• Dents plantées dans l'oubli
    Fandom OC
    Categoría Acción
    𝓙𝐨𝐥𝐢𝐞𝐭𝐞 𝓥𝐚𝐥𝐨𝐫𝐲𝐚 𖤐﹐

    Un nuevo día representaba un nuevo trabajo.

    La fama de los Feu para resolver problemas llegaba a diversos países. Fuera de su madre patria, se pasaban de boca en boca los rumores de poderosos hermanos capaces de cumplir con cualquier pedido a un buen precio.

    Alguien, o tal vez algunos, con la suficiente red de contactos logró que el dragón llamado Sephtálon aceptara un encargo.

    ¿La recompensa? Una enorme joya llamada "sonrisa de vampiro". Una que luciría muy bien en la colección familiar y que seguro luciría mejor en el cuello de Seryn su hermana.

    ¿Qué le habían encargado?

    Algo extraño, investigar.

    Obtener elementos que sirvieran para identificar la amenaza en la frontera de Praga.

    Múltiples ataques similares a los de una bestia se habían suscitado. Mordidas profundas, y cuerpos envenenados.

    Todo ello hacía un misterio que una elite buscaba resolver, y es por eso que para deslindarse, solicitaban la ayuda de un extranjero como él.

    Después de unas llamadas y un viaje pagado, el dragón llegaría al sitio donde el último ataque ocurrió. Eran las tres horas con veintisiete minutos, y lo que había visto era nada, solo el caminar de pequeños insectos y ratones, pero nada relevante.

    ── Esto parece una pérdida de tiempo. ──

    Exclamaba para sí, en un momento íntimo de reflexión, que se vería opacado por el sonido de unas latas caer.
    [drift_turquoise_lizard_742] Un nuevo día representaba un nuevo trabajo. La fama de los Feu para resolver problemas llegaba a diversos países. Fuera de su madre patria, se pasaban de boca en boca los rumores de poderosos hermanos capaces de cumplir con cualquier pedido a un buen precio. Alguien, o tal vez algunos, con la suficiente red de contactos logró que el dragón llamado Sephtálon aceptara un encargo. ¿La recompensa? Una enorme joya llamada "sonrisa de vampiro". Una que luciría muy bien en la colección familiar y que seguro luciría mejor en el cuello de Seryn su hermana. ¿Qué le habían encargado? Algo extraño, investigar. Obtener elementos que sirvieran para identificar la amenaza en la frontera de Praga. Múltiples ataques similares a los de una bestia se habían suscitado. Mordidas profundas, y cuerpos envenenados. Todo ello hacía un misterio que una elite buscaba resolver, y es por eso que para deslindarse, solicitaban la ayuda de un extranjero como él. Después de unas llamadas y un viaje pagado, el dragón llegaría al sitio donde el último ataque ocurrió. Eran las tres horas con veintisiete minutos, y lo que había visto era nada, solo el caminar de pequeños insectos y ratones, pero nada relevante. ── Esto parece una pérdida de tiempo. ── Exclamaba para sí, en un momento íntimo de reflexión, que se vería opacado por el sonido de unas latas caer.
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  • ── Lo más triste de todo esto, es cómo llegan con un ego muy grande, pero al primer hechizo se vuelven ratones.
    ── Lo más triste de todo esto, es cómo llegan con un ego muy grande, pero al primer hechizo se vuelven ratones.
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  • Astara Jade Ashwood ¿Recuerdas que te quejabas sobre los ratones? Te presento a Otoño, es como tú, le puedes decir Mandarino, es naranjoso.

    [glimmer_titanium_zebra_716] ¿Recuerdas que te quejabas sobre los ratones? Te presento a Otoño, es como tú, le puedes decir Mandarino, es naranjoso.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    — L̶a̶ ̶J̶a̶u̶l̶a̶ ̶I̶n̶v̶i̶s̶i̶b̶l̶e̶:̶ ̶E̶l̶ ̶V̶e̶r̶e̶d̶i̶c̶t̶o̶ ̶d̶e̶ ̶l̶a̶ ̶C̶a̶z̶a̶d̶o̶r̶a̶.


    El aire en el pasillo se volvió denso, cargado con el olor metálico del miedo y el almizcle húmedo de las alimañas. Las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido errático, proyectando sombras alargadas que parecían cobrar vida propia en las paredes. En el centro de ese caos visual, la figura de Makima permanecía como un ancla de calma absoluta; una quietud antinatural, casi depredadora.
    Ella no parpadeaba. Sus ojos, dorados y marcados por esos anillos concéntricos e hipnóticos, se clavaron en su presa con una intensidad que parecía desnudar el alma. A sus pies, un mar de ratas comenzó a emerger de las sombras, moviéndose no como animales individuales, sino como una masa única y obediente que rodeaba sus botas negras.

    —Dime... —comenzó ella, su voz fluyendo a través del pasillo como una seda fría que se enreda en la garganta—. ¿Conoces la fábula del ratón de campo y el ratón de ciudad?—

    Dio un paso al frente. El sonido de su tacón contra el suelo fue seco, definitivo. Las ratas se apartaron con una precisión militar, chillando suavemente mientras formaban un camino para su ama.

    —El ratón de ciudad se deleita con banquetes y lujos, pero duerme con un ojo abierto, sabiendo que el veneno o las trampas pueden terminar con él en cualquier instante. El ratón de campo, por el contrario, se conforma con granos secos y la seguridad de su agujero... una paz comprada con el precio de la mediocridad.—

    Se detuvo a una distancia mínima, obligando al otro a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El aura de la mujer se expandió, una presión invisible que hacía que el pecho pesara y el instinto de supervivencia gritara por una salida que ella ya había bloqueado.

    —La mayoría de los humanos son ratones de campo. Prefieren la ilusión de la paz mientras se marchitan en su propia insignificancia. —Una sonrisa tenue, gélida y carente de rastro humano, curvó sus labios—. Pero los que me interesan... los que realmente valen la pena... son los que eligen el riesgo. ¿Y tú? Si te ofreciera la gloria a cambio de tu libertad... ¿qué tipo de ratón elegirías ser antes de que cierre la trampa?—

    La tensión en el aire era tan sólida que parecía a punto de cristalizarse. Ante el silencio sepulcral, solo roto por el frenético latido del corazón de su presa, Makima soltó una pequeña risa. Fue un sonido sutil, perturbadoramente dulce y cristalino, casi infantil, que desentonaba violentamente con la carnicería inminente.

    —Qué lástima... —murmuró, como quien lamenta un juguete roto—. Al final, todos los ratones terminan igual....—

    Con una elegancia letal, alzó su mano derecha. Cerró el puño dejando solo los dedos índice y corazón extendidos, apuntando directamente al centro del pecho de la figura frente a ella. El gesto era casual, casi un juego de niños.

    —Bang.~

    No hubo estruendo, solo una onda de choque invisible y devastadora. En un pestañeo, el cuerpo de su presa estalló desde dentro hacia fuera. Un torbellino de rojo intenso salpicó las paredes y el techo, dejando restos esparcidos en un cuadro dantesco de carne y silencio. La mujer ni siquiera se inmutó ante la lluvia carmesí. Permaneció allí un segundo más, con los ojos brillando en la penumbra, mientras las ratas a sus pies se agitaban en un frenesí salvaje.

    Lentamente, su figura comenzó a desdibujarse, fundiéndose con las sombras densas del suelo. Justo antes de que el último rastro de su presencia se desvaneciera en la oscuridad, el aire transportó un sonido final. No fue un lamento, ni una despedida, sino una risilla traviesa y juguetona; un eco breve que resonó en el pasillo ensangrentado como si todo lo ocurrido no hubiera sido más que un truco divertido.

    Luego, el silencio absoluto volvió a reinar, roto únicamente por el zumbido eléctrico de las luces parpadeantes sobre los restos de lo que alguna vez fue un ratón de ciudad.
    — L̶a̶ ̶J̶a̶u̶l̶a̶ ̶I̶n̶v̶i̶s̶i̶b̶l̶e̶:̶ ̶E̶l̶ ̶V̶e̶r̶e̶d̶i̶c̶t̶o̶ ̶d̶e̶ ̶l̶a̶ ̶C̶a̶z̶a̶d̶o̶r̶a̶. El aire en el pasillo se volvió denso, cargado con el olor metálico del miedo y el almizcle húmedo de las alimañas. Las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido errático, proyectando sombras alargadas que parecían cobrar vida propia en las paredes. En el centro de ese caos visual, la figura de Makima permanecía como un ancla de calma absoluta; una quietud antinatural, casi depredadora. Ella no parpadeaba. Sus ojos, dorados y marcados por esos anillos concéntricos e hipnóticos, se clavaron en su presa con una intensidad que parecía desnudar el alma. A sus pies, un mar de ratas comenzó a emerger de las sombras, moviéndose no como animales individuales, sino como una masa única y obediente que rodeaba sus botas negras. —Dime... —comenzó ella, su voz fluyendo a través del pasillo como una seda fría que se enreda en la garganta—. ¿Conoces la fábula del ratón de campo y el ratón de ciudad?— Dio un paso al frente. El sonido de su tacón contra el suelo fue seco, definitivo. Las ratas se apartaron con una precisión militar, chillando suavemente mientras formaban un camino para su ama. —El ratón de ciudad se deleita con banquetes y lujos, pero duerme con un ojo abierto, sabiendo que el veneno o las trampas pueden terminar con él en cualquier instante. El ratón de campo, por el contrario, se conforma con granos secos y la seguridad de su agujero... una paz comprada con el precio de la mediocridad.— Se detuvo a una distancia mínima, obligando al otro a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El aura de la mujer se expandió, una presión invisible que hacía que el pecho pesara y el instinto de supervivencia gritara por una salida que ella ya había bloqueado. —La mayoría de los humanos son ratones de campo. Prefieren la ilusión de la paz mientras se marchitan en su propia insignificancia. —Una sonrisa tenue, gélida y carente de rastro humano, curvó sus labios—. Pero los que me interesan... los que realmente valen la pena... son los que eligen el riesgo. ¿Y tú? Si te ofreciera la gloria a cambio de tu libertad... ¿qué tipo de ratón elegirías ser antes de que cierre la trampa?— La tensión en el aire era tan sólida que parecía a punto de cristalizarse. Ante el silencio sepulcral, solo roto por el frenético latido del corazón de su presa, Makima soltó una pequeña risa. Fue un sonido sutil, perturbadoramente dulce y cristalino, casi infantil, que desentonaba violentamente con la carnicería inminente. —Qué lástima... —murmuró, como quien lamenta un juguete roto—. Al final, todos los ratones terminan igual....— Con una elegancia letal, alzó su mano derecha. Cerró el puño dejando solo los dedos índice y corazón extendidos, apuntando directamente al centro del pecho de la figura frente a ella. El gesto era casual, casi un juego de niños. —Bang.~ No hubo estruendo, solo una onda de choque invisible y devastadora. En un pestañeo, el cuerpo de su presa estalló desde dentro hacia fuera. Un torbellino de rojo intenso salpicó las paredes y el techo, dejando restos esparcidos en un cuadro dantesco de carne y silencio. La mujer ni siquiera se inmutó ante la lluvia carmesí. Permaneció allí un segundo más, con los ojos brillando en la penumbra, mientras las ratas a sus pies se agitaban en un frenesí salvaje. Lentamente, su figura comenzó a desdibujarse, fundiéndose con las sombras densas del suelo. Justo antes de que el último rastro de su presencia se desvaneciera en la oscuridad, el aire transportó un sonido final. No fue un lamento, ni una despedida, sino una risilla traviesa y juguetona; un eco breve que resonó en el pasillo ensangrentado como si todo lo ocurrido no hubiera sido más que un truco divertido. Luego, el silencio absoluto volvió a reinar, roto únicamente por el zumbido eléctrico de las luces parpadeantes sobre los restos de lo que alguna vez fue un ratón de ciudad.
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  • Que pasa? Les comieron la lengua los ratones?
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  • Nadie se ha preguntado porqué como manzanas y verduras, en vez de casar ratones (?)
    Nadie se ha preguntado porqué como manzanas y verduras, en vez de casar ratones (?)
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  • —¡Cuando el viejito se ausenta, los ratones hacen fiesta! —le dijo mientras le colocaba a Francesco uno de los lentes que había encontrado en la sala de estar del mayor y se ponía el otro ella misma. Cargó al gato entre sus brazos y se subió a los costosos sofás de la mansión; aquel lugar era demasiado enorme para dos traviesos sueltos. La música aleatoria sonaba a un volumen razonable, lo justo para no incomodar al felino. Dio unos cuantos saltitos sobre el sofá antes de bajarse, dejando a su compañero en el suelo.

    —Vamos a comer hasta quedar rechonchitos —anunció alzando su brazo con entusiasmo, avanzó con paso firme de soldado hacia la cocina, con el felino siguiéndola como si marchara detrás de ella. Al parecerse mucho a su pequeña Adalid, disfrutaba demasiado los dias que debía cuidarlo.


    [Santi12]
    —¡Cuando el viejito se ausenta, los ratones hacen fiesta! —le dijo mientras le colocaba a Francesco uno de los lentes que había encontrado en la sala de estar del mayor y se ponía el otro ella misma. Cargó al gato entre sus brazos y se subió a los costosos sofás de la mansión; aquel lugar era demasiado enorme para dos traviesos sueltos. La música aleatoria sonaba a un volumen razonable, lo justo para no incomodar al felino. Dio unos cuantos saltitos sobre el sofá antes de bajarse, dejando a su compañero en el suelo. —Vamos a comer hasta quedar rechonchitos —anunció alzando su brazo con entusiasmo, avanzó con paso firme de soldado hacia la cocina, con el felino siguiéndola como si marchara detrás de ella. Al parecerse mucho a su pequeña Adalid, disfrutaba demasiado los dias que debía cuidarlo. [Santi12]
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  • Le conseguí a Hiroko un remedio natural para los ratones entre sus libreros.
    Solo espero no le disguste que lo tenemos que entrenar.
    Le conseguí a Hiroko un remedio natural para los ratones entre sus libreros. Solo espero no le disguste que lo tenemos que entrenar.
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  • El sol apenas se colaba por el tragaluz de la bodega, iluminando partículas de polvo que danzaban en el aire como pequeños espíritus traviesos. La puerta chirrió al cerrarse detrás de ella, sellando el encierro voluntario que le había prometido a su nonna esa mañana.

    —Solo un par de cajas, Carmina. ¡Cinque minuti! —había dicho Lucia, con esa sonrisa que siempre escondía más de lo que decía.

    Cinco minutos. Claro.

    La bodega de la tienda era un mundo aparte. Estanterías de metal repletas de latas, fideos, frascos de mermelada antigua (¿eran de la temporada pasada o del siglo pasado?), y un rincón misterioso al fondo donde las cajas estaban etiquetadas con la letra temida: “Misc.”.

    Con una escoba en mano y un trapo al hombro, Carmina suspiró.

    —Al menos no hay ratones… espero.

    Empezó con lo más fácil: barrer. O eso pensó, hasta que descubrió que el polvo estaba tan arraigado al suelo que parecía parte de la decoración. El primer estornudo llegó como una explosión.

    —¡Maledizione! —refunfuñó, sonándose la nariz con el borde de su camiseta.

    Avanzó entre cajas, moviéndolas con esfuerzo, hasta tropezar con algo metálico. Abrió una tapa y encontró una caja antigua llena de postales amarillentas y fotos en blanco y negro. Una de ellas mostraba a su abuelo Pietro, joven, con una sonrisa descomunal, cargando un racimo de plátanos como si fuera un trofeo. En la esquina, una nota a mano: “Primer día con la tienda. 1979.”

    Carmina se detuvo un segundo, sonriendo con ternura.

    —Ay, nonno… siempre tan dramático.

    Guardó la foto en el bolsillo trasero de su jeans, sin pensarlo demasiado. Luego siguió con la limpieza, descubriendo que debajo de cada caja había una historia, un objeto olvidado o una araña que no respetaba su espacio personal.

    Tres horas después, salió de la bodega con la cara empolvada, el cabello desordenado, y una sonrisa triunfal. Sostenía en una mano un viejo letrero de madera que decía: “Benvenuti! Aperto con amore.”

    Lucia la miró desde el mostrador, alzando una ceja.

    —¿Cinque minuti, eh?

    Carmina se encogió de hombros.

    —Me entretuve.

    Lucia sonrió con orgullo, mientras el aroma de café recién hecho llenaba el aire.

    —Ven a tomar algo. Te lo ganaste, tesoro.

    Y Carmina, con las manos sucias pero el corazón lleno, se sentó junto a su nonna, sabiendo que la bodega no solo guardaba productos… también secretos, polvo y recuerdos.
    El sol apenas se colaba por el tragaluz de la bodega, iluminando partículas de polvo que danzaban en el aire como pequeños espíritus traviesos. La puerta chirrió al cerrarse detrás de ella, sellando el encierro voluntario que le había prometido a su nonna esa mañana. —Solo un par de cajas, Carmina. ¡Cinque minuti! —había dicho Lucia, con esa sonrisa que siempre escondía más de lo que decía. Cinco minutos. Claro. La bodega de la tienda era un mundo aparte. Estanterías de metal repletas de latas, fideos, frascos de mermelada antigua (¿eran de la temporada pasada o del siglo pasado?), y un rincón misterioso al fondo donde las cajas estaban etiquetadas con la letra temida: “Misc.”. Con una escoba en mano y un trapo al hombro, Carmina suspiró. —Al menos no hay ratones… espero. Empezó con lo más fácil: barrer. O eso pensó, hasta que descubrió que el polvo estaba tan arraigado al suelo que parecía parte de la decoración. El primer estornudo llegó como una explosión. —¡Maledizione! —refunfuñó, sonándose la nariz con el borde de su camiseta. Avanzó entre cajas, moviéndolas con esfuerzo, hasta tropezar con algo metálico. Abrió una tapa y encontró una caja antigua llena de postales amarillentas y fotos en blanco y negro. Una de ellas mostraba a su abuelo Pietro, joven, con una sonrisa descomunal, cargando un racimo de plátanos como si fuera un trofeo. En la esquina, una nota a mano: “Primer día con la tienda. 1979.” Carmina se detuvo un segundo, sonriendo con ternura. —Ay, nonno… siempre tan dramático. Guardó la foto en el bolsillo trasero de su jeans, sin pensarlo demasiado. Luego siguió con la limpieza, descubriendo que debajo de cada caja había una historia, un objeto olvidado o una araña que no respetaba su espacio personal. Tres horas después, salió de la bodega con la cara empolvada, el cabello desordenado, y una sonrisa triunfal. Sostenía en una mano un viejo letrero de madera que decía: “Benvenuti! Aperto con amore.” Lucia la miró desde el mostrador, alzando una ceja. —¿Cinque minuti, eh? Carmina se encogió de hombros. —Me entretuve. Lucia sonrió con orgullo, mientras el aroma de café recién hecho llenaba el aire. —Ven a tomar algo. Te lo ganaste, tesoro. Y Carmina, con las manos sucias pero el corazón lleno, se sentó junto a su nonna, sabiendo que la bodega no solo guardaba productos… también secretos, polvo y recuerdos.
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  • -cuando digo que las brujas podemos tomar cualquier forma, o de la criatura que mas nos fascina bueno...- solto unas risitas y levanto en sus manos aquel raton -el es guilbert, los ratones fueron su base para un cuerpo fisico-
    -cuando digo que las brujas podemos tomar cualquier forma, o de la criatura que mas nos fascina bueno...- solto unas risitas y levanto en sus manos aquel raton -el es guilbert, los ratones fueron su base para un cuerpo fisico-
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