• Muy misteriosamente -y milagrosamente- había preparado café, y un intento de ensalada que parecía más un collage de verduras sobrevivientes. Sirvió dos tazas humeantes justo antes de convocar a Veyra Leˑron y Kieran a una reunión en la cocina (?)

    —¡Ahem! Atención, por favor —anunció, dando un golpecito a la encimera con una libreta de notas que tenía en su mano— los he convocado hoy a esta... reunión oficial... porque, dado el hecho de que últimamente mi mansión se ha convertido en su residencia no oficial, y hasta tienen habitaciones asignadas... he considerado necesario establecer un sistema de responsabilidades domésticas. Mhm, para mantener el orden... o algo así (?) —intentó sonar seria mientras lo decía, pero estuvo todo el rato intentando contener una sonrisa traviesa
    Muy misteriosamente -y milagrosamente- había preparado café, y un intento de ensalada que parecía más un collage de verduras sobrevivientes. Sirvió dos tazas humeantes justo antes de convocar a [vey.ra] y [forever.tainted] a una reunión en la cocina (?) —¡Ahem! Atención, por favor —anunció, dando un golpecito a la encimera con una libreta de notas que tenía en su mano— los he convocado hoy a esta... reunión oficial... porque, dado el hecho de que últimamente mi mansión se ha convertido en su residencia no oficial, y hasta tienen habitaciones asignadas... he considerado necesario establecer un sistema de responsabilidades domésticas. Mhm, para mantener el orden... o algo así (?) —intentó sonar seria mientras lo decía, pero estuvo todo el rato intentando contener una sonrisa traviesa
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  • El campo de entrenamiento ya no fue un lugar al que pudiera volver, pues no hubo maniquí que no acabara como peluche destrozado. Tan solo pequeños pedazos de lo que alguna vez fueron muñecos de entrenamiento ¿Y sus compañeras exorcistas? Adán las habría echado de una patada aunque ella no se contuvo de casi agarrarlas de las greñas. Ni una sola competente ¿Cómo era que se habían vuelto tan débiles? Se suponía que ellas eran el batallón de defensa del cielo, la única arma capaz de evitar una rebelión de parte del infierno... Ahora reducido a un patético grupo de niñitas que jugaban a ser soldados, pues sólo requería de un fuerte golpe a cada una para derrotarlas; un hecho que sucedió en la tarde. Ninguna fue un reto, no uno verdadero.

    ¿Y en las calles celestiales? Su humor no mejoró. Todos estaban tan tranquilos y alegres como de costumbre ¿Es que a nadie le importaba lo que sucedía? ¿Ni siquiera a Sera?

    — Tsk... —

    Chasqueó la lengua. Por supuesto que a Sera no le importaba ¿Cómo podía esperar que lo hiciera si había puesto al más patético de los ángeles como líder de las exterminadoras? Probablemente allí estaba la respuesta a la decadencia de eficacia en lo que alguna vez fueron sus compañeras.
    En su habitación, los pensamientos se entremezclaron con sus sentimientos, con su alma rota y con su ira convertida en un fuego que era imposible de extinguir. La frustración creció mientras más pensaba; la decadencia en las exterminadoras, la indiferencia del cielo, los cambios en Adán....

    — ¡Agh! — Y finalmente explotó, su puño metálico golpeando la pared de su cuarto hasta agrietarlo en todas direcciones.
    Sus dos manos se cerraron como puños contra el muro, su frente apoyándose en la pared resquebrajada.

    "¿Otra vez histérica? ¿Es que acaso siempre te baja la regla?"

    Escuchó aquella voz, una que reconoció perfectamente. Se apartó del muro, levantando la mirada antes de voltear para ver a quien ya imaginaba; Adán. De brazos cruzados y recargado sobre un mueble.
    Parpadeó varias veces con los ojos bien abiertos a punto de preguntarle cuándo había llegado... Hasta que se dió cuenta. No era Adán, no al menos con el que se había encontrado. No con el vivo, no... Ese era el Adán que ella recordaba. No era la primera vez que se le parecía, la única ilusión que parecía consolarla.

    — Nadie me escucha. ¡Cada vez están más cegados, caen en tentación por las palabras de ellos! ¿¡Puedes creerlo!? ¡Prohibieron los exterminios! —

    En su voz latente la frustración mientras el fantasma alzaba una ceja tras oírle, incluso sobresaltandose al oírla. Rápidamente acercándose con alerta.

    "¿Estás de puta broma? ¿En qué puto momento?"

    — Y eso no es lo peor... Cambiaste. ¡Te cambiaron! Ni siquiera eres tú... Te ves igual, pareces igual.... — Las lágrimas de nuevo se habían acumulado en sus ojos, alejándose algunos pasos de aquella ilusión mientras se dirigía hacia la ventana que daba al exterior. Observando sin ver el paisaje que le revelaba. — ¡¡Quieres a Abel!! Lo... ¡Lo defiendes! —

    Soltó como si aquella hubiera sido la más grandes de las señales de su cambio. Como si aquel detalle le hubiera encendido las alarmas pues en lo otro sólo podía encontrar justificación a que se contenía porque eran órdenes de Sera... Aunque también le extrañó haberle visto tan tranquilo en ese aspecto. Adán habría puesto el grito en el cielo, más después de que casi lo habían asesinado, si tan sólo prohibieran los exterminios como si nada.
    El fantasma de su Adán se sobresaltó tras lo que escuchó, incluso llevándose una mano al pecho.

    "¿Defender? ¿¡A ese mocoso!? ¡Es como un grano en los huevos! Carajo. Me lavaron el puto cerebro, dime que al menos me consta que todavía soy la primera puta polla de la humanidad"

    Inhaló, profundo, en silencio y lentamente fue exhalando en lo que, observando el paisaje, pasó a observar su reflejo en el cristal. Otro reflejo, aunque en realidad no estaba, cerniendose sobre ella desde su espalda; Adán que se le había acercado.

    "No pensarás dejar que me quede como un retrasado ¿Verdad? Ya me dejaste atrás una vez"

    Apretó los labios. Ni una sola lágrima había salido de sus ojos a pesar de que antes de habían acumulado en ellos, sus manos cerrandose fuertemente en puños a sus lados mientras su mirada no se apartaba del reflejo de Adán.

    — No, señor. Voy a recuperarlo y lo llevaré a su antigua gloria —

    "¿Y qué hay de las escorias? ¿De los traidores? ¿De todos los que se cagaron en mi casi puta muerte?"

    — Pagarán. Todos lo harán... Acabaré hasta con el último de esos demonios. Limpiaré la podredumbre del infierno y abriré los ojos de todos en el cielo o los haré caer al abismo. Así deba hacerlo sola —

    Juro con su mirada oscurecida en lo que, son un gruñido de furia de tan solo pensar en todos ellos, en la forma en la que los ángeles ignoraban deliberadamente para su comodidad los cambios en la personalidad de Adán, daba un nuevo puñetazo al vidrio de su ventana hasta quebrarlo, agrietarlo, al ounto de que tal vez hasta una pequeña brisa podría hacerlo estallar.
    El campo de entrenamiento ya no fue un lugar al que pudiera volver, pues no hubo maniquí que no acabara como peluche destrozado. Tan solo pequeños pedazos de lo que alguna vez fueron muñecos de entrenamiento ¿Y sus compañeras exorcistas? Adán las habría echado de una patada aunque ella no se contuvo de casi agarrarlas de las greñas. Ni una sola competente ¿Cómo era que se habían vuelto tan débiles? Se suponía que ellas eran el batallón de defensa del cielo, la única arma capaz de evitar una rebelión de parte del infierno... Ahora reducido a un patético grupo de niñitas que jugaban a ser soldados, pues sólo requería de un fuerte golpe a cada una para derrotarlas; un hecho que sucedió en la tarde. Ninguna fue un reto, no uno verdadero. ¿Y en las calles celestiales? Su humor no mejoró. Todos estaban tan tranquilos y alegres como de costumbre ¿Es que a nadie le importaba lo que sucedía? ¿Ni siquiera a Sera? — Tsk... — Chasqueó la lengua. Por supuesto que a Sera no le importaba ¿Cómo podía esperar que lo hiciera si había puesto al más patético de los ángeles como líder de las exterminadoras? Probablemente allí estaba la respuesta a la decadencia de eficacia en lo que alguna vez fueron sus compañeras. En su habitación, los pensamientos se entremezclaron con sus sentimientos, con su alma rota y con su ira convertida en un fuego que era imposible de extinguir. La frustración creció mientras más pensaba; la decadencia en las exterminadoras, la indiferencia del cielo, los cambios en Adán.... — ¡Agh! — Y finalmente explotó, su puño metálico golpeando la pared de su cuarto hasta agrietarlo en todas direcciones. Sus dos manos se cerraron como puños contra el muro, su frente apoyándose en la pared resquebrajada. "¿Otra vez histérica? ¿Es que acaso siempre te baja la regla?" Escuchó aquella voz, una que reconoció perfectamente. Se apartó del muro, levantando la mirada antes de voltear para ver a quien ya imaginaba; Adán. De brazos cruzados y recargado sobre un mueble. Parpadeó varias veces con los ojos bien abiertos a punto de preguntarle cuándo había llegado... Hasta que se dió cuenta. No era Adán, no al menos con el que se había encontrado. No con el vivo, no... Ese era el Adán que ella recordaba. No era la primera vez que se le parecía, la única ilusión que parecía consolarla. — Nadie me escucha. ¡Cada vez están más cegados, caen en tentación por las palabras de ellos! ¿¡Puedes creerlo!? ¡Prohibieron los exterminios! — En su voz latente la frustración mientras el fantasma alzaba una ceja tras oírle, incluso sobresaltandose al oírla. Rápidamente acercándose con alerta. "¿Estás de puta broma? ¿En qué puto momento?" — Y eso no es lo peor... Cambiaste. ¡Te cambiaron! Ni siquiera eres tú... Te ves igual, pareces igual.... — Las lágrimas de nuevo se habían acumulado en sus ojos, alejándose algunos pasos de aquella ilusión mientras se dirigía hacia la ventana que daba al exterior. Observando sin ver el paisaje que le revelaba. — ¡¡Quieres a Abel!! Lo... ¡Lo defiendes! — Soltó como si aquella hubiera sido la más grandes de las señales de su cambio. Como si aquel detalle le hubiera encendido las alarmas pues en lo otro sólo podía encontrar justificación a que se contenía porque eran órdenes de Sera... Aunque también le extrañó haberle visto tan tranquilo en ese aspecto. Adán habría puesto el grito en el cielo, más después de que casi lo habían asesinado, si tan sólo prohibieran los exterminios como si nada. El fantasma de su Adán se sobresaltó tras lo que escuchó, incluso llevándose una mano al pecho. "¿Defender? ¿¡A ese mocoso!? ¡Es como un grano en los huevos! Carajo. Me lavaron el puto cerebro, dime que al menos me consta que todavía soy la primera puta polla de la humanidad" Inhaló, profundo, en silencio y lentamente fue exhalando en lo que, observando el paisaje, pasó a observar su reflejo en el cristal. Otro reflejo, aunque en realidad no estaba, cerniendose sobre ella desde su espalda; Adán que se le había acercado. "No pensarás dejar que me quede como un retrasado ¿Verdad? Ya me dejaste atrás una vez" Apretó los labios. Ni una sola lágrima había salido de sus ojos a pesar de que antes de habían acumulado en ellos, sus manos cerrandose fuertemente en puños a sus lados mientras su mirada no se apartaba del reflejo de Adán. — No, señor. Voy a recuperarlo y lo llevaré a su antigua gloria — "¿Y qué hay de las escorias? ¿De los traidores? ¿De todos los que se cagaron en mi casi puta muerte?" — Pagarán. Todos lo harán... Acabaré hasta con el último de esos demonios. Limpiaré la podredumbre del infierno y abriré los ojos de todos en el cielo o los haré caer al abismo. Así deba hacerlo sola — Juro con su mirada oscurecida en lo que, son un gruñido de furia de tan solo pensar en todos ellos, en la forma en la que los ángeles ignoraban deliberadamente para su comodidad los cambios en la personalidad de Adán, daba un nuevo puñetazo al vidrio de su ventana hasta quebrarlo, agrietarlo, al ounto de que tal vez hasta una pequeña brisa podría hacerlo estallar.
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  • — ¿No creen que los Samurais son bastante geniales?~.... Yo si lo creo. Weehejej!~ ♪—

    El chico de cabello azul flamenante suelta una suave risa.
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  • El cuartel de Devil May Cry estaba envuelto en una calma extraña, casi sospechosa.

    En el sofá, con las piernas cruzadas y una caja de pizza apoyada sobre varios pergaminos demoníacos antiguos, estaba Dante… chaqueta roja abierta, botas sobre la mesa, cabello desordenado y mirada afilada, aunque en ese momento estaba más concentrada en no manchar los textos arcanos con grasa.

    —Mmh…

    murmuró mientras mordía una rebanada de pizza

    —. Pepperoni. Clásico infernal.

    Con la otra mano sostenía un pergamino cubierto de símbolos demoníacos que brillaban tenuemente.

    —“El Devoraalmas puede poseer cuerpos vacíos si el ritual se ejecuta bajo una luna sangrante…”

    leyó en voz baja

    —. Wow. Qué intenso. Ni yo cuando no me han dado de comer.

    Una gota de queso cayó peligrosamente sobre un sello de invocación.

    —¡Ey, no!

    la limpió rápido con una servilleta

    —. Esto vale más que la pizza… bueno… casi.

    Dante siguió leyendo, sorprendentemente enfocada.

    —“…los demonios abisales reaccionan a frecuencias sonoras específicas.”

    alzó una ceja

    —. ¿Entonces si les pongo heavy metal los puedo desintegrar? Huh. Lo anoto.

    Escribió con letra ordenada en una hoja llena de notas tácticas, a pesar de estar rodeada de cajas de pizza, libros malditos y migas.

    —Si combino este sello con un círculo de sangre…

    murmuró pensativa

    —. Podría atrapar a un archidemonio sin que destruya la ciudad…

    Miró su pizza.

    —…pero también podría pedirme otra de cuatro quesos.

    Se recostó en el sofá con un suspiro dramático.

    —Ser una cazademonios genial es duro, ¿sabes?

    Le dio otro mordisco a la pizza y siguió estudiando magia prohibida como si fuera lo más normal del mundo.
    El cuartel de Devil May Cry estaba envuelto en una calma extraña, casi sospechosa. En el sofá, con las piernas cruzadas y una caja de pizza apoyada sobre varios pergaminos demoníacos antiguos, estaba Dante… chaqueta roja abierta, botas sobre la mesa, cabello desordenado y mirada afilada, aunque en ese momento estaba más concentrada en no manchar los textos arcanos con grasa. —Mmh… murmuró mientras mordía una rebanada de pizza —. Pepperoni. Clásico infernal. Con la otra mano sostenía un pergamino cubierto de símbolos demoníacos que brillaban tenuemente. —“El Devoraalmas puede poseer cuerpos vacíos si el ritual se ejecuta bajo una luna sangrante…” leyó en voz baja —. Wow. Qué intenso. Ni yo cuando no me han dado de comer. Una gota de queso cayó peligrosamente sobre un sello de invocación. —¡Ey, no! la limpió rápido con una servilleta —. Esto vale más que la pizza… bueno… casi. Dante siguió leyendo, sorprendentemente enfocada. —“…los demonios abisales reaccionan a frecuencias sonoras específicas.” alzó una ceja —. ¿Entonces si les pongo heavy metal los puedo desintegrar? Huh. Lo anoto. Escribió con letra ordenada en una hoja llena de notas tácticas, a pesar de estar rodeada de cajas de pizza, libros malditos y migas. —Si combino este sello con un círculo de sangre… murmuró pensativa —. Podría atrapar a un archidemonio sin que destruya la ciudad… Miró su pizza. —…pero también podría pedirme otra de cuatro quesos. Se recostó en el sofá con un suspiro dramático. —Ser una cazademonios genial es duro, ¿sabes? Le dio otro mordisco a la pizza y siguió estudiando magia prohibida como si fuera lo más normal del mundo.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    — El aire en el desfiladero de cristal se volvió gélido de repente. Las aves de sombra, que suelen ser presagios de eventos inusuales, comenzaron a arremolinarse en un frenesí de plumas oscuras que nublaron el sol por un instante. Antes de que pudieras reaccionar, el sonido del agua rompiéndose bajo un impacto preciso resonó contra las paredes de piedra, enviando una fina cortina de rocío hacia ti.
    ​Allí estaba ella.

    ​Yixuan no parecía haber caído del cielo, sino más bien haberlo reclamado. Sus tacones se posaron sobre la superficie del agua con la ligereza de una pluma, pero con la firmeza de quien domina el terreno. Su cuerpo se mantenía en una pose imposible: el torso inclinado hacia adelante, casi paralelo al agua, desafiando la gravedad mientras su larga cabellera plateada flotaba a su alrededor como si estuviera sumergida en una corriente invisible.
    ​Con una sonrisa ladeada y una mirada dorada que parecía leer tus pensamientos más profundos, levantó dos dedos en un gesto despreocupado de victoria.

    ​— "Llegas tarde a la función" —dijo con una voz suave pero que vibraba con un poder latente—. Pero no te preocupes, el plato principal acaba de aterrizar. ¿Empezamos, o vas a seguir admirando el paisaje?—

    ​Sin esperar respuesta, su expresión se tornó más profunda, y el aura a su alrededor se expandió, haciendo que las aves de sombra se detuvieran en seco en el aire.

    ​— Pero donde están mis modales...—continuó, y la elegancia de su postura se volvió letal—. Ante ti no solo tienes a una viajera. Soy la Maestra del Hilo de Plata y el Vacío, guardiana de las corrientes que fluyen entre lo que ves y lo que temes. En este desfiladero, yo soy la directora de la orquesta y la coreógrafa del caos. Y hoy, he decidido que serás mi coprotagonista.—

    ​Dio un pequeño giro sobre su tacón, y el agua bajo sus pies comenzó a brillar con un fulgor mercurial.

    ​— Dime... ¿estás preparado para una lección de la Maestra Yixuan, o el miedo ya ha cortado tus cuerdas?
    — El aire en el desfiladero de cristal se volvió gélido de repente. Las aves de sombra, que suelen ser presagios de eventos inusuales, comenzaron a arremolinarse en un frenesí de plumas oscuras que nublaron el sol por un instante. Antes de que pudieras reaccionar, el sonido del agua rompiéndose bajo un impacto preciso resonó contra las paredes de piedra, enviando una fina cortina de rocío hacia ti. ​Allí estaba ella. ​Yixuan no parecía haber caído del cielo, sino más bien haberlo reclamado. Sus tacones se posaron sobre la superficie del agua con la ligereza de una pluma, pero con la firmeza de quien domina el terreno. Su cuerpo se mantenía en una pose imposible: el torso inclinado hacia adelante, casi paralelo al agua, desafiando la gravedad mientras su larga cabellera plateada flotaba a su alrededor como si estuviera sumergida en una corriente invisible. ​Con una sonrisa ladeada y una mirada dorada que parecía leer tus pensamientos más profundos, levantó dos dedos en un gesto despreocupado de victoria. ​— "Llegas tarde a la función" —dijo con una voz suave pero que vibraba con un poder latente—. Pero no te preocupes, el plato principal acaba de aterrizar. ¿Empezamos, o vas a seguir admirando el paisaje?— ​Sin esperar respuesta, su expresión se tornó más profunda, y el aura a su alrededor se expandió, haciendo que las aves de sombra se detuvieran en seco en el aire. ​— Pero donde están mis modales...—continuó, y la elegancia de su postura se volvió letal—. Ante ti no solo tienes a una viajera. Soy la Maestra del Hilo de Plata y el Vacío, guardiana de las corrientes que fluyen entre lo que ves y lo que temes. En este desfiladero, yo soy la directora de la orquesta y la coreógrafa del caos. Y hoy, he decidido que serás mi coprotagonista.— ​Dio un pequeño giro sobre su tacón, y el agua bajo sus pies comenzó a brillar con un fulgor mercurial. ​— Dime... ¿estás preparado para una lección de la Maestra Yixuan, o el miedo ya ha cortado tus cuerdas?
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  • —A decir verdad, eres espantosamente lindo~

    Riendo mientras jugaba con el pequeño minino, se quedó en su escritorio, intentando tomarlo en brazos para dejarlo en una repisa, aunque terminó soltando la carcajada al verlo cual fideo colgando de sus manos.

    —Definitivamente no eres normal~
    —A decir verdad, eres espantosamente lindo~ Riendo mientras jugaba con el pequeño minino, se quedó en su escritorio, intentando tomarlo en brazos para dejarlo en una repisa, aunque terminó soltando la carcajada al verlo cual fideo colgando de sus manos. —Definitivamente no eres normal~
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  • Eres un moralista sincero, con tu lindo dedo me dibujas.
    Soy un puro terrorista, tus pensamientos están brotando como una revolución.

    Unido por el amor eres un especialista, usabas tus largas uñas en mí.
    Un amante egoísta, quiero forcejear hasta llegar dentro de ti ~ ♥
    Eres un moralista sincero, con tu lindo dedo me dibujas. Soy un puro terrorista, tus pensamientos están brotando como una revolución. Unido por el amor eres un especialista, usabas tus largas uñas en mí. Un amante egoísta, quiero forcejear hasta llegar dentro de ti ~ ♥
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  • Mí reinicio es única ey explícitamente para mí señor Samael, el dueño de mi cuerpo y mente.
    Mi vida le pertenece al sabio y poderoso portador de la luz. Mi señor Samael ~
    Mí reinicio es única ey explícitamente para mí señor Samael, el dueño de mi cuerpo y mente. Mi vida le pertenece al sabio y poderoso portador de la luz. Mi señor Samael ~
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  • Su mirada fija en su muñeca dorada, ortopédica, fijando su atención en una decoración que hasta hacía no mucho había portado pero que ahora misteriosamente había desaparecido; la aureola de Adán. Estaba segura, recordaba perfectamente, cómo aquel día que lo dió por muerto había tomado aquel halo de su cabeza antes de dar la orden de retirada al resto de exterminadoras. Un halo que hasta entonces había adornado su muñeca como un recordatorio constante de su ausencia en el que había buscado consuelo incontables veces al tocarlo cuando su corazón dolía demasiado.

    ¿Adán tendría razón? ¿Sería acaso que todo había sido una pesadilla? Sin embargo, allí estaba la prueba de la batalla en su brazo faltante. La pelea que había tenido lugar en el hotel de la princesita infernal y que le había arrancado una extremidad a manos de su patética novia.
    Además, estaba su pesar que era tan real como la vida misma pues jamás podría olvidar el momento cuando, sosteniéndolo en brazos, Adán se desvaneció frente a ella tan solo sonriéndole una última vez antes de cerrar sus ojos. Había visto su sangre dorada y se había manchado con ella. Sera también había admitido su muerte tras poner al inútil de su hijo en su lugar... Uno que parecía haber invocado. Pues, sin ver el camino por el que iba, acabó por chocar contra alguien, levantando la mirada con ceño fruncido.

    — Ugh... —

    Fue lo primero que soltó, su rostro denotando irritación al ver que, precisamente, se trataba de 𝑨𝒃𝒆𝒍 𝑨𝒅𝒂𝒏𝒔 𝑺𝒆𝒄𝒐𝒏𝒅 𝑺𝒐𝒏 , a su lado, un desconocido que no reconoció (Maximilian ).
    Lo único que impidió que se cruzara de brazos con espada erguida era que, en su única mano buena, aún llevaba su espada. Así que, limitándose a chasquear la lengua continuó su camino no sin antes golpearlo con el hombro de forma deliberada.

    — No molestes, inútil —

    Siseó por lo bajo al pasar por su lado, por supuesto, ignorando de forma adrede al otro ángel que no reconoció
    Su mirada fija en su muñeca dorada, ortopédica, fijando su atención en una decoración que hasta hacía no mucho había portado pero que ahora misteriosamente había desaparecido; la aureola de Adán. Estaba segura, recordaba perfectamente, cómo aquel día que lo dió por muerto había tomado aquel halo de su cabeza antes de dar la orden de retirada al resto de exterminadoras. Un halo que hasta entonces había adornado su muñeca como un recordatorio constante de su ausencia en el que había buscado consuelo incontables veces al tocarlo cuando su corazón dolía demasiado. ¿Adán tendría razón? ¿Sería acaso que todo había sido una pesadilla? Sin embargo, allí estaba la prueba de la batalla en su brazo faltante. La pelea que había tenido lugar en el hotel de la princesita infernal y que le había arrancado una extremidad a manos de su patética novia. Además, estaba su pesar que era tan real como la vida misma pues jamás podría olvidar el momento cuando, sosteniéndolo en brazos, Adán se desvaneció frente a ella tan solo sonriéndole una última vez antes de cerrar sus ojos. Había visto su sangre dorada y se había manchado con ella. Sera también había admitido su muerte tras poner al inútil de su hijo en su lugar... Uno que parecía haber invocado. Pues, sin ver el camino por el que iba, acabó por chocar contra alguien, levantando la mirada con ceño fruncido. — Ugh... — Fue lo primero que soltó, su rostro denotando irritación al ver que, precisamente, se trataba de [Adans_Least_Favorite_Son], a su lado, un desconocido que no reconoció ([Maxi8]). Lo único que impidió que se cruzara de brazos con espada erguida era que, en su única mano buena, aún llevaba su espada. Así que, limitándose a chasquear la lengua continuó su camino no sin antes golpearlo con el hombro de forma deliberada. — No molestes, inútil — Siseó por lo bajo al pasar por su lado, por supuesto, ignorando de forma adrede al otro ángel que no reconoció
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  • ────Cuidado, Gorgona. Si sigues golpeando de esa forma tan bruta, terminarás partiendo la forja en dos –le advertí a Ferrus.

    Ella resopló. No levantó la vista para mirarme, y contrario a lo que le dije, comenzó a golpear el metal con más fuerza de la necesaria. La base sólida sobre la que trabajábamos fue sabia y supo absorber sus brutales impactos. Poco refinados, como era su costumbre. Me irritaba cuando hacía eso.

    ────El metal no necesita halagos –gruñó absorta en su labor–. Necesita disciplina. Aguantar.

    ────Claro que sí –respondí, ladeando la cabeza. A diferencia suya, cada impacto de mi martillo sobre el bloque era preciso, exacto. Tomé el metal con las pinzas, me calentó el rostro al alzarlo frente a mí–. El metal de este no solo será certero en combate, despertará admiración en cualquiera que vea quién lo está portando.

    ────Un arma no es un accesorio de belleza. –replicó. Hizo un ademán despectivo, ceñuda, como si hubiera desafiado cualquier lógica existente. Por fin me miraba–Además, ¿qué es esa cosa?

    Abrí los ojos, exageradamente ofendida.

    ────Que comentario tan cruel. «Esa cosa», como tú lo llamas, no solo será hermoso, será devastador con quién se interponga en su camino en la Gran Cruzada.

    Ferrus negó con la cabeza y retomó su trabajo. Jamás se lo dije, pero era adorable cuando lograba sacarla de sus casillas. Su ceja espesa dramatizaba sus gestos, el color le trepaba por el cuello y un brote de manchas rojas le salpicaba el rostro severo. Parecía una fresa fresca salida de los jardines de Iax. Solo que si yo le hincaba el diente, lo que explotaría no sería precisamente un sabor que se quedaría impreso en mi boca.

    ────Si se rompe en batalla, no vengas llorando.

    ────Si se rompe –sonreí–, será porque la galaxia no estaba preparada para él. Y tú sabes bien que, para cualquier cosa que pase en mis manos, eso es... imposible.

    Fui infantil en ese instante y le sacudí de lado a lado el bloque incandescente junto a ella. Solo con Ferrus me permitía bromear de esa forma. El metal emitió un leve zumbido. Casi un ronroneo de un felino peludo.

    ────¿Ves? Le agradas. Pero... –hice una pausa y miré el bloque como si fuera mi mayor confidente– yo te agrado más, ¿verdad?

    ────Cersei, estoy a punto de arrojar a tu amiguito a la lava, como sigas así.

    ────Una amenaza vacía. No lo admites, pero puedes observar la calidad y la perfección con la que esta arma se está forjando. Te conozco, Ferrus, y sé que nunca dejarías salir de tu forja una pieza tan bien trabajada sin terminar.

    Su columna permaneció quieta por un momento. La siguiente sucesión de golpes sobre el yunque confirmó mis sospechas. Ella nunca permitiría que se corriera la voz de que un trabajo mal hecho había salido del calor de su forja.

    ────Haces demasiadas bromas –gruñó. Más golpes brutales se precipitaron sobre el metal, este se desplegó como un pergamino antiguo sobre nuestro espacio de trabajo. Lo que estaba creando sería una espada–. Hablas mucho y trabajas tan poco.

    Le sonreí, dejé mis herramientas a un lado y me senté en el borde del área de trabajo. El sudor me resbalaba por la piel como una película líquida de la que quería deshacerme con el vapor de una ducha caliente.

    ────Porque eres aburrida hasta la muerte.

    ────Idiota.

    ────Una idiota perfecta –la corregí–. Y tú una herrera cabeza dura... con gran talento.

    Levanté una ceja cuando me observó de reojo. Yo no exageraba; no era un elogio dicho a la ligera, jamás lo eran. Ferrus era una herrera excepcional, nadie superaba su destreza en el arte de la forja. Ningunas manos podrían igualarla, ni replicar nada de lo que ella era capaz de hacer. Y aún así allí estaba yo, aceptando aquel desafío, apunto de descubrir quién de las dos sería capaz de crear el arma perfecta. La respetaba.

    Entonces la vi. Justo debajo de su mejilla, se dibujó una sonrisa. La primera en aquellas interminables horas. No recuerdo cuánto tiempo pasamos dentro de esa forja, trabajando hombro con hombro, rodeadas por el incesante golpear de los martillos, intercambiando insultos y bromas sanas que nos lanzábamos mutuamente. El metal siseó al enfriarse, hasta que su brillo se apagó.

    Esos largos días dieron dos frutos. Yo forjé un martillo de guerra, recio y de peso formidable. En la cabeza tenía esculpida una gloriosa águila, su pico se alzaba amenazante, marcando el punto de impacto, capaz de someter a una montaña. Lo llamé Rompeforjas.

    Ferrus, en cambio, fabricó una espada dorada que ardía permanentemente, conteniendo en su hoja afilada el calor de la forja. Su nombre era Filo de Fuego.

    Me quedé sin palabras al observar su creación en sus manos. Filo de Fuego era imponente, pensé en las tantas formas con las que se podría bailar con ella en el campo de batalla; perforando el acero y cauterizando heridas al mismo tiempo que las trazaba sobre la piel. Bajé a Rompeforjas y mi frente ante la Gorgona. Admití mi derrota, su espada era mejor que mi martillo.

    Y para mi sorpresa, ella hizo exactamente mismo.

    Intercambiamos nuestras armas; yo me quedé con la espada, y ella con el martillo. La forja no solo moldeó a nuestras creaciones, también una amistad que creíamos eterna. Hasta que el destino la puso a prueba de la peor forma posible.

    Y... esa fue toda la historia. ¿Quieres más vino de la victoria? Yo sí. Aún conserva ese sabor añejado que Eidolon le dio al barril. Sería una descortesía desperdiciarlo. Mi garganta está seca.
    ────Cuidado, Gorgona. Si sigues golpeando de esa forma tan bruta, terminarás partiendo la forja en dos –le advertí a Ferrus. Ella resopló. No levantó la vista para mirarme, y contrario a lo que le dije, comenzó a golpear el metal con más fuerza de la necesaria. La base sólida sobre la que trabajábamos fue sabia y supo absorber sus brutales impactos. Poco refinados, como era su costumbre. Me irritaba cuando hacía eso. ────El metal no necesita halagos –gruñó absorta en su labor–. Necesita disciplina. Aguantar. ────Claro que sí –respondí, ladeando la cabeza. A diferencia suya, cada impacto de mi martillo sobre el bloque era preciso, exacto. Tomé el metal con las pinzas, me calentó el rostro al alzarlo frente a mí–. El metal de este no solo será certero en combate, despertará admiración en cualquiera que vea quién lo está portando. ────Un arma no es un accesorio de belleza. –replicó. Hizo un ademán despectivo, ceñuda, como si hubiera desafiado cualquier lógica existente. Por fin me miraba–Además, ¿qué es esa cosa? Abrí los ojos, exageradamente ofendida. ────Que comentario tan cruel. «Esa cosa», como tú lo llamas, no solo será hermoso, será devastador con quién se interponga en su camino en la Gran Cruzada. Ferrus negó con la cabeza y retomó su trabajo. Jamás se lo dije, pero era adorable cuando lograba sacarla de sus casillas. Su ceja espesa dramatizaba sus gestos, el color le trepaba por el cuello y un brote de manchas rojas le salpicaba el rostro severo. Parecía una fresa fresca salida de los jardines de Iax. Solo que si yo le hincaba el diente, lo que explotaría no sería precisamente un sabor que se quedaría impreso en mi boca. ────Si se rompe en batalla, no vengas llorando. ────Si se rompe –sonreí–, será porque la galaxia no estaba preparada para él. Y tú sabes bien que, para cualquier cosa que pase en mis manos, eso es... imposible. Fui infantil en ese instante y le sacudí de lado a lado el bloque incandescente junto a ella. Solo con Ferrus me permitía bromear de esa forma. El metal emitió un leve zumbido. Casi un ronroneo de un felino peludo. ────¿Ves? Le agradas. Pero... –hice una pausa y miré el bloque como si fuera mi mayor confidente– yo te agrado más, ¿verdad? ────Cersei, estoy a punto de arrojar a tu amiguito a la lava, como sigas así. ────Una amenaza vacía. No lo admites, pero puedes observar la calidad y la perfección con la que esta arma se está forjando. Te conozco, Ferrus, y sé que nunca dejarías salir de tu forja una pieza tan bien trabajada sin terminar. Su columna permaneció quieta por un momento. La siguiente sucesión de golpes sobre el yunque confirmó mis sospechas. Ella nunca permitiría que se corriera la voz de que un trabajo mal hecho había salido del calor de su forja. ────Haces demasiadas bromas –gruñó. Más golpes brutales se precipitaron sobre el metal, este se desplegó como un pergamino antiguo sobre nuestro espacio de trabajo. Lo que estaba creando sería una espada–. Hablas mucho y trabajas tan poco. Le sonreí, dejé mis herramientas a un lado y me senté en el borde del área de trabajo. El sudor me resbalaba por la piel como una película líquida de la que quería deshacerme con el vapor de una ducha caliente. ────Porque eres aburrida hasta la muerte. ────Idiota. ────Una idiota perfecta –la corregí–. Y tú una herrera cabeza dura... con gran talento. Levanté una ceja cuando me observó de reojo. Yo no exageraba; no era un elogio dicho a la ligera, jamás lo eran. Ferrus era una herrera excepcional, nadie superaba su destreza en el arte de la forja. Ningunas manos podrían igualarla, ni replicar nada de lo que ella era capaz de hacer. Y aún así allí estaba yo, aceptando aquel desafío, apunto de descubrir quién de las dos sería capaz de crear el arma perfecta. La respetaba. Entonces la vi. Justo debajo de su mejilla, se dibujó una sonrisa. La primera en aquellas interminables horas. No recuerdo cuánto tiempo pasamos dentro de esa forja, trabajando hombro con hombro, rodeadas por el incesante golpear de los martillos, intercambiando insultos y bromas sanas que nos lanzábamos mutuamente. El metal siseó al enfriarse, hasta que su brillo se apagó. Esos largos días dieron dos frutos. Yo forjé un martillo de guerra, recio y de peso formidable. En la cabeza tenía esculpida una gloriosa águila, su pico se alzaba amenazante, marcando el punto de impacto, capaz de someter a una montaña. Lo llamé Rompeforjas. Ferrus, en cambio, fabricó una espada dorada que ardía permanentemente, conteniendo en su hoja afilada el calor de la forja. Su nombre era Filo de Fuego. Me quedé sin palabras al observar su creación en sus manos. Filo de Fuego era imponente, pensé en las tantas formas con las que se podría bailar con ella en el campo de batalla; perforando el acero y cauterizando heridas al mismo tiempo que las trazaba sobre la piel. Bajé a Rompeforjas y mi frente ante la Gorgona. Admití mi derrota, su espada era mejor que mi martillo. Y para mi sorpresa, ella hizo exactamente mismo. Intercambiamos nuestras armas; yo me quedé con la espada, y ella con el martillo. La forja no solo moldeó a nuestras creaciones, también una amistad que creíamos eterna. Hasta que el destino la puso a prueba de la peor forma posible. Y... esa fue toda la historia. ¿Quieres más vino de la victoria? Yo sí. Aún conserva ese sabor añejado que Eidolon le dio al barril. Sería una descortesía desperdiciarlo. Mi garganta está seca.
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