Era innegable que Carmina habitaba una contradicción silenciosa. A veces, su corazón se desviaba hacia la vida de sus amigas: alianzas brillando en los dedos, promesas de futuro, títulos por concluir y esa idea de éxito cuidadosamente adornada para existir en pantallas ajenas.
Otras veces —las más sinceras—, se aferraba a la calma de lo que ya tenía. Al murmullo cotidiano del negocio familiar, a la rutina compartida con su abuela, la mujer que la había criado y que, sin saberlo, se había convertido en su centro. ¿Cómo abandonarla? La sola idea resultaba inconcebible.
Por eso, una tarde cualquiera de viernes, después del trabajo, con el té humeante entre las manos, algo sencillo para comer y la silenciosa compañía de los gatos del barrio que iban y venían como viejos conocidos, era un pequeño refugio. Un instante tan pleno que no cambiaría por nada.
Era innegable que Carmina habitaba una contradicción silenciosa. A veces, su corazón se desviaba hacia la vida de sus amigas: alianzas brillando en los dedos, promesas de futuro, títulos por concluir y esa idea de éxito cuidadosamente adornada para existir en pantallas ajenas.
Otras veces —las más sinceras—, se aferraba a la calma de lo que ya tenía. Al murmullo cotidiano del negocio familiar, a la rutina compartida con su abuela, la mujer que la había criado y que, sin saberlo, se había convertido en su centro. ¿Cómo abandonarla? La sola idea resultaba inconcebible.
Por eso, una tarde cualquiera de viernes, después del trabajo, con el té humeante entre las manos, algo sencillo para comer y la silenciosa compañía de los gatos del barrio que iban y venían como viejos conocidos, era un pequeño refugio. Un instante tan pleno que no cambiaría por nada.