• Mi don, tu maldición
    Fandom Crossover
    Categoría Acción
    El Mito y la Condena
    En los anales ocultos de la historia humana, el nombre de los Dessendre se pronuncia con un respeto que raya en la adoración. Para los pocos que han visto rasgarse el velo de la realidad y han sobrevivido a las fauces de lo innombrable, esta dinastía es el escudo definitivo de la humanidad. Ser un Dessendre es, a ojos de los desesperados, una bendición divina; pertenecer a un linaje de héroes semidioses que, desde la Europa medieval, han caminado entre las sombras para que el mundo pueda vivir bajo la luz.

    Pero la verdad detrás de las baladas es una tragedia bañada en sangre.

    Todo comenzó con el Primer Ancestro, un coloso de barba indomable y una fuerza que desafiaba las leyes de la naturaleza. En una época de caos, forjó un pacto con una deidad primigenia y sin nombre. El precio fue devastador: la servidumbre eterna de toda su descendencia. A cambio, la entidad selló el pacto con un regalo ponzoñoso; al cumplir los catorce años, cada miembro de la sangre Dessendre despertaría un don místico único, una herramienta de destrucción diseñada específicamente para matar monstruos.

    Lo que el mundo ve como una herencia excepcional, la familia lo conoce por su verdadero nombre: una tortura generacional. Los dones no son una bendición, son las cadenas que los arrastran al matadero. A lo largo de los siglos, el árbol genealógico de los Dessendre no ha crecido hacia el cielo, sino que se ha enterrado en tumbas prematuras. Madres, padres, hijos y hermanos... la inmensa mayoría ha perecido entre gritos, desmembrados en la oscuridad por las mismas bestias que juraron cazar. Cada victoria de la familia se ha pagado con la extinción de sus propios miembros. Para el resto del mundo son leyendas vivientes; para ellos mismos, son fantasmas en lista de espera.

    A este calvario se suma la crueldad del aislamiento. Mientras los pocos salvados los alaban como deidades, la masa ignorante los ha repudiado durante siglos, tachándolos de charlatanes, locos y herejes. Los Dessendre mueren en la más absoluta soledad, protegiendo a un mundo que los desprecia, sirviendo a un dios que los condenó.

    Hoy, las cenizas de esta dinastía maldita descansan sobre los hombros de un solo hombre: Verso.

    Sobre él pesa la corona más amarga, pues Verso es una anomalía viviente. Sus catorce años quedaron atrás, y el eco de la deidad antigua jamás resonó en su espíritu. No hubo destello místico, ni fuego en sus manos, ni visiones del más allá. La sangre sagrada parece haberlo ignorado, dejándolo completamente desarmado ante la herencia familiar.

    En una dinastía donde no tener un don equivale a una sentencia de muerte inmediata, cualquiera se habría rendido al miedo. Pero Verso no es un Dessendre ordinario. Entendiendo que la debilidad sería su fin, decidió desafiar el designio de los dioses y de los monstruos. Convirtió la ausencia de magia en su mayor fortaleza, sometiéndose a un calvario de entrenamiento físico y mental que horrorizaría a sus propios ancestros. Si no nació para ser un arma, se forjaría a sí mismo en una.

    El Intelecto Arquitectónico: Mientras otros confían en la fuerza bruta de sus dones, Verso opera con una fría precisión quirúrgica. Su mente es una enciclopedia de lo arcano; disecciona la mitología, calcula las variables y estudia la anatomía de sus presas hasta encontrar la única fisura en su inmortalidad. Él no pelea contra los monstruos; los ejecuta tras haberlos desmantelado estratégicamente en su cabeza.

    La Agilidad del Espectro: Sabiendo que su cuerpo no sanará de un golpe sobrenatural, Verso perfeccionó el arte de la evasión absoluta. Se mueve con una fluidez casi fantasmal, anticipando el peligro antes de que se materialice. En el campo de batalla, es una sombra inalcanzable.

    El Arsenal de la Venganza: Su cuerpo es una extensión viviente de cualquier herramienta de muerte. Manipula con igual maestría las espadas de plata bendecidas que sus antepasados usaron en las Cruzadas, como el armamento táctico y balístico más avanzado de la era moderna.

    Verso Dessendre camina hacia la noche sabiendo que es el eslabón más frágil de una cadena de mártires, pero también el más implacable. No tiene el poder de un dios, pero posee la voluntad inquebrantable de los hombres que se niegan a morir.

    "Mis antepasados murieron protegiendo este mundo con la magia de una deidad que nos odia. Yo no tengo milagros. Solo tengo mi ingenio, mi velocidad y un arsenal de hierro. Y esta noche, eso será más que suficiente para demostrarles a los monstruos por qué deberían temernos a los humanos."
    — Verso Dessendre.

    ____________________________________
    «Época actual»

    Había llegado a la mansión Dessendre una nota, una petición. Se decía qué en una antigua central eléctrica abandonada se habían hallado cuerpos sin vida. La policía había determinado qué se trataba de "suicidas desangrándose hasta morir". ¿Quién carajo pensaría qué encontrar cuerpos desangrados sería por suicidio? Solo policías queriendo huir del inminente destino.

    Verso, un hombre de mediana edad, pisando ya los 40's. Sabía lo qué dicha carta solicitaba y a qué cláse de esperpentos se refería. Por lo qué tomó su equipamiento, lo subió a la camioneta tipo Jeep todo terreno qué guardaba en uno de lo garages y se encaminó a plena luz del día cayendo por el oeste, rumbo a la dichosa central eléctrica.

    «Hoy solo quería recostarme y ver televisión cómo la gente común, pero aquí vamos de nuevo»

    Se veía en su rostro rebosante de "emoción" el poco interés qué tenía, pero se tomaba muy en serio el trabajo; era la clase de hombre qué jamás subestimaría una situación peligrosa.

    Pasaron un par de horas conduciendo, el sol había caído por completo y era solo la luna la qué observaba desde el firmamento.
    Llegó al lugar, se estacionó en lo qué era un parking abandonado a su suerte, sucio, amplio y totalmente vacío hasta ahora.

    El hombre se preparó, un par de dagas ocultas bajo la gabardina, una ballesta de mano en la funda de su espalda, la espada de plata envainada a su costado izquierdo, el colgante en forma de cruz a la altura de la clavícula y un frasco qué ocultó en el bolsillo superior izquierdo de la gabardina. Tomó también una lámpara de baterías con la mano izuquierda y cerró la camioneta con llave.

    Estaba ahora en la entrada, se veía tétrico y lo qué daba una sensación escalofriante era qué no se escuchaba nada más qué el viento zarandeando uno qué otro cable o láminas de metal qué golpeaban entre sí.

    Inspiró y exhaló con tranquilidad achinando los ojos, para posteriormente abrirlos por completo y adentrarse en el lugar lentamente, observando a todos lados y en todas direcciones. Podría ser qué hubiese uno de esos seres o quizás le tocaría regresar a casa a descansar.
    El Mito y la Condena En los anales ocultos de la historia humana, el nombre de los Dessendre se pronuncia con un respeto que raya en la adoración. Para los pocos que han visto rasgarse el velo de la realidad y han sobrevivido a las fauces de lo innombrable, esta dinastía es el escudo definitivo de la humanidad. Ser un Dessendre es, a ojos de los desesperados, una bendición divina; pertenecer a un linaje de héroes semidioses que, desde la Europa medieval, han caminado entre las sombras para que el mundo pueda vivir bajo la luz. Pero la verdad detrás de las baladas es una tragedia bañada en sangre. Todo comenzó con el Primer Ancestro, un coloso de barba indomable y una fuerza que desafiaba las leyes de la naturaleza. En una época de caos, forjó un pacto con una deidad primigenia y sin nombre. El precio fue devastador: la servidumbre eterna de toda su descendencia. A cambio, la entidad selló el pacto con un regalo ponzoñoso; al cumplir los catorce años, cada miembro de la sangre Dessendre despertaría un don místico único, una herramienta de destrucción diseñada específicamente para matar monstruos. Lo que el mundo ve como una herencia excepcional, la familia lo conoce por su verdadero nombre: una tortura generacional. Los dones no son una bendición, son las cadenas que los arrastran al matadero. A lo largo de los siglos, el árbol genealógico de los Dessendre no ha crecido hacia el cielo, sino que se ha enterrado en tumbas prematuras. Madres, padres, hijos y hermanos... la inmensa mayoría ha perecido entre gritos, desmembrados en la oscuridad por las mismas bestias que juraron cazar. Cada victoria de la familia se ha pagado con la extinción de sus propios miembros. Para el resto del mundo son leyendas vivientes; para ellos mismos, son fantasmas en lista de espera. A este calvario se suma la crueldad del aislamiento. Mientras los pocos salvados los alaban como deidades, la masa ignorante los ha repudiado durante siglos, tachándolos de charlatanes, locos y herejes. Los Dessendre mueren en la más absoluta soledad, protegiendo a un mundo que los desprecia, sirviendo a un dios que los condenó. Hoy, las cenizas de esta dinastía maldita descansan sobre los hombros de un solo hombre: Verso. Sobre él pesa la corona más amarga, pues Verso es una anomalía viviente. Sus catorce años quedaron atrás, y el eco de la deidad antigua jamás resonó en su espíritu. No hubo destello místico, ni fuego en sus manos, ni visiones del más allá. La sangre sagrada parece haberlo ignorado, dejándolo completamente desarmado ante la herencia familiar. En una dinastía donde no tener un don equivale a una sentencia de muerte inmediata, cualquiera se habría rendido al miedo. Pero Verso no es un Dessendre ordinario. Entendiendo que la debilidad sería su fin, decidió desafiar el designio de los dioses y de los monstruos. Convirtió la ausencia de magia en su mayor fortaleza, sometiéndose a un calvario de entrenamiento físico y mental que horrorizaría a sus propios ancestros. Si no nació para ser un arma, se forjaría a sí mismo en una. El Intelecto Arquitectónico: Mientras otros confían en la fuerza bruta de sus dones, Verso opera con una fría precisión quirúrgica. Su mente es una enciclopedia de lo arcano; disecciona la mitología, calcula las variables y estudia la anatomía de sus presas hasta encontrar la única fisura en su inmortalidad. Él no pelea contra los monstruos; los ejecuta tras haberlos desmantelado estratégicamente en su cabeza. La Agilidad del Espectro: Sabiendo que su cuerpo no sanará de un golpe sobrenatural, Verso perfeccionó el arte de la evasión absoluta. Se mueve con una fluidez casi fantasmal, anticipando el peligro antes de que se materialice. En el campo de batalla, es una sombra inalcanzable. El Arsenal de la Venganza: Su cuerpo es una extensión viviente de cualquier herramienta de muerte. Manipula con igual maestría las espadas de plata bendecidas que sus antepasados usaron en las Cruzadas, como el armamento táctico y balístico más avanzado de la era moderna. Verso Dessendre camina hacia la noche sabiendo que es el eslabón más frágil de una cadena de mártires, pero también el más implacable. No tiene el poder de un dios, pero posee la voluntad inquebrantable de los hombres que se niegan a morir. "Mis antepasados murieron protegiendo este mundo con la magia de una deidad que nos odia. Yo no tengo milagros. Solo tengo mi ingenio, mi velocidad y un arsenal de hierro. Y esta noche, eso será más que suficiente para demostrarles a los monstruos por qué deberían temernos a los humanos." — Verso Dessendre. ____________________________________ «Época actual» Había llegado a la mansión Dessendre una nota, una petición. Se decía qué en una antigua central eléctrica abandonada se habían hallado cuerpos sin vida. La policía había determinado qué se trataba de "suicidas desangrándose hasta morir". ¿Quién carajo pensaría qué encontrar cuerpos desangrados sería por suicidio? Solo policías queriendo huir del inminente destino. Verso, un hombre de mediana edad, pisando ya los 40's. Sabía lo qué dicha carta solicitaba y a qué cláse de esperpentos se refería. Por lo qué tomó su equipamiento, lo subió a la camioneta tipo Jeep todo terreno qué guardaba en uno de lo garages y se encaminó a plena luz del día cayendo por el oeste, rumbo a la dichosa central eléctrica. «Hoy solo quería recostarme y ver televisión cómo la gente común, pero aquí vamos de nuevo» Se veía en su rostro rebosante de "emoción" el poco interés qué tenía, pero se tomaba muy en serio el trabajo; era la clase de hombre qué jamás subestimaría una situación peligrosa. Pasaron un par de horas conduciendo, el sol había caído por completo y era solo la luna la qué observaba desde el firmamento. Llegó al lugar, se estacionó en lo qué era un parking abandonado a su suerte, sucio, amplio y totalmente vacío hasta ahora. El hombre se preparó, un par de dagas ocultas bajo la gabardina, una ballesta de mano en la funda de su espalda, la espada de plata envainada a su costado izquierdo, el colgante en forma de cruz a la altura de la clavícula y un frasco qué ocultó en el bolsillo superior izquierdo de la gabardina. Tomó también una lámpara de baterías con la mano izuquierda y cerró la camioneta con llave. Estaba ahora en la entrada, se veía tétrico y lo qué daba una sensación escalofriante era qué no se escuchaba nada más qué el viento zarandeando uno qué otro cable o láminas de metal qué golpeaban entre sí. Inspiró y exhaló con tranquilidad achinando los ojos, para posteriormente abrirlos por completo y adentrarse en el lugar lentamente, observando a todos lados y en todas direcciones. Podría ser qué hubiese uno de esos seres o quizás le tocaría regresar a casa a descansar.
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  • —Bueno, ya está... La vida continua, incluso cuando sabes que no terminará. —Había cumplido nuevamente con su labor, ahora simplemente reflexionaba ya lejos del lugar de sucesos.

    Después de todo, conoce perfectamente el ruido que genera cuando otros encuentran aquello que perdió para siempre su chispa, la cual simplemente desaparece en medio de la oscuridad.
    —Bueno, ya está... La vida continua, incluso cuando sabes que no terminará. —Había cumplido nuevamente con su labor, ahora simplemente reflexionaba ya lejos del lugar de sucesos. Después de todo, conoce perfectamente el ruido que genera cuando otros encuentran aquello que perdió para siempre su chispa, la cual simplemente desaparece en medio de la oscuridad.
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  • — Mira lo que haz hecho...
    yo solía traer oscuridad y ahora...
    no puedo dejar de pensar en tí... Persephone ᵠᵘᵉᵉᶰ ᵒᶠ ᵗʰᵉ ᵁᶰᵈᵉʳʷᵒʳˡᵈ
    — Mira lo que haz hecho... yo solía traer oscuridad y ahora... no puedo dejar de pensar en tí... [Perse2612]
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  • Reina de la oscuridad.
    Vive en las sombras y espera para extender el velo negro....
    Reina de la oscuridad. Vive en las sombras y espera para extender el velo negro....
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  • -El inmenso salón del trono permanecía sumido en una penumbra rojiza. Las velas ardían lentamente a ambos lados de la estancia, proyectando sombras danzantes sobre las columnas negras y los enormes cortinajes de terciopelo carmesí. En lo alto de la escalinata, sentado sobre un trono de oscura majestuosidad, se encontraba el elfo. Su piel semejante a obsidiana reflejaba los destellos de las llamas, mientras delicadas vetas doradas recorrían su cuerpo como grietas de oro fundido. Sus largos cabellos blancos caían sobre sus hombros y pecho, contrastando con la oscuridad de su figura de una forma casi irreal.-

    -Permanecía reclinado con elegancia, apoyando el rostro sobre una mano mientras observaba el vacío con sus brillantes ojos carmesí. Las sedas rojas envolvían parcialmente su cuerpo, descendiendo por los brazos del trono como una cascada de sangre y terciopelo. No parecía un rey esperando audiencia, sino una entidad antigua que había contemplado el nacimiento y la caída de innumerables imperios. Su expresión era serena, distante, imposible de descifrar, como si sus pensamientos vagaran por recuerdos mucho más antiguos que la propia historia.-

    "Llegas tarde, cuanto tiempo pensabas hacerme esperar."
    -El inmenso salón del trono permanecía sumido en una penumbra rojiza. Las velas ardían lentamente a ambos lados de la estancia, proyectando sombras danzantes sobre las columnas negras y los enormes cortinajes de terciopelo carmesí. En lo alto de la escalinata, sentado sobre un trono de oscura majestuosidad, se encontraba el elfo. Su piel semejante a obsidiana reflejaba los destellos de las llamas, mientras delicadas vetas doradas recorrían su cuerpo como grietas de oro fundido. Sus largos cabellos blancos caían sobre sus hombros y pecho, contrastando con la oscuridad de su figura de una forma casi irreal.- -Permanecía reclinado con elegancia, apoyando el rostro sobre una mano mientras observaba el vacío con sus brillantes ojos carmesí. Las sedas rojas envolvían parcialmente su cuerpo, descendiendo por los brazos del trono como una cascada de sangre y terciopelo. No parecía un rey esperando audiencia, sino una entidad antigua que había contemplado el nacimiento y la caída de innumerables imperios. Su expresión era serena, distante, imposible de descifrar, como si sus pensamientos vagaran por recuerdos mucho más antiguos que la propia historia.- "Llegas tarde, cuanto tiempo pensabas hacerme esperar."
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  • -El enorme salón permanecía en silencio, iluminado únicamente por la luz de las velas que se reflejaban sobre las cortinas de terciopelo rojo. Frente a un gran caballete, el elfo observaba la pintura aún incompleta de una mujer que, contra toda lógica, había logrado despertar su interés. Mientras el pincel recorría el lienzo, cada trazo era ejecutado con una dedicación que pocas cosas habían merecido de él.-

    -Ella era distinta. Pura, bondadosa y sincera, una de las pocas personas que jamás se acercó por miedo, ambición o fascinación. Había visto más allá de la figura oscura que todos conocían y, con una honestidad imposible de ignorar, terminó confesándole sus sentimientos. Él aceptó aquellas palabras a su manera: distante, misterioso y sereno, pero sincero.-

    -Aquel cuadro era su respuesta. No un regalo ostentoso ni una declaración pronunciada en voz alta, sino un agradecimiento silencioso por haber permanecido a su lado. Cada pincelada era una muestra de afecto que jamás expresaría con palabras, una forma de inmortalizar a la única persona capaz de encontrar luz incluso dentro de su oscuridad.-

    Lilithia Feu 🪷🌸
    -El enorme salón permanecía en silencio, iluminado únicamente por la luz de las velas que se reflejaban sobre las cortinas de terciopelo rojo. Frente a un gran caballete, el elfo observaba la pintura aún incompleta de una mujer que, contra toda lógica, había logrado despertar su interés. Mientras el pincel recorría el lienzo, cada trazo era ejecutado con una dedicación que pocas cosas habían merecido de él.- -Ella era distinta. Pura, bondadosa y sincera, una de las pocas personas que jamás se acercó por miedo, ambición o fascinación. Había visto más allá de la figura oscura que todos conocían y, con una honestidad imposible de ignorar, terminó confesándole sus sentimientos. Él aceptó aquellas palabras a su manera: distante, misterioso y sereno, pero sincero.- -Aquel cuadro era su respuesta. No un regalo ostentoso ni una declaración pronunciada en voz alta, sino un agradecimiento silencioso por haber permanecido a su lado. Cada pincelada era una muestra de afecto que jamás expresaría con palabras, una forma de inmortalizar a la única persona capaz de encontrar luz incluso dentro de su oscuridad.- [Lili_Feu80]
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  • No cabía ninguna duda, lo había sentido en aquel planeta; era una presencia fuera de lo común.

    El espacio profundo, con su silencio absoluto que tanto deleitaba sus sentidos, se vio interrumpido por una perturbación invisible en el tejido de la energía cósmica.

    Valerius detuvo su avance en el vacío. Sus ojos carmesí, profundos como brasas moribundas en la oscuridad, destellaron con la intensidad de una supernova. Sus venas doradas se traslucieron bajo sus escamas brillando con fuerza a medida que su mente procesaba el estímulo de forma clínica.

    Como un maestro estratega analizando un tablero de ajedrez, calculó la trayectoria el pulso magnético no pertenecía a ninguna de las razas inferiores que usualmente infectaban el cosmos.

    Aquella firma térmica, aunque distante y amortiguada por la atmósfera de un mundo desconocido, poseía la misma vibración de alta densidad que su propio plasma solar.

    — ¿Un remanente? —murmuró — ¿Alguien de mi propia sangre? Imposible. —

    Su lógica le dictaba que su linaje dinástico había sido extirpado por completo en el pasado. Sin perder un solo segundo en vacilaciones emocionales, trazó la ruta hacia el tercer planeta de un sistema solar joven y promedio: la Tierra.

    La llegada al planeta fue silenciosa, un acto de infiltración perfecto a pesar de su tamaño, el aire alrededor de su cuerpo vibraba con violencia debido al calor residual de sus células, pero para los radares humanos, solo fue una estrella fugaz desvaneciéndose en el cielo nocturno.

    El contraste entre la frialdad del aire terrestre y el aura ardiente que arrastraba tras de sí creó una leve neblina a su alrededor. Dio un paso al frente y extendió sus alas, permitiendo que sus escamas doradas respiraran el aire de este nuevo tablero de juego.

    Se dio un momento para recobrar energías y adaptarse al sol en aquel sitio, solo para de nuevo elevarse hacia los cielos.

    No había prisa en sus movimientos, comenzó a planear sobre el territorio, cortaba las nubes mientras volaba por el sitio, sus ojos escudriñaban la superficie del planeta con una sonrisa ladina y autosuficiente.

    Era cuestión de tiempo para encontrar al dueño de aquella radiación de calor.

    FT: Asʜᴇɴᴏʀᴅ

    No cabía ninguna duda, lo había sentido en aquel planeta; era una presencia fuera de lo común. El espacio profundo, con su silencio absoluto que tanto deleitaba sus sentidos, se vio interrumpido por una perturbación invisible en el tejido de la energía cósmica. Valerius detuvo su avance en el vacío. Sus ojos carmesí, profundos como brasas moribundas en la oscuridad, destellaron con la intensidad de una supernova. Sus venas doradas se traslucieron bajo sus escamas brillando con fuerza a medida que su mente procesaba el estímulo de forma clínica. Como un maestro estratega analizando un tablero de ajedrez, calculó la trayectoria el pulso magnético no pertenecía a ninguna de las razas inferiores que usualmente infectaban el cosmos. Aquella firma térmica, aunque distante y amortiguada por la atmósfera de un mundo desconocido, poseía la misma vibración de alta densidad que su propio plasma solar. — ¿Un remanente? —murmuró — ¿Alguien de mi propia sangre? Imposible. — Su lógica le dictaba que su linaje dinástico había sido extirpado por completo en el pasado. Sin perder un solo segundo en vacilaciones emocionales, trazó la ruta hacia el tercer planeta de un sistema solar joven y promedio: la Tierra. La llegada al planeta fue silenciosa, un acto de infiltración perfecto a pesar de su tamaño, el aire alrededor de su cuerpo vibraba con violencia debido al calor residual de sus células, pero para los radares humanos, solo fue una estrella fugaz desvaneciéndose en el cielo nocturno. El contraste entre la frialdad del aire terrestre y el aura ardiente que arrastraba tras de sí creó una leve neblina a su alrededor. Dio un paso al frente y extendió sus alas, permitiendo que sus escamas doradas respiraran el aire de este nuevo tablero de juego. Se dio un momento para recobrar energías y adaptarse al sol en aquel sitio, solo para de nuevo elevarse hacia los cielos. No había prisa en sus movimientos, comenzó a planear sobre el territorio, cortaba las nubes mientras volaba por el sitio, sus ojos escudriñaban la superficie del planeta con una sonrisa ladina y autosuficiente. Era cuestión de tiempo para encontrar al dueño de aquella radiación de calor. FT: [sun.dragon]
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  • •Las Crónicas De Fenrir Queen•

    Capítulo 2: Dos heridas, un mismo rastro

    La conversación se fue apagando poco a poco después de aquello. No porque alguno quisiera marcharse, sino porque ambos parecíamos estar procesando lo que acabábamos de descubrir. Durante semanas había recorrido caminos, pueblos y ciudades enteras buscando respuestas para unas heridas que nadie sabía explicar, y ahora, por primera vez desde que había comenzado mi viaje, me encontraba frente a alguien que cargaba con algo parecido.

    El sonido de la chimenea crepitaba suavemente a nuestra izquierda mientras la mayoría de los viajeros continuaban con sus conversaciones. La lámpara situada entre nosotros proyectaba una luz cálida sobre la mesa de madera y, aunque el ambiente de la posada era acogedor, no podía dejar de mirar aquellas grietas que recorrían su brazo. Eran diferentes a las mías. Mucho más pequeñas. Mucho más localizadas. Sin embargo, se parecían demasiado para ser una simple coincidencia.

    Fenrir: —Cuánto tiempo llevas así?

    El muchacho bajó la mirada hacia su brazo vendado y permaneció pensativo durante unos segundos antes de responder.

    Desconocido: —No estoy seguro… algunas semanas.

    Asentí lentamente por las coincidencias y similitudes.

    Fenrir: —Entonces te encontraste con él hace poco.

    Desconocido: —Sí.

    Volvió a hacerse el silencio.

    No era incómodo.

    Simplemente ninguno parecía saber cómo continuar una conversación sobre alguien de quien no conocíamos absolutamente nada. No teníamos un nombre. No teníamos una explicación. Ni siquiera sabíamos si aquel muchacho estaba buscando algo o simplemente destruía todo lo que encontraba a su paso.

    Bajé la mirada hacia mis manos. Las vendas asomaban ligeramente por debajo de las mangas y, aunque intentaba ignorarlo, el dolor seguía ahí. Había aprendido a convivir con él durante las últimas semanas, pero eso no significaba que me gustara.

    Fenrir: —Yo ni siquiera pude hacerle frente.

    El muchacho levantó la vista.

    Desconocido: —Qué ocurrió?

    Solté una pequeña risa sin humor mientras observaba las llamas de la chimenea.

    Fenrir: —Lo que ocurrió es que me superó completamente.

    Mis dedos se cerraron ligeramente alrededor del borde de la mesa.

    Fenrir: —Intenté defenderme. Levanté barreras, utilicé todo lo que sabía hacer, pero ni siquiera entendía qué estaba ocurriendo. Sentía cómo el suelo se rompía bajo mis pies y cómo el aire se agrietaba a mi alrededor. Cuando quise darme cuenta ya estaba en el suelo.—

    Durante unos segundos permanecí observando la luz de la lámpara.

    Fenrir: —Ni siquiera fui capaz de herirlo.—

    El muchacho no respondió inmediatamente.
    Parecía analizar cada una de mis palabras.
    Finalmente habló.

    Desconocido: —Sigues viva.

    Parpadeé. No era la respuesta que esperaba.

    Fenrir: —¿Eh?

    Desconocido: —Sigues viva.

    Su voz permanecía tan tranquila como antes.

    Desconocido: —Eso significa que hiciste algo bien.

    Me quedé observándolo en silencio, durante todo aquel tiempo había pensado en mi derrota. Había pensado en mis errores. En lo débil que era. En todo lo que me faltaba por aprender. Nunca me había detenido a pensar en el simple hecho de que había sobrevivido. No sabía si aquello debía hacerme sentir mejor. Pero, de alguna manera, ayudaba.

    La conversación volvió a apagarse mientras varios clientes abandonaban la posada para retirarse a descansar. Poco a poco el lugar comenzó a vaciarse. Las voces se hicieron menos numerosas y el ambiente más tranquilo. Fue entonces cuando una conversación cercana llamó mi atención.

    Dos viajeros estaban sentados junto a la barra hablando en voz baja. Al principio no les presté demasiada atención, hasta que una frase consiguió que levantara ligeramente la cabeza.

    Viajero 1: —Dicen que volvió a aparecer.

    Mi cuerpo se tensó de inmediato. Frente a mí, el muchacho también pareció escucharlo.

    Viajero 2: —Otra vez?

    Viajero 1: —Sí.

    Viajero 2: —Pensé que eran rumores.

    El hombre negó con la cabeza.

    Viajero 1: —Esta vez ocurrió al norte.

    El silencio se instaló entre nuestra mesa. Ambos escuchábamos y sabíamos que aquella conversación podía ser importante.

    Viajero 2: —Y qué pasó?

    Viajero 1: —Un bosque entero quedó destrozado.

    Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, el muchacho levantó ligeramente la mirada, yo hice lo mismo. No hacía falta decirlo los dos estábamos pensando exactamente en lo mismo.

    Viajero 2: —Un incendio?

    Viajero 1: —No.

    El hombre bajó la voz.

    Viajero 1: —Dicen que el terreno estaba lleno de grietas.

    Mi respiración se detuvo durante un instante.
    Las mismas palabras. Las mismas señales El mismo rastro.

    Cuando los viajeros continuaron hablando ya apenas podía escucharlos. Mi atención estaba completamente centrada en lo que acababa de oír. Volví a mirar al muchacho pero el ya me estaba mirando.

    Fenrir: —¿Crees que es él?

    El silencio duró varios segundos. Finalmente respondió.

    Desconocido: —No lo sé.

    Sus ojos se desviaron hacia la ventana de la posada. Hacia la oscuridad del exterior.

    Desconocido: —Pero quiero averiguarlo.

    Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire. Por primera vez desde que había comenzado mi viaje sentí algo diferente no era esperanza, no era alivio, era curiosidad.
    Porque una parte de mí había abandonado casa buscando una cura pero otra parte…

    La parte que seguía recordando aquel combate cada vez que cerraba los ojos, necesitaba respuestas.

    Necesitaba entender quién era aquel muchacho y por qué nos había atacado y por qué las heridas que nos había dejado se negaban a desaparecer.

    Miré nuevamente las grietas que recorrían el brazo del desconocido y después observé las vendas que cubrían mis propias manos. Fuera quien fuese aquel muchacho, seguía ahí fuera. Y si realmente había vuelto a aparecer al norte, significaba que el rastro aún estaba caliente. Quizás mi viaje ya no consistía únicamente en encontrar una cura.

    Quizás acababa de convertirse en algo mucho más peligroso. Y por primera vez desde que entré en aquella posada, tuve la sensación de que el destino acababa de unir dos caminos que jamás debieron cruzarse.
    •Las Crónicas De Fenrir Queen• Capítulo 2: Dos heridas, un mismo rastro La conversación se fue apagando poco a poco después de aquello. No porque alguno quisiera marcharse, sino porque ambos parecíamos estar procesando lo que acabábamos de descubrir. Durante semanas había recorrido caminos, pueblos y ciudades enteras buscando respuestas para unas heridas que nadie sabía explicar, y ahora, por primera vez desde que había comenzado mi viaje, me encontraba frente a alguien que cargaba con algo parecido. El sonido de la chimenea crepitaba suavemente a nuestra izquierda mientras la mayoría de los viajeros continuaban con sus conversaciones. La lámpara situada entre nosotros proyectaba una luz cálida sobre la mesa de madera y, aunque el ambiente de la posada era acogedor, no podía dejar de mirar aquellas grietas que recorrían su brazo. Eran diferentes a las mías. Mucho más pequeñas. Mucho más localizadas. Sin embargo, se parecían demasiado para ser una simple coincidencia. Fenrir: —Cuánto tiempo llevas así? El muchacho bajó la mirada hacia su brazo vendado y permaneció pensativo durante unos segundos antes de responder. Desconocido: —No estoy seguro… algunas semanas. Asentí lentamente por las coincidencias y similitudes. Fenrir: —Entonces te encontraste con él hace poco. Desconocido: —Sí. Volvió a hacerse el silencio. No era incómodo. Simplemente ninguno parecía saber cómo continuar una conversación sobre alguien de quien no conocíamos absolutamente nada. No teníamos un nombre. No teníamos una explicación. Ni siquiera sabíamos si aquel muchacho estaba buscando algo o simplemente destruía todo lo que encontraba a su paso. Bajé la mirada hacia mis manos. Las vendas asomaban ligeramente por debajo de las mangas y, aunque intentaba ignorarlo, el dolor seguía ahí. Había aprendido a convivir con él durante las últimas semanas, pero eso no significaba que me gustara. Fenrir: —Yo ni siquiera pude hacerle frente. El muchacho levantó la vista. Desconocido: —Qué ocurrió? Solté una pequeña risa sin humor mientras observaba las llamas de la chimenea. Fenrir: —Lo que ocurrió es que me superó completamente. Mis dedos se cerraron ligeramente alrededor del borde de la mesa. Fenrir: —Intenté defenderme. Levanté barreras, utilicé todo lo que sabía hacer, pero ni siquiera entendía qué estaba ocurriendo. Sentía cómo el suelo se rompía bajo mis pies y cómo el aire se agrietaba a mi alrededor. Cuando quise darme cuenta ya estaba en el suelo.— Durante unos segundos permanecí observando la luz de la lámpara. Fenrir: —Ni siquiera fui capaz de herirlo.— El muchacho no respondió inmediatamente. Parecía analizar cada una de mis palabras. Finalmente habló. Desconocido: —Sigues viva. Parpadeé. No era la respuesta que esperaba. Fenrir: —¿Eh? Desconocido: —Sigues viva. Su voz permanecía tan tranquila como antes. Desconocido: —Eso significa que hiciste algo bien. Me quedé observándolo en silencio, durante todo aquel tiempo había pensado en mi derrota. Había pensado en mis errores. En lo débil que era. En todo lo que me faltaba por aprender. Nunca me había detenido a pensar en el simple hecho de que había sobrevivido. No sabía si aquello debía hacerme sentir mejor. Pero, de alguna manera, ayudaba. La conversación volvió a apagarse mientras varios clientes abandonaban la posada para retirarse a descansar. Poco a poco el lugar comenzó a vaciarse. Las voces se hicieron menos numerosas y el ambiente más tranquilo. Fue entonces cuando una conversación cercana llamó mi atención. Dos viajeros estaban sentados junto a la barra hablando en voz baja. Al principio no les presté demasiada atención, hasta que una frase consiguió que levantara ligeramente la cabeza. Viajero 1: —Dicen que volvió a aparecer. Mi cuerpo se tensó de inmediato. Frente a mí, el muchacho también pareció escucharlo. Viajero 2: —Otra vez? Viajero 1: —Sí. Viajero 2: —Pensé que eran rumores. El hombre negó con la cabeza. Viajero 1: —Esta vez ocurrió al norte. El silencio se instaló entre nuestra mesa. Ambos escuchábamos y sabíamos que aquella conversación podía ser importante. Viajero 2: —Y qué pasó? Viajero 1: —Un bosque entero quedó destrozado. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, el muchacho levantó ligeramente la mirada, yo hice lo mismo. No hacía falta decirlo los dos estábamos pensando exactamente en lo mismo. Viajero 2: —Un incendio? Viajero 1: —No. El hombre bajó la voz. Viajero 1: —Dicen que el terreno estaba lleno de grietas. Mi respiración se detuvo durante un instante. Las mismas palabras. Las mismas señales El mismo rastro. Cuando los viajeros continuaron hablando ya apenas podía escucharlos. Mi atención estaba completamente centrada en lo que acababa de oír. Volví a mirar al muchacho pero el ya me estaba mirando. Fenrir: —¿Crees que es él? El silencio duró varios segundos. Finalmente respondió. Desconocido: —No lo sé. Sus ojos se desviaron hacia la ventana de la posada. Hacia la oscuridad del exterior. Desconocido: —Pero quiero averiguarlo. Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire. Por primera vez desde que había comenzado mi viaje sentí algo diferente no era esperanza, no era alivio, era curiosidad. Porque una parte de mí había abandonado casa buscando una cura pero otra parte… La parte que seguía recordando aquel combate cada vez que cerraba los ojos, necesitaba respuestas. Necesitaba entender quién era aquel muchacho y por qué nos había atacado y por qué las heridas que nos había dejado se negaban a desaparecer. Miré nuevamente las grietas que recorrían el brazo del desconocido y después observé las vendas que cubrían mis propias manos. Fuera quien fuese aquel muchacho, seguía ahí fuera. Y si realmente había vuelto a aparecer al norte, significaba que el rastro aún estaba caliente. Quizás mi viaje ya no consistía únicamente en encontrar una cura. Quizás acababa de convertirse en algo mucho más peligroso. Y por primera vez desde que entré en aquella posada, tuve la sensación de que el destino acababa de unir dos caminos que jamás debieron cruzarse.
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  • Nuestro miedo más profundo no es ser inadecuados, el miedo mayor es nuestro poder inconmensurable, nuestra luz, y nuestra oscuridad...
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  • Distrito central.
    Fandom Libre
    Categoría Slice of Life
    Era bastante temprano en la mañana y para sorpresa de las hermanas espíritu, todo estaba repleto de personas, todos armados y fortificados con una motivación intensa en mente, meterse a las fauces de Turaviel.
    Lentamente se fueron adentrando en el lugar, acercándose al gremio que se encontraba atascado de personas incluso con sus colosales dimensiones, sorprendiendo hasta a la Espíritu de la Oscuridad, que solamente miraba los alrededores con una evidente intriga.
    Era bastante temprano en la mañana y para sorpresa de las hermanas espíritu, todo estaba repleto de personas, todos armados y fortificados con una motivación intensa en mente, meterse a las fauces de Turaviel. Lentamente se fueron adentrando en el lugar, acercándose al gremio que se encontraba atascado de personas incluso con sus colosales dimensiones, sorprendiendo hasta a la Espíritu de la Oscuridad, que solamente miraba los alrededores con una evidente intriga.
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