• ──── No está mal, me gusta como se ve. Pero seguro me vería mejor con mi chaleco; lástima que un imbécil lo destruyó en combate. ────
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    𝐓𝐇𝐄 𝐁𝐎𝐒𝐒 𝐎𝐅 𝐓𝐇𝐄 𝐀𝐑𝐄𝐍𝐀
    “ 𝘼𝙧𝙚 𝙮𝙤𝙪 𝙡𝙤𝙣𝙚𝙡𝙮 ? “
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    ㅤ⠀
    ㅤ⠀──── ¡¿Tantos años y aún no lo entiendes, Settrigh?! ──── Gritó el mayor acercándose al bastardo gradualmente, apenas la pobre luz del lugar podía dejar en vista la silueta de su ser.
    ㅤ⠀
    ㅤ⠀──── ¡No te pedí que vinieras! ¡Solo déjame estar solo, maldita sea! ──── Respondió Settrigh, golpeando aún más fuerte el muñeco con el que practicaba.
    ㅤ⠀
    Le molestaban los sermones que venían de el, más aún no podía pensar con claridad al haber perdido aquel combate contra Jack, la ira lo recorría, a pesar de haber perdido, aún quería pelear. Habían apostado algo más allá que simple dinero, lo más importante en aquel mundo de luchadores, el honor.
    ㅤ⠀
    ㅤ⠀──── Settrigh... Para. ──── Musitó Bingween mientras se posaba a su lado, observandolo en silencio con un rostro preocupado. Después de todo, era como su hijo.
    ㅤ⠀
    ㅤ⠀──── Déjame... Por favor. ──── Suplico el bastardo mientras lentamente las lágrimas empezaron a recorrer su rostro, un par que habían trazado camino. Limpiaron la suciedad de su rostro, del polvo que había mordido.
    Sus nudillos ya estaban dañados de tanto golpear el muñeco a carne viva, su cuerpo magullado al punto de que si seguía en pie, sus daños tardarían en sanarse un buen tiempo. Había desgarrado sus músculos, su determinación los arrastró.
    ㅤ⠀
    ──── Sabes que sus palabras no valen nada, solamente buscan herirte, ellos lo han hecho desde que eres un cachorro. Lo sabes muy bien. ──── Comentó, manteniendo su postura erguida para pronto acomodar sus gafas. Se acercó al bastardo, agarrando suavemente el dorso de sus manos para detenerlo y así mismo, ver las heridas a profundidad.
    ㅤ⠀
    ㅤ⠀──── Mamá no lo merece. Solo... Si papá se hubiera quedado, ¿Todo sería normal? ──── Comentó, suspirando suavemente. Siquiera el llanto se percibía, solamente sus lágrimas. El llanto se desgasto a lo largo de su vida.
    ㅤ⠀
    Bingween sabía que nunca Sett aún lidiaba con ese trauma, después de tantos años. Mas aún se esforzaba en tratarlo desde que era un pequeño y simple chico, tratando de sobrevivir. Quizá nunca dejó de ser un cachorro.
    Settrigh apenas lo vio unos segundos... Cerró sus ojos, idiota.
    ㅤ⠀
    ㅤ⠀──── Lo lamento... Maestro. ──── Susurró el bastardo, pronto tomando al mayor en sus brazos para poder atraparlo en un abrazo. Al final, ¿Porque necesitaba a papá? Pensó.
    ㅤ⠀
    Ya tenía un padre a su lado.
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    ㅤ ㅤ ㅤ ㅤ ㅤ⠀ 𝐓𝐇𝐄 𝐁𝐎𝐒𝐒 𝐎𝐅 𝐓𝐇𝐄 𝐀𝐑𝐄𝐍𝐀 “ 𝘼𝙧𝙚 𝙮𝙤𝙪 𝙡𝙤𝙣𝙚𝙡𝙮 ? “ ㅤ⠀ ㅤ⠀ ㅤ⠀ ㅤ⠀──── ¡¿Tantos años y aún no lo entiendes, Settrigh?! ──── Gritó el mayor acercándose al bastardo gradualmente, apenas la pobre luz del lugar podía dejar en vista la silueta de su ser. ㅤ⠀ ㅤ⠀──── ¡No te pedí que vinieras! ¡Solo déjame estar solo, maldita sea! ──── Respondió Settrigh, golpeando aún más fuerte el muñeco con el que practicaba. ㅤ⠀ Le molestaban los sermones que venían de el, más aún no podía pensar con claridad al haber perdido aquel combate contra Jack, la ira lo recorría, a pesar de haber perdido, aún quería pelear. Habían apostado algo más allá que simple dinero, lo más importante en aquel mundo de luchadores, el honor. ㅤ⠀ ㅤ⠀──── Settrigh... Para. ──── Musitó Bingween mientras se posaba a su lado, observandolo en silencio con un rostro preocupado. Después de todo, era como su hijo. ㅤ⠀ ㅤ⠀──── Déjame... Por favor. ──── Suplico el bastardo mientras lentamente las lágrimas empezaron a recorrer su rostro, un par que habían trazado camino. Limpiaron la suciedad de su rostro, del polvo que había mordido. Sus nudillos ya estaban dañados de tanto golpear el muñeco a carne viva, su cuerpo magullado al punto de que si seguía en pie, sus daños tardarían en sanarse un buen tiempo. Había desgarrado sus músculos, su determinación los arrastró. ㅤ⠀ ──── Sabes que sus palabras no valen nada, solamente buscan herirte, ellos lo han hecho desde que eres un cachorro. Lo sabes muy bien. ──── Comentó, manteniendo su postura erguida para pronto acomodar sus gafas. Se acercó al bastardo, agarrando suavemente el dorso de sus manos para detenerlo y así mismo, ver las heridas a profundidad. ㅤ⠀ ㅤ⠀──── Mamá no lo merece. Solo... Si papá se hubiera quedado, ¿Todo sería normal? ──── Comentó, suspirando suavemente. Siquiera el llanto se percibía, solamente sus lágrimas. El llanto se desgasto a lo largo de su vida. ㅤ⠀ Bingween sabía que nunca Sett aún lidiaba con ese trauma, después de tantos años. Mas aún se esforzaba en tratarlo desde que era un pequeño y simple chico, tratando de sobrevivir. Quizá nunca dejó de ser un cachorro. Settrigh apenas lo vio unos segundos... Cerró sus ojos, idiota. ㅤ⠀ ㅤ⠀──── Lo lamento... Maestro. ──── Susurró el bastardo, pronto tomando al mayor en sus brazos para poder atraparlo en un abrazo. Al final, ¿Porque necesitaba a papá? Pensó. ㅤ⠀ Ya tenía un padre a su lado. ㅤ⠀ ㅤ⠀ ㅤ⠀
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  • Jero 💀 𝗚𝗘𝗡𝗘𝗥𝗔𝗟 𝗥𝗔𝗗𝗔𝗛𝗡 ˢᵗᵃʳˢᶜᵒᵘʳᵍᵉ Drizz Whirlpool Drogo Hitosaki 𝑲𝒂𝒊𝒅𝒂 𝒊𝒄𝒉𝒊𝒓𝒚𝒖𝒔𝒂𝒊

    De acuerdo. Atención. Luego de haber investigado ampliamente sobre los lyches y con lo que Drizz nos compartió de él. Este será el plan. Drizz me dice que lo que tuvo fue una pesadilla premonitoria por lo que aún no sabemos cuándo regresará el famoso "Alhoon". Pero lo que si tenemos es una pista. Drizz me dijo que sus seguidores que se hacen llamar los cultistas del "Heraldo sin nombre" podrían seguir ocultos en el plano féerico. Específicamente en un lugar llamado "Brujaluz". Quizás podríamos encontrar allí más pistas o si tenemos suerte quizás impedir por completo su retorno. Ese será nuestro primer paradero. Partimos mañana a primera hora. ¿Como llegar?. Drizz nos teletransportará con su reloj planar.

    Repasemos algunos puntos importantes acerca de "Alhoon":
    -Es inmortal. Tiene capacidades regenerativas y resistencia a daño físico contudente o perforante de armas no mágicas.
    -Es capaz de castear hechizos sin utilizar componente verbal. Por lo que su velocidad de casteo y hechizos en consecución podrían ser una gran amenaza. Incluso si no son su repertorio más poderoso.
    -Especialista en la variante de magia negra de la locura y maldiciones variadas. Las manifestaciones de estas maldiciones pueden ser sumamente impredecibles o tener un "efecto retardado".
    -Utiliza el miedo y los desvaríos ocultos en los rincones más íntimos de tu mente cuando se ve superado en combate.
    -Como todo lyche para ser destruido no funciona simplemente acabar con su cuerpo. Hay que acabar con su "filacteria" que es su núcleo. No es tan facil saber donde se oculta. Por lo que comento Drizz puede que ni siquiera este en el mismo lugar que su cuerpo terrenal.

    ¿Todo claro?. ¿Alguna pregunta?.
    [Jeroaberration0] [Starscourge09] [specter_gold_magician_349] [fable_ivory_hippo_129] [Dragon_blood_witch] De acuerdo. Atención. Luego de haber investigado ampliamente sobre los lyches y con lo que Drizz nos compartió de él. Este será el plan. Drizz me dice que lo que tuvo fue una pesadilla premonitoria por lo que aún no sabemos cuándo regresará el famoso "Alhoon". Pero lo que si tenemos es una pista. Drizz me dijo que sus seguidores que se hacen llamar los cultistas del "Heraldo sin nombre" podrían seguir ocultos en el plano féerico. Específicamente en un lugar llamado "Brujaluz". Quizás podríamos encontrar allí más pistas o si tenemos suerte quizás impedir por completo su retorno. Ese será nuestro primer paradero. Partimos mañana a primera hora. ¿Como llegar?. Drizz nos teletransportará con su reloj planar. Repasemos algunos puntos importantes acerca de "Alhoon": -Es inmortal. Tiene capacidades regenerativas y resistencia a daño físico contudente o perforante de armas no mágicas. -Es capaz de castear hechizos sin utilizar componente verbal. Por lo que su velocidad de casteo y hechizos en consecución podrían ser una gran amenaza. Incluso si no son su repertorio más poderoso. -Especialista en la variante de magia negra de la locura y maldiciones variadas. Las manifestaciones de estas maldiciones pueden ser sumamente impredecibles o tener un "efecto retardado". -Utiliza el miedo y los desvaríos ocultos en los rincones más íntimos de tu mente cuando se ve superado en combate. -Como todo lyche para ser destruido no funciona simplemente acabar con su cuerpo. Hay que acabar con su "filacteria" que es su núcleo. No es tan facil saber donde se oculta. Por lo que comento Drizz puede que ni siquiera este en el mismo lugar que su cuerpo terrenal. ¿Todo claro?. ¿Alguna pregunta?.
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  • Tu me ves aquí sonriente, bien peinada, con un atuendo nuevo, femenino, ¿quizás te parezco linda? Pero de fondo no sabes lo mucho que he batallado en acostumbrarme a esta ciudad. Pagar las cuentas, ir al trabajo, perder el tiempo en algún café lindo, hacer amistades de "elevador", usar falda con tacones.

    En ocasiones el pasado amenaza con atormentarme. Al principio sucedía cada hora, ahora quizás lo hace cada 6 horas... "Voy mejorando. ¿No?" Aún así de repente al despertar amanezco llorando, con el olor a pólvora, con el olor a lodo, con el olor a la sangre de mis amigos que cayeron en combate. Pero bueno... Intento no hablar de ello...

    A pesar de todo, he de admitir que prefiero la falda y los tacones antes que el pantalón militar y las botas.
    Tu me ves aquí sonriente, bien peinada, con un atuendo nuevo, femenino, ¿quizás te parezco linda? Pero de fondo no sabes lo mucho que he batallado en acostumbrarme a esta ciudad. Pagar las cuentas, ir al trabajo, perder el tiempo en algún café lindo, hacer amistades de "elevador", usar falda con tacones. En ocasiones el pasado amenaza con atormentarme. Al principio sucedía cada hora, ahora quizás lo hace cada 6 horas... "Voy mejorando. ¿No?" Aún así de repente al despertar amanezco llorando, con el olor a pólvora, con el olor a lodo, con el olor a la sangre de mis amigos que cayeron en combate. Pero bueno... Intento no hablar de ello... A pesar de todo, he de admitir que prefiero la falda y los tacones antes que el pantalón militar y las botas.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    ***Edad del Caos***
    - Helior Prime y los Pecados de Padre e Hija.

    Con el paso de los años, la aldea nómada dejó de ser un refugio temporal para Yen y se convirtió en su verdadero hogar. Bajo cielos abiertos y lejos del juicio de otros, creció como una más entre los suyos. Cazaba junto a Onix, aprendía de los mayores y, por primera vez en su vida, no era vista como algo extraño ni como un error.

    Ese entorno de calma tuvo un efecto inesperado en ella, el poder de Yen dejó de hacerla crecer de forma descontrolada. Ya no era una llama salvaje que amenazaba con devorarlo todo, sino un fuego contenido, estable, que crecía al ritmo de su propia vida. Como cualquier otra niña aunque en su interior habitara algo mucho más antiguo.

    Aun así, había algo que nunca cambiaba. Una vez al mes su padre venía pero no lo hacía con su verdadero cuerpo, nunca se arriesgaría a exponerla. En su lugar, pequeños animales aparecían en los límites de la aldea: un cuervo de ojos oscuros, un lobo silencioso, incluso criaturas más pequeñas que pasaban desapercibidas. Nadie sospechaba nada.

    Pero Yen sí lo sabía., podía sentirlo, no era presencia, no era mana, era algo más profundo, un eco, una resonancia que nacía desde lo más hondo de su existencia.

    Del mismo modo en que Oz, en un tiempo olvidado, podía reconocer a aquellos seres nacidos del gran poder sin necesidad de palabras ni nombres, Yen podía reconocerlo a él porque estaban conectados.

    Oz nunca rompió su vínculo con el poder original y Yen comenzaba a formar el suyo, no era algo aprendido, era algo que simplemente ocurría.

    Por eso, cada mes, cuando ese eco aparecía, Yen sonreía sin importar dónde estuviera. Sabía que su padre la estaba observando, sabía que seguía con vida.

    Mientras tanto, el mundo seguía ardiendo, lo que comenzó como una venganza, se convirtió en algo más grande. Razas enteras comenzaron a seguir a Oz; hombres bestia, cansados de ser tratados como inferiores, tribus olvidadas, borradas de la historia por los Elunai.
    Incluso algunos demonios, que reconocían en él algo familiar.

    No lo seguían solo por poder, lo seguían por lo que representaba: Libertad, venganza, caos. Fue entonces cuando los cielos respondieron, uno de los dioses descendió, Helior Prime, no como símbolo de autoridad sino como ejecutor.

    El enfrentamiento sacudió la tierra misma., donde chocaron el mundo se quebró. Fuego contra caos, divinidad contra origen. Durante un breve momento, el destino del mundo quedó suspendido entre ambos y terminó… sin un vencedor.

    Helior Prime se retiró, Oz permaneció en pie pero la verdad fue otra. Oz había sido herido gravemente, aun así, no mostró debilidad, no frente a un dios. Helior, incapaz de asegurar su victoria, decidió retirarse… sin saber que, de haber continuado, aquel combate habría terminado de forma muy distinta.

    Desde ese día, los rumores comenzaron, los seguidores de Helior empezaron a referirse a Oz con un nuevo nombre: "Mao.” De esa forma, cada region, cada tribu lo llamaba de diferentes formas: Señor demonio, Rey del caos, Destructor de templos.

    Los nombres se extendieron, cruzó lenguas, culturas, razas, y con el tiempo el nombre de oz fue cambiado por Oz-Mao

    Hasta que el mundo comenzó a susurrarlo de otra forma, un nombre que ya no era solo un apodo sino una leyenda naciente, Ozma.

    Ese mes… no pudo ir a ver a su hija.

    Las heridas que recibió no eran normales. Aunque su cuerpo podía regenerarse, el daño fue tan profundo que se vio obligado a usar una cantidad excesiva de su poder para regenerarse. Aquello lo dejó en un estado de agotamiento total que no había experimentado en mucho tiempo.

    En la aldea, Yen sintio el silencio, la ausencia del eco. Por primera vez desde que entendía ese vínculo no estaba y aun así no dudó, no lloró.

    Simplemente esperó con la certeza de que su padre volvería, porque él siempre volvía. Quizás como un cuervo, como un lobo pero volvería.

    Mientras tanto, Oz comprendió algo durante su recuperación, algo que cambiaría el curso de todo. Su poder estaba evolucionando, no como resultado del combate sino como respuesta a su propia esencia.

    Oz no buscaba poder por ambición, no deseaba dominar por simple deseo, lo que lo movía era proteger a su hija, proteger lo poco que le quedaba y fue precisamente ese deseo el que deformó su habilidad.

    Cuando su fuerza no era suficiente para cumplir ese propósito su poder tomaba lo que necesitaba, absorbía y acumulaba.

    Hacía suyo aquello que le faltaba, los Elunai, al observar esto en enfrentamientos posteriores, le dieron un nombre: "Codicia".

    Pero estaban equivocados, no era codicia, era protección llevada al extremo. Era un instinto que, al no poder cumplir su función de forma natural comenzó a devorar todo lo necesario para hacerlo.

    Y eso lo volvía mucho más peligroso que cualquier interpretación superficial, por otra parte, Yen también comenzaba a ser observada.

    Los registros que sobrevivieron del laboratorio no se habían perdido, los Elunai sabían lo que era. Sabían lo que podía llegar a ser pero no entendían su esencia.

    Para ellos, su deseo de aprender, de comprender, de descubrir era visto como algo voraz, insaciable. La llamaron "Gula".

    Pero, al igual que con Oz estaban equivocados, Yen no deseaba consumir, deseaba entender, desde pequeña había buscado respuestas.

    ¿Por qué era diferente?

    ¿Quién era su padre realmente?

    ¿Cuál era su lugar en el mundo?

    Ese deseo de conocimiento era su verdadera naturaleza, no devoraba por hambre, buscaba porque necesitaba comprender.

    Así, sin saberlo, padre e hija caminaban por senderos distintos pero reflejando la misma verdad. Los llamados "Pecados" no eran más que interpretaciones erróneas, nombres dados por miedo, etiquetas creadas por quienes no podían comprender algo más grande que ellos.

    Porque lo que habitaba en Oz y lo que comenzaba a despertar en Yen no eran pecados, eran fragmentos de algo mucho más antiguo, más puro, más peligroso.

    El eco del origen mismo de todo.
    ***Edad del Caos*** - Helior Prime y los Pecados de Padre e Hija. Con el paso de los años, la aldea nómada dejó de ser un refugio temporal para Yen y se convirtió en su verdadero hogar. Bajo cielos abiertos y lejos del juicio de otros, creció como una más entre los suyos. Cazaba junto a Onix, aprendía de los mayores y, por primera vez en su vida, no era vista como algo extraño ni como un error. Ese entorno de calma tuvo un efecto inesperado en ella, el poder de Yen dejó de hacerla crecer de forma descontrolada. Ya no era una llama salvaje que amenazaba con devorarlo todo, sino un fuego contenido, estable, que crecía al ritmo de su propia vida. Como cualquier otra niña aunque en su interior habitara algo mucho más antiguo. Aun así, había algo que nunca cambiaba. Una vez al mes su padre venía pero no lo hacía con su verdadero cuerpo, nunca se arriesgaría a exponerla. En su lugar, pequeños animales aparecían en los límites de la aldea: un cuervo de ojos oscuros, un lobo silencioso, incluso criaturas más pequeñas que pasaban desapercibidas. Nadie sospechaba nada. Pero Yen sí lo sabía., podía sentirlo, no era presencia, no era mana, era algo más profundo, un eco, una resonancia que nacía desde lo más hondo de su existencia. Del mismo modo en que Oz, en un tiempo olvidado, podía reconocer a aquellos seres nacidos del gran poder sin necesidad de palabras ni nombres, Yen podía reconocerlo a él porque estaban conectados. Oz nunca rompió su vínculo con el poder original y Yen comenzaba a formar el suyo, no era algo aprendido, era algo que simplemente ocurría. Por eso, cada mes, cuando ese eco aparecía, Yen sonreía sin importar dónde estuviera. Sabía que su padre la estaba observando, sabía que seguía con vida. Mientras tanto, el mundo seguía ardiendo, lo que comenzó como una venganza, se convirtió en algo más grande. Razas enteras comenzaron a seguir a Oz; hombres bestia, cansados de ser tratados como inferiores, tribus olvidadas, borradas de la historia por los Elunai. Incluso algunos demonios, que reconocían en él algo familiar. No lo seguían solo por poder, lo seguían por lo que representaba: Libertad, venganza, caos. Fue entonces cuando los cielos respondieron, uno de los dioses descendió, Helior Prime, no como símbolo de autoridad sino como ejecutor. El enfrentamiento sacudió la tierra misma., donde chocaron el mundo se quebró. Fuego contra caos, divinidad contra origen. Durante un breve momento, el destino del mundo quedó suspendido entre ambos y terminó… sin un vencedor. Helior Prime se retiró, Oz permaneció en pie pero la verdad fue otra. Oz había sido herido gravemente, aun así, no mostró debilidad, no frente a un dios. Helior, incapaz de asegurar su victoria, decidió retirarse… sin saber que, de haber continuado, aquel combate habría terminado de forma muy distinta. Desde ese día, los rumores comenzaron, los seguidores de Helior empezaron a referirse a Oz con un nuevo nombre: "Mao.” De esa forma, cada region, cada tribu lo llamaba de diferentes formas: Señor demonio, Rey del caos, Destructor de templos. Los nombres se extendieron, cruzó lenguas, culturas, razas, y con el tiempo el nombre de oz fue cambiado por Oz-Mao Hasta que el mundo comenzó a susurrarlo de otra forma, un nombre que ya no era solo un apodo sino una leyenda naciente, Ozma. Ese mes… no pudo ir a ver a su hija. Las heridas que recibió no eran normales. Aunque su cuerpo podía regenerarse, el daño fue tan profundo que se vio obligado a usar una cantidad excesiva de su poder para regenerarse. Aquello lo dejó en un estado de agotamiento total que no había experimentado en mucho tiempo. En la aldea, Yen sintio el silencio, la ausencia del eco. Por primera vez desde que entendía ese vínculo no estaba y aun así no dudó, no lloró. Simplemente esperó con la certeza de que su padre volvería, porque él siempre volvía. Quizás como un cuervo, como un lobo pero volvería. Mientras tanto, Oz comprendió algo durante su recuperación, algo que cambiaría el curso de todo. Su poder estaba evolucionando, no como resultado del combate sino como respuesta a su propia esencia. Oz no buscaba poder por ambición, no deseaba dominar por simple deseo, lo que lo movía era proteger a su hija, proteger lo poco que le quedaba y fue precisamente ese deseo el que deformó su habilidad. Cuando su fuerza no era suficiente para cumplir ese propósito su poder tomaba lo que necesitaba, absorbía y acumulaba. Hacía suyo aquello que le faltaba, los Elunai, al observar esto en enfrentamientos posteriores, le dieron un nombre: "Codicia". Pero estaban equivocados, no era codicia, era protección llevada al extremo. Era un instinto que, al no poder cumplir su función de forma natural comenzó a devorar todo lo necesario para hacerlo. Y eso lo volvía mucho más peligroso que cualquier interpretación superficial, por otra parte, Yen también comenzaba a ser observada. Los registros que sobrevivieron del laboratorio no se habían perdido, los Elunai sabían lo que era. Sabían lo que podía llegar a ser pero no entendían su esencia. Para ellos, su deseo de aprender, de comprender, de descubrir era visto como algo voraz, insaciable. La llamaron "Gula". Pero, al igual que con Oz estaban equivocados, Yen no deseaba consumir, deseaba entender, desde pequeña había buscado respuestas. ¿Por qué era diferente? ¿Quién era su padre realmente? ¿Cuál era su lugar en el mundo? Ese deseo de conocimiento era su verdadera naturaleza, no devoraba por hambre, buscaba porque necesitaba comprender. Así, sin saberlo, padre e hija caminaban por senderos distintos pero reflejando la misma verdad. Los llamados "Pecados" no eran más que interpretaciones erróneas, nombres dados por miedo, etiquetas creadas por quienes no podían comprender algo más grande que ellos. Porque lo que habitaba en Oz y lo que comenzaba a despertar en Yen no eran pecados, eran fragmentos de algo mucho más antiguo, más puro, más peligroso. El eco del origen mismo de todo.
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  • Buenos días, estas son las ventajas de ser una gran guerrera en combate y hacerle uno que otro trabajo a algún reino.
    Buenos días, estas son las ventajas de ser una gran guerrera en combate y hacerle uno que otro trabajo a algún reino.
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  • ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞.

    El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel.
    La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta.
    A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼.
    Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar.
    Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión.

    ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite.
    A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha.

    Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería.
    Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia.

    Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂.

    ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜
    Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible.

    ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜
    El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
    ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞. El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel. La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta. A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼. Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar. Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión. ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite. A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha. Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería. Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia. Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂. ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜ Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible. ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜ El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    ' Haaa si que soy distraída olvide agregar mis habilidades de combate a la ficha, pero como dice él, otro día lo haré
    ' Haaa si que soy distraída olvide agregar mis habilidades de combate a la ficha, pero como dice él, otro día lo haré 🤣
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  • -La cabeza aun goteaba cuando Vharkhul Braknak la dejo caer entre el monton de craneos que adornaban su campamento. El Ogro solto una carcajada grave que resono entre las rocas, Sus enormes hombros estaban cubiertos de cicatrices viejas, trofeos de siglos de guerra, pero ninguna de ellas habia logrado detenerlo jamas. Para Vharkhul, cada batalla era importante, todos sus guerreros fueron un alimento poderoso para su cuerpo, cada uno enseñandole nuevas tecnicas, nuevos trucos, que tomar para si mismo-

    -Se sento sobre una piedra enegrecida por el fuego, apoyando su enorme hacha contra el suelo. Sus ojos pequeños y brillantes recorrieron el lugar, con una mirada de divercion salvaje. Siempre habia otro enemigo.. otro campeon convencido de que podria derribarlo, dejo por unos instantes que su rostro mostraba sus sentimientos, una sonrisa torcida aparecio entre sus colmillos-

    -Porque la guerra no era lo unico que hacia arder su sangre. En este mundo tambien existian placeres distintos a la sangre y el acero.. y Vharkhul disfrutaba perseguirlos con la misma instensidad brutal que un combate a muerte-

    "No te ocultes.. huelo tu miedo.. sabandija."
    -La cabeza aun goteaba cuando Vharkhul Braknak la dejo caer entre el monton de craneos que adornaban su campamento. El Ogro solto una carcajada grave que resono entre las rocas, Sus enormes hombros estaban cubiertos de cicatrices viejas, trofeos de siglos de guerra, pero ninguna de ellas habia logrado detenerlo jamas. Para Vharkhul, cada batalla era importante, todos sus guerreros fueron un alimento poderoso para su cuerpo, cada uno enseñandole nuevas tecnicas, nuevos trucos, que tomar para si mismo- -Se sento sobre una piedra enegrecida por el fuego, apoyando su enorme hacha contra el suelo. Sus ojos pequeños y brillantes recorrieron el lugar, con una mirada de divercion salvaje. Siempre habia otro enemigo.. otro campeon convencido de que podria derribarlo, dejo por unos instantes que su rostro mostraba sus sentimientos, una sonrisa torcida aparecio entre sus colmillos- -Porque la guerra no era lo unico que hacia arder su sangre. En este mundo tambien existian placeres distintos a la sangre y el acero.. y Vharkhul disfrutaba perseguirlos con la misma instensidad brutal que un combate a muerte- "No te ocultes.. huelo tu miedo.. sabandija."
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  • Algo beneficioso dejo los traumas desbloqueados del refractario, de su pasado hacia el sistema Tau o su vida como colono de una de las Lunas de Júpiter.

    Golpes Tauron, La espada pérdida en el vacío, Vexoric, un corte feroz, largo y definitivo, la gran reliquia de la escuela de enfoque Naramon, tennos especialistas en el combate cuerpo a cuerpo.

    Una hoja de energía pura proveniente del vacío , no existe material en la realidad que no sea cortada por el golpe resultante, aun hay más reliquias por desenterrar del vacío y los conocimientos sepultados de la única vez que conscientes y tennos compartieron una alianza.
    Algo beneficioso dejo los traumas desbloqueados del refractario, de su pasado hacia el sistema Tau o su vida como colono de una de las Lunas de Júpiter. Golpes Tauron, La espada pérdida en el vacío, Vexoric, un corte feroz, largo y definitivo, la gran reliquia de la escuela de enfoque Naramon, tennos especialistas en el combate cuerpo a cuerpo. Una hoja de energía pura proveniente del vacío , no existe material en la realidad que no sea cortada por el golpe resultante, aun hay más reliquias por desenterrar del vacío y los conocimientos sepultados de la única vez que conscientes y tennos compartieron una alianza.
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