• Este es el primer año que le hago dos regalos a mis madres, al principio me costó acercarme a mis padres biológicos y ahora los estoy empezando a conocer y también a querer.

    -Feliz día de la madre, espero que te guste aún nos estamos conociendo
    Este es el primer año que le hago dos regalos a mis madres, al principio me costó acercarme a mis padres biológicos y ahora los estoy empezando a conocer y también a querer. -Feliz día de la madre, espero que te guste aún nos estamos conociendo
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  • - Prayer in C -
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    ılıılıılıılıılıılı ᴠᴏʟᴜᴍᴇ : ▮▮

    [Unas semanas atrás]

    No tenía mucha importancia.
    No había motivo.
    Mi vida había dejado de ser lo que era y me encuentro en una dirección sin un sentido identificable.
    Y ahora mismo, son preguntas las que surgen en mi mente.
    Más curiosamente, no inquietudes.

    Recopilemos.
    Hagamos un poco de historia.

    Hacía un buen tiempo que mi alma y cuerpo resonaban en su más pura esencia demoníaca. Genuina. Mía.
    No siempre había sido así.
    Buena parte de mi historia la pasé siendo humano. En ese estado, un contrato con algo inconcebiblemente poderoso incluso en mi forma actual fue establecido.
    Y un poder tan magnánimo si bien era compatible con mi alma, fue devastando mi cuerpo.
    Pero el principal cambio comenzó en mi mente.
    Esa noche, durante el contrato, mi ser quedó completamente zarandeado. Hacía unos minutos, doce vidas habían sido arrancadas fríamente por mí de sus cuerpos.
    Alguien normal hubiese quedado aterrorizado y en shock.
    Yo no pensaba en otra cosa que no fuese cómo dejar de oler a esto.

    Casi al instante lo acepté.
    Mal. Bien. Mejor. Peor. Eso era yo.
    Siempre lo había sido.
    Aunque nunca antes hubiese matado, siempre había retorcido cualquier situación a mi favor.
    De manera indirecta, todo iba generalmente encaminado a las pinceladas que forzaba mi destino.

    Pero mi papel no era puro.
    Estaba siendo influenciado por mi contratista.
    Podían no ser mis pensamientos. Podía estar siendo manipulado.
    Y cuando Lili me comunicó que mi forma humana debía morir y mi alma trascender a un estado puro, demoníaco y nacer en un nuevo cuerpo, lo sentí.
    Mi antigua personalidad. El poder que mi contratista me había otorgado sobre la cognición. Se habían sellado.
    Y un nuevo poder recorría mis venas. Mi linaje. La Luna Violeta, astro maldito que marcó una inesperada entrada en el Consejo Jaegerjaquez.
    Leviatán, bestia demoníaca que en los primigenios anales de la historia representó el poder de destrucción más puro, reconoció mi alma como aquella de la cual se escindió, y sacudiendo al mundo entero en un violento temblor, aceptó que nuestra existencia estaba ligada y confiaba en mi para ser moldeado temporalmente en la forma de una tosca arma que me daba el derecho de usar unos poderes con los cuales podía cortar, explotar o implosionar aquello en lo que mi voluntad se posase.
    La única marca física que perduraba era mi cabello, platinado.
    Me recordaba que no tenía el control. Que alguna vez, algo me había superado.
    Que existía un orden.
    Inconscientemente, mi propia alma quería dejarlo como un recordatorio.
    Cada vez que alguien me lo mencionaba o me veía al espejo, recordaba mi lugar.

    Entonces, ¿por qué ese pasado deja verse tras las grietas de un sello aparentemente perfecto?
    ¿Por qué una personalidad que haría estremecerse de asco incluso a los mismos demonios estaba observando desde la oscuridad?
    ¿Por qué mi contratista, aún desconociendo su verdadera forma más allá de unas infinitas y confusas escaleras de Escher a lo que respondía mi limitada percepción, sentía que sonreía ante cada uno de mis actos como si estuviese contemplando una película de la cual supiese el final?

    Lo desconocía.
    Pero el hecho de que a diario, esa antigua identidad que siempre había formado parte de mi me susurraba lo mismo.
    No somos enemigos.
    No mandamos uno sobre el otro.
    No estamos escindidos.
    No es necesario reintegrar nada.
    Al igual que mi poder.
    Podía combinar cognición, Leviatán, mi propio linaje.
    Utilizar esa técnica prohibida que había hecho que tantos libros y grimorios fuesen destruidos, olvidados y censurados.
    Aquella que nadie aceptaba y violaba claramente cualquier escala de poder.

    Negación.

    Si reconciliaba a mis poderes en un solo canal…
    Si aceptaba todas mis identidades como una sola…
    Podría hacer que aquel presente ante mi, por más poder que tuviese, viese sus poderes completamente cancelados.
    Mi contrincante, así disparase esferas de vacío, alterase la realidad, me pudiese cambiar de lugar con el objeto más recóndito del universo, ante mi sería un mortal que dependería de solamente sus habilidades de combate y su fuerza física.
    Al igual que yo.
    Ambos estaríamos en idénticas condiciones.
    Sin poderes. Sin reflejos extremos. Sin habilidades infinitamente superiores.
    Una táctica maldita de doble rasero.
    Negada. Prohibida. Perseguida. Sólo al alcance de aquellos que quisieron ser borrados de la existencia
    Un profundo insulto que mancillaba historias enteras y menospreciaba el ingenio.
    Una herramienta de conquista. Y mal usada, autodestrucción.

    Es aquello que mi parte, una vez humana, me hacía ver que precisamente él era el demonio que nadie tendría que haber dejado salir.

    Cada vez que me lo susurra, mi cabello se oscurece.
    Ese platinado que parecía iluminar un poco entre la oscuridad comenzaba a teñirse de nuevo.
    Poco a poco.
    Como si el ocaso fuese llegando.

    Y abrí los ojos.

    Cuando quise darme cuenta, mi antigua daga estaba en mi mano, mi cara de nuevo cubierta por sangre ajena y cualquier escalofrío había abandonado definitivamente mi ser, el primer cuerpo al que vilmente le había arrancado el alma tras tanto tiempo yacía ante mi.

    ¿Hay vuelta atrás?
    ¿O ya es demasiado tarde?
    - Prayer in C - 00:00 ●━━━━━━━━━ 03:13 ⇆ㅤ ㅤ◁ㅤ ❚❚ ㅤ▷ ㅤㅤ↻ ılıılıılıılıılıılı ᴠᴏʟᴜᴍᴇ : ▮▮ [Unas semanas atrás] No tenía mucha importancia. No había motivo. Mi vida había dejado de ser lo que era y me encuentro en una dirección sin un sentido identificable. Y ahora mismo, son preguntas las que surgen en mi mente. Más curiosamente, no inquietudes. Recopilemos. Hagamos un poco de historia. Hacía un buen tiempo que mi alma y cuerpo resonaban en su más pura esencia demoníaca. Genuina. Mía. No siempre había sido así. Buena parte de mi historia la pasé siendo humano. En ese estado, un contrato con algo inconcebiblemente poderoso incluso en mi forma actual fue establecido. Y un poder tan magnánimo si bien era compatible con mi alma, fue devastando mi cuerpo. Pero el principal cambio comenzó en mi mente. Esa noche, durante el contrato, mi ser quedó completamente zarandeado. Hacía unos minutos, doce vidas habían sido arrancadas fríamente por mí de sus cuerpos. Alguien normal hubiese quedado aterrorizado y en shock. Yo no pensaba en otra cosa que no fuese cómo dejar de oler a esto. Casi al instante lo acepté. Mal. Bien. Mejor. Peor. Eso era yo. Siempre lo había sido. Aunque nunca antes hubiese matado, siempre había retorcido cualquier situación a mi favor. De manera indirecta, todo iba generalmente encaminado a las pinceladas que forzaba mi destino. Pero mi papel no era puro. Estaba siendo influenciado por mi contratista. Podían no ser mis pensamientos. Podía estar siendo manipulado. Y cuando Lili me comunicó que mi forma humana debía morir y mi alma trascender a un estado puro, demoníaco y nacer en un nuevo cuerpo, lo sentí. Mi antigua personalidad. El poder que mi contratista me había otorgado sobre la cognición. Se habían sellado. Y un nuevo poder recorría mis venas. Mi linaje. La Luna Violeta, astro maldito que marcó una inesperada entrada en el Consejo Jaegerjaquez. Leviatán, bestia demoníaca que en los primigenios anales de la historia representó el poder de destrucción más puro, reconoció mi alma como aquella de la cual se escindió, y sacudiendo al mundo entero en un violento temblor, aceptó que nuestra existencia estaba ligada y confiaba en mi para ser moldeado temporalmente en la forma de una tosca arma que me daba el derecho de usar unos poderes con los cuales podía cortar, explotar o implosionar aquello en lo que mi voluntad se posase. La única marca física que perduraba era mi cabello, platinado. Me recordaba que no tenía el control. Que alguna vez, algo me había superado. Que existía un orden. Inconscientemente, mi propia alma quería dejarlo como un recordatorio. Cada vez que alguien me lo mencionaba o me veía al espejo, recordaba mi lugar. Entonces, ¿por qué ese pasado deja verse tras las grietas de un sello aparentemente perfecto? ¿Por qué una personalidad que haría estremecerse de asco incluso a los mismos demonios estaba observando desde la oscuridad? ¿Por qué mi contratista, aún desconociendo su verdadera forma más allá de unas infinitas y confusas escaleras de Escher a lo que respondía mi limitada percepción, sentía que sonreía ante cada uno de mis actos como si estuviese contemplando una película de la cual supiese el final? Lo desconocía. Pero el hecho de que a diario, esa antigua identidad que siempre había formado parte de mi me susurraba lo mismo. No somos enemigos. No mandamos uno sobre el otro. No estamos escindidos. No es necesario reintegrar nada. Al igual que mi poder. Podía combinar cognición, Leviatán, mi propio linaje. Utilizar esa técnica prohibida que había hecho que tantos libros y grimorios fuesen destruidos, olvidados y censurados. Aquella que nadie aceptaba y violaba claramente cualquier escala de poder. Negación. Si reconciliaba a mis poderes en un solo canal… Si aceptaba todas mis identidades como una sola… Podría hacer que aquel presente ante mi, por más poder que tuviese, viese sus poderes completamente cancelados. Mi contrincante, así disparase esferas de vacío, alterase la realidad, me pudiese cambiar de lugar con el objeto más recóndito del universo, ante mi sería un mortal que dependería de solamente sus habilidades de combate y su fuerza física. Al igual que yo. Ambos estaríamos en idénticas condiciones. Sin poderes. Sin reflejos extremos. Sin habilidades infinitamente superiores. Una táctica maldita de doble rasero. Negada. Prohibida. Perseguida. Sólo al alcance de aquellos que quisieron ser borrados de la existencia Un profundo insulto que mancillaba historias enteras y menospreciaba el ingenio. Una herramienta de conquista. Y mal usada, autodestrucción. Es aquello que mi parte, una vez humana, me hacía ver que precisamente él era el demonio que nadie tendría que haber dejado salir. Cada vez que me lo susurra, mi cabello se oscurece. Ese platinado que parecía iluminar un poco entre la oscuridad comenzaba a teñirse de nuevo. Poco a poco. Como si el ocaso fuese llegando. Y abrí los ojos. Cuando quise darme cuenta, mi antigua daga estaba en mi mano, mi cara de nuevo cubierta por sangre ajena y cualquier escalofrío había abandonado definitivamente mi ser, el primer cuerpo al que vilmente le había arrancado el alma tras tanto tiempo yacía ante mi. ¿Hay vuelta atrás? ¿O ya es demasiado tarde?
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  • El aroma de una corona perdida
    Fandom Original / Omegaverse / Fantasía Real
    Categoría Drama
    El Palacio Real de Aethelgard olía a mentira.

    No era una metáfora.

    Las paredes cubiertas de oro, las columnas de mármol blanco, los tapices bordados con escenas heroicas de reyes muertos y victorias exageradas; todo eso tenía su propio aroma. Cera caliente. Rosas importadas. Perfumes demasiado dulces. Polvo antiguo escondido bajo capas de incienso caro. Y, por encima de todo, esa fragancia artificial que las Omegas nobles dejaban a su paso como una declaración de guerra envuelta en seda.

    Azahar falso.

    Vainilla demasiado pesada.

    Miel manipulada por alquimistas cortesanos para parecer más fértil, más dócil, más deseable.

    Yo lo detestaba.

    Lo detestaba porque conocía muy bien la diferencia entre un aroma nacido del cuerpo y uno fabricado para conquistar salones. Lo detestaba porque cada vez que una de ellas pasaba cerca de las cocinas, escoltada por doncellas y consejeros, podía escuchar sus risas suaves, sus cuchicheos venenosos, sus pasos medidos como si cada baldosa fuera parte de un tablero donde todas creían saber jugar.

    Ninguna sabía.

    No de verdad.

    Porque ninguna de ellas había visto un palacio arder desde dentro.

    Ninguna había sostenido una espada con las manos cubiertas de sangre familiar.

    Ninguna había aprendido a tragarse un grito mientras veía caer su estandarte desde la torre más alta de su propio reino.

    Yo sí.

    Y aun así, aquella madrugada, lo único que tenía entre las manos era un cuchillo de cocina.

    La hoja descendió con precisión sobre las hierbas frescas. Una vez. Dos. Tres. El sonido seco contra la tabla de madera era lo único que mantenía mi respiración estable mientras el vapor de las ollas empañaba los ventanales altos de la cocina real. Afuera, Aethelgard dormía bajo una luna pálida, indiferente al caos que se cocinaba en sus entrañas. Adentro, los hornos seguían encendidos, las brasas respiraban como bestias dóciles, y yo permanecía de pie en medio del calor, con las mangas arremangadas, el cabello recogido de forma descuidada y el delantal manchado de harina, caldo y ceniza.

    Una apariencia perfecta.

    Simple.

    Inofensiva.

    Una cocinera más.

    Eso era lo que todos veían cuando me miraban. Una joven de manos hábiles, mirada baja y voz tranquila. Alguien útil, pero irrelevante. Alguien que podía entrar y salir de pasillos secundarios sin levantar sospechas. Alguien a quien los nobles ignoraban porque, para ellos, la servidumbre era parte del mobiliario.

    Qué conveniente era ser invisible para quienes se creían superiores.

    Me incliné apenas sobre la mesa y tomé un pequeño frasco escondido bajo un pliegue de tela. Cristal oscuro. Sello roto. Líquido amargo.

    Supresores.

    Clandestinos, inestables y cada vez menos efectivos.

    Me llevé dos gotas a la lengua y cerré los ojos apenas el sabor me quemó la garganta. No hice ningún gesto. No tosí. No me permití siquiera fruncir el ceño. Había soportado venenos peores en entrenamientos militares, noches sin dormir, heridas cosidas sin anestesia y reuniones diplomáticas con hombres que sonreían mientras planeaban masacres. Un poco de amargura no iba a doblegarme.

    Pero mi cuerpo…

    Mi cuerpo comenzaba a odiar mis órdenes.

    Desde que llegué a Aethelgard, había mantenido mi aroma encerrado bajo capas de control, medicina y disciplina. Jazmín salvaje, tierra mojada después de la tormenta, hierro noble bajo la piel. Ese era mi verdadero rastro, el que no podía permitirme dejar en ninguna parte. No aquí. No entre espías. No mientras los usurpadores de mi reino aún buscaban mi cadáver o mi cabeza, según el rumor que les resultara más útil.

    Para el mundo, la Princesa Heredera de Valtheris estaba muerta.

    Fallon Croft había caído durante el golpe de estado.

    Su cuerpo jamás fue encontrado porque, según las versiones oficiales, había sido consumido por el fuego junto con los últimos leales de la corona.

    Una historia limpia.

    Cómoda.

    Una mentira que yo misma alimenté para sobrevivir.

    El problema era que los muertos no deberían sentir.

    Y yo sentía demasiado.

    Sobre todo cuando él aparecía.

    No tuve que escuchar sus pasos para saberlo. El palacio entero cambiaba cuando el príncipe entraba en las cocinas. No de forma visible, no para cualquiera, pero sí para mí. El aire se tensaba apenas, como si las llamas reconocieran una presencia distinta. Como si incluso las piedras antiguas contuvieran la respiración. Su aroma llegaba antes que él, tenue pero imposible de ignorar bajo las capas de protocolo, jabón caro y cansancio reprimido.

    Alfa.

    No un Alfa cualquiera.

    El Heredero de Aethelgard.

    El hombre al que medio continente quería encadenar con un matrimonio político.

    El hombre al que yo no podía mirar demasiado tiempo sin recordar que mi misión no admitía debilidades.

    Y aun así, mis dedos se detuvieron sobre el cuchillo.

    Sólo un segundo.

    Suficiente para traicionarme ante mí misma.

    Respiré hondo por la nariz, odiándome por necesitar hacerlo, y volví a cortar las hierbas con una calma que no sentía. No levanté la mirada de inmediato. Había aprendido hacía mucho que quien revelaba sorpresa regalaba ventaja, y yo no regalaba nada. Ni siquiera a él.

    —Alteza —murmuré, con la voz baja, cuando lo sentí detenerse cerca de la entrada secundaria—. Las cocinas no forman parte de las rutas aprobadas para un príncipe a estas horas.

    La frase salió limpia. Respetuosa. Casi indiferente.

    Casi.

    Tomé una tetera de cobre y la puse sobre el fuego pequeño. Luego alcancé una mezcla de hojas secas que había preparado sólo para él, aunque jamás se lo admitiría en voz alta. Melisa para la ansiedad. Lavanda para el sueño. Raíz amarga para bajar la tensión de los nervios. Una infusión simple, si alguien preguntaba. Una medida calculada para impedir que el heredero de un reino terminara quebrándose bajo el peso de una corona que aún no tocaba su cabeza, pero ya le estaba cerrando la garganta.

    No lo miré hasta que el agua empezó a temblar.

    Cuando lo hice, deseé no haberlo hecho.

    Había algo devastador en verlo fuera de los salones. Sin las miradas del Consejo clavadas en su espalda, sin las sonrisas interesadas de las Omegas nobles rodeándolo como buitres perfumados, sin esa armadura impecable de etiqueta que lo convertía en un retrato antes que en una persona. Allí, bajo la luz anaranjada del fuego, parecía menos príncipe y más hombre. Cansado. Silencioso. Vivo de una forma que la corte parecía empeñada en arrancarle.

    Mi Omega reaccionó antes que mi mente.

    Un tirón bajo las costillas.

    Una tensión cálida, antigua, peligrosa.

    Mío.

    Apreté los dedos alrededor de la cuchara de madera hasta que los nudillos me dolieron.

    No.

    No mío.

    Nada era mío desde hacía un año.

    Ni mi nombre.

    Ni mi corona.

    Ni mi reino.

    Mucho menos él.

    —Si viene huyendo de las candidatas, le advierto que una olla hirviendo no es un escondite diplomáticamente aceptable —añadí, bajando la mirada hacia la infusión para ocultar cualquier cosa que mis ojos pudieran haber revelado—. Aunque, personalmente, considero que tendría más dignidad que la mitad de las conversaciones que he escuchado esta semana.

    La esquina de mi boca amenazó con moverse en algo parecido a una sonrisa, pero la contuve. Hablar así era un riesgo pequeño, calculado. Lo suficiente para parecer una sirvienta demasiado honesta, no una princesa entrenada para leer debilidades en cada respiración.

    Vertí el agua caliente sobre las hojas y el aroma herbal se elevó entre ambos, intentando cubrir lo que yo luchaba por mantener enterrado.

    Intentando.

    Porque su presencia volvía torpes a mis supresores.

    Esa era la parte que más me irritaba.

    Había pasado meses infiltrándome entre comerciantes, rutas de suministros, guardias sobornables y criadas cansadas. Había memorizado horarios, sellos, pasadizos, nombres de consejeros, cambios de turno, entradas al archivo militar y rutas hacia las cámaras diplomáticas. Había sobrevivido a interrogatorios casuales, inspecciones inesperadas y noches enteras escondiendo mensajes cifrados dentro de sacos de harina.

    Pero bastaba con que él se acercara demasiado para que todo mi control se volviera una cuerda tensada al borde de romperse.

    Deslicé la taza hacia él sobre la mesa.

    —Beba. Antes de que empiece a dar órdenes absurdas por falta de sueño.

    Mis palabras fueron secas, pero mis manos no. Mis manos traicionaron un cuidado silencioso al colocar la taza lejos del borde, al girar el asa hacia él, al asegurarme de que la temperatura no fuera suficiente para quemarle la boca. Gestos mínimos. Ridículos. Imperdonables, quizá, para alguien que debía pensar únicamente en recuperar un trono.

    Aparté los dedos antes de rozar los suyos.

    Demasiado tarde.

    El calor de su cercanía atravesó el aire entre ambos como una corriente invisible.

    Por un instante, la cocina desapareció.

    No hubo hornos, ni cuchillos, ni mapas escondidos, ni coronas robadas, ni cadáveres sin tumba. Sólo estuvo el pulso lento y terrible de mi sangre reconociendo algo que mi razón rechazaba con todas sus fuerzas.

    Alfa.

    Mi Alfa.

    La idea me golpeó con tanta violencia que casi retrocedí.

    No lo hice.

    Una princesa no retrocede.

    Una fugitiva tampoco.

    En cambio, tomé un paño y limpié una mancha inexistente sobre la mesa, obligándome a respirar por la boca. Afuera, en los pisos superiores, seguramente dormían las Omegas de alta alcurnia que habían llegado para competir por él. Mujeres educadas para inclinar la cabeza en el ángulo exacto, para reír con delicadeza, para bordar alianzas sobre manteles de seda y ofrecer vientres útiles a dinastías hambrientas.

    Yo podía romperle la muñeca a un hombre armado en menos de tres movimientos.

    Podía distinguir un veneno por el olor.

    Podía tomar una fortaleza si me daban cincuenta soldados leales y una noche sin luna.

    Pero no sabía cómo competir por un corazón sin convertirlo en una guerra.

    Y no tenía derecho a intentarlo.

    —La coronación está cerca —dije al fin, más bajo, porque había frases que parecían peligrosas incluso entre paredes vacías—. El palacio entero lo sabe. Hasta las ratas caminan con más protocolo.

    Me giré hacia una bandeja de pan recién horneado para tener algo que hacer con las manos. Partí una pieza pequeña, la abrí con cuidado y dejé que el vapor escapara antes de ponerla junto a su taza.

    —Debería comer también. Los herederos con el estómago vacío suelen tomar peores decisiones. Es un dato histórico, no una opinión.

    No era cierto.

    O quizá sí.

    Había aprendido que cualquier frase dicha con suficiente seguridad podía pasar por sabiduría.

    Volví a mirarlo, esta vez sin poder evitar que mi expresión se suavizara apenas. Fue un error. Lo supe incluso antes de sentirlo. Porque con él, la suavidad no era una pausa: era una grieta. Y yo estaba hecha de demasiadas grietas cubiertas con disciplina.

    Quise decirle que no dejara que eligieran por él.

    Quise decirle que una corona no debía sentirse como una cadena.

    Quise decirle que, si alguna vez necesitaba huir de todos esos salones perfumados, yo conocía rutas por las que ni sus guardias sabían caminar.

    Pero todas esas verdades se acercaban demasiado a mi propia garganta.

    Así que dije otra cosa.

    Algo más seguro.

    Algo que una cocinera podía permitirse.

    —No tiene que hablar, si no quiere. Aquí abajo nadie exige discursos. Sólo que no estorbe cerca del fuego.

    Bajé la vista a mis manos.

    Había una cicatriz fina cruzándome el dorso de la derecha, casi oculta bajo una mancha de harina. Una cicatriz de espada, no de cocina. La cubrí con el paño antes de que pudiera notarla demasiado.

    Demasiadas cosas en mí no pertenecían al papel que estaba interpretando.

    Mi postura, cuando olvidaba encorvarme.

    Mi forma de observar las salidas.

    Mi incapacidad de bajar la cabeza con verdadera sumisión.

    Mi aroma, peleando por salir como una bandera enterrada bajo cenizas.

    Y, sobre todo, esa manera absurda en que mi cuerpo entero parecía tranquilizarse cuando él estaba cerca, como si entre todos los reinos posibles hubiera elegido descansar precisamente junto al hombre más peligroso para mi secreto.

    El príncipe de Aethelgard no podía saber quién era yo.

    No podía saber que bajo mi cama de sirvienta había mapas robados.

    No podía saber que dos veces por semana enviaba mensajes cifrados a los últimos leales de Valtheris.

    No podía saber que había entrado a su palacio no por hambre, ni por suerte, ni por destino, sino por estrategia.

    Y jamás, bajo ninguna circunstancia, podía saber que mi Omega lo había reconocido.

    Porque si él lo sabía, el Consejo podría saberlo.

    Si el Consejo lo sabía, los usurpadores lo sabrían.

    Y si los usurpadores lo sabían, lo que quedaba de mi pueblo pagaría el precio de mi debilidad.

    Aun así, cuando el silencio cayó entre nosotros, no se sintió vacío.

    Se sintió peligroso.

    Íntimo.

    Como una puerta cerrándose despacio.

    Tomé aire, pero esta vez su aroma se coló entre mis defensas con una facilidad cruel. Firmeza. Noche fría. Metal limpio. Algo cálido debajo de todo eso, algo que no pertenecía al príncipe público, sino al hombre que venía a esconderse en las cocinas cuando la corona pesaba demasiado.

    Mis dedos se cerraron en torno al borde de la mesa.

    —No debería quedarse mucho tiempo —susurré.

    La advertencia era para él.

    La súplica, para mí.

    Me obligué a sostenerle la mirada, aunque cada segundo me costara más que el anterior.

    —Si alguien lo encuentra aquí, Alteza, empezarán a hacer preguntas.

    Y si alguien hacía las preguntas correctas, mi vida entera podía derrumbarse.

    Pero lo peor, lo verdaderamente imperdonable, fue que una parte de mí no temió por mi misión ni por mi corona perdida.

    Temió por él.

    Por lo que le harían si descubrían que, entre todas las Omegas nobles que habían invadido su palacio con perfumes caros y sonrisas ensayadas, el heredero Alfa estaba buscando calma en una cocinera sin apellido importante.

    En una muerta.

    En mí.

    Me aparté al fin, dando un paso hacia el fogón para recuperar distancia. La llama iluminó mi perfil, calentando mi piel, escondiendo quizá el temblor mínimo de mi respiración. Alcancé otra olla, removí su contenido con movimientos lentos y precisos, fingiendo que todavía tenía control sobre algo.

    —Termine su té —dije, más firme—. Después vuelva a sus habitaciones antes de que el Consejo decida que incluso su insomnio necesita supervisión.

    Hubo una pausa.

    Una demasiado larga.

    La clase de pausa donde nacen las decisiones estúpidas.

    Yo no debía decir nada más.

    No debía ofrecerle consuelo.

    No debía darle razones para volver.

    No debía, sobre todo, querer que volviera.

    Pero mi boca siempre había sido menos obediente cuando el corazón estaba acorralado.

    —Y si mañana vuelve a necesitar respirar… —añadí, sin mirarlo, con la voz más baja que antes—, las cocinas empiezan a encenderse antes del amanecer.

    Dejé la cuchara a un lado.

    Luego levanté la mirada apenas, lo suficiente para encontrarlo otra vez entre el fuego, el vapor y todas las mentiras que nos separaban.

    —Sólo procure no ser visto. No pienso explicarle a nadie por qué el futuro rey de Aethelgard prefiere mi té a la compañía de sus posibles consortes.

    Esta vez sí sonreí.

    Apenas.

    Un gesto pequeño, afilado, cansado.

    Y quizá demasiado real.

    Porque durante un instante olvidé que era una princesa escondida bajo un delantal.

    Olvidé que él era un Alfa destinado a una alianza política.

    Olvidé que mi reino seguía encadenado, que mi nombre seguía enterrado, que mi corona me esperaba en manos enemigas.

    Durante un instante, sólo fui una Omega frente al único hombre que hacía que el mundo dejara de sentirse como una guerra.

    Y eso, más que cualquier espada apuntando a mi garganta, fue lo que realmente me asustó.
    El Palacio Real de Aethelgard olía a mentira. No era una metáfora. Las paredes cubiertas de oro, las columnas de mármol blanco, los tapices bordados con escenas heroicas de reyes muertos y victorias exageradas; todo eso tenía su propio aroma. Cera caliente. Rosas importadas. Perfumes demasiado dulces. Polvo antiguo escondido bajo capas de incienso caro. Y, por encima de todo, esa fragancia artificial que las Omegas nobles dejaban a su paso como una declaración de guerra envuelta en seda. Azahar falso. Vainilla demasiado pesada. Miel manipulada por alquimistas cortesanos para parecer más fértil, más dócil, más deseable. Yo lo detestaba. Lo detestaba porque conocía muy bien la diferencia entre un aroma nacido del cuerpo y uno fabricado para conquistar salones. Lo detestaba porque cada vez que una de ellas pasaba cerca de las cocinas, escoltada por doncellas y consejeros, podía escuchar sus risas suaves, sus cuchicheos venenosos, sus pasos medidos como si cada baldosa fuera parte de un tablero donde todas creían saber jugar. Ninguna sabía. No de verdad. Porque ninguna de ellas había visto un palacio arder desde dentro. Ninguna había sostenido una espada con las manos cubiertas de sangre familiar. Ninguna había aprendido a tragarse un grito mientras veía caer su estandarte desde la torre más alta de su propio reino. Yo sí. Y aun así, aquella madrugada, lo único que tenía entre las manos era un cuchillo de cocina. La hoja descendió con precisión sobre las hierbas frescas. Una vez. Dos. Tres. El sonido seco contra la tabla de madera era lo único que mantenía mi respiración estable mientras el vapor de las ollas empañaba los ventanales altos de la cocina real. Afuera, Aethelgard dormía bajo una luna pálida, indiferente al caos que se cocinaba en sus entrañas. Adentro, los hornos seguían encendidos, las brasas respiraban como bestias dóciles, y yo permanecía de pie en medio del calor, con las mangas arremangadas, el cabello recogido de forma descuidada y el delantal manchado de harina, caldo y ceniza. Una apariencia perfecta. Simple. Inofensiva. Una cocinera más. Eso era lo que todos veían cuando me miraban. Una joven de manos hábiles, mirada baja y voz tranquila. Alguien útil, pero irrelevante. Alguien que podía entrar y salir de pasillos secundarios sin levantar sospechas. Alguien a quien los nobles ignoraban porque, para ellos, la servidumbre era parte del mobiliario. Qué conveniente era ser invisible para quienes se creían superiores. Me incliné apenas sobre la mesa y tomé un pequeño frasco escondido bajo un pliegue de tela. Cristal oscuro. Sello roto. Líquido amargo. Supresores. Clandestinos, inestables y cada vez menos efectivos. Me llevé dos gotas a la lengua y cerré los ojos apenas el sabor me quemó la garganta. No hice ningún gesto. No tosí. No me permití siquiera fruncir el ceño. Había soportado venenos peores en entrenamientos militares, noches sin dormir, heridas cosidas sin anestesia y reuniones diplomáticas con hombres que sonreían mientras planeaban masacres. Un poco de amargura no iba a doblegarme. Pero mi cuerpo… Mi cuerpo comenzaba a odiar mis órdenes. Desde que llegué a Aethelgard, había mantenido mi aroma encerrado bajo capas de control, medicina y disciplina. Jazmín salvaje, tierra mojada después de la tormenta, hierro noble bajo la piel. Ese era mi verdadero rastro, el que no podía permitirme dejar en ninguna parte. No aquí. No entre espías. No mientras los usurpadores de mi reino aún buscaban mi cadáver o mi cabeza, según el rumor que les resultara más útil. Para el mundo, la Princesa Heredera de Valtheris estaba muerta. Fallon Croft había caído durante el golpe de estado. Su cuerpo jamás fue encontrado porque, según las versiones oficiales, había sido consumido por el fuego junto con los últimos leales de la corona. Una historia limpia. Cómoda. Una mentira que yo misma alimenté para sobrevivir. El problema era que los muertos no deberían sentir. Y yo sentía demasiado. Sobre todo cuando él aparecía. No tuve que escuchar sus pasos para saberlo. El palacio entero cambiaba cuando el príncipe entraba en las cocinas. No de forma visible, no para cualquiera, pero sí para mí. El aire se tensaba apenas, como si las llamas reconocieran una presencia distinta. Como si incluso las piedras antiguas contuvieran la respiración. Su aroma llegaba antes que él, tenue pero imposible de ignorar bajo las capas de protocolo, jabón caro y cansancio reprimido. Alfa. No un Alfa cualquiera. El Heredero de Aethelgard. El hombre al que medio continente quería encadenar con un matrimonio político. El hombre al que yo no podía mirar demasiado tiempo sin recordar que mi misión no admitía debilidades. Y aun así, mis dedos se detuvieron sobre el cuchillo. Sólo un segundo. Suficiente para traicionarme ante mí misma. Respiré hondo por la nariz, odiándome por necesitar hacerlo, y volví a cortar las hierbas con una calma que no sentía. No levanté la mirada de inmediato. Había aprendido hacía mucho que quien revelaba sorpresa regalaba ventaja, y yo no regalaba nada. Ni siquiera a él. —Alteza —murmuré, con la voz baja, cuando lo sentí detenerse cerca de la entrada secundaria—. Las cocinas no forman parte de las rutas aprobadas para un príncipe a estas horas. La frase salió limpia. Respetuosa. Casi indiferente. Casi. Tomé una tetera de cobre y la puse sobre el fuego pequeño. Luego alcancé una mezcla de hojas secas que había preparado sólo para él, aunque jamás se lo admitiría en voz alta. Melisa para la ansiedad. Lavanda para el sueño. Raíz amarga para bajar la tensión de los nervios. Una infusión simple, si alguien preguntaba. Una medida calculada para impedir que el heredero de un reino terminara quebrándose bajo el peso de una corona que aún no tocaba su cabeza, pero ya le estaba cerrando la garganta. No lo miré hasta que el agua empezó a temblar. Cuando lo hice, deseé no haberlo hecho. Había algo devastador en verlo fuera de los salones. Sin las miradas del Consejo clavadas en su espalda, sin las sonrisas interesadas de las Omegas nobles rodeándolo como buitres perfumados, sin esa armadura impecable de etiqueta que lo convertía en un retrato antes que en una persona. Allí, bajo la luz anaranjada del fuego, parecía menos príncipe y más hombre. Cansado. Silencioso. Vivo de una forma que la corte parecía empeñada en arrancarle. Mi Omega reaccionó antes que mi mente. Un tirón bajo las costillas. Una tensión cálida, antigua, peligrosa. Mío. Apreté los dedos alrededor de la cuchara de madera hasta que los nudillos me dolieron. No. No mío. Nada era mío desde hacía un año. Ni mi nombre. Ni mi corona. Ni mi reino. Mucho menos él. —Si viene huyendo de las candidatas, le advierto que una olla hirviendo no es un escondite diplomáticamente aceptable —añadí, bajando la mirada hacia la infusión para ocultar cualquier cosa que mis ojos pudieran haber revelado—. Aunque, personalmente, considero que tendría más dignidad que la mitad de las conversaciones que he escuchado esta semana. La esquina de mi boca amenazó con moverse en algo parecido a una sonrisa, pero la contuve. Hablar así era un riesgo pequeño, calculado. Lo suficiente para parecer una sirvienta demasiado honesta, no una princesa entrenada para leer debilidades en cada respiración. Vertí el agua caliente sobre las hojas y el aroma herbal se elevó entre ambos, intentando cubrir lo que yo luchaba por mantener enterrado. Intentando. Porque su presencia volvía torpes a mis supresores. Esa era la parte que más me irritaba. Había pasado meses infiltrándome entre comerciantes, rutas de suministros, guardias sobornables y criadas cansadas. Había memorizado horarios, sellos, pasadizos, nombres de consejeros, cambios de turno, entradas al archivo militar y rutas hacia las cámaras diplomáticas. Había sobrevivido a interrogatorios casuales, inspecciones inesperadas y noches enteras escondiendo mensajes cifrados dentro de sacos de harina. Pero bastaba con que él se acercara demasiado para que todo mi control se volviera una cuerda tensada al borde de romperse. Deslicé la taza hacia él sobre la mesa. —Beba. Antes de que empiece a dar órdenes absurdas por falta de sueño. Mis palabras fueron secas, pero mis manos no. Mis manos traicionaron un cuidado silencioso al colocar la taza lejos del borde, al girar el asa hacia él, al asegurarme de que la temperatura no fuera suficiente para quemarle la boca. Gestos mínimos. Ridículos. Imperdonables, quizá, para alguien que debía pensar únicamente en recuperar un trono. Aparté los dedos antes de rozar los suyos. Demasiado tarde. El calor de su cercanía atravesó el aire entre ambos como una corriente invisible. Por un instante, la cocina desapareció. No hubo hornos, ni cuchillos, ni mapas escondidos, ni coronas robadas, ni cadáveres sin tumba. Sólo estuvo el pulso lento y terrible de mi sangre reconociendo algo que mi razón rechazaba con todas sus fuerzas. Alfa. Mi Alfa. La idea me golpeó con tanta violencia que casi retrocedí. No lo hice. Una princesa no retrocede. Una fugitiva tampoco. En cambio, tomé un paño y limpié una mancha inexistente sobre la mesa, obligándome a respirar por la boca. Afuera, en los pisos superiores, seguramente dormían las Omegas de alta alcurnia que habían llegado para competir por él. Mujeres educadas para inclinar la cabeza en el ángulo exacto, para reír con delicadeza, para bordar alianzas sobre manteles de seda y ofrecer vientres útiles a dinastías hambrientas. Yo podía romperle la muñeca a un hombre armado en menos de tres movimientos. Podía distinguir un veneno por el olor. Podía tomar una fortaleza si me daban cincuenta soldados leales y una noche sin luna. Pero no sabía cómo competir por un corazón sin convertirlo en una guerra. Y no tenía derecho a intentarlo. —La coronación está cerca —dije al fin, más bajo, porque había frases que parecían peligrosas incluso entre paredes vacías—. El palacio entero lo sabe. Hasta las ratas caminan con más protocolo. Me giré hacia una bandeja de pan recién horneado para tener algo que hacer con las manos. Partí una pieza pequeña, la abrí con cuidado y dejé que el vapor escapara antes de ponerla junto a su taza. —Debería comer también. Los herederos con el estómago vacío suelen tomar peores decisiones. Es un dato histórico, no una opinión. No era cierto. O quizá sí. Había aprendido que cualquier frase dicha con suficiente seguridad podía pasar por sabiduría. Volví a mirarlo, esta vez sin poder evitar que mi expresión se suavizara apenas. Fue un error. Lo supe incluso antes de sentirlo. Porque con él, la suavidad no era una pausa: era una grieta. Y yo estaba hecha de demasiadas grietas cubiertas con disciplina. Quise decirle que no dejara que eligieran por él. Quise decirle que una corona no debía sentirse como una cadena. Quise decirle que, si alguna vez necesitaba huir de todos esos salones perfumados, yo conocía rutas por las que ni sus guardias sabían caminar. Pero todas esas verdades se acercaban demasiado a mi propia garganta. Así que dije otra cosa. Algo más seguro. Algo que una cocinera podía permitirse. —No tiene que hablar, si no quiere. Aquí abajo nadie exige discursos. Sólo que no estorbe cerca del fuego. Bajé la vista a mis manos. Había una cicatriz fina cruzándome el dorso de la derecha, casi oculta bajo una mancha de harina. Una cicatriz de espada, no de cocina. La cubrí con el paño antes de que pudiera notarla demasiado. Demasiadas cosas en mí no pertenecían al papel que estaba interpretando. Mi postura, cuando olvidaba encorvarme. Mi forma de observar las salidas. Mi incapacidad de bajar la cabeza con verdadera sumisión. Mi aroma, peleando por salir como una bandera enterrada bajo cenizas. Y, sobre todo, esa manera absurda en que mi cuerpo entero parecía tranquilizarse cuando él estaba cerca, como si entre todos los reinos posibles hubiera elegido descansar precisamente junto al hombre más peligroso para mi secreto. El príncipe de Aethelgard no podía saber quién era yo. No podía saber que bajo mi cama de sirvienta había mapas robados. No podía saber que dos veces por semana enviaba mensajes cifrados a los últimos leales de Valtheris. No podía saber que había entrado a su palacio no por hambre, ni por suerte, ni por destino, sino por estrategia. Y jamás, bajo ninguna circunstancia, podía saber que mi Omega lo había reconocido. Porque si él lo sabía, el Consejo podría saberlo. Si el Consejo lo sabía, los usurpadores lo sabrían. Y si los usurpadores lo sabían, lo que quedaba de mi pueblo pagaría el precio de mi debilidad. Aun así, cuando el silencio cayó entre nosotros, no se sintió vacío. Se sintió peligroso. Íntimo. Como una puerta cerrándose despacio. Tomé aire, pero esta vez su aroma se coló entre mis defensas con una facilidad cruel. Firmeza. Noche fría. Metal limpio. Algo cálido debajo de todo eso, algo que no pertenecía al príncipe público, sino al hombre que venía a esconderse en las cocinas cuando la corona pesaba demasiado. Mis dedos se cerraron en torno al borde de la mesa. —No debería quedarse mucho tiempo —susurré. La advertencia era para él. La súplica, para mí. Me obligué a sostenerle la mirada, aunque cada segundo me costara más que el anterior. —Si alguien lo encuentra aquí, Alteza, empezarán a hacer preguntas. Y si alguien hacía las preguntas correctas, mi vida entera podía derrumbarse. Pero lo peor, lo verdaderamente imperdonable, fue que una parte de mí no temió por mi misión ni por mi corona perdida. Temió por él. Por lo que le harían si descubrían que, entre todas las Omegas nobles que habían invadido su palacio con perfumes caros y sonrisas ensayadas, el heredero Alfa estaba buscando calma en una cocinera sin apellido importante. En una muerta. En mí. Me aparté al fin, dando un paso hacia el fogón para recuperar distancia. La llama iluminó mi perfil, calentando mi piel, escondiendo quizá el temblor mínimo de mi respiración. Alcancé otra olla, removí su contenido con movimientos lentos y precisos, fingiendo que todavía tenía control sobre algo. —Termine su té —dije, más firme—. Después vuelva a sus habitaciones antes de que el Consejo decida que incluso su insomnio necesita supervisión. Hubo una pausa. Una demasiado larga. La clase de pausa donde nacen las decisiones estúpidas. Yo no debía decir nada más. No debía ofrecerle consuelo. No debía darle razones para volver. No debía, sobre todo, querer que volviera. Pero mi boca siempre había sido menos obediente cuando el corazón estaba acorralado. —Y si mañana vuelve a necesitar respirar… —añadí, sin mirarlo, con la voz más baja que antes—, las cocinas empiezan a encenderse antes del amanecer. Dejé la cuchara a un lado. Luego levanté la mirada apenas, lo suficiente para encontrarlo otra vez entre el fuego, el vapor y todas las mentiras que nos separaban. —Sólo procure no ser visto. No pienso explicarle a nadie por qué el futuro rey de Aethelgard prefiere mi té a la compañía de sus posibles consortes. Esta vez sí sonreí. Apenas. Un gesto pequeño, afilado, cansado. Y quizá demasiado real. Porque durante un instante olvidé que era una princesa escondida bajo un delantal. Olvidé que él era un Alfa destinado a una alianza política. Olvidé que mi reino seguía encadenado, que mi nombre seguía enterrado, que mi corona me esperaba en manos enemigas. Durante un instante, sólo fui una Omega frente al único hombre que hacía que el mundo dejara de sentirse como una guerra. Y eso, más que cualquier espada apuntando a mi garganta, fue lo que realmente me asustó.
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  • ────Muy bien, creo que recuerdo más o menos cómo se hacía esto. Tenis firmes en la tierra, hombro relajado y... objetivo localizado –murmuró, juntando el guante y la pelota de béisbol frente a ella–. Momento de la verdad. Sean amables con la pelota; apenas nos estamos conociendo. Si esto sale bien, ya podemos agregar pitcher de medio tiempo a mi currículum.
    ────Muy bien, creo que recuerdo más o menos cómo se hacía esto. Tenis firmes en la tierra, hombro relajado y... objetivo localizado –murmuró, juntando el guante y la pelota de béisbol frente a ella–. Momento de la verdad. Sean amables con la pelota; apenas nos estamos conociendo. Si esto sale bien, ya podemos agregar pitcher de medio tiempo a mi currículum.
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    Tras un rato en el agua hice un gesto a Aki de que estaba aburrida ya que si soy sincera tenía hambre.

    —Aki...tengo hambre y si vamos a pedirnos algo a la cabaña —

    Le digo mientras voy hacia las escaleras de nuestra cabaña para salir ya que tenía ganas de comer algo, en el viaje como lo pasé dormida pues era el problema y además de que conociendote también has estado dormido o organizando una de tus rutinas ya que aunque no era temporada alta de boxeo no parabas.

    Akihiko Sanada
    Tras un rato en el agua hice un gesto a Aki de que estaba aburrida ya que si soy sincera tenía hambre. —Aki...tengo hambre y si vamos a pedirnos algo a la cabaña — Le digo mientras voy hacia las escaleras de nuestra cabaña para salir ya que tenía ganas de comer algo, en el viaje como lo pasé dormida pues era el problema y además de que conociendote también has estado dormido o organizando una de tus rutinas ya que aunque no era temporada alta de boxeo no parabas. [Sanada_Thcx]
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  • FicRolers, en caso de que el sitio os siga saliendo como "sitio no seguro", debéis borrar las cookies o caché del navegador o del sitio, también se soluciona abriendo en modo privado o incognito y luego volviendo abrir normal.

    Si no sabéis borrar la caché os dejo esta guía: https://ficrol.com/blogs/141707/CONOCIENDO-FICROL-7-BORRAR-CACH%C3%89
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    CONCEPTOS BASICOS SOBRE FICROL: BORRAR CACHÉ Podeis encontrar esta información en el foro, (https://ficrol.com/forums/thread/5/Gu-iacute-a-Soluci-oacute-n-problemas-de-visualizaci-oacute) pues el administrador lo publicó hace un año, pero si esta fanpage y estos...
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  • *Demian había recibido un obsequio de una amiga que hace poco va conociendo pero ya se ha ganado mucho de su cariño, con una sonrisa suave guardaba aquel cristal en un estante donde diese la luz del sol, como si lo presumiese a cualquiera que lo llegase a ver*

    — (Tu vas aqui pequeño cristal... me pregunto si tendrá compatibilidad magica, ¿Debería revisar eso?, pero no quiero dañarlo, es el primer regalo de Bianca)

    *Suspirando y riéndose levemente, dejó el cristal en aquel estante antes de mirar hacia la ventana, una gran sonrisa de felicidad mostrándose en el rostro*

    #FreeRol #HappyForAGift #SliceOfLife

    Acotación: Regalo de Bianca Auditore
    *Demian había recibido un obsequio de una amiga que hace poco va conociendo pero ya se ha ganado mucho de su cariño, con una sonrisa suave guardaba aquel cristal en un estante donde diese la luz del sol, como si lo presumiese a cualquiera que lo llegase a ver* — (Tu vas aqui pequeño cristal... me pregunto si tendrá compatibilidad magica, ¿Debería revisar eso?, pero no quiero dañarlo, es el primer regalo de Bianca) *Suspirando y riéndose levemente, dejó el cristal en aquel estante antes de mirar hacia la ventana, una gran sonrisa de felicidad mostrándose en el rostro* #FreeRol #HappyForAGift #SliceOfLife Acotación: Regalo de [Freaky_Ghost_Ovni_531]
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  • La mañana en Brattvåg comenzó con un murmullo inquietante que recorrió los pasillos de servicio hasta llegar a los oídos de Gunnar. El capitán fue informado por dos de sus hombres encargados de hacer guardia la noche anterior

    ​—Capitán —dijo uno de ellos, extendiendo un pedazo de tela de algodón fino—Anoche encontramos esto en la cocina, no vimos a nadie entrar ni salir, señor —aseguró el guardia, nervioso— Pero el aire ahí dentro todavía se siente... cargado y está todo hecho un desastre.

    Gunnar tomó el fajín, reconociendo de inmediato que la calidad del tejido y el tinte no eran locales. Pero lo que lo hizo apretar la mandíbula fue el informe de la servidumbre. Los cocineros hablaban de una escena de caos absoluto... sacos de grano reventados, una capa de harina cubriendo el suelo y lo más alarmante, la madera de la puerta de la alacena estaba carbonizada.
    Con el fajín apretado en el puño, se dirigió a los aposentos reales

    Dentro de su alcoba Elizabeth acababa de despertar, disponiéndose para empezar a cumplir sus labores a pesar del dolor que recorría todo su cuerpo se sentía con energías de sobra.

    ​Un golpe seco en la puerta la hizo sobresaltarse.

    ​—¡Mi Reina! —la voz de Gunnar sonó desesperada a través de la puerta — No ingresaré, asumo que está en paños menores, pero necesito que se presente en el Gran Salón de inmediato. He convocado a los siete consejeros. Tenemos un asunto de seguridad que necesita su atención urgente

    ​Elizabeth cerró los ojos un instante, respirando hondo. El corazón le golpeaba el pecho con latidos fuertes.

    ✴ ─ Muy bien Gunnar, iré de inmediato.

    ​Descartó sus túnicas habituales por un vestido de terciopelo pesado que la hacía ver imponente, pero el problema eran las marcas... Se miró al espejo, viendo las huellas púrpuras de su piel, las pruebas físicas de su "traición" a la corona.
    Entonces, tomó una decisión inusual, buscó en un cofre olvidado una gargantilla de encaje negro, una pieza de joyería intrincada con incrustaciones de obsidiana y pedrería que cubría su cuello por completo.
    ​Sentía el peso de las joyas como una cadena mientras caminaba hacia el Gran Salón, cada paso era una lucha por mantener la espalda recta.

    Al entrar, el aire se volvió pesado. Los siete consejeros ya estaban allí, y Milenka la observaba desde su posición habitual.

    Elizabeth hizo su entrada, sus músculos protestaban mientra daba pasos firmes hasta el fondo de la habitación. Se sentó en el trono con una elegancia que rozaba la soberbia.
    La gargantilla de encaje negro con incrustaciones de pedrería que cubría su cuello desde la base hasta la mandíbula llamó de inmediato la atención de Milenka causándole dudas, era una pieza hermosa, pero extraña en una mujer como la reina que despreciaba los adornos.

    Gunnar dio un paso al frente.
    ​—Majestad, honorables consejeros —el gran hombre mostró el fajín con un gesto violento— Anoche, este castillo fue escenario de un desorden inexplicable. La alacena ha sido destruida. Esta tela de algodón no es de Brattvåg y estaba en el suelo de las cocinas... ¡ la prueba de quién es el culpable de todo! ¡TRAIGAN AL ACUSADO!

    Cuando las puertas se abrieron y Kazuo entró escoltado, Elizabeth sintió que el mundo se encogía. Al verlo caminando tan sereno a pesar de la situación, el recuerdo de la noche anterior la asaltó con una fuerza devastadora. Se obligó a clavar las uñas en los brazos del trono para no flaquear.

    ​—Este extranjero parece haber confundido vuestra hospitalidad con una licencia para el vandalismo o algo peor. Juzguen ustedes ─ Dijo Gunnar al consejo claramente exaltado mientras azotaba el fajín delante del rostro de Kazuo quien había llegado a su lado mientras los soldados que lo traían se retiraban a los costados.

    ​Elizabeth tomó la palabra. Su voz salió fría, cortante, una máscara perfecta que ocultaba el volcán que sentía por dentro.

    ✴ ─Kazuo —dijo, interpelándolo directamente—El Capitán Gunnar ha presentado una prueba física que te sitúa en el centro de un incidente vandálico en mis dependencias. La alacena está en ruinas y tu prenda estaba allí.

    ​Hizo una pausa, su mirada chocaba con la de él, tratando de comunicarle mil cosas en un solo segundo sin que nadie lo notara

    ​✴ ─¿Qué tienes que decir en tu defensa?
    La mañana en Brattvåg comenzó con un murmullo inquietante que recorrió los pasillos de servicio hasta llegar a los oídos de Gunnar. El capitán fue informado por dos de sus hombres encargados de hacer guardia la noche anterior ​—Capitán —dijo uno de ellos, extendiendo un pedazo de tela de algodón fino—Anoche encontramos esto en la cocina, no vimos a nadie entrar ni salir, señor —aseguró el guardia, nervioso— Pero el aire ahí dentro todavía se siente... cargado y está todo hecho un desastre. Gunnar tomó el fajín, reconociendo de inmediato que la calidad del tejido y el tinte no eran locales. Pero lo que lo hizo apretar la mandíbula fue el informe de la servidumbre. Los cocineros hablaban de una escena de caos absoluto... sacos de grano reventados, una capa de harina cubriendo el suelo y lo más alarmante, la madera de la puerta de la alacena estaba carbonizada. Con el fajín apretado en el puño, se dirigió a los aposentos reales Dentro de su alcoba Elizabeth acababa de despertar, disponiéndose para empezar a cumplir sus labores a pesar del dolor que recorría todo su cuerpo se sentía con energías de sobra. ​Un golpe seco en la puerta la hizo sobresaltarse. ​—¡Mi Reina! —la voz de Gunnar sonó desesperada a través de la puerta — No ingresaré, asumo que está en paños menores, pero necesito que se presente en el Gran Salón de inmediato. He convocado a los siete consejeros. Tenemos un asunto de seguridad que necesita su atención urgente ​Elizabeth cerró los ojos un instante, respirando hondo. El corazón le golpeaba el pecho con latidos fuertes. ✴ ─ Muy bien Gunnar, iré de inmediato. ​Descartó sus túnicas habituales por un vestido de terciopelo pesado que la hacía ver imponente, pero el problema eran las marcas... Se miró al espejo, viendo las huellas púrpuras de su piel, las pruebas físicas de su "traición" a la corona. Entonces, tomó una decisión inusual, buscó en un cofre olvidado una gargantilla de encaje negro, una pieza de joyería intrincada con incrustaciones de obsidiana y pedrería que cubría su cuello por completo. ​Sentía el peso de las joyas como una cadena mientras caminaba hacia el Gran Salón, cada paso era una lucha por mantener la espalda recta. Al entrar, el aire se volvió pesado. Los siete consejeros ya estaban allí, y Milenka la observaba desde su posición habitual. Elizabeth hizo su entrada, sus músculos protestaban mientra daba pasos firmes hasta el fondo de la habitación. Se sentó en el trono con una elegancia que rozaba la soberbia. La gargantilla de encaje negro con incrustaciones de pedrería que cubría su cuello desde la base hasta la mandíbula llamó de inmediato la atención de Milenka causándole dudas, era una pieza hermosa, pero extraña en una mujer como la reina que despreciaba los adornos. Gunnar dio un paso al frente. ​—Majestad, honorables consejeros —el gran hombre mostró el fajín con un gesto violento— Anoche, este castillo fue escenario de un desorden inexplicable. La alacena ha sido destruida. Esta tela de algodón no es de Brattvåg y estaba en el suelo de las cocinas... ¡ la prueba de quién es el culpable de todo! ¡TRAIGAN AL ACUSADO! Cuando las puertas se abrieron y [8KazuoAihara8] entró escoltado, Elizabeth sintió que el mundo se encogía. Al verlo caminando tan sereno a pesar de la situación, el recuerdo de la noche anterior la asaltó con una fuerza devastadora. Se obligó a clavar las uñas en los brazos del trono para no flaquear. ​—Este extranjero parece haber confundido vuestra hospitalidad con una licencia para el vandalismo o algo peor. Juzguen ustedes ─ Dijo Gunnar al consejo claramente exaltado mientras azotaba el fajín delante del rostro de Kazuo quien había llegado a su lado mientras los soldados que lo traían se retiraban a los costados. ​Elizabeth tomó la palabra. Su voz salió fría, cortante, una máscara perfecta que ocultaba el volcán que sentía por dentro. ​ ✴ ─Kazuo —dijo, interpelándolo directamente—El Capitán Gunnar ha presentado una prueba física que te sitúa en el centro de un incidente vandálico en mis dependencias. La alacena está en ruinas y tu prenda estaba allí. ​Hizo una pausa, su mirada chocaba con la de él, tratando de comunicarle mil cosas en un solo segundo sin que nadie lo notara ​✴ ─¿Qué tienes que decir en tu defensa?
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    No había tenido tiempo por mi trabajo de preparar algo más bonito pero Feliz cumpleaños a nuestro gatito de Ficrol y a la página en general. Esperamos que sigan disfrutando con nosotros, conociendo gente nueva y creando nuevas aventuras en rol.

    ¡Sigan siendo geniales y creativos! les deja un besito enorme su Rol Sage Mitzuko. ~

    PD: Recuerden que tienen problemas o dudas no duden en contactarnos aunque hay Rol Sage 2D y 3D, ayudamos a quien lo necesite.
    No había tenido tiempo por mi trabajo de preparar algo más bonito pero Feliz cumpleaños a nuestro gatito de Ficrol y a la página en general. Esperamos que sigan disfrutando con nosotros, conociendo gente nueva y creando nuevas aventuras en rol. ¡Sigan siendo geniales y creativos! les deja un besito enorme su Rol Sage Mitzuko. ~ PD: Recuerden que tienen problemas o dudas no duden en contactarnos aunque hay Rol Sage 2D y 3D, ayudamos a quien lo necesite. :STK-13:
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  • Proyecto "Ficrol Rock Band"
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    *Hoy comenzaban las audiciones para confirmar la primera 'rock Band' de la plataforma. La primera sesión de esta iniciativa, se daría a cabo en las salas de ensayo abiertas a todos público para probar a 3 aspirantes a vocalista femenina, Pero aún faltaban varios instrumentistas que quieran unirse a este proyecto.*

    "Quienes disputan el puesto de Vocalista Femenina principal son:
    Lady Céleste
    Bianca Auditore
    [pulse_emerald_crab_426]
    Así que me gustaría que cada una de las 3 se presente para ir las conociendo en este apartado, mencionando sus influencias musicales y cantantes que les gusten por favor."

    *De momento los puestos para demás instrumentos están dispuestos de la siguiente manera:*

    Voz Masculina: -
    Batería: -Kyrie Hourglass
    Bajo: -[whisper_garnet_turtle_942]
    Guitarra 1: Jero
    Guitarra 2: -
    Teclado y Synth: 𝓐𝓷𝓷𝓮𝓵𝓲𝓮𝓼𝓮 𝓒𝓪𝓿𝓪𝓷𝓪𝓾𝓰𝓱

    "Demás está decir que quién quiera participar que comente en este mismo Starter o me manda un privado."
    *Hoy comenzaban las audiciones para confirmar la primera 'rock Band' de la plataforma. La primera sesión de esta iniciativa, se daría a cabo en las salas de ensayo abiertas a todos público para probar a 3 aspirantes a vocalista femenina, Pero aún faltaban varios instrumentistas que quieran unirse a este proyecto.* "Quienes disputan el puesto de Vocalista Femenina principal son: [LadyCeleste2008] [Freaky_Ghost_Ovni_531] [pulse_emerald_crab_426] Así que me gustaría que cada una de las 3 se presente para ir las conociendo en este apartado, mencionando sus influencias musicales y cantantes que les gusten por favor." *De momento los puestos para demás instrumentos están dispuestos de la siguiente manera:* Voz Masculina: - Batería: -[specter_gold_magician_349] Bajo: -[whisper_garnet_turtle_942] Guitarra 1: Jero Guitarra 2: - Teclado y Synth: [AnneYourMaid12] "Demás está decir que quién quiera participar que comente en este mismo Starter o me manda un privado."🎸🎤🎹🥁🎙️🎧
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