Es dicho como susurros detrás de un abanico o como carcajadas después de una copa de espíritu, que una dama propia jamás se atrevería a cabalgar por su cuenta. El peligro que conllevaba el pesado vestido, las vaporosas mangas y la exposición solar eran razones suficientes para decantar el uso doméstico a un carruaje combinado con un parasol.
Pero allí, donde el bosque se negaba a arrodillarse a merced de la humanidad y el arrullo de las copas en unísono podían llegar a rugir como la marejada más noble, Viktoria encontraba una bocanada de libertad como nunca hubiera respirado en medio de la ciudad. Sin títulos, sin ojos recelosos ni murmullos meditabundos. Solo ella, el mar albo debajo de cada pisada que atreviera a darse y el lejano sonido de un caballo amarrado ocupando su tiempo en pilar de heno.
Es dicho como susurros detrás de un abanico o como carcajadas después de una copa de espíritu, que una dama propia jamás se atrevería a cabalgar por su cuenta. El peligro que conllevaba el pesado vestido, las vaporosas mangas y la exposición solar eran razones suficientes para decantar el uso doméstico a un carruaje combinado con un parasol.
Pero allí, donde el bosque se negaba a arrodillarse a merced de la humanidad y el arrullo de las copas en unísono podían llegar a rugir como la marejada más noble, Viktoria encontraba una bocanada de libertad como nunca hubiera respirado en medio de la ciudad. Sin títulos, sin ojos recelosos ni murmullos meditabundos. Solo ella, el mar albo debajo de cada pisada que atreviera a darse y el lejano sonido de un caballo amarrado ocupando su tiempo en pilar de heno.