• 「ℌ𝔬𝔪𝔢𝔴𝔞𝔯𝔡」
Categoría Original
𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」
Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo.
Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna.
Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver.
Después, incluso eso dejó de ocurrir.
El nombre se volvió una superstición.
Uno que era mejor no mencionar.
Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra.
Él veía eso como algo francamente encantador.
Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre.
La fama exigía presencia.
El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia.
Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal.
Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea.
El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno.
Refinado.
Intacto.
Era una representación convincente.
La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás.
Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar...
Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo.
En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre.
Había vuelto hace un par de días.
No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa.
La muerte había intentado conservarlo.
Él se había negado.
Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre.
Pero su alma no era una criatura dócil.
La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente.
—Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear.
El viento se llevó la frase hacia el vacío.
Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención.
No oyó pasos todavía.
No importaba.
Sabía que su perseguidor estaba cerca.
Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo.
Una decisión admirable.
También profundamente estúpida.
No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano.
Migajas.
Elegantes, naturalmente.
Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería.
Su acechante había recogido cada una de ellas.
Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado.
Era el lugar donde había decidido esperar.
Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia.
El ascensor se había detenido en el último piso.
La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios.
No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca.
Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta.
Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado.
Él contó los segundos en silencio.
Uno.
Dos.
Tres.
Una breve pausa.
Cuatro.
La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda.
Aún entonces, continuó contemplando la ciudad.
— Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé.
Solo entonces giró el rostro por encima del hombro.
La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad.
— Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento.
Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer.
Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo.
La examinó durante unos segundos deliberadamente largos.
Había curiosidad en sus ojos.
También una arrogancia ligeramente velada.
— Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos.
Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina.
— Pero sé que no viniste a escuchar una historia.
Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal.
— La versión sencilla es que morí.
Dio otro paso.
— La versión incómoda es que no duró lo suficiente.
Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección.
— En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta.
El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre.
— Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico.
Alzó una ceja.
— Y sería descortés arruinar la noche tan pronto.
Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban.
Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención.
— Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona.
Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más.
Perfecto.
Todo permanecía como le gustaba.
Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo.
Fue un movimiento veloz.
Casi imperceptible.
La máscara de su refinamiento no se alteró.
— Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto.
Se aproximó un último paso.
Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma.
— Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」
Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo.
Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna.
Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver.
Después, incluso eso dejó de ocurrir.
El nombre se volvió una superstición.
Uno que era mejor no mencionar.
Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra.
Él veía eso como algo francamente encantador.
Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre.
La fama exigía presencia.
El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia.
Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal.
Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea.
El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno.
Refinado.
Intacto.
Era una representación convincente.
La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás.
Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar...
Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo.
En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre.
Había vuelto hace un par de días.
No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa.
La muerte había intentado conservarlo.
Él se había negado.
Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre.
Pero su alma no era una criatura dócil.
La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente.
—Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear.
El viento se llevó la frase hacia el vacío.
Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención.
No oyó pasos todavía.
No importaba.
Sabía que su perseguidor estaba cerca.
Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo.
Una decisión admirable.
También profundamente estúpida.
No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano.
Migajas.
Elegantes, naturalmente.
Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería.
Su acechante había recogido cada una de ellas.
Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado.
Era el lugar donde había decidido esperar.
Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia.
El ascensor se había detenido en el último piso.
La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios.
No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca.
Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta.
Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado.
Él contó los segundos en silencio.
Uno.
Dos.
Tres.
Una breve pausa.
Cuatro.
La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda.
Aún entonces, continuó contemplando la ciudad.
— Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé.
Solo entonces giró el rostro por encima del hombro.
La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad.
— Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento.
Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer.
Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo.
La examinó durante unos segundos deliberadamente largos.
Había curiosidad en sus ojos.
También una arrogancia ligeramente velada.
— Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos.
Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina.
— Pero sé que no viniste a escuchar una historia.
Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal.
— La versión sencilla es que morí.
Dio otro paso.
— La versión incómoda es que no duró lo suficiente.
Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección.
— En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta.
El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre.
— Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico.
Alzó una ceja.
— Y sería descortés arruinar la noche tan pronto.
Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban.
Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención.
— Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona.
Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más.
Perfecto.
Todo permanecía como le gustaba.
Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo.
Fue un movimiento veloz.
Casi imperceptible.
La máscara de su refinamiento no se alteró.
— Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto.
Se aproximó un último paso.
Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma.
— Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
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