• — Oh... ¿Eres bautista? Yo también. (?!)
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    𝕋𝕙𝕖 𝕣𝕖𝕧𝕖𝕣𝕤𝕖 𝕠𝕗 𝕥𝕙𝕖 𝕥𝕠𝕣𝕟 𝕡𝕒𝕘𝕖 - - - - - - - - - - - - - Part: 1
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    «Hay fragmentos que no se escriben con tinta, sino con el dolor sordo de lo que nace condenado a la distancia. En este rincón del nexo, la belleza es una trampa de cristal». — Ren.

    De una crisálida tejida con el polvo de estrellas muertas y silencios antiguos, brotó la primera pulsación de vida. Era una criatura pequeña, una delicada arquitectura cuadrúpeda de cuerpo esbelto y pelaje tan suave que parecía humo suspendido en el aire. Sus orejas, traslúcidas y rosadas como el primer rubor de un amanecer inexistente, temblaban ante el peso del vacío. Nació muda, desprovista de palabras para nombrar su propio asombro, pero en su pecho latía una curiosidad voraz por los retazos de aquel mundo etéreo que se desplegaba, como un lienzo herido, ante sus pies.

    Yo la llamé Anunaki, bautizándola en el secreto de mi mente, pues ella ignoraba mi existencia tanto como el papel ignora la mano del escritor. Vagaba maldita y solitaria, cargando en su rostro el peso de dos grandes ojos amarillentos; faros de un oro viejo capaces de desnudarlo todo, de verlo todo, pero sentenciados a parpadear bajo el negro azabache de una noche perpetua. Un cielo opresivo que se cernía sobre ella como un manto de terciopelo sin fin. Y abajo, justo debajo de sus garras temblorosas, se extendía un lago infinito de agua dulce. Un espejo líquido, cristalino y cruel, en el cual su cuerpo jamás pudo sumergirse, rechazado por una barrera invisible que convertía la superficie en una línea inflexible de dolor.

    Atrapada en esa soledad que se muerde la cola, Anunaki vio pasar los eones contando los inviernos en su propia piel. Se sentaba a la orilla del abismo líquido, cautivada y horrorizada por los cambios fisiológicos que la madurez empezaba a trazar en su silueta. Su cuerpo se estiraba, sus formas se volvían más afiladas, y el reflejo en el agua le devolvía la imagen de una criatura hermosa, pero trágicamente incompleta.

    El melodrama del cosmos, sin embargo, aborrece los escenarios vacíos. Y fue durante una noche donde la tinta del cielo pareció volverse más espesa cuando la superficie del lago devolvió un reflejo extraño. No era el rostro de Anunaki, sino otra cosa, algo deforme y visiblemente lejano.

    Desde las profundidades inalcanzables del agua dulce, allí donde ella solo podía mirar pero nunca descender, emergió otra silueta. Un ser de la misma estirpe, pero moldeado por la geografía del abismo subacuático. Su pelaje no era humo, sino hilos de plata que flotaban como algas en la corriente; sus ojos, en lugar del oro cálido de Anunaki, eran de un azul helado, como estrellas atrapadas en el fondo de un pozo sin fondo. Yo lo llamé Apzu, el habitante del reverso.

    El encuentro fue un choque silencioso de texturas imposibles. Anunaki pegó su hocico rosado a la superficie lisa del lago; desde el otro lado, a milímetros de distancia pero separados por lo intangible de dos dimensiones incompatibles, Apzu imitó su gesto. Sus miradas se encadenaron en un lazo de hierro forjado. Por primera vez, el dolor de la madurez encontró un eco. Aprendieron a tocarse a través del reflejo: cuando ella corría por la orilla, él nadaba pegado al cristal de agua, calcando sus pasos, compartiendo un baile coreografiado por la más pura de las frustraciones.

    El tiempo se volvió un verdugo poético. Crecieron juntos, viéndose cambiar, florecer y desearse a través de la ventana insalvable que los dividía. El melodrama alcanzó su punto más álgido cuando el instinto de la madurez los empujó a buscar algo más que sombras simétricas. Anunaki rascaba el agua hasta hacerse sangrar las garras, dejando hilos escarlatas que flotaban sobre la superficie invisible, mientras Apzu golpeaba el cristal desde abajo, abriendo sus fauces en un grito sordo que solo provocaba burbujas de desesperación en su prisión líquida.

    Eran dos amantes destinados a compartir el mismo espacio, pero jamás el mismo plano. Se amaban con la violencia de los náufragos que ven la tierra firme a través de un muro de hielo. Se pertenecían, pero no podían reclamarse.

    Una tarde olvidada en el tiempo, la desesperación cambió de ritmo. Anunaki, con los ojos nublados por las lágrimas de oro que resbalaban por su hocico, se puso de pie sobre sus patas traserass y lanzó un lamento que hizo vibrar el manto azabache del cielo. Apzu, desde abajo, pareció entender el mensaje de esa música trágica. Juntaron sus frentes una vez más, separados apenas por la película molecular del lago, y entonces sucedió lo impensable.

    Una línea. Una fisura roja y brillante, como una vena abierta en el espacio, comenzó a extenderse justo en el punto de contacto de sus nexos. El agua dulce empezó a emitir un zumbido sónico que amenazaba con romper la cordura de la creación entera.

    La barrera se estaba agrietando, pero al mismo tiempo el agua se revolcaba dentro de sí con fuertes corrientes que ataban al segundo como hilos de plata. Por supuesto, hizo hasta lo imposible para resistir la fricción de las fuerzas y en consecuencia de sus puras intenciones sucedió lo inimaginable...

    « Continuará en las próximas crónicas... »
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Yo la llamé Anunaki, bautizándola en el secreto de mi mente, pues ella ignoraba mi existencia tanto como el papel ignora la mano del escritor. Vagaba maldita y solitaria, cargando en su rostro el peso de dos grandes ojos amarillentos; faros de un oro viejo capaces de desnudarlo todo, de verlo todo, pero sentenciados a parpadear bajo el negro azabache de una noche perpetua. Un cielo opresivo que se cernía sobre ella como un manto de terciopelo sin fin. Y abajo, justo debajo de sus garras temblorosas, se extendía un lago infinito de agua dulce. Un espejo líquido, cristalino y cruel, en el cual su cuerpo jamás pudo sumergirse, rechazado por una barrera invisible que convertía la superficie en una línea inflexible de dolor. Atrapada en esa soledad que se muerde la cola, Anunaki vio pasar los eones contando los inviernos en su propia piel. Se sentaba a la orilla del abismo líquido, cautivada y horrorizada por los cambios fisiológicos que la madurez empezaba a trazar en su silueta. Su cuerpo se estiraba, sus formas se volvían más afiladas, y el reflejo en el agua le devolvía la imagen de una criatura hermosa, pero trágicamente incompleta. El melodrama del cosmos, sin embargo, aborrece los escenarios vacíos. Y fue durante una noche donde la tinta del cielo pareció volverse más espesa cuando la superficie del lago devolvió un reflejo extraño. No era el rostro de Anunaki, sino otra cosa, algo deforme y visiblemente lejano. Desde las profundidades inalcanzables del agua dulce, allí donde ella solo podía mirar pero nunca descender, emergió otra silueta. Un ser de la misma estirpe, pero moldeado por la geografía del abismo subacuático. Su pelaje no era humo, sino hilos de plata que flotaban como algas en la corriente; sus ojos, en lugar del oro cálido de Anunaki, eran de un azul helado, como estrellas atrapadas en el fondo de un pozo sin fondo. Yo lo llamé Apzu, el habitante del reverso. El encuentro fue un choque silencioso de texturas imposibles. Anunaki pegó su hocico rosado a la superficie lisa del lago; desde el otro lado, a milímetros de distancia pero separados por lo intangible de dos dimensiones incompatibles, Apzu imitó su gesto. Sus miradas se encadenaron en un lazo de hierro forjado. Por primera vez, el dolor de la madurez encontró un eco. Aprendieron a tocarse a través del reflejo: cuando ella corría por la orilla, él nadaba pegado al cristal de agua, calcando sus pasos, compartiendo un baile coreografiado por la más pura de las frustraciones. El tiempo se volvió un verdugo poético. Crecieron juntos, viéndose cambiar, florecer y desearse a través de la ventana insalvable que los dividía. El melodrama alcanzó su punto más álgido cuando el instinto de la madurez los empujó a buscar algo más que sombras simétricas. Anunaki rascaba el agua hasta hacerse sangrar las garras, dejando hilos escarlatas que flotaban sobre la superficie invisible, mientras Apzu golpeaba el cristal desde abajo, abriendo sus fauces en un grito sordo que solo provocaba burbujas de desesperación en su prisión líquida. Eran dos amantes destinados a compartir el mismo espacio, pero jamás el mismo plano. Se amaban con la violencia de los náufragos que ven la tierra firme a través de un muro de hielo. Se pertenecían, pero no podían reclamarse. Una tarde olvidada en el tiempo, la desesperación cambió de ritmo. Anunaki, con los ojos nublados por las lágrimas de oro que resbalaban por su hocico, se puso de pie sobre sus patas traserass y lanzó un lamento que hizo vibrar el manto azabache del cielo. Apzu, desde abajo, pareció entender el mensaje de esa música trágica. Juntaron sus frentes una vez más, separados apenas por la película molecular del lago, y entonces sucedió lo impensable. Una línea. Una fisura roja y brillante, como una vena abierta en el espacio, comenzó a extenderse justo en el punto de contacto de sus nexos. El agua dulce empezó a emitir un zumbido sónico que amenazaba con romper la cordura de la creación entera. La barrera se estaba agrietando, pero al mismo tiempo el agua se revolcaba dentro de sí con fuertes corrientes que ataban al segundo como hilos de plata. Por supuesto, hizo hasta lo imposible para resistir la fricción de las fuerzas y en consecuencia de sus puras intenciones sucedió lo inimaginable... « Continuará en las próximas crónicas... »
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  • ¡¡¡¡UNIDOS POR LA VICTORIA!!!. El "team" Bianca entra en acción.

    //Dice Bianca mientras confianzudamente bautiza este equipo con su nombre.
    ¡¡¡¡UNIDOS POR LA VICTORIA!!!. El "team" Bianca entra en acción. //Dice Bianca mientras confianzudamente bautiza este equipo con su nombre.
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  • Imagina que encontrar a Dios no es encontrar un tesoro, sino contraer una enfermedad autoinmune del espíritu. Los desafortunados que se encontraron con Dios han canjeado su capacidad de asombro por un manual de instrucciones. Socialmente, esto se traduce en una pereza ética aterradora.
    El creyente ya no necesita empatizar con la víctima de una tragedia, solo necesita citar un versículo; ya no tiene que luchar por la justicia, porque está convencido de que un Juez Supremo pondrá orden cuando todos estemos muertos.
    Es la máxima forma de egoísmo disfrazada de humildad: creer que el universo, con sus miles de millones de galaxias, tiene un interés personal en lo que tú haces en tu habitación o en lo que pones en tu plato.
    Lo que un creyente no logra ver es que su "paz" es, en realidad, un aislamiento sensorial. Para mantener a su Dios intacto, debe ignorar el ruido de los huesos rompiéndose en lugares donde la oración nunca llega.
    Al final, encontrar a Dios es como mudarse a una casa con las ventanas pintadas de blanco: por fuera parece un refugio luminoso, pero por dentro es una celda donde han decidido que la realidad ya no es bienvenida.
    Su "afortunado" encuentro no es más que el momento en que dejaron de ser humanos para convertirse en eco de un silencio que ellos mimos bautizaron.
    Imagina que encontrar a Dios no es encontrar un tesoro, sino contraer una enfermedad autoinmune del espíritu. Los desafortunados que se encontraron con Dios han canjeado su capacidad de asombro por un manual de instrucciones. Socialmente, esto se traduce en una pereza ética aterradora. El creyente ya no necesita empatizar con la víctima de una tragedia, solo necesita citar un versículo; ya no tiene que luchar por la justicia, porque está convencido de que un Juez Supremo pondrá orden cuando todos estemos muertos. Es la máxima forma de egoísmo disfrazada de humildad: creer que el universo, con sus miles de millones de galaxias, tiene un interés personal en lo que tú haces en tu habitación o en lo que pones en tu plato. Lo que un creyente no logra ver es que su "paz" es, en realidad, un aislamiento sensorial. Para mantener a su Dios intacto, debe ignorar el ruido de los huesos rompiéndose en lugares donde la oración nunca llega. Al final, encontrar a Dios es como mudarse a una casa con las ventanas pintadas de blanco: por fuera parece un refugio luminoso, pero por dentro es una celda donde han decidido que la realidad ya no es bienvenida. Su "afortunado" encuentro no es más que el momento en que dejaron de ser humanos para convertirse en eco de un silencio que ellos mimos bautizaron.
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  • https://www.youtube.com/watch?v=zdZtMJySQio

    Despertar sin necesariamente ser consciente, atrapado en la oscuridad más deslumbrante, vuelve imposible diferenciar ese estado de somnolencia intelectual de la vivacidad exclusiva de los iluminados. No hay extremidades que padezcan el entumecimiento de haber flotado a la deriva; así debería entenderse el significado del vacío, pero asumir que en la nada nada existe sería tan ingenuo como intentar divisar un horizonte.

    Sabe dónde se encuentra: el océano formado por el primer lamento, tan denso que niega cualquier clase de disparidad; ni siquiera los pensamientos tienen forma. No obstante, allí produjo una ínfima corriente que amenazó con perderse en la más ansiada tranquilidad.

    ¿Para qué huir? Fue la cuna, y desde ese momento no existió más un final; el encierro en la infinitud es la hipérbole más genuina de la libertad. Seguir pensando es limitarse; fingir es definirse, erosionar esa naturaleza empujada por el hambre y el eco de espejismos intangibles, ocurrencias de un lugar que no le es propio y al que jamás debió llegar.

    ¿Para qué despertar? ¿Por qué seguir durmiendo? Tantos años desperdiciados con inaudita soberbia no son sino un esfuerzo innecesario. La relevancia se vuelve lejana con la percepción; ¿y si el cierre de todo es lo ya predispuesto? Ese momento iba a llegar, más temprano que tarde, aunque el terror indique lo contrario.

    Es tan sencillo como decidir una vez más: vuelve a cerrar los ojos, que los párpados se fundan con el silencio. Nadie esperará tu regreso; el reencuentro ocurrirá cuando todos sean reducidos a la mínima expresión, y te ahogarás en ellos.

    Una tentación sin gusto sedujo sus inmensurables fauces; como nunca antes, debió cerrarlas, devorar la insulsa eternidad. Mas su cuerpo dejó de ser tan extenso como irreconocible.

    Sus dedos se flexionaron con pétrea rigidez. Las falanges, forjadas desde un conocimiento imaginario, y los incontables tejidos crearon vulnerabilidad. Un soplido lunar pigmentó aquella carcasa y, cuando supo del firmamento, lo que parecía impenetrable se desdibujó en el celeste de una bóveda tan imperfecta como embaucadora.

    Sensaciones abrumadoras sobrepasaron la descoordinación. De forma intermitente, la brisa del mediodía anunció la reciente poda del césped. Bisbiseos, zumbidos y maquinarias móviles quebraron su blanca quietud con la desprolijidad de un horrísono exabrupto; la superposición violenta de una frecuencia que no condice con la mal llamada realidad. Peor aún ocurrió con su visión, cuando lo que era tan colorido y armonioso perdió toda configuración en la duración de un parpadeo.

    Un recordatorio de toda aquella pretensión: fingir que importa, que se convertirá en el aliento del mundo, que habrá siquiera un motivo por el cual todo tenga sentido.

    Su mano encierra el sol; lo devora como podredumbres errantes lo harían en su imaginario. Cierra los ojos para cerciorarse de que no ha desmenuzado su entorno, solo las texturas deben imperar en la imperfección a la que decidió aferrarse una vez más.

    Aunque hace trampa, porque se ahorra el malestar y la desprolijidad de haber convertido unos quince minutos en la totalidad de un mes.

    Tenía una vida qué retomar.
    https://www.youtube.com/watch?v=zdZtMJySQio Despertar sin necesariamente ser consciente, atrapado en la oscuridad más deslumbrante, vuelve imposible diferenciar ese estado de somnolencia intelectual de la vivacidad exclusiva de los iluminados. No hay extremidades que padezcan el entumecimiento de haber flotado a la deriva; así debería entenderse el significado del vacío, pero asumir que en la nada nada existe sería tan ingenuo como intentar divisar un horizonte. Sabe dónde se encuentra: el océano formado por el primer lamento, tan denso que niega cualquier clase de disparidad; ni siquiera los pensamientos tienen forma. No obstante, allí produjo una ínfima corriente que amenazó con perderse en la más ansiada tranquilidad. ¿Para qué huir? Fue la cuna, y desde ese momento no existió más un final; el encierro en la infinitud es la hipérbole más genuina de la libertad. Seguir pensando es limitarse; fingir es definirse, erosionar esa naturaleza empujada por el hambre y el eco de espejismos intangibles, ocurrencias de un lugar que no le es propio y al que jamás debió llegar. ¿Para qué despertar? ¿Por qué seguir durmiendo? Tantos años desperdiciados con inaudita soberbia no son sino un esfuerzo innecesario. La relevancia se vuelve lejana con la percepción; ¿y si el cierre de todo es lo ya predispuesto? Ese momento iba a llegar, más temprano que tarde, aunque el terror indique lo contrario. Es tan sencillo como decidir una vez más: vuelve a cerrar los ojos, que los párpados se fundan con el silencio. Nadie esperará tu regreso; el reencuentro ocurrirá cuando todos sean reducidos a la mínima expresión, y te ahogarás en ellos. Una tentación sin gusto sedujo sus inmensurables fauces; como nunca antes, debió cerrarlas, devorar la insulsa eternidad. Mas su cuerpo dejó de ser tan extenso como irreconocible. Sus dedos se flexionaron con pétrea rigidez. Las falanges, forjadas desde un conocimiento imaginario, y los incontables tejidos crearon vulnerabilidad. Un soplido lunar pigmentó aquella carcasa y, cuando supo del firmamento, lo que parecía impenetrable se desdibujó en el celeste de una bóveda tan imperfecta como embaucadora. Sensaciones abrumadoras sobrepasaron la descoordinación. De forma intermitente, la brisa del mediodía anunció la reciente poda del césped. Bisbiseos, zumbidos y maquinarias móviles quebraron su blanca quietud con la desprolijidad de un horrísono exabrupto; la superposición violenta de una frecuencia que no condice con la mal llamada realidad. Peor aún ocurrió con su visión, cuando lo que era tan colorido y armonioso perdió toda configuración en la duración de un parpadeo. Un recordatorio de toda aquella pretensión: fingir que importa, que se convertirá en el aliento del mundo, que habrá siquiera un motivo por el cual todo tenga sentido. Su mano encierra el sol; lo devora como podredumbres errantes lo harían en su imaginario. Cierra los ojos para cerciorarse de que no ha desmenuzado su entorno, solo las texturas deben imperar en la imperfección a la que decidió aferrarse una vez más. Aunque hace trampa, porque se ahorra el malestar y la desprolijidad de haber convertido unos quince minutos en la totalidad de un mes. Tenía una vida qué retomar.
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  • why does god seem so quiet to my petition ﹖
    Fandom Crossover
    Categoría Suspenso
    Llevaba cinco años trabajando la catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, tras ser recomendado por su primer mentor: Lucas Trevant, exorcista veterano del Vaticano.

    Si bien no tenía un rol demasiado importante, le gustaba dar misa, celebrar bautismos, confesar a los fieles, bendecir objetos; ayudar a las hermanas y voluntarios en el comedor comunitario, colaborar en las clases para los niños de los barrios más humildes de la cuidad.

    Fuera de eso, y solo cuando Johanna Constantine aparecía, se dedicaba a lo que realmente creía que era verdadera ayuda. Constantine le había enseñado lo que ella llamaba el sutil arte de patear culos demoníacos. Le enseñó todo lo que había aprendido de forma autodidacta sobre exorcismos y a cambio, él le ayudo a expandir sus conocimientos sobre demonologia.

    El hecho de que hubiera renunciado a su título como príncipe del infierno para convertirse en sacerdote no significaba que dejaba de serlo. La jerarquía en el infierno no funcionaba así, los demonios se lo recordaban cada vez que lo veían, pero a su vez, estaban obligados a obedecerle; por mucho que odiaran tener a un mestizo como el siguiente al trono en la línea de sucesión, le debían respeto y Rory lo sabía, por ello era un excelente exorcista, el arma secreta del Vaticano.

    Por fortuna en los últimos meses no había visto a Johanna, lo cual significaba que no habían demonios haciendo de las suyas en la tierra y se alegro por eso, no le habría gustado perderse del retiro espíritual por tener que quedarse a discutir en latín con demonios rebeldes.

    Terminó de empacar sus pertenecías y guardo en un bolsillo la estampilla de quien consideraba su tío favorito, a pesar de tener una rivalidad con su padre, Mikha'el o mejor conocido como san Miguel arcángel; uno de los pocos hermanos de su padre que no lo trataban como una abominación por haber nacido del vientre de una humana. Le echo un último vistazo a la pequeña habitación de la casa parroquial y bajo al salón principal a reunirse con el resto de grupo mientras esperaban el transporte que los llevaría a Santa Mónica, cede de muchos de sus eventos.

    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ﹙ . . . ﹚

    Luego de una hora de viaje y de acomodar sus cosas en la habitación que compartiría con el padre Xavier durante dos semanas, dejo su ropa normal y se vistió con la sotana negra, sin percatarse de que el alza cuellos blanco no estaba bien colócado. Estaba demasiado ansioso por ir a explorar el lugar, desde la ventanilla del autobús había visto las remodelaciones que habían hecho ese año. Habían construido más cabañas, colocado establos, una pequeña granja con animales bebés y adultos; colocaron un muelle en el lago artificial, algunos juegos para niños y los árboles de frutas habían crecido lo suficiente como para dar frutos y sombra.

    Se paseo por las carpas primero, saludando a las hermanas de otras iglesias que habían llevado a sus pequeños alumnos. A muchos de ellos los conocía de años anteriores, algunos habían sido monaguillos suyos.

    Continuó su camino, leyendo cada cartel colocado en la puerta de las cabañas. Encontro cambio como una enfermería mas grande, más baños, un pequeño almacén, una cafetería y una biblioteca donde pasaría gran parte de sus tardes enseñando. Por curiosidad, se detuvo en esa cabaña, las hermanas solían dejar a los niños allí para que pasaran el tiempo dibujando en lo que ellas se encargaban de otras tareas y pensó que sería buena idea entrar a pasar el tiempo con ellas, leerles un poco ya que muchos niños llegaban sin saber leer o escribir.

    Subió la escalinata de madera teniendo cuidado de no pisarse el borde de la sotana y tras dar dos golpecitos en la puerta, entró.

    Adeline Wallace
    Llevaba cinco años trabajando la catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, tras ser recomendado por su primer mentor: Lucas Trevant, exorcista veterano del Vaticano. Si bien no tenía un rol demasiado importante, le gustaba dar misa, celebrar bautismos, confesar a los fieles, bendecir objetos; ayudar a las hermanas y voluntarios en el comedor comunitario, colaborar en las clases para los niños de los barrios más humildes de la cuidad. Fuera de eso, y solo cuando Johanna Constantine aparecía, se dedicaba a lo que realmente creía que era verdadera ayuda. Constantine le había enseñado lo que ella llamaba el sutil arte de patear culos demoníacos. Le enseñó todo lo que había aprendido de forma autodidacta sobre exorcismos y a cambio, él le ayudo a expandir sus conocimientos sobre demonologia. El hecho de que hubiera renunciado a su título como príncipe del infierno para convertirse en sacerdote no significaba que dejaba de serlo. La jerarquía en el infierno no funcionaba así, los demonios se lo recordaban cada vez que lo veían, pero a su vez, estaban obligados a obedecerle; por mucho que odiaran tener a un mestizo como el siguiente al trono en la línea de sucesión, le debían respeto y Rory lo sabía, por ello era un excelente exorcista, el arma secreta del Vaticano. Por fortuna en los últimos meses no había visto a Johanna, lo cual significaba que no habían demonios haciendo de las suyas en la tierra y se alegro por eso, no le habría gustado perderse del retiro espíritual por tener que quedarse a discutir en latín con demonios rebeldes. Terminó de empacar sus pertenecías y guardo en un bolsillo la estampilla de quien consideraba su tío favorito, a pesar de tener una rivalidad con su padre, Mikha'el o mejor conocido como san Miguel arcángel; uno de los pocos hermanos de su padre que no lo trataban como una abominación por haber nacido del vientre de una humana. Le echo un último vistazo a la pequeña habitación de la casa parroquial y bajo al salón principal a reunirse con el resto de grupo mientras esperaban el transporte que los llevaría a Santa Mónica, cede de muchos de sus eventos. ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ﹙ . . . ﹚ Luego de una hora de viaje y de acomodar sus cosas en la habitación que compartiría con el padre Xavier durante dos semanas, dejo su ropa normal y se vistió con la sotana negra, sin percatarse de que el alza cuellos blanco no estaba bien colócado. Estaba demasiado ansioso por ir a explorar el lugar, desde la ventanilla del autobús había visto las remodelaciones que habían hecho ese año. Habían construido más cabañas, colocado establos, una pequeña granja con animales bebés y adultos; colocaron un muelle en el lago artificial, algunos juegos para niños y los árboles de frutas habían crecido lo suficiente como para dar frutos y sombra. Se paseo por las carpas primero, saludando a las hermanas de otras iglesias que habían llevado a sus pequeños alumnos. A muchos de ellos los conocía de años anteriores, algunos habían sido monaguillos suyos. Continuó su camino, leyendo cada cartel colocado en la puerta de las cabañas. Encontro cambio como una enfermería mas grande, más baños, un pequeño almacén, una cafetería y una biblioteca donde pasaría gran parte de sus tardes enseñando. Por curiosidad, se detuvo en esa cabaña, las hermanas solían dejar a los niños allí para que pasaran el tiempo dibujando en lo que ellas se encargaban de otras tareas y pensó que sería buena idea entrar a pasar el tiempo con ellas, leerles un poco ya que muchos niños llegaban sin saber leer o escribir. Subió la escalinata de madera teniendo cuidado de no pisarse el borde de la sotana y tras dar dos golpecitos en la puerta, entró. [almost.saint]
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  • De repente todos los televisores del infierno se encendieron, era la hora de las noticias. Enseguida se vió el plató en donde se retransmitía el noticiero de Voxtek, el más visto en todos los anillos. Además, tras todo lo sucedido, Vox había tomado casi siempre el puesto de Kate Killjoy, para retransmitir él mismo las noticias, de este modo se aseguraba que información llegaba y cual no.

    De modo que ahí estaba, acomodando los papeles del guion, con su distintiva sonrisa de tiburon, antes de comenzar a narrar.

    —Infernales días a todos queridos espectadores, hoy entre otras noticias… En el anillo de la avaricia a ocurrido un terrible accidente doble. Ha habido una intoxicación masiva en la mansión del reconocido mafioso Crimson, en medio de una reunión eñ la que han comido y bebido productos en mal estado, todos han caído víctimas por repentinas úlceras, vomitos y… bueno, digamos que han evacuado por arriba y por abajo a la vez, en lo que los expertos han bautizado como: “El día de la mierda”. Pero eso no es todo, no… al parecer alguno de los criados que también ha caído víctima de esto, ha dejado el gas abierto y por consecuencia la casa entera ha explotado. El contador asciende a más de veinte muertos, pero, por suerte; el propietario de la mansión pudo ser trasladado al hospital y aunque en cuidados intensivos, ya se encuentra fuera de peligro. —carraspeó para aclararse la voz—. Algunos apuntan a una posible venganza de alguna mafia rival pero, algo así hasta ahora nunca fue visto eñ un ataque de esta índole. Por lo que lo más probable es que el muy imbecil se quisiera ahorrar unos neuros sirviendo comida pasada de fecha pensando: “¿Que podría salir mal? Ni si quiera se ve que tenga tanto moho.”—acto seguido recolocó los papeles de nuevo, sacudiendo la cabeza

    —Ahora en serio ¿Por que mierda esto es si quiera noticia? En fin… Eso ha sido todo ¡Confiad en mí para manteneros informados!—y tras esto, el noticiero terminó, pasando el protagonismo a la presentadora de siempre,quien dió unas cuantas noticias de lo más olvidables e irrelevantes.
    De repente todos los televisores del infierno se encendieron, era la hora de las noticias. Enseguida se vió el plató en donde se retransmitía el noticiero de Voxtek, el más visto en todos los anillos. Además, tras todo lo sucedido, Vox había tomado casi siempre el puesto de Kate Killjoy, para retransmitir él mismo las noticias, de este modo se aseguraba que información llegaba y cual no. De modo que ahí estaba, acomodando los papeles del guion, con su distintiva sonrisa de tiburon, antes de comenzar a narrar. —Infernales días a todos queridos espectadores, hoy entre otras noticias… En el anillo de la avaricia a ocurrido un terrible accidente doble. Ha habido una intoxicación masiva en la mansión del reconocido mafioso Crimson, en medio de una reunión eñ la que han comido y bebido productos en mal estado, todos han caído víctimas por repentinas úlceras, vomitos y… bueno, digamos que han evacuado por arriba y por abajo a la vez, en lo que los expertos han bautizado como: “El día de la mierda”. Pero eso no es todo, no… al parecer alguno de los criados que también ha caído víctima de esto, ha dejado el gas abierto y por consecuencia la casa entera ha explotado. El contador asciende a más de veinte muertos, pero, por suerte; el propietario de la mansión pudo ser trasladado al hospital y aunque en cuidados intensivos, ya se encuentra fuera de peligro. —carraspeó para aclararse la voz—. Algunos apuntan a una posible venganza de alguna mafia rival pero, algo así hasta ahora nunca fue visto eñ un ataque de esta índole. Por lo que lo más probable es que el muy imbecil se quisiera ahorrar unos neuros sirviendo comida pasada de fecha pensando: “¿Que podría salir mal? Ni si quiera se ve que tenga tanto moho.”—acto seguido recolocó los papeles de nuevo, sacudiendo la cabeza —Ahora en serio ¿Por que mierda esto es si quiera noticia? En fin… Eso ha sido todo ¡Confiad en mí para manteneros informados!—y tras esto, el noticiero terminó, pasando el protagonismo a la presentadora de siempre,quien dió unas cuantas noticias de lo más olvidables e irrelevantes.
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  • Las flores me entienden bien. Y yo a ellas. Cuando queráis venir a mi casa a que os hable de plantas y flores, no dudéis en pedírmelo.

    Y si necesitáis un ramo, o un arreglo floral para bodas, comuniones, bautizos, entierros... también podéis avisarme. Pero mis servicios no son baratos.
    Las flores me entienden bien. Y yo a ellas. Cuando queráis venir a mi casa a que os hable de plantas y flores, no dudéis en pedírmelo. Y si necesitáis un ramo, o un arreglo floral para bodas, comuniones, bautizos, entierros... también podéis avisarme. Pero mis servicios no son baratos.
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  • Un nuevo dia comienza hay que ponerle mucho animo! Bau Bau!
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  • — Bauu~ ¿Eh? ¿Me estabas mirando? No es que tenga hambre ni nada… P-pero si vas a invitar, no me voy a quejar, ¿ok?

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