• • Las Crónicas De Fenrir Queen •

    ~El día que ella se marchó..~

    Después de semanas oculto entre montañas nevadas y restos de una guerra que todavía seguía ardiendo dentro de su cabeza, Kael Vireon finalmente había conseguido volver a caminar gracias a la ayuda constante de Fenrir Queen. Para él, aquella chica se había convertido lentamente en algo mucho más importante de lo que quería admitir. En un mundo donde todo olía a humo, sangre y cenizas, Fenrir era la única cosa que todavía parecía cálida. Cada vez que aparecía entrando a la cueva con comida, agua o vendas improvisadas, Kael sentía por unos instantes que el dolor desaparecía un poco. Ella hablaba poco, pero incluso su silencio transmitía tranquilidad. Y para un niño que acababa de perder absolutamente todo… aquello terminó convirtiéndose en un refugio emocional del que ni siquiera era consciente.

    Había noches donde Kael despertaba sobresaltado por las pesadillas, escuchando nuevamente los gritos de su pueblo, viendo otra vez el fuego devorando las casas mientras el cielo se llenaba de aquellas monstruosas estructuras flotantes. Recordaba el abrazo desesperado de su madre, el último grito de su padre y la sensación de impotencia mientras el mundo entero colapsaba frente a él. Pero entonces veía a Fenrir dormida cerca del fuego o escuchaba su voz tranquila preguntándole si las heridas todavía dolían… y por un momento podía respirar otra vez.

    Por eso jamás imaginó lo que estaba a punto de descubrir.

    Aquella mañana el sonido regresó.

    Un estruendo profundo atravesó las montañas haciendo vibrar la nieve bajo sus pies. Kael abrió los ojos inmediatamente y su cuerpo reaccionó por puro instinto. Ese ruido… era exactamente el mismo. El mismo sonido que escuchó el día que comenzó la masacre.

    Sin decir nada salió rápidamente de la cueva mientras el viento helado golpeaba su rostro. Desde la altura de la montaña pudo ver enormes sombras moviéndose entre las nubes. Varias estructuras gigantescas descendían lentamente sobre el valle rodeadas de humo y energía, como depredadores regresando al lugar donde ya habían arrasado todo una vez.

    El corazón de Kael comenzó a acelerarse violentamente.

    No.

    No podía ser.

    Sus piernas avanzaron solas entre la nieve hasta alcanzar un punto desde donde podía observar mejor el valle… y entonces la vio.

    Fenrir.

    Estaba allí.

    De pie sobre una de aquellas enormes plataformas flotantes mientras el viento movía lentamente su vestido blanco. Detrás de ella caminaban soldados armados cubiertos con las mismas armaduras oscuras que Kael jamás había podido olvidar. Desde esa distancia ella parecía tranquila, completamente integrada entre aquel ejército monstruoso que dominaba el cielo.

    Y fue entonces cuando Kael empezó a reconocer los símbolos.

    Las banderas negras.

    Los emblemas grabados sobre el metal.

    Las marcas que vio entre humo y sangre el día que su hogar desapareció.

    Todo encajó de golpe.

    Fenrir no era una superviviente.
    No era una chica perdida.
    No era alguien que simplemente apareció en medio de la guerra.

    Ella pertenecía a ellos.

    Al mismo ejército que redujo su hogar a cenizas.
    Al mismo ejército que asesinó a su madre, a su padre, a sus vecinos… a todos.

    Kael sintió que algo dentro de él simplemente se rompía.

    Las imágenes comenzaron a mezclarse violentamente en su cabeza. Su madre abrazándolo mientras lloraba. Su padre cubierto de sangre intentando detener a aquellos soldados. El fuego consumiendo las calles. Los gritos. La nieve teñida de rojo. Y luego Fenrir… sentada junto al fuego de la cueva mirándolo con aquella expresión tranquila mientras curaba sus heridas.

    El contraste era demasiado.

    Su respiración empezó a fallar.

    —…no…—

    La voz apenas salió de su garganta mientras retrocedía un paso sobre la nieve. Abajo, varias naves comenzaron a elevarse lentamente y soldados seguían moviéndose alrededor de Fenrir como si aquel infierno fuera algo normal para ella.

    —…tú…?—

    Las lágrimas empezaron a caerle sin siquiera darse cuenta.

    Todo lo que había construido emocionalmente alrededor de ella empezó a derrumbarse de golpe. Porque Fenrir no solo había sido alguien importante para él. Había sido literalmente lo único que le quedaba después de perderlo todo. La única persona que logró hacerle sentir protegido otra vez. La única voz capaz de calmar sus pesadillas.

    Y ahora estaba viendo que esa misma persona pertenecía al monstruo que destruyó su vida.

    Kael apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas atravesaron la piel de sus manos. Su cuerpo entero comenzó a temblar mientras una mezcla insoportable de dolor, rabia y traición crecía dentro de él como algo vivo.

    Quería odiarla.

    Quería gritarle.

    Quería arrancarse de encima cada recuerdo relacionado con ella.

    Pero justamente eso era lo que más lo destruía… porque aun viendo todo aquello, una parte de él seguía recordando a la chica que se sentaba junto al fuego para hacerle compañía en silencio.

    Y esa contradicción terminó quebrándolo completamente.

    El aire empezó a vibrar.

    Primero levemente.

    Después violentamente.

    La nieve alrededor de Kael comenzó a agrietarse mientras una presión monstruosa explotaba desde su cuerpo de forma descontrolada. Rocas enteras empezaron a fracturarse bajo sus pies y el espacio alrededor suyo pareció deformarse por un instante.

    Kael cayó de rodillas gritando mientras el dolor emocional terminaba despertando algo dormido en lo más profundo de su existencia.

    La Resonancia Sísmica del Vacío.

    Una habilidad nacida del colapso absoluto de sus emociones y de un odio tan intenso que literalmente hacía vibrar el mundo a su alrededor. Ondas invisibles comenzaron a expandirse desde su cuerpo deformando el aire y resquebrajando todo lo que tocaban. La montaña explotó en múltiples fracturas gigantescas mientras árboles enteros eran arrancados desde la raíz y enormes pedazos de tierra colapsaban hacia el vacío.

    El cielo mismo parecía partirse.

    Las estructuras flotantes comenzaron a sacudirse violentamente.

    Varios soldados perdieron el equilibrio.

    Incluso el océano lejano empezó a agitarse bajo aquellas vibraciones monstruosas.

    Y en medio de aquel nacimiento aterrador… Kael solo podía mirar a Fenrir con el rostro completamente roto por el dolor.

    Porque en ese instante murió el niño que todavía quería creer en ella.

    Y nació alguien capaz de hacer temblar el mundo entero con su odio.
    • Las Crónicas De Fenrir Queen • ~El día que ella se marchó..~ Después de semanas oculto entre montañas nevadas y restos de una guerra que todavía seguía ardiendo dentro de su cabeza, Kael Vireon finalmente había conseguido volver a caminar gracias a la ayuda constante de Fenrir Queen. Para él, aquella chica se había convertido lentamente en algo mucho más importante de lo que quería admitir. En un mundo donde todo olía a humo, sangre y cenizas, Fenrir era la única cosa que todavía parecía cálida. Cada vez que aparecía entrando a la cueva con comida, agua o vendas improvisadas, Kael sentía por unos instantes que el dolor desaparecía un poco. Ella hablaba poco, pero incluso su silencio transmitía tranquilidad. Y para un niño que acababa de perder absolutamente todo… aquello terminó convirtiéndose en un refugio emocional del que ni siquiera era consciente. Había noches donde Kael despertaba sobresaltado por las pesadillas, escuchando nuevamente los gritos de su pueblo, viendo otra vez el fuego devorando las casas mientras el cielo se llenaba de aquellas monstruosas estructuras flotantes. Recordaba el abrazo desesperado de su madre, el último grito de su padre y la sensación de impotencia mientras el mundo entero colapsaba frente a él. Pero entonces veía a Fenrir dormida cerca del fuego o escuchaba su voz tranquila preguntándole si las heridas todavía dolían… y por un momento podía respirar otra vez. Por eso jamás imaginó lo que estaba a punto de descubrir. Aquella mañana el sonido regresó. Un estruendo profundo atravesó las montañas haciendo vibrar la nieve bajo sus pies. Kael abrió los ojos inmediatamente y su cuerpo reaccionó por puro instinto. Ese ruido… era exactamente el mismo. El mismo sonido que escuchó el día que comenzó la masacre. Sin decir nada salió rápidamente de la cueva mientras el viento helado golpeaba su rostro. Desde la altura de la montaña pudo ver enormes sombras moviéndose entre las nubes. Varias estructuras gigantescas descendían lentamente sobre el valle rodeadas de humo y energía, como depredadores regresando al lugar donde ya habían arrasado todo una vez. El corazón de Kael comenzó a acelerarse violentamente. No. No podía ser. Sus piernas avanzaron solas entre la nieve hasta alcanzar un punto desde donde podía observar mejor el valle… y entonces la vio. Fenrir. Estaba allí. De pie sobre una de aquellas enormes plataformas flotantes mientras el viento movía lentamente su vestido blanco. Detrás de ella caminaban soldados armados cubiertos con las mismas armaduras oscuras que Kael jamás había podido olvidar. Desde esa distancia ella parecía tranquila, completamente integrada entre aquel ejército monstruoso que dominaba el cielo. Y fue entonces cuando Kael empezó a reconocer los símbolos. Las banderas negras. Los emblemas grabados sobre el metal. Las marcas que vio entre humo y sangre el día que su hogar desapareció. Todo encajó de golpe. Fenrir no era una superviviente. No era una chica perdida. No era alguien que simplemente apareció en medio de la guerra. Ella pertenecía a ellos. Al mismo ejército que redujo su hogar a cenizas. Al mismo ejército que asesinó a su madre, a su padre, a sus vecinos… a todos. Kael sintió que algo dentro de él simplemente se rompía. Las imágenes comenzaron a mezclarse violentamente en su cabeza. Su madre abrazándolo mientras lloraba. Su padre cubierto de sangre intentando detener a aquellos soldados. El fuego consumiendo las calles. Los gritos. La nieve teñida de rojo. Y luego Fenrir… sentada junto al fuego de la cueva mirándolo con aquella expresión tranquila mientras curaba sus heridas. El contraste era demasiado. Su respiración empezó a fallar. —…no…— La voz apenas salió de su garganta mientras retrocedía un paso sobre la nieve. Abajo, varias naves comenzaron a elevarse lentamente y soldados seguían moviéndose alrededor de Fenrir como si aquel infierno fuera algo normal para ella. —…tú…?— Las lágrimas empezaron a caerle sin siquiera darse cuenta. Todo lo que había construido emocionalmente alrededor de ella empezó a derrumbarse de golpe. Porque Fenrir no solo había sido alguien importante para él. Había sido literalmente lo único que le quedaba después de perderlo todo. La única persona que logró hacerle sentir protegido otra vez. La única voz capaz de calmar sus pesadillas. Y ahora estaba viendo que esa misma persona pertenecía al monstruo que destruyó su vida. Kael apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas atravesaron la piel de sus manos. Su cuerpo entero comenzó a temblar mientras una mezcla insoportable de dolor, rabia y traición crecía dentro de él como algo vivo. Quería odiarla. Quería gritarle. Quería arrancarse de encima cada recuerdo relacionado con ella. Pero justamente eso era lo que más lo destruía… porque aun viendo todo aquello, una parte de él seguía recordando a la chica que se sentaba junto al fuego para hacerle compañía en silencio. Y esa contradicción terminó quebrándolo completamente. El aire empezó a vibrar. Primero levemente. Después violentamente. La nieve alrededor de Kael comenzó a agrietarse mientras una presión monstruosa explotaba desde su cuerpo de forma descontrolada. Rocas enteras empezaron a fracturarse bajo sus pies y el espacio alrededor suyo pareció deformarse por un instante. Kael cayó de rodillas gritando mientras el dolor emocional terminaba despertando algo dormido en lo más profundo de su existencia. La Resonancia Sísmica del Vacío. Una habilidad nacida del colapso absoluto de sus emociones y de un odio tan intenso que literalmente hacía vibrar el mundo a su alrededor. Ondas invisibles comenzaron a expandirse desde su cuerpo deformando el aire y resquebrajando todo lo que tocaban. La montaña explotó en múltiples fracturas gigantescas mientras árboles enteros eran arrancados desde la raíz y enormes pedazos de tierra colapsaban hacia el vacío. El cielo mismo parecía partirse. Las estructuras flotantes comenzaron a sacudirse violentamente. Varios soldados perdieron el equilibrio. Incluso el océano lejano empezó a agitarse bajo aquellas vibraciones monstruosas. Y en medio de aquel nacimiento aterrador… Kael solo podía mirar a Fenrir con el rostro completamente roto por el dolor. Porque en ese instante murió el niño que todavía quería creer en ella. Y nació alguien capaz de hacer temblar el mundo entero con su odio.
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  • — "Dicen que jugar con fuego es peligroso, pero se olvidan de que algunas nacimos de las llamas. No busco que me descifres, ni pretendo ser un misterio que puedas resolver; soy la tentación consciente, el deseo que se elige y esa elegancia salvaje que no cualquiera sabe sostener. Quien me mira, lo sabe; quien me toca, se pierde... y quien me reta, simplemente se quema."

    #SeductiveSunday
    #Kiss
    — "Dicen que jugar con fuego es peligroso, pero se olvidan de que algunas nacimos de las llamas. No busco que me descifres, ni pretendo ser un misterio que puedas resolver; soy la tentación consciente, el deseo que se elige y esa elegancia salvaje que no cualquiera sabe sostener. Quien me mira, lo sabe; quien me toca, se pierde... y quien me reta, simplemente se quema." #SeductiveSunday #Kiss
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  • • Las Crónicas De Fenrir Queen •

    ~El día de kael vireon prt2~

    El humo cubría el cielo por completo y la nieve que antes daba tranquilidad al pueblo ahora se derretía lentamente bajo las llamas mientras cenizas oscuras caían sobre los tejados destruidos. Kael Vireon apenas podía respirar, el aire quemaba y los gritos venían de todas partes. Su madre seguía sujetándolo del brazo mientras corrían entre calles colapsadas, esquivando escombros y personas desesperadas que intentaban huir hacia el bosque, pero no había salida, aquellas enormes estructuras flotantes seguían descendiendo sobre el valle como depredadores observando una presa herida.

    —¡Kael no mires atrás!—

    La voz de su madre sonó más fuerte esta vez, pero fue demasiado tarde. El chico giró apenas el rostro y vio a uno de los soldados atravesar a un hombre del pueblo sin siquiera detenerse, mientras otro levantaba la mano creando un círculo mágico oscuro que explotó contra varias casas cercanas. No era una batalla, era una ejecución. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kael justo cuando el suelo volvió a temblar violentamente y una onda de choque atravesó la montaña lanzando nieve, fuego y madera destruida por todas partes. Varias casas se derrumbaron de golpe y su madre cayó de rodillas.

    —¡Mamá!—

    Kael intentó ayudarla, pero ella sostuvo rápidamente su rostro entre las manos y por primera vez él vio miedo real en sus ojos.

    —Escúchame… pase lo que pase no vuelvas atrás, ¿entendido?, corre hacia el bosque, sigue el río congelado y no te detengas—

    —No pienso irme sin ustedes—

    —¡KAEL!—

    El grito hizo que se quedara completamente inmóvil. Ella nunca le había hablado así. Las llamas iluminaban su rostro mientras pequeñas lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.

    —Tienes que vivir—

    Entonces una enorme sombra cayó frente a ellos. Uno de los soldados había aterrizado en medio de la calle destruida, su armadura negra estaba cubierta de nieve derretida y sangre, y en una mano sostenía una lanza oscura impregnada de energía. Detrás de él otros descendían lentamente desde el cielo. Kael retrocedió instintivamente mientras el soldado observaba alrededor hasta fijar la vista directamente en ellos.

    —Supervivientes detectados—

    Su voz no parecía humana, solo vacía. El hombre levantó lentamente la lanza y la madre de Kael abrazó a su hijo cubriéndolo con el cuerpo mientras el mundo entero parecía detenerse alrededor de ellos, pero justo antes de que atacara una explosión azul atravesó la calle destruyendo parte de las casas cercanas y lanzando al soldado varios metros hacia atrás.

    Kael abrió los ojos sorprendido.

    Su padre había aparecido entre el humo sosteniendo aquella vieja herramienta metálica, aunque ahora estaba cubierta de runas brillantes y energía azulada. Su respiración era pesada y sangre caía lentamente por uno de sus brazos.

    —Llévatelo…—

    —¡Pero tú…!—

    —¡AHORA!—

    El soldado comenzó a levantarse entre los escombros mientras más figuras descendían desde el cielo detrás de él. El padre de Kael dio un paso al frente sin apartar la mirada del enemigo y, aunque solo fue un paso… para Kael aquel instante se convirtió en el momento exacto donde su infancia terminó.
    • Las Crónicas De Fenrir Queen • ~El día de kael vireon prt2~ El humo cubría el cielo por completo y la nieve que antes daba tranquilidad al pueblo ahora se derretía lentamente bajo las llamas mientras cenizas oscuras caían sobre los tejados destruidos. Kael Vireon apenas podía respirar, el aire quemaba y los gritos venían de todas partes. Su madre seguía sujetándolo del brazo mientras corrían entre calles colapsadas, esquivando escombros y personas desesperadas que intentaban huir hacia el bosque, pero no había salida, aquellas enormes estructuras flotantes seguían descendiendo sobre el valle como depredadores observando una presa herida. —¡Kael no mires atrás!— La voz de su madre sonó más fuerte esta vez, pero fue demasiado tarde. El chico giró apenas el rostro y vio a uno de los soldados atravesar a un hombre del pueblo sin siquiera detenerse, mientras otro levantaba la mano creando un círculo mágico oscuro que explotó contra varias casas cercanas. No era una batalla, era una ejecución. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kael justo cuando el suelo volvió a temblar violentamente y una onda de choque atravesó la montaña lanzando nieve, fuego y madera destruida por todas partes. Varias casas se derrumbaron de golpe y su madre cayó de rodillas. —¡Mamá!— Kael intentó ayudarla, pero ella sostuvo rápidamente su rostro entre las manos y por primera vez él vio miedo real en sus ojos. —Escúchame… pase lo que pase no vuelvas atrás, ¿entendido?, corre hacia el bosque, sigue el río congelado y no te detengas— —No pienso irme sin ustedes— —¡KAEL!— El grito hizo que se quedara completamente inmóvil. Ella nunca le había hablado así. Las llamas iluminaban su rostro mientras pequeñas lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos. —Tienes que vivir— Entonces una enorme sombra cayó frente a ellos. Uno de los soldados había aterrizado en medio de la calle destruida, su armadura negra estaba cubierta de nieve derretida y sangre, y en una mano sostenía una lanza oscura impregnada de energía. Detrás de él otros descendían lentamente desde el cielo. Kael retrocedió instintivamente mientras el soldado observaba alrededor hasta fijar la vista directamente en ellos. —Supervivientes detectados— Su voz no parecía humana, solo vacía. El hombre levantó lentamente la lanza y la madre de Kael abrazó a su hijo cubriéndolo con el cuerpo mientras el mundo entero parecía detenerse alrededor de ellos, pero justo antes de que atacara una explosión azul atravesó la calle destruyendo parte de las casas cercanas y lanzando al soldado varios metros hacia atrás. Kael abrió los ojos sorprendido. Su padre había aparecido entre el humo sosteniendo aquella vieja herramienta metálica, aunque ahora estaba cubierta de runas brillantes y energía azulada. Su respiración era pesada y sangre caía lentamente por uno de sus brazos. —Llévatelo…— —¡Pero tú…!— —¡AHORA!— El soldado comenzó a levantarse entre los escombros mientras más figuras descendían desde el cielo detrás de él. El padre de Kael dio un paso al frente sin apartar la mirada del enemigo y, aunque solo fue un paso… para Kael aquel instante se convirtió en el momento exacto donde su infancia terminó.
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  • 。 𝗔𝗹𝗹 𝘁𝗵𝗮𝘁 𝗴𝗹𝗶𝘁𝘁𝗲𝗿𝘀 𝗶𝘀 𝗻𝗼𝘁 𝗳𝘂𝗰𝗸𝗶𝗻𝗴 𝗴𝗼𝗹𝗱.
    Categoría Original
    La cámara subterránea apestaba a una mezcla entre vísceras hinchadas por la descomposición y a carne quemada.

    No era un olor normal, ni una combinación común.

    El hombre sintió cómo la pestilencia le bajaba por la garganta y se le pegaba al paladar como grasa rancia.

    Tragó saliva con total asco mientras la antorcha escupía humo negro contra el techo.

    La luz temblorosa arrancaba formas deformes de las paredes: manchas oscuras, costras secas y salpicaduras que, en algún punto, habían sido sangre humana.

    Incluso había uñas incrustadas entre las piedras.

    Docenas.

    Algunas todavía conservaban fragmentos de dedos ennegrecidos.

    —Mierda... —escupió, cubriéndose la nariz con el antebrazo—. Qué clase de degenerado construye un lugar así...

    El suelo crujía bajo sus botas.

    No por ser grava.

    Sino por ser huesos.

    Costillas quebradas, vértebras pulverizadas y dientes humanos mezclados con barro húmedo. Cada paso trituraba restos amarillentos que llevaban años pudriéndose bajo aquella oscuridad sofocante.

    Había pelos pegados entre las grietas de las piedras. Trozos de cuero cabelludo seco adheridos como un enfermizo musgo.

    Y en medio de todo eso...

    Un ataúd descansaba sobre una plataforma de mármol negro; como una joya caída del cielo en mitad de un osario.

    Era exquisito.

    No había otra palabra.

    La estructura entera estaba construida con una madera tan oscura y pulida que parecía obsidiana líquida. Filigranas de oro recorrían cada borde formando patrones delicados de flores entrelazadas. Rubíes enormes ardían bajo la luz de la antorcha como gotas de sangre fresca atrapadas en cristal. Zafiros del tamaño de huevos brillaban incrustados entre líneas de plata pura. Diamantes pequeños estaban cuidadosamente encajados formando constelaciones diminutas sobre la tapa.

    Eso valía reinos enteros, tanto que podría ser la razón para causar varias guerras.

    Aquel ataúd no pertenecía a una tumba.

    Parecía un altar dedicado a la avaricia humana.

    Y quizá, lo más curioso era ese enorme lazo...

    Daba la sensación de que todo era un regalo finamente envuelto, pero prefirió ignorar esa mortífera idea.

    El cazador silbó entre dientes.

    —Mierda... —murmuró, acercándose lentamente—. Con esto podría retirarme, comprar una jodida taberna y morir ahí...

    La luz del fuego danzaba sobre el oro, haciendo que todo el sarcófago brillara con una belleza obscena en medio de aquella podredumbre. Ni una mota de polvo descansaba sobre el ataúd.

    Las gemas estaban impecables. El metal relucía como recién pulido.

    Demasiado perfecto.

    Demasiado limpio.

    El hombre apoyó una mano sobre la tapa ornamentada.

    El oro estaba tibio.

    Eso le desagradó más de lo que le gustaría admitir.

    Hizo un poco de fuerza.

    Y el ataúd se abrió con un gemido espeso, casi como un grito ahogado en dolor.

    El olor golpeó primero.

    No era putrefacción.

    Era algo mucho peor.

    Sangre fresca mezclada con un perfume dulzón. Carne troceada. Flores marchitas flotando sobre un pantano de vísceras.

    El cazador retrocedió un paso automáticamente.

    Dentro no había un cadáver.

    Había una mujer.

    Inmóvil sobre terciopelo rojo empapado de sangre vieja.

    Piel blanca. Demasiado blanca. Tensada sobre los huesos como cera húmeda.

    El vestido de seda seguía intacto. Puro. Inmaculado.

    Contrastando horriblemente con los restos humanos que la rodeaban.

    El hombre sintió un escalofrío reptándole por la espalda.

    No por miedo.

    Era repulsión pura.
    La cámara subterránea apestaba a una mezcla entre vísceras hinchadas por la descomposición y a carne quemada. No era un olor normal, ni una combinación común. El hombre sintió cómo la pestilencia le bajaba por la garganta y se le pegaba al paladar como grasa rancia. Tragó saliva con total asco mientras la antorcha escupía humo negro contra el techo. La luz temblorosa arrancaba formas deformes de las paredes: manchas oscuras, costras secas y salpicaduras que, en algún punto, habían sido sangre humana. Incluso había uñas incrustadas entre las piedras. Docenas. Algunas todavía conservaban fragmentos de dedos ennegrecidos. —Mierda... —escupió, cubriéndose la nariz con el antebrazo—. Qué clase de degenerado construye un lugar así... El suelo crujía bajo sus botas. No por ser grava. Sino por ser huesos. Costillas quebradas, vértebras pulverizadas y dientes humanos mezclados con barro húmedo. Cada paso trituraba restos amarillentos que llevaban años pudriéndose bajo aquella oscuridad sofocante. Había pelos pegados entre las grietas de las piedras. Trozos de cuero cabelludo seco adheridos como un enfermizo musgo. Y en medio de todo eso... Un ataúd descansaba sobre una plataforma de mármol negro; como una joya caída del cielo en mitad de un osario. Era exquisito. No había otra palabra. La estructura entera estaba construida con una madera tan oscura y pulida que parecía obsidiana líquida. Filigranas de oro recorrían cada borde formando patrones delicados de flores entrelazadas. Rubíes enormes ardían bajo la luz de la antorcha como gotas de sangre fresca atrapadas en cristal. Zafiros del tamaño de huevos brillaban incrustados entre líneas de plata pura. Diamantes pequeños estaban cuidadosamente encajados formando constelaciones diminutas sobre la tapa. Eso valía reinos enteros, tanto que podría ser la razón para causar varias guerras. Aquel ataúd no pertenecía a una tumba. Parecía un altar dedicado a la avaricia humana. Y quizá, lo más curioso era ese enorme lazo... Daba la sensación de que todo era un regalo finamente envuelto, pero prefirió ignorar esa mortífera idea. El cazador silbó entre dientes. —Mierda... —murmuró, acercándose lentamente—. Con esto podría retirarme, comprar una jodida taberna y morir ahí... La luz del fuego danzaba sobre el oro, haciendo que todo el sarcófago brillara con una belleza obscena en medio de aquella podredumbre. Ni una mota de polvo descansaba sobre el ataúd. Las gemas estaban impecables. El metal relucía como recién pulido. Demasiado perfecto. Demasiado limpio. El hombre apoyó una mano sobre la tapa ornamentada. El oro estaba tibio. Eso le desagradó más de lo que le gustaría admitir. Hizo un poco de fuerza. Y el ataúd se abrió con un gemido espeso, casi como un grito ahogado en dolor. El olor golpeó primero. No era putrefacción. Era algo mucho peor. Sangre fresca mezclada con un perfume dulzón. Carne troceada. Flores marchitas flotando sobre un pantano de vísceras. El cazador retrocedió un paso automáticamente. Dentro no había un cadáver. Había una mujer. Inmóvil sobre terciopelo rojo empapado de sangre vieja. Piel blanca. Demasiado blanca. Tensada sobre los huesos como cera húmeda. El vestido de seda seguía intacto. Puro. Inmaculado. Contrastando horriblemente con los restos humanos que la rodeaban. El hombre sintió un escalofrío reptándole por la espalda. No por miedo. Era repulsión pura.
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  • 𝙀𝙡 𝙨𝙤𝙣𝙞𝙙𝙤 𝙙𝙚 𝙂𝙚𝙣𝙤𝙨𝙝𝙖 𝙢𝙪𝙧𝙞𝙚𝙣𝙙𝙤 — 𝑚𝑒𝑚𝑜𝑟𝑖𝑒𝑠 𝐼

    𝐻𝑎𝑏𝜄́𝑎 𝑝𝑜𝑙𝑣𝑜 𝑒𝑛 𝑡𝑜𝑑𝑎𝑠 𝑝𝑎𝑟𝑡𝑒𝑠...

    No esa clase de polvo que se acumula sobre muebles olvidados o edificios viejos. Era esa clase de ceniza mezclada con concreto molido, metal y algo que prefirió no identificar demasiado rápido. Cada vez que respiraba sentía la garganta arderle un poco más, pero dejó de prestarle atención después de los primeros minutos. Había demasiadas cosas alrededor reclamando espacio dentro de su cabeza, que el hecho de pensar se volvía un lujo innecesario en esos instantes.

    𝐺𝑒𝑛𝑜𝑠𝘩𝑎 𝑡𝑜𝑑𝑎𝑣𝜄́𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑏𝑎 𝘩𝑢𝑚𝑒𝑎𝑛𝑑𝑜.

    Columnas negras subían desde distintos puntos de la isla como si el suelo siguiera incendiándose desde adentro. A la distancia podían escucharse estructuras colapsando solas de vez en cuando; un estruendo seco, luego silencio otra vez. Y eso no fue lo peor. Era el silencio que, entre tanto horror, era lo que irónicamente lograba hacer más ruido. Una ciudad entera reducida a ruido de fuego, escombros y dolor.

    Avanzó entre restos de avenidas de lo que alguna vez fueron calles, pisó algo metálico ocasionalmente, después vidrio... y después ¿Una mano? Pero no se detuvo. Porque si empezaba a mirar demasiado tiempo algo específico, iba a perder el impulso de seguir caminando hasta derrumbarse.

    El comunicador en su oído no había dejado de sonar desde que aterrizaron. Voces entran y salen, intercambian información pero él no escucha. No puede escucharlos, no ahora. Coordenadas, nombres, Charles intentando mantener a todos concentrados en rescates y no en el shock emocional que eso conlleva. Pero Scott escuchaba, respondía cuando era necesario, daba órdenes incluso. El piloto perfecto, el líder, el soldado amaestrado.

    Pero existía algo acumulándose debajo de todo eso. Algo horrible, que llevaba años aprendiendo a mantener encerrado. Recordaba perfectamente una frase del profesor, mucho antes de Genosha, cuando él todavía era demasiado joven para entender lo cansado que podía llegar a sentirse alguien:

    "𝘕𝘰 𝘱𝘶𝘦𝘥𝘦𝘴 𝘱𝘦𝘳𝘮𝘪𝘵𝘪𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘳𝘢𝘣𝘪𝘢 𝘥𝘦𝘤𝘪𝘥𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘵𝘪"

    En ese entonces le había parecido sabio. Parado ahí, rodeado de millones de muertos, le parecía una broma cruel.

    Siguió avanzando entre cuerpos por todas partes. Algunos con la estructura ósea irreconocible, otros apenas mantenían sus rostros ante el horror vivido. Otros intactos, y otros... simplemente dejaron de existir en todo aspecto. Eso fue casi lo peor. Una mujer apoyada contra una pared destruida como si estuviera descansando, un chico enterrado hasta la cintura bajo el concreto. Mutantes que probablemente habían tenido una vida completa hacía menos de una hora y ahora eran parte del paraje destruido de una isla que el mundo ya empezaba a convertir en titular.

    Sintió algo quebrarse dentro suyo cuando encontró lo que quedaba de una escuela. El edificio había colapsado hacia un lado, aplastándose sobre sí mismo. Había dibujos infantiles pegados todavía en una pared partida a la mitad. Soles mal pintados, figuras con capas, y un centinela dibujado con crayones rojos.


    —𝐶𝑟𝑖𝑠𝑡𝑜... —espeta, pues escuchó algo debajo de los escombros. Quizá creyó escucharlo, por lo que las voces en el transmisor se dispararon. Entre ellas, Charles, quien pedía que esperara por ayuda, que sea sensato. Pero él sabe que la ayuda tardaría en llegar eventualmente, y sería tarde para quien esté debajo.

    Negándose a acatar la orden directa por instinto de urgencia, simplemente se movió; metió ambas manos bajo una viga hundida y empujó con todas sus fuerzas. El concreto rechinó sobre su cabeza de forma amenazante, pero él consiguió seguir pese a todo pronóstico. Fragmentos comenzaron a desprenderse alrededor suyo mientras levantaba parte de la estructura apenas lo suficiente para abrir espacio debajo. Pero las voces no cesaron. Los músculos ardieron al instante y aún así continuó; porque tenía que haber alguien vivo, tenía que existir esa esperanza por más mínima que sea.

    𝙔 𝙚𝙣𝙩𝙤𝙣𝙘𝙚𝙨 𝙡𝙤𝙨 𝙫𝙞𝙤...

    Niños. Demasiado quietos para serlo, y lamentablemente para presenciarlo. Uno seguía abrazado a una mochila contra el pecho. Otro estaba cubierto por los restos de un pupitre, y había una niña con polvo gris cubriéndole las pestañas; como si simplemente se hubiera quedado dormida durante la clase.

    Dejó de escuchar el comunicador, y la voz de Charles siguió entrando por el auricular. Él sabía que no había nadie con vida, lo supo siempre y no tuvo las agallas de decírselo a Scott. Pero él no distinguía palabras, solo ruido lejano que se perdía conforme más mira la escena. El peso de la estructura continuaba sobre uno de sus brazos mientras observa en silencio, inmóvil. El visor reflejando rojo sobre el concreto destruido y los cuerpos que yacen.

    Y por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo de sí mismo. Porque quiso tomar y destruir todo, algo. No era una sensación solo de golpear y gritar; era destruirlo todo simplemente. Quiso abrir los ojos y partir el horizonte entero en dos. Quiso encontrar cada fábrica, cada laboratorio, cada político que alguna vez permitió que existieran Centinelas y reducirlo todo a cenizas hasta no dejar nada funcionando. El impulso le atravesó el cuerpo tan rápido que tuvo que dejar de apretar la mandíbula para contenerlo, y fue lo que más lo enfermó después.

    No la muerte, no el horror; la facilidad con la que entendió que una parte de él realmente quería soltar el control y no lo hizo. Solo siguió ahí, sosteniendo toneladas de ruinas con una mano mientras miraba a los niños enterrados bajo la escuela.

    𝙉𝙤 𝙩𝙪𝙫𝙞𝙚𝙧𝙤𝙣 𝙪𝙣𝙖 𝙫𝙞𝙙𝙖 𝙥𝙖𝙧𝙖 𝙙𝙞𝙨𝙛𝙧𝙪𝙩𝙖𝙧, 𝙮 𝙖𝙝𝙤𝙧𝙖 𝙣𝙪𝙣𝙘𝙖 𝙢𝙖́𝙨 𝙡𝙖 𝙩𝙚𝙣𝙙𝙧𝜾́𝙖𝙣.
    𝙀𝙡 𝙨𝙤𝙣𝙞𝙙𝙤 𝙙𝙚 𝙂𝙚𝙣𝙤𝙨𝙝𝙖 𝙢𝙪𝙧𝙞𝙚𝙣𝙙𝙤 — 𝑚𝑒𝑚𝑜𝑟𝑖𝑒𝑠 𝐼 𝐻𝑎𝑏𝜄́𝑎 𝑝𝑜𝑙𝑣𝑜 𝑒𝑛 𝑡𝑜𝑑𝑎𝑠 𝑝𝑎𝑟𝑡𝑒𝑠... No esa clase de polvo que se acumula sobre muebles olvidados o edificios viejos. Era esa clase de ceniza mezclada con concreto molido, metal y algo que prefirió no identificar demasiado rápido. Cada vez que respiraba sentía la garganta arderle un poco más, pero dejó de prestarle atención después de los primeros minutos. Había demasiadas cosas alrededor reclamando espacio dentro de su cabeza, que el hecho de pensar se volvía un lujo innecesario en esos instantes. 𝐺𝑒𝑛𝑜𝑠𝘩𝑎 𝑡𝑜𝑑𝑎𝑣𝜄́𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑏𝑎 𝘩𝑢𝑚𝑒𝑎𝑛𝑑𝑜. Columnas negras subían desde distintos puntos de la isla como si el suelo siguiera incendiándose desde adentro. A la distancia podían escucharse estructuras colapsando solas de vez en cuando; un estruendo seco, luego silencio otra vez. Y eso no fue lo peor. Era el silencio que, entre tanto horror, era lo que irónicamente lograba hacer más ruido. Una ciudad entera reducida a ruido de fuego, escombros y dolor. Avanzó entre restos de avenidas de lo que alguna vez fueron calles, pisó algo metálico ocasionalmente, después vidrio... y después ¿Una mano? Pero no se detuvo. Porque si empezaba a mirar demasiado tiempo algo específico, iba a perder el impulso de seguir caminando hasta derrumbarse. El comunicador en su oído no había dejado de sonar desde que aterrizaron. Voces entran y salen, intercambian información pero él no escucha. No puede escucharlos, no ahora. Coordenadas, nombres, Charles intentando mantener a todos concentrados en rescates y no en el shock emocional que eso conlleva. Pero Scott escuchaba, respondía cuando era necesario, daba órdenes incluso. El piloto perfecto, el líder, el soldado amaestrado. Pero existía algo acumulándose debajo de todo eso. Algo horrible, que llevaba años aprendiendo a mantener encerrado. Recordaba perfectamente una frase del profesor, mucho antes de Genosha, cuando él todavía era demasiado joven para entender lo cansado que podía llegar a sentirse alguien: "𝘕𝘰 𝘱𝘶𝘦𝘥𝘦𝘴 𝘱𝘦𝘳𝘮𝘪𝘵𝘪𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘳𝘢𝘣𝘪𝘢 𝘥𝘦𝘤𝘪𝘥𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘵𝘪" En ese entonces le había parecido sabio. Parado ahí, rodeado de millones de muertos, le parecía una broma cruel. Siguió avanzando entre cuerpos por todas partes. Algunos con la estructura ósea irreconocible, otros apenas mantenían sus rostros ante el horror vivido. Otros intactos, y otros... simplemente dejaron de existir en todo aspecto. Eso fue casi lo peor. Una mujer apoyada contra una pared destruida como si estuviera descansando, un chico enterrado hasta la cintura bajo el concreto. Mutantes que probablemente habían tenido una vida completa hacía menos de una hora y ahora eran parte del paraje destruido de una isla que el mundo ya empezaba a convertir en titular. Sintió algo quebrarse dentro suyo cuando encontró lo que quedaba de una escuela. El edificio había colapsado hacia un lado, aplastándose sobre sí mismo. Había dibujos infantiles pegados todavía en una pared partida a la mitad. Soles mal pintados, figuras con capas, y un centinela dibujado con crayones rojos. —𝐶𝑟𝑖𝑠𝑡𝑜... —espeta, pues escuchó algo debajo de los escombros. Quizá creyó escucharlo, por lo que las voces en el transmisor se dispararon. Entre ellas, Charles, quien pedía que esperara por ayuda, que sea sensato. Pero él sabe que la ayuda tardaría en llegar eventualmente, y sería tarde para quien esté debajo. Negándose a acatar la orden directa por instinto de urgencia, simplemente se movió; metió ambas manos bajo una viga hundida y empujó con todas sus fuerzas. El concreto rechinó sobre su cabeza de forma amenazante, pero él consiguió seguir pese a todo pronóstico. Fragmentos comenzaron a desprenderse alrededor suyo mientras levantaba parte de la estructura apenas lo suficiente para abrir espacio debajo. Pero las voces no cesaron. Los músculos ardieron al instante y aún así continuó; porque tenía que haber alguien vivo, tenía que existir esa esperanza por más mínima que sea. 𝙔 𝙚𝙣𝙩𝙤𝙣𝙘𝙚𝙨 𝙡𝙤𝙨 𝙫𝙞𝙤... Niños. Demasiado quietos para serlo, y lamentablemente para presenciarlo. Uno seguía abrazado a una mochila contra el pecho. Otro estaba cubierto por los restos de un pupitre, y había una niña con polvo gris cubriéndole las pestañas; como si simplemente se hubiera quedado dormida durante la clase. Dejó de escuchar el comunicador, y la voz de Charles siguió entrando por el auricular. Él sabía que no había nadie con vida, lo supo siempre y no tuvo las agallas de decírselo a Scott. Pero él no distinguía palabras, solo ruido lejano que se perdía conforme más mira la escena. El peso de la estructura continuaba sobre uno de sus brazos mientras observa en silencio, inmóvil. El visor reflejando rojo sobre el concreto destruido y los cuerpos que yacen. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo de sí mismo. Porque quiso tomar y destruir todo, algo. No era una sensación solo de golpear y gritar; era destruirlo todo simplemente. Quiso abrir los ojos y partir el horizonte entero en dos. Quiso encontrar cada fábrica, cada laboratorio, cada político que alguna vez permitió que existieran Centinelas y reducirlo todo a cenizas hasta no dejar nada funcionando. El impulso le atravesó el cuerpo tan rápido que tuvo que dejar de apretar la mandíbula para contenerlo, y fue lo que más lo enfermó después. No la muerte, no el horror; la facilidad con la que entendió que una parte de él realmente quería soltar el control y no lo hizo. Solo siguió ahí, sosteniendo toneladas de ruinas con una mano mientras miraba a los niños enterrados bajo la escuela. 𝙉𝙤 𝙩𝙪𝙫𝙞𝙚𝙧𝙤𝙣 𝙪𝙣𝙖 𝙫𝙞𝙙𝙖 𝙥𝙖𝙧𝙖 𝙙𝙞𝙨𝙛𝙧𝙪𝙩𝙖𝙧, 𝙮 𝙖𝙝𝙤𝙧𝙖 𝙣𝙪𝙣𝙘𝙖 𝙢𝙖́𝙨 𝙡𝙖 𝙩𝙚𝙣𝙙𝙧𝜾́𝙖𝙣.
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  • • Las crónicas de fenrir queen•

    ~ El día de kael vireon prt1 ~

    La noche caía lentamente sobre las montañas del norte, el cielo teñido de tonos rojizos mientras pequeñas luces cálidas brillaban entre las casas de madera del poblado. El lugar no era grande, tampoco poderoso, ni siquiera importante para el resto del mundo… pero para Kael Vireon aquello era todo su universo. Un hogar sencillo rodeado de nieve, bosques inmensos y ríos cristalinos donde el silencio nunca era incómodo.

    Las chimeneas dejaban escapar columnas de humo mientras las personas terminaban su jornada entre risas suaves y conversaciones tranquilas. Algunos niños corrían por las calles con bufandas enormes, otros ayudaban a cargar leña antes de que el frío empeorara. No existía riqueza allí, pero tampoco hacía falta. La gente del pueblo aprendió hacía mucho tiempo a vivir con poco… y a protegerse entre todos.

    Kael caminaba despacio sobre la nieve acumulada, las manos dentro de los bolsillos de aquel abrigo demasiado grande para él. Su cabello claro se movía ligeramente con el viento helado mientras observaba el cielo. Todavía era un niño, uno silencioso… pero no frío. Sus ojos aún no conocían el odio.

    Entonces una voz rompió el silencio.

    —¡Kael! ¡Tu madre te está buscando otra vez!—

    El chico giró apenas el rostro viendo a uno de los vecinos reír desde una ventana abierta.

    —Dice que si vuelves tarde la sopa se enfría—

    Kael soltó una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa disimulada, y siguió caminando cuesta arriba hacia su hogar.

    La casa estaba algo apartada del centro del pueblo, cerca del borde del bosque. Era humilde, construida con madera oscura y piedra vieja, pero siempre cálida por dentro. Apenas abrió la puerta el olor a comida caliente llenó sus sentidos.

    —Llegas tarde otra vez—

    La voz de su madre no sonaba molesta realmente. Nunca sonaba molesta con él.

    Kael dejó las botas cerca de la entrada mientras pequeñas gotas de nieve se derretían sobre el suelo.

    —Estaba viendo el río—

    —El río seguirá ahí mañana—

    Ella colocó el plato frente a él y despeinó suavemente su cabello al pasar.

    Su padre observaba la escena sentado cerca de la chimenea, limpiando una vieja herramienta metálica mientras una sonrisa cansada aparecía en su rostro.

    —Déjalo, tiene la cabeza en las nubes igual que tú—

    —Eso es exactamente lo preocupante—

    Respondió la mujer cruzándose de brazos aunque apenas pudo contener una risa.

    Kael los miró en silencio.
    Aquellos momentos eran pequeños… insignificantes para cualquiera de afuera.

    Pero años después… recordaría ese instante una y otra vez.

    El sonido de la madera ardiendo.
    La nieve golpeando las ventanas.
    La voz tranquila de su madre.
    La paz.

    Porque esa sería la última noche en la que el mundo todavía parecía un lugar seguro.

    El amanecer llegó acompañado de algo extraño.

    No fueron gritos al principio.
    Ni explosiones.

    Fue el cielo.

    El cielo había cambiado.

    Kael salió de casa lentamente mientras el viento helado recorría las calles y entonces lo vio… enormes estructuras flotando entre las nubes, sombras gigantescas avanzando sobre las montañas como si devoraran la luz del amanecer. El sonido era grave, profundo… imposible de describir.

    Todo el pueblo quedó inmóvil.

    Confusión.
    Miedo.
    Silencio.

    Y entonces ocurrió.

    Un estruendo.

    El suelo tembló violentamente.

    Una parte de la muralla del pueblo explotó en miles de fragmentos mientras fuego y humo cubrían la nieve blanca. Los gritos comenzaron inmediatamente después.

    —¡CORRAN!—

    —¡NOS ENCONTRARON!—

    —¡PROTEJAN A LOS NIÑOS!—

    Kael sintió cómo alguien lo sujetaba del brazo con fuerza.

    Su madre.

    —¡Dentro! ¡Ahora!—

    Pero él seguía mirando el cielo.

    Aquellas figuras descendían lentamente… soldados cubiertos con armaduras oscuras avanzando entre llamas y magia. No venían a negociar. No venían a advertir.

    Venían a conquistar.

    Y entre todo el caos… Kael vio algo que jamás olvidaría.

    Una enorme bandera ondeando entre el humo.

    El símbolo de la familia que había iniciado aquella guerra.
    • Las crónicas de fenrir queen• ~ El día de kael vireon prt1 ~ La noche caía lentamente sobre las montañas del norte, el cielo teñido de tonos rojizos mientras pequeñas luces cálidas brillaban entre las casas de madera del poblado. El lugar no era grande, tampoco poderoso, ni siquiera importante para el resto del mundo… pero para Kael Vireon aquello era todo su universo. Un hogar sencillo rodeado de nieve, bosques inmensos y ríos cristalinos donde el silencio nunca era incómodo. Las chimeneas dejaban escapar columnas de humo mientras las personas terminaban su jornada entre risas suaves y conversaciones tranquilas. Algunos niños corrían por las calles con bufandas enormes, otros ayudaban a cargar leña antes de que el frío empeorara. No existía riqueza allí, pero tampoco hacía falta. La gente del pueblo aprendió hacía mucho tiempo a vivir con poco… y a protegerse entre todos. Kael caminaba despacio sobre la nieve acumulada, las manos dentro de los bolsillos de aquel abrigo demasiado grande para él. Su cabello claro se movía ligeramente con el viento helado mientras observaba el cielo. Todavía era un niño, uno silencioso… pero no frío. Sus ojos aún no conocían el odio. Entonces una voz rompió el silencio. —¡Kael! ¡Tu madre te está buscando otra vez!— El chico giró apenas el rostro viendo a uno de los vecinos reír desde una ventana abierta. —Dice que si vuelves tarde la sopa se enfría— Kael soltó una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa disimulada, y siguió caminando cuesta arriba hacia su hogar. La casa estaba algo apartada del centro del pueblo, cerca del borde del bosque. Era humilde, construida con madera oscura y piedra vieja, pero siempre cálida por dentro. Apenas abrió la puerta el olor a comida caliente llenó sus sentidos. —Llegas tarde otra vez— La voz de su madre no sonaba molesta realmente. Nunca sonaba molesta con él. Kael dejó las botas cerca de la entrada mientras pequeñas gotas de nieve se derretían sobre el suelo. —Estaba viendo el río— —El río seguirá ahí mañana— Ella colocó el plato frente a él y despeinó suavemente su cabello al pasar. Su padre observaba la escena sentado cerca de la chimenea, limpiando una vieja herramienta metálica mientras una sonrisa cansada aparecía en su rostro. —Déjalo, tiene la cabeza en las nubes igual que tú— —Eso es exactamente lo preocupante— Respondió la mujer cruzándose de brazos aunque apenas pudo contener una risa. Kael los miró en silencio. Aquellos momentos eran pequeños… insignificantes para cualquiera de afuera. Pero años después… recordaría ese instante una y otra vez. El sonido de la madera ardiendo. La nieve golpeando las ventanas. La voz tranquila de su madre. La paz. Porque esa sería la última noche en la que el mundo todavía parecía un lugar seguro. El amanecer llegó acompañado de algo extraño. No fueron gritos al principio. Ni explosiones. Fue el cielo. El cielo había cambiado. Kael salió de casa lentamente mientras el viento helado recorría las calles y entonces lo vio… enormes estructuras flotando entre las nubes, sombras gigantescas avanzando sobre las montañas como si devoraran la luz del amanecer. El sonido era grave, profundo… imposible de describir. Todo el pueblo quedó inmóvil. Confusión. Miedo. Silencio. Y entonces ocurrió. Un estruendo. El suelo tembló violentamente. Una parte de la muralla del pueblo explotó en miles de fragmentos mientras fuego y humo cubrían la nieve blanca. Los gritos comenzaron inmediatamente después. —¡CORRAN!— —¡NOS ENCONTRARON!— —¡PROTEJAN A LOS NIÑOS!— Kael sintió cómo alguien lo sujetaba del brazo con fuerza. Su madre. —¡Dentro! ¡Ahora!— Pero él seguía mirando el cielo. Aquellas figuras descendían lentamente… soldados cubiertos con armaduras oscuras avanzando entre llamas y magia. No venían a negociar. No venían a advertir. Venían a conquistar. Y entre todo el caos… Kael vio algo que jamás olvidaría. Una enorme bandera ondeando entre el humo. El símbolo de la familia que había iniciado aquella guerra.
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  • ¿Creiste que esto sería tan fácil?. No soy tan tonto cómo crees. Nadie invade mi casa para hacer fechorías y sale ileso. NADIE SE METE CON MI CASA!. -Le dice a un ladrón pero tiembla un poco ya que no quiere recurrir a las armas de fuego.-
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    "Hay algo hipnótico en la forma en que el acero frío acaricia mi piel, casi tanto como el fuego que arde en tu mirada. Es ese juego constante entre el peligro y el placer, donde cada marca en tu cuerpo cuenta una historia de transgresión. Me pregunto qué corta más profundo: si el filo de esta daga que saboreo con tanta audacia, o la promesa de lo que sucedería si me acercara lo suficiente como para desafiar tu naturaleza.

    Me pregunto... ¿Qué sabor tendrán tus labios después de pasar mi lengua por el filo de mi cuchillo? ¿Te atreves a descubrirlo?"
    "Hay algo hipnótico en la forma en que el acero frío acaricia mi piel, casi tanto como el fuego que arde en tu mirada. Es ese juego constante entre el peligro y el placer, donde cada marca en tu cuerpo cuenta una historia de transgresión. Me pregunto qué corta más profundo: si el filo de esta daga que saboreo con tanta audacia, o la promesa de lo que sucedería si me acercara lo suficiente como para desafiar tu naturaleza. Me pregunto... ¿Qué sabor tendrán tus labios después de pasar mi lengua por el filo de mi cuchillo? ¿Te atreves a descubrirlo?"
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  • -El ogro desaparecio durante meses despues de la traicion que habia recibido por parte de su Amo, algunos decian que habia muerto finalmente. Otros aseguraban haber encontrado rastros de su sangre azul en montañas lejanas, como si hubiese arrastrado su cuerpo destruido hacia algun rincon olvidado del mundo para terminar pudriendose solo. Muchos celebraron aquella posibilidad. Despues de todo, monstruos como el no nacian para tener finales dignos. Eran armas, catastrofes, bestias hechas para destruir y luego ser destruidas. Eso era lo que todos creian comprender sobre el..-

    -La voz de un elfo se escucho en el Bar, la historia siendo relatada por un joven elfo de cabello rubio y ojos dorados, con ropajes identicos a los de un Bardo-
    "Pero estaban equivocados, porque el ogro no desaparecio para morir, desaparecio para cambiar"

    -Durante siglos habia luchado contra si mismo. Contra la cosa que vivia dentro de su sangre. Esa hambre salvaje que convertia su cuerpo en algo mas antiguo que un simple ogro. Mas monstruoso, mas cercano a una calamidad viva que a una criatura racional. Siempre intento controlarla con fuerza bruta, enterrandola bajo cadenas mentales, furia y orgullo. Temia perderse completamente si dejaba salir aquello que dormia en sus entrañas. Temia convertirse en un animal incapaz de distinguir aliados de enemigos. Y quizas por eso sufrio tanto cada traicion, cada abandono y cada decepcion. Porque seguia aferrandose a una parte demasiado humana de si mismo, pero con este tragico final, dejo de hacerlo-

    -Las montañas del Norte fueron testigos de aquello en lo que comenzo a convertirse. Los viajeres hablaban de un monstruo enorme caminando entre tormentas de nieve, cubierto de cicatrices viejas y sangre seca, como si hubiese abandonado cualquier interes en parecer una criatura civilizada. Pasaba noches enteras sentado frente a precipicios infinitos, inmovil, escuchando unicamente el viento mientras algo dentro suyo despertaba lentamente. Ya no luchaba contra esa presencia. Ya no intentaba encadenarla, por primera vez en miles de años.. comenzo a escucharla, y descubrio algo inesperado.. la bestia jamas quizo destruirlo, la bestia era el mismo, toda aquella violencia, toda aquella brutalidad, toda aquella hambre antigua que recorria su sangre no existia para consumirlo, sino para protegerlo. Era el nucleo mas honesto de su existencia. La parte de si mismo que jamas Mintio, jamas traiciono y jamas abandono. Mientras otros cambiaban por miedo, por deseo o por comodidad, aquella oscuridad interna permanecia siempre igual. Esperandolo pacientemente-

    -El elfo volvio a hablar en voz alta, como si conociera la historia detras de ese Ogro, quien era ese elfo, como lo conocia tan bien, como para contarle a ustedes, cosas que el ogro jamas contaria-"El verdadero problema nunca fue la bestia, fue el intento absurdo del ogro por seguir siendo algo aceptable para quienes jamas iban a comprenderlo.. Personas que juraron con su corazon, y clavaron el puñal mas rapido de lo esperado."

    -Y entonces ocurrio, una noche, bajo una luna roja gigantesca, el monstruo dejo de resistirse por completo. su cuerpo cambio lentamente mientras la sangre azul recorria cada musculo como fuego hirviendo. sus huesos crujieron. Los enormes cuernos crecieron aun mas hacia atras. Las venas comenzaron a brillar debajo de la piel azul oscura como rios luminosos atravezando piedra viva. Sus ojos dorados perdieron cualquier rastro de cansancio antiguo y recuperaron algo que hacia siglos no existia dentro de el.. "Claridad", no era una transformacion descontrolada, no era total locura, no era rabia ciega. Era Armonia-

    -La montaña entera temblo cuando el ogro libero aquella presencia completamente por primera vez. El aire se volvio pesado. Los arboles se doblaron, las criaturas escondidas escaparon kilometros enteros solo por sentirlo respirar. Pero el seguia quieto. Sereno, consciente de cada pensamiento, de cada latido, de cada gota de sangre recorriendo su monstruoso cuerpo, y entonces lo comprendio. No necesitaba reinas para sentirse completo. No necesitaba aprobacion, no necesitaba cadenas emocionales disfrazadas de amor. Todas aquellas decepciones, todas aquellas personas que lo arrojaron lejos apenas sus sentimientos se volvieron incomodos... habian sido necesarias para llegar alli, porque si jamas lo hubiesen traicionado, el jamas habria soltado la ultima debilidad que todabia lo mantenia dividido-
    -El ogro desaparecio durante meses despues de la traicion que habia recibido por parte de su Amo, algunos decian que habia muerto finalmente. Otros aseguraban haber encontrado rastros de su sangre azul en montañas lejanas, como si hubiese arrastrado su cuerpo destruido hacia algun rincon olvidado del mundo para terminar pudriendose solo. Muchos celebraron aquella posibilidad. Despues de todo, monstruos como el no nacian para tener finales dignos. Eran armas, catastrofes, bestias hechas para destruir y luego ser destruidas. Eso era lo que todos creian comprender sobre el..- -La voz de un elfo se escucho en el Bar, la historia siendo relatada por un joven elfo de cabello rubio y ojos dorados, con ropajes identicos a los de un Bardo- "Pero estaban equivocados, porque el ogro no desaparecio para morir, desaparecio para cambiar" -Durante siglos habia luchado contra si mismo. Contra la cosa que vivia dentro de su sangre. Esa hambre salvaje que convertia su cuerpo en algo mas antiguo que un simple ogro. Mas monstruoso, mas cercano a una calamidad viva que a una criatura racional. Siempre intento controlarla con fuerza bruta, enterrandola bajo cadenas mentales, furia y orgullo. Temia perderse completamente si dejaba salir aquello que dormia en sus entrañas. Temia convertirse en un animal incapaz de distinguir aliados de enemigos. Y quizas por eso sufrio tanto cada traicion, cada abandono y cada decepcion. Porque seguia aferrandose a una parte demasiado humana de si mismo, pero con este tragico final, dejo de hacerlo- -Las montañas del Norte fueron testigos de aquello en lo que comenzo a convertirse. Los viajeres hablaban de un monstruo enorme caminando entre tormentas de nieve, cubierto de cicatrices viejas y sangre seca, como si hubiese abandonado cualquier interes en parecer una criatura civilizada. Pasaba noches enteras sentado frente a precipicios infinitos, inmovil, escuchando unicamente el viento mientras algo dentro suyo despertaba lentamente. Ya no luchaba contra esa presencia. Ya no intentaba encadenarla, por primera vez en miles de años.. comenzo a escucharla, y descubrio algo inesperado.. la bestia jamas quizo destruirlo, la bestia era el mismo, toda aquella violencia, toda aquella brutalidad, toda aquella hambre antigua que recorria su sangre no existia para consumirlo, sino para protegerlo. Era el nucleo mas honesto de su existencia. La parte de si mismo que jamas Mintio, jamas traiciono y jamas abandono. Mientras otros cambiaban por miedo, por deseo o por comodidad, aquella oscuridad interna permanecia siempre igual. Esperandolo pacientemente- -El elfo volvio a hablar en voz alta, como si conociera la historia detras de ese Ogro, quien era ese elfo, como lo conocia tan bien, como para contarle a ustedes, cosas que el ogro jamas contaria-"El verdadero problema nunca fue la bestia, fue el intento absurdo del ogro por seguir siendo algo aceptable para quienes jamas iban a comprenderlo.. Personas que juraron con su corazon, y clavaron el puñal mas rapido de lo esperado." -Y entonces ocurrio, una noche, bajo una luna roja gigantesca, el monstruo dejo de resistirse por completo. su cuerpo cambio lentamente mientras la sangre azul recorria cada musculo como fuego hirviendo. sus huesos crujieron. Los enormes cuernos crecieron aun mas hacia atras. Las venas comenzaron a brillar debajo de la piel azul oscura como rios luminosos atravezando piedra viva. Sus ojos dorados perdieron cualquier rastro de cansancio antiguo y recuperaron algo que hacia siglos no existia dentro de el.. "Claridad", no era una transformacion descontrolada, no era total locura, no era rabia ciega. Era Armonia- -La montaña entera temblo cuando el ogro libero aquella presencia completamente por primera vez. El aire se volvio pesado. Los arboles se doblaron, las criaturas escondidas escaparon kilometros enteros solo por sentirlo respirar. Pero el seguia quieto. Sereno, consciente de cada pensamiento, de cada latido, de cada gota de sangre recorriendo su monstruoso cuerpo, y entonces lo comprendio. No necesitaba reinas para sentirse completo. No necesitaba aprobacion, no necesitaba cadenas emocionales disfrazadas de amor. Todas aquellas decepciones, todas aquellas personas que lo arrojaron lejos apenas sus sentimientos se volvieron incomodos... habian sido necesarias para llegar alli, porque si jamas lo hubiesen traicionado, el jamas habria soltado la ultima debilidad que todabia lo mantenia dividido-
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  • ¿Qué? ¿Acaso me ofreces tu cigarro? No gracias, ya tengo el mío. -El chico no pilla que le están pidiendo fuego.-
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