• 𝑷𝒂𝒓𝒊𝒔, 𝑭𝒓𝒂𝒏𝒄𝒊𝒂.
    𝟏𝟐:𝟎𝟎 𝐚.𝐦

    Su copa se llenaba y se vaciaba con una rapidez asombrosa, el vino poseía su paladar con una exquisitez que siempre le fascinaba, aunque lo más sorprendente de todo era su dificultad para embriagarse.

    Desde su asiento podía observar con perfecta claridad a las personas que entraban y salían del local, algunas riendo en grupo, otras acompañadas por la soledad; pero todas bajo la mirada de halcón de Eunwoo. Si se le presentaba la oportunidad, regalaba ligeras sonrisas coquetas o alzaba su copa en saludo, poniendo en juego sus encantos con el fin de beneficiarse al terminar la noche. En la hora que apenas había transcurrido aún no obtenía el éxito esperado, aunque no desistiría con facilidad, mucho menos con la botella aún llena.

    𝟏𝟐:𝟑𝟎 𝐚.𝐦

    Fue entonces cuando el eco de unos pasos entrando al recinto captó la atención del pelinegro, quien volteó hacia la persona dueña de tal caminar y fijó su mirada cual fiera seleccionando a su presa. Un intercambio de sonrisas, el alzar de las copas, una invitación a un trago y sería tan solo el comienzo del banquete final. Después de todo, se hacía pasar por alguien más y sus suaves, oscuros guantes evitaban esparcir su identidad; desde el punto de vista de la otra persona, él no sería más que el perfecto extraño del bar, una hermosa coincidencia que no volvería a ser vista… al menos, no en vida.
    𝑷𝒂𝒓𝒊𝒔, 𝑭𝒓𝒂𝒏𝒄𝒊𝒂. 𝟏𝟐:𝟎𝟎 𝐚.𝐦 Su copa se llenaba y se vaciaba con una rapidez asombrosa, el vino poseía su paladar con una exquisitez que siempre le fascinaba, aunque lo más sorprendente de todo era su dificultad para embriagarse. Desde su asiento podía observar con perfecta claridad a las personas que entraban y salían del local, algunas riendo en grupo, otras acompañadas por la soledad; pero todas bajo la mirada de halcón de Eunwoo. Si se le presentaba la oportunidad, regalaba ligeras sonrisas coquetas o alzaba su copa en saludo, poniendo en juego sus encantos con el fin de beneficiarse al terminar la noche. En la hora que apenas había transcurrido aún no obtenía el éxito esperado, aunque no desistiría con facilidad, mucho menos con la botella aún llena. 𝟏𝟐:𝟑𝟎 𝐚.𝐦 Fue entonces cuando el eco de unos pasos entrando al recinto captó la atención del pelinegro, quien volteó hacia la persona dueña de tal caminar y fijó su mirada cual fiera seleccionando a su presa. Un intercambio de sonrisas, el alzar de las copas, una invitación a un trago y sería tan solo el comienzo del banquete final. Después de todo, se hacía pasar por alguien más y sus suaves, oscuros guantes evitaban esparcir su identidad; desde el punto de vista de la otra persona, él no sería más que el perfecto extraño del bar, una hermosa coincidencia que no volvería a ser vista… al menos, no en vida.
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    Oz abrió los ojos, el aire de la habitación era pesado. Su cuerpo, que había permanecido inmóvil por tanto tiempo, se sentía extraño, rígido, pero vivo.

    Recordó el enfrentamiento con Jennifer, su hija, engañada, lo había atacado con todo lo que tenía. Loki había sido secuestrada y la versión malvada de Loki la había empujado a luchar contra él. Oz no tuvo elección, si detenía el ataque, ponía en riesgo la vida de su hija, así que lo recibió de frente.

    El golpe lo destrozó, sobrevivió, pero quedó gravemente herido. Jennifer lo llevó de vuelta, y Yuna lo sanó lo suficiente para que no muriera. Pero sanar las heridas no era lo mismo que devolverle la fuerza. El Caos puro que lo sostenía necesitaba tiempo, Mucho tiempo.

    Oz entro en un profundo sueño, Jennifer no dijo nada a sus hijas porque el propio Oz le dijo que no lo hiciera, no quería preocuparlas, el prefirió que sus nietas pensaran que el estaba de viaje, era mas fácil así. Ahora, al despertar, sintió cómo el Caos volvía a fluir. No estaba completo, pero estaba ahí, como un río oscuro que se abría paso de nuevo por sus venas.

    Se sentó en la cama y bostezo. El cuarto preparado por Jennifer lo rodeaba, con detalles que hablaban del cuidado de su hija.

    El mundo mortal seguía su curso, ignorante de que él había vuelto.
    Oz abrió los ojos, el aire de la habitación era pesado. Su cuerpo, que había permanecido inmóvil por tanto tiempo, se sentía extraño, rígido, pero vivo. Recordó el enfrentamiento con Jennifer, su hija, engañada, lo había atacado con todo lo que tenía. Loki había sido secuestrada y la versión malvada de Loki la había empujado a luchar contra él. Oz no tuvo elección, si detenía el ataque, ponía en riesgo la vida de su hija, así que lo recibió de frente. El golpe lo destrozó, sobrevivió, pero quedó gravemente herido. Jennifer lo llevó de vuelta, y Yuna lo sanó lo suficiente para que no muriera. Pero sanar las heridas no era lo mismo que devolverle la fuerza. El Caos puro que lo sostenía necesitaba tiempo, Mucho tiempo. Oz entro en un profundo sueño, Jennifer no dijo nada a sus hijas porque el propio Oz le dijo que no lo hiciera, no quería preocuparlas, el prefirió que sus nietas pensaran que el estaba de viaje, era mas fácil así. Ahora, al despertar, sintió cómo el Caos volvía a fluir. No estaba completo, pero estaba ahí, como un río oscuro que se abría paso de nuevo por sus venas. Se sentó en la cama y bostezo. El cuarto preparado por Jennifer lo rodeaba, con detalles que hablaban del cuidado de su hija. El mundo mortal seguía su curso, ignorante de que él había vuelto.
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  • ⸻ Bajo el manto de una luna menguante, donde el sendero de piedras se pierde, florece un jardín, salvaje y vibrante, un secreto oscuro en el mundo verde.

    No busques allí la rosa ordenada, ni el tulipán de colores prolijos. Esta es la tierra de la hierba sagrada, donde la sombra y la luz son acertijos. ⸻
    ⸻ Bajo el manto de una luna menguante, donde el sendero de piedras se pierde, florece un jardín, salvaje y vibrante, un secreto oscuro en el mundo verde. No busques allí la rosa ordenada, ni el tulipán de colores prolijos. Esta es la tierra de la hierba sagrada, donde la sombra y la luz son acertijos. ⸻
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  • Sentado sobre una rama alta, con un poleron cubriéndole el torso y la luna colándose entre las hojas, Sniffles observaba su reflejo distorsionado en la superficie del lago oscuro. “¿La raza define quién eres?”, se preguntaba en silencio, sus dedos tocaba sin querer el pelaje de su mejilla, como recordando una infancia que parecía lejana. Si su sangre provenía de vermilinguos. ¿Era un animal disfrazado de humano?. Por primera vez en mucho tiempo, dudó si realmente podía escapar del legado que fluía en sus venas… o si, como la niebla que invocaba, su destino estaba condenado a tomar la forma del animal que siempre ha reprimido.
    Sentado sobre una rama alta, con un poleron cubriéndole el torso y la luna colándose entre las hojas, Sniffles observaba su reflejo distorsionado en la superficie del lago oscuro. “¿La raza define quién eres?”, se preguntaba en silencio, sus dedos tocaba sin querer el pelaje de su mejilla, como recordando una infancia que parecía lejana. Si su sangre provenía de vermilinguos. ¿Era un animal disfrazado de humano?. Por primera vez en mucho tiempo, dudó si realmente podía escapar del legado que fluía en sus venas… o si, como la niebla que invocaba, su destino estaba condenado a tomar la forma del animal que siempre ha reprimido.
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    Busco personas dispuestas a construir una historia donde el drama sea el hilo conductor y el slow-burn la norma.

    Vínculos de Interés que busco:

    I. Interés Romántico - Hombre o Mujer.
    Puede ser un estudiante de otra facultad, un artista consolidado o alguien del pasado.
    • La dinámica: Tensión sexual no resuelta, discusiones intelectuales, silencios cargados en el estudio de arte y un acercamiento lento. Quiero que se descubran poco a poco.

    II. Rivalidad / Amistad Tóxica
    Alguien que compita con ella por la excelencia. Un compañero/a de carrera que envidie su talento natural.
    • La dinámica: Una relación de "te odio pero eres la única persona que me entiende". Competencia feroz por becas o espacios en galerías.

    III. Mejor amigo/a
    Esa persona que conoce la verdad sobre su familia y el desprecio de su padre hacia su carrera. El que la recoge cuando se queda dormida sobre un lienzo o cuando el peso de las expectativas la hace colapsar.
    • La dinámica: Confianza ciega, pero con matices de drama. Quizás hay sentimientos no correspondidos o un secreto compartido que podría arruinar la reputación de ambos en la alta sociedad.

    Notas de U:
    • Estilo: Escribo en tercera persona, con una extensión considerable (busco posts que profundicen en la psicología de los personajes).
    • Ritmo: Soy partidaria de la calidad sobre la cantidad. No espero respuestas inmediatas, pero sí trabajadas.
    • Temas: Abierta a tocar temas oscuros, conflictos familiares, crisis existenciales y, por supuesto, mucho romance a fuego lento.
    • Disponibilidad: Si tienes una idea que encaje con este perfil, ¡mis MD están abiertos!
    Busco personas dispuestas a construir una historia donde el drama sea el hilo conductor y el slow-burn la norma. Vínculos de Interés que busco: I. Interés Romántico - Hombre o Mujer. Puede ser un estudiante de otra facultad, un artista consolidado o alguien del pasado. • La dinámica: Tensión sexual no resuelta, discusiones intelectuales, silencios cargados en el estudio de arte y un acercamiento lento. Quiero que se descubran poco a poco. II. Rivalidad / Amistad Tóxica Alguien que compita con ella por la excelencia. Un compañero/a de carrera que envidie su talento natural. • La dinámica: Una relación de "te odio pero eres la única persona que me entiende". Competencia feroz por becas o espacios en galerías. III. Mejor amigo/a Esa persona que conoce la verdad sobre su familia y el desprecio de su padre hacia su carrera. El que la recoge cuando se queda dormida sobre un lienzo o cuando el peso de las expectativas la hace colapsar. • La dinámica: Confianza ciega, pero con matices de drama. Quizás hay sentimientos no correspondidos o un secreto compartido que podría arruinar la reputación de ambos en la alta sociedad. Notas de U: • Estilo: Escribo en tercera persona, con una extensión considerable (busco posts que profundicen en la psicología de los personajes). • Ritmo: Soy partidaria de la calidad sobre la cantidad. No espero respuestas inmediatas, pero sí trabajadas. • Temas: Abierta a tocar temas oscuros, conflictos familiares, crisis existenciales y, por supuesto, mucho romance a fuego lento. • Disponibilidad: Si tienes una idea que encaje con este perfil, ¡mis MD están abiertos! 💋
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    Necesito conseguirle un patrón oscuro a este muchachón y meterlo a la trama medieval u_u
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  • El vestido oscuro ceñía su figura con una elegancia austera, y los pendientes en forma de lágrima atrapaban la luz como si bebieran de ella cada vez que inclinaba apenas la cabeza.

    Giró el rostro con lentitud, como si el tiempo, dócil, se curvara ante su voluntad. En su mirada no había prisa, solo calma, forjada en la eternidad de demasiadas noches contempladas y sobrevividas. Se preguntó, no sin un dejo de ironía silenciosa, qué hacía una vez más en aquel lugar condenado a repetirse.

    ♧ Supongo que los viejos hábitos siempre regresan -susurró para sí misma.

    El murmullo de la multitud llenaba el espacio, un latido ajeno y constante. Estar rodeada de gente no la incomodaba, al contrario, era un telón perfecto para no levantar sospechas de su verdadero ser.
    El vestido oscuro ceñía su figura con una elegancia austera, y los pendientes en forma de lágrima atrapaban la luz como si bebieran de ella cada vez que inclinaba apenas la cabeza. Giró el rostro con lentitud, como si el tiempo, dócil, se curvara ante su voluntad. En su mirada no había prisa, solo calma, forjada en la eternidad de demasiadas noches contempladas y sobrevividas. Se preguntó, no sin un dejo de ironía silenciosa, qué hacía una vez más en aquel lugar condenado a repetirse. ♧ Supongo que los viejos hábitos siempre regresan -susurró para sí misma. El murmullo de la multitud llenaba el espacio, un latido ajeno y constante. Estar rodeada de gente no la incomodaba, al contrario, era un telón perfecto para no levantar sospechas de su verdadero ser.
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  • ꧁ঔৣ☬El Eco de los Cuatro Mil Años☬ঔৣ꧂


    El horizonte en el Elíseo de las Sombras no era un lugar, sino una herida abierta de color azul profundo. Allí, donde el tiempo se desangra sin morir, caminaba Eventus. Su figura, una torre de pesadilla coronada por cuernos que desafiaban al vacío, avanzaba con la pesadez de quien carga el peso de trillones de lamentos. En su pecho, las ramificaciones carmesíes brillaban con una luz enferma, alimentándose de la desesperación que él, por decreto del cosmos, debía custodiar.

    A su lado, una pequeña mota de ceniza con forma humana trotaba para no perderse. Un alma nueva. Una curiosidad insignificante en la inmensidad del castigo.

    —¿Eres tú quien decide mi final? —preguntó el alma, con una voz que aún conservaba el temblor de la vida—. Pareces cansado de oírnos. He pasado mi existencia huyendo del silencio, y ahora comprendo que tú eres su único dueño.

    Eventus no respondió. Se limitó a dar la vuelta, iniciando una marcha sin rumbo hacia la nada. Sus pasos no buscaban un destino, pues él ya estaba en todas partes. Caminaba simplemente para huir de la quietud absoluta.

    —Silencio... —retumbó la voz de Eventus, vibrando no en el aire, sino en la esencia misma del alma—. Eso es lo único que existe aquí. Silencio.

    A medida que avanzaban, un sonido rítmico comenzó a quebrar la nada: ploc, ploc. Eran gotas invisibles cayendo sobre un suelo inexistente. No había agua, pero el vacío lloraba.

    —Eres un alma inquieta —sentenció Eventus, sin detenerse—. Rompes la quietud que nos rodea con tus preguntas, pero pronto entenderás que no podrás romper el vacío que te aguarda. Olvida ya lo que es la emoción. Muy pronto, olvidarás la simpatía, el calor y lo que significa ser humano.

    Para demostrar su poder sobre la desolación, Eventus extendió una mano hacia el firmamento. Con un roce de sus dedos largos y sombríos, cambió el azul por un turquesa oscuro, una tonalidad tóxica y profunda. Luego, en un gesto de inesperada piedad —o quizás de nostalgia propia—, hizo descender un sol pálido.

    El vacío se tiñó de un atardecer artificial. No tenía el aroma de la tierra húmeda ni el calor del hogar, pero era belleza al fin y al cabo. Eventus se detuvo y, por un instante que duró milenios, meditó frente a su propia creación.

    —¿Qué hacías? —preguntó el alma tras un tiempo que pareció eterno.

    —¿Qué hacías tú? —replicó Eventus con una curiosidad gélida—. Han pasado mil años desde que nos detuvimos en este lugar. He visto pasar trillones de vidas mientras tú sigues aquí. Eres solo otra sombra que intenta aferrarse a algo que ya no existe. ¿Acaso recuerdas quién eras? ¿Fuiste hombre, mujer o nada? Ya no importa. Jamás lo recordarás.

    —Me aferro porque, si me olvido de mí, tú te quedarás solo —susurró el alma, ahora casi traslúcida—. Si yo dejo de hablar, ¿quién recordará que tú no eres solo un monstruo, sino un ser que anhela su propio camino?

    Eventus sintió una punzada en su interior hueco. Llevaban cuatro mil años caminando juntos. El alma ya no era un trámite; era un espejo.

    —Acepta tu destino —dijo Eventus, retomando la marcha con una tristeza renovada—. Termina tu camino para que puedas ser algo en el Todo. No te aferres por mí... soy solo algo con nada por dentro.

    El alma comenzó a desvanecerse, convirtiéndose en partículas de plata que el azul del fondo empezó a devorar. Antes de desaparecer, lanzó un último pensamiento al ser cósmico: Espero que algún día, el vacío también aprenda a escucharte a ti.

    Eventus se quedó solo una vez más. Se detuvo en mitad de la nada absoluta. No había más palabras, no más preguntas inquietas. Sin embargo, en la inmensidad de su memoria eterna, decidió guardar aquel pequeño destello de cuatro mil años.

    Él era la nada, sí. Pero ahora era una nada que recordaba haber sido acompañada.
    ꧁ঔৣ☬El Eco de los Cuatro Mil Años☬ঔৣ꧂ El horizonte en el Elíseo de las Sombras no era un lugar, sino una herida abierta de color azul profundo. Allí, donde el tiempo se desangra sin morir, caminaba Eventus. Su figura, una torre de pesadilla coronada por cuernos que desafiaban al vacío, avanzaba con la pesadez de quien carga el peso de trillones de lamentos. En su pecho, las ramificaciones carmesíes brillaban con una luz enferma, alimentándose de la desesperación que él, por decreto del cosmos, debía custodiar. A su lado, una pequeña mota de ceniza con forma humana trotaba para no perderse. Un alma nueva. Una curiosidad insignificante en la inmensidad del castigo. —¿Eres tú quien decide mi final? —preguntó el alma, con una voz que aún conservaba el temblor de la vida—. Pareces cansado de oírnos. He pasado mi existencia huyendo del silencio, y ahora comprendo que tú eres su único dueño. Eventus no respondió. Se limitó a dar la vuelta, iniciando una marcha sin rumbo hacia la nada. Sus pasos no buscaban un destino, pues él ya estaba en todas partes. Caminaba simplemente para huir de la quietud absoluta. —Silencio... —retumbó la voz de Eventus, vibrando no en el aire, sino en la esencia misma del alma—. Eso es lo único que existe aquí. Silencio. A medida que avanzaban, un sonido rítmico comenzó a quebrar la nada: ploc, ploc. Eran gotas invisibles cayendo sobre un suelo inexistente. No había agua, pero el vacío lloraba. —Eres un alma inquieta —sentenció Eventus, sin detenerse—. Rompes la quietud que nos rodea con tus preguntas, pero pronto entenderás que no podrás romper el vacío que te aguarda. Olvida ya lo que es la emoción. Muy pronto, olvidarás la simpatía, el calor y lo que significa ser humano. Para demostrar su poder sobre la desolación, Eventus extendió una mano hacia el firmamento. Con un roce de sus dedos largos y sombríos, cambió el azul por un turquesa oscuro, una tonalidad tóxica y profunda. Luego, en un gesto de inesperada piedad —o quizás de nostalgia propia—, hizo descender un sol pálido. El vacío se tiñó de un atardecer artificial. No tenía el aroma de la tierra húmeda ni el calor del hogar, pero era belleza al fin y al cabo. Eventus se detuvo y, por un instante que duró milenios, meditó frente a su propia creación. —¿Qué hacías? —preguntó el alma tras un tiempo que pareció eterno. —¿Qué hacías tú? —replicó Eventus con una curiosidad gélida—. Han pasado mil años desde que nos detuvimos en este lugar. He visto pasar trillones de vidas mientras tú sigues aquí. Eres solo otra sombra que intenta aferrarse a algo que ya no existe. ¿Acaso recuerdas quién eras? ¿Fuiste hombre, mujer o nada? Ya no importa. Jamás lo recordarás. —Me aferro porque, si me olvido de mí, tú te quedarás solo —susurró el alma, ahora casi traslúcida—. Si yo dejo de hablar, ¿quién recordará que tú no eres solo un monstruo, sino un ser que anhela su propio camino? Eventus sintió una punzada en su interior hueco. Llevaban cuatro mil años caminando juntos. El alma ya no era un trámite; era un espejo. —Acepta tu destino —dijo Eventus, retomando la marcha con una tristeza renovada—. Termina tu camino para que puedas ser algo en el Todo. No te aferres por mí... soy solo algo con nada por dentro. El alma comenzó a desvanecerse, convirtiéndose en partículas de plata que el azul del fondo empezó a devorar. Antes de desaparecer, lanzó un último pensamiento al ser cósmico: Espero que algún día, el vacío también aprenda a escucharte a ti. Eventus se quedó solo una vez más. Se detuvo en mitad de la nada absoluta. No había más palabras, no más preguntas inquietas. Sin embargo, en la inmensidad de su memoria eterna, decidió guardar aquel pequeño destello de cuatro mil años. Él era la nada, sí. Pero ahora era una nada que recordaba haber sido acompañada.
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  • Nuevo Sol
    Categoría Drama
    - 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝐸𝑙𝑒𝑎𝑛𝑜𝑟 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖

    Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro.
    Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida.

    Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe.

    Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder.
    En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo.

    —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos.

    Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación.
    El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas.

    El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja.
    —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo.
    Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente.
    La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta.

    Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada.

    El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco.
    La seguridad es un hábito que no se pierde.
    El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto.
    Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto.
    No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad.

    Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto.
    Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor.
    —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
    👥 - [vision_fuchsia_rabbit_825] 🔥 Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro. Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida. Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe. Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder. En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo. —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos. Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación. El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas. El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja. —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo. Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente. La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta. Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada. El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco. La seguridad es un hábito que no se pierde. El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto. Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto. No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad. Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto. Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor. —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
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    Individual
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    Cualquier línea
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    Me encocora
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  • After The Shadows – No One Can Hear You.
    Fandom JJK/Original.
    Categoría Suspenso
    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Berlín | 06/03/2045.

    ⠀⠀Los viajes nunca terminaban, la impronta del viajero eran sus memorias, un transeúnte eterno que vivía en los recuerdos de la gente, pero no en un lugar como tal. Una maldición para otros, pero una bendición para él, nunca estaba aburrido, siempre adónde iba tenía un misterio o un propósito que solventar.

    ⠀⠀¿Es esto lo que podían llamar "realización personal"? Puede ser, puede que no, porque en el camino descuidó cosas de sí mismo. Su pasado, su propia identidad y hasta sus lazos familiares, pero no es que quisiera simplemente dejar que el maletín se empolvase. Ser hechicero tenía sus ventajas...

    ⠀⠀Orfanato St. Anselm, antiguo y oscuro, tiene una historia que se remonta al renacimiento, demasiado viejo para pensar que todavía continúa en funcionamiento. Las estructura estuvo retocada durante tantos años que ya ni siquiera se parece al diseño original. Típico, pero lugar plausible para maldiciones... la apariencia no importa, solo el lamento.
    ⠀⠀⸻Esta es tu próxima misión⸻ Comentó un hombre anciano, de barba larga y rostro arrugado, luego de entregar el papel a un joven rubio. Mismo que tomó la nota y leyó con cautela. ⸻¿Motivo?⸻ Las palabras sobraban, era más que nada protocolo. ⸻Avistamientos, ruidos extraños. No creo que supere el tercer grado⸻ Miró con algo de indignación, con la hechicería siendo pública en el globo, podían enviar a cualquier pelele a exorcizar maldiciones, pero no podía ser exquisito con las misiones, a veces no había maldiciones poderosas que tocar, un tercer grado era un milagro estos meses. ⸻Okay, okay, lo tomaré. Deja de mirarme así⸻ Los ancianos algunas veces eran insoportables, pero bueno... la edad no te pone exactamente más alegre.

    ⠀⠀Esa misma tarde, aquel joven hechicero tomó un bus hacia susodicho lugar. Supone que le habrían enviado su currículum a la encargada del lugar, y poder llevar a cabo su investigación para saber de qué clase de maldición son presas. Estos estudios suelen durar desde días hasta semanas, dependiendo de la complejidad y la antigüedad.
    ⠀⠀⸻Okay... ¡Vamos!⸻ Se palpó sus propias mejillas, antes de tocar el timbre de aquel tétrico lugar...

    ⠀⠀Vesta
    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Berlín | 06/03/2045. ⠀ ⠀⠀Los viajes nunca terminaban, la impronta del viajero eran sus memorias, un transeúnte eterno que vivía en los recuerdos de la gente, pero no en un lugar como tal. Una maldición para otros, pero una bendición para él, nunca estaba aburrido, siempre adónde iba tenía un misterio o un propósito que solventar. ⠀⠀¿Es esto lo que podían llamar "realización personal"? Puede ser, puede que no, porque en el camino descuidó cosas de sí mismo. Su pasado, su propia identidad y hasta sus lazos familiares, pero no es que quisiera simplemente dejar que el maletín se empolvase. Ser hechicero tenía sus ventajas... ⠀⠀Orfanato St. Anselm, antiguo y oscuro, tiene una historia que se remonta al renacimiento, demasiado viejo para pensar que todavía continúa en funcionamiento. Las estructura estuvo retocada durante tantos años que ya ni siquiera se parece al diseño original. Típico, pero lugar plausible para maldiciones... la apariencia no importa, solo el lamento. ⠀⠀⸻Esta es tu próxima misión⸻ Comentó un hombre anciano, de barba larga y rostro arrugado, luego de entregar el papel a un joven rubio. Mismo que tomó la nota y leyó con cautela. ⸻¿Motivo?⸻ Las palabras sobraban, era más que nada protocolo. ⸻Avistamientos, ruidos extraños. No creo que supere el tercer grado⸻ Miró con algo de indignación, con la hechicería siendo pública en el globo, podían enviar a cualquier pelele a exorcizar maldiciones, pero no podía ser exquisito con las misiones, a veces no había maldiciones poderosas que tocar, un tercer grado era un milagro estos meses. ⸻Okay, okay, lo tomaré. Deja de mirarme así⸻ Los ancianos algunas veces eran insoportables, pero bueno... la edad no te pone exactamente más alegre. ⠀⠀Esa misma tarde, aquel joven hechicero tomó un bus hacia susodicho lugar. Supone que le habrían enviado su currículum a la encargada del lugar, y poder llevar a cabo su investigación para saber de qué clase de maldición son presas. Estos estudios suelen durar desde días hasta semanas, dependiendo de la complejidad y la antigüedad. ⠀⠀⸻Okay... ¡Vamos!⸻ Se palpó sus propias mejillas, antes de tocar el timbre de aquel tétrico lugar... ⠀⠀[tidal_beryl_wolf_742]
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