• Mirelle se recostó sobre la cubierta del yate, dejando que la brisa jugara con su cabello largo y dorado. Sus ojos se posaron en la última casa que había diseñado, su obra más reciente: un refugio que combinaba líneas limpias, materiales naturales y elegancia intemporal. Cada detalle, cada textura, cada sombra estaba exactamente donde ella había imaginado.

    Un leve suspiro escapó de sus labios mientras sonreía para sí misma. No necesitaba aplausos ni reconocimiento ajeno; el placer de ver cómo la visión se convertía en realidad era suficiente.

    El lago reflejaba la construcción, y en él se dibujaba la perfección de su trabajo. Orgullosa, dejó que el silencio la envolviera, consciente de que había creado algo más que un espacio: había plasmado su esencia.

    —Perfecto —susurró con satisfacción, sin apartar la mirada de su creación—. Tal como lo imaginé.

    El mundo exterior podía esperar; por un momento, todo era suyo.
    Mirelle se recostó sobre la cubierta del yate, dejando que la brisa jugara con su cabello largo y dorado. Sus ojos se posaron en la última casa que había diseñado, su obra más reciente: un refugio que combinaba líneas limpias, materiales naturales y elegancia intemporal. Cada detalle, cada textura, cada sombra estaba exactamente donde ella había imaginado. Un leve suspiro escapó de sus labios mientras sonreía para sí misma. No necesitaba aplausos ni reconocimiento ajeno; el placer de ver cómo la visión se convertía en realidad era suficiente. El lago reflejaba la construcción, y en él se dibujaba la perfección de su trabajo. Orgullosa, dejó que el silencio la envolviera, consciente de que había creado algo más que un espacio: había plasmado su esencia. —Perfecto —susurró con satisfacción, sin apartar la mirada de su creación—. Tal como lo imaginé. El mundo exterior podía esperar; por un momento, todo era suyo.
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  • ˖ ݁𖥔. ݁ . 𝑬𝒍 𝑫𝒊𝒂𝒓𝒊𝒐 𝒅𝒆 𝑺𝒄𝒂𝒓𝒍𝒆𝒕𝒕 . ݁.𖥔 ݁ ˖
    
𝑪𝒂𝒑í𝒕𝒖𝒍𝒐 𝑰𝑽: 𝑪𝒐𝒏𝒕𝒓𝒂𝒕𝒐 𝒆𝒏 𝑹𝒖𝒃í

    Querido diario…

    La mañana después de mi llegada al burdel no olía a pecado.

    Olía a café oscuro.

    A madera pulida.
A decisiones.
    Mirena Blackwood no me observaba como mercancía.
Me observaba como inversión.
    Yo ya había visto esa mirada antes, en salones cubiertos de oro y promesas firmadas con anillos.
En contratos disfrazados de matrimonio.
La diferencia era que aquí nadie fingía pureza.
    evaluaba mi postura o mis manos…
    Me hizo una sola pregunta.

    —¿Quién eres?

    No fue curiosidad.
Fue diagnóstico.
    Y por alguna razón que todavía no entiendo… respondí.

    Le hablé de la corona italiana que nunca se nombraba en voz alta, pero que marcaba cada cena.
De la Mansión Moretti.
Del compromiso arreglado con Nikolai Romanov.
Del anillo que pesaba más que el oro porque no era promesa… era sentencia.
    Le conté que huí.
Que rompí el espejo la noche en que entendí que mi reflejo ya no me pertenecía.
Que prefería el escándalo al encierro elegante.
    No omití nada.
    Y mientras hablaba, no me interrumpió.
    Cuando terminé, el silencio no fue incómodo.
Fue evaluador.
    Entonces sí lo dijo.

    —Eres hermosa —murmuró sin dulzura—
Y la belleza sin inteligencia es carne fresca para lobos.

    No bajé la mirada.
    Ya no.
    —No soy un cordero.

    Fue en ese momento cuando algo cambió.
    No vio una víctima.
No vio una fugitiva.
Vio a alguien que había tenido el mundo a sus pies… y aun así eligió incendiarlo.
    Me explicó cómo funcionaba su mundo.
Las chicas no eran obligadas.
Eran entrenadas.
Educadas.
Pulidas como piedras preciosas antes de tocar la vitrina

    —Aquí no se vende el cuerpo —dijo mientras servía el café—. Se vende ilusión.

    Y la ilusión es más cara.

    Los hombres que cruzaban esas puertas no eran bestias comunes.
Eran políticos.
Empresarios.
Herederos.
Apellidos que no se escribían.
Voces que no se grababan.
    No buscaban placer.
Buscaban silencio.
    Yo aún no entendía todas las reglas.
Pero comenzaba a reconocer el tablero.

    —No te arrojaré a los lobos —continuó—…
    Te enseñaré a sentarte a la mesa con ellos… hasta que olviden que podrían morderte.

    Entonces llegó la verdadera propuesta.
    Aprendería idiomas.
Finanzas.
Arte.
Negociación.
    Aprendería a leer a un hombre antes de que terminara su primera mentira.
    Me sostuvo la mirada como si ya hubiera tomado la decisión.

    —Te convertiré en algo que no puedan comprar por completo —dijo finalmente—
Lo verdaderamente exclusivo no es lo que se posee…
es lo que nunca se termina de alcanzar.

    Ahí entendí lo que había visto en mí.
    No mi historia.
No mi apellido.
    Mi contención.
    Mientras otras chicas aprendían a agradar, yo sabía observar.
Mientras ellas ofrecían, yo retenía.
Mientras suplicaban atención, yo sabía retirarla.
    No reaccionaba.
Medía.
    No buscaba protección.
Evaluaba riesgos.
    Eso no se enseña.
Se sobrevive.
    A cambio, trabajaría para ella.
    No sería exhibida.
Sería insinuada.
    La pausa antes del deseo.
La conversación que vale más que cualquier joya.
La fantasía servida en cristal fino… que nunca se vacía del todo.
    Y oficialmente…
    Sería su protegida.
    Su “hija”.
    La palabra me atravesó el pecho.
    No fue ternura.
Fue estrategia.
    Yo había dejado de ser hija la noche en que rompí el espejo.
Pero entendí lo que significaba en su mundo:
    Lo que se protege…
    se vuelve invaluable.
    —¿Y qué gana usted? —pregunté.
    Mirena llenó dos copas de vino.
El rojo brilló como rubí líquido.
    —Lealtad —respondió—…..
    Y una heredera que entienda que el poder no se implora… se administra.
    No era cariño lo que veía en mí.
Era potencial.

    Scarlett no era frágil.
Estaba sin tallar.

    Deslizó una copa hacia mí.
    —Los diamantes se forman bajo presión —dijo—
Pero el rubí… el rubí nace del fuego.

    Pensé en la corona.
En el anillo.
En la vida exhibida como porcelana.
    Allá mi destino era adornar.
Aquí… podía aprender a dirigir.

    —Acepto.

    No temblé.
    No fue un gesto maternal cuando extendió la mano.
Fue un contrato.
    Chocamos las copas.
    El sonido fue delicado.
Elegante.
Definitivo.

    Contrato en rubí.
    Después del brindis, Mirena se acercó a un pequeño escritorio y tomó una pluma.
—Si vas a renacer —dijo— necesitas un nombre que no tiemble.

    Escribió en un papel grueso, color marfil:
Scarlett Eleonor Moretti
    Mi segundo nombre.
El que mi madre pronunciaba cuando quería recordarme que la debilidad nunca fue una opción.
    Mirena observó el apellido unos segundos.
Luego, con precisión fría, trazó una línea firme sobre él.
    
Scarlett Eleonor Moretti.

    El gesto no fue desprecio.
Fue desafío.
Sentí el peso del silencio entre nosotras.
    Tomé la pluma de su mano.
Y debajo del apellido tachado… lo escribí otra vez.
    Scarlett Eleonor Moretti.
Más firme. Más mío.
    Mirena no sonrió.
Asintió.
—Bien —murmuró—
La sangre no se abandona.
Se domina.

    Entonces extendió la hoja hacia ella nuevamente.
Añadió, con tinta roja profunda, una última palabra al final del nombre

    Scarlett Eleonor Moretti Blackwood.

    El contraste era evidente.
Uno era herencia.
El otro, elección.

    —Moretti es tu origen —dijo con voz serena—
Blackwood será tu escudo.
    Observé el nombre completo.
No sentí ruptura.
Sentí expansión.
No estaba dejando atrás mi linaje.
Estaba sumando poder al mío.
    Me miré en el espejo intacto.

    No sonaba a huida.
Sonaba a advertencia.
Y comprendí algo, querido diario…
    Algunas mujeres nacen con un apellido.
Otras lo construyen.
Yo acababa de decidir portar ambos.

    — Scarlett Eleonor Moretti Blackwood ᢉ𐭩
    ˖ ݁𖥔. ݁ . 𝑬𝒍 𝑫𝒊𝒂𝒓𝒊𝒐 𝒅𝒆 𝑺𝒄𝒂𝒓𝒍𝒆𝒕𝒕 . ݁.𖥔 ݁ ˖ 
𝑪𝒂𝒑í𝒕𝒖𝒍𝒐 𝑰𝑽: 𝑪𝒐𝒏𝒕𝒓𝒂𝒕𝒐 𝒆𝒏 𝑹𝒖𝒃í Querido diario… La mañana después de mi llegada al burdel no olía a pecado.
 Olía a café oscuro.
 A madera pulida.
A decisiones. Mirena Blackwood no me observaba como mercancía.
Me observaba como inversión. Yo ya había visto esa mirada antes, en salones cubiertos de oro y promesas firmadas con anillos.
En contratos disfrazados de matrimonio.
La diferencia era que aquí nadie fingía pureza. evaluaba mi postura o mis manos… Me hizo una sola pregunta. —¿Quién eres? No fue curiosidad.
Fue diagnóstico. Y por alguna razón que todavía no entiendo… respondí. Le hablé de la corona italiana que nunca se nombraba en voz alta, pero que marcaba cada cena.
De la Mansión Moretti.
Del compromiso arreglado con Nikolai Romanov.
Del anillo que pesaba más que el oro porque no era promesa… era sentencia. Le conté que huí.
Que rompí el espejo la noche en que entendí que mi reflejo ya no me pertenecía.
Que prefería el escándalo al encierro elegante. No omití nada. Y mientras hablaba, no me interrumpió. Cuando terminé, el silencio no fue incómodo.
Fue evaluador. Entonces sí lo dijo. —Eres hermosa —murmuró sin dulzura—
Y la belleza sin inteligencia es carne fresca para lobos. No bajé la mirada. Ya no. —No soy un cordero. Fue en ese momento cuando algo cambió. No vio una víctima.
No vio una fugitiva.
Vio a alguien que había tenido el mundo a sus pies… y aun así eligió incendiarlo. Me explicó cómo funcionaba su mundo.
Las chicas no eran obligadas.
Eran entrenadas.
Educadas.
Pulidas como piedras preciosas antes de tocar la vitrina —Aquí no se vende el cuerpo —dijo mientras servía el café—. Se vende ilusión. Y la ilusión es más cara. Los hombres que cruzaban esas puertas no eran bestias comunes.
Eran políticos.
Empresarios.
Herederos.
Apellidos que no se escribían.
Voces que no se grababan. No buscaban placer.
Buscaban silencio. Yo aún no entendía todas las reglas.
Pero comenzaba a reconocer el tablero. —No te arrojaré a los lobos —continuó—… Te enseñaré a sentarte a la mesa con ellos… hasta que olviden que podrían morderte. Entonces llegó la verdadera propuesta. Aprendería idiomas.
Finanzas.
Arte.
Negociación. Aprendería a leer a un hombre antes de que terminara su primera mentira. Me sostuvo la mirada como si ya hubiera tomado la decisión. —Te convertiré en algo que no puedan comprar por completo —dijo finalmente—
Lo verdaderamente exclusivo no es lo que se posee…
es lo que nunca se termina de alcanzar. Ahí entendí lo que había visto en mí. No mi historia.
No mi apellido. Mi contención. Mientras otras chicas aprendían a agradar, yo sabía observar.
Mientras ellas ofrecían, yo retenía.
Mientras suplicaban atención, yo sabía retirarla. No reaccionaba.
Medía. No buscaba protección.
Evaluaba riesgos. Eso no se enseña.
Se sobrevive. A cambio, trabajaría para ella. No sería exhibida.
Sería insinuada. La pausa antes del deseo.
La conversación que vale más que cualquier joya.
La fantasía servida en cristal fino… que nunca se vacía del todo. Y oficialmente… Sería su protegida. Su “hija”. La palabra me atravesó el pecho. No fue ternura.
Fue estrategia. Yo había dejado de ser hija la noche en que rompí el espejo.
Pero entendí lo que significaba en su mundo: Lo que se protege… se vuelve invaluable. —¿Y qué gana usted? —pregunté. Mirena llenó dos copas de vino.
El rojo brilló como rubí líquido. —Lealtad —respondió—….. Y una heredera que entienda que el poder no se implora… se administra. No era cariño lo que veía en mí.
Era potencial. Scarlett no era frágil.
Estaba sin tallar. Deslizó una copa hacia mí. —Los diamantes se forman bajo presión —dijo—
Pero el rubí… el rubí nace del fuego. Pensé en la corona.
En el anillo.
En la vida exhibida como porcelana. Allá mi destino era adornar.
Aquí… podía aprender a dirigir. —Acepto. No temblé. No fue un gesto maternal cuando extendió la mano.
Fue un contrato. Chocamos las copas. El sonido fue delicado.
Elegante.
Definitivo. Contrato en rubí. Después del brindis, Mirena se acercó a un pequeño escritorio y tomó una pluma.
—Si vas a renacer —dijo— necesitas un nombre que no tiemble. Escribió en un papel grueso, color marfil:
Scarlett Eleonor Moretti Mi segundo nombre.
El que mi madre pronunciaba cuando quería recordarme que la debilidad nunca fue una opción. Mirena observó el apellido unos segundos.
Luego, con precisión fría, trazó una línea firme sobre él. 
Scarlett Eleonor Moretti. El gesto no fue desprecio.
Fue desafío.
Sentí el peso del silencio entre nosotras. Tomé la pluma de su mano.
Y debajo del apellido tachado… lo escribí otra vez. Scarlett Eleonor Moretti.
Más firme. Más mío. Mirena no sonrió.
Asintió.
—Bien —murmuró—
La sangre no se abandona.
Se domina. Entonces extendió la hoja hacia ella nuevamente.
Añadió, con tinta roja profunda, una última palabra al final del nombre Scarlett Eleonor Moretti Blackwood. El contraste era evidente.
Uno era herencia.
El otro, elección. —Moretti es tu origen —dijo con voz serena—
Blackwood será tu escudo. Observé el nombre completo.
No sentí ruptura.
Sentí expansión.
No estaba dejando atrás mi linaje.
Estaba sumando poder al mío. Me miré en el espejo intacto. No sonaba a huida.
Sonaba a advertencia.
Y comprendí algo, querido diario… Algunas mujeres nacen con un apellido.
Otras lo construyen.
Yo acababa de decidir portar ambos. — Scarlett Eleonor Moretti Blackwood ᢉ𐭩
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  • El estudio estaba silencioso, el suelo de madera brillando tenuemente con la luz de la mañana. Scarlett se acercó al espejo, los dedos rozando suavemente su cabello oscuro. Antes de que las alumnas llegaran, había un ritual que no podía saltarse: el recogido.

    Con movimientos precisos, empezó a separar mechón por mechón, alisando la textura con un cuidado casi obsesivo. Cada hebra debía estar en su lugar; cada línea de su cuello y nuca debía quedar visible, limpia, impecable.

    Mientras tejía el moño bajo, se permitió recordar. En los tiempos antiguos, las bailarinas recogían el cabello no solo por estética, sino por disciplina y seguridad. Un cabello suelto podía distraer, enredarse con la barra, interferir con la alineación del cuerpo. El recogido era una declaración silenciosa: “Estoy lista, estoy concentrada, respeto mi arte”.

    Scarlett ajustó un último pasador, comprobando el ángulo del moño en el espejo. La perfección no era vanidad; era necesaria. Cada giro, cada plié, cada salto exigía libertad de movimiento. Cada hebra fuera de lugar era una pequeña amenaza al equilibrio y a la armonía del cuerpo.

    El recogido no solo mantenía el cabello en su sitio, sino que recordaba a quien lo llevaba que el ballet no es solo belleza: es disciplina, control y respeto por el propio cuerpo. Un arte que no perdona la negligencia.

    Con el moño asegurado, Scarlett dio un paso atrás y estiró los brazos hacia arriba, dejando que la luz acariciara su silueta. Pronto las alumnas llegarían, pero por ahora, estaba sola con su reflejo y con el ritual que, generación tras generación, había definido a todas las bailarinas antes de comenzar.
    El estudio estaba silencioso, el suelo de madera brillando tenuemente con la luz de la mañana. Scarlett se acercó al espejo, los dedos rozando suavemente su cabello oscuro. Antes de que las alumnas llegaran, había un ritual que no podía saltarse: el recogido. Con movimientos precisos, empezó a separar mechón por mechón, alisando la textura con un cuidado casi obsesivo. Cada hebra debía estar en su lugar; cada línea de su cuello y nuca debía quedar visible, limpia, impecable. Mientras tejía el moño bajo, se permitió recordar. En los tiempos antiguos, las bailarinas recogían el cabello no solo por estética, sino por disciplina y seguridad. Un cabello suelto podía distraer, enredarse con la barra, interferir con la alineación del cuerpo. El recogido era una declaración silenciosa: “Estoy lista, estoy concentrada, respeto mi arte”. Scarlett ajustó un último pasador, comprobando el ángulo del moño en el espejo. La perfección no era vanidad; era necesaria. Cada giro, cada plié, cada salto exigía libertad de movimiento. Cada hebra fuera de lugar era una pequeña amenaza al equilibrio y a la armonía del cuerpo. El recogido no solo mantenía el cabello en su sitio, sino que recordaba a quien lo llevaba que el ballet no es solo belleza: es disciplina, control y respeto por el propio cuerpo. Un arte que no perdona la negligencia. Con el moño asegurado, Scarlett dio un paso atrás y estiró los brazos hacia arriba, dejando que la luz acariciara su silueta. Pronto las alumnas llegarían, pero por ahora, estaba sola con su reflejo y con el ritual que, generación tras generación, había definido a todas las bailarinas antes de comenzar.
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  • -La parca venía concentrada y contenta mirando su bollo nuevo sabor, que la vendedora de la panadería le regaló para que probará, su aroma era de queso con jamón. En eso un paciente que estaba pidiendo que lo atendieran, lanzó un aletazo golpeando la mejilla de la albina haciendo que su bollo se cayera de la bolsa. Los ojos gélidos de la mujer solo vieron como su nuevo desayuno caía al suelo en cámara lenta con tristeza, subió su mirada al hombre que le golpeó y sin decir nada caminó hacia el puesto de informaciones, tomó una tablilla y comenzó a llenar unos datos.
    Los datos eran del sujeto-

    Alan Beck, 45 años, soltero.
    -Y en la parte de motivo de consulta colocó “ Vasectomía voluntaria”. Firmo igual que el paciente, al poder ver los registros podía ver también sus datos personales y copiarlos.
    Puso en observaciones “ Paciente agresivo, colocar anestesia total y sedante antes de la intervención”.
    Y en la autorización del doctor firmó ella, le pasó la tablilla a la enfermera, quien le preguntó si ella haría la intervención a la cual negó que tenía otra operación.
    La enfermera llamó por altavoz al paciente, y este pensando que lo atenderían, se acercó a informaciones. Dos enfermeros grandes llegaron y le colocaron un sedante y lo subieron a la camilla en dirección al pabellón mientras el segundo cirujano iba detrás leyendo la tablilla.
    Los internos miraron aquello y luego a la albina quien se iba nuevamente a la panadería con las manos en los bolsillos a buscar otro bollo mientras silbaba, murmurando que la jefa de cirugía daba miedo-
    -La parca venía concentrada y contenta mirando su bollo nuevo sabor, que la vendedora de la panadería le regaló para que probará, su aroma era de queso con jamón. En eso un paciente que estaba pidiendo que lo atendieran, lanzó un aletazo golpeando la mejilla de la albina haciendo que su bollo se cayera de la bolsa. Los ojos gélidos de la mujer solo vieron como su nuevo desayuno caía al suelo en cámara lenta con tristeza, subió su mirada al hombre que le golpeó y sin decir nada caminó hacia el puesto de informaciones, tomó una tablilla y comenzó a llenar unos datos. Los datos eran del sujeto- Alan Beck, 45 años, soltero. -Y en la parte de motivo de consulta colocó “ Vasectomía voluntaria”. Firmo igual que el paciente, al poder ver los registros podía ver también sus datos personales y copiarlos. Puso en observaciones “ Paciente agresivo, colocar anestesia total y sedante antes de la intervención”. Y en la autorización del doctor firmó ella, le pasó la tablilla a la enfermera, quien le preguntó si ella haría la intervención a la cual negó que tenía otra operación. La enfermera llamó por altavoz al paciente, y este pensando que lo atenderían, se acercó a informaciones. Dos enfermeros grandes llegaron y le colocaron un sedante y lo subieron a la camilla en dirección al pabellón mientras el segundo cirujano iba detrás leyendo la tablilla. Los internos miraron aquello y luego a la albina quien se iba nuevamente a la panadería con las manos en los bolsillos a buscar otro bollo mientras silbaba, murmurando que la jefa de cirugía daba miedo-
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  • RUMORES.
    Fandom N/A
    Categoría Drama
    La lluvia no le molestaba. Le ayudaba a pensar.

    Ren cruzó el patio trasero del Instituto Kurogane con las manos en los bolsillos, la mirada fija al frente. La puerta lateral se cerró a su espalda con un golpe seco. Silencio. Pasos. Agua contra el asfalto. Y ese otro sonido... No era nuevo.

    No necesitó girarse para confirmarlo. El mismo ritmo desde hacía días. La misma distancia prudente. Ni demasiado cerca, ni lo bastante lejos como para perderlo... Persistente.

    Se detuvo bajo la luz blanca de un farol. Contó tres segundos antes de hablar.

    "Si vas a seguir haciéndolo, al menos aprendé a disimular..."

    La voz no fue alta, pero sí firme.

    Escuchó cómo el/ella también se detenía. No había vacilación en sus pasos. Eso le llamó la atención más que cualquier otra cosa.

    Ren giró apenas el rostro. Lo suficiente para verlx Libreta en mano. Credencial colganda del cuello. Mirada fija.

    Periodismo escolar.

    Claro.

    "Qué quieres?" -preguntó sin emoción.-

    (La persona que rolee puede ser alguien del periódico escolar interesada en investigar a Ren, ya sea por rumores, sospechas o simple curiosidad sobre su conducta y posible implicación en asuntos cuestionables dentro del instituto. El enfoque queda abierto: puede buscar una entrevista, una confesión, pruebas o simplemente entender sus motivos.)

    Gracias por leer!//
    La lluvia no le molestaba. Le ayudaba a pensar. Ren cruzó el patio trasero del Instituto Kurogane con las manos en los bolsillos, la mirada fija al frente. La puerta lateral se cerró a su espalda con un golpe seco. Silencio. Pasos. Agua contra el asfalto. Y ese otro sonido... No era nuevo. No necesitó girarse para confirmarlo. El mismo ritmo desde hacía días. La misma distancia prudente. Ni demasiado cerca, ni lo bastante lejos como para perderlo... Persistente. Se detuvo bajo la luz blanca de un farol. Contó tres segundos antes de hablar. "Si vas a seguir haciéndolo, al menos aprendé a disimular..." La voz no fue alta, pero sí firme. Escuchó cómo el/ella también se detenía. No había vacilación en sus pasos. Eso le llamó la atención más que cualquier otra cosa. Ren giró apenas el rostro. Lo suficiente para verlx Libreta en mano. Credencial colganda del cuello. Mirada fija. Periodismo escolar. Claro. "Qué quieres?" -preguntó sin emoción.- (La persona que rolee puede ser alguien del periódico escolar interesada en investigar a Ren, ya sea por rumores, sospechas o simple curiosidad sobre su conducta y posible implicación en asuntos cuestionables dentro del instituto. El enfoque queda abierto: puede buscar una entrevista, una confesión, pruebas o simplemente entender sus motivos.) Gracias por leer!//
    Tipo
    Individual
    Líneas
    2
    Estado
    Disponible
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  • (Los de la pandilla me llamaran en un rato, debo alistarme... aun necesito el dinero para la tarifa de internación de mi hermana.)
    -Pensó mientras se ponía una sudadera que estaba en el armario, se miro al espejo e intento animarse-

    "Ella te necesita."

    -dio unos pasos al costado y se agacho, buscando en su cajón una navaja que posteriormente guardo en el bolsillo de su sudadera.-

    Esto es un dia normal para Ren, si gustan rolear me gustaria que me enviaran msj sin miedo, porque yo si lo tengo JAJSA//
    (Los de la pandilla me llamaran en un rato, debo alistarme... aun necesito el dinero para la tarifa de internación de mi hermana.) -Pensó mientras se ponía una sudadera que estaba en el armario, se miro al espejo e intento animarse- "Ella te necesita." -dio unos pasos al costado y se agacho, buscando en su cajón una navaja que posteriormente guardo en el bolsillo de su sudadera.- Esto es un dia normal para Ren, si gustan rolear me gustaria que me enviaran msj sin miedo, porque yo si lo tengo JAJSA//
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  • Formal?...porque carajos debo usar esto...es totalmente incomodo y mada practico su llegarana atacarme por la espalda seguro que pierdo esa batalla..

    -mencionaba aflojando un poco el cuello de aquel traje que el llamaba incomodo, no tenia idea de porque habia aceptado el ponerselo sin preguntar primero la razon-


    Porque mierda no pregunte primero....a claro...era el dia que estaba sacando filo a mis navajas y limpiando mis armas..
    Formal?...porque carajos debo usar esto...es totalmente incomodo y mada practico su llegarana atacarme por la espalda seguro que pierdo esa batalla.. -mencionaba aflojando un poco el cuello de aquel traje que el llamaba incomodo, no tenia idea de porque habia aceptado el ponerselo sin preguntar primero la razon- Porque mierda no pregunte primero....a claro...era el dia que estaba sacando filo a mis navajas y limpiando mis armas..
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  • ⸻ Errores, vivo con ellos todo el tiempo pero he decidido que debo avanzar con o sin ti, aunque el proceso sea largo.⸻
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  • Se dejó caer hacia atrás en la silla, que crujió bajo su peso. El ventilador del techo giraba lento, apenas removiendo el aire caliente y pegajoso de la noche de febrero.

    ────𝘊𝘢𝘭𝘰𝘳 𝘥𝘦 𝘮𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢. . . 𝘠 𝘵𝘢𝘮𝘣𝘪é𝘯 é𝘴𝘵𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘱𝘰𝘳𝘵𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘥𝘦𝘣𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘳𝘦𝘨𝘢𝘳 𝘮𝘢ñ𝘢𝘯𝘢. ¡𝘜𝘨𝘩! 𝘖𝘫𝘢𝘭á 𝘵𝘦𝘯𝘦𝘳 𝘷𝘢𝘤𝘢𝘤𝘪𝘰𝘯𝘦𝘴. ────

    Murmuró entre dientes, pasándose la mano por la nuca húmeda mientras miraba la pantalla con los ojos entrecerrados.

    El cursor parpadeaba en el documento sin que él tuviera fuerzas para seguir tecleando. El vaso de vino llevaba rato, olvidado al lado del teclado.

    ❝ ────¿𝘊𝘶á𝘯𝘵𝘰 𝘧𝘢𝘭𝘵𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘴𝘦 𝘱𝘰𝘯𝘨𝘢 𝘳𝘦𝘴𝘱𝘪𝘳𝘢𝘣𝘭𝘦? ────❞

    Pensó, soltando un suspiro largo y agotado.
    Se dejó caer hacia atrás en la silla, que crujió bajo su peso. El ventilador del techo giraba lento, apenas removiendo el aire caliente y pegajoso de la noche de febrero. ────𝘊𝘢𝘭𝘰𝘳 𝘥𝘦 𝘮𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢. . . 𝘠 𝘵𝘢𝘮𝘣𝘪é𝘯 é𝘴𝘵𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘱𝘰𝘳𝘵𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘥𝘦𝘣𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘳𝘦𝘨𝘢𝘳 𝘮𝘢ñ𝘢𝘯𝘢. ¡𝘜𝘨𝘩! 𝘖𝘫𝘢𝘭á 𝘵𝘦𝘯𝘦𝘳 𝘷𝘢𝘤𝘢𝘤𝘪𝘰𝘯𝘦𝘴. ──── Murmuró entre dientes, pasándose la mano por la nuca húmeda mientras miraba la pantalla con los ojos entrecerrados. El cursor parpadeaba en el documento sin que él tuviera fuerzas para seguir tecleando. El vaso de vino llevaba rato, olvidado al lado del teclado. ❝ ────¿𝘊𝘶á𝘯𝘵𝘰 𝘧𝘢𝘭𝘵𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘴𝘦 𝘱𝘰𝘯𝘨𝘢 𝘳𝘦𝘴𝘱𝘪𝘳𝘢𝘣𝘭𝘦? ────❞ Pensó, soltando un suspiro largo y agotado.
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  • *El sujeto se observa en el espejo... en silencio tapando sus pensamientos con el humo de aquel cigarro*

    "Ya no puedo seguir con esto..."

    *Arrojo el resto del cigarro al lavamanos provocando que se apague con unas pocas gotas que habia por ahi...Decidió volver a dormir sin mucho exito en el intento*
    *El sujeto se observa en el espejo... en silencio tapando sus pensamientos con el humo de aquel cigarro* "Ya no puedo seguir con esto..." *Arrojo el resto del cigarro al lavamanos provocando que se apague con unas pocas gotas que habia por ahi...Decidió volver a dormir sin mucho exito en el intento*
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