• ((Escena cerrada. Referencia a https://ficrol.com/posts/361632 ))

    Solo por una noche.
    Solo por una noche —por menos de lo que duró aquella— dejaron las etiquetas de lado. Hubo confesiones: algunas, secretos ancestrales; otras, verdades crudas; otras más, fragmentos de pasados marcados por el dolor compartido.

    Dejaron atrás, aunque fuera por un instante, todo aquello que los definía, para ser simplemente dos jóvenes: uno en espíritu y la otra en edad. Parecían cómplices de una travesura entre los largos pasillos de piedra, aferrándose a una adrenalina que, en algún momento, les fue arrebatada por las circunstancias que habían moldeado sus vidas.

    Ambos se sintieron vulnerables entre palabras, miradas y gestos. Temían incluso de sí mismos, al descubrir emociones para las que aún no existía un nombre.
    Aquella noche no fueron “el sanador” ni “su majestad”… Aquella noche fueron Kazuo y Elizabeth, sin miradas que juzgaran sus palabras o sus actos.

    Pero lo triste de aquella historia era que la realidad siempre termina golpeando con fuerza. Sus mundos —y sus propios miedos— alzaban muros que parecían impenetrables. Y aun así… siempre existía la posibilidad de encontrar alguna grieta entre ellos.

    𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉
    ((Escena cerrada. Referencia a https://ficrol.com/posts/361632 )) Solo por una noche. Solo por una noche —por menos de lo que duró aquella— dejaron las etiquetas de lado. Hubo confesiones: algunas, secretos ancestrales; otras, verdades crudas; otras más, fragmentos de pasados marcados por el dolor compartido. Dejaron atrás, aunque fuera por un instante, todo aquello que los definía, para ser simplemente dos jóvenes: uno en espíritu y la otra en edad. Parecían cómplices de una travesura entre los largos pasillos de piedra, aferrándose a una adrenalina que, en algún momento, les fue arrebatada por las circunstancias que habían moldeado sus vidas. Ambos se sintieron vulnerables entre palabras, miradas y gestos. Temían incluso de sí mismos, al descubrir emociones para las que aún no existía un nombre. Aquella noche no fueron “el sanador” ni “su majestad”… Aquella noche fueron Kazuo y Elizabeth, sin miradas que juzgaran sus palabras o sus actos. Pero lo triste de aquella historia era que la realidad siempre termina golpeando con fuerza. Sus mundos —y sus propios miedos— alzaban muros que parecían impenetrables. Y aun así… siempre existía la posibilidad de encontrar alguna grieta entre ellos. [Liz_bloodFlame]
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    ***La Llegada de Oz***
    (Tercera Edad)

    Siglos después del nacimiento de los dioses y del surgimiento de los demonios primordiales, ocurrió un evento silencios pero trascendental: la llegada de una entidad proveniente del poder primordial. Para entonces, los fragmentos de aquel poder original ya habían desarrollado algo que antes no poseían: identidad. Entre ellos, uno destacaba.... Aquel que más tarde sería conocido como Oz.

    A diferencia de los dioses, que rompieron su vínculo con el poder primordial al intentar apropiarse de él, las entidades que permanecieron en su origen aprendieron a comprenderlo, dominarlo y coexistir con él. Oz era uno de esos seres.

    No tenía nombre, porque no lo necesitaba, porque entre los suyos, la identidad no se nombraba… simplemente se sentía.

    Pero algo comenzó a cambiar en él. Los intentos fallidos de los dioses por regresar al poder primordial llamaron su atención, le parecieron… curiosos, imperfectos y esa curiosidad fue suficiente.

    Oz decidió descender, no para conquistar, ni mucho menos para gobernar, sino para ver.

    Conteniendo su esencia pero sin romper su conexión con el poder primordial, comenzó a visitar los distintos mundos nacidos tras la era divina. A diferencia de los dioses, Oz entendía el peligro de interferir demasiado. Su objetivo era simple: explorar… y luego regresar.

    Pero algo cambió cuando llegó a un mundo en particular.

    * Selin, la elegida sin saberlo.

    En ese mundo conoció a una joven elunai, su nombre era Selin, ella, como todos los de su raza, estaba acostumbrada a la presencia divina.
    Pero lo que percibió en Oz no era igual, era… más puro, y termino por confundirlo con un dios, aunque él no corrigió ese error.

    Oz quedó cautivado, no solo por su belleza, sino por su forma de existir; limitada, frágil… pero auténtica. Comenzó a visitarla una y otra vez.
    De todos los mundos, ese se convirtió en su favorito, el mundo de Selin.

    * El nombre de lo innombrable.

    Una noche, Selin le hizo una pregunta simple: "¿Cómo te llamas?" El supuesto Dios no tenía respuesta, pero entendió que, para ella, un nombre era necesario. Entonces respondió lo primero que surgió de su incipiente identidad: Oz. Ese fue su primer acto como individuo pero sin saber que no estaban solos.

    Arcyelle Veltharys, oráculo de Yue y maestra de Selin, había seguido a su discípula. Al presenciar el encuentro y sentir el poder de Oz, llegó a una conclusión inmediata: Estaba ante un dios, por lo que no dudo en arrodillarse ante el, y en ese acto, cometió un error que cambiaría el curso de la historia.

    * El secreto de los dioses

    Arcyelle reveló a Oz información prohibida, "El proyecto de los contenedores elunai". Los dioses, incapaces de reproducirse y atrapados en cuerpos que ya no podían sostener su existencia, buscaban nuevas formas de permanecer en el mundo. Cuerpos nuevos, pero había un problema.

    Los elunai, aunque compatibles con la magia divina, eran físicamente débiles, no podían soportar el peso real de un dios. Oz comprendió de inmediato lo que los propios dioses se negaban a aceptar y que incluso los Elunai por su enorme ego, no querían ver.

    No era un problema de compatibilidad… sino de inferioridad estructural. Intrigado, Oz se alejó temporalmente de Selin y en su búsqueda, encontró una raza ignorada y despreciada;
    guerreros nómadas de piel verde, fuertes, resistentes, estables. Temidos por los Elunai y
    despreciados por los dioses, aunque para Oz, eran perfectos.

    Oz utilizó esa base para crear un cuerpo capaz de contener su esencia sin romper su vínculo con el poder primordial, aunque el tendria que contener demasiado su poder para no romper aquel contenedor, era un cuerpo limitado… pero suficiente.

    Cuando volvió con Selin, ya no era el mismo, su apariencia había cambiado, ahora su piel era verde, colmillos marcados… una forma más cercana a aquellos nómadas. Pero su esencia seguía intacta.

    Selin lo reconoció de inmediato y en su corazón, creyó algo que nunca fue del todo cierto. Oz había renunciado a su divinidad por ella.

    * Una paz vigilada

    Ambos se alejaron de los templos y los dioses, se establecieron en un lugar apartado viviendo en paz, Pero no estaban solos, Arcyelle informó a los dioses, ellos, al escuchar sobre Oz, lo identificaron como lo que temían, nn “Señor del Caos”. Un nombre falso, una mentira creada para controlar a los mortales.

    Aun así, decidieron no intervenir, no era compasión. sino interés. Oz no se comportaba como el monstruo que ellos describían y más importante aún… Había logrado algo que ellos no, habitar un cuerpo funcional sin perder su poder.

    Así, en silencio, comenzó una nueva etapa, no estaba marcada por guerras ni cataclismos… sino por observación, por amor y por un error que los dioses aún no comprendían: "Subestimar a aquello que sí entendía el poder primordial".
    ***La Llegada de Oz*** (Tercera Edad) Siglos después del nacimiento de los dioses y del surgimiento de los demonios primordiales, ocurrió un evento silencios pero trascendental: la llegada de una entidad proveniente del poder primordial. Para entonces, los fragmentos de aquel poder original ya habían desarrollado algo que antes no poseían: identidad. Entre ellos, uno destacaba.... Aquel que más tarde sería conocido como Oz. A diferencia de los dioses, que rompieron su vínculo con el poder primordial al intentar apropiarse de él, las entidades que permanecieron en su origen aprendieron a comprenderlo, dominarlo y coexistir con él. Oz era uno de esos seres. No tenía nombre, porque no lo necesitaba, porque entre los suyos, la identidad no se nombraba… simplemente se sentía. Pero algo comenzó a cambiar en él. Los intentos fallidos de los dioses por regresar al poder primordial llamaron su atención, le parecieron… curiosos, imperfectos y esa curiosidad fue suficiente. Oz decidió descender, no para conquistar, ni mucho menos para gobernar, sino para ver. Conteniendo su esencia pero sin romper su conexión con el poder primordial, comenzó a visitar los distintos mundos nacidos tras la era divina. A diferencia de los dioses, Oz entendía el peligro de interferir demasiado. Su objetivo era simple: explorar… y luego regresar. Pero algo cambió cuando llegó a un mundo en particular. * Selin, la elegida sin saberlo. En ese mundo conoció a una joven elunai, su nombre era Selin, ella, como todos los de su raza, estaba acostumbrada a la presencia divina. Pero lo que percibió en Oz no era igual, era… más puro, y termino por confundirlo con un dios, aunque él no corrigió ese error. Oz quedó cautivado, no solo por su belleza, sino por su forma de existir; limitada, frágil… pero auténtica. Comenzó a visitarla una y otra vez. De todos los mundos, ese se convirtió en su favorito, el mundo de Selin. * El nombre de lo innombrable. Una noche, Selin le hizo una pregunta simple: "¿Cómo te llamas?" El supuesto Dios no tenía respuesta, pero entendió que, para ella, un nombre era necesario. Entonces respondió lo primero que surgió de su incipiente identidad: Oz. Ese fue su primer acto como individuo pero sin saber que no estaban solos. Arcyelle Veltharys, oráculo de Yue y maestra de Selin, había seguido a su discípula. Al presenciar el encuentro y sentir el poder de Oz, llegó a una conclusión inmediata: Estaba ante un dios, por lo que no dudo en arrodillarse ante el, y en ese acto, cometió un error que cambiaría el curso de la historia. * El secreto de los dioses Arcyelle reveló a Oz información prohibida, "El proyecto de los contenedores elunai". Los dioses, incapaces de reproducirse y atrapados en cuerpos que ya no podían sostener su existencia, buscaban nuevas formas de permanecer en el mundo. Cuerpos nuevos, pero había un problema. Los elunai, aunque compatibles con la magia divina, eran físicamente débiles, no podían soportar el peso real de un dios. Oz comprendió de inmediato lo que los propios dioses se negaban a aceptar y que incluso los Elunai por su enorme ego, no querían ver. No era un problema de compatibilidad… sino de inferioridad estructural. Intrigado, Oz se alejó temporalmente de Selin y en su búsqueda, encontró una raza ignorada y despreciada; guerreros nómadas de piel verde, fuertes, resistentes, estables. Temidos por los Elunai y despreciados por los dioses, aunque para Oz, eran perfectos. Oz utilizó esa base para crear un cuerpo capaz de contener su esencia sin romper su vínculo con el poder primordial, aunque el tendria que contener demasiado su poder para no romper aquel contenedor, era un cuerpo limitado… pero suficiente. Cuando volvió con Selin, ya no era el mismo, su apariencia había cambiado, ahora su piel era verde, colmillos marcados… una forma más cercana a aquellos nómadas. Pero su esencia seguía intacta. Selin lo reconoció de inmediato y en su corazón, creyó algo que nunca fue del todo cierto. Oz había renunciado a su divinidad por ella. * Una paz vigilada Ambos se alejaron de los templos y los dioses, se establecieron en un lugar apartado viviendo en paz, Pero no estaban solos, Arcyelle informó a los dioses, ellos, al escuchar sobre Oz, lo identificaron como lo que temían, nn “Señor del Caos”. Un nombre falso, una mentira creada para controlar a los mortales. Aun así, decidieron no intervenir, no era compasión. sino interés. Oz no se comportaba como el monstruo que ellos describían y más importante aún… Había logrado algo que ellos no, habitar un cuerpo funcional sin perder su poder. Así, en silencio, comenzó una nueva etapa, no estaba marcada por guerras ni cataclismos… sino por observación, por amor y por un error que los dioses aún no comprendían: "Subestimar a aquello que sí entendía el poder primordial".
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    ***Tercera Edad. ***
    - La Era de los Dioses.

    Esta era es conocida como la Era de los Dioses… aunque en verdad, también es la era del error y la negación.

    Hubo fragmentos del poder primordial que, incapaces de dejar de observar la creación material, desearon formar parte de ella. Intentaron manifestarse en la realidad, pero no comprendían sus leyes naturales de estas realidades. Estas entidades dividieron sus esencias para existir en múltiples dimensiones, pero sus conciencias colapsaron.

    Lo que quedó no fueron dioses… sino poder descontrolado.

    De ese fracaso nacieron las primeras aberraciones: bestias ajenas a toda lógica, entidades que no pertenecían a ningún mundo. Este suceso fue llamado por los futuros Dioses como la llegada del Caos, esta mentira simplemente fue hecha para cubrir su error.

    Con el tiempo, algunas de estas formas de vida evolucionaron. No todas permanecieron como criaturas irracionales. De aquel poder fragmentado nacieron los primeros demonios: seres con voluntad, identidad y un propósito básico… existir. A diferencia de las bestias, no buscaban destruir, sino establecerse, crecer y encontrar su lugar en el mundo.

    Pero los fragmentos que observaron este desastre aprendieron del error. Sellaron sus esencias, limitaron su poder y descendieron de forma estable a la realidad. Su primer acto fue erradicar a las aberraciones y bestias que ellos mismos llamaron Demonio Bestias.

    Los seres primitivos que presenciaron aquello les dieron un nombre que no existía hasta entonces: Dioses, estos aceptaron ese título. Guiaron a las primeras razas humanoides, aceleraron su desarrollo y moldearon la vida a su conveniencia. Sin embargo, no todos actuaron de la misma manera. Algunos vieron a estas nuevas vidas como herramientas… pero otros, como algo digno de cuidado.

    Entre estos últimos se encontraba una deidad conocida como Elune, quien mostró un afecto genuino por los seres nacidos en el mundo. Fue ella quien bendijo a un linaje en particular, marcándolo con su esencia. Con el tiempo, estos serían conocidos como los Elunia, una raza favorecida, cercana a los dioses y destinada a alcanzar un gran conocimiento.

    Otra deidad, Yue quien era asociada con la luna por su larga cabellera plateada, también influyó en ellos, otorgándoles guía y entendimiento… aunque con el paso del tiempo, su destino cambiaría, cayendo junto con otros Dioses que se corrompieron. Porque la corrupción llegó.

    Los dioses comenzaron a cambiar. Su conexión con el poder primordial se debilitó, y con ello, su comprensión del mundo. Se volvieron estáticos, incapaces de evolucionar, en lugar de eso, sus cuerpos se iban deteriorando. Lo que antes era guía se convirtió en dependencia. Lo que antes era propósito en ego.

    Mientras tanto, los demonios (primodiales) continuaban existiendo. Los dioses los rechazaron desde el inicio. No porque todos fueran una amenaza, sino porque representaban su error. Los demonios eran portadores de un poder más concentrado, nacido directamente del colapso de entidades como ellos mismos. Intentaron eliminarlos pero no pudieron.

    Los demonios continuaban surgiendo, alimentados por el poder residual del mundo y por los impulsos más primitivos de las razas vivas. Este fenómeno no era único de una sola realidad, sino que se repetía en múltiples dimensiones: dioses, demonios y caos… una constante inevitable.

    Con el paso del tiempo, los dioses de este mundo se diferenciaron de otros. En otras realidades, las deidades podían evolucionar, reproducirse y adaptarse. Aquí, en cambio, algo había cambiado. El mismo poder que dio origen a los demonios también los había afectado, ya que fue en esta realidad donde inicio el error.

    El tiempo los debilitó, los volvió incompletos y en lugar de aceptarlo… eligieron negarlo. Fue entonces cuando comenzaron a depender de los Elunia... Ya no como protegidos, sino como herramientas. A través de ellos, buscaban recuperar lo que habían perdido, e incluso erradicar a los demonios que tanto despreciaban.

    Pero para ese punto, los dioses ya no eran lo que alguna vez aparentaron ser, ya no eran guías, ni protectores. Se habían convertido en algo más cercano a parásitos… viviendo a costa de un mundo que alguna vez juraron cuidar.

    Y aun así… se seguían llamando dioses.
    ***Tercera Edad. *** - La Era de los Dioses. Esta era es conocida como la Era de los Dioses… aunque en verdad, también es la era del error y la negación. Hubo fragmentos del poder primordial que, incapaces de dejar de observar la creación material, desearon formar parte de ella. Intentaron manifestarse en la realidad, pero no comprendían sus leyes naturales de estas realidades. Estas entidades dividieron sus esencias para existir en múltiples dimensiones, pero sus conciencias colapsaron. Lo que quedó no fueron dioses… sino poder descontrolado. De ese fracaso nacieron las primeras aberraciones: bestias ajenas a toda lógica, entidades que no pertenecían a ningún mundo. Este suceso fue llamado por los futuros Dioses como la llegada del Caos, esta mentira simplemente fue hecha para cubrir su error. Con el tiempo, algunas de estas formas de vida evolucionaron. No todas permanecieron como criaturas irracionales. De aquel poder fragmentado nacieron los primeros demonios: seres con voluntad, identidad y un propósito básico… existir. A diferencia de las bestias, no buscaban destruir, sino establecerse, crecer y encontrar su lugar en el mundo. Pero los fragmentos que observaron este desastre aprendieron del error. Sellaron sus esencias, limitaron su poder y descendieron de forma estable a la realidad. Su primer acto fue erradicar a las aberraciones y bestias que ellos mismos llamaron Demonio Bestias. Los seres primitivos que presenciaron aquello les dieron un nombre que no existía hasta entonces: Dioses, estos aceptaron ese título. Guiaron a las primeras razas humanoides, aceleraron su desarrollo y moldearon la vida a su conveniencia. Sin embargo, no todos actuaron de la misma manera. Algunos vieron a estas nuevas vidas como herramientas… pero otros, como algo digno de cuidado. Entre estos últimos se encontraba una deidad conocida como Elune, quien mostró un afecto genuino por los seres nacidos en el mundo. Fue ella quien bendijo a un linaje en particular, marcándolo con su esencia. Con el tiempo, estos serían conocidos como los Elunia, una raza favorecida, cercana a los dioses y destinada a alcanzar un gran conocimiento. Otra deidad, Yue quien era asociada con la luna por su larga cabellera plateada, también influyó en ellos, otorgándoles guía y entendimiento… aunque con el paso del tiempo, su destino cambiaría, cayendo junto con otros Dioses que se corrompieron. Porque la corrupción llegó. Los dioses comenzaron a cambiar. Su conexión con el poder primordial se debilitó, y con ello, su comprensión del mundo. Se volvieron estáticos, incapaces de evolucionar, en lugar de eso, sus cuerpos se iban deteriorando. Lo que antes era guía se convirtió en dependencia. Lo que antes era propósito en ego. Mientras tanto, los demonios (primodiales) continuaban existiendo. Los dioses los rechazaron desde el inicio. No porque todos fueran una amenaza, sino porque representaban su error. Los demonios eran portadores de un poder más concentrado, nacido directamente del colapso de entidades como ellos mismos. Intentaron eliminarlos pero no pudieron. Los demonios continuaban surgiendo, alimentados por el poder residual del mundo y por los impulsos más primitivos de las razas vivas. Este fenómeno no era único de una sola realidad, sino que se repetía en múltiples dimensiones: dioses, demonios y caos… una constante inevitable. Con el paso del tiempo, los dioses de este mundo se diferenciaron de otros. En otras realidades, las deidades podían evolucionar, reproducirse y adaptarse. Aquí, en cambio, algo había cambiado. El mismo poder que dio origen a los demonios también los había afectado, ya que fue en esta realidad donde inicio el error. El tiempo los debilitó, los volvió incompletos y en lugar de aceptarlo… eligieron negarlo. Fue entonces cuando comenzaron a depender de los Elunia... Ya no como protegidos, sino como herramientas. A través de ellos, buscaban recuperar lo que habían perdido, e incluso erradicar a los demonios que tanto despreciaban. Pero para ese punto, los dioses ya no eran lo que alguna vez aparentaron ser, ya no eran guías, ni protectores. Se habían convertido en algo más cercano a parásitos… viviendo a costa de un mundo que alguna vez juraron cuidar. Y aun así… se seguían llamando dioses.
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    Notas del Bibliotecario.

    "El propio amo Oz fue quien me confió este conocimiento. No dio razón alguna, como es su costumbre… aunque no puedo evitar pensar que lo hizo por simple aburrimiento, o quizá por algo más profundo. Tal vez, en algún rincón de su voluntad, exista el deseo de que su historia sea comprendida… o incluso justificada ante los ojos de su hija, Yen’naferiel. Sea cual sea la verdad, mi deber no es cuestionarlo, sino preservar estas palabras tal como me fueron entregadas."


    * Edad del Desbordamiento. *

    En el principio, antes del tiempo y de toda forma, existía únicamente el poder primordial: infinito, silencioso y sin conciencia de sí mismo. No habitaba un lugar, pues aún no existían los lugares, ni podía ser contenido, pues nada había que lo limitara. Mas sin embargo, incluso la infinito puede llegar a ser finito por contradictorio que esto suene, este poder no dejaba de crecer, no por voluntad, sino por su propia naturaleza. Hasta que aquello que no conocía fronteras se excedió a sí mismo.

    A ese instante el amo Oz le dio nombre: "El Desbordamiento".

    Entonces, lo absoluto se derramó sobre la Nada, y la Nada, incapaz de resistir, cambió por primera vez. De ese choque nació el tiempo, y con él, el espacio y la materia. Así surgieron los universos, las estrellas y los incontables mundos que habitan en ellos. Mas no todo se separó de su origen.

    Fragmentos de aquel poder permanecieron aún en lo primordial, pero ya no eran lo mismo. Habían despertado. La creación de los universos hizo eco dentro de ellos y por primera vez, tomaron conciencia.

    Y al comprender que todo lo creado provenía del mismo origen que ellos mismos… algunos desarrollaron curiosidad.

    Observaron las realidades nacientes, los mundos en formación y el fluir del tiempo como quien contempla un reflejo distante de su propia existencia. De esa curiosidad nacerían, mucho después, aquellos que serían llamados dioses.

    Pero no todos compartieron ese interés. Entre los fragmentos existieron dos que permanecieron indiferentes. Aquellos que en eras futuras serían conocidos como Oz… y Loki.

    Ni la creación, ni los mundos, ni la vida despertaron en ellos deseo alguno. Mientras otros miraban hacia las realidades, ellos permanecieron en silencio, ajenos, como si incluso el nacimiento del todo careciera de significado.

    Así fue el origen... Un despertar sin propósito… y una creación que, desde su primer instante, ya era observada.
    Notas del Bibliotecario. "El propio amo Oz fue quien me confió este conocimiento. No dio razón alguna, como es su costumbre… aunque no puedo evitar pensar que lo hizo por simple aburrimiento, o quizá por algo más profundo. Tal vez, en algún rincón de su voluntad, exista el deseo de que su historia sea comprendida… o incluso justificada ante los ojos de su hija, Yen’naferiel. Sea cual sea la verdad, mi deber no es cuestionarlo, sino preservar estas palabras tal como me fueron entregadas." * Edad del Desbordamiento. * En el principio, antes del tiempo y de toda forma, existía únicamente el poder primordial: infinito, silencioso y sin conciencia de sí mismo. No habitaba un lugar, pues aún no existían los lugares, ni podía ser contenido, pues nada había que lo limitara. Mas sin embargo, incluso la infinito puede llegar a ser finito por contradictorio que esto suene, este poder no dejaba de crecer, no por voluntad, sino por su propia naturaleza. Hasta que aquello que no conocía fronteras se excedió a sí mismo. A ese instante el amo Oz le dio nombre: "El Desbordamiento". Entonces, lo absoluto se derramó sobre la Nada, y la Nada, incapaz de resistir, cambió por primera vez. De ese choque nació el tiempo, y con él, el espacio y la materia. Así surgieron los universos, las estrellas y los incontables mundos que habitan en ellos. Mas no todo se separó de su origen. Fragmentos de aquel poder permanecieron aún en lo primordial, pero ya no eran lo mismo. Habían despertado. La creación de los universos hizo eco dentro de ellos y por primera vez, tomaron conciencia. Y al comprender que todo lo creado provenía del mismo origen que ellos mismos… algunos desarrollaron curiosidad. Observaron las realidades nacientes, los mundos en formación y el fluir del tiempo como quien contempla un reflejo distante de su propia existencia. De esa curiosidad nacerían, mucho después, aquellos que serían llamados dioses. Pero no todos compartieron ese interés. Entre los fragmentos existieron dos que permanecieron indiferentes. Aquellos que en eras futuras serían conocidos como Oz… y Loki. Ni la creación, ni los mundos, ni la vida despertaron en ellos deseo alguno. Mientras otros miraban hacia las realidades, ellos permanecieron en silencio, ajenos, como si incluso el nacimiento del todo careciera de significado. Así fue el origen... Un despertar sin propósito… y una creación que, desde su primer instante, ya era observada.
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    **Bienvenido a Crónicas de la Familia Queen**

    Esta página está dedicada a recopilar y organizar el lore de un mundo nacido desde el Desbordamiento primordial, donde el origen de la existencia, el caos y el paso del tiempo dan forma a múltiples eras y realidades.

    Aquí encontrarás un recorrido de los inicios de la familia Queen, hasta los eventos más recientes que rodean.

    El contenido se presenta en forma de:

    * Fragmentos de historia y acontecimientos importantes

    * Pequeños relatos basados en roles que expanden el desarrollo de los personajes

    * Información sobre el linaje, conflictos y evolución de la familia Queen

    No es necesario conocer todo desde el inicio. Puedes explorar cada publicación como una pieza independiente de un todo más grande.

    Estas crónicas no solo narran lo que ocurrió… sino cómo el legado del origen sigue influyendo en quienes lo heredaron.
    **Bienvenido a Crónicas de la Familia Queen** Esta página está dedicada a recopilar y organizar el lore de un mundo nacido desde el Desbordamiento primordial, donde el origen de la existencia, el caos y el paso del tiempo dan forma a múltiples eras y realidades. Aquí encontrarás un recorrido de los inicios de la familia Queen, hasta los eventos más recientes que rodean. El contenido se presenta en forma de: * Fragmentos de historia y acontecimientos importantes * Pequeños relatos basados en roles que expanden el desarrollo de los personajes * Información sobre el linaje, conflictos y evolución de la familia Queen No es necesario conocer todo desde el inicio. Puedes explorar cada publicación como una pieza independiente de un todo más grande. Estas crónicas no solo narran lo que ocurrió… sino cómo el legado del origen sigue influyendo en quienes lo heredaron.
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  • ・‥…━━━━━━━ꜱᴛᴀʀᴛᴇʀ━━━━━━━…‥・
    A lo lejos, se alzaba un arco de piedra, intacto pese a la erosión que había consumido todo lo demás. No estaba en ruinas… estaba fuera del concepto de ruina. Su estructura no proyectaba sombra, sino una especie de resplandor tenue que teñía la arena del desierto con un brillo azulado, como si hubiese atrapado fragmentos del cielo y los hubiese obligado a permanecer. En su interior no había oscuridad ni luz, sino una apertura hacia algo que no debía ser contemplado demasiado tiempo, pues cuanto más se fijaba la mirada, más parecía desfasarse, como un latido que no coincidía con el pulso del mundo.

    El aire era inmóvil, pero aun así, su cabello se mecía levemente, como si una presencia invisible la rodeara con intención. No era amenaza… no del todo. Era reconocimiento. Aquella estructura no reaccionaba ante la existencia de los mortales, pero ante ella… vibraba, apenas perceptible, como una cuerda tensada que aguardaba ser tocada. Su intuición no gritaba peligro, sino algo mucho más inquietante... familiaridad.

    Sus dedos se elevaron ligeramente, hasta que...
    ・‥…━━━━━━━ꜱᴛᴀʀᴛᴇʀ━━━━━━━…‥・ A lo lejos, se alzaba un arco de piedra, intacto pese a la erosión que había consumido todo lo demás. No estaba en ruinas… estaba fuera del concepto de ruina. Su estructura no proyectaba sombra, sino una especie de resplandor tenue que teñía la arena del desierto con un brillo azulado, como si hubiese atrapado fragmentos del cielo y los hubiese obligado a permanecer. En su interior no había oscuridad ni luz, sino una apertura hacia algo que no debía ser contemplado demasiado tiempo, pues cuanto más se fijaba la mirada, más parecía desfasarse, como un latido que no coincidía con el pulso del mundo. El aire era inmóvil, pero aun así, su cabello se mecía levemente, como si una presencia invisible la rodeara con intención. No era amenaza… no del todo. Era reconocimiento. Aquella estructura no reaccionaba ante la existencia de los mortales, pero ante ella… vibraba, apenas perceptible, como una cuerda tensada que aguardaba ser tocada. Su intuición no gritaba peligro, sino algo mucho más inquietante... familiaridad. Sus dedos se elevaron ligeramente, hasta que...
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  • Mine había aprendido la lección antes de cumplir los veinte años, en las aulas de la universidad donde sus compañeros heredaban imperios mientras él se conformaba con ganarse una beca. El mundo, descubrió, no funcionaba con méritos, sino con conexiones. Podías ser el hombre más brillante de una sala, y aún así no significaba nada. No en la yakuza. Allí, los lazos de sangre se forjaban con la certeza de que el hombre a tu lado estaría dispuesto a 𝗰𝗼𝗿𝘁𝗮𝗿𝘀𝗲 𝘂𝗻 𝗱𝗲𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗶. Mine lo sabía antes de dar el primer paso. Así que, como todo en su vida, lo planificó con la meticulosidad de quien no puede permitirse un error.

    Investigó durante meses. Pagó a informantes que bebían su salario en whisky barato, consultó archivos judiciales que el resto del mundo había olvidado, rastreó nombres que nadie más recordaba hasta dar con uno. Un hombre que había sido parte de un clan menor en los márgenes del Tojo, 𝗮𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗶𝗿𝗿𝗲𝗹𝗲𝘃𝗮𝗻𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝘂 𝗽𝗿𝗼𝗽𝗶𝗮 𝗳𝗮𝗺𝗶𝗹𝗶𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗮𝗯𝗮𝗻𝗱𝗼𝗻𝗮𝗱𝗼 𝗮 𝘀𝘂 𝘀𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲 cuando la justicia lo atrapó. El cargo hizo que hasta los yakuzas más endurecidos fruncieran el ceño cuando Mine mencionó el nombre en voz baja. 𝗔𝗰𝗼𝘀𝗼 𝗦𝗲𝘅𝘂𝗮𝗹. La condena había sido larga, el escarnio público implacable, la vergüenza tan absoluta que el hombre salió de prisión sin un solo contacto al que recurrir. Perfecto, pensó Mine. 𝗔𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗱𝗲𝘀𝗽𝗿𝗲𝗰𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀 𝗻𝗼 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗼𝗽𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗳𝗲𝗿𝗿𝗮𝗿𝘀𝗲 𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻 𝗹𝗲 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼.

    La primera vez que lo vio fue en una sala de visitas penitenciaria, el hombre era más bajo de lo que esperaba, con un cuerpo que la cárcel no había hecho más que engordar, un rostro inflamado por los años de mala comida y peor trato, y una mirada que alternaba entre la desconfianza del animal acorralado y una sumisión 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝘃𝗲𝗿𝗴𝗼𝗻𝘇𝗼𝘀𝗮. Cuando Mine se acercó, los otros reclusos que compartían el espacio se alejaron como si el aire a su alrededor estuviera contaminado. Sintió el estómago revolverse, una náusea agria que le subió por la garganta y que solo pudo contener apretando la mandíbula con una fuerza que le hizo crujir los dientes. Aquel hombre era lo más bajo que podía encontrarse en la sociedad japonesa, un paria entre los parias, tan repulsivo que incluso los asesinos y los estafadores le daban la espalda.

    Y Mine sonrió. Extendió la mano con la palma hacia arriba, un gesto de apertura que había ensayado frente al espejo durante semanas, y dijo las palabras que había construido con cuidado. Habló de oportunidades, de segundas chances, de cómo alguien con su conocimiento del mundo exterior y alguien con la experiencia del hombre dentro podían construir algo juntos. Su voz no tembló y su gesto no se quebró. 𝗡𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼 𝘀𝘂𝗱𝗼𝗿𝗼𝘀𝗮 𝘆 𝗱𝗲𝗺𝗮𝘀𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗰𝗮𝗹𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝘅𝗰𝗼𝗻𝘃𝗶𝗰𝘁𝗼 𝗮𝗽𝗿𝗲𝘁𝗼́ 𝗹𝗮 𝘀𝘂𝘆𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝘂𝗻𝗮 𝗲𝗳𝘂𝘀𝗶𝘃𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗲 𝗵𝗶𝘇𝗼 𝘀𝗲𝗻𝘁𝗶𝗿 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘀𝗶 𝗲𝘀𝘁𝘂𝘃𝗶𝗲𝗿𝗮 𝘁𝗼𝗰𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗽𝘂𝘁𝗿𝗲𝗳𝗮𝗰𝘁𝗼.

    Durante meses, Mine se obligó a estar presente. A escuchar las mismas historias aburridas sobre sus conquistas, los mismos chistes vulgares que hacían que sus subordinados más leales desviaran la mirada con incomodidad cuando el hombre reía demasiado fuerte en los bares de Kabukichō. A pagar las cuentas, primero las pequeñas, luego las grandes. Un apartamento aquí, un coche allá, dinero para "inversiones" que nunca se materializaban en nada excepto en deudas más grandes. Cada vez que el hombre lo llamaba "hermano" con esa voz untuosa, Mine sentía algo retorcerse en su interior, 𝘂𝗻 𝗮𝗻𝗶𝗺𝗮𝗹 𝗮𝘀𝗾𝘂𝗲𝗮𝗱𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗿𝗮𝗻̃𝗮𝗯𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗮𝗿𝗲𝗱𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗲𝘀𝘁𝗼́𝗺𝗮𝗴𝗼. Pero sostenía la sonrisa, apretaba el hombro del otro con un gesto de camaradería que había ensayado tantas veces que se había vuelto mecánico. Esperaba, pues aquel 𝗖𝗘𝗥𝗗𝗢 era el único que podía brindarle contactos.

    Lo que no esperaba, lo que ningún plan financiero ni análisis de riesgo podría haber previsto, fue el momento en que algo dentro de él se dobló.
    Ocurrió una noche de lluvia, en un callejón detrás de un izakaya donde habían estado bebiendo hasta que las luces de neón empezaron a parpadear como estrellas moribundas. El hombre estaba ebrio, más de lo habitual, apoyado contra la pared húmeda mientras Mine fingía buscar su teléfono para pedir un taxi. Y entonces, entre balbuceos y eructos, las palabras salieron.

    —Somos hermanos jurados, Yoshitaka. Hermanos. Juntos hasta la muerte, ¿entiendes? 𝗛𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲.

    La lluvia caía sobre los hombros de Mine, empapando la tela cara de su abrigo, y por un instante, solo un pequeño instante que después repasaría en su memoria cientos de veces, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗵𝗮𝗯𝗶𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗿𝗲𝗮𝗹 𝗼 𝘀𝗶𝗺𝗽𝗹𝗲𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝘀𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻... Mine sintió algo. Una pequeña calidez, una pequeña grieta en los muros que el habia construido con tanto cuidado. Tal vez, pensó mientras miraba al hombre tambaleante bajo la lluvia, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗰𝗼𝘀𝗮 𝗴𝗿𝗼𝘁𝗲𝘀𝗰𝗮 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗹𝗼 𝗱𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝗲𝗻 𝘀𝗲𝗿𝗶𝗼. Tal vez todos los gestos, las borracheras compartidas, las conversaciones sin sentido sobre el futuro, tal vez todo eso había construido algo real. Algo que Mine nunca había tenido.

    Fue un pensamiento pasajero, duró lo que el parpadeo de una luciérnaga en verano. A la mañana siguiente, cuando el hombre llamó para pedir más dinero con la misma voz de siempre y la misma falta de vergüenza, Mine ya había enterrado ese momento en lo más profundo de su mente.

    La traición llegó tres meses después, aunque en retrospectiva, Mine sabía que había estado gestándose desde el primer día. Un trato. Algo grande, algo que pondría a la Familia Hakuho en una posición de poder dentro del Clan. El hombre había insistido en participar, en demostrar que era más que la mascota que los otros clanes susurraban a sus espaldas. Mine aceptó, a pesar de cada instinto que le gritaba que no lo hiciera. 𝗧𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇, 𝘀𝗲 𝗱𝗶𝗷𝗼, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗮𝘀𝛊́ 𝗲𝗹 𝘃𝛊́𝗻𝗰𝘂𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗿𝛊́𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝗽𝗮𝗹𝗮𝗯𝗿𝗮𝘀 𝗲𝗯𝗿𝗶𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝘂𝗻 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝗷𝗼́𝗻.
    La emboscada fue perfectamente ejecutada. Las luces de los vehículos, las armas desenfundadas, los gritos de los hombres de Mine cayendo alrededor. Y el hombre que debía cubrirle la espalda, aquel al que había sacado de la cárcel, 𝗮𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘃𝗲𝘀𝘁𝗶𝗱𝗼, 𝗮𝗹𝗶𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗲𝗴𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗯𝘂𝗿𝗹𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗺𝗮́𝘀 𝗰𝗹𝗮𝗻𝗲𝘀, 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗶𝗼́ 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗳𝘂𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗱𝗶𝗻𝗲𝗿𝗼. Con todo. Mine recordaba haber sangrado esa noche, arrastrándose por un callejón distinto al de la promesa de hermanos jurados, con un tajo en el costado que le enseñó lo que era estar realmente solo.

    No lo buscó, no envió hombres tras él, no hizo nada excepto esperar. Y Mine Yoshitaka sabía esperar como nadie. Había esperado años para construir su imperio financiero, había esperado décadas para encontrar un lugar al que pertenecer, había esperado toda una vida para dejar de sentirse como el niño huérfano que miraba desde afuera. Podía esperar unos meses más, después de todo, Mine se convenció así mismo de que 𝗹𝗮 𝘃𝗲𝗻𝗴𝗮𝗻𝘇𝗮 𝗲𝘀 𝘂𝗻 𝗷𝘂𝗲𝗴𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗻𝘁𝗼𝘀.

    El hombre volvió cuando el dinero se acabó. Volvió con la misma sonrisa untuosa, la misma falta de vergüenza, los mismos gestos de camaradería... y Mine sonrió. Le dio la bienvenida, puso una mano en su hombro y dijo que entendía, que eran tiempos difíciles, que los hermanos se perdonan. Cada palabra era un cuchillo que enterraba en su propia carne, pero la sonrisa no se movió ni un milímetro.
    Dejó que el hombre creyera que había triunfado, que la traición había sido olvidada, que su lugar junto al futuro patriarca seguía intacto. Le prestó dinero cuando lo pidió, asintió con la cabeza cuando el hombre hablaba de sus planes grandiosos, rió cuando contaba sus chistes vulgares. Cada interacción era una prueba de resistencia, un ejercicio de control tan exquisito que a veces Mine se sorprendía a sí mismo, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗲𝗿𝗮 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼 𝗼 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝗾𝘂𝗶𝗻𝗮 𝗱𝗶𝘀𝗳𝗿𝗮𝘇𝗮𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲.

    Pero la paciencia, como todo en la vida, tenía un límite.

    Fue una tarde cualquiera. Mine estaba en su oficina de la sede de la Familia Hakuho, repasando informes trimestrales que prometían ganancias récord, cuando el hombre irrumpió sin anunciarse. Ya había estado bebiendo, el aliento a shōchū llegó antes que él, impregnando el aire con ese olor agrio que Mine había aprendido a identificar como presagio de problemas. Y entonces comenzó..
    Primero fueron las acusaciones: Que Mine le debía más, que lo había mantenido en una posición baja a propósito para humillarlo, que él había puesto su vida en riesgo por el clan y qué había recibido a cambio. La voz del hombre crecía en volumen y en absurdez, cada palabra más inflamada que la anterior, hasta que el traqueteo de los muebles al ser empujados se sumó al ruido. Una lámpara de mesa de porcelana china, una pieza que Mine había adquirido en una subasta en Kioto, valorada en más de lo que aquel cerdo había ganado en toda su vida, voló contra la pared y estalló en fragmentos blancos. Un portarretratos con una fotografía que Mine ni siquiera recordaba haber colocado allí siguió el mismo camino. Luego un jarrón, luego un monitor...

    —¡ME DEBES TODO! —el grito del hombre resonó entre las paredes de caoba, sus puños golpeando el escritorio donde Mine todavía estaba sentado, observando con una calma que parecía sobrenatural—. ¡TODO EL DINERO, MINE! ¡Y TUS HOMBRES! ¡ME CANSÉ DE ESTA MIERDA! ¡VOY A ARMAR UNA GUERRA SI NO ME DAS LO QUE ME CORRESPONDE!

    Sus manos gordezuelas se cerraron sobre el borde del escritorio, volcando la taza de té que Mine había estado bebiendo momentos antes. El líquido caliente se derramó sobre los informes, arruinando horas de trabajo meticuloso. Y fue eso, de todas las cosas, lo que hizo que algo en los ojos de Mine cambiara. No fue la amenaza de guerra, no fue la destrucción de sus pertenencias. Fue el té sobre los informes. 𝗘𝗹 𝗴𝗲𝘀𝘁𝗼 𝗽𝗲𝗾𝘂𝗲𝗻̃𝗼, 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝗶𝗻𝘀𝗶𝗴𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗻𝘁𝗲, 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝗹𝗮𝗯𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗲𝘁𝗼 𝘁𝗮𝗻 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗺𝗲𝗿𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝘀𝗲𝗿 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗶𝗱𝗲𝗿𝗮𝗱𝗮.
    El hombre seguía gritando, su cara congestionada hasta adquirir un tono púrpura, la saliva volando de sus labios mientras enumeraba todas las formas en que Mine le había fallado. No había notado cómo la sonrisa de Mine, esa sonrisa que había sostenido durante dos años enteros, había desaparecido de su rostro como si nunca hubiera existido.

    Cuando Mine se levantó de su silla, lo hizo con fluidez, el golpe fue tan rápido que el hombre apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el puño de Mine se hundiera en su estómago blando con precisión. El aire salió de sus pulmones en un gemido húmedo, sus rodillas se doblaron, y luego vino el segundo golpe, y el tercero. 𝗖𝗮𝗱𝗮 𝗶𝗺𝗽𝗮𝗰𝘁𝗼 𝗲𝗿𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗹𝗶𝗯𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻, 𝗰𝗮𝗱𝗮 𝘀𝗼𝗻𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗵𝘂𝗲𝘀𝗼 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 𝗰𝗮𝗿𝗻𝗲 𝘂𝗻 𝗲𝗰𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝘀𝗼𝗻𝗿𝗶𝘀𝗮𝘀 𝗳𝗮𝗹𝘀𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗺𝗲𝘀𝗮𝘀 𝗿𝗼𝘁𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗻𝗼𝗰𝗵𝗲𝘀 𝗲𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗱𝗼 𝗮𝗹 𝘁𝗲𝗰𝗵𝗼 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗮𝗽𝗮𝗿𝘁𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝗽𝗼𝗿 𝗾𝘂𝗲́ 𝘀𝗲𝗴𝘂𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗻𝘁𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗲𝘀𝗲 𝘃𝗮𝗰𝛊́𝗼 𝗮 𝗽𝗲𝘀𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗹𝗼𝗴𝗿𝗮𝗱𝗼.

    La sangre salpicó la manga de su traje, pero Mine ni siquiera parpadeó. Sus nudillos ardían, y el dolor era casi agradable, desestresante diría.
    Cuando el hombre yacía en el suelo, entre los restos de porcelana y los papeles manchados de té, emitiendo sonidos que ya no eran palabras sino gemidos, Mine se enderezó. Tomó un pañuelo de su bolsillo interior y se limpió los nudillos meticulosidad. Sólo entonces, con un gesto casi perezoso de su mano, 𝗹𝗹𝗮𝗺𝗼́ 𝗮 𝘀𝘂𝘀 𝘀𝘂𝗯𝗼𝗿𝗱𝗶𝗻𝗮𝗱𝗼𝘀.

    Dos hombres en traje negro aparecieron en el marco de la puerta, sus rostros perfectamente impasibles, esperando instrucciones.
    Mine los miró, y luego desvió la vista hacia el bulto tembloroso en el suelo. Su voz, cuando habló, fue baja y serena, el mismo tono que usaba para aprobar presupuestos trimestrales.

    —𝗡𝗼 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗴𝗮𝗻 𝗮𝗾𝘂𝛊́

    Salió de la oficina sin mirar atrás. Caminó por el pasillo de la sede con pasos medidos, escuchando cómo los gritos comenzaban de nuevo detrás de él, más agudos y más desesperados, la voz de aquel hombre que ya no era su "mejor amigo", 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼, 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗽𝗼𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗵𝗮𝗯𝗲𝗿𝗹𝗼 𝘀𝗶𝗱𝗼.

    Porque esa era la lección, ¿no? Mine había aprendido muy pronto que en este mundo no recibes nada gratis. Y aquella cosa en el suelo de su oficina, ese despojo que gemía entre la sangre y los restos de porcelana, nunca había sido un hermano. 𝗦𝗼𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝘂𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮𝘁𝗼 𝗺𝗮𝗹 𝗿𝗲𝗱𝗮𝗰𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝗿𝗲𝗻𝗱𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀 𝗻𝗲𝗴𝗮𝘁𝗶𝘃𝗼𝘀, 𝘂𝗻𝗮 𝗽𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗹𝗮𝗿𝗴𝗼 𝗲𝘅𝗽𝗲𝗱𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗿𝗮𝘇𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗿 𝗹𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗰𝗿𝗲𝗲𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗹𝗮𝘇𝗼𝘀 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗱𝛊́𝗮𝗻 𝘀𝗲𝗿 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗺𝗮́𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘁𝗿𝗮𝗻𝘀𝗮𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀.
    Mine había aprendido la lección antes de cumplir los veinte años, en las aulas de la universidad donde sus compañeros heredaban imperios mientras él se conformaba con ganarse una beca. El mundo, descubrió, no funcionaba con méritos, sino con conexiones. Podías ser el hombre más brillante de una sala, y aún así no significaba nada. No en la yakuza. Allí, los lazos de sangre se forjaban con la certeza de que el hombre a tu lado estaría dispuesto a 𝗰𝗼𝗿𝘁𝗮𝗿𝘀𝗲 𝘂𝗻 𝗱𝗲𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗶. Mine lo sabía antes de dar el primer paso. Así que, como todo en su vida, lo planificó con la meticulosidad de quien no puede permitirse un error. Investigó durante meses. Pagó a informantes que bebían su salario en whisky barato, consultó archivos judiciales que el resto del mundo había olvidado, rastreó nombres que nadie más recordaba hasta dar con uno. Un hombre que había sido parte de un clan menor en los márgenes del Tojo, 𝗮𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗶𝗿𝗿𝗲𝗹𝗲𝘃𝗮𝗻𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝘂 𝗽𝗿𝗼𝗽𝗶𝗮 𝗳𝗮𝗺𝗶𝗹𝗶𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗮𝗯𝗮𝗻𝗱𝗼𝗻𝗮𝗱𝗼 𝗮 𝘀𝘂 𝘀𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲 cuando la justicia lo atrapó. El cargo hizo que hasta los yakuzas más endurecidos fruncieran el ceño cuando Mine mencionó el nombre en voz baja. 𝗔𝗰𝗼𝘀𝗼 𝗦𝗲𝘅𝘂𝗮𝗹. La condena había sido larga, el escarnio público implacable, la vergüenza tan absoluta que el hombre salió de prisión sin un solo contacto al que recurrir. Perfecto, pensó Mine. 𝗔𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗱𝗲𝘀𝗽𝗿𝗲𝗰𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀 𝗻𝗼 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗼𝗽𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗳𝗲𝗿𝗿𝗮𝗿𝘀𝗲 𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻 𝗹𝗲 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼. La primera vez que lo vio fue en una sala de visitas penitenciaria, el hombre era más bajo de lo que esperaba, con un cuerpo que la cárcel no había hecho más que engordar, un rostro inflamado por los años de mala comida y peor trato, y una mirada que alternaba entre la desconfianza del animal acorralado y una sumisión 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝘃𝗲𝗿𝗴𝗼𝗻𝘇𝗼𝘀𝗮. Cuando Mine se acercó, los otros reclusos que compartían el espacio se alejaron como si el aire a su alrededor estuviera contaminado. Sintió el estómago revolverse, una náusea agria que le subió por la garganta y que solo pudo contener apretando la mandíbula con una fuerza que le hizo crujir los dientes. Aquel hombre era lo más bajo que podía encontrarse en la sociedad japonesa, un paria entre los parias, tan repulsivo que incluso los asesinos y los estafadores le daban la espalda. Y Mine sonrió. Extendió la mano con la palma hacia arriba, un gesto de apertura que había ensayado frente al espejo durante semanas, y dijo las palabras que había construido con cuidado. Habló de oportunidades, de segundas chances, de cómo alguien con su conocimiento del mundo exterior y alguien con la experiencia del hombre dentro podían construir algo juntos. Su voz no tembló y su gesto no se quebró. 𝗡𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼 𝘀𝘂𝗱𝗼𝗿𝗼𝘀𝗮 𝘆 𝗱𝗲𝗺𝗮𝘀𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗰𝗮𝗹𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝘅𝗰𝗼𝗻𝘃𝗶𝗰𝘁𝗼 𝗮𝗽𝗿𝗲𝘁𝗼́ 𝗹𝗮 𝘀𝘂𝘆𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝘂𝗻𝗮 𝗲𝗳𝘂𝘀𝗶𝘃𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗲 𝗵𝗶𝘇𝗼 𝘀𝗲𝗻𝘁𝗶𝗿 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘀𝗶 𝗲𝘀𝘁𝘂𝘃𝗶𝗲𝗿𝗮 𝘁𝗼𝗰𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗽𝘂𝘁𝗿𝗲𝗳𝗮𝗰𝘁𝗼. Durante meses, Mine se obligó a estar presente. A escuchar las mismas historias aburridas sobre sus conquistas, los mismos chistes vulgares que hacían que sus subordinados más leales desviaran la mirada con incomodidad cuando el hombre reía demasiado fuerte en los bares de Kabukichō. A pagar las cuentas, primero las pequeñas, luego las grandes. Un apartamento aquí, un coche allá, dinero para "inversiones" que nunca se materializaban en nada excepto en deudas más grandes. Cada vez que el hombre lo llamaba "hermano" con esa voz untuosa, Mine sentía algo retorcerse en su interior, 𝘂𝗻 𝗮𝗻𝗶𝗺𝗮𝗹 𝗮𝘀𝗾𝘂𝗲𝗮𝗱𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗿𝗮𝗻̃𝗮𝗯𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗮𝗿𝗲𝗱𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗲𝘀𝘁𝗼́𝗺𝗮𝗴𝗼. Pero sostenía la sonrisa, apretaba el hombro del otro con un gesto de camaradería que había ensayado tantas veces que se había vuelto mecánico. Esperaba, pues aquel 𝗖𝗘𝗥𝗗𝗢 era el único que podía brindarle contactos. Lo que no esperaba, lo que ningún plan financiero ni análisis de riesgo podría haber previsto, fue el momento en que algo dentro de él se dobló. Ocurrió una noche de lluvia, en un callejón detrás de un izakaya donde habían estado bebiendo hasta que las luces de neón empezaron a parpadear como estrellas moribundas. El hombre estaba ebrio, más de lo habitual, apoyado contra la pared húmeda mientras Mine fingía buscar su teléfono para pedir un taxi. Y entonces, entre balbuceos y eructos, las palabras salieron. —Somos hermanos jurados, Yoshitaka. Hermanos. Juntos hasta la muerte, ¿entiendes? 𝗛𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲. La lluvia caía sobre los hombros de Mine, empapando la tela cara de su abrigo, y por un instante, solo un pequeño instante que después repasaría en su memoria cientos de veces, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗵𝗮𝗯𝗶𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗿𝗲𝗮𝗹 𝗼 𝘀𝗶𝗺𝗽𝗹𝗲𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝘀𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻... Mine sintió algo. Una pequeña calidez, una pequeña grieta en los muros que el habia construido con tanto cuidado. Tal vez, pensó mientras miraba al hombre tambaleante bajo la lluvia, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗰𝗼𝘀𝗮 𝗴𝗿𝗼𝘁𝗲𝘀𝗰𝗮 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗹𝗼 𝗱𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝗲𝗻 𝘀𝗲𝗿𝗶𝗼. Tal vez todos los gestos, las borracheras compartidas, las conversaciones sin sentido sobre el futuro, tal vez todo eso había construido algo real. Algo que Mine nunca había tenido. Fue un pensamiento pasajero, duró lo que el parpadeo de una luciérnaga en verano. A la mañana siguiente, cuando el hombre llamó para pedir más dinero con la misma voz de siempre y la misma falta de vergüenza, Mine ya había enterrado ese momento en lo más profundo de su mente. La traición llegó tres meses después, aunque en retrospectiva, Mine sabía que había estado gestándose desde el primer día. Un trato. Algo grande, algo que pondría a la Familia Hakuho en una posición de poder dentro del Clan. El hombre había insistido en participar, en demostrar que era más que la mascota que los otros clanes susurraban a sus espaldas. Mine aceptó, a pesar de cada instinto que le gritaba que no lo hiciera. 𝗧𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇, 𝘀𝗲 𝗱𝗶𝗷𝗼, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗮𝘀𝛊́ 𝗲𝗹 𝘃𝛊́𝗻𝗰𝘂𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗿𝛊́𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝗽𝗮𝗹𝗮𝗯𝗿𝗮𝘀 𝗲𝗯𝗿𝗶𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝘂𝗻 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝗷𝗼́𝗻. La emboscada fue perfectamente ejecutada. Las luces de los vehículos, las armas desenfundadas, los gritos de los hombres de Mine cayendo alrededor. Y el hombre que debía cubrirle la espalda, aquel al que había sacado de la cárcel, 𝗮𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘃𝗲𝘀𝘁𝗶𝗱𝗼, 𝗮𝗹𝗶𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗲𝗴𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗯𝘂𝗿𝗹𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗺𝗮́𝘀 𝗰𝗹𝗮𝗻𝗲𝘀, 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗶𝗼́ 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗳𝘂𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗱𝗶𝗻𝗲𝗿𝗼. Con todo. Mine recordaba haber sangrado esa noche, arrastrándose por un callejón distinto al de la promesa de hermanos jurados, con un tajo en el costado que le enseñó lo que era estar realmente solo. No lo buscó, no envió hombres tras él, no hizo nada excepto esperar. Y Mine Yoshitaka sabía esperar como nadie. Había esperado años para construir su imperio financiero, había esperado décadas para encontrar un lugar al que pertenecer, había esperado toda una vida para dejar de sentirse como el niño huérfano que miraba desde afuera. Podía esperar unos meses más, después de todo, Mine se convenció así mismo de que 𝗹𝗮 𝘃𝗲𝗻𝗴𝗮𝗻𝘇𝗮 𝗲𝘀 𝘂𝗻 𝗷𝘂𝗲𝗴𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗻𝘁𝗼𝘀. El hombre volvió cuando el dinero se acabó. Volvió con la misma sonrisa untuosa, la misma falta de vergüenza, los mismos gestos de camaradería... y Mine sonrió. Le dio la bienvenida, puso una mano en su hombro y dijo que entendía, que eran tiempos difíciles, que los hermanos se perdonan. Cada palabra era un cuchillo que enterraba en su propia carne, pero la sonrisa no se movió ni un milímetro. Dejó que el hombre creyera que había triunfado, que la traición había sido olvidada, que su lugar junto al futuro patriarca seguía intacto. Le prestó dinero cuando lo pidió, asintió con la cabeza cuando el hombre hablaba de sus planes grandiosos, rió cuando contaba sus chistes vulgares. Cada interacción era una prueba de resistencia, un ejercicio de control tan exquisito que a veces Mine se sorprendía a sí mismo, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗲𝗿𝗮 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼 𝗼 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝗾𝘂𝗶𝗻𝗮 𝗱𝗶𝘀𝗳𝗿𝗮𝘇𝗮𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲. Pero la paciencia, como todo en la vida, tenía un límite. Fue una tarde cualquiera. Mine estaba en su oficina de la sede de la Familia Hakuho, repasando informes trimestrales que prometían ganancias récord, cuando el hombre irrumpió sin anunciarse. Ya había estado bebiendo, el aliento a shōchū llegó antes que él, impregnando el aire con ese olor agrio que Mine había aprendido a identificar como presagio de problemas. Y entonces comenzó.. Primero fueron las acusaciones: Que Mine le debía más, que lo había mantenido en una posición baja a propósito para humillarlo, que él había puesto su vida en riesgo por el clan y qué había recibido a cambio. La voz del hombre crecía en volumen y en absurdez, cada palabra más inflamada que la anterior, hasta que el traqueteo de los muebles al ser empujados se sumó al ruido. Una lámpara de mesa de porcelana china, una pieza que Mine había adquirido en una subasta en Kioto, valorada en más de lo que aquel cerdo había ganado en toda su vida, voló contra la pared y estalló en fragmentos blancos. Un portarretratos con una fotografía que Mine ni siquiera recordaba haber colocado allí siguió el mismo camino. Luego un jarrón, luego un monitor... —¡ME DEBES TODO! —el grito del hombre resonó entre las paredes de caoba, sus puños golpeando el escritorio donde Mine todavía estaba sentado, observando con una calma que parecía sobrenatural—. ¡TODO EL DINERO, MINE! ¡Y TUS HOMBRES! ¡ME CANSÉ DE ESTA MIERDA! ¡VOY A ARMAR UNA GUERRA SI NO ME DAS LO QUE ME CORRESPONDE! Sus manos gordezuelas se cerraron sobre el borde del escritorio, volcando la taza de té que Mine había estado bebiendo momentos antes. El líquido caliente se derramó sobre los informes, arruinando horas de trabajo meticuloso. Y fue eso, de todas las cosas, lo que hizo que algo en los ojos de Mine cambiara. No fue la amenaza de guerra, no fue la destrucción de sus pertenencias. Fue el té sobre los informes. 𝗘𝗹 𝗴𝗲𝘀𝘁𝗼 𝗽𝗲𝗾𝘂𝗲𝗻̃𝗼, 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝗶𝗻𝘀𝗶𝗴𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗻𝘁𝗲, 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝗹𝗮𝗯𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗲𝘁𝗼 𝘁𝗮𝗻 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗺𝗲𝗿𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝘀𝗲𝗿 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗶𝗱𝗲𝗿𝗮𝗱𝗮. El hombre seguía gritando, su cara congestionada hasta adquirir un tono púrpura, la saliva volando de sus labios mientras enumeraba todas las formas en que Mine le había fallado. No había notado cómo la sonrisa de Mine, esa sonrisa que había sostenido durante dos años enteros, había desaparecido de su rostro como si nunca hubiera existido. Cuando Mine se levantó de su silla, lo hizo con fluidez, el golpe fue tan rápido que el hombre apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el puño de Mine se hundiera en su estómago blando con precisión. El aire salió de sus pulmones en un gemido húmedo, sus rodillas se doblaron, y luego vino el segundo golpe, y el tercero. 𝗖𝗮𝗱𝗮 𝗶𝗺𝗽𝗮𝗰𝘁𝗼 𝗲𝗿𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗹𝗶𝗯𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻, 𝗰𝗮𝗱𝗮 𝘀𝗼𝗻𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗵𝘂𝗲𝘀𝗼 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 𝗰𝗮𝗿𝗻𝗲 𝘂𝗻 𝗲𝗰𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝘀𝗼𝗻𝗿𝗶𝘀𝗮𝘀 𝗳𝗮𝗹𝘀𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗺𝗲𝘀𝗮𝘀 𝗿𝗼𝘁𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗻𝗼𝗰𝗵𝗲𝘀 𝗲𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗱𝗼 𝗮𝗹 𝘁𝗲𝗰𝗵𝗼 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗮𝗽𝗮𝗿𝘁𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝗽𝗼𝗿 𝗾𝘂𝗲́ 𝘀𝗲𝗴𝘂𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗻𝘁𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗲𝘀𝗲 𝘃𝗮𝗰𝛊́𝗼 𝗮 𝗽𝗲𝘀𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗹𝗼𝗴𝗿𝗮𝗱𝗼. La sangre salpicó la manga de su traje, pero Mine ni siquiera parpadeó. Sus nudillos ardían, y el dolor era casi agradable, desestresante diría. Cuando el hombre yacía en el suelo, entre los restos de porcelana y los papeles manchados de té, emitiendo sonidos que ya no eran palabras sino gemidos, Mine se enderezó. Tomó un pañuelo de su bolsillo interior y se limpió los nudillos meticulosidad. Sólo entonces, con un gesto casi perezoso de su mano, 𝗹𝗹𝗮𝗺𝗼́ 𝗮 𝘀𝘂𝘀 𝘀𝘂𝗯𝗼𝗿𝗱𝗶𝗻𝗮𝗱𝗼𝘀. Dos hombres en traje negro aparecieron en el marco de la puerta, sus rostros perfectamente impasibles, esperando instrucciones. Mine los miró, y luego desvió la vista hacia el bulto tembloroso en el suelo. Su voz, cuando habló, fue baja y serena, el mismo tono que usaba para aprobar presupuestos trimestrales. —𝗡𝗼 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗴𝗮𝗻 𝗮𝗾𝘂𝛊́ Salió de la oficina sin mirar atrás. Caminó por el pasillo de la sede con pasos medidos, escuchando cómo los gritos comenzaban de nuevo detrás de él, más agudos y más desesperados, la voz de aquel hombre que ya no era su "mejor amigo", 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼, 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗽𝗼𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗵𝗮𝗯𝗲𝗿𝗹𝗼 𝘀𝗶𝗱𝗼. Porque esa era la lección, ¿no? Mine había aprendido muy pronto que en este mundo no recibes nada gratis. Y aquella cosa en el suelo de su oficina, ese despojo que gemía entre la sangre y los restos de porcelana, nunca había sido un hermano. 𝗦𝗼𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝘂𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮𝘁𝗼 𝗺𝗮𝗹 𝗿𝗲𝗱𝗮𝗰𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝗿𝗲𝗻𝗱𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀 𝗻𝗲𝗴𝗮𝘁𝗶𝘃𝗼𝘀, 𝘂𝗻𝗮 𝗽𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗹𝗮𝗿𝗴𝗼 𝗲𝘅𝗽𝗲𝗱𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗿𝗮𝘇𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗿 𝗹𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗰𝗿𝗲𝗲𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗹𝗮𝘇𝗼𝘀 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗱𝛊́𝗮𝗻 𝘀𝗲𝗿 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗺𝗮́𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘁𝗿𝗮𝗻𝘀𝗮𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀.
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  • ☩ PRÓLOGO ☩

    Antes de que los nombres fueran registrados,
    antes de que las historias fueran contadas…

    existían aquellos cuya sola existencia moldeaba el mundo.

    Este códice no es un simple compendio.
    No es una recopilación de datos, ni una crónica común.

    Es un registro de poder.

    Aquí se recogen las entidades, linajes y figuras que han definido, alterado y sostenido la estructura misma de su realidad. Cada nombre inscrito en estas páginas no representa únicamente a un individuo, sino a una fuerza, a una voluntad y a una presencia cuya influencia trasciende el tiempo, el espacio y la percepción ordinaria.

    Las páginas que siguen no deben interpretarse como relatos aislados,
    sino como fragmentos de un sistema mayor.

    Un sistema donde el poder no siempre se impone,
    donde la voluntad no siempre se declara,
    y donde el control rara vez es visible.

    Este códice existe con un propósito claro:

    Registrar.
    Definir.
    Preservar.

    Porque aquello que no se registra…
    se pierde.

    Y aquello que se pierde…
    deja de influir.

    Cada ficha contenida en este documento responde a una estructura precisa: historia, forma, naturaleza, poder e influencia. No como elementos independientes, sino como partes de un todo que permite comprender la verdadera magnitud de cada entidad.

    No todos los nombres aquí recogidos son iguales.
    No todos los poderes son comparables.

    Pero todos comparten una verdad:

    Han dejado huella.

    Y en muchos casos…
    siguen haciéndolo.

    Este códice no juzga.
    No glorifica.
    No condena.

    Solo expone.

    Y al hacerlo, revela una realidad que muchos no perciben:

    El mundo no pertenece a quienes lo habitan…
    sino a quienes lo moldean.
    ☩ PRÓLOGO ☩ Antes de que los nombres fueran registrados, antes de que las historias fueran contadas… existían aquellos cuya sola existencia moldeaba el mundo. Este códice no es un simple compendio. No es una recopilación de datos, ni una crónica común. Es un registro de poder. Aquí se recogen las entidades, linajes y figuras que han definido, alterado y sostenido la estructura misma de su realidad. Cada nombre inscrito en estas páginas no representa únicamente a un individuo, sino a una fuerza, a una voluntad y a una presencia cuya influencia trasciende el tiempo, el espacio y la percepción ordinaria. Las páginas que siguen no deben interpretarse como relatos aislados, sino como fragmentos de un sistema mayor. Un sistema donde el poder no siempre se impone, donde la voluntad no siempre se declara, y donde el control rara vez es visible. Este códice existe con un propósito claro: Registrar. Definir. Preservar. Porque aquello que no se registra… se pierde. Y aquello que se pierde… deja de influir. Cada ficha contenida en este documento responde a una estructura precisa: historia, forma, naturaleza, poder e influencia. No como elementos independientes, sino como partes de un todo que permite comprender la verdadera magnitud de cada entidad. No todos los nombres aquí recogidos son iguales. No todos los poderes son comparables. Pero todos comparten una verdad: Han dejado huella. Y en muchos casos… siguen haciéndolo. Este códice no juzga. No glorifica. No condena. Solo expone. Y al hacerlo, revela una realidad que muchos no perciben: El mundo no pertenece a quienes lo habitan… sino a quienes lo moldean.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    \

    Esto es lo que leeré en el recital:

    \

    Paraíso de liebre submarina.

    Se cuenta, entre tantas danzantes leyendas, que una vez fue creada una Luna por el soplo de una pipa encantada.

    Y ella al ser ingenua se hallaba inmersa en un océano sin cielo, que engarzaba sus ojos entre las almenaras de sus sigilosos sueños. Ahí y justo ahí, el cielo se encargaba de cuidarla; y peinaba sus cabellos y la consentía y la Luna misma posaba su cabeza en el regazo del imberbe.

    A ella la había mandado pedir una flor de loto, como deseo de nacimiento, ya que crecía en un lago marchito. Ella no conocía más que el hedor de ese lugar, al que llamaba hogar mismo.

    Y el lago al ser marchito la volvía siempre egoísta.

    No reía, sólo codiciaba lo bello.

    Un día como cualquier otro, la flor de loto contempló hacia arriba, tras verse iluminada y arropada por una luz muy bella, como los rayos que la hacían vislumbrar las profundidades de su propio seno, y, con el ver nacarado de sus ojos, posados en los cabellos de esa doncella de plata, anheló su majestad y su sosiego. Y pidió y pidió y pidió ser criatura corpórea para poder hacerle el amor al menos una vez.

    Se dice que la flor y la pipa implementaron el tiempo para gobernar ya sus pasos, y, los pasos del loto se hicieron tardes, noches y mañanas. Ya que, al ser la flor más poderosa, construyó un barco para derramar sus sollozos en forma de gotas de sal, como si la sal se esgrimiera en forma y voto por proa desde el augurio de sus lágrimas.

    Aunaba un plan. Estas le permitieran alcanzar a la luna de su anhelo. Porque el anhelo por tenerla, y el querer tenerla, le hizo maquinar en su quehacer cosas terribles, y se olvidó de pensarla con el bienestar de un ser de noble corazón.

    Así que pensó, y pensó, y pensó en apagar la luminaria de las estrellas que la acompañaban.

    Porque las estrellas apagarían el cobijo de su risa y con su Solo de los susurros que, dedicada sólo a ella, una escalera se presentó al tiempo ante sus pies; amorosa y rebelde. Pero también se hizo turbia y deferente.

    Y la flor se tornó caballero de rigor, pesadilla y desesperanza.

    Así sucedió que la flor de loto, tocó una ventisca venidera de una lamparilla de hueso que pasaba, por allí y por allá. Una costilla de anciana virtud. Porque de los huesos que contenía el lago en el que descansaba la flor, ahí, y justo allí, al alcanzar la Luna con un beso, desde lejos, la cortó en varias tiras.

    Y la luna se derramó en casas, océanos y valles, hasta despojarse de su manto coronado.

    Y de la flor desgraciada y desabrida, emergió una doncella con el crepúsculo bañándole el rostro. Porque había permitido que su luna se presentase en sus aposentos, como ante la sorpresa de la Luna misma.

    Cayó en sus brazos, y, al tocar su rostro, cuando en el cuándo, leyó en la flor arrepentimiento. Ah, el arrepentimiento siempre es nacido del amor más pudiente, y orilló a ambos a fragmentarse y de sus fragmentos nació el océano de Valeria. El de más peligros y de más maravillas.

    Y en Valeria, se decía, que todas las cosas sucedían con errados suelos y erradas prosas y prisas, porque ellos cayeron allí y, el todo y la nada se hicieron sendos relojes de oro, bronce y plata. Hasta que, acabados por sus infamias y símiles, el tiempo se detuvo y existió una densa niebla, y, ante la niebla, se dio por presentada al nupcial mundo de la Aurora.

    Aurora, la Ciudad que nunca de los nunca dormiría.

    Aurora conmovida le abrió los brazos a la flor de loto hecha caballero, pero, a cambio de devolverle a su Luna le hizo ver su caparazón. Y la hizo llenarla con fuego: el fuego de los relojes.

    Entonces Valeria y Aurora orillaron a ese nuevo ser, al que llamaron en secreto Diomedes, a otorgarle el tiempo de su destiempo, pues Diomedes era ya santo, pero también anciano. Y entonces Diomedes presentó dos expresiones ante sí mismo. Una de ellas la posó en el cuerpo de la Luna, y, la otra al callarse, sólo hablaría el idioma de las bestias que habitarían, ese, empero nuevo mundo recién descubierto y conocido. Bestias que no lo traicionaron.


    Así y sólo así, se dice pues que, Diomedes izó el tiempo para que retuviera su soplo de amor, ese no tan verdadero, arropó a su Luna con las cicatrices de ese nuevo paraíso tejedor. Ese que nacía de sus propios dedos pinchados con las agujas de su propio tapizar de destinos.

    Y en el ahora del Ahora, Diomedes vio su suerte y se echó a llorar pues escapaba de la realidad que es fantasía, para guiar a su Luna al culmen del cielo, ya que creía, que al menos así, con su fuego horadado, se tejerían los fragmentos que le faltarían. Esos que debe, expiar y espiar, en cada rincón orillado por su propia mano y fuerza.

    Pero la Luna no retornó a los cielos; porque con el pisar de las pisadas de cerdas de su propia vigilia, Diomedes la lloró y convocó un conjuro que permitiría que esa niña mujer, mujer niña tocara el cielo siquiera una vez. Y por esta razón que Ifigenia, la barca de las líricas se abre paso en el mar de tinta que retiene la esperanzada de uno, y tan sólo uno, que anheló ser maestro de maestros.
    De su nacimiento.

    https://youtu.be/B6s3q2pbYYk?si=pw-MIVud5twowHQK
    \ Esto es lo que leeré en el recital: \ Paraíso de liebre submarina. Se cuenta, entre tantas danzantes leyendas, que una vez fue creada una Luna por el soplo de una pipa encantada. Y ella al ser ingenua se hallaba inmersa en un océano sin cielo, que engarzaba sus ojos entre las almenaras de sus sigilosos sueños. Ahí y justo ahí, el cielo se encargaba de cuidarla; y peinaba sus cabellos y la consentía y la Luna misma posaba su cabeza en el regazo del imberbe. A ella la había mandado pedir una flor de loto, como deseo de nacimiento, ya que crecía en un lago marchito. Ella no conocía más que el hedor de ese lugar, al que llamaba hogar mismo. Y el lago al ser marchito la volvía siempre egoísta. No reía, sólo codiciaba lo bello. Un día como cualquier otro, la flor de loto contempló hacia arriba, tras verse iluminada y arropada por una luz muy bella, como los rayos que la hacían vislumbrar las profundidades de su propio seno, y, con el ver nacarado de sus ojos, posados en los cabellos de esa doncella de plata, anheló su majestad y su sosiego. Y pidió y pidió y pidió ser criatura corpórea para poder hacerle el amor al menos una vez. Se dice que la flor y la pipa implementaron el tiempo para gobernar ya sus pasos, y, los pasos del loto se hicieron tardes, noches y mañanas. Ya que, al ser la flor más poderosa, construyó un barco para derramar sus sollozos en forma de gotas de sal, como si la sal se esgrimiera en forma y voto por proa desde el augurio de sus lágrimas. Aunaba un plan. Estas le permitieran alcanzar a la luna de su anhelo. Porque el anhelo por tenerla, y el querer tenerla, le hizo maquinar en su quehacer cosas terribles, y se olvidó de pensarla con el bienestar de un ser de noble corazón. Así que pensó, y pensó, y pensó en apagar la luminaria de las estrellas que la acompañaban. Porque las estrellas apagarían el cobijo de su risa y con su Solo de los susurros que, dedicada sólo a ella, una escalera se presentó al tiempo ante sus pies; amorosa y rebelde. Pero también se hizo turbia y deferente. Y la flor se tornó caballero de rigor, pesadilla y desesperanza. Así sucedió que la flor de loto, tocó una ventisca venidera de una lamparilla de hueso que pasaba, por allí y por allá. Una costilla de anciana virtud. Porque de los huesos que contenía el lago en el que descansaba la flor, ahí, y justo allí, al alcanzar la Luna con un beso, desde lejos, la cortó en varias tiras. Y la luna se derramó en casas, océanos y valles, hasta despojarse de su manto coronado. Y de la flor desgraciada y desabrida, emergió una doncella con el crepúsculo bañándole el rostro. Porque había permitido que su luna se presentase en sus aposentos, como ante la sorpresa de la Luna misma. Cayó en sus brazos, y, al tocar su rostro, cuando en el cuándo, leyó en la flor arrepentimiento. Ah, el arrepentimiento siempre es nacido del amor más pudiente, y orilló a ambos a fragmentarse y de sus fragmentos nació el océano de Valeria. El de más peligros y de más maravillas. Y en Valeria, se decía, que todas las cosas sucedían con errados suelos y erradas prosas y prisas, porque ellos cayeron allí y, el todo y la nada se hicieron sendos relojes de oro, bronce y plata. Hasta que, acabados por sus infamias y símiles, el tiempo se detuvo y existió una densa niebla, y, ante la niebla, se dio por presentada al nupcial mundo de la Aurora. Aurora, la Ciudad que nunca de los nunca dormiría. Aurora conmovida le abrió los brazos a la flor de loto hecha caballero, pero, a cambio de devolverle a su Luna le hizo ver su caparazón. Y la hizo llenarla con fuego: el fuego de los relojes. Entonces Valeria y Aurora orillaron a ese nuevo ser, al que llamaron en secreto Diomedes, a otorgarle el tiempo de su destiempo, pues Diomedes era ya santo, pero también anciano. Y entonces Diomedes presentó dos expresiones ante sí mismo. Una de ellas la posó en el cuerpo de la Luna, y, la otra al callarse, sólo hablaría el idioma de las bestias que habitarían, ese, empero nuevo mundo recién descubierto y conocido. Bestias que no lo traicionaron. Así y sólo así, se dice pues que, Diomedes izó el tiempo para que retuviera su soplo de amor, ese no tan verdadero, arropó a su Luna con las cicatrices de ese nuevo paraíso tejedor. Ese que nacía de sus propios dedos pinchados con las agujas de su propio tapizar de destinos. Y en el ahora del Ahora, Diomedes vio su suerte y se echó a llorar pues escapaba de la realidad que es fantasía, para guiar a su Luna al culmen del cielo, ya que creía, que al menos así, con su fuego horadado, se tejerían los fragmentos que le faltarían. Esos que debe, expiar y espiar, en cada rincón orillado por su propia mano y fuerza. Pero la Luna no retornó a los cielos; porque con el pisar de las pisadas de cerdas de su propia vigilia, Diomedes la lloró y convocó un conjuro que permitiría que esa niña mujer, mujer niña tocara el cielo siquiera una vez. Y por esta razón que Ifigenia, la barca de las líricas se abre paso en el mar de tinta que retiene la esperanzada de uno, y tan sólo uno, que anheló ser maestro de maestros. De su nacimiento. https://youtu.be/B6s3q2pbYYk?si=pw-MIVud5twowHQK
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  • ¿qué somos sino un lienzo que ha sido retocado mil veces por manos propias y ajenas? Somos fragmentos, trazos prestados, manchas de quienes se atrevieron a tocarnos estilos ajenos de los cuales tomamos un poco para hacer propio. Algunos colores son vibrantes, otros... bueno, son sombras terribles, pero incluso el abismo tiene su propia estética.

    ¿Acaso pretenden amar la luz del sol y despreciar la elegancia de la luna? Qué ingenuos~

    En el arte, como en el mar, uno define al otro; no hay profundidad sin oscuridad, ni brillo sin penumbra.

    ¿Y cómo pretendes medir el amor?
    No se mide con reglas, se mide con el vacío que deja cuando se retira, como la marea abandonando la orilla.

    El dolor es solo el pigmento que nos ayuda a entender el valor del matiz más claro.

    No me pongan esa cara de tragedia.
    Es un alivio que ya no sean los antes.
    Ahora tienen esa... sabiduría, ese brillo en la mirada de quien sabe qué pinceles dejar de usar y qué sombras no volverá a permitir en su obra.

    Y por favor, dejen de ser tan cruel con ustedes mismos. Ni siquiera yo, un gran artista~ nací conociendo el secreto de cada color.
    Nadie llega al mundo siendo una obra maestra terminada; nos vamos pintando sobre la marcha, error tras error, hasta que la composición finalmente tiene sentido.

    Así que... relájate un poco, ¿quieres?
    ¿qué somos sino un lienzo que ha sido retocado mil veces por manos propias y ajenas? Somos fragmentos, trazos prestados, manchas de quienes se atrevieron a tocarnos estilos ajenos de los cuales tomamos un poco para hacer propio. Algunos colores son vibrantes, otros... bueno, son sombras terribles, pero incluso el abismo tiene su propia estética. ¿Acaso pretenden amar la luz del sol y despreciar la elegancia de la luna? Qué ingenuos~ En el arte, como en el mar, uno define al otro; no hay profundidad sin oscuridad, ni brillo sin penumbra. ¿Y cómo pretendes medir el amor? No se mide con reglas, se mide con el vacío que deja cuando se retira, como la marea abandonando la orilla. El dolor es solo el pigmento que nos ayuda a entender el valor del matiz más claro. No me pongan esa cara de tragedia. Es un alivio que ya no sean los antes. Ahora tienen esa... sabiduría, ese brillo en la mirada de quien sabe qué pinceles dejar de usar y qué sombras no volverá a permitir en su obra. Y por favor, dejen de ser tan cruel con ustedes mismos. Ni siquiera yo, un gran artista~ nací conociendo el secreto de cada color. Nadie llega al mundo siendo una obra maestra terminada; nos vamos pintando sobre la marcha, error tras error, hasta que la composición finalmente tiene sentido. Así que... relájate un poco, ¿quieres?
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