• «Escena cerrada»

    El juicio de los Dioses.

    Todo acto tiene una consecuencia, y Kazuo lo sabía muy bien. Por eso no le sorprendió ser convocado ante los dioses en el Reikai, el mundo de los espíritus, donde kamis y seres sobrenaturales vivían sin tener que esconderse del plano mortal.

    Kazuo había sido testigo de cómo la demonio Nekomata Reiko borraba las pruebas de su “delito”. Había matado a un humano, un infeliz que, a criterio del propio Kazuo, se lo merecía. La conocía desde semanas atrás, en circunstancias un tanto peculiares. Pero, de alguna forma, dos seres que por naturaleza debían repelerse conectaron de una manera difícil de explicar. Hubo comprensión en el dolor del otro, forjando un pacto silencioso en el que, incluso entre enemigos, existía un respeto mutuo.

    Pero eso, a ojos de los dioses, era intolerable. A su juicio, la Nekomata había matado por placer, segando una vida humana “indefensa”. Kazuo, como mensajero y ser bendecido por lo celestial, debería haber sido el verdugo de aquel ser corrupto. Sin embargo, buscó —quizá— una “excusa conveniente” para no cumplir con lo que debía ser su deber.

    El zorro tenía sus propias reglas, sus convicciones y su moral. A veces, aquellas ideas no encajaban con las estrictas normas del plano ancestral. Era un ser de más de mil doscientos años que había vivido brutalidades en las que ni su madre, Inari, pudo protegerlo siempre; un dios debe velar por un bien general, no puede estar observando eternamente a un único ser. Por ese libre albedrío Kazuo era conocido en aquel reino como el “Mensajero Problemático”, el hijo predilecto de Inari. Nadie entendía por qué los dioses eran tan permisivos con él, por qué su madre miraba hacia otro lado cuando actuaba por su cuenta. Era como si la diosa confiara ciegamente en su criterio, aunque este fuese en contra de los demás kamis.

    Kazuo era respetado en aquel reino por la mayoría de criaturas sobrenaturales; sin embargo, entre los seres de rango superior, era temido y respetado a partes iguales. Fue por esa “popularidad” que todos acudieron al llamado: al juicio en el que Kazuo sería sometido a sentencia.

    No ofreció resistencia, aun así fue apresado con cadenas doradas, unas de las que ningún ser celestial —ni siquiera los dioses— sería capaz de escapar. Se arrodilló con esa calma y templanza que tanto lo caracterizaban, la mirada fija en los dioses que lo habían convocado sin titubear, mostrando el orgullo inherente a él. Inari era la única en contra de aquel espectáculo; por su cercanía con el acusado no se le permitió participar en aquel teatro. Porque eso era: un teatro. No un juicio, sino un paripé para justificar el castigo.

    Una voz recitó en alto los cargos en su contra. Como kitsune del más alto rango, había hecho la “vista gorda” ante un crimen que debía haber sido ajusticiado con la muerte de la Nekomata. Le otorgaron el don de la palabra. Pensó en no decir nada, pero tras unos largos segundos decidió hablar.

    —No pediré perdón. Soy consciente de mis actos y, a mi juicio, el ojo por ojo fue justificación suficiente. No saldrá clemencia de mis labios, porque aunque aquí termine mi camino, lo haré en paz, siendo fiel a mis convicciones. Y si salgo de esta, estaré dispuesto a afrontar cuantos juicios vengan detrás de este, si creen que debo ser sometido a ellos —habló con esa seguridad tan propia de él.

    A pesar de estar de rodillas y encadenado como el perro en que querían convertirlo, su aura y convicción mantenían su dignidad intacta.

    Pero, pese a aquellas palabras, la sentencia fue firme: latigazos hasta que se arrepintiera. Kazuo no agachó la cabeza; mantuvo la mirada fija, y sus ojos color zafiro centellearon con ese orgullo inquebrantable. Un látigo dorado cayó con fuerza sobre su espalda en cada brazada. Aquel látigo estaba bendecido igual que las cadenas, lo que significaba que las heridas no podrían curarse con su poder de regeneración ni con ningún otro. Aquellas cicatrices tardarían meses en desaparecer, si es que sobrevivía al castigo.

    Inari sollozaba con cada golpe en la espalda de su amado hijo, y los sonidos de estremecimiento del público se mezclaban con el chasquido del látigo. Kazuo no gritó, no lloró, no suplicó. Se mantuvo entero, incluso cuando sus ropas se desgarraron tras cada impacto. La sangre brotaba, su piel lacerada hasta el músculo. Cada latigazo hacía tensar su cuerpo, apretando los dientes para que ni un solo gemido escapara de sus labios sellados. La sangre salió también de su boca: no solo su espalda estaba siendo castigada, sino también el interior de su cuerpo, sacudido con violencia.

    Aquello duró un día… dos… tres. El único momento de descanso era el cambio de verdugo, unos minutos para recobrar el aliento. Kazuo era obstinado: jamás cedería, aunque le costara la vida. En sus momentos de flaqueza solo podía pensar en una cosa: ¿qué estaría haciendo Melina? ¿Lo estaría esperando? Seguro estaba enfadada, creyendo que había escapado al bosque. Estaría preparando su discurso para darle un merecido sermón. No había tenido tiempo de avisarla, de decirle que esa noche no llegaría a casa… o que tal vez no lo haría nunca.

    Al tercer día, los ánimos de los espíritus del reino estaban caldeados. Ya no eran murmuros: eran gritos, reproches y súplicas de clemencia. La misma que Kazuo se negaba a pedir. La presión que los jueces recibían era asfixiante. A Inari no le quedaban lágrimas; pedía perdón en nombre de su hijo, rogando a los kamis mayores que pusieran fin a aquella barbarie. El castigo había sido ejemplar. Demasiado, quizá.

    Finalmente, tras tres días de sentencia implacable, los latigazos cesaron. Las cadenas se aflojaron y se deshicieron como arena dorada, llevadas por la primera brisa.

    Kazuo, aún de rodillas, se tambaleaba. Inari corrió por fin hacia él y se arrodilló a su lado. Él intentó enfocar su mirada y, solo cuando la reconoció, se dejó vencer por el cansancio y el dolor. Cayó como peso muerto sobre el regazo de su diosa.

    —Lo siento… Necesito ir… a casa —fue lo único que alcanzó a decir, con un hilo de voz tras tres días de tormento.

    A la única a quien Kazuo guardaba el máximo respeto era a su diosa; a aquella que lo había “bendecido” al nacer. Era instintivo, imposible de ignorar. Solo quería volver a casa, a su templo, junto a ella.
    «Escena cerrada» El juicio de los Dioses. Todo acto tiene una consecuencia, y Kazuo lo sabía muy bien. Por eso no le sorprendió ser convocado ante los dioses en el Reikai, el mundo de los espíritus, donde kamis y seres sobrenaturales vivían sin tener que esconderse del plano mortal. Kazuo había sido testigo de cómo la demonio Nekomata Reiko borraba las pruebas de su “delito”. Había matado a un humano, un infeliz que, a criterio del propio Kazuo, se lo merecía. La conocía desde semanas atrás, en circunstancias un tanto peculiares. Pero, de alguna forma, dos seres que por naturaleza debían repelerse conectaron de una manera difícil de explicar. Hubo comprensión en el dolor del otro, forjando un pacto silencioso en el que, incluso entre enemigos, existía un respeto mutuo. Pero eso, a ojos de los dioses, era intolerable. A su juicio, la Nekomata había matado por placer, segando una vida humana “indefensa”. Kazuo, como mensajero y ser bendecido por lo celestial, debería haber sido el verdugo de aquel ser corrupto. Sin embargo, buscó —quizá— una “excusa conveniente” para no cumplir con lo que debía ser su deber. El zorro tenía sus propias reglas, sus convicciones y su moral. A veces, aquellas ideas no encajaban con las estrictas normas del plano ancestral. Era un ser de más de mil doscientos años que había vivido brutalidades en las que ni su madre, Inari, pudo protegerlo siempre; un dios debe velar por un bien general, no puede estar observando eternamente a un único ser. Por ese libre albedrío Kazuo era conocido en aquel reino como el “Mensajero Problemático”, el hijo predilecto de Inari. Nadie entendía por qué los dioses eran tan permisivos con él, por qué su madre miraba hacia otro lado cuando actuaba por su cuenta. Era como si la diosa confiara ciegamente en su criterio, aunque este fuese en contra de los demás kamis. Kazuo era respetado en aquel reino por la mayoría de criaturas sobrenaturales; sin embargo, entre los seres de rango superior, era temido y respetado a partes iguales. Fue por esa “popularidad” que todos acudieron al llamado: al juicio en el que Kazuo sería sometido a sentencia. No ofreció resistencia, aun así fue apresado con cadenas doradas, unas de las que ningún ser celestial —ni siquiera los dioses— sería capaz de escapar. Se arrodilló con esa calma y templanza que tanto lo caracterizaban, la mirada fija en los dioses que lo habían convocado sin titubear, mostrando el orgullo inherente a él. Inari era la única en contra de aquel espectáculo; por su cercanía con el acusado no se le permitió participar en aquel teatro. Porque eso era: un teatro. No un juicio, sino un paripé para justificar el castigo. Una voz recitó en alto los cargos en su contra. Como kitsune del más alto rango, había hecho la “vista gorda” ante un crimen que debía haber sido ajusticiado con la muerte de la Nekomata. Le otorgaron el don de la palabra. Pensó en no decir nada, pero tras unos largos segundos decidió hablar. —No pediré perdón. Soy consciente de mis actos y, a mi juicio, el ojo por ojo fue justificación suficiente. No saldrá clemencia de mis labios, porque aunque aquí termine mi camino, lo haré en paz, siendo fiel a mis convicciones. Y si salgo de esta, estaré dispuesto a afrontar cuantos juicios vengan detrás de este, si creen que debo ser sometido a ellos —habló con esa seguridad tan propia de él. A pesar de estar de rodillas y encadenado como el perro en que querían convertirlo, su aura y convicción mantenían su dignidad intacta. Pero, pese a aquellas palabras, la sentencia fue firme: latigazos hasta que se arrepintiera. Kazuo no agachó la cabeza; mantuvo la mirada fija, y sus ojos color zafiro centellearon con ese orgullo inquebrantable. Un látigo dorado cayó con fuerza sobre su espalda en cada brazada. Aquel látigo estaba bendecido igual que las cadenas, lo que significaba que las heridas no podrían curarse con su poder de regeneración ni con ningún otro. Aquellas cicatrices tardarían meses en desaparecer, si es que sobrevivía al castigo. Inari sollozaba con cada golpe en la espalda de su amado hijo, y los sonidos de estremecimiento del público se mezclaban con el chasquido del látigo. Kazuo no gritó, no lloró, no suplicó. Se mantuvo entero, incluso cuando sus ropas se desgarraron tras cada impacto. La sangre brotaba, su piel lacerada hasta el músculo. Cada latigazo hacía tensar su cuerpo, apretando los dientes para que ni un solo gemido escapara de sus labios sellados. La sangre salió también de su boca: no solo su espalda estaba siendo castigada, sino también el interior de su cuerpo, sacudido con violencia. Aquello duró un día… dos… tres. El único momento de descanso era el cambio de verdugo, unos minutos para recobrar el aliento. Kazuo era obstinado: jamás cedería, aunque le costara la vida. En sus momentos de flaqueza solo podía pensar en una cosa: ¿qué estaría haciendo Melina? ¿Lo estaría esperando? Seguro estaba enfadada, creyendo que había escapado al bosque. Estaría preparando su discurso para darle un merecido sermón. No había tenido tiempo de avisarla, de decirle que esa noche no llegaría a casa… o que tal vez no lo haría nunca. Al tercer día, los ánimos de los espíritus del reino estaban caldeados. Ya no eran murmuros: eran gritos, reproches y súplicas de clemencia. La misma que Kazuo se negaba a pedir. La presión que los jueces recibían era asfixiante. A Inari no le quedaban lágrimas; pedía perdón en nombre de su hijo, rogando a los kamis mayores que pusieran fin a aquella barbarie. El castigo había sido ejemplar. Demasiado, quizá. Finalmente, tras tres días de sentencia implacable, los latigazos cesaron. Las cadenas se aflojaron y se deshicieron como arena dorada, llevadas por la primera brisa. Kazuo, aún de rodillas, se tambaleaba. Inari corrió por fin hacia él y se arrodilló a su lado. Él intentó enfocar su mirada y, solo cuando la reconoció, se dejó vencer por el cansancio y el dolor. Cayó como peso muerto sobre el regazo de su diosa. —Lo siento… Necesito ir… a casa —fue lo único que alcanzó a decir, con un hilo de voz tras tres días de tormento. A la única a quien Kazuo guardaba el máximo respeto era a su diosa; a aquella que lo había “bendecido” al nacer. Era instintivo, imposible de ignorar. Solo quería volver a casa, a su templo, junto a ella.
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  • A so sería más linda siendo una Nekomata?
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    | Esta cuenta permanecerá cerrada por vacaciones del 7 al 13 de julio, por lo que los roles largos tendrán que esperar a la vuelta.

    Si dejáis menciones cortas responderé, y dejo abiertos mis MD para planear tramas chulas o cositas random ahora que llega mucha gente del MCU ^^ (agradezco que me deis reacción al post, pero menos nekos y más visitar mis mensajes, ome e.e)
    | Esta cuenta permanecerá cerrada por vacaciones del 7 al 13 de julio, por lo que los roles largos tendrán que esperar a la vuelta. Si dejáis menciones cortas responderé, y dejo abiertos mis MD para planear tramas chulas o cositas random ahora que llega mucha gente del MCU ^^ (agradezco que me deis reacción al post, pero menos nekos y más visitar mis mensajes, ome e.e)
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  • Sigo siendo una neko~ o no?
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  • Miro cajas y cajas llegar a su puerta con cartas sobre niños y niñas que llegarían al orfanato, observando aquello aplaudió dos veces y todas las luces del orfanato se encendieron -aruna limpia los invernaderos y planta nuevas cosechas, escoba trapeador y cubos limpien las habitaciones, orfanato tendremos que expandirte- miro al suelo viendo la foto de una cria de nekomata -Luka mi cielo donde estas cuando te necesito?- suspiro levantando las cajas con magia y enviándolas a su oficina -necesito comprar ganado para alimentar a los niños además de agrandar la cocina y comedores, los patios necesitan una renovada y el bosque nuevos caminos- hizo aparecer una lista de cosas por hacer, estaba listo para recibir a todos los pequeñines
    Miro cajas y cajas llegar a su puerta con cartas sobre niños y niñas que llegarían al orfanato, observando aquello aplaudió dos veces y todas las luces del orfanato se encendieron -aruna limpia los invernaderos y planta nuevas cosechas, escoba trapeador y cubos limpien las habitaciones, orfanato tendremos que expandirte- miro al suelo viendo la foto de una cria de nekomata -Luka mi cielo donde estas cuando te necesito?- suspiro levantando las cajas con magia y enviándolas a su oficina -necesito comprar ganado para alimentar a los niños además de agrandar la cocina y comedores, los patios necesitan una renovada y el bosque nuevos caminos- hizo aparecer una lista de cosas por hacer, estaba listo para recibir a todos los pequeñines
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  • Soy esto, aunque ahora es un filtro pero soy un gato negro, pero no un gato cualquiera, un nekomata, un demonio gato
    Soy esto, aunque ahora es un filtro pero soy un gato negro, pero no un gato cualquiera, un nekomata, un demonio gato
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  • *Taoqi, estaba en una misión de encubierto, se vistio de neko maid para esa labor.

    La misión por la cual arriesgaría su vida, debía atender un cafe pasa recaudar información de un traficante. *

    Bien, espero encontrar ese informante.

    *Se dijo a si misma para salir de los vestidores del personal, ya lista para lo que podría venir. *

    Mi deber como investigadora de defensa de llevar acabo esto...

    *Se animo para seguir con eso y tan pronto llegaron los comensales, la joven comenzó a atenderlos. *
    *Taoqi, estaba en una misión de encubierto, se vistio de neko maid para esa labor. La misión por la cual arriesgaría su vida, debía atender un cafe pasa recaudar información de un traficante. * Bien, espero encontrar ese informante. *Se dijo a si misma para salir de los vestidores del personal, ya lista para lo que podría venir. * Mi deber como investigadora de defensa de llevar acabo esto... *Se animo para seguir con eso y tan pronto llegaron los comensales, la joven comenzó a atenderlos. *
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  • El jueves 21 de noviembre, comenzó mi aventura personal, la primera pero no la última. Todo comenzó con mi pequeña intención de dar libertad a medias a mi loba espiritual: Astra, pero todo se salió de control al no hacer una buena observación de los ingredientes y el mejor estado de estos para hacer la poción para cambiar de formas, es decir: "la Transmutación instantánea." Había investigado a profundidad los ingredientes y la preparación correcta para la poción.

    Uno por uno de los ingredientes para poción bebible fui mezclando en un pequeño jarron de cristal; vertí el agua traslúcida pero algo grumosa hervida de la mandrágora, también la esencia de camaleón con una cucharada sopera mezclandolo en sentido contrario a las agujas del reloj. Miré la pluma de fénix que levitaba a un lado mío y lo dirigí al jarrón, dejándolo caer; inmediatamente el fuego encendido hizo una erupción al contacto con el líquido grumoso de la mezcla.

    En cuanto había hecho la mezcla el agua se había vuelto verdosa traslúcida al mezclarse con la pluma rojiza del fénix. En mi mortero de piedra tenía ya listos los petalos de rosa negra machacados previamente, espolvoreé el polvo de la rosa negra sobre la mezcla, volviendo el color hermoso a uno oscuro, sin embargo, el siguiente polvo: obsidiana, siguiendo la técnica de mezclar tres veces hacia el sentido horario con la cuchara.

    Olía exquisito. Todo parecía ir perfectamente de acuerdo al plan.

    El siguiente ingrediente fue el sacrificio de verter mi sangre en la poción, consiguiendo cerrar el ciclo mágico de la poción. De esta salieron cinco frascos de la poción, sin embargo cuando lo probé e ingerido el líquido ardió en mi garganta, cuerpo y poco despues una pequeña explosión interna hizo salir de mi nariz y oidos una pequeña humareda de explosión, dejándome ciega por unos instantes. Torpemente recuerdo haberme parado en búsqueda de un espejo, y fue grata la sorpresa de que la poción había logrado mostrar en efecto un cuerpo humano mitad loba.

    Los días fueron pasando, amigos se extrañaron por mi apariencia, otros al principio desconfiaron y finalmente empezaron a flotar de muchos fantasías de cosplay, vestimentas y hasta próximas formas de animales. Lastimosamente la poción no funcionaba así, en esta oportunidad estaba siendo una Ookami, es decir: chica loba. Por mi linaje lycan, yo no tenía elección para cambiar de forma como un humano común lo pudiera tener.

    Un humano, un demonio o un elfo, podía convertirse gracias a la poción en otros animales cambiaformas, podrían ser: Nekomimi, Inui, entre otros. Mientras que a mi solo podría tomar una forma de Ookami, o bien cambiar mi aspecto físico en cuánto al cabello, ojos y piel, pero más de eso, era imposible hacer transformaciones más drásticas.

    Mientras estuve esperando que la mandrágora creciera sana, con un poco de crecimiento rápido a causa de mi magia, conocí a una chica, Nenet, muy agradable, risueña y hermosa siento que pronto podríamos ser muy buenas amigas. También tengo un roomie, se llama Wriot, (no se pronunciar bien su nombre pero espero pronto conseguirlo) en casa, estoy feliz de tener un amigo cercano sabiendo que siempre he sido una loba solitaria.

    Cada instante que paso mas en este gran pueblo de otra dimensión, llamado FicRol, me siento agradecida de no tener mi maldición de desinterés prendido a full y qué después de tres años, ya no me siento tan hermitaña.

    Hoy 3 de diciembre, por fin puedo decir que todos los ingredientes de mi poción "Transmutación instantánea" con efecto fallido, tendrá su fin.

    Tomo el nuevo frasco con el antídoto y no siento ningún cambio, hasta que las lágrimas empiezan a caer y una gran tristeza me hace aullar. Solo en ese instante se que Astra siente decepción por no haber aprovechado y encontrado pareja, pero mientras yo estuviera consciente ningún desliz cambiaría nuestra vida tranquila.

    —Es hora de volver a ser yo...

    Escuché un explosión y poco después puro humo me envolvió, haciendo que estornudara inmediatamente. Corrí con apuro al baño y suspiré aliviada que la luz del día mostrara de nuevo mi aspecto de siempre, con una gran sonrisa, por fin vuelvo a ser yo misma.
    El jueves 21 de noviembre, comenzó mi aventura personal, la primera pero no la última. Todo comenzó con mi pequeña intención de dar libertad a medias a mi loba espiritual: Astra, pero todo se salió de control al no hacer una buena observación de los ingredientes y el mejor estado de estos para hacer la poción para cambiar de formas, es decir: "la Transmutación instantánea." Había investigado a profundidad los ingredientes y la preparación correcta para la poción. Uno por uno de los ingredientes para poción bebible fui mezclando en un pequeño jarron de cristal; vertí el agua traslúcida pero algo grumosa hervida de la mandrágora, también la esencia de camaleón con una cucharada sopera mezclandolo en sentido contrario a las agujas del reloj. Miré la pluma de fénix que levitaba a un lado mío y lo dirigí al jarrón, dejándolo caer; inmediatamente el fuego encendido hizo una erupción al contacto con el líquido grumoso de la mezcla. En cuanto había hecho la mezcla el agua se había vuelto verdosa traslúcida al mezclarse con la pluma rojiza del fénix. En mi mortero de piedra tenía ya listos los petalos de rosa negra machacados previamente, espolvoreé el polvo de la rosa negra sobre la mezcla, volviendo el color hermoso a uno oscuro, sin embargo, el siguiente polvo: obsidiana, siguiendo la técnica de mezclar tres veces hacia el sentido horario con la cuchara. Olía exquisito. Todo parecía ir perfectamente de acuerdo al plan. El siguiente ingrediente fue el sacrificio de verter mi sangre en la poción, consiguiendo cerrar el ciclo mágico de la poción. De esta salieron cinco frascos de la poción, sin embargo cuando lo probé e ingerido el líquido ardió en mi garganta, cuerpo y poco despues una pequeña explosión interna hizo salir de mi nariz y oidos una pequeña humareda de explosión, dejándome ciega por unos instantes. Torpemente recuerdo haberme parado en búsqueda de un espejo, y fue grata la sorpresa de que la poción había logrado mostrar en efecto un cuerpo humano mitad loba. Los días fueron pasando, amigos se extrañaron por mi apariencia, otros al principio desconfiaron y finalmente empezaron a flotar de muchos fantasías de cosplay, vestimentas y hasta próximas formas de animales. Lastimosamente la poción no funcionaba así, en esta oportunidad estaba siendo una Ookami, es decir: chica loba. Por mi linaje lycan, yo no tenía elección para cambiar de forma como un humano común lo pudiera tener. Un humano, un demonio o un elfo, podía convertirse gracias a la poción en otros animales cambiaformas, podrían ser: Nekomimi, Inui, entre otros. Mientras que a mi solo podría tomar una forma de Ookami, o bien cambiar mi aspecto físico en cuánto al cabello, ojos y piel, pero más de eso, era imposible hacer transformaciones más drásticas. Mientras estuve esperando que la mandrágora creciera sana, con un poco de crecimiento rápido a causa de mi magia, conocí a una chica, Nenet, muy agradable, risueña y hermosa siento que pronto podríamos ser muy buenas amigas. También tengo un roomie, se llama Wriot, (no se pronunciar bien su nombre pero espero pronto conseguirlo) en casa, estoy feliz de tener un amigo cercano sabiendo que siempre he sido una loba solitaria. Cada instante que paso mas en este gran pueblo de otra dimensión, llamado FicRol, me siento agradecida de no tener mi maldición de desinterés prendido a full y qué después de tres años, ya no me siento tan hermitaña. Hoy 3 de diciembre, por fin puedo decir que todos los ingredientes de mi poción "Transmutación instantánea" con efecto fallido, tendrá su fin. Tomo el nuevo frasco con el antídoto y no siento ningún cambio, hasta que las lágrimas empiezan a caer y una gran tristeza me hace aullar. Solo en ese instante se que Astra siente decepción por no haber aprovechado y encontrado pareja, pero mientras yo estuviera consciente ningún desliz cambiaría nuestra vida tranquila. —Es hora de volver a ser yo... Escuché un explosión y poco después puro humo me envolvió, haciendo que estornudara inmediatamente. Corrí con apuro al baño y suspiré aliviada que la luz del día mostrara de nuevo mi aspecto de siempre, con una gran sonrisa, por fin vuelvo a ser yo misma.
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  • Aimi Versión neko.

    Nyaaaaa hola a todos.
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