.
    El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo.
    No hay nadie.
    Por supuesto.
    Doy un paso.
    Algo cruje bajo mi pantufla.
    Bajo la vista.
    Mis lentes.
    Enteros.
    Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí.
    Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo.
    El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable.
    Y entonces veo lo que hay entre los arbustos.
    No es un gato.

    (Marta acaba de encontrar sus lentes afuera, sobre el felpudo. No sabe quién los dejó ahí ni qué hay entre los arbustos. Puede entrar cualquier personaje que tenga una razón —buena, mala o ridícula— para estar en ese patio.)
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman? Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más. Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado. —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja. Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa. La lata se me va. La manoteo antes del desastre. Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última. —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo sin soltar la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria. Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez. Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura. Corro la cortina con dos dedos. En el patio no se mueve nada. Después sí. Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz. Me quedo quieta. Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más. Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín. —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie. Me miro la pierna. —Más o menos. El bulto no se mueve. —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda. Espero. El arbusto se sacude apenas. Bajo la voz. —Dame una señal. La cosa maúlla. Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Cierro los ojos. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. No fuerte. Peor. Educado. Tac. Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana. —¡Pero será posible! El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil. Tac. Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera. Una piedrita. Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión. —Ajá La rodilla late. El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado. Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa. Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular. —Buen... Si empezó el baile, tacos fuera. Abro la puerta. El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo. No hay nadie. Por supuesto. Doy un paso. Algo cruje bajo mi pantufla. Bajo la vista. Mis lentes. Enteros. Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí. Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo. El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable. Y entonces veo lo que hay entre los arbustos. No es un gato. (Marta acaba de encontrar sus lentes afuera, sobre el felpudo. No sabe quién los dejó ahí ni qué hay entre los arbustos. Puede entrar cualquier personaje que tenga una razón —buena, mala o ridícula— para estar en ese patio.)
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  • Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
    Entonces algo golpea contra el vidrio.
    No fuerte. Peor. Educado.
    Tac.
    Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana.
    —¡Pero será posible!
    El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil.
    Tac.
    Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera.
    Una piedrita.
    Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión.
    —Ajá
    La rodilla late.
    El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado.
    Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa.
    Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular.
    —Buen... Si empezó el baile, que suene la orquesta.
    Abro la puerta.
    El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo.
    No hay nadie.
    Por supuesto.
    Doy un paso.
    Algo cruje bajo mi pantufla.
    Bajo la vista.
    Mis lentes.
    Enteros.
    Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí.
    Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo.
    El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable.
    Y entonces veo lo que hay entre los arbustos.
    No es un gato.
    Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes. Entonces algo golpea contra el vidrio. No fuerte. Peor. Educado. Tac. Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana. —¡Pero será posible! El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil. Tac. Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera. Una piedrita. Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión. —Ajá La rodilla late. El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado. Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa. Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular. —Buen... Si empezó el baile, que suene la orquesta. Abro la puerta. El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo. No hay nadie. Por supuesto. Doy un paso. Algo cruje bajo mi pantufla. Bajo la vista. Mis lentes. Enteros. Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí. Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo. El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable. Y entonces veo lo que hay entre los arbustos. No es un gato.
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  • El equipo Red Eclipse
    Fandom Oc/Uma Musume
    Categoría Slice of Life
    "Starter para el Spin-Off de las caballas."

    *Junto a Jera y Cynthia Jane☀️ conformamos el equipo Red Eclipse. El nuevo equipo de la academia Tracen que venía con una muy buena Racha en las últimas carreras. Ambas Umas estaban en muy buena forma, y tenían estrategias distintas para ganar una carrera:

    Jera es una velocista, alcanza los primeros lugares en cuestión de segundos ya que tiene un arranque y poder abismales con su habilidad. Ideal para carreras más cortas que requieran acciones rápidas.

    Cynthia por otra parte es una excelente Fondista, con una gran cantidad de stamina para resistir eternas carreras y cuando las demás Umas están cansadas, acelerar en los últimos metros para conseguir la victoria.

    En este momento nos encontrábamos entrenando para la Pegasus Stakes, Pero necesitamos más miembros para poder calificar y entrar a las G1 Nacionales.*

    Jera: "¿Entonces tenemos que tener algunas Umas más?"

    *Dijo Jera estirando los hombros y Brazos.*

    Jero: "Así es. Para que nuestro equipo sea competitivo necesitamos más participantes del equipo Red Eclipse y cubrir todos los frentes posibles. Solo así seremos un equipo competitivo."

    *Le comentaba a Jera mientras ayudaba a Cynthia con el estiramiento de piernas.*

    //Si bien solo mencioné a Cynthia en el Starter, quien quiera participar que comente con alguna acción en este mismo espacio para ser parte del Team Red Eclipse.
    "Starter para el Spin-Off de las caballas." *Junto a Jera y [CynthiaJane21] conformamos el equipo Red Eclipse. El nuevo equipo de la academia Tracen que venía con una muy buena Racha en las últimas carreras. Ambas Umas estaban en muy buena forma, y tenían estrategias distintas para ganar una carrera: Jera es una velocista, alcanza los primeros lugares en cuestión de segundos ya que tiene un arranque y poder abismales con su habilidad. Ideal para carreras más cortas que requieran acciones rápidas. Cynthia por otra parte es una excelente Fondista, con una gran cantidad de stamina para resistir eternas carreras y cuando las demás Umas están cansadas, acelerar en los últimos metros para conseguir la victoria. En este momento nos encontrábamos entrenando para la Pegasus Stakes, Pero necesitamos más miembros para poder calificar y entrar a las G1 Nacionales.* Jera: "¿Entonces tenemos que tener algunas Umas más?" *Dijo Jera estirando los hombros y Brazos.* Jero: "Así es. Para que nuestro equipo sea competitivo necesitamos más participantes del equipo Red Eclipse y cubrir todos los frentes posibles. Solo así seremos un equipo competitivo." *Le comentaba a Jera mientras ayudaba a Cynthia con el estiramiento de piernas.* //Si bien solo mencioné a Cynthia en el Starter, quien quiera participar que comente con alguna acción en este mismo espacio para ser parte del Team Red Eclipse.
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  • Volver a Nwitta tan pronto era una mala idea. Hacerlo en compañía de Thalya Valcourt la convertía en una idea pésima. Pero no es muy de ella tomar decisiones tan sensatas.

    Había usado un portal natural al menos. Y de todos modos, ese sitio olvidado por el mundo ya no representaba nada para nadie.

    — Respira despacio. Lento, inhala y exhala. El aire de Nwitta se siente un poco pesado al principio, para los humanos. Pero te acostumbras en unos minutos. Si se siente difícil, dime de inmediato y volvemos, ¿sí? —

    Le ha prometido incluirla en todo. Mostrarle todo. Quién es, de dónde viene, las cosas que la hacen ser lo que es. Y claramente, no todo de eso tienen que ser cosas bonitas o agradables.

    Pero por eso ha decidido mostrarle esto primero. No hay otra cosa que se le ha podido ocurrir. Su mano aprieta con un poco más de fuerza la ajena. No la ha soltado desde que la tomó para cruzar el portal.

    — Este campo de claveles. . . que milagrosamente permanece intacto, lo plantó y cuidó mi madre. —

    Se extendía el color rosa por varios metros. El clima es apto todo el año para que florezcan sin problemas. Aunque ha sentido siempre que ella cuida aún de sus flores, desde donde sea que se encuentre ahora.

    Camina hasta alcanzarlos. Toca uno de ellos e invita a Thalya a hacerlo también. Aunque lucen como claveles humanos, son distintos. Especiales. El tacto de sus dedos abre los pétalos y pequeñas esporas luminosas llenan el aire.

    — Y ahí. . . Es donde estaba una casa de campo que solía pertenecer a mi familia. —

    Sólo eran ruinas ahora. Restos carbonizados y un par de paredes. Se resistían a derrumbarse por alguna razón. Tal como los claveles resistían al paso de tiempo y al olvido.

    — En ese lugar fue que me convertí en lo que soy. Lo que hizo que me encerraran como a un animal. —

    Amargura en su voz. El recuerdo la obliga a cerrar los ojos y apretarlos como si esperara el impacto de algo. Pero por eso ha decidido mostrarle esto primero.

    — Pero las flores son muy bonitas, ¿cierto? —
    Volver a Nwitta tan pronto era una mala idea. Hacerlo en compañía de [Thaly.a] la convertía en una idea pésima. Pero no es muy de ella tomar decisiones tan sensatas. Había usado un portal natural al menos. Y de todos modos, ese sitio olvidado por el mundo ya no representaba nada para nadie. — Respira despacio. Lento, inhala y exhala. El aire de Nwitta se siente un poco pesado al principio, para los humanos. Pero te acostumbras en unos minutos. Si se siente difícil, dime de inmediato y volvemos, ¿sí? — Le ha prometido incluirla en todo. Mostrarle todo. Quién es, de dónde viene, las cosas que la hacen ser lo que es. Y claramente, no todo de eso tienen que ser cosas bonitas o agradables. Pero por eso ha decidido mostrarle esto primero. No hay otra cosa que se le ha podido ocurrir. Su mano aprieta con un poco más de fuerza la ajena. No la ha soltado desde que la tomó para cruzar el portal. — Este campo de claveles. . . que milagrosamente permanece intacto, lo plantó y cuidó mi madre. — Se extendía el color rosa por varios metros. El clima es apto todo el año para que florezcan sin problemas. Aunque ha sentido siempre que ella cuida aún de sus flores, desde donde sea que se encuentre ahora. Camina hasta alcanzarlos. Toca uno de ellos e invita a Thalya a hacerlo también. Aunque lucen como claveles humanos, son distintos. Especiales. El tacto de sus dedos abre los pétalos y pequeñas esporas luminosas llenan el aire. — Y ahí. . . Es donde estaba una casa de campo que solía pertenecer a mi familia. — Sólo eran ruinas ahora. Restos carbonizados y un par de paredes. Se resistían a derrumbarse por alguna razón. Tal como los claveles resistían al paso de tiempo y al olvido. — En ese lugar fue que me convertí en lo que soy. Lo que hizo que me encerraran como a un animal. — Amargura en su voz. El recuerdo la obliga a cerrar los ojos y apretarlos como si esperara el impacto de algo. Pero por eso ha decidido mostrarle esto primero. — Pero las flores son muy bonitas, ¿cierto? —
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  • ⊱••⊰❉⊱•═•⊰❉❉⊱•═•⊰❉⊱••⊰

    -: ❈ :- ℕ𝕠 𝕥𝕠𝕕𝕠 𝕝𝕠 𝕢𝕦𝕖 𝕓𝕣𝕚𝕝𝕝𝕒 𝕖𝕤 𝕠𝕣𝕠

    ⊱••⊰❉⊱•═•⊰❉❉⊱•═•⊰❉⊱••⊰

    El reloj del depósito judicial marcaba casi las diez de la noche cuando Kenji terminó de firmar el acta de cierre. Las luces de los pasillos parpadeaban con un zumbido intermitente, llenando el lugar de un aire frío y artificial que se pegaba a la ropa tras horas de encierro.

    El inventario de bienes incautados de esa semana era un caos de objetos amontonados sin lógica alguna y entre relojes de imitación y carteras baratas, sus ojos se fijaron en una pieza que rompía la monotonía del lote: un cuchillo de metal pesado, cubierto de una costra densa de óxido que borraba cualquier rastro de las inscripciones en su hoja. Obvio que dejarlo allí implicaba permitir que el descuido ajeno terminara de destruirlo, y por pura costumbre de buscarle un orden a las cosas rotas, lo guardó en el maletín.

    Un par de horas más tarde, el departamento ofrecía una tregua silenciosa frente al bullicio de la ciudad. Afuera, la llovizna constante ensuciaba los vidrios con una inercia monótona. Kenji se quitó la chaqueta, se desabotonó el primer botón de la camisa y preparó la mesa de trabajo con la calma de quien no tiene prisa por dormir.

    Colocó un paño gris, el aceite y una lija fina. Acomodó sus gafas por el puente con el dedo índice y comenzó a raspar el metal con movimientos lentos y rítmicos. El roce áspero de la lija contra el hierro viejo era lo único que llenaba la habitación.

    Entonces, las reglas del espacio cambiaron sin aviso.

    El aire se volvió pesado de golpe, tan denso que costaba arrastrarlo hacia los pulmones. Un olor seco a ceniza y a madera calcinada saturó el cuarto, empañando el ambiente como si una hoguera invisible se hubiera encendido en mitad del suelo. Kenji detuvo la mano a medio camino, sintiendo una calidez extraña que no provenía de la fricción de sus herramientas.

    ⊱••⊰❉⊱•═•⊰❉❉⊱•═•⊰❉⊱••⊰
    Co: 𝙉𝙖𝙨𝙚𝙚𝙢 𝘼𝙡 𝙆𝙝𝙖𝙮𝙖𝙡
    ⊱••⊰❉⊱•═•⊰❉❉⊱•═•⊰❉⊱••⊰ -: ❈ :- ℕ𝕠 𝕥𝕠𝕕𝕠 𝕝𝕠 𝕢𝕦𝕖 𝕓𝕣𝕚𝕝𝕝𝕒 𝕖𝕤 𝕠𝕣𝕠 ⊱••⊰❉⊱•═•⊰❉❉⊱•═•⊰❉⊱••⊰ El reloj del depósito judicial marcaba casi las diez de la noche cuando Kenji terminó de firmar el acta de cierre. Las luces de los pasillos parpadeaban con un zumbido intermitente, llenando el lugar de un aire frío y artificial que se pegaba a la ropa tras horas de encierro. El inventario de bienes incautados de esa semana era un caos de objetos amontonados sin lógica alguna y entre relojes de imitación y carteras baratas, sus ojos se fijaron en una pieza que rompía la monotonía del lote: un cuchillo de metal pesado, cubierto de una costra densa de óxido que borraba cualquier rastro de las inscripciones en su hoja. Obvio que dejarlo allí implicaba permitir que el descuido ajeno terminara de destruirlo, y por pura costumbre de buscarle un orden a las cosas rotas, lo guardó en el maletín. Un par de horas más tarde, el departamento ofrecía una tregua silenciosa frente al bullicio de la ciudad. Afuera, la llovizna constante ensuciaba los vidrios con una inercia monótona. Kenji se quitó la chaqueta, se desabotonó el primer botón de la camisa y preparó la mesa de trabajo con la calma de quien no tiene prisa por dormir. Colocó un paño gris, el aceite y una lija fina. Acomodó sus gafas por el puente con el dedo índice y comenzó a raspar el metal con movimientos lentos y rítmicos. El roce áspero de la lija contra el hierro viejo era lo único que llenaba la habitación. Entonces, las reglas del espacio cambiaron sin aviso. El aire se volvió pesado de golpe, tan denso que costaba arrastrarlo hacia los pulmones. Un olor seco a ceniza y a madera calcinada saturó el cuarto, empañando el ambiente como si una hoguera invisible se hubiera encendido en mitad del suelo. Kenji detuvo la mano a medio camino, sintiendo una calidez extraña que no provenía de la fricción de sus herramientas. ⊱••⊰❉⊱•═•⊰❉❉⊱•═•⊰❉⊱••⊰ Co: [storm_indigo_hawk_484]
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  • Jean se había tomado un tiempo libre fuera de su oficina, sin embargo, no salió a caminar ni a estirarse. Aprovechó para ir a la arena de entrenamiento con los Caballeros de Favonius. Miró el entrenamiento de ellos detenidamente miró errores, fallas casi de inmediato.

    -Deberé regañar a Kaeya. Los está consintiendo demasiado...

    Al escuchar a la Gran Maestra, los caballeros se tensaron, se pusieron en posición de firmes y saludaron en coro a la maestra. Ella, no sonrió, por primera vez, pudo haber respondido con aquella sonrisa amable con la que siempre saludaba, pero era preocupante lo que vio. Caminó por las escaleras bajando a la arena dejando que su paso firme resonara sobre el suelo de piedra.

    -Agradezco su disposición y su esfuerzo para mejorar enormemente. Sin embargo, no están siendo óptimos. ¿Dónde está Kaeya? -Dijo mientras buscaba al peli azul con la mirada-.

    +E-el Capitán Ka-Kaeya... dijo: "Consideren esto una prueba de iniciativa. Si necesitan que esté aquí para entrenar, entonces ya van retrasados".

    -.....

    Jean puso sus dedos en el puente de su nariz cerrando los ojos emitiendo un profundo suspiro "Me las va a pagar", pensó de inmediato, el caballero se puso nervioso y tragó seco.

    -No están en problemas. Pero vamos a organizar algunas cosas. Los movimientos que están usando carecen de funcionalidad, son movimientos muertos, eso al final cansa al cuerpo, para cuando necesitan responder ya hicieron seis o siente movimientos entre estocada, dejan mucho espacio, no hay una buena guardia.

    Después de irlos corrigiendo e indicando los movimientos que deberían hacer. Jean los puso a prueba. Tomó a siete caballeros en el centro de la arena. La Gran Maestra se enfrentó a todos al mismo tiempo, movimientos fluidos, elegantes, casi automáticos, instinto desarrollado y entrenamiento pulido juntos, esquivaba, bloqueaba, aprovechaba la fuerza de ellos y sus errores para usar el mínimo de fuerza necesario. Todos terminaron derrotados en el suelo, agotados, Jean, en el centro con a penas dos gotas de sudor en su frente por el sol.

    +N-no puede ser...no puede haber tanta diferente...
    Dijeron algunos. Los caballeros expectantes fuera de la arena murmuraban, otros silbaban por ver en acción a la Maestra porque casi nunca pasaba ello.

    -¿Ven lo que les dije?...Tienen "programado" la mala rutina que estuvieron haciendo. Comiencen desde cero con los ejercicios que les puse hasta que se les haga un hábito. Los errores que comentan aquí serán su sentencia en el campo de batalla. No quiero que ninguno de mis caballeros caiga.

    Los Caballeros se miraron entre ellos entendiendo una cosa, no los estaba maltratando, no los estaba humillando, les estaba enseñando, los estaba reconociendo, no como un número en las filas, como personas.

    -No quiero poner un valor a sus vidas, pero si debo hacerlo. Ninguno de ustedes puede morir en un campo de batalla hasta matar a 200 enemigos, uno menos a ello, le diré a Babara que los sane lo antes posible y los mataré yo misma. ¿Queda claro?

    Los caballeros terminaron sonriendo y riendo por el comentario, de alguna forma se habían motivado y entre risas y aplausos hubo un grito de guerra.

    -Bien. Entonces sigan con lo que les enseñé. 10 vueltas a los muros exteriores de Mondstadt, 100 estocadas y 100 bloqueos. ¡Coman, descansen, hidrátense, vayan con Sara al Gran Cazador! ¡La cuenta corre por Kaeya!.

    Jean guardó su espada mientras hablaba y llevó sus manos a la altura de su pecho dando dos aplausos fuertes para romper filas. Los caballeros gritaron, silbaron y rieron por la cuenta de Kaeya mientras se fueron a cumplir el entrenamiento. Jean ahora si sonrió y con aquella sonrisa, sacudió su ropa y caminó por la ciudad.
    Jean se había tomado un tiempo libre fuera de su oficina, sin embargo, no salió a caminar ni a estirarse. Aprovechó para ir a la arena de entrenamiento con los Caballeros de Favonius. Miró el entrenamiento de ellos detenidamente miró errores, fallas casi de inmediato. -Deberé regañar a Kaeya. Los está consintiendo demasiado... Al escuchar a la Gran Maestra, los caballeros se tensaron, se pusieron en posición de firmes y saludaron en coro a la maestra. Ella, no sonrió, por primera vez, pudo haber respondido con aquella sonrisa amable con la que siempre saludaba, pero era preocupante lo que vio. Caminó por las escaleras bajando a la arena dejando que su paso firme resonara sobre el suelo de piedra. -Agradezco su disposición y su esfuerzo para mejorar enormemente. Sin embargo, no están siendo óptimos. ¿Dónde está Kaeya? -Dijo mientras buscaba al peli azul con la mirada-. +E-el Capitán Ka-Kaeya... dijo: "Consideren esto una prueba de iniciativa. Si necesitan que esté aquí para entrenar, entonces ya van retrasados". -..... Jean puso sus dedos en el puente de su nariz cerrando los ojos emitiendo un profundo suspiro "Me las va a pagar", pensó de inmediato, el caballero se puso nervioso y tragó seco. -No están en problemas. Pero vamos a organizar algunas cosas. Los movimientos que están usando carecen de funcionalidad, son movimientos muertos, eso al final cansa al cuerpo, para cuando necesitan responder ya hicieron seis o siente movimientos entre estocada, dejan mucho espacio, no hay una buena guardia. Después de irlos corrigiendo e indicando los movimientos que deberían hacer. Jean los puso a prueba. Tomó a siete caballeros en el centro de la arena. La Gran Maestra se enfrentó a todos al mismo tiempo, movimientos fluidos, elegantes, casi automáticos, instinto desarrollado y entrenamiento pulido juntos, esquivaba, bloqueaba, aprovechaba la fuerza de ellos y sus errores para usar el mínimo de fuerza necesario. Todos terminaron derrotados en el suelo, agotados, Jean, en el centro con a penas dos gotas de sudor en su frente por el sol. +N-no puede ser...no puede haber tanta diferente... Dijeron algunos. Los caballeros expectantes fuera de la arena murmuraban, otros silbaban por ver en acción a la Maestra porque casi nunca pasaba ello. -¿Ven lo que les dije?...Tienen "programado" la mala rutina que estuvieron haciendo. Comiencen desde cero con los ejercicios que les puse hasta que se les haga un hábito. Los errores que comentan aquí serán su sentencia en el campo de batalla. No quiero que ninguno de mis caballeros caiga. Los Caballeros se miraron entre ellos entendiendo una cosa, no los estaba maltratando, no los estaba humillando, les estaba enseñando, los estaba reconociendo, no como un número en las filas, como personas. -No quiero poner un valor a sus vidas, pero si debo hacerlo. Ninguno de ustedes puede morir en un campo de batalla hasta matar a 200 enemigos, uno menos a ello, le diré a Babara que los sane lo antes posible y los mataré yo misma. ¿Queda claro? Los caballeros terminaron sonriendo y riendo por el comentario, de alguna forma se habían motivado y entre risas y aplausos hubo un grito de guerra. -Bien. Entonces sigan con lo que les enseñé. 10 vueltas a los muros exteriores de Mondstadt, 100 estocadas y 100 bloqueos. ¡Coman, descansen, hidrátense, vayan con Sara al Gran Cazador! ¡La cuenta corre por Kaeya!. Jean guardó su espada mientras hablaba y llevó sus manos a la altura de su pecho dando dos aplausos fuertes para romper filas. Los caballeros gritaron, silbaron y rieron por la cuenta de Kaeya mientras se fueron a cumplir el entrenamiento. Jean ahora si sonrió y con aquella sonrisa, sacudió su ropa y caminó por la ciudad.
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