• NICE TO MEET YOU
    Categoría Slice of Life
    Tras varias semanas de estar encerrados la casa Blanca prácticamente había echado a Alex y June para que tuvieran un rato libre, y al no estar en compañía de Nora que se encontraba en otra ciudad ambos hermanos decidieron que debían divertirse por su cuenta. Si bien dadas las disposiciones de la casa Blanca tendrían que contar con seguridad privada todo el tiempo, a veces los claremont se escabullian para tener una vida de incógnito como cualquier persona en sus veintes.

    Fue así que entre contactos de Alex fueron a parar en lo que parecía una fiesta privada donde con suerte conocerían a una persona de entre cien, y tal como se habían arreglado ellos esperaban no ser reconocidos tan pronto como los hijos de la presidenta de los estados unidos.

    Dejó a su hermano en un rincón de la habitación principal donde mucha más gente medio ebria se reunía para oír sus anecdotas mientras June decidió colarse en la cocina cogiendo un botellón de cerveza y salió al patio a tomar un poco el aire, con suerte podría fumarse un cigarrillo a escondidas. Cuando abrió la puerta exterior, vió que ya había una persona allí.

    — Lo siento, no quería molestarte—.

    Se disculpó dedicándole una sonrisa a la figura que veía poco visible con intenciones de volver a meterse dentro de la casa.

    Max Ferretti
    Tras varias semanas de estar encerrados la casa Blanca prácticamente había echado a Alex y June para que tuvieran un rato libre, y al no estar en compañía de Nora que se encontraba en otra ciudad ambos hermanos decidieron que debían divertirse por su cuenta. Si bien dadas las disposiciones de la casa Blanca tendrían que contar con seguridad privada todo el tiempo, a veces los claremont se escabullian para tener una vida de incógnito como cualquier persona en sus veintes. Fue así que entre contactos de Alex fueron a parar en lo que parecía una fiesta privada donde con suerte conocerían a una persona de entre cien, y tal como se habían arreglado ellos esperaban no ser reconocidos tan pronto como los hijos de la presidenta de los estados unidos. Dejó a su hermano en un rincón de la habitación principal donde mucha más gente medio ebria se reunía para oír sus anecdotas mientras June decidió colarse en la cocina cogiendo un botellón de cerveza y salió al patio a tomar un poco el aire, con suerte podría fumarse un cigarrillo a escondidas. Cuando abrió la puerta exterior, vió que ya había una persona allí. — Lo siento, no quería molestarte—. Se disculpó dedicándole una sonrisa a la figura que veía poco visible con intenciones de volver a meterse dentro de la casa. [ember_charcoal_bear_607]
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  • #Seductivesunday
    -Tras solventar el tedioso papeleo del hotel y librarme de las sofocantes responsabilidades de Charlie, emprendí una huida que pretendía ser definitiva, solo para ser interceptada por el mensaje que dejó Ozy en recepción para mí esa voz que no admite ignorancia. El Anillo de la Lujuria me recibió con su atmósfera cargada, y allí, entre el neón y el deseo, Asmodeo se debatía en un mar de nerviosismo que se evaporó en cuanto sus ojos se posaron en mi actual e impecable apariencia femenina.-

    —No preguntes...

    -sentencié con un tono que cortaba el aire. -

    Solo dime por qué me has invocado y espero que esta interrupción no sea un desperdicio de mi tiempo....

    -El pecado del Deseo, con esa astucia que le caracteriza, invocó la deuda que pendía sobre mi cabeza. Sin más remedio que ceder, escuché sus exigencias para la nueva gala. A medida que sus especificaciones tomaban forma, una visión arquitectónica y macabra comenzó a cristalizarse en mi mente. El escenario, una mole de esplendor levantada bajo su mando, esperaba mi toque final. Fue entonces cuando mis sombras, esas extensiones de mi propia voluntad, se entrelazaron con el personal de Ozzie para dar vida a una estructura que desafiaba la cordura de los círculos infernales.
    Cuando el recinto alcanzó su punto de ebullición, el aire se volvió denso, eléctrico. Vestida con mi atuendo carmesí característico, liberé un torrente de poder arcano que hizo que las luces del lugar no solo brillaran, sino que sangraran luminiscencia.
    Un preludio enigmático, una melodía que parecía arrastrada desde el vacío mismo, silenció a la masa por un breve instante antes del estallido.
    En cuanto mi silueta emergió entre las sombras, el público estalló en un rugido eufórico, un clamor de almas sedientas que alimentó mi espíritu con una energía renovada.
    Bajo mi batuta invisible, el show se convirtió en una coreografía de caos perfecto. Mientras mis sombras ejecutaban movimientos imposibles, mi voz se elevó, envolviendo cada rincón del Anillo de la Lujuria.
    Desde su palco de honor, Asmodeo observaba con una satisfacción depredadora, proyectando su autoridad indiscutible como Pecado Capital. Sin embargo, sobre el escenario, la verdadera autoridad era el ritmo de mi canto, una frecuencia que mantenía a la audiencia en un estado de trance absoluto, adorando cada nota que emanaba de mis labios mientras el infierno entero se rendía ante el espectáculo más magnífico jamás concebido.-

    https://vt.tiktok.com/ZSm15hobv/
    #Seductivesunday -Tras solventar el tedioso papeleo del hotel y librarme de las sofocantes responsabilidades de Charlie, emprendí una huida que pretendía ser definitiva, solo para ser interceptada por el mensaje que dejó Ozy en recepción para mí esa voz que no admite ignorancia. El Anillo de la Lujuria me recibió con su atmósfera cargada, y allí, entre el neón y el deseo, Asmodeo se debatía en un mar de nerviosismo que se evaporó en cuanto sus ojos se posaron en mi actual e impecable apariencia femenina.- —No preguntes... -sentencié con un tono que cortaba el aire. - Solo dime por qué me has invocado y espero que esta interrupción no sea un desperdicio de mi tiempo.... -El pecado del Deseo, con esa astucia que le caracteriza, invocó la deuda que pendía sobre mi cabeza. Sin más remedio que ceder, escuché sus exigencias para la nueva gala. A medida que sus especificaciones tomaban forma, una visión arquitectónica y macabra comenzó a cristalizarse en mi mente. El escenario, una mole de esplendor levantada bajo su mando, esperaba mi toque final. Fue entonces cuando mis sombras, esas extensiones de mi propia voluntad, se entrelazaron con el personal de Ozzie para dar vida a una estructura que desafiaba la cordura de los círculos infernales. Cuando el recinto alcanzó su punto de ebullición, el aire se volvió denso, eléctrico. Vestida con mi atuendo carmesí característico, liberé un torrente de poder arcano que hizo que las luces del lugar no solo brillaran, sino que sangraran luminiscencia. Un preludio enigmático, una melodía que parecía arrastrada desde el vacío mismo, silenció a la masa por un breve instante antes del estallido. En cuanto mi silueta emergió entre las sombras, el público estalló en un rugido eufórico, un clamor de almas sedientas que alimentó mi espíritu con una energía renovada. Bajo mi batuta invisible, el show se convirtió en una coreografía de caos perfecto. Mientras mis sombras ejecutaban movimientos imposibles, mi voz se elevó, envolviendo cada rincón del Anillo de la Lujuria. Desde su palco de honor, Asmodeo observaba con una satisfacción depredadora, proyectando su autoridad indiscutible como Pecado Capital. Sin embargo, sobre el escenario, la verdadera autoridad era el ritmo de mi canto, una frecuencia que mantenía a la audiencia en un estado de trance absoluto, adorando cada nota que emanaba de mis labios mientras el infierno entero se rendía ante el espectáculo más magnífico jamás concebido.- https://vt.tiktok.com/ZSm15hobv/
    @xmenj69

    “Acto I: Gaga desata el caos sagrado” Bloody Mary, Abracadabra, Judas y Scheiße. Tremendo Mix.. #ladygaga #coachella #fridaynight #2oshow #livemusic #live #CapCut

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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Oz abrió los ojos, el aire de la habitación era pesado. Su cuerpo, que había permanecido inmóvil por tanto tiempo, se sentía extraño, rígido, pero vivo.

    Recordó el enfrentamiento con Jennifer, su hija, engañada, lo había atacado con todo lo que tenía. Loki había sido secuestrada y la versión malvada de Loki la había empujado a luchar contra él. Oz no tuvo elección, si detenía el ataque, ponía en riesgo la vida de su hija, así que lo recibió de frente.

    El golpe lo destrozó, sobrevivió, pero quedó gravemente herido. Jennifer lo llevó de vuelta, y Yuna lo sanó lo suficiente para que no muriera. Pero sanar las heridas no era lo mismo que devolverle la fuerza. El Caos puro que lo sostenía necesitaba tiempo, Mucho tiempo.

    Oz entro en un profundo sueño, Jennifer no dijo nada a sus hijas porque el propio Oz le dijo que no lo hiciera, no quería preocuparlas, el prefirió que sus nietas pensaran que el estaba de viaje, era mas fácil así. Ahora, al despertar, sintió cómo el Caos volvía a fluir. No estaba completo, pero estaba ahí, como un río oscuro que se abría paso de nuevo por sus venas.

    Se sentó en la cama y bostezo. El cuarto preparado por Jennifer lo rodeaba, con detalles que hablaban del cuidado de su hija.

    El mundo mortal seguía su curso, ignorante de que él había vuelto.
    Oz abrió los ojos, el aire de la habitación era pesado. Su cuerpo, que había permanecido inmóvil por tanto tiempo, se sentía extraño, rígido, pero vivo. Recordó el enfrentamiento con Jennifer, su hija, engañada, lo había atacado con todo lo que tenía. Loki había sido secuestrada y la versión malvada de Loki la había empujado a luchar contra él. Oz no tuvo elección, si detenía el ataque, ponía en riesgo la vida de su hija, así que lo recibió de frente. El golpe lo destrozó, sobrevivió, pero quedó gravemente herido. Jennifer lo llevó de vuelta, y Yuna lo sanó lo suficiente para que no muriera. Pero sanar las heridas no era lo mismo que devolverle la fuerza. El Caos puro que lo sostenía necesitaba tiempo, Mucho tiempo. Oz entro en un profundo sueño, Jennifer no dijo nada a sus hijas porque el propio Oz le dijo que no lo hiciera, no quería preocuparlas, el prefirió que sus nietas pensaran que el estaba de viaje, era mas fácil así. Ahora, al despertar, sintió cómo el Caos volvía a fluir. No estaba completo, pero estaba ahí, como un río oscuro que se abría paso de nuevo por sus venas. Se sentó en la cama y bostezo. El cuarto preparado por Jennifer lo rodeaba, con detalles que hablaban del cuidado de su hija. El mundo mortal seguía su curso, ignorante de que él había vuelto.
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  • De nuevo la pesadilla.
    Una vez más, no tuvo las mejores de las noches; removiéndose entre sueños su mente volvió a reproducirle aquel fatídico momento. Aquella experiencia tan horrible que se le había grabado a fuego en el alma; inolvidable, aterradora, desgarradora...
    Y es que una vez más allí estaba: en el infierno. Rodeada de gritos, aullidos de dolor y el chocar del metal de las armas al encontrarse en su camino. Frente a ella, un cuerpo tirado, abandonado e ignorado, rodeado de un mar dorado producido por su propia sangre.

    Su corazón dolía al latir, su alma quebrándose en una mitad irrecuperable mientras el aire se iba de sus pulmones. Los sonidos a su alrededor no volviéndose más que ecos en la distancia mientras su cuerpo perdía fuerza, sus piernas parecían haberse vuelto inútiles, como si nunca hubiera aprendido a caminar. Un tropezón y luego otro hasta que por fin pudo ponerse en pie y correr, como si una mano le hubiese empujado en la espalda para impulsarla a ir hacia adelante; un impulso que no le duraría demasiado pues tan solo llegar junto al cuerpo es que toda fuerza acumulada se desvanecería una vez más.

    — No, no, no, no.... —

    Tan solo una súplica inaudible. Un rezo ignorado mientras la vista se volvía borrosa, sus manos temblorosas volteando a ver la identidad del cuerpo caído mientras su corazón acababa por casi detenerse al corroborarlo.

    — Adán... ¡¡Adán!! —

    Más la respuesta nunca llegó. Tan solo una sonrisa cariñosa esbozada mientras veía el dorado de sus ojos, tan brillantes como el sol, desvanecerse hasta volverse un apagado opaco. La luz de su vida desaparecida mientras una mitad de ella se la había llevado al morir.

    — ¡¡Adán!! —

    Repitió pero ya nada hubo, aunque suavemente lo sacudió con la única mano que le quedaba.
    La sonrisa se quedó inmóvil en aquellos labios ajenos, imborrable, pero ya no hubo ningún otro movimiento. Su respiración acelerada y el líquido rodando por su mejillas.

    — ¡ADÁN! —

    Sin embargo, al gritar, se encontró sentándose abruptamente en la cama. A su alrededor solo su habitación.
    Ni un rastro de demonios, del paisaje infernal, ni siquiera de la sangre dorada cubriéndola o el cuerpo que tanto había quebrado su alma. Nada había.
    Con pies temblorosos se levantó de la cama y caminó hasta el ventanal, ya reparado, de su habitación; sólo el paisaje celestial la recibió.
    Observó su brazo izquierdo, dorado y prostetico, con la ausencia de una aureola que ella juraba había tomado entre sus manos para usar de pulsera y un recordatorio constante de una venganza jurada en silencio.

    Su corazón aún latía acelerado y podía sentir el rastro de lágrimas que habían humedecido sus mejillas pero solo la ausencia de la aureola en su mano le trajo paz pues eso significaba que había sido todo un sueño, un mal recuerdo, y en realidad su señor en ese momento, probablemente, ya la estuviera esperando en el campo de entrenamiento como siempre lo hacía.
    Se pasó las manos por las mejillas para limpiarse cualquier mojado rastro de sus lágrimas y se dispuso a prepararse para un nuevo día.

    Adán estaba vivo, tan vivo como ella. Y los demonios igual con sólo un reloj de arena cuyos granos caían lentamente anunciando un inminente final que les aguardaba bajo sus manos.
    Sí, Adán estaría vivo pero no libre de amenaza; no mientras los demonios continuaran con sus tranquilas vidas allí abajo, libres de preocupaciones gracias a las nuevas órdenes de Sera. Pero ese era su error, creer que eran libres de preocupaciones pues no era nada más lejano a la realidad mientras ella siguiera con vida. Tarde o temprano su momento llegaría y sería entonces cuando ella tomaría la oportunidad que se le brindaría bajando a aquel agujero infernal una vez más, exterminando hasta al último demonio que pueda suponer una amenaza a la vida del hombre que ella amaba
    De nuevo la pesadilla. Una vez más, no tuvo las mejores de las noches; removiéndose entre sueños su mente volvió a reproducirle aquel fatídico momento. Aquella experiencia tan horrible que se le había grabado a fuego en el alma; inolvidable, aterradora, desgarradora... Y es que una vez más allí estaba: en el infierno. Rodeada de gritos, aullidos de dolor y el chocar del metal de las armas al encontrarse en su camino. Frente a ella, un cuerpo tirado, abandonado e ignorado, rodeado de un mar dorado producido por su propia sangre. Su corazón dolía al latir, su alma quebrándose en una mitad irrecuperable mientras el aire se iba de sus pulmones. Los sonidos a su alrededor no volviéndose más que ecos en la distancia mientras su cuerpo perdía fuerza, sus piernas parecían haberse vuelto inútiles, como si nunca hubiera aprendido a caminar. Un tropezón y luego otro hasta que por fin pudo ponerse en pie y correr, como si una mano le hubiese empujado en la espalda para impulsarla a ir hacia adelante; un impulso que no le duraría demasiado pues tan solo llegar junto al cuerpo es que toda fuerza acumulada se desvanecería una vez más. — No, no, no, no.... — Tan solo una súplica inaudible. Un rezo ignorado mientras la vista se volvía borrosa, sus manos temblorosas volteando a ver la identidad del cuerpo caído mientras su corazón acababa por casi detenerse al corroborarlo. — Adán... ¡¡Adán!! — Más la respuesta nunca llegó. Tan solo una sonrisa cariñosa esbozada mientras veía el dorado de sus ojos, tan brillantes como el sol, desvanecerse hasta volverse un apagado opaco. La luz de su vida desaparecida mientras una mitad de ella se la había llevado al morir. — ¡¡Adán!! — Repitió pero ya nada hubo, aunque suavemente lo sacudió con la única mano que le quedaba. La sonrisa se quedó inmóvil en aquellos labios ajenos, imborrable, pero ya no hubo ningún otro movimiento. Su respiración acelerada y el líquido rodando por su mejillas. — ¡ADÁN! — Sin embargo, al gritar, se encontró sentándose abruptamente en la cama. A su alrededor solo su habitación. Ni un rastro de demonios, del paisaje infernal, ni siquiera de la sangre dorada cubriéndola o el cuerpo que tanto había quebrado su alma. Nada había. Con pies temblorosos se levantó de la cama y caminó hasta el ventanal, ya reparado, de su habitación; sólo el paisaje celestial la recibió. Observó su brazo izquierdo, dorado y prostetico, con la ausencia de una aureola que ella juraba había tomado entre sus manos para usar de pulsera y un recordatorio constante de una venganza jurada en silencio. Su corazón aún latía acelerado y podía sentir el rastro de lágrimas que habían humedecido sus mejillas pero solo la ausencia de la aureola en su mano le trajo paz pues eso significaba que había sido todo un sueño, un mal recuerdo, y en realidad su señor en ese momento, probablemente, ya la estuviera esperando en el campo de entrenamiento como siempre lo hacía. Se pasó las manos por las mejillas para limpiarse cualquier mojado rastro de sus lágrimas y se dispuso a prepararse para un nuevo día. Adán estaba vivo, tan vivo como ella. Y los demonios igual con sólo un reloj de arena cuyos granos caían lentamente anunciando un inminente final que les aguardaba bajo sus manos. Sí, Adán estaría vivo pero no libre de amenaza; no mientras los demonios continuaran con sus tranquilas vidas allí abajo, libres de preocupaciones gracias a las nuevas órdenes de Sera. Pero ese era su error, creer que eran libres de preocupaciones pues no era nada más lejano a la realidad mientras ella siguiera con vida. Tarde o temprano su momento llegaría y sería entonces cuando ella tomaría la oportunidad que se le brindaría bajando a aquel agujero infernal una vez más, exterminando hasta al último demonio que pueda suponer una amenaza a la vida del hombre que ella amaba
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  • — Seguro que hay un millón de personas con las que querrías estar en este momento... — comentó la pelirroja con cierta sonrisa ligera curvada en sus labios.

    Alzó la mirada hacia 𝑳𝒐𝒌𝒊 entrecerrando ligeramente los ojos ante la luz vibrante y cegadora del portal entre dimensiones todavia abierto y reluciendo a sus espaldas. Ignorando deliberadamente Vanaheim extendiéndose delante de sus narices.

    Él la miró también, Wanda pudo ver un pensamiento travieso formándose en sus ojos azules antes de observarle encogerse de hombros.

    —Unas mil, como mucho... —respondió él.
    — Seguro que hay un millón de personas con las que querrías estar en este momento... — comentó la pelirroja con cierta sonrisa ligera curvada en sus labios. Alzó la mirada hacia [G0dofMischief] entrecerrando ligeramente los ojos ante la luz vibrante y cegadora del portal entre dimensiones todavia abierto y reluciendo a sus espaldas. Ignorando deliberadamente Vanaheim extendiéndose delante de sus narices. Él la miró también, Wanda pudo ver un pensamiento travieso formándose en sus ojos azules antes de observarle encogerse de hombros. —Unas mil, como mucho... —respondió él.
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  • [..] El jefe de policía, como siempre, parece contrariado de verle, y a la vez secretamente aliviado de que alguien con mayor jurisdicción fuera a hacerse cargo de aquel caso que claramente le venía grande. Acompaña al buen hombre dentro de la habitación del motel, lo cual agradece, había demasiada gente para su gusto, y demasiadas cámaras. Nadie podía culparle por haber cogido aversión a eso de salir por la tele.
    Justo cuando entran en la habitación, al tiempo que ve el cadáver, su “anfitrión” le revela su identidad, aunque no hacía falta. Sabía quién era, le había visto aquella misma madrugada.
    Sabía que Frank se había buscado lo que fuera que le pasara en aquel bar, pero aquello…

    — Éstá completamente desangrado, como si lo hubiera atacado algún tipo de animal rabioso, pero la entrada no está forzada, y la habitación está en perfecto estado…—

    Tras aquellas palabras Dean deja de escuchar al hombre. No, algo no cuadraba. Claramente era un vampiro pero, Frank no ofrecía aspecto de haber sido atacado por uno. Su cuello parecía estar bien, al menos a simple vista… Los ojos verdes del ahora agente federal se entrecierran, tratando de enfocar algo con la mirada, mientras su mano izquierda vuela al bolsillo que el jefe de policía llevaba en el pecho de su uniforme. De allí atrapa un precioso boli, que si se hubiera fijado un poco más, llevaba las iniciales del propietario grabadas.

    Da dos pasos hacia delante, armado con el bolígrafo, se pinza con los dedos ligeramente los pantalones del traje, subiéndolo ligeramente al tiempo que se agacha sobre Frank. Ignora la cara de pánico, el rictus que se había quedado en el rostro del cazador, y apoya el boli en la pálida mejilla del cadáver, haciendo girar la cabeza de este hacia su izquierda, y luego en la mejilla contraria para girar el rostro hacia él y poder ver el lado contrario del cuello, donde ahí sí, encuentra dos orificios, circulares, perfectamente dibujados, a entre cinco y ocho centímetros el uno del otro.

    Tras aquella comprobación, y sujetando el boli con tan solo dos dedos, se incorpora de nuevo y le devuelve el objeto a su legítimo dueño, el cual lo coge de la misma manera.

    — Muchas gracias por su colaboración. Tan solo una cosa más, ¿había alguna cámara de seguridad? ¿testigos? — [...]


    𝐸𝑥𝑡𝑟𝑎𝑐𝑡𝑜 𝑑𝑒 𝑟𝑜𝑙 𝑐𝑜𝑛 Hope Mikaelson
    [..] El jefe de policía, como siempre, parece contrariado de verle, y a la vez secretamente aliviado de que alguien con mayor jurisdicción fuera a hacerse cargo de aquel caso que claramente le venía grande. Acompaña al buen hombre dentro de la habitación del motel, lo cual agradece, había demasiada gente para su gusto, y demasiadas cámaras. Nadie podía culparle por haber cogido aversión a eso de salir por la tele. Justo cuando entran en la habitación, al tiempo que ve el cadáver, su “anfitrión” le revela su identidad, aunque no hacía falta. Sabía quién era, le había visto aquella misma madrugada. Sabía que Frank se había buscado lo que fuera que le pasara en aquel bar, pero aquello… — Éstá completamente desangrado, como si lo hubiera atacado algún tipo de animal rabioso, pero la entrada no está forzada, y la habitación está en perfecto estado…— Tras aquellas palabras Dean deja de escuchar al hombre. No, algo no cuadraba. Claramente era un vampiro pero, Frank no ofrecía aspecto de haber sido atacado por uno. Su cuello parecía estar bien, al menos a simple vista… Los ojos verdes del ahora agente federal se entrecierran, tratando de enfocar algo con la mirada, mientras su mano izquierda vuela al bolsillo que el jefe de policía llevaba en el pecho de su uniforme. De allí atrapa un precioso boli, que si se hubiera fijado un poco más, llevaba las iniciales del propietario grabadas. Da dos pasos hacia delante, armado con el bolígrafo, se pinza con los dedos ligeramente los pantalones del traje, subiéndolo ligeramente al tiempo que se agacha sobre Frank. Ignora la cara de pánico, el rictus que se había quedado en el rostro del cazador, y apoya el boli en la pálida mejilla del cadáver, haciendo girar la cabeza de este hacia su izquierda, y luego en la mejilla contraria para girar el rostro hacia él y poder ver el lado contrario del cuello, donde ahí sí, encuentra dos orificios, circulares, perfectamente dibujados, a entre cinco y ocho centímetros el uno del otro. Tras aquella comprobación, y sujetando el boli con tan solo dos dedos, se incorpora de nuevo y le devuelve el objeto a su legítimo dueño, el cual lo coge de la misma manera. — Muchas gracias por su colaboración. Tan solo una cosa más, ¿había alguna cámara de seguridad? ¿testigos? — [...] 𝐸𝑥𝑡𝑟𝑎𝑐𝑡𝑜 𝑑𝑒 𝑟𝑜𝑙 𝑐𝑜𝑛 [thetribrid]
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  • —Fui creada para recomponer lo que otros rompen, aun sabiendo que con cada alma que salvo cavo un poco más mi propio lecho — Nymera sabía, al pie de la letra, cuál era su misión. Y aun así, no podía ignorar la silenciosa fascinación que sentía al verlos vivir. En algún rincón prohibido de su pensamiento, deseaba ser como ellos, aunque jamás se permitiría admitirlo. Aquel anhelo quedaría sepultado en lo más profundo de su mente, porque desobedecer las normas no traería redención alguna… solo una catástrofe inevitable — Mantén tu distancia, Nymera. Como siempre lo has hecho.
    —Fui creada para recomponer lo que otros rompen, aun sabiendo que con cada alma que salvo cavo un poco más mi propio lecho — Nymera sabía, al pie de la letra, cuál era su misión. Y aun así, no podía ignorar la silenciosa fascinación que sentía al verlos vivir. En algún rincón prohibido de su pensamiento, deseaba ser como ellos, aunque jamás se permitiría admitirlo. Aquel anhelo quedaría sepultado en lo más profundo de su mente, porque desobedecer las normas no traería redención alguna… solo una catástrofe inevitable — Mantén tu distancia, Nymera. Como siempre lo has hecho.
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  • "Aprendí a observar lo que otros ignoran; en los detalles pequeños es donde encuentro las verdades más grandes". -Está feliz porque recibió un abrazo.-
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  • Inclino ligeramente el rostro cuando percibo esa presencia en ti. Hay algo que no puedo ignorar, una vibración distinta que despierta mi curiosidad. Sonrío despacio, consciente del efecto que provoca el silencio antes de las palabras.
    Siento una esencia en ti que me atrae, dejando que mi mirada se detenga en la tuya más tiempo del necesario. Doy un paso más cerca, sin tocarte, disfrutando de la tensión que se forma entre ambos.

    –¿Me dejarías probarte? –susurro, con un deje juguetón, con mi aliento soplando en cuello – ... Y también tu sangre, claro.

    #Seductivesunday
    //Mejor tarde que nunca...
    Inclino ligeramente el rostro cuando percibo esa presencia en ti. Hay algo que no puedo ignorar, una vibración distinta que despierta mi curiosidad. Sonrío despacio, consciente del efecto que provoca el silencio antes de las palabras. Siento una esencia en ti que me atrae, dejando que mi mirada se detenga en la tuya más tiempo del necesario. Doy un paso más cerca, sin tocarte, disfrutando de la tensión que se forma entre ambos. –¿Me dejarías probarte? –susurro, con un deje juguetón, con mi aliento soplando en cuello – ... Y también tu sangre, claro. #Seductivesunday //Mejor tarde que nunca...
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  • Nuevo Sol
    Categoría Drama
    - 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝐸𝑙𝑒𝑎𝑛𝑜𝑟 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖

    Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro.
    Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida.

    Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe.

    Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder.
    En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo.

    —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos.

    Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación.
    El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas.

    El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja.
    —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo.
    Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente.
    La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta.

    Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada.

    El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco.
    La seguridad es un hábito que no se pierde.
    El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto.
    Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto.
    No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad.

    Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto.
    Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor.
    —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
    👥 - [vision_fuchsia_rabbit_825] 🔥 Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro. Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida. Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe. Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder. En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo. —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos. Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación. El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas. El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja. —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo. Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente. La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta. Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada. El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco. La seguridad es un hábito que no se pierde. El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto. Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto. No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad. Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto. Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor. —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
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