• El inicio de todo
    Categoría Original
    Lucius Queen

    Alina revisó la hora en su teléfono por tercera vez en menos de cinco minutos.

    No estaba nerviosa. Bueno… tal vez un poco.

    Pero tampoco era para tanto. ¿O sí?
    Había salido con Lucius varias veces desde aquel extraño encuentro en el parque. Habían recorrido calles sin rumbo fijo, discutido sobre música —aunque seguía cuestionando algunos de sus gustos— y compartido suficientes conversaciones como para que la idea de verlo ya formara parte de su rutina. Incluso habían desarrollado la costumbre de buscarse mutuamente cada vez que tenían algo interesante que contar. Así que no entendía por qué estaba actuando de esa manera.

    Se observó una vez más en el espejo de la entrada antes de acomodar distraídamente un mechón de cabello detrás de su oreja.

    ¿Por qué estaba nerviosa? No era como si le gustara. ¿O sí?

    Apretó ligeramente los labios ante ese pensamiento. Bueno, él era atractivo. Y divertido. Y atento. Y hacía que conversaciones completamente normales terminaran convirtiéndose en una de las mejores partes de sus días.

    Pero eso no significaba nada...

    Además, era solo una cita en el departamento de Lucius. Él iba a cocinar para ella —algo que todavía estaba pendiente de evaluación oficial— y pasarían tiempo juntos, como siempre hacían.

    ¿O era una cita romántica? ¿Por qué sentía ese cosquilleo en el estómago cada vez que pensaba en verlo?

    Antes de que pudiera seguir cuestionándose demasiado, el sonido del timbre la sacó de sus pensamientos.

    Su corazón dio un pequeño salto que decidió ignorar inmediatamente.

    Tomó su bolso, inhaló profundamente y caminó hacia la puerta.

    Al abrirla, una sonrisa apareció en su rostro casi de forma automática.

    —Espero que sepas que estoy confiando muchísimo en ti al aceptar una cena preparada por ti. —comentó con diversión—. Todavía no estoy completamente convencida de que no vayas a envenenarme. —Salió de su casa y cerró la puerta con llave. —¿Nos vamos?
    [phantasm_indigo_pigeon_207] Alina revisó la hora en su teléfono por tercera vez en menos de cinco minutos. No estaba nerviosa. Bueno… tal vez un poco. Pero tampoco era para tanto. ¿O sí? Había salido con Lucius varias veces desde aquel extraño encuentro en el parque. Habían recorrido calles sin rumbo fijo, discutido sobre música —aunque seguía cuestionando algunos de sus gustos— y compartido suficientes conversaciones como para que la idea de verlo ya formara parte de su rutina. Incluso habían desarrollado la costumbre de buscarse mutuamente cada vez que tenían algo interesante que contar. Así que no entendía por qué estaba actuando de esa manera. Se observó una vez más en el espejo de la entrada antes de acomodar distraídamente un mechón de cabello detrás de su oreja. ¿Por qué estaba nerviosa? No era como si le gustara. ¿O sí? Apretó ligeramente los labios ante ese pensamiento. Bueno, él era atractivo. Y divertido. Y atento. Y hacía que conversaciones completamente normales terminaran convirtiéndose en una de las mejores partes de sus días. Pero eso no significaba nada... Además, era solo una cita en el departamento de Lucius. Él iba a cocinar para ella —algo que todavía estaba pendiente de evaluación oficial— y pasarían tiempo juntos, como siempre hacían. ¿O era una cita romántica? ¿Por qué sentía ese cosquilleo en el estómago cada vez que pensaba en verlo? Antes de que pudiera seguir cuestionándose demasiado, el sonido del timbre la sacó de sus pensamientos. Su corazón dio un pequeño salto que decidió ignorar inmediatamente. Tomó su bolso, inhaló profundamente y caminó hacia la puerta. Al abrirla, una sonrisa apareció en su rostro casi de forma automática. —Espero que sepas que estoy confiando muchísimo en ti al aceptar una cena preparada por ti. —comentó con diversión—. Todavía no estoy completamente convencida de que no vayas a envenenarme. —Salió de su casa y cerró la puerta con llave. —¿Nos vamos?
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  • Mi don, tu maldición
    Fandom Crossover
    Categoría Acción
    El Mito y la Condena
    En los anales ocultos de la historia humana, el nombre de los Dessendre se pronuncia con un respeto que raya en la adoración. Para los pocos que han visto rasgarse el velo de la realidad y han sobrevivido a las fauces de lo innombrable, esta dinastía es el escudo definitivo de la humanidad. Ser un Dessendre es, a ojos de los desesperados, una bendición divina; pertenecer a un linaje de héroes semidioses que, desde la Europa medieval, han caminado entre las sombras para que el mundo pueda vivir bajo la luz.

    Pero la verdad detrás de las baladas es una tragedia bañada en sangre.

    Todo comenzó con el Primer Ancestro, un coloso de barba indomable y una fuerza que desafiaba las leyes de la naturaleza. En una época de caos, forjó un pacto con una deidad primigenia y sin nombre. El precio fue devastador: la servidumbre eterna de toda su descendencia. A cambio, la entidad selló el pacto con un regalo ponzoñoso; al cumplir los catorce años, cada miembro de la sangre Dessendre despertaría un don místico único, una herramienta de destrucción diseñada específicamente para matar monstruos.

    Lo que el mundo ve como una herencia excepcional, la familia lo conoce por su verdadero nombre: una tortura generacional. Los dones no son una bendición, son las cadenas que los arrastran al matadero. A lo largo de los siglos, el árbol genealógico de los Dessendre no ha crecido hacia el cielo, sino que se ha enterrado en tumbas prematuras. Madres, padres, hijos y hermanos... la inmensa mayoría ha perecido entre gritos, desmembrados en la oscuridad por las mismas bestias que juraron cazar. Cada victoria de la familia se ha pagado con la extinción de sus propios miembros. Para el resto del mundo son leyendas vivientes; para ellos mismos, son fantasmas en lista de espera.

    A este calvario se suma la crueldad del aislamiento. Mientras los pocos salvados los alaban como deidades, la masa ignorante los ha repudiado durante siglos, tachándolos de charlatanes, locos y herejes. Los Dessendre mueren en la más absoluta soledad, protegiendo a un mundo que los desprecia, sirviendo a un dios que los condenó.

    Hoy, las cenizas de esta dinastía maldita descansan sobre los hombros de un solo hombre: Verso.

    Sobre él pesa la corona más amarga, pues Verso es una anomalía viviente. Sus catorce años quedaron atrás, y el eco de la deidad antigua jamás resonó en su espíritu. No hubo destello místico, ni fuego en sus manos, ni visiones del más allá. La sangre sagrada parece haberlo ignorado, dejándolo completamente desarmado ante la herencia familiar.

    En una dinastía donde no tener un don equivale a una sentencia de muerte inmediata, cualquiera se habría rendido al miedo. Pero Verso no es un Dessendre ordinario. Entendiendo que la debilidad sería su fin, decidió desafiar el designio de los dioses y de los monstruos. Convirtió la ausencia de magia en su mayor fortaleza, sometiéndose a un calvario de entrenamiento físico y mental que horrorizaría a sus propios ancestros. Si no nació para ser un arma, se forjaría a sí mismo en una.

    El Intelecto Arquitectónico: Mientras otros confían en la fuerza bruta de sus dones, Verso opera con una fría precisión quirúrgica. Su mente es una enciclopedia de lo arcano; disecciona la mitología, calcula las variables y estudia la anatomía de sus presas hasta encontrar la única fisura en su inmortalidad. Él no pelea contra los monstruos; los ejecuta tras haberlos desmantelado estratégicamente en su cabeza.

    La Agilidad del Espectro: Sabiendo que su cuerpo no sanará de un golpe sobrenatural, Verso perfeccionó el arte de la evasión absoluta. Se mueve con una fluidez casi fantasmal, anticipando el peligro antes de que se materialice. En el campo de batalla, es una sombra inalcanzable.

    El Arsenal de la Venganza: Su cuerpo es una extensión viviente de cualquier herramienta de muerte. Manipula con igual maestría las espadas de plata bendecidas que sus antepasados usaron en las Cruzadas, como el armamento táctico y balístico más avanzado de la era moderna.

    Verso Dessendre camina hacia la noche sabiendo que es el eslabón más frágil de una cadena de mártires, pero también el más implacable. No tiene el poder de un dios, pero posee la voluntad inquebrantable de los hombres que se niegan a morir.

    "Mis antepasados murieron protegiendo este mundo con la magia de una deidad que nos odia. Yo no tengo milagros. Solo tengo mi ingenio, mi velocidad y un arsenal de hierro. Y esta noche, eso será más que suficiente para demostrarles a los monstruos por qué deberían temernos a los humanos."
    — Verso Dessendre.

    ____________________________________
    «Época actual»

    Había llegado a la mansión Dessendre una nota, una petición. Se decía qué en una antigua central eléctrica abandonada se habían hallado cuerpos sin vida. La policía había determinado qué se trataba de "suicidas desangrándose hasta morir". ¿Quién carajo pensaría qué encontrar cuerpos desangrados sería por suicidio? Solo policías queriendo huir del inminente destino.

    Verso, un hombre de mediana edad, pisando ya los 40's. Sabía lo qué dicha carta solicitaba y a qué cláse de esperpentos se refería. Por lo qué tomó su equipamiento, lo subió a la camioneta tipo Jeep todo terreno qué guardaba en uno de lo garages y se encaminó a plena luz del día cayendo por el oeste, rumbo a la dichosa central eléctrica.

    «Hoy solo quería recostarme y ver televisión cómo la gente común, pero aquí vamos de nuevo»

    Se veía en su rostro rebosante de "emoción" el poco interés qué tenía, pero se tomaba muy en serio el trabajo; era la clase de hombre qué jamás subestimaría una situación peligrosa.

    Pasaron un par de horas conduciendo, el sol había caído por completo y era solo la luna la qué observaba desde el firmamento.
    Llegó al lugar, se estacionó en lo qué era un parking abandonado a su suerte, sucio, amplio y totalmente vacío hasta ahora.

    El hombre se preparó, un par de dagas ocultas bajo la gabardina, una ballesta de mano en la funda de su espalda, la espada de plata envainada a su costado izquierdo, el colgante en forma de cruz a la altura de la clavícula y un frasco qué ocultó en el bolsillo superior izquierdo de la gabardina. Tomó también una lámpara de baterías con la mano izuquierda y cerró la camioneta con llave.

    Estaba ahora en la entrada, se veía tétrico y lo qué daba una sensación escalofriante era qué no se escuchaba nada más qué el viento zarandeando uno qué otro cable o láminas de metal qué golpeaban entre sí.

    Inspiró y exhaló con tranquilidad achinando los ojos, para posteriormente abrirlos por completo y adentrarse en el lugar lentamente, observando a todos lados y en todas direcciones. Podría ser qué hubiese uno de esos seres o quizás le tocaría regresar a casa a descansar.
    El Mito y la Condena En los anales ocultos de la historia humana, el nombre de los Dessendre se pronuncia con un respeto que raya en la adoración. Para los pocos que han visto rasgarse el velo de la realidad y han sobrevivido a las fauces de lo innombrable, esta dinastía es el escudo definitivo de la humanidad. Ser un Dessendre es, a ojos de los desesperados, una bendición divina; pertenecer a un linaje de héroes semidioses que, desde la Europa medieval, han caminado entre las sombras para que el mundo pueda vivir bajo la luz. Pero la verdad detrás de las baladas es una tragedia bañada en sangre. Todo comenzó con el Primer Ancestro, un coloso de barba indomable y una fuerza que desafiaba las leyes de la naturaleza. En una época de caos, forjó un pacto con una deidad primigenia y sin nombre. El precio fue devastador: la servidumbre eterna de toda su descendencia. A cambio, la entidad selló el pacto con un regalo ponzoñoso; al cumplir los catorce años, cada miembro de la sangre Dessendre despertaría un don místico único, una herramienta de destrucción diseñada específicamente para matar monstruos. Lo que el mundo ve como una herencia excepcional, la familia lo conoce por su verdadero nombre: una tortura generacional. Los dones no son una bendición, son las cadenas que los arrastran al matadero. A lo largo de los siglos, el árbol genealógico de los Dessendre no ha crecido hacia el cielo, sino que se ha enterrado en tumbas prematuras. Madres, padres, hijos y hermanos... la inmensa mayoría ha perecido entre gritos, desmembrados en la oscuridad por las mismas bestias que juraron cazar. Cada victoria de la familia se ha pagado con la extinción de sus propios miembros. Para el resto del mundo son leyendas vivientes; para ellos mismos, son fantasmas en lista de espera. A este calvario se suma la crueldad del aislamiento. Mientras los pocos salvados los alaban como deidades, la masa ignorante los ha repudiado durante siglos, tachándolos de charlatanes, locos y herejes. Los Dessendre mueren en la más absoluta soledad, protegiendo a un mundo que los desprecia, sirviendo a un dios que los condenó. Hoy, las cenizas de esta dinastía maldita descansan sobre los hombros de un solo hombre: Verso. Sobre él pesa la corona más amarga, pues Verso es una anomalía viviente. Sus catorce años quedaron atrás, y el eco de la deidad antigua jamás resonó en su espíritu. No hubo destello místico, ni fuego en sus manos, ni visiones del más allá. La sangre sagrada parece haberlo ignorado, dejándolo completamente desarmado ante la herencia familiar. En una dinastía donde no tener un don equivale a una sentencia de muerte inmediata, cualquiera se habría rendido al miedo. Pero Verso no es un Dessendre ordinario. Entendiendo que la debilidad sería su fin, decidió desafiar el designio de los dioses y de los monstruos. Convirtió la ausencia de magia en su mayor fortaleza, sometiéndose a un calvario de entrenamiento físico y mental que horrorizaría a sus propios ancestros. Si no nació para ser un arma, se forjaría a sí mismo en una. El Intelecto Arquitectónico: Mientras otros confían en la fuerza bruta de sus dones, Verso opera con una fría precisión quirúrgica. Su mente es una enciclopedia de lo arcano; disecciona la mitología, calcula las variables y estudia la anatomía de sus presas hasta encontrar la única fisura en su inmortalidad. Él no pelea contra los monstruos; los ejecuta tras haberlos desmantelado estratégicamente en su cabeza. La Agilidad del Espectro: Sabiendo que su cuerpo no sanará de un golpe sobrenatural, Verso perfeccionó el arte de la evasión absoluta. Se mueve con una fluidez casi fantasmal, anticipando el peligro antes de que se materialice. En el campo de batalla, es una sombra inalcanzable. El Arsenal de la Venganza: Su cuerpo es una extensión viviente de cualquier herramienta de muerte. Manipula con igual maestría las espadas de plata bendecidas que sus antepasados usaron en las Cruzadas, como el armamento táctico y balístico más avanzado de la era moderna. Verso Dessendre camina hacia la noche sabiendo que es el eslabón más frágil de una cadena de mártires, pero también el más implacable. No tiene el poder de un dios, pero posee la voluntad inquebrantable de los hombres que se niegan a morir. "Mis antepasados murieron protegiendo este mundo con la magia de una deidad que nos odia. Yo no tengo milagros. Solo tengo mi ingenio, mi velocidad y un arsenal de hierro. Y esta noche, eso será más que suficiente para demostrarles a los monstruos por qué deberían temernos a los humanos." — Verso Dessendre. ____________________________________ «Época actual» Había llegado a la mansión Dessendre una nota, una petición. Se decía qué en una antigua central eléctrica abandonada se habían hallado cuerpos sin vida. La policía había determinado qué se trataba de "suicidas desangrándose hasta morir". ¿Quién carajo pensaría qué encontrar cuerpos desangrados sería por suicidio? Solo policías queriendo huir del inminente destino. Verso, un hombre de mediana edad, pisando ya los 40's. Sabía lo qué dicha carta solicitaba y a qué cláse de esperpentos se refería. Por lo qué tomó su equipamiento, lo subió a la camioneta tipo Jeep todo terreno qué guardaba en uno de lo garages y se encaminó a plena luz del día cayendo por el oeste, rumbo a la dichosa central eléctrica. «Hoy solo quería recostarme y ver televisión cómo la gente común, pero aquí vamos de nuevo» Se veía en su rostro rebosante de "emoción" el poco interés qué tenía, pero se tomaba muy en serio el trabajo; era la clase de hombre qué jamás subestimaría una situación peligrosa. Pasaron un par de horas conduciendo, el sol había caído por completo y era solo la luna la qué observaba desde el firmamento. Llegó al lugar, se estacionó en lo qué era un parking abandonado a su suerte, sucio, amplio y totalmente vacío hasta ahora. El hombre se preparó, un par de dagas ocultas bajo la gabardina, una ballesta de mano en la funda de su espalda, la espada de plata envainada a su costado izquierdo, el colgante en forma de cruz a la altura de la clavícula y un frasco qué ocultó en el bolsillo superior izquierdo de la gabardina. Tomó también una lámpara de baterías con la mano izuquierda y cerró la camioneta con llave. Estaba ahora en la entrada, se veía tétrico y lo qué daba una sensación escalofriante era qué no se escuchaba nada más qué el viento zarandeando uno qué otro cable o láminas de metal qué golpeaban entre sí. Inspiró y exhaló con tranquilidad achinando los ojos, para posteriormente abrirlos por completo y adentrarse en el lugar lentamente, observando a todos lados y en todas direcciones. Podría ser qué hubiese uno de esos seres o quizás le tocaría regresar a casa a descansar.
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  • Pero se que era un dia como este cuando lo conoci a profe gojo en mi antiguo hogar .....

    Tenía cinco años cuando el mundo decidió romperse, y yo fui la que sostuvo el martillo.

    ​No recuerdo mucho de cómo empezó ese día, solo que el pecho me ardía. Era un dolor denso, negro, que no cabía dentro de mi cuerpo infantil. Vivía en un pueblo pequeño, de esos donde el viento siempre huele a tierra húmeda y hojas secas, pero esa tarde el aire se volvió pesado, tanto que costaba respirar. Los adultos gritaban. Recuerdo sus caras distorsionadas por el miedo, pero no me miraban a mí con compasión; me miraban como si yo fuera el monstruo debajo de sus camas.

    ​Y tal vez tenían razón.

    ​Cuando mi habilidad del caos despertó, no fue un destello sutil. Fue un estallido. Sentí un tirón violento en el estómago y, de repente, la gravedad dejó de tener sentido. Mis pies se despegaron del suelo. El suelo mismo empezó a agrietarse, levantándose en pedazos de piedra y tierra que orbitaban a mi alrededor. Un vórtice inestable y oscuro me envolvió, destrozando las casas cercanas, torciendo la realidad como si fuera papel mojado.

    ​Cerré los ojos con fuerza, llorando lágrimas que se sentían calientes y espesas. Cuando los abrí, la vista se me había teñido de un rojo violento. Podía sentir la sangre agolpándose en mis párpados, inyectada en mis ojos por la pura presión de una energía que no sabía cómo controlar. Estaba sola en el centro de mi propia tormenta, flotando, esperando que todo terminara o que me consumiera por completo.

    ​Entonces, el caos se detuvo. No porque se hubiera calmado, sino porque algo más fuerte lo estaba obligando a frenar.

    ​A través del torbellino de escombros y ráfagas oscuras, vi una silueta que caminaba con una calma casi insultante. Era un joven alto, de cabello blanco como la nieve que brillaba a la luz de la tarde. Llevaba unas gafas oscuras que no lograban ocultar del todo la intensidad de su mirada.
    ​A medida que se acercaba, la energía destructiva que yo desprendía chocaba contra una barrera invisible a su alrededor y se disipaba. Su técnica del Ilimitado lo protegía de mi tormenta, conteniendo el desastre con una facilidad pasmosa.
    ​Él se detuvo a unos metros de mí, mirándome flotar. Esperaba que me atacara. Sabía, por puro instinto, que yo era una anomalía peligrosa, algo que los hechiceros llaman una "maldición de Grado Especial". Pero cuando aquel chico se bajó un poco las gafas, revelando unos ojos de un azul tan infinito y brillante que hacían que el cielo pareciera pálido, no vi asco ni miedo en ellos.
    ​Vio mi potencial destructor, sí. Vio el peligro. Pero, sobre todo, vio la inmensa soledad de una niña de cinco años que solo quería que el dolor parara.

    ​—Vaya... Así que tú eras el pequeño terremoto —dijo. Su voz era extrañamente ligera, casi divertida, rompiendo toda la tensión del ambiente.

    ​Extendió una mano hacia mí. No para atacarme, sino para invitarme a bajar. Con un simple gesto de sus dedos, la presión en mi pecho disminuyó y el vórtice se deshizo, dejándome caer suavemente sobre la tierra removida. Mis piernas temblaron y caí de rodillas, agotada, con la respiración entrecortada y la vista aún nublada de rojo.
    ​Él se agachó para quedar a mi altura, ignorando el desastre que nos rodeaba. Supe después que los altos mandos de su mundo habrían ordenado mi ejecución inmediata sin parpadear. Pero a Satoru Gojo nunca le importó lo que dijeran los viejos sabios.

    ​—Tienes unos ojos bastante interesantes, pequeña —me dijo, dedicándome una sonrisa ladeada que, por primera vez en mi corta vida, me hizo sentir a salvo—. ¿Qué te parece si venimos conmigo? Te prometo que el mundo es mucho más divertido cuando aprendes a romperlo a tu manera.

    ​En ese momento, entre las ruinas de mi pueblo, me di cuenta de que el caos no me había destruido. Me había llevado hasta el hombre más fuerte del mundo. Y él, en lugar de borrarme, decidió天 adoptarme en secreto.
    Pero se que era un dia como este cuando lo conoci a profe gojo en mi antiguo hogar ..... Tenía cinco años cuando el mundo decidió romperse, y yo fui la que sostuvo el martillo. ​No recuerdo mucho de cómo empezó ese día, solo que el pecho me ardía. Era un dolor denso, negro, que no cabía dentro de mi cuerpo infantil. Vivía en un pueblo pequeño, de esos donde el viento siempre huele a tierra húmeda y hojas secas, pero esa tarde el aire se volvió pesado, tanto que costaba respirar. Los adultos gritaban. Recuerdo sus caras distorsionadas por el miedo, pero no me miraban a mí con compasión; me miraban como si yo fuera el monstruo debajo de sus camas. ​Y tal vez tenían razón. ​Cuando mi habilidad del caos despertó, no fue un destello sutil. Fue un estallido. Sentí un tirón violento en el estómago y, de repente, la gravedad dejó de tener sentido. Mis pies se despegaron del suelo. El suelo mismo empezó a agrietarse, levantándose en pedazos de piedra y tierra que orbitaban a mi alrededor. Un vórtice inestable y oscuro me envolvió, destrozando las casas cercanas, torciendo la realidad como si fuera papel mojado. ​Cerré los ojos con fuerza, llorando lágrimas que se sentían calientes y espesas. Cuando los abrí, la vista se me había teñido de un rojo violento. Podía sentir la sangre agolpándose en mis párpados, inyectada en mis ojos por la pura presión de una energía que no sabía cómo controlar. Estaba sola en el centro de mi propia tormenta, flotando, esperando que todo terminara o que me consumiera por completo. ​Entonces, el caos se detuvo. No porque se hubiera calmado, sino porque algo más fuerte lo estaba obligando a frenar. ​A través del torbellino de escombros y ráfagas oscuras, vi una silueta que caminaba con una calma casi insultante. Era un joven alto, de cabello blanco como la nieve que brillaba a la luz de la tarde. Llevaba unas gafas oscuras que no lograban ocultar del todo la intensidad de su mirada. ​A medida que se acercaba, la energía destructiva que yo desprendía chocaba contra una barrera invisible a su alrededor y se disipaba. Su técnica del Ilimitado lo protegía de mi tormenta, conteniendo el desastre con una facilidad pasmosa. ​Él se detuvo a unos metros de mí, mirándome flotar. Esperaba que me atacara. Sabía, por puro instinto, que yo era una anomalía peligrosa, algo que los hechiceros llaman una "maldición de Grado Especial". Pero cuando aquel chico se bajó un poco las gafas, revelando unos ojos de un azul tan infinito y brillante que hacían que el cielo pareciera pálido, no vi asco ni miedo en ellos. ​Vio mi potencial destructor, sí. Vio el peligro. Pero, sobre todo, vio la inmensa soledad de una niña de cinco años que solo quería que el dolor parara. ​—Vaya... Así que tú eras el pequeño terremoto —dijo. Su voz era extrañamente ligera, casi divertida, rompiendo toda la tensión del ambiente. ​Extendió una mano hacia mí. No para atacarme, sino para invitarme a bajar. Con un simple gesto de sus dedos, la presión en mi pecho disminuyó y el vórtice se deshizo, dejándome caer suavemente sobre la tierra removida. Mis piernas temblaron y caí de rodillas, agotada, con la respiración entrecortada y la vista aún nublada de rojo. ​Él se agachó para quedar a mi altura, ignorando el desastre que nos rodeaba. Supe después que los altos mandos de su mundo habrían ordenado mi ejecución inmediata sin parpadear. Pero a Satoru Gojo nunca le importó lo que dijeran los viejos sabios. ​—Tienes unos ojos bastante interesantes, pequeña —me dijo, dedicándome una sonrisa ladeada que, por primera vez en mi corta vida, me hizo sentir a salvo—. ¿Qué te parece si venimos conmigo? Te prometo que el mundo es mucho más divertido cuando aprendes a romperlo a tu manera. ​En ese momento, entre las ruinas de mi pueblo, me di cuenta de que el caos no me había destruido. Me había llevado hasta el hombre más fuerte del mundo. Y él, en lugar de borrarme, decidió天 adoptarme en secreto.
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  • 𝐈𝐒𝐏𝐑𝐈𝐍𝐒𝐄𝐒𝐒𝐀𝐍

    𝑌𝑜... 𝑛𝑜 𝑞𝑢𝑒𝑟𝑖𝑎 𝘩𝑎𝑐𝑒𝑟𝑙𝑜 𝑝𝑒𝑟𝑜... 𝑚𝑒 𝑜𝑏𝑙𝑖𝑔𝑜. 𝐸𝑙 𝑚𝑒 𝑜𝑏𝑙𝑖𝑔𝑜 𝑐𝑜𝑛 𝑠𝑢 𝑚𝑎𝑙𝑑𝑖𝑡𝑎 𝑖𝑛𝑠𝑖𝑠𝑡𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑦 𝑎𝘩𝑜𝑟𝑎 𝑝𝑜𝑟 𝑠𝑢 𝑐𝑢𝑙𝑝𝑎 𝑚𝑖𝑠 𝑑𝑖𝑎𝑠 𝑠𝑖𝑛 𝑖𝑛𝑐𝑖𝑑𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎𝑠 𝑣𝑢𝑒𝑙𝑣𝑒𝑛 𝑎 𝑐𝑒𝑟𝑜...

    Patinar sobre hielo era más que un hobbie.
    Para Sienna era liberador, terapéutico y ayudaba a mantener a raya cualquier recuerdo o impulso de su pasado que pudiera orillarla a cometer algún... error.

    Había una pista comunitaria pero solía estar repleta con grupos de estudiantes o chicos que les gustaba experimentar... y no es que fuera una experta pero ya tenía más experiencia así que prefería entrenar en un sitio más tranquilo.

    Había un lago congelado cerca de la preparatoria local, lo suficientemente apartado del bullicio estudiantil para permitirse un momento de paz y concentración.
    Antes de colocarse los patines y adentrarse en el hielo hizo algunos estiramientos como preparación física; después estuvo lista para iniciar.
    Con patines puestos, se colocó sus audífonos y reprodujo su playlist especialmente creada para sus sesiones.

    𝑩𝒖𝒕 𝒘𝒉𝒆𝒏 𝒕𝒉𝒆 𝒔𝒖𝒏 𝒘𝒆𝒏𝒕 𝒅𝒐𝒘𝒏 𝒕𝒉𝒆 𝒔𝒕𝒂𝒓𝒔 𝒄𝒂𝒎𝒆 𝒐𝒖𝒕 𝒔𝒉𝒆 𝒉𝒆𝒂𝒓𝒅 𝒕𝒉𝒆𝒎 𝒔𝒉𝒐𝒖𝒕 𝑭𝒇 𝒚𝒐𝒖 𝒔𝒊𝒏𝒈 𝒍𝒐𝒖𝒅 𝒂𝒏𝒅 𝒄𝒍𝒆𝒂𝒓 𝑺𝒐𝒎𝒆𝒐𝒏𝒆 𝒑𝒂𝒔𝒔𝒊𝒏𝒈 𝒃𝒚 𝒘𝒊𝒍𝒍 𝒔𝒖𝒓𝒆𝒍𝒚 𝒉𝒆𝒂𝒓 𝒚𝒐𝒖 𝑵𝒐 𝒚𝒐𝒖 𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒃𝒆 𝒂𝒇𝒓𝒂𝒊𝒅...

    El singular estilo de Emilie Autumn acompañó su rutina.
    Eran la melodía, el hielo, ella y... ¿Él?

    Estaba tan concentrada que no notó la presencia de un chico que la observaba desde los árboles.
    Quizás la siguió o la vio por casualidad mientras caminaba por el sendero... por el motivo que fuera no le hacía gracia, era incómodo.

    Se quitó los audífonos y patinó a la orilla sin decir nada, ignorando completamente al recién llegado; este al sentir el rechazo olímpico lo tomó como una invitación a acercarse, todo lo contrario a lo que ella transmitía.

    —Hola. Te vi patinando y déjame decirte que...
    —No me interesa—. Cortó de tajo y se sentó para quitarse los patines.
    —Tranquila, yo sólo quería decirte lo bien que lo haces y...
    —Ya lo hiciste, ¿no? Puedes irte.
    —¿Y si te invito...?
    —No, gracias—. Se calzó las botas oscuras que solía usar cuando iba a esa zona boscosa y se puso de pie sin mirar al chico.
    —No seas pesada y acepta.
    —No me interesa. ¿Acaso hablo en francés?

    Ahí ambos perdieron la paciencia y a continuación el desenlace marcó el fin de sus días sin incidentes.

    —¡𝑃𝑒𝑟𝑟𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑖𝑟𝑎𝑑𝑎.ᐟ
    𝐵𝑟𝑎𝑚𝑜 𝑠𝑖𝑛 𝑎𝑝𝑖𝑐𝑒 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑔𝑎𝑙𝑎𝑛𝑡𝑒𝑟𝑖𝑎 𝑦 𝑓𝑎𝑙𝑠𝑎 𝑎𝑚𝑎𝑏𝑖𝑙𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒𝑙 𝑖𝑛𝑖𝑐𝑖𝑜.
    𝑆𝑒 𝑎𝑐𝑒𝑟𝑐𝑜 𝑐𝑜𝑛 𝑡𝑜𝑑𝑎 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑛𝑐𝑖𝑜𝑛 𝑑𝑒 𝑑𝑎𝑛̃𝑎𝑟𝑙𝑎 𝑦 𝑒𝑠𝑒 𝑓𝑢𝑒 𝑠𝑢 𝑒𝑟𝑟𝑜𝑟 𝑝𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑢𝑛𝑐𝑎 𝑠𝑎𝑏𝑒𝑠 𝑐𝑜𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑑𝑒𝑚𝑜𝑛𝑖𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑟𝑔𝑎 𝑙𝑎 𝑔𝑒𝑛𝑡𝑒.

    𝑆𝑖𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑒 𝑡𝑒𝑚𝑏𝑙𝑎𝑟𝑎 𝑒𝑙 𝑝𝑢𝑙𝑠𝑜 𝑙𝑒𝑣𝑎𝑛𝑡𝑜 𝑢𝑛𝑜 𝑑𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑎𝑡𝑖𝑛𝑒𝑠 𝑦 𝑙𝑒 𝑎𝑠𝑒𝑠𝑡𝑜 𝑢𝑛 𝑔𝑜𝑙𝑝𝑒 𝑑𝑖𝑟𝑒𝑐𝑡𝑜 𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑠𝑖𝑒𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑜 𝑑𝑒𝑠𝑐𝑜𝑙𝑜𝑐𝑜.

    𝑈𝑛𝑜.
    𝐷𝑜𝑠.
    𝑇𝑟𝑒𝑠.

    𝐸𝑙 𝘩𝑖𝑒𝑙𝑜 𝑒𝑚𝑝𝑒𝑧𝑜 𝑎 𝑡𝑒𝑛̃𝑖𝑟𝑠𝑒 𝑑𝑒 𝑟𝑜𝑗𝑜.
    𝑅𝑜𝑗𝑜 𝑠𝑎𝑛𝑔𝑟𝑒.
    𝑆𝑢 𝑚𝑖𝑟𝑎𝑑𝑎 𝑎𝑧𝑢𝑙 𝑦 𝑐𝑎𝑙𝑖𝑑𝑎 𝑑𝑒 𝑝𝑟𝑜𝑛𝑡𝑜 𝑠𝑒 𝑠𝑖𝑛𝑡𝑖𝑜 𝑡𝑎𝑛 𝑓𝑟𝑖𝑎 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑒𝑠𝑒 𝑚𝑖𝑠𝑚𝑜 𝘩𝑖𝑒𝑙𝑜.

    𝐿𝑜 𝑚𝑖𝑟𝑜 𝑎𝘩𝑖 𝑡𝑖𝑟𝑎𝑑𝑜. 𝑀𝑢𝑒𝑟𝑡𝑜 𝑜 𝑖𝑛𝑐𝑜𝑛𝑠𝑐𝑖𝑒𝑛𝑡𝑒, 𝑛𝑜 𝑙𝑜 𝑠𝑎𝑏𝑖𝑎, 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑏𝑎 𝑠𝑒𝑔𝑢𝑟𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑣𝑜𝑙𝑣𝑒𝑟𝑖𝑎 𝑎 𝑚𝑜𝑙𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟𝑙𝑎...

    𝐈𝐒𝐏𝐑𝐈𝐍𝐒𝐄𝐒𝐒𝐀𝐍 𝑌𝑜... 𝑛𝑜 𝑞𝑢𝑒𝑟𝑖𝑎 𝘩𝑎𝑐𝑒𝑟𝑙𝑜 𝑝𝑒𝑟𝑜... 𝑚𝑒 𝑜𝑏𝑙𝑖𝑔𝑜. 𝐸𝑙 𝑚𝑒 𝑜𝑏𝑙𝑖𝑔𝑜 𝑐𝑜𝑛 𝑠𝑢 𝑚𝑎𝑙𝑑𝑖𝑡𝑎 𝑖𝑛𝑠𝑖𝑠𝑡𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑦 𝑎𝘩𝑜𝑟𝑎 𝑝𝑜𝑟 𝑠𝑢 𝑐𝑢𝑙𝑝𝑎 𝑚𝑖𝑠 𝑑𝑖𝑎𝑠 𝑠𝑖𝑛 𝑖𝑛𝑐𝑖𝑑𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎𝑠 𝑣𝑢𝑒𝑙𝑣𝑒𝑛 𝑎 𝑐𝑒𝑟𝑜... Patinar sobre hielo era más que un hobbie. Para Sienna era liberador, terapéutico y ayudaba a mantener a raya cualquier recuerdo o impulso de su pasado que pudiera orillarla a cometer algún... error. Había una pista comunitaria pero solía estar repleta con grupos de estudiantes o chicos que les gustaba experimentar... y no es que fuera una experta pero ya tenía más experiencia así que prefería entrenar en un sitio más tranquilo. Había un lago congelado cerca de la preparatoria local, lo suficientemente apartado del bullicio estudiantil para permitirse un momento de paz y concentración. Antes de colocarse los patines y adentrarse en el hielo hizo algunos estiramientos como preparación física; después estuvo lista para iniciar. Con patines puestos, se colocó sus audífonos y reprodujo su playlist especialmente creada para sus sesiones. 𝑩𝒖𝒕 𝒘𝒉𝒆𝒏 𝒕𝒉𝒆 𝒔𝒖𝒏 𝒘𝒆𝒏𝒕 𝒅𝒐𝒘𝒏 𝒕𝒉𝒆 𝒔𝒕𝒂𝒓𝒔 𝒄𝒂𝒎𝒆 𝒐𝒖𝒕 𝒔𝒉𝒆 𝒉𝒆𝒂𝒓𝒅 𝒕𝒉𝒆𝒎 𝒔𝒉𝒐𝒖𝒕 𝑭𝒇 𝒚𝒐𝒖 𝒔𝒊𝒏𝒈 𝒍𝒐𝒖𝒅 𝒂𝒏𝒅 𝒄𝒍𝒆𝒂𝒓 𝑺𝒐𝒎𝒆𝒐𝒏𝒆 𝒑𝒂𝒔𝒔𝒊𝒏𝒈 𝒃𝒚 𝒘𝒊𝒍𝒍 𝒔𝒖𝒓𝒆𝒍𝒚 𝒉𝒆𝒂𝒓 𝒚𝒐𝒖 𝑵𝒐 𝒚𝒐𝒖 𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒃𝒆 𝒂𝒇𝒓𝒂𝒊𝒅... El singular estilo de Emilie Autumn acompañó su rutina. Eran la melodía, el hielo, ella y... ¿Él? Estaba tan concentrada que no notó la presencia de un chico que la observaba desde los árboles. Quizás la siguió o la vio por casualidad mientras caminaba por el sendero... por el motivo que fuera no le hacía gracia, era incómodo. Se quitó los audífonos y patinó a la orilla sin decir nada, ignorando completamente al recién llegado; este al sentir el rechazo olímpico lo tomó como una invitación a acercarse, todo lo contrario a lo que ella transmitía. —Hola. Te vi patinando y déjame decirte que... —No me interesa—. Cortó de tajo y se sentó para quitarse los patines. —Tranquila, yo sólo quería decirte lo bien que lo haces y... —Ya lo hiciste, ¿no? Puedes irte. —¿Y si te invito...? —No, gracias—. Se calzó las botas oscuras que solía usar cuando iba a esa zona boscosa y se puso de pie sin mirar al chico. —No seas pesada y acepta. —No me interesa. ¿Acaso hablo en francés? Ahí ambos perdieron la paciencia y a continuación el desenlace marcó el fin de sus días sin incidentes. —¡𝑃𝑒𝑟𝑟𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑖𝑟𝑎𝑑𝑎.ᐟ 𝐵𝑟𝑎𝑚𝑜 𝑠𝑖𝑛 𝑎𝑝𝑖𝑐𝑒 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑔𝑎𝑙𝑎𝑛𝑡𝑒𝑟𝑖𝑎 𝑦 𝑓𝑎𝑙𝑠𝑎 𝑎𝑚𝑎𝑏𝑖𝑙𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒𝑙 𝑖𝑛𝑖𝑐𝑖𝑜. 𝑆𝑒 𝑎𝑐𝑒𝑟𝑐𝑜 𝑐𝑜𝑛 𝑡𝑜𝑑𝑎 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑛𝑐𝑖𝑜𝑛 𝑑𝑒 𝑑𝑎𝑛̃𝑎𝑟𝑙𝑎 𝑦 𝑒𝑠𝑒 𝑓𝑢𝑒 𝑠𝑢 𝑒𝑟𝑟𝑜𝑟 𝑝𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑢𝑛𝑐𝑎 𝑠𝑎𝑏𝑒𝑠 𝑐𝑜𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑑𝑒𝑚𝑜𝑛𝑖𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑟𝑔𝑎 𝑙𝑎 𝑔𝑒𝑛𝑡𝑒. 𝑆𝑖𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑒 𝑡𝑒𝑚𝑏𝑙𝑎𝑟𝑎 𝑒𝑙 𝑝𝑢𝑙𝑠𝑜 𝑙𝑒𝑣𝑎𝑛𝑡𝑜 𝑢𝑛𝑜 𝑑𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑎𝑡𝑖𝑛𝑒𝑠 𝑦 𝑙𝑒 𝑎𝑠𝑒𝑠𝑡𝑜 𝑢𝑛 𝑔𝑜𝑙𝑝𝑒 𝑑𝑖𝑟𝑒𝑐𝑡𝑜 𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑠𝑖𝑒𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑜 𝑑𝑒𝑠𝑐𝑜𝑙𝑜𝑐𝑜. 𝑈𝑛𝑜. 𝐷𝑜𝑠. 𝑇𝑟𝑒𝑠. 𝐸𝑙 𝘩𝑖𝑒𝑙𝑜 𝑒𝑚𝑝𝑒𝑧𝑜 𝑎 𝑡𝑒𝑛̃𝑖𝑟𝑠𝑒 𝑑𝑒 𝑟𝑜𝑗𝑜. 𝑅𝑜𝑗𝑜 𝑠𝑎𝑛𝑔𝑟𝑒. 𝑆𝑢 𝑚𝑖𝑟𝑎𝑑𝑎 𝑎𝑧𝑢𝑙 𝑦 𝑐𝑎𝑙𝑖𝑑𝑎 𝑑𝑒 𝑝𝑟𝑜𝑛𝑡𝑜 𝑠𝑒 𝑠𝑖𝑛𝑡𝑖𝑜 𝑡𝑎𝑛 𝑓𝑟𝑖𝑎 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑒𝑠𝑒 𝑚𝑖𝑠𝑚𝑜 𝘩𝑖𝑒𝑙𝑜. 𝐿𝑜 𝑚𝑖𝑟𝑜 𝑎𝘩𝑖 𝑡𝑖𝑟𝑎𝑑𝑜. 𝑀𝑢𝑒𝑟𝑡𝑜 𝑜 𝑖𝑛𝑐𝑜𝑛𝑠𝑐𝑖𝑒𝑛𝑡𝑒, 𝑛𝑜 𝑙𝑜 𝑠𝑎𝑏𝑖𝑎, 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑏𝑎 𝑠𝑒𝑔𝑢𝑟𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑣𝑜𝑙𝑣𝑒𝑟𝑖𝑎 𝑎 𝑚𝑜𝑙𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟𝑙𝑎...
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  • Condenado a muerte:

    Zelkova franqueó innumerables retenes, trasponiendo compuerta tras compuerta bajo la escrutadora mirada de oficiales y agentes de inteligencia. Su itinerario lo condujo hasta el pabellón de máxima custodia, un laberinto de corredores concatenados que desembocaba en la celda más remota y, por ende, más vigilada. Torretas centinelas apuntaban a cada ángulo, mientras decenas de monitores parecían registrar hasta el más nimio aliento.

    Al franquear el umbral, el presbítero habló con gravedad.

    ●Wargrave Howlett...

    Ante él reposaba aquel caballero de refinadas maneras. Ceñían su cuerpo una camisola de fuerza y gruesos grilletes; una venda ocultaba sus ojos, una máscara regulaba su respiración y haces escarlatas recorrían cada palmo de su anatomía.

    Howlett esbozó una sonrisa.

    ○Vaya, si es el padre Legasov. ¿Qué os trae ante un condenado a muerte? ¿Acaso un sermón? Qué lástima. Digamos que milito en la ribera opuesta. No me arrepiento de nada, pues no considero haber cometido pecado alguno.

    Zelkova avanzó unos pasos.

    ●No vengo a sermonearte. Aunque desearía purificar tu ánima, he acudido por un asunto que también te concierne.

    Wargrave alzó levemente la cabeza.

    ○Os escucho.

    ●El Culto del Saturno es más formidable de lo que supuse. Necesito aliados.

    ○¿Y venís a solicitar mi ayuda?

    interrumpió con una risilla.

    ○Paso.

    Las alarmas comenzaron a ulular. La camisola cayó al suelo como si jamás hubiese estado anudada. La venda se deshizo en polvo suspendido y los grilletes cedieron en un santiamén. Lentamente se quita la máscara. Fue una demostración inequívoca: ninguna prisión podía retenerlo.

    ○No estoy tan demente como para enfrentarme a ellos. Fui uno de los suyos; lo sabéis. ¿Por qué alguien...? Oh... ya comprendo. Os cruzasteis con una de las Diez Bolsas.

    Aquel apelativo quedó suspendido en el aire.Las alarmas cesaron cuando los operadores observaron el gesto sereno del sacerdote.

    ○Lo deduzco por el estado de vuestro traje.

    Continuó Howlett.

    ○Creyeron haberos dado muerte, pero ese don vuestro siempre fue fastidioso.

    ●No me interesa reclutarte. Sólo quiero saber cuanto conoces. Después de todo, fuiste el Guardián del Séptimo Sello.

    Wargrave sonrió con una mezcla de orgullo y hastío.

    ○Y encontraron un reemplazo mucho mejor. Por no decir que roza lo invencible. Puede abatir inmortales, hacer llover sobre el desierto, congelar volcanes e incluso extinguir el sol. Ese individuo merece el título de Superhombre que tanto ansían el señor M y el doctor C. Creo que se hacía llamar Recaudador de Impuestos.

    Guardó silencio unos instantes.

    ○Y aun si él no existiera, ¿esperáis que reciba con agrado la visita de ese maldito Barbagia? Está trastornado. Y eso lo afirmo yo, que serví junto a monstruos de primer orden. ¿Qué tenéis entre manos para abrazar semejante insensatez? ¿Ultrajaron a vuestra prometida o algo parecido? Porque, siendo franco, camináis sobre cuerda floja. Aprovechad y cambiaos de identidad.

    Le hizo un ademán para que se retirase. Para él, la conversación había concluido.

    Zelkova, sin embargo, lo sujetó por la camisa. Aquel hombre poseía el singular talento de arrancarle la compostura.

    ●¡Cierra la boca y escucha!

    Wargrave apartó la mano de un manotazo. En su semblante apareció una ira contenida, como la de una bestia que aún anhela revancha.

    ○¿Sabéis por qué me concedieron el retiro tras nuestra última confrontación? Porque me ignoraron. Así de simple.

    Rió con amargura.

    ○Como una planta del pie que pasa junto a una hormiga. Puede aplastarla, sí, pero ¿para qué molestarse si no representa amenaza alguna? Es desalentador, aunque al menos sigo vivo, acompañado de mis libros y mis muchachos.

    Saludó con una mano a las cámaras ocultas y guiñó un ojo hacia los francotiradores que observaban mediante láseres.

    ●¿Y si os dijera que puedo derrotarlo?

    Replicó Zelkova.

    Wargrave soltó una carcajada.

    ○¿Tú? No permitáis que el orgullo os embriague. Yo mismo me dejé vencer. Esa es la verdad. Y aunque reunáis aliados o ejércitos enteros, seguís interfiriendo con el Nuevo Orden Mundial. No bromeéis. Quizá ahora mismo estén decidiendo qué nación olvidada devolver a los mapas sólo por el puro placer.

    ●Si aceptas mi petición, te diré dónde está...

    Howlett llevó un dedo a sus labios.

    ○Shhh... Os escucharán.

    Luego, elevando deliberadamente la voz, declaró:

    ○Bien. Me habéis convencido. No sabría por dónde comenzar.

    Extendió la mano.

    ○Compartid uno de vuestros cigarrillos. Será una charla extensa, así que acomodaos, Legasov.

    Su expresión se tornó sombría.

    ○Porque el Recipiente está próximo a ser poseído.

    Ambos tomaron asiento y prosiguieron su coloquio mientras el monitoreo continuaba. Sin embargo, por una causa extraña y ajena a cualquier avería mecánica, ni una sola palabra alcanzó los sistemas de escucha. Era como si una voluntad invisible hubiese tendido un velo sobre la conversación. Los operadores observaron, confundidos, los registros mudos. Y nadie osó intervenir. Después de todo, era la primera vez que Wargrave Howlett aceptaba un interrogatorio.
    Condenado a muerte: Zelkova franqueó innumerables retenes, trasponiendo compuerta tras compuerta bajo la escrutadora mirada de oficiales y agentes de inteligencia. Su itinerario lo condujo hasta el pabellón de máxima custodia, un laberinto de corredores concatenados que desembocaba en la celda más remota y, por ende, más vigilada. Torretas centinelas apuntaban a cada ángulo, mientras decenas de monitores parecían registrar hasta el más nimio aliento. Al franquear el umbral, el presbítero habló con gravedad. ●Wargrave Howlett... Ante él reposaba aquel caballero de refinadas maneras. Ceñían su cuerpo una camisola de fuerza y gruesos grilletes; una venda ocultaba sus ojos, una máscara regulaba su respiración y haces escarlatas recorrían cada palmo de su anatomía. Howlett esbozó una sonrisa. ○Vaya, si es el padre Legasov. ¿Qué os trae ante un condenado a muerte? ¿Acaso un sermón? Qué lástima. Digamos que milito en la ribera opuesta. No me arrepiento de nada, pues no considero haber cometido pecado alguno. Zelkova avanzó unos pasos. ●No vengo a sermonearte. Aunque desearía purificar tu ánima, he acudido por un asunto que también te concierne. Wargrave alzó levemente la cabeza. ○Os escucho. ●El Culto del Saturno es más formidable de lo que supuse. Necesito aliados. ○¿Y venís a solicitar mi ayuda? interrumpió con una risilla. ○Paso. Las alarmas comenzaron a ulular. La camisola cayó al suelo como si jamás hubiese estado anudada. La venda se deshizo en polvo suspendido y los grilletes cedieron en un santiamén. Lentamente se quita la máscara. Fue una demostración inequívoca: ninguna prisión podía retenerlo. ○No estoy tan demente como para enfrentarme a ellos. Fui uno de los suyos; lo sabéis. ¿Por qué alguien...? Oh... ya comprendo. Os cruzasteis con una de las Diez Bolsas. Aquel apelativo quedó suspendido en el aire.Las alarmas cesaron cuando los operadores observaron el gesto sereno del sacerdote. ○Lo deduzco por el estado de vuestro traje. Continuó Howlett. ○Creyeron haberos dado muerte, pero ese don vuestro siempre fue fastidioso. ●No me interesa reclutarte. Sólo quiero saber cuanto conoces. Después de todo, fuiste el Guardián del Séptimo Sello. Wargrave sonrió con una mezcla de orgullo y hastío. ○Y encontraron un reemplazo mucho mejor. Por no decir que roza lo invencible. Puede abatir inmortales, hacer llover sobre el desierto, congelar volcanes e incluso extinguir el sol. Ese individuo merece el título de Superhombre que tanto ansían el señor M y el doctor C. Creo que se hacía llamar Recaudador de Impuestos. Guardó silencio unos instantes. ○Y aun si él no existiera, ¿esperáis que reciba con agrado la visita de ese maldito Barbagia? Está trastornado. Y eso lo afirmo yo, que serví junto a monstruos de primer orden. ¿Qué tenéis entre manos para abrazar semejante insensatez? ¿Ultrajaron a vuestra prometida o algo parecido? Porque, siendo franco, camináis sobre cuerda floja. Aprovechad y cambiaos de identidad. Le hizo un ademán para que se retirase. Para él, la conversación había concluido. Zelkova, sin embargo, lo sujetó por la camisa. Aquel hombre poseía el singular talento de arrancarle la compostura. ●¡Cierra la boca y escucha! Wargrave apartó la mano de un manotazo. En su semblante apareció una ira contenida, como la de una bestia que aún anhela revancha. ○¿Sabéis por qué me concedieron el retiro tras nuestra última confrontación? Porque me ignoraron. Así de simple. Rió con amargura. ○Como una planta del pie que pasa junto a una hormiga. Puede aplastarla, sí, pero ¿para qué molestarse si no representa amenaza alguna? Es desalentador, aunque al menos sigo vivo, acompañado de mis libros y mis muchachos. Saludó con una mano a las cámaras ocultas y guiñó un ojo hacia los francotiradores que observaban mediante láseres. ●¿Y si os dijera que puedo derrotarlo? Replicó Zelkova. Wargrave soltó una carcajada. ○¿Tú? No permitáis que el orgullo os embriague. Yo mismo me dejé vencer. Esa es la verdad. Y aunque reunáis aliados o ejércitos enteros, seguís interfiriendo con el Nuevo Orden Mundial. No bromeéis. Quizá ahora mismo estén decidiendo qué nación olvidada devolver a los mapas sólo por el puro placer. ●Si aceptas mi petición, te diré dónde está... Howlett llevó un dedo a sus labios. ○Shhh... Os escucharán. Luego, elevando deliberadamente la voz, declaró: ○Bien. Me habéis convencido. No sabría por dónde comenzar. Extendió la mano. ○Compartid uno de vuestros cigarrillos. Será una charla extensa, así que acomodaos, Legasov. Su expresión se tornó sombría. ○Porque el Recipiente está próximo a ser poseído. Ambos tomaron asiento y prosiguieron su coloquio mientras el monitoreo continuaba. Sin embargo, por una causa extraña y ajena a cualquier avería mecánica, ni una sola palabra alcanzó los sistemas de escucha. Era como si una voluntad invisible hubiese tendido un velo sobre la conversación. Los operadores observaron, confundidos, los registros mudos. Y nadie osó intervenir. Después de todo, era la primera vez que Wargrave Howlett aceptaba un interrogatorio.
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  • *Mientras estaba bajo la lluvia, Lili practico un poco de magia qué estaba aprendiendo, creando como un velo mágico.

    Mientras hace elegantes movimientos, ignorado el agua que cae sobre ella, recorriendo su cuerpo y escurriendo de sus cabellos. *
    *Mientras estaba bajo la lluvia, Lili practico un poco de magia qué estaba aprendiendo, creando como un velo mágico. Mientras hace elegantes movimientos, ignorado el agua que cae sobre ella, recorriendo su cuerpo y escurriendo de sus cabellos. *
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  • -El enorme salón permanecía en silencio, iluminado únicamente por la luz de las velas que se reflejaban sobre las cortinas de terciopelo rojo. Frente a un gran caballete, el elfo observaba la pintura aún incompleta de una mujer que, contra toda lógica, había logrado despertar su interés. Mientras el pincel recorría el lienzo, cada trazo era ejecutado con una dedicación que pocas cosas habían merecido de él.-

    -Ella era distinta. Pura, bondadosa y sincera, una de las pocas personas que jamás se acercó por miedo, ambición o fascinación. Había visto más allá de la figura oscura que todos conocían y, con una honestidad imposible de ignorar, terminó confesándole sus sentimientos. Él aceptó aquellas palabras a su manera: distante, misterioso y sereno, pero sincero.-

    -Aquel cuadro era su respuesta. No un regalo ostentoso ni una declaración pronunciada en voz alta, sino un agradecimiento silencioso por haber permanecido a su lado. Cada pincelada era una muestra de afecto que jamás expresaría con palabras, una forma de inmortalizar a la única persona capaz de encontrar luz incluso dentro de su oscuridad.-

    Lilithia Feu 🪷🌸
    -El enorme salón permanecía en silencio, iluminado únicamente por la luz de las velas que se reflejaban sobre las cortinas de terciopelo rojo. Frente a un gran caballete, el elfo observaba la pintura aún incompleta de una mujer que, contra toda lógica, había logrado despertar su interés. Mientras el pincel recorría el lienzo, cada trazo era ejecutado con una dedicación que pocas cosas habían merecido de él.- -Ella era distinta. Pura, bondadosa y sincera, una de las pocas personas que jamás se acercó por miedo, ambición o fascinación. Había visto más allá de la figura oscura que todos conocían y, con una honestidad imposible de ignorar, terminó confesándole sus sentimientos. Él aceptó aquellas palabras a su manera: distante, misterioso y sereno, pero sincero.- -Aquel cuadro era su respuesta. No un regalo ostentoso ni una declaración pronunciada en voz alta, sino un agradecimiento silencioso por haber permanecido a su lado. Cada pincelada era una muestra de afecto que jamás expresaría con palabras, una forma de inmortalizar a la única persona capaz de encontrar luz incluso dentro de su oscuridad.- [Lili_Feu80]
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  • ** La reunión del curioso grupo que ha llegado a Nwitta con la misión original de rescatar a cuatro cautivos, pronto se ve convertida en escenario de una batalla. Es tal como Kieran ha dicho y los vigilantes no ignoran la onda expansiva en la fibra del caos, causada por un portal de magia dorada que ya de por sí es muy notable, pero que al transportar un grupo significativo de humanos excepcionales y otros seres, es como lanzar una roca a un estanque calmo. **

    "¡Se dirige a ustedes un escuadrón de Élite de Vigilantes! Estamos autorizados para usar todas las medidas que sean necesarias para su captura, incluyendo fuerza letal si no hay otra opción!"

    ** La voz resuena y hace vibrar las ventana de la casa abandonada que alberga al grupo, en ese instante, una de las paredes es reducida a escombro por una explosión estrepitosa, alrededor del perímetro han sido instalados seis dispositivos en un patrón hexagonal, los cuares crean barreras de magia que emula al cerceta, sin llegar a serlo. **

    "Humanos, salgan tranquilamente... esto no les concierne. Serán evacuados pacíficamente si se entregan por su voluntad. En cuanto a los otros dos seres... serán capturados y analizados, su presencia aquí no es permitida".

    ** La presencia de un vampiro y la que los vigilantes no logran identificar pero detectan como no-humana agrava la situación. **
    ** La reunión del curioso grupo que ha llegado a Nwitta con la misión original de rescatar a cuatro cautivos, pronto se ve convertida en escenario de una batalla. Es tal como Kieran ha dicho y los vigilantes no ignoran la onda expansiva en la fibra del caos, causada por un portal de magia dorada que ya de por sí es muy notable, pero que al transportar un grupo significativo de humanos excepcionales y otros seres, es como lanzar una roca a un estanque calmo. ** "¡Se dirige a ustedes un escuadrón de Élite de Vigilantes! Estamos autorizados para usar todas las medidas que sean necesarias para su captura, incluyendo fuerza letal si no hay otra opción!" ** La voz resuena y hace vibrar las ventana de la casa abandonada que alberga al grupo, en ese instante, una de las paredes es reducida a escombro por una explosión estrepitosa, alrededor del perímetro han sido instalados seis dispositivos en un patrón hexagonal, los cuares crean barreras de magia que emula al cerceta, sin llegar a serlo. ** "Humanos, salgan tranquilamente... esto no les concierne. Serán evacuados pacíficamente si se entregan por su voluntad. En cuanto a los otros dos seres... serán capturados y analizados, su presencia aquí no es permitida". ** La presencia de un vampiro y la que los vigilantes no logran identificar pero detectan como no-humana agrava la situación. **
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  • Enciende una fogata con su aliento de fuego, esta vez, a la orilla de un río, no hay peligro ahora, al menos, aun sigue inactivo con la cabeza cercenada que no deja de verle detenidamente.

    La figura draconiana solo sujeta con una mano del cuerno la cabeza de esa criatura desconocida, luego la lanza al fuego, esperando que el fuego haga su trabajo, mientras esos ojos huecos siguen viendo a su verdugo ignorando su lamentable situación.
    Enciende una fogata con su aliento de fuego, esta vez, a la orilla de un río, no hay peligro ahora, al menos, aun sigue inactivo con la cabeza cercenada que no deja de verle detenidamente. La figura draconiana solo sujeta con una mano del cuerno la cabeza de esa criatura desconocida, luego la lanza al fuego, esperando que el fuego haga su trabajo, mientras esos ojos huecos siguen viendo a su verdugo ignorando su lamentable situación.
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    Fandom Hellaverse
    Categoría Acción
    — 𝙍𝙤𝙡 𝙘𝙤𝙣: Alastor
    — 𝙇𝙪𝙜𝙖𝙧: Algún punto del anillo del orgullo.
    — 𝙀𝙨𝙩𝙚 𝙧𝙤𝙡 𝙥𝙚𝙧𝙩𝙚𝙣𝙚𝙘𝙚 𝙖𝙡 𝙥𝙧𝙚𝙨𝙚𝙣𝙩𝙚.

    Había días tontos, y tontos todos los días. Esa frase se hacía más latente que nunca en el hecho desde que, Vox suplantó a, que se suponía que era el Vox de aquella realidad, había ignorado brutalmente a Alastor. Pues no le interesaba, todo lo que aquel Vox quería era vivir tranquilo con sus V.

    Algo que el demonio de la radio no parecía entender ya que cada vez aumentaban más sus provocaciones, cuanto más insistía Alastor, menos paciencia le quedaba a Vox. Ese día debía acudir al palacio de Lucifer a alimentarse de su sangre para contener aquella afección que había azotado su dimensión entera hasta destruirla por completo. Podría haberse trasladado a la velocidad de la luz a través del corriente eléctrico pero ese día le apetecía tomárselo con más calma, por lo que sencillamente ni coche agarró. Solo un paseo. Pero, nunca imaginó que sería interrumpido y menos por nada más ni nada menos que Alastor.

    —¿Es que nunca te cansas?—preguntó con voz áspera, manos tras la espalda y enarcando una resignada ceja. Y es que, dado que Vox tenía la protección de Lu en cuanto a lo de venir de otra dimensión, Habia ocasiones que ni le apetecía disimular. Y esa, era una de esas ocasiones.
    — 𝙍𝙤𝙡 𝙘𝙤𝙣: [eclipse_teal_mule_272] — 𝙇𝙪𝙜𝙖𝙧: Algún punto del anillo del orgullo. — 𝙀𝙨𝙩𝙚 𝙧𝙤𝙡 𝙥𝙚𝙧𝙩𝙚𝙣𝙚𝙘𝙚 𝙖𝙡 𝙥𝙧𝙚𝙨𝙚𝙣𝙩𝙚. Había días tontos, y tontos todos los días. Esa frase se hacía más latente que nunca en el hecho desde que, Vox suplantó a, que se suponía que era el Vox de aquella realidad, había ignorado brutalmente a Alastor. Pues no le interesaba, todo lo que aquel Vox quería era vivir tranquilo con sus V. Algo que el demonio de la radio no parecía entender ya que cada vez aumentaban más sus provocaciones, cuanto más insistía Alastor, menos paciencia le quedaba a Vox. Ese día debía acudir al palacio de Lucifer a alimentarse de su sangre para contener aquella afección que había azotado su dimensión entera hasta destruirla por completo. Podría haberse trasladado a la velocidad de la luz a través del corriente eléctrico pero ese día le apetecía tomárselo con más calma, por lo que sencillamente ni coche agarró. Solo un paseo. Pero, nunca imaginó que sería interrumpido y menos por nada más ni nada menos que Alastor. —¿Es que nunca te cansas?—preguntó con voz áspera, manos tras la espalda y enarcando una resignada ceja. Y es que, dado que Vox tenía la protección de Lu en cuanto a lo de venir de otra dimensión, Habia ocasiones que ni le apetecía disimular. Y esa, era una de esas ocasiones.
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