• El Palomar de Afuera
    Fandom Original
    Categoría Fantasía
    El hombre apareció delante de Marta entre una góndola de yerba y una heladera de yogures descremados.
    No hubo trueno.
    No hubo luz sagrada.
    No hubo coro de niños muertos ni perfume a incienso caro.
    Hubo, en cambio, una leve explosión en el aire, como si alguien hubiera chasqueado los dedos manchados de pólvora. Después apareció él: alto, demasiado bien vestido para un supermercado de barrio, con un sobretodo negro lleno de polvo blanco en los hombros y una expresión de haber llegado tarde a una catástrofe que él mismo había organizado.
    Marta lo midió de arriba abajo.
    Después bajó la vista al changuito, como si necesitara confirmar que la yerba, los duraznos y el jabón blanco seguían ahí, haciendo fuerza del lado de la realidad.
    —Depende —dijo, antes de que él abriera la boca—. ¿Me vas a preguntar quién soy porque estás de levante o para ponerlo en una denuncia?
    El hombre sonrió apenas.
    —Las dos cosas pueden coexistir.
    —Ah, mirá qué bien. Un problema que habla como Señorito.
    —Marta.
    Ella se quedó quieta y bajó el mentón para mirarlo por encima de los lentes.
    —Veo que arrancamos con ventaja ajena…
    —Fausto Veyra —dijo él—. Aunque casi todos me dicen Veyra.
    Marta relajó la cara. Una cosa era el peligro y otra la empatía.
    —Ya, te sigo. Cualquier cosa antes que Fausto, ¿no? Pffff… Hasta Veyra supongo, aunque suene a almeja de restaurante caro... Ojo, no te juzgo, eh. A mí también me dieron con un caño.
    —Lo pensé mucho antes de aparecer en tu pasillo de lácteos.
    Marta sueltó el chango para abarcar el espacio con el brazo.
    —Esto no es un pasillo de lácteos. Es una trampa para gente que cree que el yogur con semillas arregla la vida.
    Fausto miró la heladera.
    —Entonces aparecí en el lugar correcto.
    Marta metió un flancito en el chango y le revisó la pinta. Mirarlo a la cara le hizo doler el cuello.
    —Vos no sos de por acá, y tus papás no eran duendecitos. ¿Qué sos? ¿Dios? ¿Vampiro? ¿Un perchero de luto?
    —Propietario.
    —Peor.
    —De una casa.
    —Peor todavía.
    —Una casa que no está siempre en el mismo lugar.
    Lo dijo como si nada. Con sus zapatos negros, los guantes grises, la camisa cerrada hasta el cuello y una cicatriz fina cruzándole la ceja izquierda, no tenía cara de loco de feria de ropa usada. Tenía cara de tipo que sabía dónde estaban enterradas varias cosas y había elegido no contarlo por educación. Eso, en la experiencia de Marta, requería concentración y táctica.
    —Necesito pruebas de tu… casidad mágica, o lo que sea que estés vendiendo.
    Veyra sacó una llave del bolsillo.
    No era grande. No brillaba. No flotaba.
    Era una llave común, chata, de bronce viejo, con un llavero de dado de veinte caras, azul translúcido, gastado en los bordes.
    Marta miró el llavero.
    —Mirá vos. Gótico, pero con recreo.
    —Esto abre cualquier puerta.
    Marta miró la llave.
    —Eso también lo dicen los cerrajeros turbios.
    —Abre cualquier puerta hacia el lugar al que la puerta no debería llevar.
    —Eso también lo dicen los cerrajeros turbios después de las tres de la mañana.
    Fausto caminó hasta una puerta de depósito que decía SOLO PERSONAL. Metió la llave, giró una vez y abrió.
    Del otro lado no había cajas de reposición, ni escobas, ni un empleado fumando a escondidas.
    Había un vestíbulo enorme, oscuro, con piso de piedra negra, lámparas suspendidas como estrellas enfermas y una escalera que subía en tres direcciones distintas. Al fondo, un jardín imposible respiraba atrás de unos ventanales de vidrio repartido. Algo azul se movía entre las plantas.
    Marta no dijo nada.
    No porque estuviera impresionada.
    Porque una cosa era impresionarse y otra regalarle al hombre la satisfacción de verla impresionada.
    El aire que venía del otro lado olía a tormenta, a madera vieja y a frutilla quemada.
    Marta señaló la puerta con el mentón.
    —¿Y?
    Fausto no cruzó. Soltó el picaporte y se corrió a un costado, dejándole libre la puerta.
    —Entrá si querés.
    Marta miró el vestíbulo.
    Después lo miró a él.
    —Mirá qué fino. Un secuestro donde una se tiene que meter sola.
    —No es un secuestro si no entrás.
    —Es una aparición rara en los chinos. Tampoco te me hagas el normal.
    Fausto aceptó eso con una inclinación mínima de la cabeza.
    —Normal no existe.
    Marta entrecerró los ojos.
    —Bien. Algo entendés.
    —Ni voy a decir “bienvenida” hasta que cruces por voluntad propia.
    Marta lo miró con más atención.
    —Vos tuviste entrenamiento…
    —Sobreviví a tres jefes más jóvenes, una casa que cambiaba las cerraduras cuando se ofendía y varias reuniones de consorcio con médiums.
    —Eso explica la cara.
    Fausto inclinó apenas la cabeza, como si aceptara el golpe.
    —Necesito hablar con vos en mi casa. Hay algo ahí que se está cerrando y vos, según me dijeron, sos buena abriendo cosas.
    Marta levantó una ceja.
    —¿Abriendo?
    —Rompiendo.
    —Ah. Eso sí.
    —Preferí empezar elegante.
    —Mal hecho. La elegancia atrasa.
    Fausto apoyó una mano en el marco de la puerta.
    —La casa se llama El Palomar de Afuera.
    Marta lo miró.
    —Je… ¿para que haga juego con Fausto? Qué nombre, papito. Se nota que nadie salió ileso de esa familia.
    —No lo elegí yo.
    —Eso dicen todos los padres de criaturas horribles.
    —La casa tiene biblioteca, cocina, observatorio, invernadero, salones que no recomiendo, tres pasillos que mienten y una habitación que solo aparece cuando alguien se arrepiente de verdad.
    Marta se quedó quieta.
    —Eso último es chamuyo.
    —Casi siempre.
    —Bien. Honestidad arbitraria. Me sirve.
    Fausto señaló el interior.
    —Entrás, mirás, escuchás mi propuesta y te vas cuando quieras.
    —¿Y qué gano yo?
    —Lo que me pidas, si lo tengo.
    Marta soltó una risa seca.
    —“Lo que quieras” es una frase peligrosa, Veyra. La dicen los ricos, los locos y los hombres que nunca tuvieron que compartir baño con nadie.
    —Tengo siete baños.
    —No seas hijo de puta.
    —Y ninguno funciona del todo.
    —Ah, casa vieja. Eso ya humaniza.
    Fausto sonrió. De costado. Boca larga, con personalidad, de esas que conviene no mirar mucho.
    —No soy humano.
    —No te agrandes. Nadie es perfecto.
    Marta miró el changuito. Tenía yerba, una lata de duraznos, jabón blanco y un paquete de fideos. Cosas reales. Cosas que se entendían. Del otro lado de la puerta, en cambio, una escalera subía hacia donde se le cantaba y las lámparas parecían estar escuchando.
    Suspiró.
    —Te aviso algo antes de cruzar: yo no soy adorno ni trofeo de ningún señor con sobretodo dramático. Tampoco premio consuelo para propietario aburrido. Si esto es una trampa romántica, una ceremonia rara o una de esas cosas donde al final aparezco vestida de blanco con gente con máscaras, te remodelo la cara a martillazos.
    Fausto no se ofendió.
    Eso fue interesante.
    —No quiero una consorte.
    —Bien. Porque ya veníamos mal con la palabra.
    —No quiero una amante.
    —Mejor todavía. Ese trámite conlleva reglamentos, hambre, confianza y mínima decencia.
    —Quiero contratarte.
    Marta parpadeó.
    Después carraspeó, se acomodó los lentes y apoyó los antebrazos en el caño del changuito cono si fuera un mostrador. Puso cara de persona habilitada por alguien.
    —Bueno. Ahí ya estamos en otro rubro. Yo no hago milagros, no estoy inscripta y no trabajo con gente que deja la esponja llena de fideos.
    Fausto tardó apenas un segundo.
    —No lavo platos.
    —Eso no lo mejora.
    —Lo sé.
    —Bueno. Al menos reconocés la falta ética y moral. En este país ya es un posgrado.
    Fausto aceptó el dictamen con una inclinación mínima de la cabeza.
    —Hay una puerta en el observatorio que no abre desde hace noventa y seis años. Detrás hay algo mío.
    —¿Algo tuyo como “un recuerdo de infancia” o algo tuyo como “una pesadilla con demasiadas patas”?
    —Las dos respuestas serían defendibles.
    Marta apretó los labios.
    —Veyra.
    —Sí.
    —Cuando una pregunta qué hay detrás de una puerta, la respuesta no debería tener que venir con subtítulos.
    —Por eso necesito a alguien que rompa antes de pedir permiso.
    Marta se quedó mirándolo.
    El tipo seguía siendo sospechoso. Mucho. Tenía esa calma molesta de los que no se apuran porque ya escondieron el cadáver bajo una montaña de marihuana. No la había tocado. No la había llamado hermosa —eso no era pavada—. No le había prometido eternidad, joyas ni un baño con bidet. Le había ofrecido un trabajo peligroso, mal explicado y probablemente ilegal en alguna parte.
    Nada nuevo. Nada realmente preocupante.
    —Primero me explicás el trabajo —dijo—. Riesgos, enemigos, beneficios, cláusula de salida y si el cargo incluye habitación propia con puerta que cierre desde adentro. Y obra social, porque soy una mina grande y el laburo se pone jodido.
    Fausto abrió la boca.
    Marta levantó un dedo.
    —Y cerveza. No negocio sin cerveza.
    —Tengo una bodega.
    —Dije cerveza, no tristeza con corcho.
    —Tengo cerveza.
    —Fría.
    —Fría.
    —Artesanal.
    Fausto tardó medio segundo.
    —Sí.
    —Bien. No voy a arriesgar el brazo por una rubia triste de supermercado.
    Fausto la miraba con una seriedad impecable.
    Marta sostuvo la mirada.
    —Bueno —dijo al fin—. Te escucho.
    Y cruzó la puerta.
    El hombre apareció delante de Marta entre una góndola de yerba y una heladera de yogures descremados. No hubo trueno. No hubo luz sagrada. No hubo coro de niños muertos ni perfume a incienso caro. Hubo, en cambio, una leve explosión en el aire, como si alguien hubiera chasqueado los dedos manchados de pólvora. Después apareció él: alto, demasiado bien vestido para un supermercado de barrio, con un sobretodo negro lleno de polvo blanco en los hombros y una expresión de haber llegado tarde a una catástrofe que él mismo había organizado. Marta lo midió de arriba abajo. Después bajó la vista al changuito, como si necesitara confirmar que la yerba, los duraznos y el jabón blanco seguían ahí, haciendo fuerza del lado de la realidad. —Depende —dijo, antes de que él abriera la boca—. ¿Me vas a preguntar quién soy porque estás de levante o para ponerlo en una denuncia? El hombre sonrió apenas. —Las dos cosas pueden coexistir. —Ah, mirá qué bien. Un problema que habla como Señorito. —Marta. Ella se quedó quieta y bajó el mentón para mirarlo por encima de los lentes. —Veo que arrancamos con ventaja ajena… —Fausto Veyra —dijo él—. Aunque casi todos me dicen Veyra. Marta relajó la cara. Una cosa era el peligro y otra la empatía. —Ya, te sigo. Cualquier cosa antes que Fausto, ¿no? Pffff… Hasta Veyra supongo, aunque suene a almeja de restaurante caro... Ojo, no te juzgo, eh. A mí también me dieron con un caño. —Lo pensé mucho antes de aparecer en tu pasillo de lácteos. Marta sueltó el chango para abarcar el espacio con el brazo. —Esto no es un pasillo de lácteos. Es una trampa para gente que cree que el yogur con semillas arregla la vida. Fausto miró la heladera. —Entonces aparecí en el lugar correcto. Marta metió un flancito en el chango y le revisó la pinta. Mirarlo a la cara le hizo doler el cuello. —Vos no sos de por acá, y tus papás no eran duendecitos. ¿Qué sos? ¿Dios? ¿Vampiro? ¿Un perchero de luto? —Propietario. —Peor. —De una casa. —Peor todavía. —Una casa que no está siempre en el mismo lugar. Lo dijo como si nada. Con sus zapatos negros, los guantes grises, la camisa cerrada hasta el cuello y una cicatriz fina cruzándole la ceja izquierda, no tenía cara de loco de feria de ropa usada. Tenía cara de tipo que sabía dónde estaban enterradas varias cosas y había elegido no contarlo por educación. Eso, en la experiencia de Marta, requería concentración y táctica. —Necesito pruebas de tu… casidad mágica, o lo que sea que estés vendiendo. Veyra sacó una llave del bolsillo. No era grande. No brillaba. No flotaba. Era una llave común, chata, de bronce viejo, con un llavero de dado de veinte caras, azul translúcido, gastado en los bordes. Marta miró el llavero. —Mirá vos. Gótico, pero con recreo. —Esto abre cualquier puerta. Marta miró la llave. —Eso también lo dicen los cerrajeros turbios. —Abre cualquier puerta hacia el lugar al que la puerta no debería llevar. —Eso también lo dicen los cerrajeros turbios después de las tres de la mañana. Fausto caminó hasta una puerta de depósito que decía SOLO PERSONAL. Metió la llave, giró una vez y abrió. Del otro lado no había cajas de reposición, ni escobas, ni un empleado fumando a escondidas. Había un vestíbulo enorme, oscuro, con piso de piedra negra, lámparas suspendidas como estrellas enfermas y una escalera que subía en tres direcciones distintas. Al fondo, un jardín imposible respiraba atrás de unos ventanales de vidrio repartido. Algo azul se movía entre las plantas. Marta no dijo nada. No porque estuviera impresionada. Porque una cosa era impresionarse y otra regalarle al hombre la satisfacción de verla impresionada. El aire que venía del otro lado olía a tormenta, a madera vieja y a frutilla quemada. Marta señaló la puerta con el mentón. —¿Y? Fausto no cruzó. Soltó el picaporte y se corrió a un costado, dejándole libre la puerta. —Entrá si querés. Marta miró el vestíbulo. Después lo miró a él. —Mirá qué fino. Un secuestro donde una se tiene que meter sola. —No es un secuestro si no entrás. —Es una aparición rara en los chinos. Tampoco te me hagas el normal. Fausto aceptó eso con una inclinación mínima de la cabeza. —Normal no existe. Marta entrecerró los ojos. —Bien. Algo entendés. —Ni voy a decir “bienvenida” hasta que cruces por voluntad propia. Marta lo miró con más atención. —Vos tuviste entrenamiento… —Sobreviví a tres jefes más jóvenes, una casa que cambiaba las cerraduras cuando se ofendía y varias reuniones de consorcio con médiums. —Eso explica la cara. Fausto inclinó apenas la cabeza, como si aceptara el golpe. —Necesito hablar con vos en mi casa. Hay algo ahí que se está cerrando y vos, según me dijeron, sos buena abriendo cosas. Marta levantó una ceja. —¿Abriendo? —Rompiendo. —Ah. Eso sí. —Preferí empezar elegante. —Mal hecho. La elegancia atrasa. Fausto apoyó una mano en el marco de la puerta. —La casa se llama El Palomar de Afuera. Marta lo miró. —Je… ¿para que haga juego con Fausto? Qué nombre, papito. Se nota que nadie salió ileso de esa familia. —No lo elegí yo. —Eso dicen todos los padres de criaturas horribles. —La casa tiene biblioteca, cocina, observatorio, invernadero, salones que no recomiendo, tres pasillos que mienten y una habitación que solo aparece cuando alguien se arrepiente de verdad. Marta se quedó quieta. —Eso último es chamuyo. —Casi siempre. —Bien. Honestidad arbitraria. Me sirve. Fausto señaló el interior. —Entrás, mirás, escuchás mi propuesta y te vas cuando quieras. —¿Y qué gano yo? —Lo que me pidas, si lo tengo. Marta soltó una risa seca. —“Lo que quieras” es una frase peligrosa, Veyra. La dicen los ricos, los locos y los hombres que nunca tuvieron que compartir baño con nadie. —Tengo siete baños. —No seas hijo de puta. —Y ninguno funciona del todo. —Ah, casa vieja. Eso ya humaniza. Fausto sonrió. De costado. Boca larga, con personalidad, de esas que conviene no mirar mucho. —No soy humano. —No te agrandes. Nadie es perfecto. Marta miró el changuito. Tenía yerba, una lata de duraznos, jabón blanco y un paquete de fideos. Cosas reales. Cosas que se entendían. Del otro lado de la puerta, en cambio, una escalera subía hacia donde se le cantaba y las lámparas parecían estar escuchando. Suspiró. —Te aviso algo antes de cruzar: yo no soy adorno ni trofeo de ningún señor con sobretodo dramático. Tampoco premio consuelo para propietario aburrido. Si esto es una trampa romántica, una ceremonia rara o una de esas cosas donde al final aparezco vestida de blanco con gente con máscaras, te remodelo la cara a martillazos. Fausto no se ofendió. Eso fue interesante. —No quiero una consorte. —Bien. Porque ya veníamos mal con la palabra. —No quiero una amante. —Mejor todavía. Ese trámite conlleva reglamentos, hambre, confianza y mínima decencia. —Quiero contratarte. Marta parpadeó. Después carraspeó, se acomodó los lentes y apoyó los antebrazos en el caño del changuito cono si fuera un mostrador. Puso cara de persona habilitada por alguien. —Bueno. Ahí ya estamos en otro rubro. Yo no hago milagros, no estoy inscripta y no trabajo con gente que deja la esponja llena de fideos. Fausto tardó apenas un segundo. —No lavo platos. —Eso no lo mejora. —Lo sé. —Bueno. Al menos reconocés la falta ética y moral. En este país ya es un posgrado. Fausto aceptó el dictamen con una inclinación mínima de la cabeza. —Hay una puerta en el observatorio que no abre desde hace noventa y seis años. Detrás hay algo mío. —¿Algo tuyo como “un recuerdo de infancia” o algo tuyo como “una pesadilla con demasiadas patas”? —Las dos respuestas serían defendibles. Marta apretó los labios. —Veyra. —Sí. —Cuando una pregunta qué hay detrás de una puerta, la respuesta no debería tener que venir con subtítulos. —Por eso necesito a alguien que rompa antes de pedir permiso. Marta se quedó mirándolo. El tipo seguía siendo sospechoso. Mucho. Tenía esa calma molesta de los que no se apuran porque ya escondieron el cadáver bajo una montaña de marihuana. No la había tocado. No la había llamado hermosa —eso no era pavada—. No le había prometido eternidad, joyas ni un baño con bidet. Le había ofrecido un trabajo peligroso, mal explicado y probablemente ilegal en alguna parte. Nada nuevo. Nada realmente preocupante. —Primero me explicás el trabajo —dijo—. Riesgos, enemigos, beneficios, cláusula de salida y si el cargo incluye habitación propia con puerta que cierre desde adentro. Y obra social, porque soy una mina grande y el laburo se pone jodido. Fausto abrió la boca. Marta levantó un dedo. —Y cerveza. No negocio sin cerveza. —Tengo una bodega. —Dije cerveza, no tristeza con corcho. —Tengo cerveza. —Fría. —Fría. —Artesanal. Fausto tardó medio segundo. —Sí. —Bien. No voy a arriesgar el brazo por una rubia triste de supermercado. Fausto la miraba con una seriedad impecable. Marta sostuvo la mirada. —Bueno —dijo al fin—. Te escucho. Y cruzó la puerta.
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    Cualquier línea
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  • {El agua golpeaba las piedras rotas de la plaza como si el propio cielo quisiera borrar aquel lugar del mundo.

    Ivandore permanecía inmóvil bajo la lluvia, con la espada baja y el escudo levantado. Su respiración resonaba dentro del yelmo mientras observaba a la aberración que se alzaba frente a él.

    No era un hombre.

    No era una bestia.

    Era un títere.

    Uno de aquellos engendros de madera y tela maldita que habitaban los rincones olvidados de los viejos caminos.

    Las cuerdas descendían desde la oscuridad sobre la criatura de verdes ropajes, perdiéndose en las alturas de las ruinas. Sus ojos rojizos brillaban con una luz enfermiza mientras avanzaba con movimientos imposibles, torciendo las articulaciones en ángulos antinaturales.

    Ivandore hundió una bota en el barro.}

    —Sea quien sea el que mueve tus hilos... hoy los cortaré.

    {La marioneta emitió un chirrido semejante a una carcajada rota y lanzó una de sus afiladas hojas hacia el caballero.

    El acero chocó contra el escudo con un estruendo seco.

    Sin perder un segundo, Ivandore avanzó.

    Una zancada.

    Dos.

    Tres.

    Su espada describió un arco brillante bajo la lluvia, obligando al monstruo a retroceder. Las cuerdas se tensaron violentamente mientras la criatura saltaba hacia atrás con una agilidad imposible.

    Pero el caballero no se detuvo.

    Había sobrevivido a Arkenfall.

    Había sido expulsado de la Orden.

    Había caminado solo por las tierras salvajes de Asteria.

    Y no pensaba caer ante una marioneta.

    Con un rugido contenido, Ivandore cargó una vez más, dispuesto a acabar con aquella criatura y descubrir qué oscuro titiritero se ocultaba tras las sombras de la ciudad maldita.}
    {El agua golpeaba las piedras rotas de la plaza como si el propio cielo quisiera borrar aquel lugar del mundo. Ivandore permanecía inmóvil bajo la lluvia, con la espada baja y el escudo levantado. Su respiración resonaba dentro del yelmo mientras observaba a la aberración que se alzaba frente a él. No era un hombre. No era una bestia. Era un títere. Uno de aquellos engendros de madera y tela maldita que habitaban los rincones olvidados de los viejos caminos. Las cuerdas descendían desde la oscuridad sobre la criatura de verdes ropajes, perdiéndose en las alturas de las ruinas. Sus ojos rojizos brillaban con una luz enfermiza mientras avanzaba con movimientos imposibles, torciendo las articulaciones en ángulos antinaturales. Ivandore hundió una bota en el barro.} —Sea quien sea el que mueve tus hilos... hoy los cortaré. {La marioneta emitió un chirrido semejante a una carcajada rota y lanzó una de sus afiladas hojas hacia el caballero. El acero chocó contra el escudo con un estruendo seco. Sin perder un segundo, Ivandore avanzó. Una zancada. Dos. Tres. Su espada describió un arco brillante bajo la lluvia, obligando al monstruo a retroceder. Las cuerdas se tensaron violentamente mientras la criatura saltaba hacia atrás con una agilidad imposible. Pero el caballero no se detuvo. Había sobrevivido a Arkenfall. Había sido expulsado de la Orden. Había caminado solo por las tierras salvajes de Asteria. Y no pensaba caer ante una marioneta. Con un rugido contenido, Ivandore cargó una vez más, dispuesto a acabar con aquella criatura y descubrir qué oscuro titiritero se ocultaba tras las sombras de la ciudad maldita.}
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  • – ¡Groooar!

    No se lo van asimilar así por así y comienza a usar sus garras para reventar las gruesas paredes estomacales del enorme infestado, quien comienza a retorcerse de dolor no obstante, usa su masa para comprimir a presa y retenerla en su interior.

    Huele ese gas y cambia de color blanco a naranja, exhalando su aliento elemental, fuego, la chispa su aliento, el combustible, el metano, el resultado, la llama se expande, la prisión de carne se rompe con un terrible aroma de carne asada, al salir de la bolsa comienza a golpear los huesos, rayar los músculos y expandir el fuego dentro de la criatura, cuya cabeza se desprende del torso para no soportar semejante castigo.

    – ¡Groooar!

    Del torso abandonado emerge violentamente Chroma, envuelto en tripas, fluidos desconocidos y alguna que otra llama viva acariciando su propia piel.
    – ¡Groooar! No se lo van asimilar así por así y comienza a usar sus garras para reventar las gruesas paredes estomacales del enorme infestado, quien comienza a retorcerse de dolor no obstante, usa su masa para comprimir a presa y retenerla en su interior. Huele ese gas y cambia de color blanco a naranja, exhalando su aliento elemental, fuego, la chispa su aliento, el combustible, el metano, el resultado, la llama se expande, la prisión de carne se rompe con un terrible aroma de carne asada, al salir de la bolsa comienza a golpear los huesos, rayar los músculos y expandir el fuego dentro de la criatura, cuya cabeza se desprende del torso para no soportar semejante castigo. – ¡Groooar! Del torso abandonado emerge violentamente Chroma, envuelto en tripas, fluidos desconocidos y alguna que otra llama viva acariciando su propia piel.
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  • Θρόνος τοῦ Κεραυνίου Διός
    El Trono del Zeus Keraunios, Señor del Rayo
    Elevándose por encima de todos los salones del Olimpo, allí donde las nubes eternas rozan los pilares del firmamento, se alza el Trono de Zeus, el más alto de todos los palacios divinos. Sus muros están forjados en oro celestial y mármol blanco inmortal, materiales que jamás se desgastan ni conocen el paso del tiempo.
    Inmensas columnas ascienden hacia una bóveda invisible perdida entre rayos de luz divina. Cada una de ellas está grabada con las leyes que rigen el cosmos y los juramentos pronunciados por dioses y mortales desde el inicio de las edades. El aire vibra con el eco lejano de los truenos, como si el propio cielo respirara dentro de la estancia.

    Aquí se sienta Zeus Keraunios, Rey del Olimpo, Guardián del Orden Cósmico y Soberano de los Inmortales
    Θρόνος τοῦ Κεραυνίου Διός El Trono del Zeus Keraunios, Señor del Rayo Elevándose por encima de todos los salones del Olimpo, allí donde las nubes eternas rozan los pilares del firmamento, se alza el Trono de Zeus, el más alto de todos los palacios divinos. Sus muros están forjados en oro celestial y mármol blanco inmortal, materiales que jamás se desgastan ni conocen el paso del tiempo. Inmensas columnas ascienden hacia una bóveda invisible perdida entre rayos de luz divina. Cada una de ellas está grabada con las leyes que rigen el cosmos y los juramentos pronunciados por dioses y mortales desde el inicio de las edades. El aire vibra con el eco lejano de los truenos, como si el propio cielo respirara dentro de la estancia. Aquí se sienta Zeus Keraunios, Rey del Olimpo, Guardián del Orden Cósmico y Soberano de los Inmortales
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  • ♥— En este día, permitidme dirigir unas palabras a aquellos que llaman "padre". —♥

    ♥— No por la fuerza de sus manos, sino por la firmeza de su corazón, son quienes resguardan a sus seres queridos incluso en el silencio.
    Son refugio en la tormenta, guía en la incertidumbre, y la presencia que permanece cuando todo parece desvanecerse.
    Hoy os honro por vuestra dedicación, por los sacrificios que pocos ven y por el amor que muchas veces se expresa más con acciones que con palabras.
    Que este día os traiga orgullo y felicidad, pues quienes caminan bajo vuestra protección son prueba de la huella que habéis dejado en sus vidas.— ♥

    ♥—Feliz Día del Padre. —♥

    — Con mi más distinguido respeto, Albedo. ♡

    ♥— Para papá:

    https://youtube.com/shorts/CMwtIbFywr4?si=6yZZHnCC8D6GUBRy
    ♥— En este día, permitidme dirigir unas palabras a aquellos que llaman "padre". —♥ ♥— No por la fuerza de sus manos, sino por la firmeza de su corazón, son quienes resguardan a sus seres queridos incluso en el silencio. Son refugio en la tormenta, guía en la incertidumbre, y la presencia que permanece cuando todo parece desvanecerse. Hoy os honro por vuestra dedicación, por los sacrificios que pocos ven y por el amor que muchas veces se expresa más con acciones que con palabras. Que este día os traiga orgullo y felicidad, pues quienes caminan bajo vuestra protección son prueba de la huella que habéis dejado en sus vidas.— ♥ ♥—Feliz Día del Padre. —♥ — Con mi más distinguido respeto, Albedo. ♡ ♥— Para papá: https://youtube.com/shorts/CMwtIbFywr4?si=6yZZHnCC8D6GUBRy
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  • ** Él mantiene los ojos fijos en las teclas, dejando que el silencio de la sala sea interrumpido únicamente por los acordes iniciales de la melodía en el piano. Su cabello de un rojo intenso cae ligeramente sobre su rostro, enmarcando una expresión de profunda nostalgia. Finalmente, toma una suave bocanada de aire y, con una voz melodiosa, suave y cargada de un sentimiento desgarrador, comienza a cantar los primeros versos en español. **

    No pasa nada ... Te dije y me calle . Aúnque en verdad yo quería detenerte ... Mientras tu seguías alejandote ,velozmente sin titubear eso fue tan solo lo que pude ver .. y ya si te vas , dejándome atrás , tu vuelo hoy tomarás . Corro hacia ti , más parece que el suelo me arrastra en reversa. No debo llorar , no quiero llorar , pero duele en realidad ... Hey ! No te vallas ... Crece aún más , la distancia cruel , vas desvaneciendote . ¿ Ya no te veré ? , No hay más que hacer , la noche de apoco se irá hundiendo . No debo llorar , no quiero llorar , pero duele en realidad . Hey! No te vayas !!! .

    ** Él mantiene los ojos fijos en las teclas, dejando que el silencio de la sala sea interrumpido únicamente por los acordes iniciales de la melodía en el piano. Su cabello de un rojo intenso cae ligeramente sobre su rostro, enmarcando una expresión de profunda nostalgia. Finalmente, toma una suave bocanada de aire y, con una voz melodiosa, suave y cargada de un sentimiento desgarrador, comienza a cantar los primeros versos en español. ** No pasa nada ... Te dije y me calle . Aúnque en verdad yo quería detenerte ... Mientras tu seguías alejandote ,velozmente sin titubear eso fue tan solo lo que pude ver .. y ya si te vas , dejándome atrás , tu vuelo hoy tomarás . Corro hacia ti , más parece que el suelo me arrastra en reversa. No debo llorar , no quiero llorar , pero duele en realidad ... Hey ! No te vallas ... Crece aún más , la distancia cruel , vas desvaneciendote . ¿ Ya no te veré ? , No hay más que hacer , la noche de apoco se irá hundiendo . No debo llorar , no quiero llorar , pero duele en realidad . Hey! No te vayas !!! .
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  • ──────────────────────
    Pude conocer finalmente a los peces Koi en el sueño de un niño. Éste niño soñaba con ser un patinador de hielo, me pregunté porqué no podía serlo. Hasta que una imagen de él estando en silla de ruedas... me respondió.

    Es lamentable, tantos sueños que se quedan atrapados en la mente por una triste realidad.

    ¿Alguna vez has podido realizar tus sueños?
    ────────────────────── Pude conocer finalmente a los peces Koi en el sueño de un niño. Éste niño soñaba con ser un patinador de hielo, me pregunté porqué no podía serlo. Hasta que una imagen de él estando en silla de ruedas... me respondió. Es lamentable, tantos sueños que se quedan atrapados en la mente por una triste realidad. ¿Alguna vez has podido realizar tus sueños?
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  • La Prueba de las Arenas.
    Fandom Fantasia Medieval.
    Categoría Aventura
    -El aire se volvio pesado de un instante a otro. Sin saber como ni porque, apareciste frente a un enorme portal de Luz dorada. Detras de ti no habia rastros de donde provenias, ni de las personas que conocias, solo un inmenso salon de Piedra y delante. Un elfo de piel oscura, cabello blanco y ojos rojizos que te observaban en silencio absoluto.-

    -Del Otro lado del Portal se extendia un desierto interminable. Montañas de arena se perdian en el horizonte bajo un sol abrazador, mientras el viento arrastraba enormes nubes de polvo. A lo lejos, una criatura gigantesca emergia entre las dunas, su inmenso cuerpo recorria el desierto como si la arena fuera agua, levantando una estela capaz de hacer temblar el suelo incluso desde esa distancia.-

    -Bastaba verla una sola vez, para saber que aquel lugar no era uno donde alguien quisiera entrar por voluntad propia, pero esas dudas fueron interrumpidas por el Elfo quien finalmente Hablo, con una voz tranquila que rompio el silencio sin Esfuerzo-

    "Nose porque el destino te ha elegido a ti, talvez fue una prueba o simplemente tuvieron muy mala suerte. Pero ya no puedes volver por donde llegaste. Frente a ti solo hay un camino."

    -Las palabras del Elfo sonaban serenas, no habia malicia en su voz, el solo era un intermediario en ese fortuito destino-

    "Si desean sobrevivir, crucen el portal y encuentren la forma de salir con vida de ese desierto. Si deciden quedarse aquel resultado sera exactamente el mismo."
    -El aire se volvio pesado de un instante a otro. Sin saber como ni porque, apareciste frente a un enorme portal de Luz dorada. Detras de ti no habia rastros de donde provenias, ni de las personas que conocias, solo un inmenso salon de Piedra y delante. Un elfo de piel oscura, cabello blanco y ojos rojizos que te observaban en silencio absoluto.- -Del Otro lado del Portal se extendia un desierto interminable. Montañas de arena se perdian en el horizonte bajo un sol abrazador, mientras el viento arrastraba enormes nubes de polvo. A lo lejos, una criatura gigantesca emergia entre las dunas, su inmenso cuerpo recorria el desierto como si la arena fuera agua, levantando una estela capaz de hacer temblar el suelo incluso desde esa distancia.- -Bastaba verla una sola vez, para saber que aquel lugar no era uno donde alguien quisiera entrar por voluntad propia, pero esas dudas fueron interrumpidas por el Elfo quien finalmente Hablo, con una voz tranquila que rompio el silencio sin Esfuerzo- "Nose porque el destino te ha elegido a ti, talvez fue una prueba o simplemente tuvieron muy mala suerte. Pero ya no puedes volver por donde llegaste. Frente a ti solo hay un camino." -Las palabras del Elfo sonaban serenas, no habia malicia en su voz, el solo era un intermediario en ese fortuito destino- "Si desean sobrevivir, crucen el portal y encuentren la forma de salir con vida de ese desierto. Si deciden quedarse aquel resultado sera exactamente el mismo."
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  • Jean se había tomado un tiempo libre fuera de su oficina, sin embargo, no salió a caminar ni a estirarse. Aprovechó para ir a la arena de entrenamiento con los Caballeros de Favonius. Miró el entrenamiento de ellos detenidamente miró errores, fallas casi de inmediato.

    -Deberé regañar a Kaeya. Los está consintiendo demasiado...

    Al escuchar a la Gran Maestra, los caballeros se tensaron, se pusieron en posición de firmes y saludaron en coro a la maestra. Ella, no sonrió, por primera vez, pudo haber respondido con aquella sonrisa amable con la que siempre saludaba, pero era preocupante lo que vio. Caminó por las escaleras bajando a la arena dejando que su paso firme resonara sobre el suelo de piedra.

    -Agradezco su disposición y su esfuerzo para mejorar enormemente. Sin embargo, no están siendo óptimos. ¿Dónde está Kaeya? -Dijo mientras buscaba al peli azul con la mirada-.

    +E-el Capitán Ka-Kaeya... dijo: "Consideren esto una prueba de iniciativa. Si necesitan que esté aquí para entrenar, entonces ya van retrasados".

    -.....

    Jean puso sus dedos en el puente de su nariz cerrando los ojos emitiendo un profundo suspiro "Me las va a pagar", pensó de inmediato, el caballero se puso nervioso y tragó seco.

    -No están en problemas. Pero vamos a organizar algunas cosas. Los movimientos que están usando carecen de funcionalidad, son movimientos muertos, eso al final cansa al cuerpo, para cuando necesitan responder ya hicieron seis o siente movimientos entre estocada, dejan mucho espacio, no hay una buena guardia.

    Después de irlos corrigiendo e indicando los movimientos que deberían hacer. Jean los puso a prueba. Tomó a siete caballeros en el centro de la arena. La Gran Maestra se enfrentó a todos al mismo tiempo, movimientos fluidos, elegantes, casi automáticos, instinto desarrollado y entrenamiento pulido juntos, esquivaba, bloqueaba, aprovechaba la fuerza de ellos y sus errores para usar el mínimo de fuerza necesario. Todos terminaron derrotados en el suelo, agotados, Jean, en el centro con a penas dos gotas de sudor en su frente por el sol.

    +N-no puede ser...no puede haber tanta diferente...
    Dijeron algunos. Los caballeros expectantes fuera de la arena murmuraban, otros silbaban por ver en acción a la Maestra porque casi nunca pasaba ello.

    -¿Ven lo que les dije?...Tienen "programado" la mala rutina que estuvieron haciendo. Comiencen desde cero con los ejercicios que les puse hasta que se les haga un hábito. Los errores que comentan aquí serán su sentencia en el campo de batalla. No quiero que ninguno de mis caballeros caiga.

    Los Caballeros se miraron entre ellos entendiendo una cosa, no los estaba maltratando, no los estaba humillando, les estaba enseñando, los estaba reconociendo, no como un número en las filas, como personas.

    -No quiero poner un valor a sus vidas, pero si debo hacerlo. Ninguno de ustedes puede morir en un campo de batalla hasta matar a 200 enemigos, uno menos a ello, le diré a Babara que los sane lo antes posible y los mataré yo misma. ¿Queda claro?

    Los caballeros terminaron sonriendo y riendo por el comentario, de alguna forma se habían motivado y entre risas y aplausos hubo un grito de guerra.

    -Bien. Entonces sigan con lo que les enseñé. 10 vueltas a los muros exteriores de Mondstadt, 100 estocadas y 100 bloqueos. ¡Coman, descansen, hidrátense, vayan con Sara al Gran Cazador! ¡La cuenta corre por Kaeya!.

    Jean guardó su espada mientras hablaba y llevó sus manos a la altura de su pecho dando dos aplausos fuertes para romper filas. Los caballeros gritaron, silbaron y rieron por la cuenta de Kaeya mientras se fueron a cumplir el entrenamiento. Jean ahora si sonrió y con aquella sonrisa, sacudió su ropa y caminó por la ciudad.
    Jean se había tomado un tiempo libre fuera de su oficina, sin embargo, no salió a caminar ni a estirarse. Aprovechó para ir a la arena de entrenamiento con los Caballeros de Favonius. Miró el entrenamiento de ellos detenidamente miró errores, fallas casi de inmediato. -Deberé regañar a Kaeya. Los está consintiendo demasiado... Al escuchar a la Gran Maestra, los caballeros se tensaron, se pusieron en posición de firmes y saludaron en coro a la maestra. Ella, no sonrió, por primera vez, pudo haber respondido con aquella sonrisa amable con la que siempre saludaba, pero era preocupante lo que vio. Caminó por las escaleras bajando a la arena dejando que su paso firme resonara sobre el suelo de piedra. -Agradezco su disposición y su esfuerzo para mejorar enormemente. Sin embargo, no están siendo óptimos. ¿Dónde está Kaeya? -Dijo mientras buscaba al peli azul con la mirada-. +E-el Capitán Ka-Kaeya... dijo: "Consideren esto una prueba de iniciativa. Si necesitan que esté aquí para entrenar, entonces ya van retrasados". -..... Jean puso sus dedos en el puente de su nariz cerrando los ojos emitiendo un profundo suspiro "Me las va a pagar", pensó de inmediato, el caballero se puso nervioso y tragó seco. -No están en problemas. Pero vamos a organizar algunas cosas. Los movimientos que están usando carecen de funcionalidad, son movimientos muertos, eso al final cansa al cuerpo, para cuando necesitan responder ya hicieron seis o siente movimientos entre estocada, dejan mucho espacio, no hay una buena guardia. Después de irlos corrigiendo e indicando los movimientos que deberían hacer. Jean los puso a prueba. Tomó a siete caballeros en el centro de la arena. La Gran Maestra se enfrentó a todos al mismo tiempo, movimientos fluidos, elegantes, casi automáticos, instinto desarrollado y entrenamiento pulido juntos, esquivaba, bloqueaba, aprovechaba la fuerza de ellos y sus errores para usar el mínimo de fuerza necesario. Todos terminaron derrotados en el suelo, agotados, Jean, en el centro con a penas dos gotas de sudor en su frente por el sol. +N-no puede ser...no puede haber tanta diferente... Dijeron algunos. Los caballeros expectantes fuera de la arena murmuraban, otros silbaban por ver en acción a la Maestra porque casi nunca pasaba ello. -¿Ven lo que les dije?...Tienen "programado" la mala rutina que estuvieron haciendo. Comiencen desde cero con los ejercicios que les puse hasta que se les haga un hábito. Los errores que comentan aquí serán su sentencia en el campo de batalla. No quiero que ninguno de mis caballeros caiga. Los Caballeros se miraron entre ellos entendiendo una cosa, no los estaba maltratando, no los estaba humillando, les estaba enseñando, los estaba reconociendo, no como un número en las filas, como personas. -No quiero poner un valor a sus vidas, pero si debo hacerlo. Ninguno de ustedes puede morir en un campo de batalla hasta matar a 200 enemigos, uno menos a ello, le diré a Babara que los sane lo antes posible y los mataré yo misma. ¿Queda claro? Los caballeros terminaron sonriendo y riendo por el comentario, de alguna forma se habían motivado y entre risas y aplausos hubo un grito de guerra. -Bien. Entonces sigan con lo que les enseñé. 10 vueltas a los muros exteriores de Mondstadt, 100 estocadas y 100 bloqueos. ¡Coman, descansen, hidrátense, vayan con Sara al Gran Cazador! ¡La cuenta corre por Kaeya!. Jean guardó su espada mientras hablaba y llevó sus manos a la altura de su pecho dando dos aplausos fuertes para romper filas. Los caballeros gritaron, silbaron y rieron por la cuenta de Kaeya mientras se fueron a cumplir el entrenamiento. Jean ahora si sonrió y con aquella sonrisa, sacudió su ropa y caminó por la ciudad.
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  • Hoy en "ALBUMES CON EL TIO JERO "

    BURZUM - "Daudi Baldrs." (1997)

    Género: Dungeon Synth.

    "Cuando Varg Vikernes, pionero del Black Metal asesinó a Euronymous, guitarrista de Mayhem en 1993, este fue arrestado por 21 años en Noruega, por lo que al estar en prisión, únicamente tuvo acceso a un sintetizador de dudosa calidad, y con eso tuvo que hacer sus composiciones y arreglos. Sin saberlo, dió origen con este trabajo a un sub-género del Black Metal que comparte ese aspecto 'Lo-Fi', el 'Dungeon Synth'. Los sintetizadores utilizados nos sumergen en antiguos Calabozos nórdicos y ambientes paganos. Una banda sonora que podría haber acompañado un juego de la era de los 16-bits como el Súper Nintendo o el Sega Génesis."

    "En Aspectos de Rol ¿Para qué sirve este álbum? Más claro echarle agua. Entrando a Mazmorras, ambientes oscuros. Es ideal para partidas de DyD o cualquier rol de mesa que esté jugando de corte medieval. 8/10."

    "Este Álbum es netamente ambiental, si está buscando canciones convencionales, Daudi Baldrs NO es para usted."

    https://youtu.be/BSrzqba5W7g?si=GU0C2gs2rrieEA-D
    Hoy en "ALBUMES CON EL TIO JERO 😎💀" BURZUM - "Daudi Baldrs." (1997) Género: Dungeon Synth. "Cuando Varg Vikernes, pionero del Black Metal asesinó a Euronymous, guitarrista de Mayhem en 1993, este fue arrestado por 21 años en Noruega, por lo que al estar en prisión, únicamente tuvo acceso a un sintetizador de dudosa calidad, y con eso tuvo que hacer sus composiciones y arreglos. Sin saberlo, dió origen con este trabajo a un sub-género del Black Metal que comparte ese aspecto 'Lo-Fi', el 'Dungeon Synth'. Los sintetizadores utilizados nos sumergen en antiguos Calabozos nórdicos y ambientes paganos. Una banda sonora que podría haber acompañado un juego de la era de los 16-bits como el Súper Nintendo o el Sega Génesis." "En Aspectos de Rol ¿Para qué sirve este álbum? Más claro echarle agua. Entrando a Mazmorras, ambientes oscuros. Es ideal para partidas de DyD o cualquier rol de mesa que esté jugando de corte medieval. 8/10." "Este Álbum es netamente ambiental, si está buscando canciones convencionales, Daudi Baldrs NO es para usted." https://youtu.be/BSrzqba5W7g?si=GU0C2gs2rrieEA-D
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