con
Kyle Fritz
Inari, diosa protectora y guía de su pueblo.
El nombre que alguna vez fue plegaria se volvió daga en su carne.
Y Saya intentó olvidarla.
Si no pudo, aprendió a maldecirla el día en que su hogar fue arrasado y las llamas devoraron todo aquello que la deidad había prometido custodiar.
Y, sin embargo, en los últimos días, la presencia regresó como un susurro.
Sintió su guía en las últimas semanas.
Escuchó su voz entre el estruendo del combate.
Y cuando su espada, veloz, precisa, calculada como cada uno de sus movimientos, alcanzó la marca helada en el cuello de Kyle, el mundo ante sus ojos se rompió.
Un rostro hecho de luz se alzó ante ella.
Un cuerpo compuesto de claridad.
Manos extendidas.
Y una puerta blanca.
La imagen estuvo allí… solo para ella.
Solo un segundo.
La diosa abrió la puerta.
Una grieta luminosa en la trama de la conciencia.
Saya dudó.
Sus pupilas temblaron.
Su corazón, disciplinado incluso en la batalla, se aceleró contra su voluntad.
¿A dónde la enviaba?
¿Por qué separarla de sus compañeros en un momento donde cada segundo significaba vivir o morir?
¿Era guía… u otro capricho divino?
Se resistió.
Clavó los talones en su propia voluntad.
No quiso entrar.
No quiso obedecer.
No otra vez.
Pero no estaba sola.
Al otro lado de aquella abertura, en ese espacio mental, liminal, imposible de nombrar, distinguió una figura.
No reconoció el lugar, pero lo reconoció a él.
Kyle.
Y dio el paso.
Atravesó la puerta.
El movimiento no tuvo peso ni sonido, pero todo su ser sintió el cambio: el aire diferente, la vibración distinta, la sensación de estar en un plano que no obedecía a los sentidos y, sin embargo, se sintió real.
Avanzó con su sigilo habitual.
Ligera. Silenciosa. En guardia.
Aun así, el entorno respondió.
El espacio tembló.
El suelo a sus pies se deformó como el agua al caer la lluvia.
Algo en aquel lugar reconocía su energía y reaccionaba a ella, como si su sola presencia alterara el equilibrio.
Era extraño.
Desconocido.
Inestable.
Pero Saya no se permitió la curiosidad.
Se detuvo a una distancia prudente.
Su mirada afilada recorrió cada detalle antes de proponerse acercarse más.
Su postura no era hostil, pero tampoco amistosa.
──── Kyle ────
Su voz fue firme y baja. Un hilo del que el hombre podría asirse y tirar.
con [kyle_fritz]
Inari, diosa protectora y guía de su pueblo.
El nombre que alguna vez fue plegaria se volvió daga en su carne.
Y Saya intentó olvidarla.
Si no pudo, aprendió a maldecirla el día en que su hogar fue arrasado y las llamas devoraron todo aquello que la deidad había prometido custodiar.
Y, sin embargo, en los últimos días, la presencia regresó como un susurro.
Sintió su guía en las últimas semanas.
Escuchó su voz entre el estruendo del combate.
Y cuando su espada, veloz, precisa, calculada como cada uno de sus movimientos, alcanzó la marca helada en el cuello de Kyle, el mundo ante sus ojos se rompió.
Un rostro hecho de luz se alzó ante ella.
Un cuerpo compuesto de claridad.
Manos extendidas.
Y una puerta blanca.
La imagen estuvo allí… solo para ella.
Solo un segundo.
La diosa abrió la puerta.
Una grieta luminosa en la trama de la conciencia.
Saya dudó.
Sus pupilas temblaron.
Su corazón, disciplinado incluso en la batalla, se aceleró contra su voluntad.
¿A dónde la enviaba?
¿Por qué separarla de sus compañeros en un momento donde cada segundo significaba vivir o morir?
¿Era guía… u otro capricho divino?
Se resistió.
Clavó los talones en su propia voluntad.
No quiso entrar.
No quiso obedecer.
No otra vez.
Pero no estaba sola.
Al otro lado de aquella abertura, en ese espacio mental, liminal, imposible de nombrar, distinguió una figura.
No reconoció el lugar, pero lo reconoció a él.
Kyle.
Y dio el paso.
Atravesó la puerta.
El movimiento no tuvo peso ni sonido, pero todo su ser sintió el cambio: el aire diferente, la vibración distinta, la sensación de estar en un plano que no obedecía a los sentidos y, sin embargo, se sintió real.
Avanzó con su sigilo habitual.
Ligera. Silenciosa. En guardia.
Aun así, el entorno respondió.
El espacio tembló.
El suelo a sus pies se deformó como el agua al caer la lluvia.
Algo en aquel lugar reconocía su energía y reaccionaba a ella, como si su sola presencia alterara el equilibrio.
Era extraño.
Desconocido.
Inestable.
Pero Saya no se permitió la curiosidad.
Se detuvo a una distancia prudente.
Su mirada afilada recorrió cada detalle antes de proponerse acercarse más.
Su postura no era hostil, pero tampoco amistosa.
──── Kyle ────
Su voz fue firme y baja. Un hilo del que el hombre podría asirse y tirar.