Recuerdos Ardiendo
Fandom Original, sobrenatural
Categoría Acción
con Sephtálon Feu
Escuchó el rumor, siendo aún niña, como se escuchan las cosas que uno no quiere oír pero no puede ignorar.
Que el día en que el bosque Tsukimori ardió hasta las raíces, un dragón surcaba el cielo.
Que su fuego no fue accidental ni inocente.
Que bajo las llamas se alzaron gritos que jamás volverían a escucharse.
Años después, los rumores aletearon de regreso.
Aquel dragón caminaba entre los hombres.
Con rostro humano.
Con nombre nuevo.
Pretendiendo una vida que no le correspondía a un homicida.
Y un día como cualquier otro, el Gremio confirmó lo que las voces murmuraban en las calles.
Una carpeta en su taquilla.
El sello carmesí.
Una fotografía.
Una dirección.
Una lista de crímenes que no necesitaba leer completa para saber que eran suficientes.
La llama del resentimiento se avivó.
Silenciosa. Constante. Azul.
Esa misma noche se dispuso a darle seguimiento.
La dirección no tenía nada de especial: una calle ordinaria, el murmullo indiferente de una ciudad que jamás oyó los árboles arder.
Vestida de civil, Saya se mezcló con la multitud. Paso medido. Ojos atentos.
Localizar. Observar. Estudiar patrones.
Como siempre.
Era una cazadora.
No una niña huérfana.
Pero las emociones enterradas no desaparecen; se sedimentan.
Y cuando el tiempo erosiona lo suficiente, el dique cede con un simple roce.
Lo vio.
El mismo rostro del expediente.
El mundo no se detuvo.
Pero en su interior, algo sí.
No hubo advertencia.
El acero susurró al abandonar la vaina.
La katana respondió a su pulso y se cubrió de aquel fuego fatuo capaz de fundir la roca.
En un solo movimiento, Saya blandió la hoja contra el hombre.
Escuchó el rumor, siendo aún niña, como se escuchan las cosas que uno no quiere oír pero no puede ignorar.
Que el día en que el bosque Tsukimori ardió hasta las raíces, un dragón surcaba el cielo.
Que su fuego no fue accidental ni inocente.
Que bajo las llamas se alzaron gritos que jamás volverían a escucharse.
Años después, los rumores aletearon de regreso.
Aquel dragón caminaba entre los hombres.
Con rostro humano.
Con nombre nuevo.
Pretendiendo una vida que no le correspondía a un homicida.
Y un día como cualquier otro, el Gremio confirmó lo que las voces murmuraban en las calles.
Una carpeta en su taquilla.
El sello carmesí.
Una fotografía.
Una dirección.
Una lista de crímenes que no necesitaba leer completa para saber que eran suficientes.
La llama del resentimiento se avivó.
Silenciosa. Constante. Azul.
Esa misma noche se dispuso a darle seguimiento.
La dirección no tenía nada de especial: una calle ordinaria, el murmullo indiferente de una ciudad que jamás oyó los árboles arder.
Vestida de civil, Saya se mezcló con la multitud. Paso medido. Ojos atentos.
Localizar. Observar. Estudiar patrones.
Como siempre.
Era una cazadora.
No una niña huérfana.
Pero las emociones enterradas no desaparecen; se sedimentan.
Y cuando el tiempo erosiona lo suficiente, el dique cede con un simple roce.
Lo vio.
El mismo rostro del expediente.
El mundo no se detuvo.
Pero en su interior, algo sí.
No hubo advertencia.
El acero susurró al abandonar la vaina.
La katana respondió a su pulso y se cubrió de aquel fuego fatuo capaz de fundir la roca.
En un solo movimiento, Saya blandió la hoja contra el hombre.
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Escuchó el rumor, siendo aún niña, como se escuchan las cosas que uno no quiere oír pero no puede ignorar.
Que el día en que el bosque Tsukimori ardió hasta las raíces, un dragón surcaba el cielo.
Que su fuego no fue accidental ni inocente.
Que bajo las llamas se alzaron gritos que jamás volverían a escucharse.
Años después, los rumores aletearon de regreso.
Aquel dragón caminaba entre los hombres.
Con rostro humano.
Con nombre nuevo.
Pretendiendo una vida que no le correspondía a un homicida.
Y un día como cualquier otro, el Gremio confirmó lo que las voces murmuraban en las calles.
Una carpeta en su taquilla.
El sello carmesí.
Una fotografía.
Una dirección.
Una lista de crímenes que no necesitaba leer completa para saber que eran suficientes.
La llama del resentimiento se avivó.
Silenciosa. Constante. Azul.
Esa misma noche se dispuso a darle seguimiento.
La dirección no tenía nada de especial: una calle ordinaria, el murmullo indiferente de una ciudad que jamás oyó los árboles arder.
Vestida de civil, Saya se mezcló con la multitud. Paso medido. Ojos atentos.
Localizar. Observar. Estudiar patrones.
Como siempre.
Era una cazadora.
No una niña huérfana.
Pero las emociones enterradas no desaparecen; se sedimentan.
Y cuando el tiempo erosiona lo suficiente, el dique cede con un simple roce.
Lo vio.
El mismo rostro del expediente.
El mundo no se detuvo.
Pero en su interior, algo sí.
No hubo advertencia.
El acero susurró al abandonar la vaina.
La katana respondió a su pulso y se cubrió de aquel fuego fatuo capaz de fundir la roca.
En un solo movimiento, Saya blandió la hoja contra el hombre.
Tipo
Individual
Líneas
Cualquier línea
Estado
Disponible