• Nunca se imaginó que volver a casa le produciría experimentar sentimientos tan agridulces.

    Por un lado, la tristeza de dejar atrás (por poco tiempo esperaba) a la dueña de su longevo corazón le provocaba una desazón descorazonada. Era como si aquel vacío que había conseguido rellenar lo abandonase temporalmente.

    Pero por otro lado... Volver a su hogar, su templo, su amado bosque, renovaba las energías de su alma y espíritu. Era refrescante volver al hogar en el que se sentía libre, pleno y valorado. El era el Rey smdensu propio mundo.

    Si quería volver pronto a Brattvåg tendría que trabajar duro durante varios días sin que el descanso fuera una prioridad.

    Era época de plantación y recogida de la cosecha; los humanos rezaban a los dioses para que ese año la abundancia llegase a sus hogares. Kazuo tenía que tomar todas y cada una de aquellas plegarias para hacerlas llegar a Kami Inari. Y no solo eso...

    Kazuo por primera vez en siglos, tenía una petición para su diosa, una que incluía a Brattvåg, aunque aquellas personas ni siquiera supieran de su existencia o le rindieran culto. Pero era una petición de uno de sus más adorados y fieles hijos. ¿Le concedería aquel deseo? Y lo más importante: ¿El bosque volvería a abrirle el camino de vuelta para volver a los brazos de la mujer que amaba?

    //Escena disponible también por si alguien quiere entrar a rolear//
    Nunca se imaginó que volver a casa le produciría experimentar sentimientos tan agridulces. Por un lado, la tristeza de dejar atrás (por poco tiempo esperaba) a la dueña de su longevo corazón le provocaba una desazón descorazonada. Era como si aquel vacío que había conseguido rellenar lo abandonase temporalmente. Pero por otro lado... Volver a su hogar, su templo, su amado bosque, renovaba las energías de su alma y espíritu. Era refrescante volver al hogar en el que se sentía libre, pleno y valorado. El era el Rey smdensu propio mundo. Si quería volver pronto a Brattvåg tendría que trabajar duro durante varios días sin que el descanso fuera una prioridad. Era época de plantación y recogida de la cosecha; los humanos rezaban a los dioses para que ese año la abundancia llegase a sus hogares. Kazuo tenía que tomar todas y cada una de aquellas plegarias para hacerlas llegar a Kami Inari. Y no solo eso... Kazuo por primera vez en siglos, tenía una petición para su diosa, una que incluía a Brattvåg, aunque aquellas personas ni siquiera supieran de su existencia o le rindieran culto. Pero era una petición de uno de sus más adorados y fieles hijos. ¿Le concedería aquel deseo? Y lo más importante: ¿El bosque volvería a abrirle el camino de vuelta para volver a los brazos de la mujer que amaba? //Escena disponible también por si alguien quiere entrar a rolear//
    Me gusta
    Me encocora
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    ****La Edad del Caos****
    -La calma antes del juicio

    Lejos de los templos, lejos de la guerra, existía un lugar donde el mundo aún respiraba, la aldea de los nómadas. Allí, el viento no llevaba plegarias a los dioses sino historias de supervivencia, Onix fue la primera en volver a casa. Su presencia, inesperada y marcada por el dolor, no pasó desapercibida. Entre los suyos aún quedaban rostros que recordaban y entre ellos, uno que no la había olvidado, su tío, el hermano de su padre.

    El mismo hombre que había sobrevivido cuando los Elunai arrasaron con su gente en otra aldea, llevándose a los niños como si fueran herramientas, como si sus vidas no tuvieran valor. Cuando vio a Onix no hizo preguntas simplemente la abrazó y eso fue suficiente.

    Yen llegó como una sombra ajena pero no fue rechazada. Su apariencia, su esencia, su forma de existir, la acercaban más a ellos que a cualquier templo. Para los nómadas, no era una aberración, era solo una niña y eso era suficiente.

    El tiempo, por primera vez desde la tragedia, comenzó a avanzar sin violencia, Yen aprendió a vivir, a caminar sin miedo constante, a comer sin mirar sobre su hombro, a dormir… sin gritar.

    Pero la paz no era completa nunca lo sería, el tío de Onix comenzó a entrenarlas, no como soldados, no como herramientas sino como sobrevivientes.

    Les enseñó a moverse, a resistir, a leer el entorno pero sobre todo, a entender algo que los templos jamás enseñaban: El mundo no era justo y nadie vendría a salvarlas.

    Mientras tanto en las alturas donde aún se aferraban los dioses, el miedo crecía, los restos del templo destruido no quedaron en silencio. Entre los escombros, entre los cuerpos, los registros sobrevivieron. Los Elunai los recuperaron y con ellos la verdad, Yen no era solo una anomalía, no era solo la hija de que ellos llamaban un “Señor del Caos”, era algo peor. Su esencia era pura, demasiado pura, compatible y capaz de unir lo que nunca debia mezclarse.

    Los informes eran claros, si crecía, si sobrevivía, si llegaba a engendrar no habría límite para lo que podría nacer de ella: Elunai, Nómadas, Demonios e Incluso… algo que superara a los propios dioses y ahí estaba el verdadero terror.

    Porque los demonios no eran simples criaturas, no como los mortales creían, ellos nacieron del poder original, del eco de aquello que dio origen a todo cuando los primeros fragmentos se separaron y tomaron forma.

    Los dioses alguna vez estuvieron conectados a ese poder pero lo perdieron, lo rompieron y con ello perdieron la capacidad de crear vida.

    Los demonios no, ellos heredaron ese derecho, por eso los dioses les temían. No por lo que eran sino por lo que podían llegar a ser y Yen era el puente.

    La decisión fue tomada sin discusión, no habría captura, no habría estudio, ya no habría segundas oportunidades... Yen debía morir.

    Mientras ese destino se sellaba en las alturas el mundo abajo ardía, Oz continuaba su avance. Templo tras templo caía, no había estrategia compleja, no había negociación solo destrucción. Cada santuario que caía era un golpe directo al dominio de los dioses, cada ruina un mensaje.

    El mundo ya no les pertenecía pero no era el único problema. En otro continente lejos de su alcance inmediato una nueva amenaza comenzaba a tomar forma.

    Una demonio poderosa, antigua en esencia aunque joven en forma, había reunido a los suyos, no como bestias, no como criaturas salvajes sino como un pueblo.

    Le dio un nombre: Ishtar. Y con él una intención, un reino. Los dioses ahora estaban atrapados.

    Si perseguían a Oz, perdían control sobre Ishtar, si atacaban a Ishtar, Oz seguiría destruyendo todo lo que quedaba.

    Y en medio de todo Yen, la pieza más peligrosa de todas. Sin saberlo la niña entrenaba en la aldea Nómada, Yen comenzaba a moverse con más seguridad. Su cuerpo aprendía… pero su mente avanzaba más rápido.

    Siempre más rápido, observaba, adaptaba, comprendía y en lo profundo de su ser aquel pensamiento seguía creciendo silencioso y firme: "Matar… no era incorrecto, era necesario".
    ****La Edad del Caos**** -La calma antes del juicio Lejos de los templos, lejos de la guerra, existía un lugar donde el mundo aún respiraba, la aldea de los nómadas. Allí, el viento no llevaba plegarias a los dioses sino historias de supervivencia, Onix fue la primera en volver a casa. Su presencia, inesperada y marcada por el dolor, no pasó desapercibida. Entre los suyos aún quedaban rostros que recordaban y entre ellos, uno que no la había olvidado, su tío, el hermano de su padre. El mismo hombre que había sobrevivido cuando los Elunai arrasaron con su gente en otra aldea, llevándose a los niños como si fueran herramientas, como si sus vidas no tuvieran valor. Cuando vio a Onix no hizo preguntas simplemente la abrazó y eso fue suficiente. Yen llegó como una sombra ajena pero no fue rechazada. Su apariencia, su esencia, su forma de existir, la acercaban más a ellos que a cualquier templo. Para los nómadas, no era una aberración, era solo una niña y eso era suficiente. El tiempo, por primera vez desde la tragedia, comenzó a avanzar sin violencia, Yen aprendió a vivir, a caminar sin miedo constante, a comer sin mirar sobre su hombro, a dormir… sin gritar. Pero la paz no era completa nunca lo sería, el tío de Onix comenzó a entrenarlas, no como soldados, no como herramientas sino como sobrevivientes. Les enseñó a moverse, a resistir, a leer el entorno pero sobre todo, a entender algo que los templos jamás enseñaban: El mundo no era justo y nadie vendría a salvarlas. Mientras tanto en las alturas donde aún se aferraban los dioses, el miedo crecía, los restos del templo destruido no quedaron en silencio. Entre los escombros, entre los cuerpos, los registros sobrevivieron. Los Elunai los recuperaron y con ellos la verdad, Yen no era solo una anomalía, no era solo la hija de que ellos llamaban un “Señor del Caos”, era algo peor. Su esencia era pura, demasiado pura, compatible y capaz de unir lo que nunca debia mezclarse. Los informes eran claros, si crecía, si sobrevivía, si llegaba a engendrar no habría límite para lo que podría nacer de ella: Elunai, Nómadas, Demonios e Incluso… algo que superara a los propios dioses y ahí estaba el verdadero terror. Porque los demonios no eran simples criaturas, no como los mortales creían, ellos nacieron del poder original, del eco de aquello que dio origen a todo cuando los primeros fragmentos se separaron y tomaron forma. Los dioses alguna vez estuvieron conectados a ese poder pero lo perdieron, lo rompieron y con ello perdieron la capacidad de crear vida. Los demonios no, ellos heredaron ese derecho, por eso los dioses les temían. No por lo que eran sino por lo que podían llegar a ser y Yen era el puente. La decisión fue tomada sin discusión, no habría captura, no habría estudio, ya no habría segundas oportunidades... Yen debía morir. Mientras ese destino se sellaba en las alturas el mundo abajo ardía, Oz continuaba su avance. Templo tras templo caía, no había estrategia compleja, no había negociación solo destrucción. Cada santuario que caía era un golpe directo al dominio de los dioses, cada ruina un mensaje. El mundo ya no les pertenecía pero no era el único problema. En otro continente lejos de su alcance inmediato una nueva amenaza comenzaba a tomar forma. Una demonio poderosa, antigua en esencia aunque joven en forma, había reunido a los suyos, no como bestias, no como criaturas salvajes sino como un pueblo. Le dio un nombre: Ishtar. Y con él una intención, un reino. Los dioses ahora estaban atrapados. Si perseguían a Oz, perdían control sobre Ishtar, si atacaban a Ishtar, Oz seguiría destruyendo todo lo que quedaba. Y en medio de todo Yen, la pieza más peligrosa de todas. Sin saberlo la niña entrenaba en la aldea Nómada, Yen comenzaba a moverse con más seguridad. Su cuerpo aprendía… pero su mente avanzaba más rápido. Siempre más rápido, observaba, adaptaba, comprendía y en lo profundo de su ser aquel pensamiento seguía creciendo silencioso y firme: "Matar… no era incorrecto, era necesario".
    Me encocora
    3
    0 comentarios 2 compartidos
  • ((Escena cerrada. Referencia a https://ficrol.com/posts/366870 ))

    No fue una despedida fácil, pero ambos lo tenían claro: no era un adiós, no aún.

    La promesa de volver, de esperar el reencuentro, pasara el tiempo que pasara. El hilo que los unía no sucumbiría al desgaste.

    Kazuo volvería al bosque, atravesando ese umbral que lo devolvería a su templo, a cumplir con aquello para lo que había sido creado como zorro mensajero.

    Su mayor miedo era que, al intentar volver a Brattvåg a través del bosque, este le cerrase el camino; que considerase que aún no era el momento de regresar, o que nunca más debía hacerlo.

    Sucumbir a un amor con un futuro incierto, a uno que lo mantendría atado a las sombras, era algo que posiblemente no complacería a los dioses para una de sus creaciones más valiosas.

    Pero Kazuo no cedería. Su corazón había sido reclamado, y su dueña tenía cabellos y ojos que ardían como el mismo fuego. 𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉
    ((Escena cerrada. Referencia a ➡️ https://ficrol.com/posts/366870 )) No fue una despedida fácil, pero ambos lo tenían claro: no era un adiós, no aún. La promesa de volver, de esperar el reencuentro, pasara el tiempo que pasara. El hilo que los unía no sucumbiría al desgaste. Kazuo volvería al bosque, atravesando ese umbral que lo devolvería a su templo, a cumplir con aquello para lo que había sido creado como zorro mensajero. Su mayor miedo era que, al intentar volver a Brattvåg a través del bosque, este le cerrase el camino; que considerase que aún no era el momento de regresar, o que nunca más debía hacerlo. Sucumbir a un amor con un futuro incierto, a uno que lo mantendría atado a las sombras, era algo que posiblemente no complacería a los dioses para una de sus creaciones más valiosas. Pero Kazuo no cedería. Su corazón había sido reclamado, y su dueña tenía cabellos y ojos que ardían como el mismo fuego. [Liz_bloodFlame]
    Me entristece
    Me gusta
    5
    2 turnos 0 maullidos
  • Despues de causar caos en valhalla me meresco estob, ver la cara de los dioses me dio risa ~
    Despues de causar caos en valhalla me meresco estob, ver la cara de los dioses me dio risa ~
    0 turnos 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    ****Edad del Caos****
    -El eco de la sangre

    El mundo temblo pero no por la furia de Oz, fue algo más pequeño, más sutil, un pulso débil pero imposible de ignorar. Oz se detuvo en seco.

    Entre la tormenta de poder que recorría su cuerpo, sintió algo distinto. Algo que no pertenecía a los dioses, ni a los templo o al odio. Era familiar, era suyo... Los ojos de Oz se abrieron con una intensidad renovada; "Yen" estaba viva.

    Sin decir palabra, su cuerpo reaccionó antes que su mente, su presencia se volvió más pesada, más rápida, más peligrosa. El suelo se quebraba bajo cada paso mientras avanzaba sin mirar atrás, Onix intentó seguirlo, corrió., tropezó, se levantó y volvió a correr.

    Pero la distancia entre ambos crecía con cada segundo, Oz no se detuvo, al menos no al principio.

    Pero algo en su interior, algo que aún no había sido consumido por completo lo hizo girarse. Sus ojos se clavaron en la pequeña figura que luchaba por alcanzarlo y durante un instante… dudó.

    Luego regresó sobre sus pasos, la tomó sin decir nada y la cargó con una sola mano, apoyándola contra su cuerpo, no hubo palabras ni hubo consuelo pero fue suficiente. Quizás el último acto de empatía que le quedaba.

    El templo apareció ante ellos, Oz dejó a Onix entre las sombras, no necesitó explicarle mucho,
    la niña entendió. Entonces avanzó y la muerte caminó con él.

    La entrada del templo no resistió, los muros crujieron, las columnas vibraron, el aire mismo se volvió pesado, como si el mundo intentara huir de su presencia.

    El poder de Oz, sellado durante tanto tiempo, comenzaba a desbordarse. No era preciso ni mucho menos controlado, era destrucción pura.

    Pero por primera vez eso era un problema, porque en algún lugar dentro de ese templo… estaba su hija. Oz apretó los dientes, contuvo su poder, lo redujo a lo más básico a lo más primitivo, fuerza.

    Golpeó, avanzó, rompió todo a su paso sin liberar por completo aquello que podía borrar el lugar entero. Cada enemigo que se interponía era aplastado sin contemplación.

    No había gritos para él, no había rostros, solo obstáculos. Entonces lo sintió, débil para él…
    pero inconfundible, un rastro de maná, era pequeño, inestable... Vivo. Oz lo siguió sin dudar y finalmente la vio.

    Era su hija Yen. La niña lo miró y no vio al monstruo, no vio la deformación de su cuerpo, ni la oscuridad que lo envolvía, solo vio a su padre.

    Corrió hacia él sin miedo y lo abrazó, Oz se quedó inmóvil por un instante, luego la levantó y por primera vez desde la muerte de Selin sostuvo algo que no quería destruir.

    Sin decir nada emprendió la marcha, no cubrió sus ojos, no suavizó el camino. Los cadáveres quedaron esparcidos a su paso, marcando el sendero que había abierto. Sangre, cuerpos rotos… silencio. Yen se aferró a él temblando, Oz habló, con una voz grave, firme: "No debes temer Yen, los muertos no pueden lastimarte, yo me encargare que nadie vuelva hacerlo."

    La niña escuchó y entendió, en su mente, algo cambió. Si aquellos hombres no hubieran vivido…
    su madre seguiría viva, si ella los hubiera matado antes nada de eso habría pasado.

    El pensamiento no desapareció, se quedó profundo en su corazón, echando raíces.

    Cuando salieron del templo, el aire parecía más liviano pero el mundo, más oscuro, Onix seguía donde la había dejado, Oz la tomó sin esfuerzo, cargando ahora a ambas niñas, se alejó sin mirar atrás.

    Su destino no era el descanso, era la guerra. Los llevó hacia las tierras de los Nómadas, un lugar donde los dioses no eran venerados sino odiados, donde los Elunai no eran respetados…
    sino rechazados.

    Allí, Yen no sería vista como una aberración y Onix quizás encontraría algo que había perdido.

    Oz no pensaba quedarse, no aún. Había templos que destruir, había sangre que reclamar.

    Primero los santuarios, luego los Elunai y al final…

    Los dioses.
    ****Edad del Caos**** -El eco de la sangre El mundo temblo pero no por la furia de Oz, fue algo más pequeño, más sutil, un pulso débil pero imposible de ignorar. Oz se detuvo en seco. Entre la tormenta de poder que recorría su cuerpo, sintió algo distinto. Algo que no pertenecía a los dioses, ni a los templo o al odio. Era familiar, era suyo... Los ojos de Oz se abrieron con una intensidad renovada; "Yen" estaba viva. Sin decir palabra, su cuerpo reaccionó antes que su mente, su presencia se volvió más pesada, más rápida, más peligrosa. El suelo se quebraba bajo cada paso mientras avanzaba sin mirar atrás, Onix intentó seguirlo, corrió., tropezó, se levantó y volvió a correr. Pero la distancia entre ambos crecía con cada segundo, Oz no se detuvo, al menos no al principio. Pero algo en su interior, algo que aún no había sido consumido por completo lo hizo girarse. Sus ojos se clavaron en la pequeña figura que luchaba por alcanzarlo y durante un instante… dudó. Luego regresó sobre sus pasos, la tomó sin decir nada y la cargó con una sola mano, apoyándola contra su cuerpo, no hubo palabras ni hubo consuelo pero fue suficiente. Quizás el último acto de empatía que le quedaba. El templo apareció ante ellos, Oz dejó a Onix entre las sombras, no necesitó explicarle mucho, la niña entendió. Entonces avanzó y la muerte caminó con él. La entrada del templo no resistió, los muros crujieron, las columnas vibraron, el aire mismo se volvió pesado, como si el mundo intentara huir de su presencia. El poder de Oz, sellado durante tanto tiempo, comenzaba a desbordarse. No era preciso ni mucho menos controlado, era destrucción pura. Pero por primera vez eso era un problema, porque en algún lugar dentro de ese templo… estaba su hija. Oz apretó los dientes, contuvo su poder, lo redujo a lo más básico a lo más primitivo, fuerza. Golpeó, avanzó, rompió todo a su paso sin liberar por completo aquello que podía borrar el lugar entero. Cada enemigo que se interponía era aplastado sin contemplación. No había gritos para él, no había rostros, solo obstáculos. Entonces lo sintió, débil para él… pero inconfundible, un rastro de maná, era pequeño, inestable... Vivo. Oz lo siguió sin dudar y finalmente la vio. Era su hija Yen. La niña lo miró y no vio al monstruo, no vio la deformación de su cuerpo, ni la oscuridad que lo envolvía, solo vio a su padre. Corrió hacia él sin miedo y lo abrazó, Oz se quedó inmóvil por un instante, luego la levantó y por primera vez desde la muerte de Selin sostuvo algo que no quería destruir. Sin decir nada emprendió la marcha, no cubrió sus ojos, no suavizó el camino. Los cadáveres quedaron esparcidos a su paso, marcando el sendero que había abierto. Sangre, cuerpos rotos… silencio. Yen se aferró a él temblando, Oz habló, con una voz grave, firme: "No debes temer Yen, los muertos no pueden lastimarte, yo me encargare que nadie vuelva hacerlo." La niña escuchó y entendió, en su mente, algo cambió. Si aquellos hombres no hubieran vivido… su madre seguiría viva, si ella los hubiera matado antes nada de eso habría pasado. El pensamiento no desapareció, se quedó profundo en su corazón, echando raíces. Cuando salieron del templo, el aire parecía más liviano pero el mundo, más oscuro, Onix seguía donde la había dejado, Oz la tomó sin esfuerzo, cargando ahora a ambas niñas, se alejó sin mirar atrás. Su destino no era el descanso, era la guerra. Los llevó hacia las tierras de los Nómadas, un lugar donde los dioses no eran venerados sino odiados, donde los Elunai no eran respetados… sino rechazados. Allí, Yen no sería vista como una aberración y Onix quizás encontraría algo que había perdido. Oz no pensaba quedarse, no aún. Había templos que destruir, había sangre que reclamar. Primero los santuarios, luego los Elunai y al final… Los dioses.
    0 comentarios 1 compartido
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    ****Edad del Caos****
    -La Primera Anomalía

    Lejos del alcance inmediato de su padre, Yen’naferiel fue trasladada a un templo secundario por orden de Arcyelle Veltharys. No fue un acto de traición, sino de desesperación. La Santa buscaba ganar tiempo, desviando su destino para poder rescatarla después. Sin embargo, el error fue sutil y fatal: aquel templo no estaba vacío, sino ocupado por investigadores Elunai que esperaban su traslado.

    Sin saberlo, Arcyelle la había entregado directamente en manos de quienes no debían encontrarla.

    La niña fue llevada a un laboratorio oculto, donde su consciencia fue apagada mediante magia de sueño. Bajo hechizos de evaluación, los Elunai comenzaron a estudiar su esencia. Los resultados los inquietaron desde el inicio: su capacidad de aprendizaje superaba incluso la de los magos más dotados. Uno de ellos, en un intento de restar peso a lo que observaba, bromeó con que la niña parecía poseer una insaciable hambre de conocimiento, una "Gula" según sus palabras.

    Su estructura era anómala. Su “pureza” no significaba perfección, sino compatibilidad absoluta. Yen’naferiel no estaba limitada por las barreras que regían a los Elunai. En teoría, podría engendrar descendencia con cualquier raza: Elunai, Nómadas… incluso demonios.

    Ese pensamiento sembró temor, no por lo que era… sino por lo que podría llegar a crear.

    Cuando despertó, no fue recibida por cadenas ni interrogatorios, sino por una ilusión cuidadosamente diseñada. Ante ella apareció una vasta biblioteca, y junto a ella, la figura de su madre, Selin, construida con magia.

    Yen no dudó, corrió hacia ella, la ilusión respondió con dulzura, guiándola hacia los libros, observando y esperando. Aquello no era compasión, sino experimento. Querían medir cuánto podía aprender y qué tan rápido.

    La niña tomó un libro. Sus páginas estaban llenas de complejos círculos mágicos, diseñados para producir un efecto trivial: pequeñas burbujas de agua. Hechizos inútiles, usados solo como prueba de comprensión.

    Los ojos de Yen recorrieron las líneas y sonrió, sin pronunciar palabra, trazó el círculo con su propio maná bajo los pies de la falsa Selin. Las burbujas comenzaron a emerger, flotando suavemente en el aire. Los observadores, ocultos tras su velo de invisibilidad contuvieron la respiración, aquello ya era impresionante, pero luego algo cambió.

    Las burbujas dejaron de ser transparentes. Su color se tornó rojo, espeso, como si cada una estuviera hecha de sangre. La más grande envolvió a la falsa Selin, sellándola en su interior. El aire desapareció y la ilusión comenzó a fallar, el cuerpo que la sostenía, la Elunai real, no podía escapar.

    No había oxígeno, no había forma de romper la prisión. Yen la observaba ya no como una niña.

    La voz que salió de ella no era furiosa, sino fría, precisa y sobre todo molesta. Aquella figura no era su madre, podía sentirlo, su maná era incorrecto, incompleto, además faltaba algo. Faltaba la vida que Selin llevaba dentro.

    Yen le expreso el asco que sintió por ella al sentir su mana sucio y falso. Los investigadores emergieron entonces, abandonando su escondite e intentaron contenerla, pero ya era tarde. Las mismas burbujas que consideraban inofensivas se convirtieron en jaulas mortales. Uno a uno, fueron atrapados en esferas donde el aire no existía.

    El experimento había terminado y el resultado era claro. Tuvieron que intervenir soldados para someterla por la fuerza. No fue fácil e incluso siendo una niña, su control era preciso, casi instintivo pero finalmente, fue contenida y encerrada.

    Los informes posteriores fueron unánimes... Yen’naferiel no era solo una anomalía, era un peligro, no solo por su poder bruto… sino por su capacidad de comprender, alterar y perfeccionar.

    Donde otros veían un hechizo inútil… ella veía una herramienta, donde otros seguían reglas… ella las reescribía.

    Y en medio del silencio que siguió a aquel incidente, uno de los Elunai se atrevió a decir lo que muchos ya pensaban pero ninguno quería admitir. Aquello que habitaba en la niña no podía ser llamado poder, no en el sentido puro que ellos conocían. No era la luz de los dioses, ni la armonía del maná. Era algo distinto, algo que tomaba lo simple, lo inocente y lo deformaba en algo peligroso. Un hechizo infantil convertido en una trampa mortal. Una risa suave escondiendo una mente que analizaba sin emoción. Para ellos, eso no era el don de una niña… sino la manifestación de algo oscuro. Algo que corrompía desde su origen. Y fue entonces cuando, por primera vez, comenzaron a llamarla en susurros: La hija del monstruo.

    No porque conocieran la verdad… sino porque, incluso antes de que el caos descendiera sobre ellos, ya temían aquello que la había creado.
    ****Edad del Caos**** -La Primera Anomalía Lejos del alcance inmediato de su padre, Yen’naferiel fue trasladada a un templo secundario por orden de Arcyelle Veltharys. No fue un acto de traición, sino de desesperación. La Santa buscaba ganar tiempo, desviando su destino para poder rescatarla después. Sin embargo, el error fue sutil y fatal: aquel templo no estaba vacío, sino ocupado por investigadores Elunai que esperaban su traslado. Sin saberlo, Arcyelle la había entregado directamente en manos de quienes no debían encontrarla. La niña fue llevada a un laboratorio oculto, donde su consciencia fue apagada mediante magia de sueño. Bajo hechizos de evaluación, los Elunai comenzaron a estudiar su esencia. Los resultados los inquietaron desde el inicio: su capacidad de aprendizaje superaba incluso la de los magos más dotados. Uno de ellos, en un intento de restar peso a lo que observaba, bromeó con que la niña parecía poseer una insaciable hambre de conocimiento, una "Gula" según sus palabras. Su estructura era anómala. Su “pureza” no significaba perfección, sino compatibilidad absoluta. Yen’naferiel no estaba limitada por las barreras que regían a los Elunai. En teoría, podría engendrar descendencia con cualquier raza: Elunai, Nómadas… incluso demonios. Ese pensamiento sembró temor, no por lo que era… sino por lo que podría llegar a crear. Cuando despertó, no fue recibida por cadenas ni interrogatorios, sino por una ilusión cuidadosamente diseñada. Ante ella apareció una vasta biblioteca, y junto a ella, la figura de su madre, Selin, construida con magia. Yen no dudó, corrió hacia ella, la ilusión respondió con dulzura, guiándola hacia los libros, observando y esperando. Aquello no era compasión, sino experimento. Querían medir cuánto podía aprender y qué tan rápido. La niña tomó un libro. Sus páginas estaban llenas de complejos círculos mágicos, diseñados para producir un efecto trivial: pequeñas burbujas de agua. Hechizos inútiles, usados solo como prueba de comprensión. Los ojos de Yen recorrieron las líneas y sonrió, sin pronunciar palabra, trazó el círculo con su propio maná bajo los pies de la falsa Selin. Las burbujas comenzaron a emerger, flotando suavemente en el aire. Los observadores, ocultos tras su velo de invisibilidad contuvieron la respiración, aquello ya era impresionante, pero luego algo cambió. Las burbujas dejaron de ser transparentes. Su color se tornó rojo, espeso, como si cada una estuviera hecha de sangre. La más grande envolvió a la falsa Selin, sellándola en su interior. El aire desapareció y la ilusión comenzó a fallar, el cuerpo que la sostenía, la Elunai real, no podía escapar. No había oxígeno, no había forma de romper la prisión. Yen la observaba ya no como una niña. La voz que salió de ella no era furiosa, sino fría, precisa y sobre todo molesta. Aquella figura no era su madre, podía sentirlo, su maná era incorrecto, incompleto, además faltaba algo. Faltaba la vida que Selin llevaba dentro. Yen le expreso el asco que sintió por ella al sentir su mana sucio y falso. Los investigadores emergieron entonces, abandonando su escondite e intentaron contenerla, pero ya era tarde. Las mismas burbujas que consideraban inofensivas se convirtieron en jaulas mortales. Uno a uno, fueron atrapados en esferas donde el aire no existía. El experimento había terminado y el resultado era claro. Tuvieron que intervenir soldados para someterla por la fuerza. No fue fácil e incluso siendo una niña, su control era preciso, casi instintivo pero finalmente, fue contenida y encerrada. Los informes posteriores fueron unánimes... Yen’naferiel no era solo una anomalía, era un peligro, no solo por su poder bruto… sino por su capacidad de comprender, alterar y perfeccionar. Donde otros veían un hechizo inútil… ella veía una herramienta, donde otros seguían reglas… ella las reescribía. Y en medio del silencio que siguió a aquel incidente, uno de los Elunai se atrevió a decir lo que muchos ya pensaban pero ninguno quería admitir. Aquello que habitaba en la niña no podía ser llamado poder, no en el sentido puro que ellos conocían. No era la luz de los dioses, ni la armonía del maná. Era algo distinto, algo que tomaba lo simple, lo inocente y lo deformaba en algo peligroso. Un hechizo infantil convertido en una trampa mortal. Una risa suave escondiendo una mente que analizaba sin emoción. Para ellos, eso no era el don de una niña… sino la manifestación de algo oscuro. Algo que corrompía desde su origen. Y fue entonces cuando, por primera vez, comenzaron a llamarla en susurros: La hija del monstruo. No porque conocieran la verdad… sino porque, incluso antes de que el caos descendiera sobre ellos, ya temían aquello que la había creado.
    0 comentarios 1 compartido
  • // Escena cerrada. Referente a https://ficrol.com/posts/364285 Enlace con contenido explícito //

    Kazuo acababa de llegar a su alcoba justo cuando los primeros rayos del sol comenzaban a abrirse paso en aquel nuevo amanecer sobre las tierras de Brattvåg.

    El día prometía ser largo; estaba más que seguro de que pronto sería llamado para un extenso interrogatorio, pues habían encontrado una de sus prendas allí donde la soberana del reino y él habían compartido un encuentro clandestino, tan prohibido como exquisito.

    Su piel aún ardía con el recuerdo de lo vivido junto a Elizabeth, además del rastro de quemaduras que se desvanecían con rapidez sobre su cuerpo. Nunca antes se había sentido tan pleno, tan satisfecho, tan deseado… tan vivo.

    Un calor profundo y un estremecimiento constante recorrían su ser cada vez que los recuerdos de aquella noche irrumpían en su mente, intensos, indómitos, sin pedir permiso, haciendo casi imposible apaciguar la excitación y el deseo que aún reclamaba su cuerpo.

    Aquello no era una simple atracción física; era algo primario, visceral… como si todo hubiese sido inevitable desde el principio.

    Entre todas sus habilidades, habría deseado poseer el don de detener el tiempo, de convertir aquella noche en un instante eterno solo para ambos.

    Sentado en su alcoba, sobre un banco de piedra en la esquina, sonreía con una satisfacción serena y, al mismo tiempo, casi peligrosa.

    —No pienso renunciar a ti… jamás… —se hizo aquella promesa a sí mismo.

    Un ser incapaz de mentir, atado por un mandato divino de sus propios dioses. Aquella era, por tanto, una promesa inquebrantable, incluso si ella decidía no volver a sentir o repetir lo ocurrido. Él sería capaz de conformarse con contemplarla desde la distancia.

    Pero las palabras de ella, aquella noche, habían sido claras: “Si te vas... te esperaré”.

    La soberana de cabellos carmesí se estaba convirtiendo en su obsesión… una tan intensa como difícil de saciar, dadas las circunstancias que envolvían a ambos.
    // Escena cerrada. Referente a ➡️ https://ficrol.com/posts/364285 ⚠️🔞Enlace con contenido explícito 🔞⚠️ // Kazuo acababa de llegar a su alcoba justo cuando los primeros rayos del sol comenzaban a abrirse paso en aquel nuevo amanecer sobre las tierras de Brattvåg. El día prometía ser largo; estaba más que seguro de que pronto sería llamado para un extenso interrogatorio, pues habían encontrado una de sus prendas allí donde la soberana del reino y él habían compartido un encuentro clandestino, tan prohibido como exquisito. Su piel aún ardía con el recuerdo de lo vivido junto a Elizabeth, además del rastro de quemaduras que se desvanecían con rapidez sobre su cuerpo. Nunca antes se había sentido tan pleno, tan satisfecho, tan deseado… tan vivo. Un calor profundo y un estremecimiento constante recorrían su ser cada vez que los recuerdos de aquella noche irrumpían en su mente, intensos, indómitos, sin pedir permiso, haciendo casi imposible apaciguar la excitación y el deseo que aún reclamaba su cuerpo. Aquello no era una simple atracción física; era algo primario, visceral… como si todo hubiese sido inevitable desde el principio. Entre todas sus habilidades, habría deseado poseer el don de detener el tiempo, de convertir aquella noche en un instante eterno solo para ambos. Sentado en su alcoba, sobre un banco de piedra en la esquina, sonreía con una satisfacción serena y, al mismo tiempo, casi peligrosa. —No pienso renunciar a ti… jamás… —se hizo aquella promesa a sí mismo. Un ser incapaz de mentir, atado por un mandato divino de sus propios dioses. Aquella era, por tanto, una promesa inquebrantable, incluso si ella decidía no volver a sentir o repetir lo ocurrido. Él sería capaz de conformarse con contemplarla desde la distancia. Pero las palabras de ella, aquella noche, habían sido claras: “Si te vas... te esperaré”. La soberana de cabellos carmesí se estaba convirtiendo en su obsesión… una tan intensa como difícil de saciar, dadas las circunstancias que envolvían a ambos.
    Me gusta
    Me encocora
    3
    1 turno 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    Basado en el relato publicado por Ozma

    ***Edad del Caos***
    El Encuentro con Arcyelle

    El Templo del Norte se alzaba imponente entre los árboles, antiguo y silencioso, como si observara el paso del tiempo sin pertenecer a él.

    Oz avanzaba sin detenerse, a su lado, Onix lo seguía en silencio, atenta a cada detalle. No comprendía del todo lo que ocurría, pero podía sentirlo con claridad: el ser que caminaba frente a ella ya no era simplemente un hombre, era algo más, algo que incluso el mundo parecía rechazar pero aun así, para esta niña, aquel ser era el único en el que ella podía confiar.

    Los guardianes Elunai descendieron los escalones del templo y bloquearon el camino. Sus armaduras reflejaban la luz plateada de Yue, pero sus expresiones estaban tensas, marcadas por una mezcla de desconfianza y temor.

    Oz no redujo el paso hasta estar frente a ellos, los guardianes percibían lo mismo: el rastro de poder que venía con él. Una energía que no pertenecía a ese lugar, era poder corrupto, algo que no debía existir. Para ellos, no había duda, Oz era el origen de ese caos y entonces lo llamaron "Señor del Caos", un título no fue rechazado ni negado. Por primera vez, Oz no solo permitió que lo definieran de esa forma… sino que lo llevó más allá.

    Si aquello era lo que veían en él, entonces no tenía sentido ocultarlo, n cuando el mundo ya había decidido lo que era. Su presencia se volvió más pesada, más opresiva, como si el aire mismo comenzara a ceder ante su voluntad.

    Los guardianes intentaron detenerlo pero no fue suficiente, un solo movimiento bastó para apartarlos. Sus cuerpos fueron lanzados contra las estructuras del templo, cayendo sin conciencia. No hubo combate, solo una diferencia absoluta de poder.

    Fue entonces cuando ella apareció, Arcyelle Veltharys, la luz lunar la envolvía, dándole una presencia casi irreal, como si perteneciera a otro plano, pero Oz no vio divinidad en ella, por lo que no le importo que el titulo de Santa que los guardianes usaban con ella para exigir respeto al intruso.

    Oz solo vio a alguien que había tenido el poder de actuar y no lo hizo. La distancia entre ambos desapareció en un instante.

    Oz se lanzó hacia ella sin contenerse. Arcyelle reaccionó de inmediato, levantó una barrera de luz pero no era una defensa cualquiera, era una creación específica. Ella conocía la verdad, había sido parte del grupo que investigó los cuerpos artificiales. Sabía que el cuerpo actual de Oz estaba basado en los Nómadas, una estructura imperfecta, vulnerable a ciertos tipos de energía.

    Aquella barrera había sido diseñada para romperlo pero algo había cambiado. Cuando Oz la atravesó, la barrera no lo destruyó, sino que lo reveló.

    El poder que recorría su cuerpo reaccionó al contacto, se expandió, se desbordó, tomó forma. Lo que antes estaba contenido dejó de estarlo, su cuerpo mutó y creció aun mas.

    Se volvió más denso, más violento en su estructura. La piel verde se oscureció, endurecida como si ya no fuera completamente orgánica. Sus músculos se tensaron con una fuerza que parecía romper los límites de su forma anterior.

    Sus colmillos se alargaron, sus rasgos se deformaron hacia algo más primitivo y más cercano a una bestia que a un hombre.

    No era una transformación elegante, sino que era una verdad expuesta. Onix retrocedió, incapaz de ocultar el miedo, Arcyelle, por su parte, comprendió de inmediato lo que estaba ocurriendo.

    No lo había herido, había liberado algo y eso era peor. Oz avanzó un paso más y con él, el peso de su existencia pareció aplastar el entorno.

    Pero más allá de la ira… había algo más, "Dolor". Arcyelle lo entendió y supo que no podía detenerlo. Así que eligió la única opción que le quedaba, la verdad. La revelación cayó como un balde agua fria. Su hija estaba viva.

    El cambio fue inmediato, el poder dejó de crecer, la presión desapareció, el caos… se detuvo.

    Oz no se movió pero todo en él cambió, por primera vez desde que había llegado, no era destrucción lo que lo sostenía. Era algo más frágil, era esperanza.

    Arcyelle continuó, ya no confiaba en los dioses. Había visto señales y escuchado rumores. Los experimentos con los niños Nómadas ya no eran simples teorías, ya que aquella niña que acompañaba a Oz era la prueba de sus mas grandes temores.

    Anteriormente, aunque sus sospechas no se habían confirmado, Arcyelle uso la escusa que la pequeña Yen’naferiel no soportaría el viaje hasta el templo principal de los Dioses, esto porque había sido herida durante su secuestro, por lo que la Santa de los Elunia ordeno que la llevaran a otro templo mientras se recuperaba, de esa forma había ganado algo de tiempo mientras investigaba el templo del Oeste.

    Le llegada de Oz cambio los planes de Arcyelle, si bien había confirmado sus sospechas, también había perdido la oportunidad de escapar con la niña, pero aun tenia la esperanza de recuperar a Yen’naferiel, ya que tampoco podía dejarla con su padre.

    Oz escuchó todo en silencio mientras Arcyelle le decía la ubicación de su hija. Antes de irse le dejo algo muy claro, si Yen’naferiel no estaba en aquel lugar con vida, no habría lugar en el mundo donde ocultarse.

    Oz salio del templo acompañado de Onix, habia dejado vivir un poco mas a Arcyelle, no por compasión ni por perdón, sino porque había algo más importante que la venganza en ese momento,

    Arcyelle permaneció inmóvil, consciente de que había sobrevivido a algo que no debía tener forma.

    Mientras tanto, el mundo comenzaba a susurrar un nuevo nombre, un nombre nacido del miedo: "Mao" , y con el tiempo… uno que ni siquiera los dioses podrían ignorar... Ozma.

    Basado en el relato publicado por [Oz_The_Chaos] ***Edad del Caos*** El Encuentro con Arcyelle El Templo del Norte se alzaba imponente entre los árboles, antiguo y silencioso, como si observara el paso del tiempo sin pertenecer a él. Oz avanzaba sin detenerse, a su lado, Onix lo seguía en silencio, atenta a cada detalle. No comprendía del todo lo que ocurría, pero podía sentirlo con claridad: el ser que caminaba frente a ella ya no era simplemente un hombre, era algo más, algo que incluso el mundo parecía rechazar pero aun así, para esta niña, aquel ser era el único en el que ella podía confiar. Los guardianes Elunai descendieron los escalones del templo y bloquearon el camino. Sus armaduras reflejaban la luz plateada de Yue, pero sus expresiones estaban tensas, marcadas por una mezcla de desconfianza y temor. Oz no redujo el paso hasta estar frente a ellos, los guardianes percibían lo mismo: el rastro de poder que venía con él. Una energía que no pertenecía a ese lugar, era poder corrupto, algo que no debía existir. Para ellos, no había duda, Oz era el origen de ese caos y entonces lo llamaron "Señor del Caos", un título no fue rechazado ni negado. Por primera vez, Oz no solo permitió que lo definieran de esa forma… sino que lo llevó más allá. Si aquello era lo que veían en él, entonces no tenía sentido ocultarlo, n cuando el mundo ya había decidido lo que era. Su presencia se volvió más pesada, más opresiva, como si el aire mismo comenzara a ceder ante su voluntad. Los guardianes intentaron detenerlo pero no fue suficiente, un solo movimiento bastó para apartarlos. Sus cuerpos fueron lanzados contra las estructuras del templo, cayendo sin conciencia. No hubo combate, solo una diferencia absoluta de poder. Fue entonces cuando ella apareció, Arcyelle Veltharys, la luz lunar la envolvía, dándole una presencia casi irreal, como si perteneciera a otro plano, pero Oz no vio divinidad en ella, por lo que no le importo que el titulo de Santa que los guardianes usaban con ella para exigir respeto al intruso. Oz solo vio a alguien que había tenido el poder de actuar y no lo hizo. La distancia entre ambos desapareció en un instante. Oz se lanzó hacia ella sin contenerse. Arcyelle reaccionó de inmediato, levantó una barrera de luz pero no era una defensa cualquiera, era una creación específica. Ella conocía la verdad, había sido parte del grupo que investigó los cuerpos artificiales. Sabía que el cuerpo actual de Oz estaba basado en los Nómadas, una estructura imperfecta, vulnerable a ciertos tipos de energía. Aquella barrera había sido diseñada para romperlo pero algo había cambiado. Cuando Oz la atravesó, la barrera no lo destruyó, sino que lo reveló. El poder que recorría su cuerpo reaccionó al contacto, se expandió, se desbordó, tomó forma. Lo que antes estaba contenido dejó de estarlo, su cuerpo mutó y creció aun mas. Se volvió más denso, más violento en su estructura. La piel verde se oscureció, endurecida como si ya no fuera completamente orgánica. Sus músculos se tensaron con una fuerza que parecía romper los límites de su forma anterior. Sus colmillos se alargaron, sus rasgos se deformaron hacia algo más primitivo y más cercano a una bestia que a un hombre. No era una transformación elegante, sino que era una verdad expuesta. Onix retrocedió, incapaz de ocultar el miedo, Arcyelle, por su parte, comprendió de inmediato lo que estaba ocurriendo. No lo había herido, había liberado algo y eso era peor. Oz avanzó un paso más y con él, el peso de su existencia pareció aplastar el entorno. Pero más allá de la ira… había algo más, "Dolor". Arcyelle lo entendió y supo que no podía detenerlo. Así que eligió la única opción que le quedaba, la verdad. La revelación cayó como un balde agua fria. Su hija estaba viva. El cambio fue inmediato, el poder dejó de crecer, la presión desapareció, el caos… se detuvo. Oz no se movió pero todo en él cambió, por primera vez desde que había llegado, no era destrucción lo que lo sostenía. Era algo más frágil, era esperanza. Arcyelle continuó, ya no confiaba en los dioses. Había visto señales y escuchado rumores. Los experimentos con los niños Nómadas ya no eran simples teorías, ya que aquella niña que acompañaba a Oz era la prueba de sus mas grandes temores. Anteriormente, aunque sus sospechas no se habían confirmado, Arcyelle uso la escusa que la pequeña Yen’naferiel no soportaría el viaje hasta el templo principal de los Dioses, esto porque había sido herida durante su secuestro, por lo que la Santa de los Elunia ordeno que la llevaran a otro templo mientras se recuperaba, de esa forma había ganado algo de tiempo mientras investigaba el templo del Oeste. Le llegada de Oz cambio los planes de Arcyelle, si bien había confirmado sus sospechas, también había perdido la oportunidad de escapar con la niña, pero aun tenia la esperanza de recuperar a Yen’naferiel, ya que tampoco podía dejarla con su padre. Oz escuchó todo en silencio mientras Arcyelle le decía la ubicación de su hija. Antes de irse le dejo algo muy claro, si Yen’naferiel no estaba en aquel lugar con vida, no habría lugar en el mundo donde ocultarse. Oz salio del templo acompañado de Onix, habia dejado vivir un poco mas a Arcyelle, no por compasión ni por perdón, sino porque había algo más importante que la venganza en ese momento, Arcyelle permaneció inmóvil, consciente de que había sobrevivido a algo que no debía tener forma. Mientras tanto, el mundo comenzaba a susurrar un nuevo nombre, un nombre nacido del miedo: "Mao" , y con el tiempo… uno que ni siquiera los dioses podrían ignorar... Ozma.
    Me gusta
    3
    1 comentario 0 compartidos
  • Nunca supimos con seguridad quiénes eran los sagrados, ni siquiera nos dimos cuenta de que vivían entre nosotros. No fue hasta que se mostraron ante los ojos como algo extraordinario. Fue a partir de entonces que comenzamos a venerarlos, aunque volvían a esconderse entre los mortales. No los distinguíamos entre nosotros, pero ya sabíamos que existían como dioses encarnados.

    Era nueve sagrados, y a cada uno se le veneró por cada uno de los conceptos que representaban en su forma terrenal: La Guardiana del Umbral era la patrona del cambio, de la transición y de los secretos; El Forjador de Cadenas era nuestro patrón de las leyes, de los juramentos y del orden; la Cantora de las Raíces no tardó en ser venerada como patrona de la familia, la comunidad y la naturaleza; el impredecible Bailarín del Abismo se convirtió en el patrón de la inspiración, la pasión y la rebeldía, siendo el favorito de los artistas y los revolucionarios; la Tejedora de Soles fue adorada como patrona del honor, el sacrificio y el vigor, siendo la preferida de los guerreros; el Cazador de Ecos fue venerado como patrón de la verdad, la memoria y la ciencia; la Sonriente sin Rostro fue quizás la más inquietante, a día de hoy es venerada como patrona del vacío, el olvido y la paz, y sus fieles son afligidos que buscan dejar atrás el dolor; el Navegante de las Brumas representa la tirada de los dados, el azar y la apuesta que se juega todo, patrón de los jugadores, los marinos y los aventureros; y por último el Alquimista Retorcido, patrón de los alquimistas, señor del renacimiento, la degradacion y la transformación.

    Su influencia, sus órdenes, moldearon el mundo, lo cambiaron dramáticamente, durante siglos hemos visto nacer y caer naciones. Hoy cinco de ellas son las que siguen en pie, pero la veneración de los nueve sagrados aún prevalece, y se dice que aún ahora siguen caminando entre los mortales.

    A día de hoy hemos visto un siglo entero de guerras y un siglo de relativa paz. Las canciones de los bardos ya no se escuchan junto al rasgueo de las cuerdas de un laúd. El crepitar del fuego se ha reemplazado por el chasquido de las teclas en un teclado, los códices se almacenan cada vez menos en grandes tomos y más en ordenadores.

    La magia antigua y la tecnología ahora caminan a la par, pero los sagrados aún caminan, las viejas razas coexisten como pueden en éste mundo y las viejas tradiciones se rehúsan a morir en éste mundo indistinguible. Grandes cambios se ven en el horizonte. Ya es un milagro que la paz durase un siglo, pero la generosidad del destino no es eterna…
    Nunca supimos con seguridad quiénes eran los sagrados, ni siquiera nos dimos cuenta de que vivían entre nosotros. No fue hasta que se mostraron ante los ojos como algo extraordinario. Fue a partir de entonces que comenzamos a venerarlos, aunque volvían a esconderse entre los mortales. No los distinguíamos entre nosotros, pero ya sabíamos que existían como dioses encarnados. Era nueve sagrados, y a cada uno se le veneró por cada uno de los conceptos que representaban en su forma terrenal: La Guardiana del Umbral era la patrona del cambio, de la transición y de los secretos; El Forjador de Cadenas era nuestro patrón de las leyes, de los juramentos y del orden; la Cantora de las Raíces no tardó en ser venerada como patrona de la familia, la comunidad y la naturaleza; el impredecible Bailarín del Abismo se convirtió en el patrón de la inspiración, la pasión y la rebeldía, siendo el favorito de los artistas y los revolucionarios; la Tejedora de Soles fue adorada como patrona del honor, el sacrificio y el vigor, siendo la preferida de los guerreros; el Cazador de Ecos fue venerado como patrón de la verdad, la memoria y la ciencia; la Sonriente sin Rostro fue quizás la más inquietante, a día de hoy es venerada como patrona del vacío, el olvido y la paz, y sus fieles son afligidos que buscan dejar atrás el dolor; el Navegante de las Brumas representa la tirada de los dados, el azar y la apuesta que se juega todo, patrón de los jugadores, los marinos y los aventureros; y por último el Alquimista Retorcido, patrón de los alquimistas, señor del renacimiento, la degradacion y la transformación. Su influencia, sus órdenes, moldearon el mundo, lo cambiaron dramáticamente, durante siglos hemos visto nacer y caer naciones. Hoy cinco de ellas son las que siguen en pie, pero la veneración de los nueve sagrados aún prevalece, y se dice que aún ahora siguen caminando entre los mortales. A día de hoy hemos visto un siglo entero de guerras y un siglo de relativa paz. Las canciones de los bardos ya no se escuchan junto al rasgueo de las cuerdas de un laúd. El crepitar del fuego se ha reemplazado por el chasquido de las teclas en un teclado, los códices se almacenan cada vez menos en grandes tomos y más en ordenadores. La magia antigua y la tecnología ahora caminan a la par, pero los sagrados aún caminan, las viejas razas coexisten como pueden en éste mundo y las viejas tradiciones se rehúsan a morir en éste mundo indistinguible. Grandes cambios se ven en el horizonte. Ya es un milagro que la paz durase un siglo, pero la generosidad del destino no es eterna…
    Me gusta
    Me encocora
    7
    0 turnos 0 maullidos
  • Espejito, espejito, dime ahora... ¿Cuál será el próximo destino en este turbulento viaje?

    Hola a todos, soy... La madrina sin nombre, no no, el hada madrina es alguien más. Ella es más de ayudar a "los buenos" yo por otro lado, soy aquella que se encarga de quien lo necesite, claro, a mí modo. No me juzguen, no me gusta nada hacerles las cosas más fáciles, me gusta complicar la trama, crear drama y ser más de lecciones.

    Probablemente se preguntan ¿Porque rayos una loca me está hablando? Simple, estoy buscando el talento de todos aquellos que quiera una historia no tan convencional, quiero que haya drama y que todo lo perfecto y ordenado pase a ser tan caótico como sea posible.
    Aqui no hay límites, el arriba es abajo y el abajo es arriba, aquí y ahí, no en un orden, en una aventura, una mezcla de todo un poco pero no con los cuentos convencionales, realidades alteradas, dioses, nuevas eras, historias medievales, hadas, magia ¡y muchas maravillas!

    Perdón, perdón, se me subió. Espero que pronto, villanos, príncipes, princesas, reyes y monstruos me den la maravillosa historia que busco y con suerte, todos sus mundos puedan volver a la normalidad.

    Adiosito, mis queridos niños.
    Espejito, espejito, dime ahora... ¿Cuál será el próximo destino en este turbulento viaje? Hola a todos, soy... La madrina sin nombre, no no, el hada madrina es alguien más. Ella es más de ayudar a "los buenos" yo por otro lado, soy aquella que se encarga de quien lo necesite, claro, a mí modo. No me juzguen, no me gusta nada hacerles las cosas más fáciles, me gusta complicar la trama, crear drama y ser más de lecciones. Probablemente se preguntan ¿Porque rayos una loca me está hablando? Simple, estoy buscando el talento de todos aquellos que quiera una historia no tan convencional, quiero que haya drama y que todo lo perfecto y ordenado pase a ser tan caótico como sea posible. Aqui no hay límites, el arriba es abajo y el abajo es arriba, aquí y ahí, no en un orden, en una aventura, una mezcla de todo un poco pero no con los cuentos convencionales, realidades alteradas, dioses, nuevas eras, historias medievales, hadas, magia ¡y muchas maravillas! Perdón, perdón, se me subió. Espero que pronto, villanos, príncipes, princesas, reyes y monstruos me den la maravillosa historia que busco y con suerte, todos sus mundos puedan volver a la normalidad. Adiosito, mis queridos niños.
    Me gusta
    Me encocora
    2
    0 turnos 3 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados