• La desaparición de Kagehiro fue como el rastro de humo de un cigarrillo en una habitación sin ventilación...simplemente dejó de estar allí.

    El mundo literario, con su memoria de pez, llenó el vacío con conjeturas vacías. Se hablaba de una enfermedad degenerativa, de un exilio espiritual en una isla remota o de un enredo legal tan complejo como una novela de Kafka.
    Nadie sabía nada. En el fondo, a nadie le importaba lo suficiente. El mundo del entretenimiento es una máquina que no tolera los espacios en blanco; si alguien se retira, la máquina simplemente ajusta sus engranajes y sigue girando buscando alguien nuevo para seguir trabajando.

    Cuando se anunció la adaptación de su obra al formato de serie en Corea del Sur, Kagehiro se limitó a enviar una nota breve, casi aséptica. No hubo conferencias de prensa ni confesiones sentimentales. Se limitó a decir, con esa frialdad técnica que lo caracterizaba, que le complacía que sus historias encontraran un eco en Seúl. Nada más. Nada menos.

    Pasó un año. Un año de grabaciones, de cortes de edición y de silencios acumulados. Entonces llegó la invitación para la alfombra roja.

    "Necesito una invitación adicional, te adjunto los datos de la persona" mando e-mail Kagehiro a su manager.

    Fue la única instrucción que recibió su manager. No era una petición; era una orden, de esas que él nunca daba porque siempre andaba de apático. Por primera vez en años, Kagehiro no solo asistiría, sino que traería consigo una pieza del rompecabezas que había mantenido oculto.

    Cuando el manager vio el nombre para la segunda acreditación, comprendió que los rumores habían fallado en su objetivo, como una flecha disparada en la oscuridad. No se trataba de una mujer. Había algo profundamente irónico en ello: el hombre que había diseccionado el deseo femenino en sus novelas eróticas, el autor que había cartografiado el romance sentimental con una precisión casi quirúrgica, se disponía a caminar hacia la luz tomado de la mano de otro hombre.

    La noche del estreno tenía ese aire pesado de las ciudades antes de la lluvia. Al bajar del coche, el estruendo de los flashes y las preguntas fue inmediato.

    Las cámaras buscaban una grieta, una señal de arrepentimiento o de escándalo. Hubo voces teñidas de esa homofobia rancia que aún flota en el aire de las ciudades modernas con el tradicionalismo asiático, olvidando que por años siempre ha existido la diversidad de preferencia sexual y géneros con otros nombres; pero también hubo gritos de aceptación, de fans que intentaban encontrar los fragmentos de esa relación oculta en las páginas de sus libros.

    Takeo, sin embargo, no parecía escuchar el ruido.

    Sonreía con esa clase de felicidad silenciosa que no necesita ser explicada, una felicidad que se siente como escuchar su viejo disco de jazz en un domingo por la tarde.

    Takeo lo sostenía de la mano, lo mantenía cerca, con una naturalidad que hacía que el resto del mundo pareciera una puesta en escena innecesaria.
    En ese momento, entre el asfalto ligeramente mojado y las luces, no había miedo.

    Solo dos hombres que habían decidido que el tiempo de las sombras había terminado. - -
    La desaparición de Kagehiro fue como el rastro de humo de un cigarrillo en una habitación sin ventilación...simplemente dejó de estar allí. El mundo literario, con su memoria de pez, llenó el vacío con conjeturas vacías. Se hablaba de una enfermedad degenerativa, de un exilio espiritual en una isla remota o de un enredo legal tan complejo como una novela de Kafka. Nadie sabía nada. En el fondo, a nadie le importaba lo suficiente. El mundo del entretenimiento es una máquina que no tolera los espacios en blanco; si alguien se retira, la máquina simplemente ajusta sus engranajes y sigue girando buscando alguien nuevo para seguir trabajando. Cuando se anunció la adaptación de su obra al formato de serie en Corea del Sur, Kagehiro se limitó a enviar una nota breve, casi aséptica. No hubo conferencias de prensa ni confesiones sentimentales. Se limitó a decir, con esa frialdad técnica que lo caracterizaba, que le complacía que sus historias encontraran un eco en Seúl. Nada más. Nada menos. Pasó un año. Un año de grabaciones, de cortes de edición y de silencios acumulados. Entonces llegó la invitación para la alfombra roja. "Necesito una invitación adicional, te adjunto los datos de la persona" mando e-mail Kagehiro a su manager. Fue la única instrucción que recibió su manager. No era una petición; era una orden, de esas que él nunca daba porque siempre andaba de apático. Por primera vez en años, Kagehiro no solo asistiría, sino que traería consigo una pieza del rompecabezas que había mantenido oculto. Cuando el manager vio el nombre para la segunda acreditación, comprendió que los rumores habían fallado en su objetivo, como una flecha disparada en la oscuridad. No se trataba de una mujer. Había algo profundamente irónico en ello: el hombre que había diseccionado el deseo femenino en sus novelas eróticas, el autor que había cartografiado el romance sentimental con una precisión casi quirúrgica, se disponía a caminar hacia la luz tomado de la mano de otro hombre. La noche del estreno tenía ese aire pesado de las ciudades antes de la lluvia. Al bajar del coche, el estruendo de los flashes y las preguntas fue inmediato. Las cámaras buscaban una grieta, una señal de arrepentimiento o de escándalo. Hubo voces teñidas de esa homofobia rancia que aún flota en el aire de las ciudades modernas con el tradicionalismo asiático, olvidando que por años siempre ha existido la diversidad de preferencia sexual y géneros con otros nombres; pero también hubo gritos de aceptación, de fans que intentaban encontrar los fragmentos de esa relación oculta en las páginas de sus libros. Takeo, sin embargo, no parecía escuchar el ruido. Sonreía con esa clase de felicidad silenciosa que no necesita ser explicada, una felicidad que se siente como escuchar su viejo disco de jazz en un domingo por la tarde. Takeo lo sostenía de la mano, lo mantenía cerca, con una naturalidad que hacía que el resto del mundo pareciera una puesta en escena innecesaria. En ese momento, entre el asfalto ligeramente mojado y las luces, no había miedo. Solo dos hombres que habían decidido que el tiempo de las sombras había terminado. - -
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  • Sabe que no puede cambiar el pasado de los recuerdos vividos, el refractario se lo recuerda constantemente, al menos con lo que la simulación fluye, es capaz de despedirse de los kubrows de su infancia, los últimos de su linaje evolutivo, para un matadero por su pelaje.

    Aun atontados por los sedantes logra llegar hasta el recinto de estos donde acaricia al alfa que sigue postrado, sintiendo la suavidad y calidez del pelaje del kubrow.

    - Has sido un buen chico, apenas era un chiquillo cuando nos separamos, mi padre crió a tu padre y al padre de tu padre, para sobrevivir al invierno eterno.

    Continua acariciando el torso de la enorme bestia aun cuando Hayden sea un adulto, hasta que puede sentir y ver con el manto del vació que el corazón de la bestia a muerto.

    -Al menos desde el refractario, me despedi, chico grande.

    Donde se deslizo una mano se manifiestan las garras de Chroma, Hayden desapareciendo y en su lugar Chroma solo gruñe en voz baja por el destino de otra bestia, las alarmas suenan y las luces se apagan mientras se escuchan pasos apresurados por los pasillos aledaños.

    - GROAAAAAAR!

    Hayden abre los ojos emergiendo del agua del refractario luego de revivir ese pequeño evento de su pasado, sin embargo, a su lado hay un nuevo objeto, un fragmento de roca preciosa reluciente tallado con la forma de uno de los colmillos de ese Kubrow.

    Un regalo inusual, dirige la mirada hacia los alrededores mientras sale de esa piscina con ese diente de piedra preciosa en su diestra.

    - Un trofeo que sin duda atesorare como prueba de mi superación.
    Sabe que no puede cambiar el pasado de los recuerdos vividos, el refractario se lo recuerda constantemente, al menos con lo que la simulación fluye, es capaz de despedirse de los kubrows de su infancia, los últimos de su linaje evolutivo, para un matadero por su pelaje. Aun atontados por los sedantes logra llegar hasta el recinto de estos donde acaricia al alfa que sigue postrado, sintiendo la suavidad y calidez del pelaje del kubrow. - Has sido un buen chico, apenas era un chiquillo cuando nos separamos, mi padre crió a tu padre y al padre de tu padre, para sobrevivir al invierno eterno. Continua acariciando el torso de la enorme bestia aun cuando Hayden sea un adulto, hasta que puede sentir y ver con el manto del vació que el corazón de la bestia a muerto. -Al menos desde el refractario, me despedi, chico grande. Donde se deslizo una mano se manifiestan las garras de Chroma, Hayden desapareciendo y en su lugar Chroma solo gruñe en voz baja por el destino de otra bestia, las alarmas suenan y las luces se apagan mientras se escuchan pasos apresurados por los pasillos aledaños. - GROAAAAAAR! Hayden abre los ojos emergiendo del agua del refractario luego de revivir ese pequeño evento de su pasado, sin embargo, a su lado hay un nuevo objeto, un fragmento de roca preciosa reluciente tallado con la forma de uno de los colmillos de ese Kubrow. Un regalo inusual, dirige la mirada hacia los alrededores mientras sale de esa piscina con ese diente de piedra preciosa en su diestra. - Un trofeo que sin duda atesorare como prueba de mi superación.
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  • El sueño llega como llegan las tragedias: sin aviso.

    Dean está caminando por un lugar que no reconoce. No es el búnker, no es una carretera, no es ninguna ciudad que haya visitado antes. Es un espacio vacío, ni hay cielo, ni suelo, solo una extensión oscura donde todo parece detenido.

    Y allí está ella.

    Hope Mikaelson está de pie, tan solo a unos pocos metros de él. No se mueve. No va hacia él a pesar de que sabe que le ha escuchado mucho antes de verlo. No sonríe. Su cuerpo parece frágil, extraño.

    El cazador siente el miedo atenazando su pecho antes de saber el porque, y sin buscar explicaciones, corre hacia ella.
    Cuando la alcanza, Hope ya se está desplomando. Él la atrapa antes de que caiga al suelo, envolviéndola con los brazos como si así pudiera protegerla de lo que fuera que le estaba pasando. Su cuerpo no responde. Está demasiado quieta. Demasiado silenciosa.

    —Hope… —susurra, pero su voz apenas si consigue salir de sus labios.

    Ella lo mira con sus enormes ojos llenos de algo que no es miedo ni dolor, sino una calma terrible, mezclada con una profunda pena, como si ya supiera lo que va a pasar.

    No hay tiempo para hablar.

    No hay tiempo para promesas.

    Dean intenta sostenerla con más fuerza, como si apretarla contra su pecho pudiera evitar que la apartaran de su lado. Pero algo en ella está cambiando. Lo siente primero en la piel: pierde temperatura, pierde color, pierde vida.

    Como si el tiempo la estuviera consumiendo desde dentro.
    Hope se estaba apagando.
    Su cuerpo comienza a volverse rígido, seco, como una estatua que envejece en segundos. La calidez que siempre la rodeaba desaparece. La magia que solía vibrar bajo su piel ya no está. Solo queda un vacío imposible.

    El Winchester la llama por su nombre una y otra vez.
    No obtiene respuesta.
    La sostiene mientras su cuerpo empieza a quebrarse, mientras pequeñas grietas comienzan a recorrer su rostro, su cuello, sus manos.

    —No… no… no… —murmura Dean, con la voz rota.

    Hope Mikaelson poco a poco se va convirtiendo en polvo, frente a él.
    No cae al suelo.
    Se eleva.

    El viento aparece de la nada, llevándose fragmentos de Hope como si nunca hubiera sido real. Dean intenta atraparla, cerrar las manos, impedir que se vaya, pero sus manos se cierran entorno a la nada. Cada segundo hay menos de ella.

    Dean cae de rodillas abrazando un cuerpo que ya no existe.
    Donde estaba Hope, solo queda espacio vacío.
    El viento se ha llevado el último rastro.
    Y el mundo queda en silencio.

    Dean no grita, no llora, no lucha.
    No puede.
    El sonido se queda atrapado en su pecho.

    Sus manos tiemblan mientras intenta comprender cómo alguien tan real puede desaparecer sin dejar ni un cuerpo que llorar. No hay despedida. Solo polvo que se pierde en el aire como si jamás hubiera importado.

    —No tuve tiempo… —susurra al vacío. De nuevo aquel miedo absoluto, no a la muerte, no a la propia al menos, si no a la ausencia.

    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤ·  ·  ·  ·  ·  ·  ·  · ·  ·  ·  ·  ·  ·  ·

    Despierta de golpe en el búnker, con el corazón desbocado y las manos cerradas como si aún estuviera sujetando cenizas. Las lagrimas le rompen la voz y su nombre sale de su boca sin permiso.

    —Hope…

    No está a su lado, colchón a su derecha está vacío. Se levanta, camina por los pasillos sin pensar, guiado solo por el pánico. La encuentra dormida, en su batcueva, respirando con tranquilidad, envuelta en una manta, viva.
    Dean se detiene en la puerta, no se acerca, la observa como si pudiera desvanecerse en cualquier momento, tratando de dejar atrás los últimos resquicios de una pesadilla que ojalá pudiera decir que no conocía ya.

    Una pesadilla que deja una certeza que lo persigue incluso despierto:

    Si Hope muere, no quedará nada que salvar.
    Ni siquiera un cuerpo que abrazar.

    Y ese es el tipo de pérdida al que Dean Winchester sabe que no sobrevivirá.
    El sueño llega como llegan las tragedias: sin aviso. Dean está caminando por un lugar que no reconoce. No es el búnker, no es una carretera, no es ninguna ciudad que haya visitado antes. Es un espacio vacío, ni hay cielo, ni suelo, solo una extensión oscura donde todo parece detenido. Y allí está ella. [thetribrid] está de pie, tan solo a unos pocos metros de él. No se mueve. No va hacia él a pesar de que sabe que le ha escuchado mucho antes de verlo. No sonríe. Su cuerpo parece frágil, extraño. El cazador siente el miedo atenazando su pecho antes de saber el porque, y sin buscar explicaciones, corre hacia ella. Cuando la alcanza, Hope ya se está desplomando. Él la atrapa antes de que caiga al suelo, envolviéndola con los brazos como si así pudiera protegerla de lo que fuera que le estaba pasando. Su cuerpo no responde. Está demasiado quieta. Demasiado silenciosa. —Hope… —susurra, pero su voz apenas si consigue salir de sus labios. Ella lo mira con sus enormes ojos llenos de algo que no es miedo ni dolor, sino una calma terrible, mezclada con una profunda pena, como si ya supiera lo que va a pasar. No hay tiempo para hablar. No hay tiempo para promesas. Dean intenta sostenerla con más fuerza, como si apretarla contra su pecho pudiera evitar que la apartaran de su lado. Pero algo en ella está cambiando. Lo siente primero en la piel: pierde temperatura, pierde color, pierde vida. Como si el tiempo la estuviera consumiendo desde dentro. Hope se estaba apagando. Su cuerpo comienza a volverse rígido, seco, como una estatua que envejece en segundos. La calidez que siempre la rodeaba desaparece. La magia que solía vibrar bajo su piel ya no está. Solo queda un vacío imposible. El Winchester la llama por su nombre una y otra vez. No obtiene respuesta. La sostiene mientras su cuerpo empieza a quebrarse, mientras pequeñas grietas comienzan a recorrer su rostro, su cuello, sus manos. —No… no… no… —murmura Dean, con la voz rota. Hope Mikaelson poco a poco se va convirtiendo en polvo, frente a él. No cae al suelo. Se eleva. El viento aparece de la nada, llevándose fragmentos de Hope como si nunca hubiera sido real. Dean intenta atraparla, cerrar las manos, impedir que se vaya, pero sus manos se cierran entorno a la nada. Cada segundo hay menos de ella. Dean cae de rodillas abrazando un cuerpo que ya no existe. Donde estaba Hope, solo queda espacio vacío. El viento se ha llevado el último rastro. Y el mundo queda en silencio. Dean no grita, no llora, no lucha. No puede. El sonido se queda atrapado en su pecho. Sus manos tiemblan mientras intenta comprender cómo alguien tan real puede desaparecer sin dejar ni un cuerpo que llorar. No hay despedida. Solo polvo que se pierde en el aire como si jamás hubiera importado. —No tuve tiempo… —susurra al vacío. De nuevo aquel miedo absoluto, no a la muerte, no a la propia al menos, si no a la ausencia. ㅤㅤㅤㅤㅤㅤ·  ·  ·  ·  ·  ·  ·  · ·  ·  ·  ·  ·  ·  · Despierta de golpe en el búnker, con el corazón desbocado y las manos cerradas como si aún estuviera sujetando cenizas. Las lagrimas le rompen la voz y su nombre sale de su boca sin permiso. —Hope… No está a su lado, colchón a su derecha está vacío. Se levanta, camina por los pasillos sin pensar, guiado solo por el pánico. La encuentra dormida, en su batcueva, respirando con tranquilidad, envuelta en una manta, viva. Dean se detiene en la puerta, no se acerca, la observa como si pudiera desvanecerse en cualquier momento, tratando de dejar atrás los últimos resquicios de una pesadilla que ojalá pudiera decir que no conocía ya. Una pesadilla que deja una certeza que lo persigue incluso despierto: Si Hope muere, no quedará nada que salvar. Ni siquiera un cuerpo que abrazar. Y ese es el tipo de pérdida al que Dean Winchester sabe que no sobrevivirá.
    Me entristece
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  • Focus al abismo
    Fandom Zenless Zone Zero
    Categoría Acción
    Proxy Phaethon biplaza,
    estoy focus al abismo.
    De las Cavidades insondables
    solo tú descifras el algoritmo.

    Proxy clandestino,
    redactando informe críptico.
    Camarada operador,
    en el Instituto de lo Imposible.

    Estoy focus al abismo.
    La caída no es accidente,
    es decisión.

    Las grietas de luz atraviesan el vacío espectral,
    los fragmentos vuelven a brillar en verde Éter,
    ya se ha hecho de noche en Nueva Eridu
    y el residuo lumínico palpita.

    Y chirrían los Etéreos
    a treinta mil metros bajo la realidad.
    Proxy Phaethon en ruta divergente,
    trazando mapas que no deberían existir.

    Las coordenadas tiemblan,
    la señal se distorsiona.
    Hugo Vlad en otro descenso,
    su cápsula perforando el mismo silencio.

    Dos trayectorias.
    Un mismo abismo.
    Las grietas de luz atraviesan el vacío espectral,
    el Éter reverbera en azul fracturado,
    ya no hay superficie,
    solo profundidad.

    Y chirrían los Etéreos
    como si cantaran
    para recordar que nunca debieron existir.

    Estoy focus al abismo.
    No me hundo.
    Me entrego.
    La Cavidad no es océano.
    Es espejo.
    Y mientras caigo,
    algo en el vacío
    me reconoce.
    Proxy Phaethon biplaza, estoy focus al abismo. De las Cavidades insondables solo tú descifras el algoritmo. Proxy clandestino, redactando informe críptico. Camarada operador, en el Instituto de lo Imposible. Estoy focus al abismo. La caída no es accidente, es decisión. Las grietas de luz atraviesan el vacío espectral, los fragmentos vuelven a brillar en verde Éter, ya se ha hecho de noche en Nueva Eridu y el residuo lumínico palpita. Y chirrían los Etéreos a treinta mil metros bajo la realidad. Proxy Phaethon en ruta divergente, trazando mapas que no deberían existir. Las coordenadas tiemblan, la señal se distorsiona. Hugo Vlad en otro descenso, su cápsula perforando el mismo silencio. Dos trayectorias. Un mismo abismo. Las grietas de luz atraviesan el vacío espectral, el Éter reverbera en azul fracturado, ya no hay superficie, solo profundidad. Y chirrían los Etéreos como si cantaran para recordar que nunca debieron existir. Estoy focus al abismo. No me hundo. Me entrego. La Cavidad no es océano. Es espejo. Y mientras caigo, algo en el vacío me reconoce.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Ficha de Personaje
    (Actualizada el 16-2-26)

    Nombre: Loki Queen Ishtar.
    Alias: Ukyo Orihime.
    Alias antiguos: El Fragmento, Observador, Lo que no debe existir.

    Origen.

    Entidad primordial: Loki nació de Jennifer Queen (Madre/Madre) y Ayane Ishtar (Madre/Padre).
    Su alma era distinta, antigua y nueva al mismo tiempo, como una distorsión en el tiempo.
    Antes de que Jennifer pudiera grabar el apellido Queen en su alma, el nombre ya estaba allí, como si el tiempo lo hubiese tallado por sí solo. Jennifer lo aceptó sin dudar, Loki era carne de su carne, aunque su esencia fuera caos encarnado.

    Personalidad

    Provocadora: Loki no es buena ni mala, solo busca estímulos, esto la hace adicta a las emociones como amor, odio, éxtasis, etc. Lo que la vuelve curiosa y cruel, pero sin maldad. Su crueldad es inocente lo que es mucho peor que la misma maldad. Es como una niña que le arranca las alas a las mariposas por simple curiosidad. Después que su abuelo Oz sellara su poder para que fuera desbloqueándose a medida que aumenta su nivel, Loki se hizo un poco mas "consiente", o eso a su manera de pensar. Al no tener un verdadero sentido común entre lo que se separa el bien o el mal, la empatía con la crueldad, Loki aprendió (basado en los sellos que Oz le puso), a sellar sus emociones. Loki coloca sus dedos en la sien y dispara un sello que bloquea alguna emoción o deseo, de esa forma a ido moldeando su personalidad haciéndola ver como alguien dulce.
    Su naturaleza curiosa es un rasgo que heredo de su madre Jennifer. Loki a aprendido mucho sobre su poder, los sellos, ciencia, lo que la llevo a pedirle a su familia un laboratorio, aunque sus métodos científicos pueden resultar cuestionables.

    Pecado asociado: Lujuria
    Estos pecados moldean la personalidad y poder de cada descendiente de la familia Queen. La Lujuria de Loki, no por deseo físico, sino por adicción a sentir, cada emoción ajena es un banquete, cada reacción, un espectáculo.

    Poderes
    Manipulación de realidad.
    Puede alterar la estructura de la realidad a voluntad. Cuando lo hace, su cuerpo muestra distorsiones digitales, como errores de una matriz.
    No es transformación física, es la manifestación de lo que fue, que el ojo humano no puede procesar.

    Formas.

    Elunai corrompido (Versión incompleta).
    Aunque no nació con el poder Elunai, pero si con el potencial para desarrollarlo. Su versión era tosca, salvaje, desagradable, pero en realidad es Elunai en su estado más puro, sin filtros ni moral.

    Elunai (Versio completa).
    Cuando su abuelo sello su poder por niveles, el cuerpo de Loki se adapto al poder que ahora poseía. Su cuerpo paso en fracción de segundos de Goblina, Orc/Ogra hasta llegar a una forma Elunai evolucionada, tal como lo era su abuela Selin.

    Alteración de sexo y memoria.
    Puede cambiar el sexo de cualquier persona. La realidad se adapta: fotos, objetos, recuerdos de otros. Pero la persona conserva sus recuerdos originales, para que Loki pueda disfrutar de su reacción.
    Familiares con poder superior (como Jennifer y sus hijas) no son afectados por la alteración de memoria.

    Esta habilidad proviene de Ayane, su otra progenitora, quien también puede cambiar de forma y sexo. Esta habilidad genero ese nuevo poder o entendimiento de su poder del caos.

    Gracias especiales a Jenny Queen Orc y Veythra Lili Queen Ishtar de quienes tome ideas y roles para crear la ficha de mi personaje.

    Ficha de Personaje (Actualizada el 16-2-26) Nombre: Loki Queen Ishtar. Alias: Ukyo Orihime. Alias antiguos: El Fragmento, Observador, Lo que no debe existir. Origen. Entidad primordial: Loki nació de Jennifer Queen (Madre/Madre) y Ayane Ishtar (Madre/Padre). Su alma era distinta, antigua y nueva al mismo tiempo, como una distorsión en el tiempo. Antes de que Jennifer pudiera grabar el apellido Queen en su alma, el nombre ya estaba allí, como si el tiempo lo hubiese tallado por sí solo. Jennifer lo aceptó sin dudar, Loki era carne de su carne, aunque su esencia fuera caos encarnado. Personalidad Provocadora: Loki no es buena ni mala, solo busca estímulos, esto la hace adicta a las emociones como amor, odio, éxtasis, etc. Lo que la vuelve curiosa y cruel, pero sin maldad. Su crueldad es inocente lo que es mucho peor que la misma maldad. Es como una niña que le arranca las alas a las mariposas por simple curiosidad. Después que su abuelo Oz sellara su poder para que fuera desbloqueándose a medida que aumenta su nivel, Loki se hizo un poco mas "consiente", o eso a su manera de pensar. Al no tener un verdadero sentido común entre lo que se separa el bien o el mal, la empatía con la crueldad, Loki aprendió (basado en los sellos que Oz le puso), a sellar sus emociones. Loki coloca sus dedos en la sien y dispara un sello que bloquea alguna emoción o deseo, de esa forma a ido moldeando su personalidad haciéndola ver como alguien dulce. Su naturaleza curiosa es un rasgo que heredo de su madre Jennifer. Loki a aprendido mucho sobre su poder, los sellos, ciencia, lo que la llevo a pedirle a su familia un laboratorio, aunque sus métodos científicos pueden resultar cuestionables. Pecado asociado: Lujuria Estos pecados moldean la personalidad y poder de cada descendiente de la familia Queen. La Lujuria de Loki, no por deseo físico, sino por adicción a sentir, cada emoción ajena es un banquete, cada reacción, un espectáculo. Poderes Manipulación de realidad. Puede alterar la estructura de la realidad a voluntad. Cuando lo hace, su cuerpo muestra distorsiones digitales, como errores de una matriz. No es transformación física, es la manifestación de lo que fue, que el ojo humano no puede procesar. Formas. Elunai corrompido (Versión incompleta). Aunque no nació con el poder Elunai, pero si con el potencial para desarrollarlo. Su versión era tosca, salvaje, desagradable, pero en realidad es Elunai en su estado más puro, sin filtros ni moral. Elunai (Versio completa). Cuando su abuelo sello su poder por niveles, el cuerpo de Loki se adapto al poder que ahora poseía. Su cuerpo paso en fracción de segundos de Goblina, Orc/Ogra hasta llegar a una forma Elunai evolucionada, tal como lo era su abuela Selin. Alteración de sexo y memoria. Puede cambiar el sexo de cualquier persona. La realidad se adapta: fotos, objetos, recuerdos de otros. Pero la persona conserva sus recuerdos originales, para que Loki pueda disfrutar de su reacción. Familiares con poder superior (como Jennifer y sus hijas) no son afectados por la alteración de memoria. Esta habilidad proviene de Ayane, su otra progenitora, quien también puede cambiar de forma y sexo. Esta habilidad genero ese nuevo poder o entendimiento de su poder del caos. Gracias especiales a [queen_0] y [Lili.Queen] de quienes tome ideas y roles para crear la ficha de mi personaje.
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  • Estudio sobre un conflicto
    Fandom Worldbuilding
    Categoría Otros
    —El aula de Historia estaba en silencio.
    El catedrático se colocó frente a sus alumnos y comenzó a hablar con una voz tranquila.—

    Hoy vamos a tratar una guerra templaria que no aparece explicada de forma clara en los libros. No tiene una fecha concreta, ni un enemigo identificado. Y no es porque falte información, sino porque se decidió ocultarla.

    —Explicó que los datos existentes no procedían de crónicas oficiales, sino de textos secundarios, notas escritas en monasterios, fragmentos hallados en antiguos templos, y documentos conservados en archivos de Roma, copiados y recopiados sin intención de ser divulgados.—

    Los escritos describen combates, movimientos y juramentos, pero evitan nombrar contra quién se luchó. Solo hablan de aquellos o los otros.

    —Era una forma de borrarles importancia… o de impedir que se les recordara.
    Se apoyó en la mesa, miró a la clase.—

    Vuestra tarea será investigar qué ocurrió realmente. No buscar nombres, sino comprender por qué se luchó, qué se defendía, y qué se perdió. Tendréis que comparar textos, leer entre líneas y aceptar que muchas respuestas no serán completas.

    —Mientras algunos alumnos tomaban notas, el profesor reparó en una joven sentada en silencio. No escribía. No parecía confundida. Al contrario, prestaba atención con calma, como si el tema le interesase más de lo normal.
    El catedrático se detuvo un instante mirándola. No sabía por qué, pero algo en su expresión le resultaba inquietante.—

    A veces, la historia no se estudia solo en los libros. A veces, quienes más la comprenden… son quienes ya la conocen.

    —El profesor continuó la clase, con la incómoda sensación de que aquella guerra olvidada no estaba tan lejos como siempre había creído.—
    —El aula de Historia estaba en silencio. El catedrático se colocó frente a sus alumnos y comenzó a hablar con una voz tranquila.— Hoy vamos a tratar una guerra templaria que no aparece explicada de forma clara en los libros. No tiene una fecha concreta, ni un enemigo identificado. Y no es porque falte información, sino porque se decidió ocultarla. —Explicó que los datos existentes no procedían de crónicas oficiales, sino de textos secundarios, notas escritas en monasterios, fragmentos hallados en antiguos templos, y documentos conservados en archivos de Roma, copiados y recopiados sin intención de ser divulgados.— Los escritos describen combates, movimientos y juramentos, pero evitan nombrar contra quién se luchó. Solo hablan de aquellos o los otros. —Era una forma de borrarles importancia… o de impedir que se les recordara. Se apoyó en la mesa, miró a la clase.— Vuestra tarea será investigar qué ocurrió realmente. No buscar nombres, sino comprender por qué se luchó, qué se defendía, y qué se perdió. Tendréis que comparar textos, leer entre líneas y aceptar que muchas respuestas no serán completas. —Mientras algunos alumnos tomaban notas, el profesor reparó en una joven sentada en silencio. No escribía. No parecía confundida. Al contrario, prestaba atención con calma, como si el tema le interesase más de lo normal. El catedrático se detuvo un instante mirándola. No sabía por qué, pero algo en su expresión le resultaba inquietante.— A veces, la historia no se estudia solo en los libros. A veces, quienes más la comprenden… son quienes ya la conocen. —El profesor continuó la clase, con la incómoda sensación de que aquella guerra olvidada no estaba tan lejos como siempre había creído.—
    Tipo
    Individual
    Líneas
    200
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  • Giros, existe el cielo y un estado de coma.

    ​La jornada se había extendido hasta volverse asfixiante; una ironía molesta para el día de su cumpleaños. Sin embargo, la necesidad dictaba sus pasos: sus ahorros se habían desangrado, gota a gota, entre las estériles paredes del hospital. Ahora, se hallaba inmerso en el gélido abrazo del invierno citadino. Resultaba asombroso cómo la nieve persistía en su danza interminable; aunque el calendario sugería que el final de febrero o los albores de marzo marcarían el retiro del frío, el paisaje blanco parecía reclamar un dominio eterno. No es que detestara el invierno, pero anhelaba la caricia reconfortante del verano, ese calor que su cuerpo, delgado y quebradizo por una fragilidad congénita, rara vez lograba retener. Un onsen, pensó con un suspiro, sería el paraíso en ese instante.

    ​Afortunadamente, su corazón le daba una tregua. Tras un largo periodo sin incidentes, el deseo de celebrar, aunque fuese de forma mínima, comenzaba a germinar en su pecho. Consideró la idea de beber con sus antiguos compañeros de orquesta, una noción que oscilaba entre lo agradable y lo agridulce. Sabía que la velada derivaría en esa insistente e incómoda pregunta: ¿por qué no volvía al violín? No podía culparlos por su curiosidad; después de todo, se había guardado para sí los motivos que lo obligaron a abandonar las cuerdas a mitad de su carrera, protegiendo su secreto con un celo casi religioso.

    ​Había abandonado su puesto de trabajo al filo de la noche. Tras encadenar sesiones de canto y piano, el agotamiento pesaba en sus hombros; sentía las manos agarrotadas y la garganta como un desierto de ceniza. Definitivamente, necesitaba un trago. Nada pretencioso: un gurin sería el capricho perfecto para sellar la jornada.

    ​Al cruzar el umbral hacia el exterior, observó cómo la última luz del sol agonizaba en el horizonte. El frío golpeó con saña, tiñendo de carmín sus mejillas y nariz, mientras sus dedos se entumecían pese al resguardo de sus preciados guantes de lana. Sin paraguas, inició una caminata pausada, permitiendo que el dolor sordo de sus articulaciones marcara el ritmo de sus pasos. De pronto, el cielo arreció en su nevada, obligándolo a apresurarse. Su abrigo, aunque generoso, dejaba su rostro a merced de los copos que, como fragmentos de cristal, se enredaban en sus cortas pestañas. Pese a la inclemencia, una chispa de júbilo le iluminó el rostro; caminaba con una sonrisa discreta, casi risueña, abriéndose paso entre la multitud anónima de la metrópoli.

    ​Alcanzó el bar antes de lo previsto. Nunca había sido un devoto de la ciudad; prefería el susurro del campo o la salitre de la costa, la claridad del aire y el calor húmedo que abraza la piel. No obstante, empezaba a comprender que debía hacer las paces con su entorno. Se acomodó en una mesa retirada, lejos de la corriente de la puerta y del bullicio excesivo. Al despojarse de la chaqueta con un movimiento un tanto brusco, la tela se ciñó revelando la prominencia de su cadera, un vestigio de su delgadez. Finalmente se sentó, entregándose a la espera de ese primer sorbo del sake y ron japonés en el gurin, cuyo aroma azucarado prometía adormecer sus sentidos en una solitaria y necesaria celebración.
    Giros, existe el cielo y un estado de coma. ​La jornada se había extendido hasta volverse asfixiante; una ironía molesta para el día de su cumpleaños. Sin embargo, la necesidad dictaba sus pasos: sus ahorros se habían desangrado, gota a gota, entre las estériles paredes del hospital. Ahora, se hallaba inmerso en el gélido abrazo del invierno citadino. Resultaba asombroso cómo la nieve persistía en su danza interminable; aunque el calendario sugería que el final de febrero o los albores de marzo marcarían el retiro del frío, el paisaje blanco parecía reclamar un dominio eterno. No es que detestara el invierno, pero anhelaba la caricia reconfortante del verano, ese calor que su cuerpo, delgado y quebradizo por una fragilidad congénita, rara vez lograba retener. Un onsen, pensó con un suspiro, sería el paraíso en ese instante. ​Afortunadamente, su corazón le daba una tregua. Tras un largo periodo sin incidentes, el deseo de celebrar, aunque fuese de forma mínima, comenzaba a germinar en su pecho. Consideró la idea de beber con sus antiguos compañeros de orquesta, una noción que oscilaba entre lo agradable y lo agridulce. Sabía que la velada derivaría en esa insistente e incómoda pregunta: ¿por qué no volvía al violín? No podía culparlos por su curiosidad; después de todo, se había guardado para sí los motivos que lo obligaron a abandonar las cuerdas a mitad de su carrera, protegiendo su secreto con un celo casi religioso. ​Había abandonado su puesto de trabajo al filo de la noche. Tras encadenar sesiones de canto y piano, el agotamiento pesaba en sus hombros; sentía las manos agarrotadas y la garganta como un desierto de ceniza. Definitivamente, necesitaba un trago. Nada pretencioso: un gurin sería el capricho perfecto para sellar la jornada. ​Al cruzar el umbral hacia el exterior, observó cómo la última luz del sol agonizaba en el horizonte. El frío golpeó con saña, tiñendo de carmín sus mejillas y nariz, mientras sus dedos se entumecían pese al resguardo de sus preciados guantes de lana. Sin paraguas, inició una caminata pausada, permitiendo que el dolor sordo de sus articulaciones marcara el ritmo de sus pasos. De pronto, el cielo arreció en su nevada, obligándolo a apresurarse. Su abrigo, aunque generoso, dejaba su rostro a merced de los copos que, como fragmentos de cristal, se enredaban en sus cortas pestañas. Pese a la inclemencia, una chispa de júbilo le iluminó el rostro; caminaba con una sonrisa discreta, casi risueña, abriéndose paso entre la multitud anónima de la metrópoli. ​Alcanzó el bar antes de lo previsto. Nunca había sido un devoto de la ciudad; prefería el susurro del campo o la salitre de la costa, la claridad del aire y el calor húmedo que abraza la piel. No obstante, empezaba a comprender que debía hacer las paces con su entorno. Se acomodó en una mesa retirada, lejos de la corriente de la puerta y del bullicio excesivo. Al despojarse de la chaqueta con un movimiento un tanto brusco, la tela se ciñó revelando la prominencia de su cadera, un vestigio de su delgadez. Finalmente se sentó, entregándose a la espera de ese primer sorbo del sake y ron japonés en el gurin, cuyo aroma azucarado prometía adormecer sus sentidos en una solitaria y necesaria celebración.
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    𝐋𝐀 𝐏𝐑𝐎𝐌𝐄𝐒𝐀 𝐃𝐄 𝐔𝐍𝐀 𝐌𝐀𝐃𝐑𝐄 - 𝐈𝐈
    𝐄𝐧 𝐥𝐚 𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐡é𝐫𝐨𝐞𝐬 𝐲 𝐦𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐨𝐬

    Para una madre, una de sus mayores alegrías es el instante en el que carga a su hijo entre sus brazos por primera vez. Esa vida pequeña que llevaba cuidando en el interior de su vientre abre los ojos y conoce el mundo.

    Así fue como comenzó todo.

    Con cada minuto que pasaba, sentía que todo su ser era desgarrado desde el interior por piedras afiladas. En su agonía, sus ojos alternaron entre los ramos de hierbas secas colgadas en hileras del techo, las lámparas de aceite dispuestas en los muebles viejos y el humo del incienso, blanco y denso, que, lejos de relajarla, revolvía su cabeza con un dolor agudo. Apretó la mano de la reina Temiste con tanta fuerza como para hacerla estallar en pequeños fragmentos. No recordaba mucho de ese momento, todo era confuso, doloroso, y ese mismo dolor era el que le recordaba que estaba presente en un lugar en el que quizás no debería haber entrado, pero esa mujer tuerta significaba la diferencia entre la vida y muerte de su hijo.

    ────Respire, respire… y…. ¡Ahora empuje! –ordenó Ofelia.

    Y así lo hizo con todas sus fuerzas. Echó su cabeza hacia atrás, apretó la mandíbula y los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No había palabras para describir el inmenso dolor que la atravesó en esos instantes. Tampoco para el alivio que experimentó cuando escuchó el llanto de su bebé por primera vez.

    ────Mire qué tenemos aquí… ¡Un jovencito de extremidades fuertes! Calma, calma, me vas a arrancar el pulgar, niño.

    Las lágrimas rodaron por las mejillas de Afro y jadeó una risa entrecortada. Su pequeño sollozó y ella hizo lo mismo. Jamás había escuchado un sonido tan hermoso, tan dulce. Él temblaba y parecía buscarla con su carita humedecida. «Aquí estoy, aquí estoy», quiso decirle.

    Ofelia se encargó de limpiar a su hijo y lo envolvió con algunas mantas que tenía preparadas. Afro soltó la mano de la reina y la escuchó suspirar a su lado. Si se trataba de alivio por haberla soltado o por la dicha de ver por primera vez a su nieto, fue algo que Afro no pudo discernir, la habitación se sumió en un silencio expectante. En su estado débil, escuchó su pulso en los oídos, las lágrimas en sus ojos enrojecidos dejaron de correr, y el lecho se hundió bajo sus codos cuando intentó incorporarse con pesadez. Esperó. Permaneció rígida en su sitio, lista para abalanzarse en cualquier momento como una leona sobre su presa, con la mirada afilada siguiendo cada uno de los movimientos de Ofelia dirigiéndose a sus hierbas y morteros.

    ────¿Qué… estás haciendo?

    No hubo respuesta y Afro puso la punta de un pie fuera de la cama. Ofelia embarró su pulgar con los restos que quedaron de la mezcla que preparó previamente y lo juntó con otra pasta que tenía en otro mortero aún más pequeño, apenas una porción de un ungüento que era oscuro, al observarlo con atención, Afro se percató de que esa mezcla tenía pequeños trozos ambarinos de lo que parecían haber sido pétalos de una flor blanca. El aire en sus pulmones escapó silencioso por sus labios entreabiertos. Eso era «moly».

    Ofelia presionó su dedo contra la frente de su hijo y dijo:

    ────Para que siempre estes protegido, para que tu esencia se mantenga y tu voluntad jamás se doblegue.

    Afro no conocía de todos los secretos que las comadronas empleaban para asistir a las futuras madres en esas labores. Conocía muy poco sobre el proceso. Pero sí estaba segura de una cosa; el procedimiento que Ofelia había seguido para asistirla no era usual, incluso para una pharmakis. Una hechicera. Cuando un bebé estaba a punto de nacer, las parteras solían elevar sus plegarías a Ilitía, la diosa de los nacimientos, ella velaba por todos los nacimientos, incluidos los de dioses y semidioses. Se decía que su ausencia durante los alumbramientos podía traer consecuencias terribles.

    Pero la pharmakis no la llamó en ningún momento, ni siquiera en una plegaria susurrada. Ni a Ilitía, ni a ninguna otra deidad para pedir por su protección divina para su hijo. Y eso… eso al menos tranquilizó a Afro. Lo que menos deseaba era que cualquier deidad se enterase del nacimiento de su bebé.

    ────Con esto será suficiente –dijo sonriente Ofelia, sin voltear a verla, como si pudiera leer la expresión recelosa en su rostro celestial–. No necesita más protecciones que esta.

    Fuera, las gotas de la lluvia repiqueteaban incesantes sobre el techo. El moly era una raíz oscura con flores blancas que no podía ser arracada por los mortales. Su principal función era evitar la magia de transformación, pero también actuaba como un escudo para proteger del dominio de la voluntad, incluido el dominio de los mismísimos dioses. En pocas palabras, la raíz evitaba que cualquier dios interfiriera en la mente o el cuerpo de quién la consumiera. La curiosidad de Afro se afiló como una espina.

    ────¿Estás segura de ello? ¿Ni siquiera… la protección de la Cazadora? –preguntó Afro, metida en su papel de una joven mortal noble. Un escalofrío le recorrió la pierna cuando la planta de su pie tocó por completo el piso. Era la clase de pregunta que cualquier madre habría formulado en su situación.

    Evitó decir aquel nombre, como una mortal quién se sabe temerosa de las consecuencias de no clamar por la ayuda a los dioses y que sus acciones lleguen a sus oídos, pues decir su nombre en voz alta sería invitación suficiente para que, Artemisa, la Cazadora Silenciosa, prestara, aunque sea por un breve instante de curiosidad, su atención sobre la estancia. A ella también se le encomendaba la protección de los niños en sus primeros días de vida.

    ────No la necesita –aseveró–. Mi magia no depende ni pide permiso a nadie, como se habrá dado cuenta. Trabajo con una conexión profunda con la magia más antigua, la ligada a la naturaleza. Yo negocio y trabajo hombro con hombro con la vida misma. Ahora este jovencito está protegido contra todo mal. Ah, por supuesto… –la curva en sus labios comenzó a adoptar una sonrisa burlona–… yo no vendo sueños de humo. No prometo grandes proezas para este niño. No será un gran líder entre los suyos, ni acudirán a él por el consejo de su sabiduría. No será el más temido en batalla y su mente no será tan afilada como el filo de su espada. Todo lo que él consiga lo obtendrá por el sudor de su frente. Si usted desea pedir por el favor y la protección de alguna deidad, adelante, es libre de hacerlo –depositó con cuidado a su hijo en sus brazos, y Afro lo apretó contra su pecho–. Pero si me permite darle un consejo, guarde su aliento y sus lágrimas, mi señora. Los dioses no hacen nada por buena voluntad sin obtener algo tan grande como su gloria a cambio. La protección más grande que necesita su hijo ahora mismo es la de sus padres.

    Dicho eso, Ofelia salió de la habitación para lavarse y cambiarse. Algo en esas palabras la dejó consternada, decendieron como una verdad incomoda y espesa. Había ira contenida en ellas y de pronto entendió el motivo; esa aseveración solo podía salir de la boca de quién ya ha tratado con dioses. Sus pestañas ensombrecieron parcialmente su mirada y una línea apretó en sus labios.

    Por mucho que le escocieron en la piel, no iba a negarlas. ¿Cuántas veces no había escuchado a otras deidades jactarse de las ofrendas acumuladas sobre sus altares, más que de los actos nobles que sus manos podrían generar, si realmente de ellos naciera el querer concederlos? ¿Cuántas veces no había visto ese resplandor en sus miradas eternas, cuando un héroe se alzaba y veían en este un medio para mantener su prestigio, para siempre tener que deleitarlos con sus nuevas hazañas? Una vez que encontraban en los mortales un tesoro invaluable, jamás los dejaban ir. Siempre orillados a perseguir la gloria y la fama eterna, negados a poder vivir una vida tranquila y feliz. Afro también era una diosa, y sin embargo, nunca permitiría que él pagara ese precio. No quería una vida así para su hijo.

    Sin embargo, también había otra verdad; lejos de lo que los mortales pudieran imaginar, a los dioses, los mortales y sus aflicciones, no podrían importarles menos. Afortunadamente para la mayoría, pasarían desapercibidos ante su mirada, solo unos cuantos tendrían el infortunio de conocer lo que es ganarse la atención de los inmortales. En su interior, deseaba, como nunca había ambicionado nada antes, que ese caso mayoritario fuera el de su hijo. Aun así, debía reconocer que estaba de acuerdo con la bruja, no dejaría la protección de su niño a ninguna otra divinidad más que a ella misma.

    ¿Qué le habría hecho aquella deidad que le entregó el moly a la pharmakis? ¿Era la responsable de lo que le había ocurrido en su ojo?

    Un llanto la devolvió al presente y ella actuó para calmar su aflicción. A Afro le pareció increíble que, después de tantas lunas transcurridas, de esas noches en las que, sentada frente al fuego del hogar, apoyaba la mano sobre su vientre, cerraba los ojos y, absorta, había sentido sus primeras pataditas debajo de su piel, ahora, por fin podía arrullar a su hijo.

    ────Debo reconocer que es tal como la retratan los rumores –musitó Temiste, apoyando una mano cálida sobre su hombro.

    ────Es posible –respondió Afro y una sonrisa se dibujó en sus labios en cuanto su pequeño dejó de llorar–. Pero los rumores y los cuentos son precisamente eso. No son hechos.

    Su hijo cruzó miradas con ella con sus ojitos redondos, húmedos, tan brillantes y eso bastó para que cualquier atisbo de tensión a su alrededor se evaporara para dar paso a una felicidad que estalló en su pecho como la miel tibia.

    ────Hola, hola…

    La voz se le quebró un poco, y de su interior brotó un cariño inmenso que estaba destinado a su hijo, rivalizando con el agotamiento sobre sus parpados grises. A Afro no le importó si su hijo iba a ser el más sabio entre los hombres, el mejor entre los dárdanos o el guerrero más temerario en las batallas, como dijo Ofelia, él no tenía que cumplir con grandez hazañas para ganarse el corazón de su madre, pues ella lo quiso desde ese primer día.

    Solía decir que su niño era un niño del verano: nació durante una tarde lluviosa del solsticio que marcaba el fin de la primavera, esas fechas en la que los campos se volvían fértiles y los cielos estaban despejados y brillantes. Tenía el cabello del mismo color que las hojas de los arboles durante el otoño, las mejillas y el puente de la nariz salpicados de pecas tostadas cómo las de su padre; los rasgos de la familia real de Dardania. Y esos ojos… esos ojos claro que los reconocía, eran los de ella: iris de color rosa. Lo meció con amor y él buscó su calor, acurrucándose contra el pecho de su madre.

    Afro no conocía lo que era tener una familia. Nació habiendo quedado huérfana de padre, no tenía madre, pues su cuna habían sido las profundidades del mar. Había ocasiones, aunque no demasiadas, en las que Afro se decía si misma que ser huérfana tenía sus ventajas. No respondía a casi nadie por sus acciones, no tenía una voz que le dictara qué era lo que debía hacer. Esa ausencia la había obligado a volverse independiente, a aprender muchas cosas por su cuenta. Pero también la hacía sentirse increíblemente sola. No tenía a quién acudir en búsqueda de un consejo cuando lo necesitaba, tampoco había quién la escuchara. No tenía a quién abrazar, tampoco quién la abrazara a ella.

    A veces, cuando era más joven, se tendía sobre la cama, cerraba los ojos e imaginaba que tenía una familia. Una madre y un padre. Otras solo eran padre e hija. Él la criaba bajo su ala, era la clase de padre que era severo, fiel a las historias que escuchó sobre él, pero enérgico cuando se trataba de velar por ella. Su madre… ella era dulce, comprensiva, protectora, de carácter tranquilo pero inquebrantable. Le enseñaba a tejer, y por las noches, trenzaba su cabello en las noches, mientras le tarareaba una canción. Y Afro la repetía en el mundo real, hasta quedarse dormida, rodeada por las sombras de su habitación.

    Afro no tenía nada de eso. Pero su hijo no crecería así. Su madre jamás lo dejaría solo.

    ────¿Me permitirías cargarlo, risueña diosa? –preguntó con suavidad Temiste.

    ────Por supuesto.

    La diosa, con extremo cuidado, depositó a su hijo en los brazos plateados de su abuela mortal, y en el rostro de Temiste se curvó una amplia sonrisa. La imagen le calentó el pecho. Durante muchas de esas noches de espera, había observado a Temiste trabajar en su telar, con esos dedos hábiles moviendo los hilos de lana, mientras le contaba historias de su juventud, de como había llegado al palacio de Dardania y asistió a otras madres, antes de Afro.

    Los hijos nunca son iguales, le había dicho una vez. Algunos son un mar de lagrimas durante sus primeras décadas, pero cuando crecen se vuelven un rayo de sol, otros son como las olas de un lago, y mantienen esa quietud aún de grandes. Entonces Afro imaginó como sería su hijo al crecer, ¿sería una hija o un hijo? ¿cómo sería al caminar a su lado?

    Ofelia apareció vistiendo una nueva túnica verde oscuro, aún terminando de anudarla a la cintura con un cordón. Se dispuso a comenzar el proceso de purificación de miasma con humo de plantas sagradas, agua y sal. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero cada vez que sus miradas se entrecruzaban, podía ver cierto recelo arder en su pupila. ¿Había descubierto a la diosa detrás del disfraz? Si ese era el caso, la hechicera no dijo nada en ese momento. Afro no apartó sus ojos del suyo. El aire en la habitación se volvió liviano y nítido. Pero la pesadez en su cuerpo no la abandonó, y ya había durado demasiado, a pesar de llevar el disfraz de mortal encima. Su carne estaba experimentando un llamado que nunca antes había sentido; el llamado a la tierra.

    Afro se preguntó cómo relatarían esa escena los rapsodos en sus canciones; la diosa del amor que había recibido a su hijo en la casa de una pharmakis. Sin gloria, sin hazañas imposibles de realizar ¿Enaltecerían ese momento de júbilo? La transmisión de historias por parte de los poetas, era, a menudo, incierta. Diseccionaban sucesos, los retocaban. Hacían lucir mejor a unos que a otros.

    Pero ante ella, había una certeza clara.

    Su hijo era un semidiós. No heredaría de ella ninguna cualidad extraordinaria más allá de su belleza y, aparentemente, también el color de sus ojos. Afro no era una deidad profética; no le legaría la visión del futuro entre los hilos del destino. Tampoco era una guerrera que le enseñaría el arte de las armas.

    En cambio, Afro le enseñaría todas las maravillas del mundo que ella tanto amaba. Le mostraría la inmensidad del mar y las criaturas que habitaban dentro y fuera del agua, las llanuras esmeralda de Dardania extendiéndose debajo de las montañas, y el sabor de los higos con miel. Le cantaría por las noches mientras lo arropaba, y le enseñaría el nombre de las constelaciones que brillaban en el cielo nocturno.

    Esa era su promesa. Y la cumpliría.

    Temiste no parecía haber manifestado ningún síntoma extraño, ninguna molestia; y su hijo igual. Bien. La diosa hizo girar elegantemente su muñeca y abrió su canal psíquico, aun sabiendo que, si lo hacía, esas dos sombras se iban a asomar. Correría el riesgo, no le gustaba sentirse con las extremidades débiles a medio camino de desplomarse. Fuera lo que la estaba aturdiendo, lo averiguaría.

    Entonces Afro se abrió a las emociones a su alrededor, y estas la azotaron como una ola gigantesca en el mar embravecido.
    𝐋𝐀 𝐏𝐑𝐎𝐌𝐄𝐒𝐀 𝐃𝐄 𝐔𝐍𝐀 𝐌𝐀𝐃𝐑𝐄 - 𝐈𝐈 𝐄𝐧 𝐥𝐚 𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐡é𝐫𝐨𝐞𝐬 𝐲 𝐦𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐨𝐬 Para una madre, una de sus mayores alegrías es el instante en el que carga a su hijo entre sus brazos por primera vez. Esa vida pequeña que llevaba cuidando en el interior de su vientre abre los ojos y conoce el mundo. Así fue como comenzó todo. Con cada minuto que pasaba, sentía que todo su ser era desgarrado desde el interior por piedras afiladas. En su agonía, sus ojos alternaron entre los ramos de hierbas secas colgadas en hileras del techo, las lámparas de aceite dispuestas en los muebles viejos y el humo del incienso, blanco y denso, que, lejos de relajarla, revolvía su cabeza con un dolor agudo. Apretó la mano de la reina Temiste con tanta fuerza como para hacerla estallar en pequeños fragmentos. No recordaba mucho de ese momento, todo era confuso, doloroso, y ese mismo dolor era el que le recordaba que estaba presente en un lugar en el que quizás no debería haber entrado, pero esa mujer tuerta significaba la diferencia entre la vida y muerte de su hijo. ────Respire, respire… y…. ¡Ahora empuje! –ordenó Ofelia. Y así lo hizo con todas sus fuerzas. Echó su cabeza hacia atrás, apretó la mandíbula y los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No había palabras para describir el inmenso dolor que la atravesó en esos instantes. Tampoco para el alivio que experimentó cuando escuchó el llanto de su bebé por primera vez. ────Mire qué tenemos aquí… ¡Un jovencito de extremidades fuertes! Calma, calma, me vas a arrancar el pulgar, niño. Las lágrimas rodaron por las mejillas de Afro y jadeó una risa entrecortada. Su pequeño sollozó y ella hizo lo mismo. Jamás había escuchado un sonido tan hermoso, tan dulce. Él temblaba y parecía buscarla con su carita humedecida. «Aquí estoy, aquí estoy», quiso decirle. Ofelia se encargó de limpiar a su hijo y lo envolvió con algunas mantas que tenía preparadas. Afro soltó la mano de la reina y la escuchó suspirar a su lado. Si se trataba de alivio por haberla soltado o por la dicha de ver por primera vez a su nieto, fue algo que Afro no pudo discernir, la habitación se sumió en un silencio expectante. En su estado débil, escuchó su pulso en los oídos, las lágrimas en sus ojos enrojecidos dejaron de correr, y el lecho se hundió bajo sus codos cuando intentó incorporarse con pesadez. Esperó. Permaneció rígida en su sitio, lista para abalanzarse en cualquier momento como una leona sobre su presa, con la mirada afilada siguiendo cada uno de los movimientos de Ofelia dirigiéndose a sus hierbas y morteros. ────¿Qué… estás haciendo? No hubo respuesta y Afro puso la punta de un pie fuera de la cama. Ofelia embarró su pulgar con los restos que quedaron de la mezcla que preparó previamente y lo juntó con otra pasta que tenía en otro mortero aún más pequeño, apenas una porción de un ungüento que era oscuro, al observarlo con atención, Afro se percató de que esa mezcla tenía pequeños trozos ambarinos de lo que parecían haber sido pétalos de una flor blanca. El aire en sus pulmones escapó silencioso por sus labios entreabiertos. Eso era «moly». Ofelia presionó su dedo contra la frente de su hijo y dijo: ────Para que siempre estes protegido, para que tu esencia se mantenga y tu voluntad jamás se doblegue. Afro no conocía de todos los secretos que las comadronas empleaban para asistir a las futuras madres en esas labores. Conocía muy poco sobre el proceso. Pero sí estaba segura de una cosa; el procedimiento que Ofelia había seguido para asistirla no era usual, incluso para una pharmakis. Una hechicera. Cuando un bebé estaba a punto de nacer, las parteras solían elevar sus plegarías a Ilitía, la diosa de los nacimientos, ella velaba por todos los nacimientos, incluidos los de dioses y semidioses. Se decía que su ausencia durante los alumbramientos podía traer consecuencias terribles. Pero la pharmakis no la llamó en ningún momento, ni siquiera en una plegaria susurrada. Ni a Ilitía, ni a ninguna otra deidad para pedir por su protección divina para su hijo. Y eso… eso al menos tranquilizó a Afro. Lo que menos deseaba era que cualquier deidad se enterase del nacimiento de su bebé. ────Con esto será suficiente –dijo sonriente Ofelia, sin voltear a verla, como si pudiera leer la expresión recelosa en su rostro celestial–. No necesita más protecciones que esta. Fuera, las gotas de la lluvia repiqueteaban incesantes sobre el techo. El moly era una raíz oscura con flores blancas que no podía ser arracada por los mortales. Su principal función era evitar la magia de transformación, pero también actuaba como un escudo para proteger del dominio de la voluntad, incluido el dominio de los mismísimos dioses. En pocas palabras, la raíz evitaba que cualquier dios interfiriera en la mente o el cuerpo de quién la consumiera. La curiosidad de Afro se afiló como una espina. ────¿Estás segura de ello? ¿Ni siquiera… la protección de la Cazadora? –preguntó Afro, metida en su papel de una joven mortal noble. Un escalofrío le recorrió la pierna cuando la planta de su pie tocó por completo el piso. Era la clase de pregunta que cualquier madre habría formulado en su situación. Evitó decir aquel nombre, como una mortal quién se sabe temerosa de las consecuencias de no clamar por la ayuda a los dioses y que sus acciones lleguen a sus oídos, pues decir su nombre en voz alta sería invitación suficiente para que, Artemisa, la Cazadora Silenciosa, prestara, aunque sea por un breve instante de curiosidad, su atención sobre la estancia. A ella también se le encomendaba la protección de los niños en sus primeros días de vida. ────No la necesita –aseveró–. Mi magia no depende ni pide permiso a nadie, como se habrá dado cuenta. Trabajo con una conexión profunda con la magia más antigua, la ligada a la naturaleza. Yo negocio y trabajo hombro con hombro con la vida misma. Ahora este jovencito está protegido contra todo mal. Ah, por supuesto… –la curva en sus labios comenzó a adoptar una sonrisa burlona–… yo no vendo sueños de humo. No prometo grandes proezas para este niño. No será un gran líder entre los suyos, ni acudirán a él por el consejo de su sabiduría. No será el más temido en batalla y su mente no será tan afilada como el filo de su espada. Todo lo que él consiga lo obtendrá por el sudor de su frente. Si usted desea pedir por el favor y la protección de alguna deidad, adelante, es libre de hacerlo –depositó con cuidado a su hijo en sus brazos, y Afro lo apretó contra su pecho–. Pero si me permite darle un consejo, guarde su aliento y sus lágrimas, mi señora. Los dioses no hacen nada por buena voluntad sin obtener algo tan grande como su gloria a cambio. La protección más grande que necesita su hijo ahora mismo es la de sus padres. Dicho eso, Ofelia salió de la habitación para lavarse y cambiarse. Algo en esas palabras la dejó consternada, decendieron como una verdad incomoda y espesa. Había ira contenida en ellas y de pronto entendió el motivo; esa aseveración solo podía salir de la boca de quién ya ha tratado con dioses. Sus pestañas ensombrecieron parcialmente su mirada y una línea apretó en sus labios. Por mucho que le escocieron en la piel, no iba a negarlas. ¿Cuántas veces no había escuchado a otras deidades jactarse de las ofrendas acumuladas sobre sus altares, más que de los actos nobles que sus manos podrían generar, si realmente de ellos naciera el querer concederlos? ¿Cuántas veces no había visto ese resplandor en sus miradas eternas, cuando un héroe se alzaba y veían en este un medio para mantener su prestigio, para siempre tener que deleitarlos con sus nuevas hazañas? Una vez que encontraban en los mortales un tesoro invaluable, jamás los dejaban ir. Siempre orillados a perseguir la gloria y la fama eterna, negados a poder vivir una vida tranquila y feliz. Afro también era una diosa, y sin embargo, nunca permitiría que él pagara ese precio. No quería una vida así para su hijo. Sin embargo, también había otra verdad; lejos de lo que los mortales pudieran imaginar, a los dioses, los mortales y sus aflicciones, no podrían importarles menos. Afortunadamente para la mayoría, pasarían desapercibidos ante su mirada, solo unos cuantos tendrían el infortunio de conocer lo que es ganarse la atención de los inmortales. En su interior, deseaba, como nunca había ambicionado nada antes, que ese caso mayoritario fuera el de su hijo. Aun así, debía reconocer que estaba de acuerdo con la bruja, no dejaría la protección de su niño a ninguna otra divinidad más que a ella misma. ¿Qué le habría hecho aquella deidad que le entregó el moly a la pharmakis? ¿Era la responsable de lo que le había ocurrido en su ojo? Un llanto la devolvió al presente y ella actuó para calmar su aflicción. A Afro le pareció increíble que, después de tantas lunas transcurridas, de esas noches en las que, sentada frente al fuego del hogar, apoyaba la mano sobre su vientre, cerraba los ojos y, absorta, había sentido sus primeras pataditas debajo de su piel, ahora, por fin podía arrullar a su hijo. ────Debo reconocer que es tal como la retratan los rumores –musitó Temiste, apoyando una mano cálida sobre su hombro. ────Es posible –respondió Afro y una sonrisa se dibujó en sus labios en cuanto su pequeño dejó de llorar–. Pero los rumores y los cuentos son precisamente eso. No son hechos. Su hijo cruzó miradas con ella con sus ojitos redondos, húmedos, tan brillantes y eso bastó para que cualquier atisbo de tensión a su alrededor se evaporara para dar paso a una felicidad que estalló en su pecho como la miel tibia. ────Hola, hola… La voz se le quebró un poco, y de su interior brotó un cariño inmenso que estaba destinado a su hijo, rivalizando con el agotamiento sobre sus parpados grises. A Afro no le importó si su hijo iba a ser el más sabio entre los hombres, el mejor entre los dárdanos o el guerrero más temerario en las batallas, como dijo Ofelia, él no tenía que cumplir con grandez hazañas para ganarse el corazón de su madre, pues ella lo quiso desde ese primer día. Solía decir que su niño era un niño del verano: nació durante una tarde lluviosa del solsticio que marcaba el fin de la primavera, esas fechas en la que los campos se volvían fértiles y los cielos estaban despejados y brillantes. Tenía el cabello del mismo color que las hojas de los arboles durante el otoño, las mejillas y el puente de la nariz salpicados de pecas tostadas cómo las de su padre; los rasgos de la familia real de Dardania. Y esos ojos… esos ojos claro que los reconocía, eran los de ella: iris de color rosa. Lo meció con amor y él buscó su calor, acurrucándose contra el pecho de su madre. Afro no conocía lo que era tener una familia. Nació habiendo quedado huérfana de padre, no tenía madre, pues su cuna habían sido las profundidades del mar. Había ocasiones, aunque no demasiadas, en las que Afro se decía si misma que ser huérfana tenía sus ventajas. No respondía a casi nadie por sus acciones, no tenía una voz que le dictara qué era lo que debía hacer. Esa ausencia la había obligado a volverse independiente, a aprender muchas cosas por su cuenta. Pero también la hacía sentirse increíblemente sola. No tenía a quién acudir en búsqueda de un consejo cuando lo necesitaba, tampoco había quién la escuchara. No tenía a quién abrazar, tampoco quién la abrazara a ella. A veces, cuando era más joven, se tendía sobre la cama, cerraba los ojos e imaginaba que tenía una familia. Una madre y un padre. Otras solo eran padre e hija. Él la criaba bajo su ala, era la clase de padre que era severo, fiel a las historias que escuchó sobre él, pero enérgico cuando se trataba de velar por ella. Su madre… ella era dulce, comprensiva, protectora, de carácter tranquilo pero inquebrantable. Le enseñaba a tejer, y por las noches, trenzaba su cabello en las noches, mientras le tarareaba una canción. Y Afro la repetía en el mundo real, hasta quedarse dormida, rodeada por las sombras de su habitación. Afro no tenía nada de eso. Pero su hijo no crecería así. Su madre jamás lo dejaría solo. ────¿Me permitirías cargarlo, risueña diosa? –preguntó con suavidad Temiste. ────Por supuesto. La diosa, con extremo cuidado, depositó a su hijo en los brazos plateados de su abuela mortal, y en el rostro de Temiste se curvó una amplia sonrisa. La imagen le calentó el pecho. Durante muchas de esas noches de espera, había observado a Temiste trabajar en su telar, con esos dedos hábiles moviendo los hilos de lana, mientras le contaba historias de su juventud, de como había llegado al palacio de Dardania y asistió a otras madres, antes de Afro. Los hijos nunca son iguales, le había dicho una vez. Algunos son un mar de lagrimas durante sus primeras décadas, pero cuando crecen se vuelven un rayo de sol, otros son como las olas de un lago, y mantienen esa quietud aún de grandes. Entonces Afro imaginó como sería su hijo al crecer, ¿sería una hija o un hijo? ¿cómo sería al caminar a su lado? Ofelia apareció vistiendo una nueva túnica verde oscuro, aún terminando de anudarla a la cintura con un cordón. Se dispuso a comenzar el proceso de purificación de miasma con humo de plantas sagradas, agua y sal. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero cada vez que sus miradas se entrecruzaban, podía ver cierto recelo arder en su pupila. ¿Había descubierto a la diosa detrás del disfraz? Si ese era el caso, la hechicera no dijo nada en ese momento. Afro no apartó sus ojos del suyo. El aire en la habitación se volvió liviano y nítido. Pero la pesadez en su cuerpo no la abandonó, y ya había durado demasiado, a pesar de llevar el disfraz de mortal encima. Su carne estaba experimentando un llamado que nunca antes había sentido; el llamado a la tierra. Afro se preguntó cómo relatarían esa escena los rapsodos en sus canciones; la diosa del amor que había recibido a su hijo en la casa de una pharmakis. Sin gloria, sin hazañas imposibles de realizar ¿Enaltecerían ese momento de júbilo? La transmisión de historias por parte de los poetas, era, a menudo, incierta. Diseccionaban sucesos, los retocaban. Hacían lucir mejor a unos que a otros. Pero ante ella, había una certeza clara. Su hijo era un semidiós. No heredaría de ella ninguna cualidad extraordinaria más allá de su belleza y, aparentemente, también el color de sus ojos. Afro no era una deidad profética; no le legaría la visión del futuro entre los hilos del destino. Tampoco era una guerrera que le enseñaría el arte de las armas. En cambio, Afro le enseñaría todas las maravillas del mundo que ella tanto amaba. Le mostraría la inmensidad del mar y las criaturas que habitaban dentro y fuera del agua, las llanuras esmeralda de Dardania extendiéndose debajo de las montañas, y el sabor de los higos con miel. Le cantaría por las noches mientras lo arropaba, y le enseñaría el nombre de las constelaciones que brillaban en el cielo nocturno. Esa era su promesa. Y la cumpliría. Temiste no parecía haber manifestado ningún síntoma extraño, ninguna molestia; y su hijo igual. Bien. La diosa hizo girar elegantemente su muñeca y abrió su canal psíquico, aun sabiendo que, si lo hacía, esas dos sombras se iban a asomar. Correría el riesgo, no le gustaba sentirse con las extremidades débiles a medio camino de desplomarse. Fuera lo que la estaba aturdiendo, lo averiguaría. Entonces Afro se abrió a las emociones a su alrededor, y estas la azotaron como una ola gigantesca en el mar embravecido.
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  • Clan Jaegerjaquez
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    Categoría Ciencia ficción
    — Clan Jaegerjaquez
    El Renacimiento de la Familia de la Luna Azul

    —La noche se abrió como un velo de cristal, y la Luna Azul descendió sobre el mundo.—

    En el centro del firmamento, Armitaela Black, la Abuela Primordial, abrió los ojos una vez más. Su mirada era océano y abismo, hielo y creación. En la palma de su mano flotaba la Ciudad Suspendida de Jaegerjaquez, nacida del cielo y anclada al destino de su sangre.

    La Luna Azul palpitó.

    —Ha llegado la hora… —susurró Armitaela, y su voz fue ley y origen—. Mi linaje no morirá en el olvido.

    Desde el vacío surgió una figura envuelta en energía salvaje, colmillos de guerra y orgullo indomable:
    Grimmjow Jaegerjaquez, Heredero del Rugido Azul, dios arrancar forjado en batalla eterna.

    —¿Así que al fin nos llamas, vieja luna? —sonrió con ferocidad—. Dime a quién debo destruir.

    Armitaela descendió lentamente, su cabello fluyendo como mareas celestiales.

    —No a quién destruir… —respondió—. Sino a quién despertar.

    El cielo se rasgó.

    Uno a uno, los Jaegerjaquez emergieron: guerreros, reinas, vástagos marcados por la Luna Azul en la piel y en el alma. Sus ojos brillaban con símbolos antiguos, herencia directa de los Dioses Arrancar, aquellos que no nacieron para servir… sino para reinar.

    —Nuestra familia fue sellada, dispersada, traicionada —continuó Armitaela—. Pero la sangre no olvida. La Luna Azul jamás abandona a los suyos.

    Grimmjow dio un paso al frente, su energía sacudiendo la ciudad flotante.

    —Entonces que el mundo lo sepa —rugió—.
    Los Jaegerjaquez han renacido.

    La ciudad respondió. Torres azules se encendieron, runas antiguas despertaron, y el cielo se cubrió de fragmentos de luz lunar. La Marca de la Luna Azul apareció en los cielos como un juramento.

    —Desde hoy —proclamó Armitaela, alzando la mano—, este clan vuelve a caminar entre dioses y mortales.
    No como sombras.
    No como recuerdos.

    Grimmjow sonrió, mostrando los colmillos.

    —Sino como lo que siempre fuimos…

    —DEPREDADORES DIVINOS.

    La Luna Azul brilló con fuerza absoluta.
    El renacimiento había comenzado.
    — Clan Jaegerjaquez El Renacimiento de la Familia de la Luna Azul —La noche se abrió como un velo de cristal, y la Luna Azul descendió sobre el mundo.— En el centro del firmamento, Armitaela Black, la Abuela Primordial, abrió los ojos una vez más. Su mirada era océano y abismo, hielo y creación. En la palma de su mano flotaba la Ciudad Suspendida de Jaegerjaquez, nacida del cielo y anclada al destino de su sangre. La Luna Azul palpitó. —Ha llegado la hora… —susurró Armitaela, y su voz fue ley y origen—. Mi linaje no morirá en el olvido. Desde el vacío surgió una figura envuelta en energía salvaje, colmillos de guerra y orgullo indomable: Grimmjow Jaegerjaquez, Heredero del Rugido Azul, dios arrancar forjado en batalla eterna. —¿Así que al fin nos llamas, vieja luna? —sonrió con ferocidad—. Dime a quién debo destruir. Armitaela descendió lentamente, su cabello fluyendo como mareas celestiales. —No a quién destruir… —respondió—. Sino a quién despertar. El cielo se rasgó. Uno a uno, los Jaegerjaquez emergieron: guerreros, reinas, vástagos marcados por la Luna Azul en la piel y en el alma. Sus ojos brillaban con símbolos antiguos, herencia directa de los Dioses Arrancar, aquellos que no nacieron para servir… sino para reinar. —Nuestra familia fue sellada, dispersada, traicionada —continuó Armitaela—. Pero la sangre no olvida. La Luna Azul jamás abandona a los suyos. Grimmjow dio un paso al frente, su energía sacudiendo la ciudad flotante. —Entonces que el mundo lo sepa —rugió—. Los Jaegerjaquez han renacido. La ciudad respondió. Torres azules se encendieron, runas antiguas despertaron, y el cielo se cubrió de fragmentos de luz lunar. La Marca de la Luna Azul apareció en los cielos como un juramento. —Desde hoy —proclamó Armitaela, alzando la mano—, este clan vuelve a caminar entre dioses y mortales. No como sombras. No como recuerdos. Grimmjow sonrió, mostrando los colmillos. —Sino como lo que siempre fuimos… —DEPREDADORES DIVINOS. La Luna Azul brilló con fuerza absoluta. El renacimiento había comenzado. 🌙🔥
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  • —No hay aflicción que no pueda ser reparada con la alquimia correcta. Mi arte puede devolverte la funcionalidad que anhelas, pero el precio es alto... muy alto. Dime, ¿estarías dispuesto a sacrificar un fragmento de tu ser a cambio de un cuerpo que no falle?
    —No hay aflicción que no pueda ser reparada con la alquimia correcta. Mi arte puede devolverte la funcionalidad que anhelas, pero el precio es alto... muy alto. Dime, ¿estarías dispuesto a sacrificar un fragmento de tu ser a cambio de un cuerpo que no falle?
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