•Las crónicas de Fenrir Queen•
KAEL VIREON — ORIGEN
“El niño que aprendió a romper”
Antes de que nombres como Fenrir Queen o Yrus alteraran el equilibrio del universo, hubo una guerra. No fue una guerra cualquiera, sino una invasión que desgarró mundos enteros. El cielo se abría como si fuera frágil, la tierra se partía bajo fuerzas imposibles y civilizaciones completas desaparecían sin dejar rastro. En medio de ese caos, donde la destrucción era ley, un niño sobrevivía.
Herido, abandonado y al borde de la muerte, Kael yacía en una cueva oculta entre montañas devastadas. Su respiración era débil, irregular, y sus heridas no eran normales; no solo estaba roto por fuera, algo en su interior ya mostraba señales de inestabilidad, como si la propia realidad rechazara su existencia.
Fue allí donde lo encontró una niña. Fenrir, aún joven e inocente, sin comprender la magnitud de la guerra ni el papel que su propia familia jugaba en ella, solo vio a alguien que iba a morir… y decidió que no podía permitirlo. Se acercó lentamente, se arrodilló a su lado y apoyó sus manos sobre la herida. No sabía usar su poder, no lo controlaba, ni siquiera entendía lo que hacía, pero lo intentó. Su energía, pura e inestable, comenzó a fluir de forma torpe y desigual. La curación no fue inmediata ni perfecta; fue lenta, dolorosa, incompleta… pero constante.
Pasaron días, y esos días se convirtieron en semanas. Fenrir regresaba cada jornada a la cueva, llevándole agua, comida y algo que Kael ya no tenía: compañía. Al principio él apenas reaccionaba, pero con el tiempo empezó a abrir los ojos más seguido, a observarla en silencio, a escucharla. Luego a responder. Poco a poco, sin darse cuenta, dejó de estar completamente solo.
Una tarde, mientras la luz se colaba débilmente por la entrada de la cueva, ambos estaban sentados en silencio.
—¿Siempre hablas tanto? —murmuró Kael, con la voz aún débil.
Fenrir lo miró, sorprendida… y luego sonrió levemente.
—¿Siempre eres tan serio?
Kael desvió la mirada.
—No.
—Pues deberías —respondió ella, apoyando el mentón sobre sus rodillas—. Si no hablas, todo se vuelve más aburrido.
—No creo que este lugar pueda ser más aburrido.
Fenrir soltó una pequeña risa.
—Entonces tendré que esforzarme más.
Hubo un breve silencio, pero esta vez no era incómodo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
Kael tardó unos segundos en responder.
—Kael.
—Kael… —repitió ella, como si probara el nombre—. Suena bien.
—¿Y tú?
—Fenrir.
Kael frunció ligeramente el ceño.
—Es un nombre raro.
—El tuyo también —respondió ella sin dudar.
Por un momento, ambos se miraron… y una ligera sonrisa apareció en el rostro de Kael.
—Supongo que estamos igual.
Días después, el ambiente ya no era tan tenso. Kael podía sentarse sin dificultad, y Fenrir seguía llegando cada día con la misma constancia.
—¿Qué hay fuera? —preguntó Kael un día, mirando hacia la entrada.
Fenrir dudó.
—Cosas… malas.
—¿Guerra?
Ella bajó la mirada.
—Creo que sí.
Kael guardó silencio unos segundos.
—¿Tienes miedo?
Fenrir negó lentamente.
—No… pero tampoco me gusta.
—A mí tampoco.
Ella lo miró con curiosidad.
—Entonces, cuando todo termine… ¿qué harás?
Kael pensó por un momento.
—No lo sé… supongo que volver a casa.
Fenrir sonrió suavemente.
—Entonces asegúrate de llegar.
Kael la observó en silencio, como si quisiera decir algo más, pero no lo hizo.
—¿Y tú? —preguntó finalmente.
Fenrir levantó la vista hacia el exterior.
—Creo que… tengo que irme a algún lugar.
—¿Volverás?
Ella no respondió de inmediato.
—…sí.
Pero en su mirada había duda.
Pasaron más días. Momentos simples, pequeñas conversaciones, silencios compartidos. Durante ese breve periodo, la guerra dejó de existir para ellos. Eran solo dos niños, construyendo un refugio en medio del fin del mundo.
Hasta que un día, Fenrir dejó de venir.
Kael despertó completamente recuperado, solo en la cueva que había sido su refugio. Esperó. Un día, luego otro, y otro más, pero Fenrir no regresó. Finalmente salió al exterior… y el mundo real lo golpeó sin piedad. Su hogar había desaparecido. Todo estaba destruido. El aire era denso, cargado de muerte, y los cuerpos cubrían el suelo como un recordatorio silencioso de lo ocurrido. Los pocos sobrevivientes tenían miradas vacías, rotas. Sus padres… ya no estaban.
Fue entonces cuando, en la distancia, algo captó su atención. Una nave se elevaba lentamente, abandonando aquel mundo destruido. En ella viajaban los responsables, aquellos que habían causado la guerra, aquellos que lo habían arrebatado todo. Y entre ellos… estaba Fenrir. De pie, sin mirar atrás, marchándose junto a quienes habían provocado la masacre.
No hubo gritos, ni lágrimas, ni desesperación visible. Solo una comprensión silenciosa, distorsionada y profunda. Sus manos temblaron levemente, y por primera vez el aire a su alrededor se quebró. Una pequeña grieta apareció, casi imperceptible, como si la realidad misma no pudiera sostener lo que estaba naciendo dentro de él. En ese instante, Kael entendió el mundo a su manera, una forma fría y definitiva que marcaría su destino para siempre.
Ese momento no dio origen a un monstruo ni a un villano. Dio origen a algo mucho más peligroso: alguien que percibía la realidad como algo defectuoso, algo inherentemente roto. Desde ese día, Kael Vireon dejó de ver el mundo como algo estable y comenzó a entenderlo como algo que podía quebrarse, distorsionarse y corregirse. Porque en lo más profundo de su ser, una verdad quedó grabada para siempre: todo lo que existe puede romperse, incluso aquello que una vez te salvó.
•Las crónicas de Fenrir Queen•
🔥 KAEL VIREON — ORIGEN
“El niño que aprendió a romper”
Antes de que nombres como Fenrir Queen o Yrus alteraran el equilibrio del universo, hubo una guerra. No fue una guerra cualquiera, sino una invasión que desgarró mundos enteros. El cielo se abría como si fuera frágil, la tierra se partía bajo fuerzas imposibles y civilizaciones completas desaparecían sin dejar rastro. En medio de ese caos, donde la destrucción era ley, un niño sobrevivía.
Herido, abandonado y al borde de la muerte, Kael yacía en una cueva oculta entre montañas devastadas. Su respiración era débil, irregular, y sus heridas no eran normales; no solo estaba roto por fuera, algo en su interior ya mostraba señales de inestabilidad, como si la propia realidad rechazara su existencia.
Fue allí donde lo encontró una niña. Fenrir, aún joven e inocente, sin comprender la magnitud de la guerra ni el papel que su propia familia jugaba en ella, solo vio a alguien que iba a morir… y decidió que no podía permitirlo. Se acercó lentamente, se arrodilló a su lado y apoyó sus manos sobre la herida. No sabía usar su poder, no lo controlaba, ni siquiera entendía lo que hacía, pero lo intentó. Su energía, pura e inestable, comenzó a fluir de forma torpe y desigual. La curación no fue inmediata ni perfecta; fue lenta, dolorosa, incompleta… pero constante.
Pasaron días, y esos días se convirtieron en semanas. Fenrir regresaba cada jornada a la cueva, llevándole agua, comida y algo que Kael ya no tenía: compañía. Al principio él apenas reaccionaba, pero con el tiempo empezó a abrir los ojos más seguido, a observarla en silencio, a escucharla. Luego a responder. Poco a poco, sin darse cuenta, dejó de estar completamente solo.
Una tarde, mientras la luz se colaba débilmente por la entrada de la cueva, ambos estaban sentados en silencio.
—¿Siempre hablas tanto? —murmuró Kael, con la voz aún débil.
Fenrir lo miró, sorprendida… y luego sonrió levemente.
—¿Siempre eres tan serio?
Kael desvió la mirada.
—No.
—Pues deberías —respondió ella, apoyando el mentón sobre sus rodillas—. Si no hablas, todo se vuelve más aburrido.
—No creo que este lugar pueda ser más aburrido.
Fenrir soltó una pequeña risa.
—Entonces tendré que esforzarme más.
Hubo un breve silencio, pero esta vez no era incómodo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
Kael tardó unos segundos en responder.
—Kael.
—Kael… —repitió ella, como si probara el nombre—. Suena bien.
—¿Y tú?
—Fenrir.
Kael frunció ligeramente el ceño.
—Es un nombre raro.
—El tuyo también —respondió ella sin dudar.
Por un momento, ambos se miraron… y una ligera sonrisa apareció en el rostro de Kael.
—Supongo que estamos igual.
Días después, el ambiente ya no era tan tenso. Kael podía sentarse sin dificultad, y Fenrir seguía llegando cada día con la misma constancia.
—¿Qué hay fuera? —preguntó Kael un día, mirando hacia la entrada.
Fenrir dudó.
—Cosas… malas.
—¿Guerra?
Ella bajó la mirada.
—Creo que sí.
Kael guardó silencio unos segundos.
—¿Tienes miedo?
Fenrir negó lentamente.
—No… pero tampoco me gusta.
—A mí tampoco.
Ella lo miró con curiosidad.
—Entonces, cuando todo termine… ¿qué harás?
Kael pensó por un momento.
—No lo sé… supongo que volver a casa.
Fenrir sonrió suavemente.
—Entonces asegúrate de llegar.
Kael la observó en silencio, como si quisiera decir algo más, pero no lo hizo.
—¿Y tú? —preguntó finalmente.
Fenrir levantó la vista hacia el exterior.
—Creo que… tengo que irme a algún lugar.
—¿Volverás?
Ella no respondió de inmediato.
—…sí.
Pero en su mirada había duda.
Pasaron más días. Momentos simples, pequeñas conversaciones, silencios compartidos. Durante ese breve periodo, la guerra dejó de existir para ellos. Eran solo dos niños, construyendo un refugio en medio del fin del mundo.
Hasta que un día, Fenrir dejó de venir.
Kael despertó completamente recuperado, solo en la cueva que había sido su refugio. Esperó. Un día, luego otro, y otro más, pero Fenrir no regresó. Finalmente salió al exterior… y el mundo real lo golpeó sin piedad. Su hogar había desaparecido. Todo estaba destruido. El aire era denso, cargado de muerte, y los cuerpos cubrían el suelo como un recordatorio silencioso de lo ocurrido. Los pocos sobrevivientes tenían miradas vacías, rotas. Sus padres… ya no estaban.
Fue entonces cuando, en la distancia, algo captó su atención. Una nave se elevaba lentamente, abandonando aquel mundo destruido. En ella viajaban los responsables, aquellos que habían causado la guerra, aquellos que lo habían arrebatado todo. Y entre ellos… estaba Fenrir. De pie, sin mirar atrás, marchándose junto a quienes habían provocado la masacre.
No hubo gritos, ni lágrimas, ni desesperación visible. Solo una comprensión silenciosa, distorsionada y profunda. Sus manos temblaron levemente, y por primera vez el aire a su alrededor se quebró. Una pequeña grieta apareció, casi imperceptible, como si la realidad misma no pudiera sostener lo que estaba naciendo dentro de él. En ese instante, Kael entendió el mundo a su manera, una forma fría y definitiva que marcaría su destino para siempre.
Ese momento no dio origen a un monstruo ni a un villano. Dio origen a algo mucho más peligroso: alguien que percibía la realidad como algo defectuoso, algo inherentemente roto. Desde ese día, Kael Vireon dejó de ver el mundo como algo estable y comenzó a entenderlo como algo que podía quebrarse, distorsionarse y corregirse. Porque en lo más profundo de su ser, una verdad quedó grabada para siempre: todo lo que existe puede romperse, incluso aquello que una vez te salvó.