• 𝕋ℍ𝔼 ℂ𝕆𝕄ℙ𝕆𝕊𝕀𝕋𝕀𝕆ℕ 𝕆𝔽 𝔸 𝔽𝔸𝕃𝕃
    Categoría Drama
    El drama del mundo siempre se disfruta mejor con una taza de café caliente entre las manos. Al menos, esa parecía ser la filosofía del hombre que yacía sentado en la mesa del rincón de la terraza, justo bajo el toldo liso que amortiguaba el rugido de la tormenta y por encima de la cafetería popular del pueblo.

    Cruzando la calle, bajo la luz mortecina de un farol parpadeante, se desenvolvía una escena miserable. Un hombre joven, con el abrigo empapado y la desesperación pintada en el rostro, gesticulaba violentamente frente a un coche negro de cristales tintados. Se intuía una súplica, una deuda no pagada o una traición familiar; el tipo cayó de rodillas sobre el asfalto mojado, golpeando el metal del vehículo en un arranque de pura impotencia. Una escena trágica, común y corriente en la crónica negra de cualquier ciudad.

    Lo perturbador, sin embargo, no era el espectáculo de la acera de enfrente, sino el testigo que lo observaba todo desde la parte alta del establecimiento, ubicado específicamente en un sitio que le dotaba de una vista 'espectacular' hacia aquel drama suburbano.

    Ren, sentado allí, encorvado con una elegancia descuidada sobre un cuaderno de hojas amarillentas, vestía una sudadera oscura de capucha caída y llevaba sus habituales gafas redondas de sol, a pesar de la nitidez de la madrugada.

    Con la mano izquierda sostenía una taza de café americano del que ascendía un hilo perezoso de vapor; con la derecha, deslizaba una pluma estilográfica de plata bruñida sobre el papel.

    No había magia ruidosa. Solo una caligrafía negra, densa como la tinta fresca, que parecía dictar el destino de la víctima con una precisión quirúrgica. Ren dio un sorbo pausado a su café, dejando que el tintineo de la taza contra el plato de porcelana marcara el punto final del párrafo.

    Sin dejar de escribir, y con un sutil movimiento de sus dedos largos, hizo girar el expansor negro de su oreja derecha. Sabía que lo estaban observando. Sabía que la persona de la mesa contigua sospechaba sobre su apariencia e irracional comportamiento.

    Ladeó entonces su cabeza con una parsimonia cínica, bajando apenas las gafas oscuras sobre el puente de la nariz para clavar así su mirada oscura y desapegada en el espectador.

    —Un desarrollo un poco predecible, ¿no crees? —pronunció Ren. Su voz fue un susurro grave, arrastrado, capaz de cortar el sonido de la lluvia ante su melodía única—. El diálogo carece de fuerza y el clímax es demasiado melodramático. Pero supongo que no se le puede pedir gran literatura a un hombre que acaba de perderlo todo en una sola noche.

    Dejó la pluma descansando sobre el margen de la página, permitiendo que la tinta brillante revelara el nombre del sujeto en la calle perfectamente subrayado.
    El drama del mundo siempre se disfruta mejor con una taza de café caliente entre las manos. Al menos, esa parecía ser la filosofía del hombre que yacía sentado en la mesa del rincón de la terraza, justo bajo el toldo liso que amortiguaba el rugido de la tormenta y por encima de la cafetería popular del pueblo. Cruzando la calle, bajo la luz mortecina de un farol parpadeante, se desenvolvía una escena miserable. Un hombre joven, con el abrigo empapado y la desesperación pintada en el rostro, gesticulaba violentamente frente a un coche negro de cristales tintados. Se intuía una súplica, una deuda no pagada o una traición familiar; el tipo cayó de rodillas sobre el asfalto mojado, golpeando el metal del vehículo en un arranque de pura impotencia. Una escena trágica, común y corriente en la crónica negra de cualquier ciudad. Lo perturbador, sin embargo, no era el espectáculo de la acera de enfrente, sino el testigo que lo observaba todo desde la parte alta del establecimiento, ubicado específicamente en un sitio que le dotaba de una vista 'espectacular' hacia aquel drama suburbano. Ren, sentado allí, encorvado con una elegancia descuidada sobre un cuaderno de hojas amarillentas, vestía una sudadera oscura de capucha caída y llevaba sus habituales gafas redondas de sol, a pesar de la nitidez de la madrugada. Con la mano izquierda sostenía una taza de café americano del que ascendía un hilo perezoso de vapor; con la derecha, deslizaba una pluma estilográfica de plata bruñida sobre el papel. No había magia ruidosa. Solo una caligrafía negra, densa como la tinta fresca, que parecía dictar el destino de la víctima con una precisión quirúrgica. Ren dio un sorbo pausado a su café, dejando que el tintineo de la taza contra el plato de porcelana marcara el punto final del párrafo. Sin dejar de escribir, y con un sutil movimiento de sus dedos largos, hizo girar el expansor negro de su oreja derecha. Sabía que lo estaban observando. Sabía que la persona de la mesa contigua sospechaba sobre su apariencia e irracional comportamiento. Ladeó entonces su cabeza con una parsimonia cínica, bajando apenas las gafas oscuras sobre el puente de la nariz para clavar así su mirada oscura y desapegada en el espectador. —Un desarrollo un poco predecible, ¿no crees? —pronunció Ren. Su voz fue un susurro grave, arrastrado, capaz de cortar el sonido de la lluvia ante su melodía única—. El diálogo carece de fuerza y el clímax es demasiado melodramático. Pero supongo que no se le puede pedir gran literatura a un hombre que acaba de perderlo todo en una sola noche. Dejó la pluma descansando sobre el margen de la página, permitiendo que la tinta brillante revelara el nombre del sujeto en la calle perfectamente subrayado.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    30
    Estado
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  • Escena I.
    Sección: Memorias del pasado.
    Relato: El principe va a casa.

    Rose corrió hacia donde había escuchado a Maeron, buscándolo asustada.

    Había escuchado quejidos, gritos y cadenas; temía que se hubiese encontrado con cazadores y que estos lo lastimaran.

    Lo primero que vio fue el cuerpo de un hombre en el suelo, con rasguños. Avanzó un poco más solo para encontrar otros dos hombres inconscientes, una jaula y sus redes; en el centro estaba Maeron, transformado en zorro, estaba alerta, agresivo.

    Maeron vio a Rose, pero no se calmo al reconocerla. Dio unos cuantos pasos atrás en posición de ataque, enseñando sus colmillos carmesí, con el pelaje erizado y la cola entre las patas.

    Rose lo miró quieta un segundo antes de ir hacia él y abrazarlo. Sintió a Maeron removerse y arañar, emitiendo gruñidos profundos por el miedo, pero a pesar de que eso le causara dolor, ella no lo soltó.

    Rose se mordió la lengua para no emitir ningún quejido y apretó ligeramente a Maeron contra sí, acariciando su pelaje con sus dedos, esperando a que se calmara.

    Maeron poco a poco dejó de moverse y rasguñarla, en cuanto Rose sintió eso relajó el agarre y cerró los ojos, respirando profundamente.

    El pequeño zorro se quedó quieto, respirando con agitación sobre el hombro de Rose. Lamió sus dientes, reconociendo el sabor metálico sobre su lengua. Su cuerpo entero se ensanchaba con cada respiración y Rose noto que el pelaje debajo de sus dedos se sentía puntiagudo.

    Rose apretó los labios y cerró con cuidado las alas alrededor de ellos. No tanto, en caso de que Maeron quisiera apartarse. Comenzó a tararear una canción y acarició la cabeza del zorro, mientras su otra mano permanecía rodeando su cuerpo.

    Maeron emitió un gruñido cuando la mano se poso sobre su cabeza, pero no se movió, se quedó inmóvil en los brazos de Rose.

    Pasaron varios minutos antes de que Rose percibiera que el cuerpo del zorro se relajaba dentro de su agarre. Maeron apoyo lentamente la cabeza en el hombro de Rose, escuchando su canción.

    Finalmente el gran zorro comenzó a disminuir su tamaño y Rose quitó sus alas para ver al niño de doce años que ahora descansaba sobre ella.

    Maeron no la abrazo. Sujeto su cola con ambas manos contra su pecho y la mirada perdida en el horizonte. Sus ojos estaban humedos de lágrimas sin derramar.

    - Mi casa... - Murmuro Maeron, con la quebrada.

    Rose sintió que se le rompía el corazón al oírlo, porque había visto en estado de la pequeña cabaña que el zorro había cuidado con tanto esmero para vivir en paz; los cazadores lo habían destruido todo.

    Maeron ya no tenía un hogar aquí, pero puede ser que todavía podría darle uno.

    Rose atrajo al niño hacia ella de nuevo y lo abrazo con fuerza. Rodeo a Maeron y a si mismo con un capullo de alas, deseando poder proteger al niño de este mundo.

    - No tengo casa, Rose... - Hablo de nuevo, con la voz desprovista de calor.- Ya no tengo... Ya no sé donde... - Su voz se cortó. - Van a volver... Van a volver - Repitió, impotente.

    Colaboración con: Rose Walcott
    Escena I. Sección: Memorias del pasado. Relato: El principe va a casa. Rose corrió hacia donde había escuchado a Maeron, buscándolo asustada. Había escuchado quejidos, gritos y cadenas; temía que se hubiese encontrado con cazadores y que estos lo lastimaran. Lo primero que vio fue el cuerpo de un hombre en el suelo, con rasguños. Avanzó un poco más solo para encontrar otros dos hombres inconscientes, una jaula y sus redes; en el centro estaba Maeron, transformado en zorro, estaba alerta, agresivo. Maeron vio a Rose, pero no se calmo al reconocerla. Dio unos cuantos pasos atrás en posición de ataque, enseñando sus colmillos carmesí, con el pelaje erizado y la cola entre las patas. Rose lo miró quieta un segundo antes de ir hacia él y abrazarlo. Sintió a Maeron removerse y arañar, emitiendo gruñidos profundos por el miedo, pero a pesar de que eso le causara dolor, ella no lo soltó. Rose se mordió la lengua para no emitir ningún quejido y apretó ligeramente a Maeron contra sí, acariciando su pelaje con sus dedos, esperando a que se calmara. Maeron poco a poco dejó de moverse y rasguñarla, en cuanto Rose sintió eso relajó el agarre y cerró los ojos, respirando profundamente. El pequeño zorro se quedó quieto, respirando con agitación sobre el hombro de Rose. Lamió sus dientes, reconociendo el sabor metálico sobre su lengua. Su cuerpo entero se ensanchaba con cada respiración y Rose noto que el pelaje debajo de sus dedos se sentía puntiagudo. Rose apretó los labios y cerró con cuidado las alas alrededor de ellos. No tanto, en caso de que Maeron quisiera apartarse. Comenzó a tararear una canción y acarició la cabeza del zorro, mientras su otra mano permanecía rodeando su cuerpo. Maeron emitió un gruñido cuando la mano se poso sobre su cabeza, pero no se movió, se quedó inmóvil en los brazos de Rose. Pasaron varios minutos antes de que Rose percibiera que el cuerpo del zorro se relajaba dentro de su agarre. Maeron apoyo lentamente la cabeza en el hombro de Rose, escuchando su canción. Finalmente el gran zorro comenzó a disminuir su tamaño y Rose quitó sus alas para ver al niño de doce años que ahora descansaba sobre ella. Maeron no la abrazo. Sujeto su cola con ambas manos contra su pecho y la mirada perdida en el horizonte. Sus ojos estaban humedos de lágrimas sin derramar. - Mi casa... - Murmuro Maeron, con la quebrada. Rose sintió que se le rompía el corazón al oírlo, porque había visto en estado de la pequeña cabaña que el zorro había cuidado con tanto esmero para vivir en paz; los cazadores lo habían destruido todo. Maeron ya no tenía un hogar aquí, pero puede ser que todavía podría darle uno. Rose atrajo al niño hacia ella de nuevo y lo abrazo con fuerza. Rodeo a Maeron y a si mismo con un capullo de alas, deseando poder proteger al niño de este mundo. - No tengo casa, Rose... - Hablo de nuevo, con la voz desprovista de calor.- Ya no tengo... Ya no sé donde... - Su voz se cortó. - Van a volver... Van a volver - Repitió, impotente. Colaboración con: [haze_amethyst_lion_533]
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  • -finalmente después de meses Billy se subió a un escenario,unos vecinos le pidieron ayuda para no solo unos dance cover, si no también para cantar en unas canciones de su grupo favorito, ya estaba en Argentina, así que presumir su amor hacia K4OS si llamaria a otros fans, ese día fue pesado pero todo salió bien, esa noche llegó muy cansado a casa cando llegó a casa saco sus llaves y observo sus manos, había algo negro en sus uñas— Y yo cuando me fui a hacer este arreglo...mhg...no están sucias...que es esto...
    -finalmente después de meses Billy se subió a un escenario,unos vecinos le pidieron ayuda para no solo unos dance cover, si no también para cantar en unas canciones de su grupo favorito, ya estaba en Argentina, así que presumir su amor hacia K4OS si llamaria a otros fans, ese día fue pesado pero todo salió bien, esa noche llegó muy cansado a casa cando llegó a casa saco sus llaves y observo sus manos, había algo negro en sus uñas— Y yo cuando me fui a hacer este arreglo...mhg...no están sucias...que es esto...
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  • ** La reunión del curioso grupo que ha llegado a Nwitta con la misión original de rescatar a cuatro cautivos, pronto se ve convertida en escenario de una batalla. Es tal como Kieran ha dicho y los vigilantes no ignoran la onda expansiva en la fibra del caos, causada por un portal de magia dorada que ya de por sí es muy notable, pero que al transportar un grupo significativo de humanos excepcionales y otros seres, es como lanzar una roca a un estanque calmo. **

    "¡Se dirige a ustedes un escuadrón de Élite de Vigilantes! Estamos autorizados para usar todas las medidas que sean necesarias para su captura, incluyendo fuerza letal si no hay otra opción!"

    ** La voz resuena y hace vibrar las ventana de la casa abandonada que alberga al grupo, en ese instante, una de las paredes es reducida a escombro por una explosión estrepitosa, alrededor del perímetro han sido instalados seis dispositivos en un patrón hexagonal, los cuares crean barreras de magia que emula al cerceta, sin llegar a serlo. **

    "Humanos, salgan tranquilamente... esto no les concierne. Serán evacuados pacíficamente si se entregan por su voluntad. En cuanto a los otros dos seres... serán capturados y analizados, su presencia aquí no es permitida".

    ** La presencia de un vampiro y la que los vigilantes no logran identificar pero detectan como no-humana agrava la situación. **
    ** La reunión del curioso grupo que ha llegado a Nwitta con la misión original de rescatar a cuatro cautivos, pronto se ve convertida en escenario de una batalla. Es tal como Kieran ha dicho y los vigilantes no ignoran la onda expansiva en la fibra del caos, causada por un portal de magia dorada que ya de por sí es muy notable, pero que al transportar un grupo significativo de humanos excepcionales y otros seres, es como lanzar una roca a un estanque calmo. ** "¡Se dirige a ustedes un escuadrón de Élite de Vigilantes! Estamos autorizados para usar todas las medidas que sean necesarias para su captura, incluyendo fuerza letal si no hay otra opción!" ** La voz resuena y hace vibrar las ventana de la casa abandonada que alberga al grupo, en ese instante, una de las paredes es reducida a escombro por una explosión estrepitosa, alrededor del perímetro han sido instalados seis dispositivos en un patrón hexagonal, los cuares crean barreras de magia que emula al cerceta, sin llegar a serlo. ** "Humanos, salgan tranquilamente... esto no les concierne. Serán evacuados pacíficamente si se entregan por su voluntad. En cuanto a los otros dos seres... serán capturados y analizados, su presencia aquí no es permitida". ** La presencia de un vampiro y la que los vigilantes no logran identificar pero detectan como no-humana agrava la situación. **
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  • — "𝖫𝖾𝗌 𝗆𝗈𝗍𝗌 𝗌𝗈𝗇𝗍 𝗅𝖺 𝗆𝖾𝗂𝗅𝗅𝖾𝗎𝗋𝖾 𝖿𝗈𝗋𝗆𝖾 𝖽𝖾 𝖼𝗈𝗆𝗆𝗎𝗇𝗂𝖼𝖺𝗍𝗂𝗈𝗇.
    « 𝖩𝖾 𝗍'𝖺𝗂𝗆𝖾 », « 𝖩𝖾 𝗍𝗂𝖾𝗇𝗌 𝖺̀ 𝗍𝗈𝗂 », « 𝖩𝖾 𝗍'𝖺𝖽𝗈𝗋𝖾 »…
    𝖠̀ 𝗊𝗎𝗈𝗂 𝖻𝗈𝗇 𝗍𝗈𝗎𝗍 𝖼𝖾𝗅𝖺… 𝗌𝗂 𝗍𝗎 𝗇'𝖾𝗌 𝗉𝖺𝗌 𝖺̀ 𝗆𝖾𝗌 𝖼𝗈̂𝗍𝖾́𝗌?
    𝖢𝗈𝗆𝗆𝖾𝗇𝗍 𝗉𝗈𝗎𝗋𝗋𝖺𝗂𝗌-𝗃𝖾 𝗌𝗎𝗂𝗏𝗋𝖾 𝗅𝖾 𝗋𝗒𝗍𝗁𝗆𝖾 𝖾𝖿𝖿𝗋𝖾́𝗇𝖾́ 𝖽𝗎 𝗆𝗈𝗇𝖽𝖾 𝗌𝖺𝗇𝗌 𝗍𝗈𝗂?" —

    Recitó a través del pensamiento mientras la escena que destrozó su alma se replicaba en su cabeza. Ya había pasado algo de tiempo, pero el recuerdo aún ardía como aquel día bajo la lluvia y esa impotencia al no poder llegar a tiempo para prevenirlo.
    — "𝖫𝖾𝗌 𝗆𝗈𝗍𝗌 𝗌𝗈𝗇𝗍 𝗅𝖺 𝗆𝖾𝗂𝗅𝗅𝖾𝗎𝗋𝖾 𝖿𝗈𝗋𝗆𝖾 𝖽𝖾 𝖼𝗈𝗆𝗆𝗎𝗇𝗂𝖼𝖺𝗍𝗂𝗈𝗇. « 𝖩𝖾 𝗍'𝖺𝗂𝗆𝖾 », « 𝖩𝖾 𝗍𝗂𝖾𝗇𝗌 𝖺̀ 𝗍𝗈𝗂 », « 𝖩𝖾 𝗍'𝖺𝖽𝗈𝗋𝖾 »… 𝖠̀ 𝗊𝗎𝗈𝗂 𝖻𝗈𝗇 𝗍𝗈𝗎𝗍 𝖼𝖾𝗅𝖺… 𝗌𝗂 𝗍𝗎 𝗇'𝖾𝗌 𝗉𝖺𝗌 𝖺̀ 𝗆𝖾𝗌 𝖼𝗈̂𝗍𝖾́𝗌? 𝖢𝗈𝗆𝗆𝖾𝗇𝗍 𝗉𝗈𝗎𝗋𝗋𝖺𝗂𝗌-𝗃𝖾 𝗌𝗎𝗂𝗏𝗋𝖾 𝗅𝖾 𝗋𝗒𝗍𝗁𝗆𝖾 𝖾𝖿𝖿𝗋𝖾́𝗇𝖾́ 𝖽𝗎 𝗆𝗈𝗇𝖽𝖾 𝗌𝖺𝗇𝗌 𝗍𝗈𝗂?" — Recitó a través del pensamiento mientras la escena que destrozó su alma se replicaba en su cabeza. Ya había pasado algo de tiempo, pero el recuerdo aún ardía como aquel día bajo la lluvia y esa impotencia al no poder llegar a tiempo para prevenirlo.
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  • 𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛
    𝕋𝕙𝕖 𝕣𝕖𝕧𝕖𝕣𝕤𝕖 𝕠𝕗 𝕥𝕙𝕖 𝕥𝕠𝕣𝕟 𝕡𝕒𝕘𝕖 - - - - - - - - - - - - - Part: 1
    𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛

    «Hay fragmentos que no se escriben con tinta, sino con el dolor sordo de lo que nace condenado a la distancia. En este rincón del nexo, la belleza es una trampa de cristal». — Ren.

    De una crisálida tejida con el polvo de estrellas muertas y silencios antiguos, brotó la primera pulsación de vida. Era una criatura pequeña, una delicada arquitectura cuadrúpeda de cuerpo esbelto y pelaje tan suave que parecía humo suspendido en el aire. Sus orejas, traslúcidas y rosadas como el primer rubor de un amanecer inexistente, temblaban ante el peso del vacío. Nació muda, desprovista de palabras para nombrar su propio asombro, pero en su pecho latía una curiosidad voraz por los retazos de aquel mundo etéreo que se desplegaba, como un lienzo herido, ante sus pies.

    Yo la llamé Anunaki, bautizándola en el secreto de mi mente, pues ella ignoraba mi existencia tanto como el papel ignora la mano del escritor. Vagaba maldita y solitaria, cargando en su rostro el peso de dos grandes ojos amarillentos; faros de un oro viejo capaces de desnudarlo todo, de verlo todo, pero sentenciados a parpadear bajo el negro azabache de una noche perpetua. Un cielo opresivo que se cernía sobre ella como un manto de terciopelo sin fin. Y abajo, justo debajo de sus garras temblorosas, se extendía un lago infinito de agua dulce. Un espejo líquido, cristalino y cruel, en el cual su cuerpo jamás pudo sumergirse, rechazado por una barrera invisible que convertía la superficie en una línea inflexible de dolor.

    Atrapada en esa soledad que se muerde la cola, Anunaki vio pasar los eones contando los inviernos en su propia piel. Se sentaba a la orilla del abismo líquido, cautivada y horrorizada por los cambios fisiológicos que la madurez empezaba a trazar en su silueta. Su cuerpo se estiraba, sus formas se volvían más afiladas, y el reflejo en el agua le devolvía la imagen de una criatura hermosa, pero trágicamente incompleta.

    El melodrama del cosmos, sin embargo, aborrece los escenarios vacíos. Y fue durante una noche donde la tinta del cielo pareció volverse más espesa cuando la superficie del lago devolvió un reflejo extraño. No era el rostro de Anunaki, sino otra cosa, algo deforme y visiblemente lejano.

    Desde las profundidades inalcanzables del agua dulce, allí donde ella solo podía mirar pero nunca descender, emergió otra silueta. Un ser de la misma estirpe, pero moldeado por la geografía del abismo subacuático. Su pelaje no era humo, sino hilos de plata que flotaban como algas en la corriente; sus ojos, en lugar del oro cálido de Anunaki, eran de un azul helado, como estrellas atrapadas en el fondo de un pozo sin fondo. Yo lo llamé Apzu, el habitante del reverso.

    El encuentro fue un choque silencioso de texturas imposibles. Anunaki pegó su hocico rosado a la superficie lisa del lago; desde el otro lado, a milímetros de distancia pero separados por lo intangible de dos dimensiones incompatibles, Apzu imitó su gesto. Sus miradas se encadenaron en un lazo de hierro forjado. Por primera vez, el dolor de la madurez encontró un eco. Aprendieron a tocarse a través del reflejo: cuando ella corría por la orilla, él nadaba pegado al cristal de agua, calcando sus pasos, compartiendo un baile coreografiado por la más pura de las frustraciones.

    El tiempo se volvió un verdugo poético. Crecieron juntos, viéndose cambiar, florecer y desearse a través de la ventana insalvable que los dividía. El melodrama alcanzó su punto más álgido cuando el instinto de la madurez los empujó a buscar algo más que sombras simétricas. Anunaki rascaba el agua hasta hacerse sangrar las garras, dejando hilos escarlatas que flotaban sobre la superficie invisible, mientras Apzu golpeaba el cristal desde abajo, abriendo sus fauces en un grito sordo que solo provocaba burbujas de desesperación en su prisión líquida.

    Eran dos amantes destinados a compartir el mismo espacio, pero jamás el mismo plano. Se amaban con la violencia de los náufragos que ven la tierra firme a través de un muro de hielo. Se pertenecían, pero no podían reclamarse.

    Una tarde olvidada en el tiempo, la desesperación cambió de ritmo. Anunaki, con los ojos nublados por las lágrimas de oro que resbalaban por su hocico, se puso de pie sobre sus patas traserass y lanzó un lamento que hizo vibrar el manto azabache del cielo. Apzu, desde abajo, pareció entender el mensaje de esa música trágica. Juntaron sus frentes una vez más, separados apenas por la película molecular del lago, y entonces sucedió lo impensable.

    Una línea. Una fisura roja y brillante, como una vena abierta en el espacio, comenzó a extenderse justo en el punto de contacto de sus nexos. El agua dulce empezó a emitir un zumbido sónico que amenazaba con romper la cordura de la creación entera.

    La barrera se estaba agrietando, pero al mismo tiempo el agua se revolcaba dentro de sí con fuertes corrientes que ataban al segundo como hilos de plata. Por supuesto, hizo hasta lo imposible para resistir la fricción de las fuerzas y en consecuencia de sus puras intenciones sucedió lo inimaginable...

    « Continuará en las próximas crónicas... »
    𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛 𝕋𝕙𝕖 𝕣𝕖𝕧𝕖𝕣𝕤𝕖 𝕠𝕗 𝕥𝕙𝕖 𝕥𝕠𝕣𝕟 𝕡𝕒𝕘𝕖 - - - - - - - - - - - - - Part: 1 𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛 «Hay fragmentos que no se escriben con tinta, sino con el dolor sordo de lo que nace condenado a la distancia. En este rincón del nexo, la belleza es una trampa de cristal». — Ren. De una crisálida tejida con el polvo de estrellas muertas y silencios antiguos, brotó la primera pulsación de vida. Era una criatura pequeña, una delicada arquitectura cuadrúpeda de cuerpo esbelto y pelaje tan suave que parecía humo suspendido en el aire. Sus orejas, traslúcidas y rosadas como el primer rubor de un amanecer inexistente, temblaban ante el peso del vacío. Nació muda, desprovista de palabras para nombrar su propio asombro, pero en su pecho latía una curiosidad voraz por los retazos de aquel mundo etéreo que se desplegaba, como un lienzo herido, ante sus pies. Yo la llamé Anunaki, bautizándola en el secreto de mi mente, pues ella ignoraba mi existencia tanto como el papel ignora la mano del escritor. Vagaba maldita y solitaria, cargando en su rostro el peso de dos grandes ojos amarillentos; faros de un oro viejo capaces de desnudarlo todo, de verlo todo, pero sentenciados a parpadear bajo el negro azabache de una noche perpetua. Un cielo opresivo que se cernía sobre ella como un manto de terciopelo sin fin. Y abajo, justo debajo de sus garras temblorosas, se extendía un lago infinito de agua dulce. Un espejo líquido, cristalino y cruel, en el cual su cuerpo jamás pudo sumergirse, rechazado por una barrera invisible que convertía la superficie en una línea inflexible de dolor. Atrapada en esa soledad que se muerde la cola, Anunaki vio pasar los eones contando los inviernos en su propia piel. Se sentaba a la orilla del abismo líquido, cautivada y horrorizada por los cambios fisiológicos que la madurez empezaba a trazar en su silueta. Su cuerpo se estiraba, sus formas se volvían más afiladas, y el reflejo en el agua le devolvía la imagen de una criatura hermosa, pero trágicamente incompleta. El melodrama del cosmos, sin embargo, aborrece los escenarios vacíos. Y fue durante una noche donde la tinta del cielo pareció volverse más espesa cuando la superficie del lago devolvió un reflejo extraño. No era el rostro de Anunaki, sino otra cosa, algo deforme y visiblemente lejano. Desde las profundidades inalcanzables del agua dulce, allí donde ella solo podía mirar pero nunca descender, emergió otra silueta. Un ser de la misma estirpe, pero moldeado por la geografía del abismo subacuático. Su pelaje no era humo, sino hilos de plata que flotaban como algas en la corriente; sus ojos, en lugar del oro cálido de Anunaki, eran de un azul helado, como estrellas atrapadas en el fondo de un pozo sin fondo. Yo lo llamé Apzu, el habitante del reverso. El encuentro fue un choque silencioso de texturas imposibles. Anunaki pegó su hocico rosado a la superficie lisa del lago; desde el otro lado, a milímetros de distancia pero separados por lo intangible de dos dimensiones incompatibles, Apzu imitó su gesto. Sus miradas se encadenaron en un lazo de hierro forjado. Por primera vez, el dolor de la madurez encontró un eco. Aprendieron a tocarse a través del reflejo: cuando ella corría por la orilla, él nadaba pegado al cristal de agua, calcando sus pasos, compartiendo un baile coreografiado por la más pura de las frustraciones. El tiempo se volvió un verdugo poético. Crecieron juntos, viéndose cambiar, florecer y desearse a través de la ventana insalvable que los dividía. El melodrama alcanzó su punto más álgido cuando el instinto de la madurez los empujó a buscar algo más que sombras simétricas. Anunaki rascaba el agua hasta hacerse sangrar las garras, dejando hilos escarlatas que flotaban sobre la superficie invisible, mientras Apzu golpeaba el cristal desde abajo, abriendo sus fauces en un grito sordo que solo provocaba burbujas de desesperación en su prisión líquida. Eran dos amantes destinados a compartir el mismo espacio, pero jamás el mismo plano. Se amaban con la violencia de los náufragos que ven la tierra firme a través de un muro de hielo. Se pertenecían, pero no podían reclamarse. Una tarde olvidada en el tiempo, la desesperación cambió de ritmo. Anunaki, con los ojos nublados por las lágrimas de oro que resbalaban por su hocico, se puso de pie sobre sus patas traserass y lanzó un lamento que hizo vibrar el manto azabache del cielo. Apzu, desde abajo, pareció entender el mensaje de esa música trágica. Juntaron sus frentes una vez más, separados apenas por la película molecular del lago, y entonces sucedió lo impensable. Una línea. Una fisura roja y brillante, como una vena abierta en el espacio, comenzó a extenderse justo en el punto de contacto de sus nexos. El agua dulce empezó a emitir un zumbido sónico que amenazaba con romper la cordura de la creación entera. La barrera se estaba agrietando, pero al mismo tiempo el agua se revolcaba dentro de sí con fuertes corrientes que ataban al segundo como hilos de plata. Por supuesto, hizo hasta lo imposible para resistir la fricción de las fuerzas y en consecuencia de sus puras intenciones sucedió lo inimaginable... « Continuará en las próximas crónicas... »
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  • ― Todo estuvo fantástico y delicioso, en verdad. Creo incluso que debo agradecer por la fina mano que llevó acabo semejante bufet gastronómico. Y excúsame si te subestimé... ¿Quién diría que tendrías habilidades tan diversas y bien entrenadas? ―vociferó el pelinegro mientras se acomodaba el cabello que le estorbaba a la altura de su frente. Fue allí cuando su silueta se tornó más cruda y real, tan frívola como el negro azabache que inundaba la noche, y con una mirada seria, casi política, retó a su servidor en la siguiente oración, una punzada directa que se clavaría en la escena para marcar el antes y después de la conversación―. Sin embargo, nadie me conoce lo suficiente como para invitarme a su hogar sin propósito alguno. Poder, riqueza, juventud... ¿Vas a compartirme qué es lo que deseas realmente o continuarás con esa falsa interpretación de un vulgar inocente?
    ― Todo estuvo fantástico y delicioso, en verdad. Creo incluso que debo agradecer por la fina mano que llevó acabo semejante bufet gastronómico. Y excúsame si te subestimé... ¿Quién diría que tendrías habilidades tan diversas y bien entrenadas? ―vociferó el pelinegro mientras se acomodaba el cabello que le estorbaba a la altura de su frente. Fue allí cuando su silueta se tornó más cruda y real, tan frívola como el negro azabache que inundaba la noche, y con una mirada seria, casi política, retó a su servidor en la siguiente oración, una punzada directa que se clavaría en la escena para marcar el antes y después de la conversación―. Sin embargo, nadie me conoce lo suficiente como para invitarme a su hogar sin propósito alguno. Poder, riqueza, juventud... ¿Vas a compartirme qué es lo que deseas realmente o continuarás con esa falsa interpretación de un vulgar inocente?
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  • [Drogo se encontraba comiendo pollo frito del KFC junto a su conejo Levi después de haber mirado juntos una película]

    Te lo advertí más de una vez, te dije que esa película era pésima.

    Levi: me lo decías porque ya la habías visto y en más de una oportunidad que tuviste me spoileabas las escenas.

    No me culpes por querer ahorrarte todo el aburrimiento que había en esa peli, ¿Que tal el pollo?

    Levi: jaja sabe delicioso, veo que los humanos mejoraron mucho su variedad de comidas

    Me alegra que te guste pero apresurate.. si mí hermana nos encuentra comiendo esto va a quitarnos todo..
    [Drogo se encontraba comiendo pollo frito del KFC junto a su conejo Levi después de haber mirado juntos una película] Te lo advertí más de una vez, te dije que esa película era pésima. Levi: me lo decías porque ya la habías visto y en más de una oportunidad que tuviste me spoileabas las escenas. No me culpes por querer ahorrarte todo el aburrimiento que había en esa peli, ¿Que tal el pollo? Levi: jaja sabe delicioso, veo que los humanos mejoraron mucho su variedad de comidas Me alegra que te guste pero apresurate.. si mí hermana nos encuentra comiendo esto va a quitarnos todo..
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  • *Tumbado en el sofá de casa haciendo zapping para encontrar algún canal que me entretuviese llevando así horas por no decir días, aburrido a más no poder refunfuñe levantándome del sofá y me estire haciendo sonar algunos huesos de los brazos y espalda*

    - Se acabó… una cosa es que no pase nada durante días y otra que me aburra como una ostra… es hora de entretenerme como en los viejos tiempos.

    *Mire de reojo a cámara sonriendo ampliamente mostrando mis dientes afilados*

    - Y si telespectadores, hoy voy a ser el “Maxi malo”, a los que se den de héroes mejor no miréis lo que viene a continuación~.

    *Abriendo un portal para pasar por este cerrándolo después, me había llevado a otra dimensión distinta del planeta Tierra estando en Jerusalén (¿Por qué? Me hacía gracia), entrelazando mis dedos para hacerlos crujir y acto seguido hice que toda la ciudad con parte de tierra levitara hacia el cielo, todas las personas gritaron de pánico encerrándose en sus casas, aunque de poco servirían para lo que pasaría después, cada persona empezó a desintegrarse hasta volverse polvo y dejar toda la ciudad sin habitantes, después de eso en mitad de la ciudad hice emerger un castillo estilo de tinieblas, dirigiéndome a mi castillo creado para entrar en la sala del trono, mientras caminaba una armadura fue apareciendo en mí y al alzar el brazo hacia un lado con la palma abierta al ir cerrándola una guadaña apareció*

    - Veamos cómo se las apaña esta dimensión para frenar el surgir de un Rey Demonio… sí sé que es muy cliché pero es lo que mola en los animes de hoy en día.

    *Al sentarme en el trono todo tipo de criaturas demoniacas y de pesadilla empezaron a aparecer por el castillo y la ciudad, incluso la misma ciudad cambio totalmente de estética a una más tipo Souls (si los juegos), las noticias no tardaron en anunciar el trozo de tierra flotante en el cielo, cada helicóptero que grababa la escena los dejaba unos minutos intactos para que pudieran ver lo que había encima y después dar la orden de que los derribasen, dejando a uno de los reporteros con vida junto con su cámara para que lo trajeran a la sala del trono, uno de los guardias le apunto con su espada para que empezara a grabar enfocándome*

    - Humanos… el día de hoy os postrareis ante mi como vuestro rey, los que se opongan a mí seran exterminados… y los que me sigan, seguirán con vida bajo unas ordenes muy estrictas… tenéis 48h para dar vuestro alegato.

    *Al finalizar el comunicado el guardia atravesó con su espada al cámara dejando caer la cámara al suelo dejando de grabar a los segundos pudiéndose ver por último la mano del muerto y sangre, el mundo entero ya supo de la existencia del ser que se autoproclamo su nuevo rey y como tenían que actuar ante dicha situación, con un gesto a uno de los guardias para que viniese hasta mi este se acercó inclinándose un poco*

    - Oye… ¿crees que lo hice bien? ¿parecí bastante imponente y aterrador? A ver tampoco quiero que se rindan tan rápido, es para que den algo de juego…

    Guardia: No se preocupe señor, fue lo justo y necesario para que no se rindiesen de inmediato, bueno al menos no todos.
    *Tumbado en el sofá de casa haciendo zapping para encontrar algún canal que me entretuviese llevando así horas por no decir días, aburrido a más no poder refunfuñe levantándome del sofá y me estire haciendo sonar algunos huesos de los brazos y espalda* - Se acabó… una cosa es que no pase nada durante días y otra que me aburra como una ostra… es hora de entretenerme como en los viejos tiempos. *Mire de reojo a cámara sonriendo ampliamente mostrando mis dientes afilados* - Y si telespectadores, hoy voy a ser el “Maxi malo”, a los que se den de héroes mejor no miréis lo que viene a continuación~. *Abriendo un portal para pasar por este cerrándolo después, me había llevado a otra dimensión distinta del planeta Tierra estando en Jerusalén (¿Por qué? Me hacía gracia), entrelazando mis dedos para hacerlos crujir y acto seguido hice que toda la ciudad con parte de tierra levitara hacia el cielo, todas las personas gritaron de pánico encerrándose en sus casas, aunque de poco servirían para lo que pasaría después, cada persona empezó a desintegrarse hasta volverse polvo y dejar toda la ciudad sin habitantes, después de eso en mitad de la ciudad hice emerger un castillo estilo de tinieblas, dirigiéndome a mi castillo creado para entrar en la sala del trono, mientras caminaba una armadura fue apareciendo en mí y al alzar el brazo hacia un lado con la palma abierta al ir cerrándola una guadaña apareció* - Veamos cómo se las apaña esta dimensión para frenar el surgir de un Rey Demonio… sí sé que es muy cliché pero es lo que mola en los animes de hoy en día. *Al sentarme en el trono todo tipo de criaturas demoniacas y de pesadilla empezaron a aparecer por el castillo y la ciudad, incluso la misma ciudad cambio totalmente de estética a una más tipo Souls (si los juegos), las noticias no tardaron en anunciar el trozo de tierra flotante en el cielo, cada helicóptero que grababa la escena los dejaba unos minutos intactos para que pudieran ver lo que había encima y después dar la orden de que los derribasen, dejando a uno de los reporteros con vida junto con su cámara para que lo trajeran a la sala del trono, uno de los guardias le apunto con su espada para que empezara a grabar enfocándome* - Humanos… el día de hoy os postrareis ante mi como vuestro rey, los que se opongan a mí seran exterminados… y los que me sigan, seguirán con vida bajo unas ordenes muy estrictas… tenéis 48h para dar vuestro alegato. *Al finalizar el comunicado el guardia atravesó con su espada al cámara dejando caer la cámara al suelo dejando de grabar a los segundos pudiéndose ver por último la mano del muerto y sangre, el mundo entero ya supo de la existencia del ser que se autoproclamo su nuevo rey y como tenían que actuar ante dicha situación, con un gesto a uno de los guardias para que viniese hasta mi este se acercó inclinándose un poco* - Oye… ¿crees que lo hice bien? ¿parecí bastante imponente y aterrador? A ver tampoco quiero que se rindan tan rápido, es para que den algo de juego… Guardia: No se preocupe señor, fue lo justo y necesario para que no se rindiesen de inmediato, bueno al menos no todos.
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  • • 「ℌ𝔬𝔪𝔢𝔴𝔞𝔯𝔡」
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    𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」



    Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo.

    Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna.

    Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver.

    Después, incluso eso dejó de ocurrir.

    El nombre se volvió una superstición.

    Uno que era mejor no mencionar.

    Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra.

    Él veía eso como algo francamente encantador.

    Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre.

    La fama exigía presencia.

    El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia.

    Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal.

    Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea.

    El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno.

    Refinado.

    Intacto.

    Era una representación convincente.

    La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás.

    Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar...

    Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo.

    En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre.

    Había vuelto hace un par de días.

    No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa.

    La muerte había intentado conservarlo.

    Él se había negado.

    Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre.

    Pero su alma no era una criatura dócil.

    La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente.

    —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear.

    El viento se llevó la frase hacia el vacío.

    Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención.

    No oyó pasos todavía.

    No importaba.

    Sabía que su perseguidor estaba cerca.

    Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo.

    Una decisión admirable.

    También profundamente estúpida.

    No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano.

    Migajas.

    Elegantes, naturalmente.

    Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería.

    Su acechante había recogido cada una de ellas.

    Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado.

    Era el lugar donde había decidido esperar.

    Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia.

    El ascensor se había detenido en el último piso.

    La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios.

    No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca.

    Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta.

    Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado.

    Él contó los segundos en silencio.

    Uno.

    Dos.

    Tres.

    Una breve pausa.

    Cuatro.

    La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda.

    Aún entonces, continuó contemplando la ciudad.

    — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé.

    Solo entonces giró el rostro por encima del hombro.

    La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad.

    — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento.

    Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer.

    Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo.

    La examinó durante unos segundos deliberadamente largos.

    Había curiosidad en sus ojos.

    También una arrogancia ligeramente velada.

    — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos.

    Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina.

    — Pero sé que no viniste a escuchar una historia.

    Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal.

    — La versión sencilla es que morí.

    Dio otro paso.

    — La versión incómoda es que no duró lo suficiente.

    Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección.

    — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta.

    El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre.

    — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico.

    Alzó una ceja.

    — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto.

    Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban.

    Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención.

    — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona.

    Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más.

    Perfecto.

    Todo permanecía como le gustaba.

    Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo.

    Fue un movimiento veloz.

    Casi imperceptible.

    La máscara de su refinamiento no se alteró.

    — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto.

    Se aproximó un último paso.

    Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma.

    — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
    𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」 Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo. Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna. Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver. Después, incluso eso dejó de ocurrir. El nombre se volvió una superstición. Uno que era mejor no mencionar. Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra. Él veía eso como algo francamente encantador. Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre. La fama exigía presencia. El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia. Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal. Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea. El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno. Refinado. Intacto. Era una representación convincente. La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás. Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar... Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo. En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre. Había vuelto hace un par de días. No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa. La muerte había intentado conservarlo. Él se había negado. Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre. Pero su alma no era una criatura dócil. La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente. —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear. El viento se llevó la frase hacia el vacío. Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención. No oyó pasos todavía. No importaba. Sabía que su perseguidor estaba cerca. Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo. Una decisión admirable. También profundamente estúpida. No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano. Migajas. Elegantes, naturalmente. Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería. Su acechante había recogido cada una de ellas. Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado. Era el lugar donde había decidido esperar. Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia. El ascensor se había detenido en el último piso. La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios. No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca. Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta. Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado. Él contó los segundos en silencio. Uno. Dos. Tres. Una breve pausa. Cuatro. La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda. Aún entonces, continuó contemplando la ciudad. — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé. Solo entonces giró el rostro por encima del hombro. La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad. — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento. Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer. Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo. La examinó durante unos segundos deliberadamente largos. Había curiosidad en sus ojos. También una arrogancia ligeramente velada. — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos. Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina. — Pero sé que no viniste a escuchar una historia. Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal. — La versión sencilla es que morí. Dio otro paso. — La versión incómoda es que no duró lo suficiente. Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección. — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta. El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre. — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico. Alzó una ceja. — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto. Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban. Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención. — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona. Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más. Perfecto. Todo permanecía como le gustaba. Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo. Fue un movimiento veloz. Casi imperceptible. La máscara de su refinamiento no se alteró. — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto. Se aproximó un último paso. Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma. — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
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