Imagina que encontrar a Dios no es encontrar un tesoro, sino contraer una enfermedad autoinmune del espíritu. Los desafortunados que se encontraron con Dios han canjeado su capacidad de asombro por un manual de instrucciones. Socialmente, esto se traduce en una pereza ética aterradora.
El creyente ya no necesita empatizar con la víctima de una tragedia, solo necesita citar un versículo; ya no tiene que luchar por la justicia, porque está convencido de que un Juez Supremo pondrá orden cuando todos estemos muertos.
Es la máxima forma de egoísmo disfrazada de humildad: creer que el universo, con sus miles de millones de galaxias, tiene un interés personal en lo que tú haces en tu habitación o en lo que pones en tu plato.
Lo que un creyente no logra ver es que su "paz" es, en realidad, un aislamiento sensorial. Para mantener a su Dios intacto, debe ignorar el ruido de los huesos rompiéndose en lugares donde la oración nunca llega.
Al final, encontrar a Dios es como mudarse a una casa con las ventanas pintadas de blanco: por fuera parece un refugio luminoso, pero por dentro es una celda donde han decidido que la realidad ya no es bienvenida.
Su "afortunado" encuentro no es más que el momento en que dejaron de ser humanos para convertirse en eco de un silencio que ellos mimos bautizaron.
Imagina que encontrar a Dios no es encontrar un tesoro, sino contraer una enfermedad autoinmune del espíritu. Los desafortunados que se encontraron con Dios han canjeado su capacidad de asombro por un manual de instrucciones. Socialmente, esto se traduce en una pereza ética aterradora. El creyente ya no necesita empatizar con la víctima de una tragedia, solo necesita citar un versículo; ya no tiene que luchar por la justicia, porque está convencido de que un Juez Supremo pondrá orden cuando todos estemos muertos. Es la máxima forma de egoísmo disfrazada de humildad: creer que el universo, con sus miles de millones de galaxias, tiene un interés personal en lo que tú haces en tu habitación o en lo que pones en tu plato. Lo que un creyente no logra ver es que su "paz" es, en realidad, un aislamiento sensorial. Para mantener a su Dios intacto, debe ignorar el ruido de los huesos rompiéndose en lugares donde la oración nunca llega. Al final, encontrar a Dios es como mudarse a una casa con las ventanas pintadas de blanco: por fuera parece un refugio luminoso, pero por dentro es una celda donde han decidido que la realidad ya no es bienvenida. Su "afortunado" encuentro no es más que el momento en que dejaron de ser humanos para convertirse en eco de un silencio que ellos mimos bautizaron.
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