• ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ─── ───

    Siempre oculta entre la neblina, las luciérnagas iluminan el bosque y los pétalos de cerezo se entretejen en un largo sendero como la continuación de un paisaje onírico

    La doncella permanece sentada en silencio, meditando junto a sus nuevos visitantes. Uno en particular ha decidido que el regazo es su lugar favorito para descansar. La albina corresponde la dorada atención con un par de caricias, por otro lado, sus labios rosados se ensanchan en una notable sonrisa. En el fondo disfrutaba de la inesperada compañía producto de la bendición de aquellas tierras de ensueño.

    — Dicen que estas linduras ven cosas que los humanos ignoramos... Sigue mirando tan fijo ¿Que... estarás buscando? —pensó en voz alta.
    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ─── ❄️ ─── Siempre oculta entre la neblina, las luciérnagas iluminan el bosque y los pétalos de cerezo se entretejen en un largo sendero como la continuación de un paisaje onírico La doncella permanece sentada en silencio, meditando junto a sus nuevos visitantes. Uno en particular ha decidido que el regazo es su lugar favorito para descansar. La albina corresponde la dorada atención con un par de caricias, por otro lado, sus labios rosados se ensanchan en una notable sonrisa. En el fondo disfrutaba de la inesperada compañía producto de la bendición de aquellas tierras de ensueño. — Dicen que estas linduras ven cosas que los humanos ignoramos... Sigue mirando tan fijo ¿Que... estarás buscando? —pensó en voz alta.
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    &&. Pido amablemente que NO me manden diálogos de 2 palabras o roles por inbox, ya que yo NO ROLEO por inbox, solo muro, inbox solamente lo uso para acordar tramas y hablar como usuaria, de paso LEAN el about, ya me cabrea tener que repetir la información mil veces , optare por ignorar los mensajes que vengan en plan de rol ( no llevo roles sin un PREVIO ACUERDO & DESARROLLO )
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    ****Edad del Caos.****
    La Hija del Caos y la Luz de Yue

    La técnica de sellado atravesó el cuerpo de Yen como una descarga helada. Por un instante sintió que algo dentro de ella se rompía violentamente, como si le hubieran arrancado una parte del alma. La energía oscura que envolvía su espada desapareció de golpe y sus piernas cedieron. Cayó de rodillas entre los escombros mientras respiraba con dificultad.

    Asuna descendió lentamente frente a ella. Sus alas doradas iluminaban las ruinas y la sonrisa en su rostro mostraba una satisfacción cruel.

    -Por fin…- Dijo mientras bajaba su espada. -Por fin corté tu conexión con el poder del Caos.-

    Yen levantó la mirada confundida, sentía el cuerpo pesado, vacío.

    -¿Caos…? ¿De qué estás hablando…?-

    Asuna frunció el ceño, como si la pregunta le pareciera ridícula.

    -No te hagas la ignorante. Todos saben que tú y Ozma provienen del Mundo del Caos. Tu padre es el Rey del Caos… el monstruo que trajo destrucción a este mundo.-

    Por primera vez desde que comenzó la guerra, Yen entendió algo importante, sos Elunai realmente creían aquellas historias. Ella siempre pensó que “monstruos del caos” era solo una forma despectiva de referirse a ellos por su apariencia y poder. Nunca imaginó que los Dioses hubieran construido toda una mentira alrededor de su existencia.

    Yen apretó los dientes y logró levantarse un poco. -Mi padre no es ningún rey del caos…-

    Asuna rodó los ojos con fastidio. -Claro que lo es.

    -¡No!- Gritó Yen. -¡Oz no es un monstruo! ¡Es un esposo al que le arrebataron a su esposa! ¡Un padre al que le robaron a su hija… y le mataron a la otra!

    El viento recorrió las ruinas mientras su voz temblaba de rabia. -Los Elunai comenzaron todo esto. Mi padre solo se cansó de su crueldad… de sus experimentos… de sus mentiras!!-

    Pero Asuna ni siquiera tomó en serio sus palabras. Para ella, aquello no era más que la manipulación de una criatura nacida del Caos.

    -Siempre dicen cosas así.- Respondió con desprecio y antes de que Yen pudiera reaccionar, Asuna le golpeó el rostro con la empuñadura de su espada. Yen cayó inconsciente sobre las piedras destruidas.

    Horas después, despertó lentamente, el ambiente era frío y húmedo. Un débil olor a polvo antiguo llenaba el aire, Yen abrió los ojos y vio gruesos barrotes de la celda. Al girar la vista encontró a Onix encadenada contra la pared. Su cuerpo estaba lleno de heridas y marcas de golpes. La joven apenas podía mantenerse consciente. -Onix…!!!-

    Yen intentó levantarse, pero el sellado seguía afectándola. Su cuerpo se sentía extrañamente débil. Cada movimiento era pesado, antinatural. Onix levantó un poco la cabeza al escucharla.

    -Yen… ¿qué haces aquí…?-

    Yen ignoró el dolor y avanzó hasta ella tambaleándose. Se arrodilló frente a su amiga y observó las cadenas en sus brazos. Intentó usar nuevamente el poder oscuro al que estaba acostumbrada pero no ocurrió nada, el vacío seguía ahí, pero entonces, casi por instinto, recordó algo diferente, una sensación cálida, lejana y suave, la misma presencia que a veces sentía bajo la luna llena. Yen cerró los ojos y una pequeña luz blanca comenzó a aparecer entre sus manos.

    No era el poder oscuro que siempre había utilizado junto a Ozma, este era distinto, puro y sereno. La energía recorrió las cadenas y el cuerpo de Onix. Las heridas comenzaron a cerrarse lentamente mientras un brillo plateado envolvía la celda.

    Los ojos de Onix se abrieron con sorpresa. -¿Ese poder…?

    En el exterior, Asuna sintió aquella presencia y su expresión cambió por completo, el aura que provenía de la celda era imposible. Asuna corrió por los pasillos de las ruinas y abrió la puerta de golpe. La luz de la luna entraba por una pequeña ventana con barrotes, iluminando a Yen desde atrás. Su cabello oscuro reflejaba la luz plateada de tal forma que parecía volverse blanco por momentos, y entre sus manos seguía brillando aquella energía sagrada.

    Asuna retrocedió un paso, su mente no podía comprender lo que estaba viendo. Ese poder era idéntico al que las sacerdotisas Elunai utilizaban en los templos de la Diosa Yue.

    "¿Cómo es esto posible…?" *Se pregunto en su cabeaza. ¿Cómo podía una criatura nacida del Caos poseer un poder sagrado?
    ****Edad del Caos.**** La Hija del Caos y la Luz de Yue La técnica de sellado atravesó el cuerpo de Yen como una descarga helada. Por un instante sintió que algo dentro de ella se rompía violentamente, como si le hubieran arrancado una parte del alma. La energía oscura que envolvía su espada desapareció de golpe y sus piernas cedieron. Cayó de rodillas entre los escombros mientras respiraba con dificultad. Asuna descendió lentamente frente a ella. Sus alas doradas iluminaban las ruinas y la sonrisa en su rostro mostraba una satisfacción cruel. -Por fin…- Dijo mientras bajaba su espada. -Por fin corté tu conexión con el poder del Caos.- Yen levantó la mirada confundida, sentía el cuerpo pesado, vacío. -¿Caos…? ¿De qué estás hablando…?- Asuna frunció el ceño, como si la pregunta le pareciera ridícula. -No te hagas la ignorante. Todos saben que tú y Ozma provienen del Mundo del Caos. Tu padre es el Rey del Caos… el monstruo que trajo destrucción a este mundo.- Por primera vez desde que comenzó la guerra, Yen entendió algo importante, sos Elunai realmente creían aquellas historias. Ella siempre pensó que “monstruos del caos” era solo una forma despectiva de referirse a ellos por su apariencia y poder. Nunca imaginó que los Dioses hubieran construido toda una mentira alrededor de su existencia. Yen apretó los dientes y logró levantarse un poco. -Mi padre no es ningún rey del caos…- Asuna rodó los ojos con fastidio. -Claro que lo es. -¡No!- Gritó Yen. -¡Oz no es un monstruo! ¡Es un esposo al que le arrebataron a su esposa! ¡Un padre al que le robaron a su hija… y le mataron a la otra! El viento recorrió las ruinas mientras su voz temblaba de rabia. -Los Elunai comenzaron todo esto. Mi padre solo se cansó de su crueldad… de sus experimentos… de sus mentiras!!- Pero Asuna ni siquiera tomó en serio sus palabras. Para ella, aquello no era más que la manipulación de una criatura nacida del Caos. -Siempre dicen cosas así.- Respondió con desprecio y antes de que Yen pudiera reaccionar, Asuna le golpeó el rostro con la empuñadura de su espada. Yen cayó inconsciente sobre las piedras destruidas. Horas después, despertó lentamente, el ambiente era frío y húmedo. Un débil olor a polvo antiguo llenaba el aire, Yen abrió los ojos y vio gruesos barrotes de la celda. Al girar la vista encontró a Onix encadenada contra la pared. Su cuerpo estaba lleno de heridas y marcas de golpes. La joven apenas podía mantenerse consciente. -Onix…!!!- Yen intentó levantarse, pero el sellado seguía afectándola. Su cuerpo se sentía extrañamente débil. Cada movimiento era pesado, antinatural. Onix levantó un poco la cabeza al escucharla. -Yen… ¿qué haces aquí…?- Yen ignoró el dolor y avanzó hasta ella tambaleándose. Se arrodilló frente a su amiga y observó las cadenas en sus brazos. Intentó usar nuevamente el poder oscuro al que estaba acostumbrada pero no ocurrió nada, el vacío seguía ahí, pero entonces, casi por instinto, recordó algo diferente, una sensación cálida, lejana y suave, la misma presencia que a veces sentía bajo la luna llena. Yen cerró los ojos y una pequeña luz blanca comenzó a aparecer entre sus manos. No era el poder oscuro que siempre había utilizado junto a Ozma, este era distinto, puro y sereno. La energía recorrió las cadenas y el cuerpo de Onix. Las heridas comenzaron a cerrarse lentamente mientras un brillo plateado envolvía la celda. Los ojos de Onix se abrieron con sorpresa. -¿Ese poder…? En el exterior, Asuna sintió aquella presencia y su expresión cambió por completo, el aura que provenía de la celda era imposible. Asuna corrió por los pasillos de las ruinas y abrió la puerta de golpe. La luz de la luna entraba por una pequeña ventana con barrotes, iluminando a Yen desde atrás. Su cabello oscuro reflejaba la luz plateada de tal forma que parecía volverse blanco por momentos, y entre sus manos seguía brillando aquella energía sagrada. Asuna retrocedió un paso, su mente no podía comprender lo que estaba viendo. Ese poder era idéntico al que las sacerdotisas Elunai utilizaban en los templos de la Diosa Yue. "¿Cómo es esto posible…?" *Se pregunto en su cabeaza. ¿Cómo podía una criatura nacida del Caos poseer un poder sagrado?
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  • 𝙏𝙝𝙚 𝙎𝙝𝙖𝙥𝙚 𝙮𝙤𝙪𝙧 𝙛𝙚𝙖𝙧 𝙩𝙖𝙠𝙚𝙨 — 𝑁𝑒𝑤 𝑌𝑜𝑟𝑘 𝐶𝑖𝑡𝑦
    Fandom X-Men/Marvel y rol libre
    Categoría Otros
    La lluvia caía con una constancia incómoda, fina pero suficiente para volver la ciudad un reflejo interminable de luces deformadas sobre el asfalto. Nueva York seguía despierta pese a la hora; taxis cruzando avenidas todavía congestionadas, conversaciones perdidas entre el ruido del tráfico y pantallas gigantes proyectando noticias como si el mundo necesitara recordarles cada cinco minutos exactamente a qué debía temerle.

    Caminaba entre la multitud sin prisa real. A veces salía del Instituto únicamente para eso. Caminar, respirar aire que no estuviera cargado de discusiones políticas, reportes de ataques o estudiantes preguntándose si el mundo terminaría odiándolos antes siquiera de que aprendieran a entenderse a sí mismos. No siempre ayudaba, pero aunque había una pizca de esperanza todavía, esta misma estaba extinguiéndose poco a poco; lo sabía.

    Últimamente casi nunca lo hacía.

    Una pantalla suspendida sobre la avenida volvió a cambiar de segmento mientras esperaba junto al cruce peatonal. El logo de Stark apareció acompañado de gráficos, declaraciones oficiales y palabras cuidadosamente escogidas para sonar tranquilizadoras.

    "Modernización, seguridad, implementación avanzada del programa SENTINEL"

    Sostuvo la mirada sobre la pantalla un instante, más de lo necesario. Todavía recordaba el sonido de las voces, el ruido de las secuelas que Genosha dejó. No el de las explosiones, pero sí de todo.

    El silencio imposible de una ciudad entera reducida a humo, concreto roto y cuerpos bajo escombros mientras Centinelas seguían sobrevolando como si aquello hubiera sido una operación cumplida. Recordaba sostener estructuras colapsadas con las manos ensangrentadas buscando sobrevivientes sabiendo, incluso antes de encontrarlos, que muchos ya no estaban vivos.

    ¿Y ahora? El mundo volvía a hablar de Centinelas como si solo fueran tecnología. Como si no existieran cadáveres enterrados bajo esa palabra maldita.

    Desvió finalmente la vista, y fue ahí cuando reanudó con su andar. La multitud seguía desplazándose a su alrededor como una corriente interminable de paraguas oscuros y pasos apresurados. Personas demasiado ocupadas sobreviviendo su propia rutina como para notar los detalles bajo la capucha de su suéter, o el visor rubí que brilla con poca intensidad para pasar desapercibido. La mirada de Summers se alzó ligeramente y con reconocimiento. No de inmediato como alguien conocido, sino como una imagen mal archivada en algún rincón incómodo de su memoria reciente. El rostro apareció primero fragmentado; una fotografía granulada proyectada sobre una mesa de la sala de estrategia, expedientes abiertos entre tazas de café frío y reportes acumulándose demasiado rápido como para ignorarlos.

    Hank había mencionado su nombre también. Posible exposición a manifestaciones psiquicas no clasificadas, episodios visuales recurrentes. Patrones extraños detectados por Cerebro cerca de su ubicación durante las últimas semanas. Nada concluyente todavía, pero suficiente para mantener ese perfil bajo y observación pasiva. Mantuvo la mirada todavía hacia delante, mientras el comunicador emite la voz de Ororo del otro lado.

    Desvió ligeramente el rostro, manteniendo la mirada fija conforme continúa con el canal privado activo, con un movimiento sutil y discreto de la mano cerca del cuello de la chaqueta. —Storm —el ruido de la lluvia cubrió parcialmente su voz. Esperó apenas un segundo, y continuó —, la encontré.

    Su todo bajó automáticamente, volviéndose más serio mientras seguía caminando sin acercarse demasiado todavía.

    —La chica de los reportes de Hank. Coincide con los registros que Cerebro detectó esta semana cerca del Midtown sector —sus ojos se elevaron brevemente hacia la pantalla suspendida sobre la avenida aledaña. Las imágenes publicitarias parpadearon apenas un instante; tan rápido que cualquier persona lo habría ignorado, pero no Scott.


    Tensó la mandíbula en señal de alerta.

    —Y creo que Hank se quedó corto con las anomalías —hizo una pausa. Observó nuevamente a la pantalla tan pronto una sombra se muestra a cierta distancia. Esta observa directo a él, a la multitud, pero con especial énfasis a la chica en cuestión. —No parece consciente de lo que está pasando —añadió finalmente—. Pero algo alrededor de ella está reaccionando.

    El comunicador quedó en silencio unos segundos mientras él intenta reducir apenas el paso y la distancia.

    ¿Entonces? Ocurrió de nuevo...

    Las pantallas sobre la avenida distorsionaron la imagen al mismo tiempo. No completamente; apenas una interferencia brevemente atravesando la señal. Colores deformándose, estática, y si se prestaba la suficiente atención a las pantallas, figuras; tres ojos, uno y miles después.
    La lluvia caía con una constancia incómoda, fina pero suficiente para volver la ciudad un reflejo interminable de luces deformadas sobre el asfalto. Nueva York seguía despierta pese a la hora; taxis cruzando avenidas todavía congestionadas, conversaciones perdidas entre el ruido del tráfico y pantallas gigantes proyectando noticias como si el mundo necesitara recordarles cada cinco minutos exactamente a qué debía temerle. Caminaba entre la multitud sin prisa real. A veces salía del Instituto únicamente para eso. Caminar, respirar aire que no estuviera cargado de discusiones políticas, reportes de ataques o estudiantes preguntándose si el mundo terminaría odiándolos antes siquiera de que aprendieran a entenderse a sí mismos. No siempre ayudaba, pero aunque había una pizca de esperanza todavía, esta misma estaba extinguiéndose poco a poco; lo sabía. Últimamente casi nunca lo hacía. Una pantalla suspendida sobre la avenida volvió a cambiar de segmento mientras esperaba junto al cruce peatonal. El logo de Stark apareció acompañado de gráficos, declaraciones oficiales y palabras cuidadosamente escogidas para sonar tranquilizadoras. "Modernización, seguridad, implementación avanzada del programa SENTINEL" Sostuvo la mirada sobre la pantalla un instante, más de lo necesario. Todavía recordaba el sonido de las voces, el ruido de las secuelas que Genosha dejó. No el de las explosiones, pero sí de todo. El silencio imposible de una ciudad entera reducida a humo, concreto roto y cuerpos bajo escombros mientras Centinelas seguían sobrevolando como si aquello hubiera sido una operación cumplida. Recordaba sostener estructuras colapsadas con las manos ensangrentadas buscando sobrevivientes sabiendo, incluso antes de encontrarlos, que muchos ya no estaban vivos. ¿Y ahora? El mundo volvía a hablar de Centinelas como si solo fueran tecnología. Como si no existieran cadáveres enterrados bajo esa palabra maldita. Desvió finalmente la vista, y fue ahí cuando reanudó con su andar. La multitud seguía desplazándose a su alrededor como una corriente interminable de paraguas oscuros y pasos apresurados. Personas demasiado ocupadas sobreviviendo su propia rutina como para notar los detalles bajo la capucha de su suéter, o el visor rubí que brilla con poca intensidad para pasar desapercibido. La mirada de Summers se alzó ligeramente y con reconocimiento. No de inmediato como alguien conocido, sino como una imagen mal archivada en algún rincón incómodo de su memoria reciente. El rostro apareció primero fragmentado; una fotografía granulada proyectada sobre una mesa de la sala de estrategia, expedientes abiertos entre tazas de café frío y reportes acumulándose demasiado rápido como para ignorarlos. Hank había mencionado su nombre también. Posible exposición a manifestaciones psiquicas no clasificadas, episodios visuales recurrentes. Patrones extraños detectados por Cerebro cerca de su ubicación durante las últimas semanas. Nada concluyente todavía, pero suficiente para mantener ese perfil bajo y observación pasiva. Mantuvo la mirada todavía hacia delante, mientras el comunicador emite la voz de Ororo del otro lado. Desvió ligeramente el rostro, manteniendo la mirada fija conforme continúa con el canal privado activo, con un movimiento sutil y discreto de la mano cerca del cuello de la chaqueta. —Storm —el ruido de la lluvia cubrió parcialmente su voz. Esperó apenas un segundo, y continuó —, la encontré. Su todo bajó automáticamente, volviéndose más serio mientras seguía caminando sin acercarse demasiado todavía. —La chica de los reportes de Hank. Coincide con los registros que Cerebro detectó esta semana cerca del Midtown sector —sus ojos se elevaron brevemente hacia la pantalla suspendida sobre la avenida aledaña. Las imágenes publicitarias parpadearon apenas un instante; tan rápido que cualquier persona lo habría ignorado, pero no Scott. Tensó la mandíbula en señal de alerta. —Y creo que Hank se quedó corto con las anomalías —hizo una pausa. Observó nuevamente a la pantalla tan pronto una sombra se muestra a cierta distancia. Esta observa directo a él, a la multitud, pero con especial énfasis a la chica en cuestión. —No parece consciente de lo que está pasando —añadió finalmente—. Pero algo alrededor de ella está reaccionando. El comunicador quedó en silencio unos segundos mientras él intenta reducir apenas el paso y la distancia. ¿Entonces? Ocurrió de nuevo... Las pantallas sobre la avenida distorsionaron la imagen al mismo tiempo. No completamente; apenas una interferencia brevemente atravesando la señal. Colores deformándose, estática, y si se prestaba la suficiente atención a las pantallas, figuras; tres ojos, uno y miles después.
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  • UN DIA NORMAL COMO TODOS LOS DIAS



    En el instituto Haedong era un lugar donde los golpes hablaban más fuerte que las palabras.
    Los profesores llegaban tarde, ignoraban los problemas y dejaban que los estudiantes resolvieran todo entre ellos. Los pasillos estaban llenos de rumores, peleas y miedo. Ahí dentro, si no sabías defenderte, terminabas convertido en una víctima.
    Yo Kang Woo-Ming llevaba pocas semanas en el instituto.
    Siempre ocupaba el asiento del fondo, junto a la ventana. Dormía durante las clases con la capucha puesta y los auriculares alrededor del cuello, como si el resto del mundo no le importara. Nadie sabía mucho sobre él, excepto que entrenaba boxeo y artes marciales mixtas desde hacía años.
    Sus nudillos marcados y los moretones constantes en sus brazos hablaban por sí solos.
    Aquella tarde la lluvia golpeaba fuerte las ventanas del salón 2-B. El profesor todavía no llegaba y el aula estaba completamente fuera de control.
    Algunos gritaban. Otros jugaban en sus celulares. Y varios observaban en silencio una escena que se repetía casi todos los días.

    Yoo Jae-Han estaba siendo arrinconado contra los pupitres por Park Tae-Jun y su grupo.
    —¿No entiendes cuando te hablamos? —dijo Tae-Jun empujándolo del pecho.
    Jae-Han intentó apartarse, pero otro estudiante lo sujetó del hombro mientras las risas llenaban el salón.
    —Mírenlo, parece que va a llorar otra vez.
    Un golpe seco hizo que Jae-Han cayera contra el suelo.

    Nadie intervenía.
    Nadie quería convertirse en el siguiente objetivo.
    En la última fila, Kang Woo-Ming seguía dormido con la cabeza apoyada sobre el brazo… hasta que el sonido de una silla arrastrándose violentamente por el piso rompió el ambiente.
    Sus ojos se abrieron lentamente.
    El salón quedó en silencio apenas levantó la mirada.
    Woo-Ming observó a Jae-Han en el suelo y después a Tae-Jun.
    Su expresión era fría. Molesta.
    Como alguien a quien acababan de despertar en el peor momento.

    —Oye —murmuró con voz baja—. ¿Pueden cerrar la boca?
    Tae-Jun soltó una risa burlona.
    —¿Y tú qué vas a hacer?
    Woo-Ming se levantó despacio de su asiento.
    El sonido de sus zapatillas contra el piso hizo que varios estudiantes retrocedieran instintivamente.
    No parecía enfadado. Eso era lo peor.
    Caminó hasta quedar frente a Tae-Jun y miró brevemente a Jae-Han antes de volver la vista hacia el bully.
    —Déjalo.
    —Hazme.
    El golpe salió sin aviso.
    Un jab directo al rostro.
    Rápido. Preciso. Limpio.
    La cabeza de Tae-Jun se movió hacia atrás mientras retrocedía tambaleándose entre las mesas. Los estudiantes soltaron exclamaciones sorprendidas.
    Nadie esperaba que alguien golpeara primero a Tae-Jun.
    Mucho menos Kang Woo-Ming.
    La expresión del bully cambió inmediatamente de burla a rabia.
    —¡Maldito bastardo!
    Tae-Jun agarró una silla metálica cercana y la levantó violentamente para lanzársela encima.
    Pero Woo-Ming reaccionó al instante.
    Esquivó el golpe moviendo apenas el cuerpo hacia un lado mientras la silla pasaba rozándolo y chocaba contra un pupitre.
    Y entonces contraatacó.
    Jab.
    Otro jab.
    Otro más.
    Golpes rápidos y secos impactaron directamente sobre el rostro de Tae-Jun. Su boxeo era demasiado técnico para una pelea escolar. Cada golpe encontraba el mismo lugar: nariz, mandíbula, boca.
    Tae-Jun intentó cubrirse, pero Woo-Ming no le daba espacio.
    Los puños salían como reflejos automáticos.
    Retroceder. Esquivar. Golpear.
    Todo perfectamente calculado.
    Un último cross impactó de lleno en la mandíbula del bully, haciéndolo caer pesadamente contra el suelo entre las sillas.
    Silencio.
    Completo silencio.
    Incluso los amigos de Tae-Jun habían retrocedido.
    Woo-Ming respiró lentamente mientras bajaba las manos. Miró al chico tirado en el piso y luego giró la cabeza hacia el resto del salón.
    La tensión seguía flotando en el aire.
    Y justo en ese momento, la puerta del aula comenzó a abrirse.

    La puerta apenas comenzaba a abrirse cuando Park Tae-Jun volvió a levantarse del suelo.
    Respiraba agitado, con sangre bajándole por la nariz y una mirada completamente llena de rabia. Las risas silenciosas de algunos compañeros terminaron de romperle el orgullo.
    —Te voy a matar… —escupió entre dientes.
    Woo-Ming ni siquiera se movió.
    Seguía de pie frente a él, relajado, con las manos bajas como si aquella pelea no significara nada.
    Fue entonces cuando Tae-Jun tomó nuevamente la silla metálica caída junto a los pupitres.
    Esta vez no dudó.
    La levantó por encima del hombro y corrió directamente hacia Woo-Ming dispuesto a golpearlo de lleno.
    Varias personas gritaron.
    El sonido del metal cortando el aire resonó en el salón.
    Pero Woo-Ming reaccionó por puro instinto de combate.
    Dio un paso corto hacia adelante, entrando dentro del rango antes de que la silla pudiera tomar fuerza completa.
    Y golpeó.
    Un puño directo al hígado.
    Seco. Rápido. Preciso.
    Tae-Jun soltó el aire de golpe, doblándose por el dolor mientras la silla resbalaba de sus manos.
    Woo-Ming aprovechó el momento.
    Otro golpe al abdomen.
    Luego un jab corto al rostro que terminó de hacerlo retroceder.
    El bully apenas podía respirar.
    Sus piernas temblaban mientras intentaba mantenerse de pie.
    Y justo en ese instante—
    —¡¡¿QUÉ ESTÁN HACIENDO?!!
    La voz atravesó el salón entero.
    La profesora Suzy acababa de entrar al aula.
    Todos se congelaron inmediatamente.
    Woo-Ming giró apenas la cabeza al escuchar el grito y luego miró de nuevo a Tae-Jun, que seguía intentando levantar la silla.
    El chico soltó un suspiro cansado antes de hablar con total tranquilidad.
    —Oye… baja la silla.
    Tae-Jun quedó inmóvil.
    —Te dije que tus problemas mentales no son asunto mío.
    El salón explotó en murmullos y risas ahogadas.
    La profesora Suzy caminó rápidamente hacia ellos con expresión furiosa.
    —¡¿Quién empezó esta pelea?!
    Por primera vez, Tae-Jun parecía completamente perdido.
    Woo-Ming observó a la profesora unos segundos y luego, de manera inesperada, bajó la cabeza educadamente.
    —Lo siento, profesora.
    Después tomó a Tae-Jun de la parte trasera del uniforme y lo obligó a inclinarse también frente a ella.
    —Pide perdón.
    —¿Qué…?
    Woo-Ming apretó un poco más el agarre.
    —Hazlo.
    Tae-Jun, todavía sin aire y humillado frente a todo el salón, terminó bajando la cabeza a la fuerza.
    —…Lo siento.
    Las carcajadas comenzaron inmediatamente.
    Varios estudiantes se taparon la boca para no reír más fuerte al ver al bully del instituto obligado a disculparse como un niño pequeño.
    Incluso algunos grababan escondidos con el celular.
    El rostro de Tae-Jun se puso rojo de vergüenza.
    Mientras tanto, Kang Woo-Ming simplemente soltó el uniforme del chico y volvió a acomodarse la manga del hoodie como si nada hubiera pasado.
    UN DIA NORMAL COMO TODOS LOS DIAS En el instituto Haedong era un lugar donde los golpes hablaban más fuerte que las palabras. Los profesores llegaban tarde, ignoraban los problemas y dejaban que los estudiantes resolvieran todo entre ellos. Los pasillos estaban llenos de rumores, peleas y miedo. Ahí dentro, si no sabías defenderte, terminabas convertido en una víctima. Yo Kang Woo-Ming llevaba pocas semanas en el instituto. Siempre ocupaba el asiento del fondo, junto a la ventana. Dormía durante las clases con la capucha puesta y los auriculares alrededor del cuello, como si el resto del mundo no le importara. Nadie sabía mucho sobre él, excepto que entrenaba boxeo y artes marciales mixtas desde hacía años. Sus nudillos marcados y los moretones constantes en sus brazos hablaban por sí solos. Aquella tarde la lluvia golpeaba fuerte las ventanas del salón 2-B. El profesor todavía no llegaba y el aula estaba completamente fuera de control. Algunos gritaban. Otros jugaban en sus celulares. Y varios observaban en silencio una escena que se repetía casi todos los días. Yoo Jae-Han estaba siendo arrinconado contra los pupitres por Park Tae-Jun y su grupo. —¿No entiendes cuando te hablamos? —dijo Tae-Jun empujándolo del pecho. Jae-Han intentó apartarse, pero otro estudiante lo sujetó del hombro mientras las risas llenaban el salón. —Mírenlo, parece que va a llorar otra vez. Un golpe seco hizo que Jae-Han cayera contra el suelo. Nadie intervenía. Nadie quería convertirse en el siguiente objetivo. En la última fila, Kang Woo-Ming seguía dormido con la cabeza apoyada sobre el brazo… hasta que el sonido de una silla arrastrándose violentamente por el piso rompió el ambiente. Sus ojos se abrieron lentamente. El salón quedó en silencio apenas levantó la mirada. Woo-Ming observó a Jae-Han en el suelo y después a Tae-Jun. Su expresión era fría. Molesta. Como alguien a quien acababan de despertar en el peor momento. —Oye —murmuró con voz baja—. ¿Pueden cerrar la boca? Tae-Jun soltó una risa burlona. —¿Y tú qué vas a hacer? Woo-Ming se levantó despacio de su asiento. El sonido de sus zapatillas contra el piso hizo que varios estudiantes retrocedieran instintivamente. No parecía enfadado. Eso era lo peor. Caminó hasta quedar frente a Tae-Jun y miró brevemente a Jae-Han antes de volver la vista hacia el bully. —Déjalo. —Hazme. El golpe salió sin aviso. Un jab directo al rostro. Rápido. Preciso. Limpio. La cabeza de Tae-Jun se movió hacia atrás mientras retrocedía tambaleándose entre las mesas. Los estudiantes soltaron exclamaciones sorprendidas. Nadie esperaba que alguien golpeara primero a Tae-Jun. Mucho menos Kang Woo-Ming. La expresión del bully cambió inmediatamente de burla a rabia. —¡Maldito bastardo! Tae-Jun agarró una silla metálica cercana y la levantó violentamente para lanzársela encima. Pero Woo-Ming reaccionó al instante. Esquivó el golpe moviendo apenas el cuerpo hacia un lado mientras la silla pasaba rozándolo y chocaba contra un pupitre. Y entonces contraatacó. Jab. Otro jab. Otro más. Golpes rápidos y secos impactaron directamente sobre el rostro de Tae-Jun. Su boxeo era demasiado técnico para una pelea escolar. Cada golpe encontraba el mismo lugar: nariz, mandíbula, boca. Tae-Jun intentó cubrirse, pero Woo-Ming no le daba espacio. Los puños salían como reflejos automáticos. Retroceder. Esquivar. Golpear. Todo perfectamente calculado. Un último cross impactó de lleno en la mandíbula del bully, haciéndolo caer pesadamente contra el suelo entre las sillas. Silencio. Completo silencio. Incluso los amigos de Tae-Jun habían retrocedido. Woo-Ming respiró lentamente mientras bajaba las manos. Miró al chico tirado en el piso y luego giró la cabeza hacia el resto del salón. La tensión seguía flotando en el aire. Y justo en ese momento, la puerta del aula comenzó a abrirse. La puerta apenas comenzaba a abrirse cuando Park Tae-Jun volvió a levantarse del suelo. Respiraba agitado, con sangre bajándole por la nariz y una mirada completamente llena de rabia. Las risas silenciosas de algunos compañeros terminaron de romperle el orgullo. —Te voy a matar… —escupió entre dientes. Woo-Ming ni siquiera se movió. Seguía de pie frente a él, relajado, con las manos bajas como si aquella pelea no significara nada. Fue entonces cuando Tae-Jun tomó nuevamente la silla metálica caída junto a los pupitres. Esta vez no dudó. La levantó por encima del hombro y corrió directamente hacia Woo-Ming dispuesto a golpearlo de lleno. Varias personas gritaron. El sonido del metal cortando el aire resonó en el salón. Pero Woo-Ming reaccionó por puro instinto de combate. Dio un paso corto hacia adelante, entrando dentro del rango antes de que la silla pudiera tomar fuerza completa. Y golpeó. Un puño directo al hígado. Seco. Rápido. Preciso. Tae-Jun soltó el aire de golpe, doblándose por el dolor mientras la silla resbalaba de sus manos. Woo-Ming aprovechó el momento. Otro golpe al abdomen. Luego un jab corto al rostro que terminó de hacerlo retroceder. El bully apenas podía respirar. Sus piernas temblaban mientras intentaba mantenerse de pie. Y justo en ese instante— —¡¡¿QUÉ ESTÁN HACIENDO?!! La voz atravesó el salón entero. La profesora Suzy acababa de entrar al aula. Todos se congelaron inmediatamente. Woo-Ming giró apenas la cabeza al escuchar el grito y luego miró de nuevo a Tae-Jun, que seguía intentando levantar la silla. El chico soltó un suspiro cansado antes de hablar con total tranquilidad. —Oye… baja la silla. Tae-Jun quedó inmóvil. —Te dije que tus problemas mentales no son asunto mío. El salón explotó en murmullos y risas ahogadas. La profesora Suzy caminó rápidamente hacia ellos con expresión furiosa. —¡¿Quién empezó esta pelea?! Por primera vez, Tae-Jun parecía completamente perdido. Woo-Ming observó a la profesora unos segundos y luego, de manera inesperada, bajó la cabeza educadamente. —Lo siento, profesora. Después tomó a Tae-Jun de la parte trasera del uniforme y lo obligó a inclinarse también frente a ella. —Pide perdón. —¿Qué…? Woo-Ming apretó un poco más el agarre. —Hazlo. Tae-Jun, todavía sin aire y humillado frente a todo el salón, terminó bajando la cabeza a la fuerza. —…Lo siento. Las carcajadas comenzaron inmediatamente. Varios estudiantes se taparon la boca para no reír más fuerte al ver al bully del instituto obligado a disculparse como un niño pequeño. Incluso algunos grababan escondidos con el celular. El rostro de Tae-Jun se puso rojo de vergüenza. Mientras tanto, Kang Woo-Ming simplemente soltó el uniforme del chico y volvió a acomodarse la manga del hoodie como si nada hubiera pasado.
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  • Recuerdos de cuando fui la mas buscada en Benlog... (?)
    AY, captaron mi mejor ángulo.

    *Ignorando lo horrible del dibujo *
    Recuerdos de cuando fui la mas buscada en Benlog... (?) AY, captaron mi mejor ángulo. *Ignorando lo horrible del dibujo *
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  • 。 𝗔𝗹𝗹 𝘁𝗵𝗮𝘁 𝗴𝗹𝗶𝘁𝘁𝗲𝗿𝘀 𝗶𝘀 𝗻𝗼𝘁 𝗳𝘂𝗰𝗸𝗶𝗻𝗴 𝗴𝗼𝗹𝗱.
    Categoría Original
    La cámara subterránea apestaba a una mezcla entre vísceras hinchadas por la descomposición y a carne quemada.

    No era un olor normal, ni una combinación común.

    El hombre sintió cómo la pestilencia le bajaba por la garganta y se le pegaba al paladar como grasa rancia.

    Tragó saliva con total asco mientras la antorcha escupía humo negro contra el techo.

    La luz temblorosa arrancaba formas deformes de las paredes: manchas oscuras, costras secas y salpicaduras que, en algún punto, habían sido sangre humana.

    Incluso había uñas incrustadas entre las piedras.

    Docenas.

    Algunas todavía conservaban fragmentos de dedos ennegrecidos.

    —Mierda... —escupió, cubriéndose la nariz con el antebrazo—. Qué clase de degenerado construye un lugar así...

    El suelo crujía bajo sus botas.

    No por ser grava.

    Sino por ser huesos.

    Costillas quebradas, vértebras pulverizadas y dientes humanos mezclados con barro húmedo. Cada paso trituraba restos amarillentos que llevaban años pudriéndose bajo aquella oscuridad sofocante.

    Había pelos pegados entre las grietas de las piedras. Trozos de cuero cabelludo seco adheridos como un enfermizo musgo.

    Y en medio de todo eso...

    Un ataúd descansaba sobre una plataforma de mármol negro; como una joya caída del cielo en mitad de un osario.

    Era exquisito.

    No había otra palabra.

    La estructura entera estaba construida con una madera tan oscura y pulida que parecía obsidiana líquida. Filigranas de oro recorrían cada borde formando patrones delicados de flores entrelazadas. Rubíes enormes ardían bajo la luz de la antorcha como gotas de sangre fresca atrapadas en cristal. Zafiros del tamaño de huevos brillaban incrustados entre líneas de plata pura. Diamantes pequeños estaban cuidadosamente encajados formando constelaciones diminutas sobre la tapa.

    Eso valía reinos enteros, tanto que podría ser la razón para causar varias guerras.

    Aquel ataúd no pertenecía a una tumba.

    Parecía un altar dedicado a la avaricia humana.

    Y quizá, lo más curioso era ese enorme lazo...

    Daba la sensación de que todo era un regalo finamente envuelto, pero prefirió ignorar esa mortífera idea.

    El cazador silbó entre dientes.

    —Mierda... —murmuró, acercándose lentamente—. Con esto podría retirarme, comprar una jodida taberna y morir ahí...

    La luz del fuego danzaba sobre el oro, haciendo que todo el sarcófago brillara con una belleza obscena en medio de aquella podredumbre. Ni una mota de polvo descansaba sobre el ataúd.

    Las gemas estaban impecables. El metal relucía como recién pulido.

    Demasiado perfecto.

    Demasiado limpio.

    El hombre apoyó una mano sobre la tapa ornamentada.

    El oro estaba tibio.

    Eso le desagradó más de lo que le gustaría admitir.

    Hizo un poco de fuerza.

    Y el ataúd se abrió con un gemido espeso, casi como un grito ahogado en dolor.

    El olor golpeó primero.

    No era putrefacción.

    Era algo mucho peor.

    Sangre fresca mezclada con un perfume dulzón. Carne troceada. Flores marchitas flotando sobre un pantano de vísceras.

    El cazador retrocedió un paso automáticamente.

    Dentro no había un cadáver.

    Había una mujer.

    Inmóvil sobre terciopelo rojo empapado de sangre vieja.

    Piel blanca. Demasiado blanca. Tensada sobre los huesos como cera húmeda.

    El vestido de seda seguía intacto. Puro. Inmaculado.

    Contrastando horriblemente con los restos humanos que la rodeaban.

    El hombre sintió un escalofrío reptándole por la espalda.

    No por miedo.

    Era repulsión pura.
    La cámara subterránea apestaba a una mezcla entre vísceras hinchadas por la descomposición y a carne quemada. No era un olor normal, ni una combinación común. El hombre sintió cómo la pestilencia le bajaba por la garganta y se le pegaba al paladar como grasa rancia. Tragó saliva con total asco mientras la antorcha escupía humo negro contra el techo. La luz temblorosa arrancaba formas deformes de las paredes: manchas oscuras, costras secas y salpicaduras que, en algún punto, habían sido sangre humana. Incluso había uñas incrustadas entre las piedras. Docenas. Algunas todavía conservaban fragmentos de dedos ennegrecidos. —Mierda... —escupió, cubriéndose la nariz con el antebrazo—. Qué clase de degenerado construye un lugar así... El suelo crujía bajo sus botas. No por ser grava. Sino por ser huesos. Costillas quebradas, vértebras pulverizadas y dientes humanos mezclados con barro húmedo. Cada paso trituraba restos amarillentos que llevaban años pudriéndose bajo aquella oscuridad sofocante. Había pelos pegados entre las grietas de las piedras. Trozos de cuero cabelludo seco adheridos como un enfermizo musgo. Y en medio de todo eso... Un ataúd descansaba sobre una plataforma de mármol negro; como una joya caída del cielo en mitad de un osario. Era exquisito. No había otra palabra. La estructura entera estaba construida con una madera tan oscura y pulida que parecía obsidiana líquida. Filigranas de oro recorrían cada borde formando patrones delicados de flores entrelazadas. Rubíes enormes ardían bajo la luz de la antorcha como gotas de sangre fresca atrapadas en cristal. Zafiros del tamaño de huevos brillaban incrustados entre líneas de plata pura. Diamantes pequeños estaban cuidadosamente encajados formando constelaciones diminutas sobre la tapa. Eso valía reinos enteros, tanto que podría ser la razón para causar varias guerras. Aquel ataúd no pertenecía a una tumba. Parecía un altar dedicado a la avaricia humana. Y quizá, lo más curioso era ese enorme lazo... Daba la sensación de que todo era un regalo finamente envuelto, pero prefirió ignorar esa mortífera idea. El cazador silbó entre dientes. —Mierda... —murmuró, acercándose lentamente—. Con esto podría retirarme, comprar una jodida taberna y morir ahí... La luz del fuego danzaba sobre el oro, haciendo que todo el sarcófago brillara con una belleza obscena en medio de aquella podredumbre. Ni una mota de polvo descansaba sobre el ataúd. Las gemas estaban impecables. El metal relucía como recién pulido. Demasiado perfecto. Demasiado limpio. El hombre apoyó una mano sobre la tapa ornamentada. El oro estaba tibio. Eso le desagradó más de lo que le gustaría admitir. Hizo un poco de fuerza. Y el ataúd se abrió con un gemido espeso, casi como un grito ahogado en dolor. El olor golpeó primero. No era putrefacción. Era algo mucho peor. Sangre fresca mezclada con un perfume dulzón. Carne troceada. Flores marchitas flotando sobre un pantano de vísceras. El cazador retrocedió un paso automáticamente. Dentro no había un cadáver. Había una mujer. Inmóvil sobre terciopelo rojo empapado de sangre vieja. Piel blanca. Demasiado blanca. Tensada sobre los huesos como cera húmeda. El vestido de seda seguía intacto. Puro. Inmaculado. Contrastando horriblemente con los restos humanos que la rodeaban. El hombre sintió un escalofrío reptándole por la espalda. No por miedo. Era repulsión pura.
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  • —Bueno... Se preguntarán por qué los llamé así de pronto... —Miró a Masthian Lauguez y después a Hanary Naeko , tras una pequeña pausa y de dejar aquel gesto incómodo, mantuvo su mirada en la peliblanca. —¿Recuerdas cuándo mencionaste que te parecía extraño que Kazuha viviera tan tranquila pese a hacer mucho uso de sus poderes?

    Esbozó una sonrisa nerviosa después, porque él mismo llamó "paranoica" a la joven por cuestionarse cosas que normalmente todos ponen en duda cuándo ocurre. —Je... Creo que tenías razón... —Movió la cabeza de lado a lado para intentar aminorar lo incómodo de la situación.

    —Su amiga, Veyra... ¿Así se llama? Bueno, ella, parecía muy nerviosa cuándo le expliqué sobre cómo funciona el territorio humano y el sobrenatural, después me mencionó algo sobre un video dónde los mostraban a ellos. El caso no es que usen sus poderes en publico... Sino que investigando un poco más con Sheiry y Keint... Creo que no son humanos y están un poquito descontrolados y algo ocultan con respecto a la perdida de memoria de Kazuha y el recuperar la misma... Creo que nos corresponde hacer... Ya saben... Nuestro trabajo.
    —Bueno... Se preguntarán por qué los llamé así de pronto... —Miró a [aiderulz12] y después a [tidal_titanium_lion_574], tras una pequeña pausa y de dejar aquel gesto incómodo, mantuvo su mirada en la peliblanca. —¿Recuerdas cuándo mencionaste que te parecía extraño que Kazuha viviera tan tranquila pese a hacer mucho uso de sus poderes? Esbozó una sonrisa nerviosa después, porque él mismo llamó "paranoica" a la joven por cuestionarse cosas que normalmente todos ponen en duda cuándo ocurre. —Je... Creo que tenías razón... —Movió la cabeza de lado a lado para intentar aminorar lo incómodo de la situación. —Su amiga, Veyra... ¿Así se llama? Bueno, ella, parecía muy nerviosa cuándo le expliqué sobre cómo funciona el territorio humano y el sobrenatural, después me mencionó algo sobre un video dónde los mostraban a ellos. El caso no es que usen sus poderes en publico... Sino que investigando un poco más con Sheiry y Keint... Creo que no son humanos y están un poquito descontrolados y algo ocultan con respecto a la perdida de memoria de Kazuha y el recuperar la misma... Creo que nos corresponde hacer... Ya saben... Nuestro trabajo.
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  • Era una noche bastante bonita, pese a la ligera neblina y la escasa nubosidad, la luna se podía ver en todo su esplendor, era una noche que el realmente no podía ignorar, sobre todo porque ese clima le era nostálgico. El último día que tuvo de libertad absoluta, la noche del lugar donde se encontraba la biblioteca de los Dioses Arquetípicos, era todo tan similar, que podría pensar que volvió en el tiempo, el único detalle que lo mantenía centrado de que eso no había pasado, era que al observar su mano, podía ver la transparencia que su cuerpo poseía, como por mas que este usara energía para manifestarse, no podía realmente estar ahí, esa realización era en cierta medida deprimente, pero el peso de esas emociones era aun mayor cuando recordaba esa maldición, esa macabra e innecesaria maldición que sus captores le pusieron, la locura que causaba el mero hecho de estar en presencia de él, una locura que por mas que intentara reducir los efectos, no lo lograba del todo, causando que la gente tuviera rechazo hacia su ser, lo único que podía contener ese remanente de poder eran los cadáveres.

    Ya en cierta medida estaba harto de usar cadáveres para poder moverse en la tierra, aunque los tiempos cambiaban, los cadáveres seguirían descomponiéndose, causando un aroma desagradable y delator, las pieles que poco a poco se caían al roce con cualquier objeto, la sangre podrida como un aceite espeso y negro, el hecho de que ante el más mínimo impacto las partes de los cadáveres se cayeran sin posibilidad de arreglarlos. Era obligatorio para él rotar de cuerpos todo el tiempo, esperar que no lo destrozaran antes de salir de este, cosa de poder continuar su rumbo.

    El hecho de también depender de una persona para poder manifestarse era otra de las espinas que le molestaba, como si esa persona moría, era inmediatamente regresado a Carcosa, aunque no tenia nada contra su reino, se había vuelto aburrido, siempre que llegaba una nueva alma ahí, Hastur los recibía con mucha emoción, puesto a que un nuevo ocupante significaba nuevo conocimiento y punto de vista.

    Él sabía que no era como los otros Dioses Primigenios, si bien fue concebido por Yog-Sothoth, el carecía de poder, a diferencia de su progenitor y hermanos, esa era la razón por los que los Dioses Arquetípicos lo habían escogido como guardián de la biblioteca de ellos, pero en momentos así, no era fácil controlar la pregunta que le plago por mucho tiempo después de que fuese encerrado, ¿A caso su existencia era un error? ¿Por qué de todos los Dioses Primigenios, él no había nacido con un poder que le permitiera hacer lo que quisiera? Todo su poder se lo debía a sí mismo, todo el tiempo que paso leyendo en la librería de los Dioses Arquetípicos, como él se enseñaba magia, como aprendió a manipular la alquimia, todo el conocimiento que poseía pensó que eso le seria suficiente, pero había un vacío que no podía explicar, un vacío que se acrecentó conforme pasaba su penitencia en Carcosa.

    En ese momento un cuervo grazno, sacándolo de sus pensamientos, odiaba las noches así, esos pensamientos, o ¿Realmente las odiaba por eso? ¿O era otra cosa lo que le hacia odiar estas noches? No importaba cuanto conocimiento poseyera, cuantos libros leyera, esa respuesta nunca llegaba.

    —¿Qué diría “él” si me viera en estos momentos? —

    Había venido con la intención de robar un cuerpo, pero ahora no tenia ganas de eso, por lo que se sentó en una de las bancas que había por ahí, viendo la luna, aunque no tuviera rostro, se podía sentir la melancolía, como si unos ojos invisibles delataran lo que pensaba.
    Era una noche bastante bonita, pese a la ligera neblina y la escasa nubosidad, la luna se podía ver en todo su esplendor, era una noche que el realmente no podía ignorar, sobre todo porque ese clima le era nostálgico. El último día que tuvo de libertad absoluta, la noche del lugar donde se encontraba la biblioteca de los Dioses Arquetípicos, era todo tan similar, que podría pensar que volvió en el tiempo, el único detalle que lo mantenía centrado de que eso no había pasado, era que al observar su mano, podía ver la transparencia que su cuerpo poseía, como por mas que este usara energía para manifestarse, no podía realmente estar ahí, esa realización era en cierta medida deprimente, pero el peso de esas emociones era aun mayor cuando recordaba esa maldición, esa macabra e innecesaria maldición que sus captores le pusieron, la locura que causaba el mero hecho de estar en presencia de él, una locura que por mas que intentara reducir los efectos, no lo lograba del todo, causando que la gente tuviera rechazo hacia su ser, lo único que podía contener ese remanente de poder eran los cadáveres. Ya en cierta medida estaba harto de usar cadáveres para poder moverse en la tierra, aunque los tiempos cambiaban, los cadáveres seguirían descomponiéndose, causando un aroma desagradable y delator, las pieles que poco a poco se caían al roce con cualquier objeto, la sangre podrida como un aceite espeso y negro, el hecho de que ante el más mínimo impacto las partes de los cadáveres se cayeran sin posibilidad de arreglarlos. Era obligatorio para él rotar de cuerpos todo el tiempo, esperar que no lo destrozaran antes de salir de este, cosa de poder continuar su rumbo. El hecho de también depender de una persona para poder manifestarse era otra de las espinas que le molestaba, como si esa persona moría, era inmediatamente regresado a Carcosa, aunque no tenia nada contra su reino, se había vuelto aburrido, siempre que llegaba una nueva alma ahí, Hastur los recibía con mucha emoción, puesto a que un nuevo ocupante significaba nuevo conocimiento y punto de vista. Él sabía que no era como los otros Dioses Primigenios, si bien fue concebido por Yog-Sothoth, el carecía de poder, a diferencia de su progenitor y hermanos, esa era la razón por los que los Dioses Arquetípicos lo habían escogido como guardián de la biblioteca de ellos, pero en momentos así, no era fácil controlar la pregunta que le plago por mucho tiempo después de que fuese encerrado, ¿A caso su existencia era un error? ¿Por qué de todos los Dioses Primigenios, él no había nacido con un poder que le permitiera hacer lo que quisiera? Todo su poder se lo debía a sí mismo, todo el tiempo que paso leyendo en la librería de los Dioses Arquetípicos, como él se enseñaba magia, como aprendió a manipular la alquimia, todo el conocimiento que poseía pensó que eso le seria suficiente, pero había un vacío que no podía explicar, un vacío que se acrecentó conforme pasaba su penitencia en Carcosa. En ese momento un cuervo grazno, sacándolo de sus pensamientos, odiaba las noches así, esos pensamientos, o ¿Realmente las odiaba por eso? ¿O era otra cosa lo que le hacia odiar estas noches? No importaba cuanto conocimiento poseyera, cuantos libros leyera, esa respuesta nunca llegaba. —¿Qué diría “él” si me viera en estos momentos? — Había venido con la intención de robar un cuerpo, pero ahora no tenia ganas de eso, por lo que se sentó en una de las bancas que había por ahí, viendo la luna, aunque no tuviera rostro, se podía sentir la melancolía, como si unos ojos invisibles delataran lo que pensaba.
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  • "»El tiempo había pasado inadvertido, reflejado únicamente en su cabello largo, pues su atención estaba totalmente cautivado por la perfección de su vida junto a León. Como su esposo, León había rebasado todo estándar imaginable, dejandome en un estado de mudez emocional ante tanta felicidad. Estaba tan centrado en disfrutar de esa plenitud que ignoraba los síntomas que mi cuerpo manifestaba, prefiriendo mantener la mirada fija en su amor antes que enfrentar las señales de que algo en su interior estaba cambiando.«"
    "»El tiempo había pasado inadvertido, reflejado únicamente en su cabello largo, pues su atención estaba totalmente cautivado por la perfección de su vida junto a León. Como su esposo, León había rebasado todo estándar imaginable, dejandome en un estado de mudez emocional ante tanta felicidad. Estaba tan centrado en disfrutar de esa plenitud que ignoraba los síntomas que mi cuerpo manifestaba, prefiriendo mantener la mirada fija en su amor antes que enfrentar las señales de que algo en su interior estaba cambiando.«"
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