• El primer paso dentro del Bosque de los Gigantes fue suficiente para que Gavlan notara que aquel lugar era diferente.

    La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris.

    El mercader avanzó con cuidado.

    No porque dudara de sí mismo.

    Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos.

    El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque.

    Gavlan se detuvo.

    Inclinó ligeramente la cabeza.

    —Hm...

    Esperó.

    Ahí estaba otra vez.

    Un sonido bajo, casi como un lamento.

    Miró a su alrededor.

    Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles.

    Algunos de ellos tenían formas extrañas.

    Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor.

    Y de aquellos árboles salían los sonidos.

    Quejidos débiles.

    Susurros antiguos.

    Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos.

    Observó el rostro formado en el tronco.

    —Vaya...

    Su voz salió más baja de lo normal.

    —He visto mercancía extraña en mis viajes.

    Pasó una mano por la corteza.

    —Pero árboles que parecen querer contar una historia...

    Miró el rostro inmóvil.

    —Eso es nuevo.

    El árbol respondió con otro lamento.

    Gavlan retiró la mano.

    —Bien.

    Una pausa.

    —Supongo que no eres de los que negocian.

    Continuó su camino.

    Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás.

    Entonces escuchó otro sonido.

    Esta vez no era un quejido.

    Era una respiración.

    Pesada.

    Profunda.

    Gavlan se detuvo de golpe.

    Entre la niebla, algo se movió.

    Primero vio la sombra.

    Después una enorme mano apoyándose sobre una roca.

    Y finalmente la figura.

    Un gigante.

    Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo.

    Gavlan permaneció quieto observándolo.

    No sacó su arma.

    No corrió.

    Simplemente lo evaluó.

    Como si estuviera frente a un posible cliente difícil.

    —Bueno...

    Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón.

    —Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes.

    La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles.

    Gavlan miró sus flechas.

    Luego al gigante.

    Después a la enorme distancia que los separaba.

    —No creo que una venta vaya a ser sencilla.

    Una leve risa salió bajo su casco.

    —Aunque debo admitirlo...

    Observó al gigante una vez más.

    —Sería el cliente más grande que he tenido.

    El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla.

    Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla...

    Gavlan había salido de aquella taberna por una razón.

    Buscar caminos nuevos.

    Encontrar mercancías nuevas.

    Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.
    El primer paso dentro del Bosque de los Gigantes fue suficiente para que Gavlan notara que aquel lugar era diferente. La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris. El mercader avanzó con cuidado. No porque dudara de sí mismo. Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos. El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque. Gavlan se detuvo. Inclinó ligeramente la cabeza. —Hm... Esperó. Ahí estaba otra vez. Un sonido bajo, casi como un lamento. Miró a su alrededor. Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles. Algunos de ellos tenían formas extrañas. Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor. Y de aquellos árboles salían los sonidos. Quejidos débiles. Susurros antiguos. Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos. Observó el rostro formado en el tronco. —Vaya... Su voz salió más baja de lo normal. —He visto mercancía extraña en mis viajes. Pasó una mano por la corteza. —Pero árboles que parecen querer contar una historia... Miró el rostro inmóvil. —Eso es nuevo. El árbol respondió con otro lamento. Gavlan retiró la mano. —Bien. Una pausa. —Supongo que no eres de los que negocian. Continuó su camino. Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás. Entonces escuchó otro sonido. Esta vez no era un quejido. Era una respiración. Pesada. Profunda. Gavlan se detuvo de golpe. Entre la niebla, algo se movió. Primero vio la sombra. Después una enorme mano apoyándose sobre una roca. Y finalmente la figura. Un gigante. Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo. Gavlan permaneció quieto observándolo. No sacó su arma. No corrió. Simplemente lo evaluó. Como si estuviera frente a un posible cliente difícil. —Bueno... Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón. —Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes. La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles. Gavlan miró sus flechas. Luego al gigante. Después a la enorme distancia que los separaba. —No creo que una venta vaya a ser sencilla. Una leve risa salió bajo su casco. —Aunque debo admitirlo... Observó al gigante una vez más. —Sería el cliente más grande que he tenido. El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla. Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla... Gavlan había salido de aquella taberna por una razón. Buscar caminos nuevos. Encontrar mercancías nuevas. Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.
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  • con el arribar del atardecer una densa niebla empieza a cubrir el lugar, el canto de buhos y lechuzas anuncian la llegada de Yuhi ante la densa blanca niebla -Venia a recoger algunos ingredientes que no crecen en mi territorio, no esperaba encontrarme con seres concientes aun fuera de sus hogares, casi siempre se ocultan cuando la niebla de levanta- la escuchaste reirse un poco antes de que se acercara dejando ver su silueta entre aquella capa de tupidas nubes

    https://music.youtube.com/watch?v=tw_T7JNAoOQ&si=1DrEL_CqtvKL3dZP
    con el arribar del atardecer una densa niebla empieza a cubrir el lugar, el canto de buhos y lechuzas anuncian la llegada de Yuhi ante la densa blanca niebla -Venia a recoger algunos ingredientes que no crecen en mi territorio, no esperaba encontrarme con seres concientes aun fuera de sus hogares, casi siempre se ocultan cuando la niebla de levanta- la escuchaste reirse un poco antes de que se acercara dejando ver su silueta entre aquella capa de tupidas nubes https://music.youtube.com/watch?v=tw_T7JNAoOQ&si=1DrEL_CqtvKL3dZP
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    𝑓𝑡. Elina Drakon



    El bosque no figuraba en ninguno de los mapas.

    Aquello, por supuesto, habría resultado fascinante de no ser porque llevaba varias horas caminando en círculos.

    La espesura se alzaba a su alrededor como una arquitectura primitiva y hostil: troncos desmesurados, raíces retorcidas y copas tan densas que no permitían el paso de la luz; lo que le hacía incapaz de distinguir la mañana del anochecer. Toda la zona olía a tierra húmeda, corteza vieja y algo más difícil de nombrar, una presencia tenue que parecía observarlo desde detrás de cada árbol.

    Vestía un traje negro de corte impecable, ligeramente manchado de barro en el borde del pantalón. Aquella diminuta imperfección había conseguido irritarlo más que la posibilidad de no encontrar la salida.

    Se detuvo frente a una bifurcación idéntica a las seis anteriores.

    — Extraordinario. —murmuró, contemplando ambos senderos con una sonrisa sin humor—. Un reino oculto, completamente protegido y no por ejércitos, sino por algo más...

    Había seguido rumores durante semanas: relatos incompletos, pergaminos deslavados por el tiempo, testimonios pronunciados por personas demasiado aterradas para mentir. Todos hablaban de una nación apartada del mundo, preservada entre montañas y hechicería, un lugar cuyo nombre rara vez era escrito y jamás pronunciado dos veces seguidas.

    Él no buscaba sus tesoros.

    Buscaba algo más que aquel reino, algo que había sido ocultado mucho antes de su propia muerte.

    O quizá algo que había sido ocultado de él.

    Acomodó el puño de su camisa, aunque la tela ya descansaba en su sitio, y examinó el suelo. No había huellas, ramas rotas ni marcas recientes. Solo hojas negras llenas de humedad y una bruma baja que reptaba entre las raíces con una lentitud sospechosamente deliberada.

    — Muy bien. —dijo al bosque—. Admito que la primera hora tuvo cierto encanto.

    El silencio respondió.

    — La segunda fue repetitiva.

    Una rama crujió a su espalda.

    No volteó de inmediato.

    Su expresión permaneció serena, cortés, cuidadosamente compuesta. Sin embargo, bajo aquella elegancia fingida; algo en él se tensó. La oscuridad que habitaba su alma reconoció una presencia cercana; antigua, contenida y ajena a las criaturas ordinarias.

    — Y esta parte... —añadió, ladeando el rostro hacia un costado—. Empieza a parecer una emboscada.

    El viento atravesó las hojas, aunque ninguna rama se movió.

    Entonces distinguió, entre la niebla, una figura.

    No podía determinar si se trataba de un guardián, un viajero o una de las muchas cosas que el bosque había aprendido a imitar. Aun así, giró con completa calma y ofreció una inclinación mínima de su cabeza, como si ambos se encontraran en un salón y no en una espesura que parecía querer tragárselo entero.

    — Buenas noches. O días... Este lugar tiene una relación, francamente, pretenciosa con la luz.

    Sus ojos recorrieron a la presencia con precisión meticulosa.

    — Estoy buscando un reino que, según parece, ha invertido un esfuerzo considerable en no ser encontrado.

    Una pausa. Los labios se le curvaron con suavidad.

    — Y antes de que preguntes, no, no estoy perdido. —desvió la mirada y observó brevemente los dos caminos a su espalda: ambos idénticos.

    — Estoy permitiendo que el bosque se divierta antes de que colme mi paciencia y lo reduzca todo a cenizas.
    𝑓𝑡. Elina Drakon El bosque no figuraba en ninguno de los mapas. Aquello, por supuesto, habría resultado fascinante de no ser porque llevaba varias horas caminando en círculos. La espesura se alzaba a su alrededor como una arquitectura primitiva y hostil: troncos desmesurados, raíces retorcidas y copas tan densas que no permitían el paso de la luz; lo que le hacía incapaz de distinguir la mañana del anochecer. Toda la zona olía a tierra húmeda, corteza vieja y algo más difícil de nombrar, una presencia tenue que parecía observarlo desde detrás de cada árbol. Vestía un traje negro de corte impecable, ligeramente manchado de barro en el borde del pantalón. Aquella diminuta imperfección había conseguido irritarlo más que la posibilidad de no encontrar la salida. Se detuvo frente a una bifurcación idéntica a las seis anteriores. — Extraordinario. —murmuró, contemplando ambos senderos con una sonrisa sin humor—. Un reino oculto, completamente protegido y no por ejércitos, sino por algo más... Había seguido rumores durante semanas: relatos incompletos, pergaminos deslavados por el tiempo, testimonios pronunciados por personas demasiado aterradas para mentir. Todos hablaban de una nación apartada del mundo, preservada entre montañas y hechicería, un lugar cuyo nombre rara vez era escrito y jamás pronunciado dos veces seguidas. Él no buscaba sus tesoros. Buscaba algo más que aquel reino, algo que había sido ocultado mucho antes de su propia muerte. O quizá algo que había sido ocultado de él. Acomodó el puño de su camisa, aunque la tela ya descansaba en su sitio, y examinó el suelo. No había huellas, ramas rotas ni marcas recientes. Solo hojas negras llenas de humedad y una bruma baja que reptaba entre las raíces con una lentitud sospechosamente deliberada. — Muy bien. —dijo al bosque—. Admito que la primera hora tuvo cierto encanto. El silencio respondió. — La segunda fue repetitiva. Una rama crujió a su espalda. No volteó de inmediato. Su expresión permaneció serena, cortés, cuidadosamente compuesta. Sin embargo, bajo aquella elegancia fingida; algo en él se tensó. La oscuridad que habitaba su alma reconoció una presencia cercana; antigua, contenida y ajena a las criaturas ordinarias. — Y esta parte... —añadió, ladeando el rostro hacia un costado—. Empieza a parecer una emboscada. El viento atravesó las hojas, aunque ninguna rama se movió. Entonces distinguió, entre la niebla, una figura. No podía determinar si se trataba de un guardián, un viajero o una de las muchas cosas que el bosque había aprendido a imitar. Aun así, giró con completa calma y ofreció una inclinación mínima de su cabeza, como si ambos se encontraran en un salón y no en una espesura que parecía querer tragárselo entero. — Buenas noches. O días... Este lugar tiene una relación, francamente, pretenciosa con la luz. Sus ojos recorrieron a la presencia con precisión meticulosa. — Estoy buscando un reino que, según parece, ha invertido un esfuerzo considerable en no ser encontrado. Una pausa. Los labios se le curvaron con suavidad. — Y antes de que preguntes, no, no estoy perdido. —desvió la mirada y observó brevemente los dos caminos a su espalda: ambos idénticos. — Estoy permitiendo que el bosque se divierta antes de que colme mi paciencia y lo reduzca todo a cenizas.
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  • La noche era extrañamente silenciosa. Me encontraba sentado en la cima de una de las montañas más altas de la región, con las piernas cruzadas y la nichirin apoyada a mi lado. El viento agitaba mi largo cabello negro azulado mientras observaba el mar de nubes que cubría el mundo bajo mis pies. Habían pasado pocos días desde que derroté a la Primera Luna Menguante, pero aquella victoria no conseguía darme la paz que esperaba. Cerré los ojos y concentré mi respiración.

    —Respiración del Fénix… concentración total…—

    El aire entró lentamente en mis pulmones y durante unos segundos todo quedó en calma. El sonido del viento, las hojas de los árboles y los lejanos cantos nocturnos eran lo único que existía. Sin embargo, aquella tranquilidad duró poco. Una sensación incómoda recorrió mi espalda obligándome a abrir los ojos. A lo lejos, entre la niebla que cubría el bosque al pie de la montaña, una pequeña luz azulada avanzaba entre los árboles.

    —¿Qué es eso…?—

    Murmuré mientras me incorporaba lentamente.

    La luz desapareció durante unos instantes y volvió a aparecer varios metros más allá. No parecía una antorcha ni tampoco el reflejo de la luna. Era algo completamente distinto. Fruncí ligeramente el ceño mientras apoyaba una mano sobre la empuñadura de mi nichirin.

    —No parece un demonio…—

    El viento aumentó de intensidad de repente. Mi haori comenzó a ondear con fuerza y las hojas de los árboles se elevaron por el aire. Entonces la montaña entera tembló bajo mis pies. Varias piedras rodaron por la ladera mientras una bandada de aves escapaba de los árboles.
    La noche era extrañamente silenciosa. Me encontraba sentado en la cima de una de las montañas más altas de la región, con las piernas cruzadas y la nichirin apoyada a mi lado. El viento agitaba mi largo cabello negro azulado mientras observaba el mar de nubes que cubría el mundo bajo mis pies. Habían pasado pocos días desde que derroté a la Primera Luna Menguante, pero aquella victoria no conseguía darme la paz que esperaba. Cerré los ojos y concentré mi respiración. —Respiración del Fénix… concentración total…— El aire entró lentamente en mis pulmones y durante unos segundos todo quedó en calma. El sonido del viento, las hojas de los árboles y los lejanos cantos nocturnos eran lo único que existía. Sin embargo, aquella tranquilidad duró poco. Una sensación incómoda recorrió mi espalda obligándome a abrir los ojos. A lo lejos, entre la niebla que cubría el bosque al pie de la montaña, una pequeña luz azulada avanzaba entre los árboles. —¿Qué es eso…?— Murmuré mientras me incorporaba lentamente. La luz desapareció durante unos instantes y volvió a aparecer varios metros más allá. No parecía una antorcha ni tampoco el reflejo de la luna. Era algo completamente distinto. Fruncí ligeramente el ceño mientras apoyaba una mano sobre la empuñadura de mi nichirin. —No parece un demonio…— El viento aumentó de intensidad de repente. Mi haori comenzó a ondear con fuerza y las hojas de los árboles se elevaron por el aire. Entonces la montaña entera tembló bajo mis pies. Varias piedras rodaron por la ladera mientras una bandada de aves escapaba de los árboles.
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  • 𝑂𝑓 𝑤𝘩𝑎𝑡 𝑟𝑒𝑚𝑎𝑖𝑛𝑒𝑑 𝑢𝑛𝑠𝑙𝑎𝑖𝑛, 𝑜𝑓 𝑎 𝑑𝑎𝑟𝑘𝑛𝑒𝑠𝑠 𝑘𝑛𝑜𝑤𝑛 𝑏𝑦 𝑛𝑎𝑚𝑒
    Fandom 𝑵/𝑨
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    𝑹𝒐𝒍 𝒄𝒐𝒏: 𝑨𝒆𝒍𝒊𝒂𝒏𝒏𝒂


    𝑨𝒃𝒂𝒅𝜾́𝒂 𝒅𝒆 𝑺𝒂𝒊𝒏𝒕 𝑬𝒊𝒓𝒊𝒍𝒅, 𝑬𝒊𝒄𝒉𝒆𝒏𝒘𝒂𝒍𝒅

    𝐴 𝑙𝑎 𝑑𝑢𝑜𝑑𝑒́𝑐𝑖𝑚𝑎 𝑐𝑎𝑚𝑝𝑎𝑛𝑎𝑑𝑎; 𝑎 𝑙𝑎 𝘩𝑜𝑟𝑎 𝑑𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑙𝑜𝑏𝑜𝑠 - 𝙢𝙚𝙙𝙞𝙖 𝙣𝙤𝙘𝙝𝙚.


    La tormenta había terminado dos días atrás, pero el barro seguía aferrándose a las botas melladas de acero y al borde de la capa como si algo en el camino se negara a dejarlo marchar. El Vaeltaja no regresó a la abadía con prisa. Nunca lo hacía, pues durante el viaje hubo una incomodidad persistente acompañándolo entre árboles, una sensación que ni las bestias del bosque ni los espectros de los viejos caminos habían logrado provocarle jamás. Había enfrentado criaturas nacidas antes que sus reinos. Había contemplado horrores que hacían retroceder a hombres de fe y guerreros por igual. Aquello era diferente.

    Era duda que lo devora por dentro como una maldición.

    La abadía apareció finalmente entre la niebla de la madrugada, erguida sobre la colina como siempre había estado. Inmutable, familiar. Durante un instante permaneció observándola desde la distancia. Las agujas de piedra elevándose hacia un cielo gris, los muros antiguos, los vitrales oscuros y todos donde la luz moría antes de atravesarlos del todo. Allí dentro sabe que estaba esperando. Lo sabía con la misma certeza con la que conocía el peso de su espada o el sonido de su propia respiración. Y precisamente por eso había tardado tanto en regresar.

    𝑃𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑠𝑎𝑏𝜄́𝑎 𝑞𝑢𝑒́ 𝘩𝑎𝑐𝑒𝑟 𝑐𝑜𝑛 𝑎𝑞𝑢𝑒𝑙𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝘩𝑎𝑏𝜄́𝑎 𝑒𝑛𝑐𝑜𝑛𝑡𝑟𝑎𝑑𝑜.

    La pesada puerta cedió bajo su mano enguantada de acero negro. El interior lo recibió con el olor familiar a muerte, a cadáveres, el incienso antiguo. La piedra húmeda y algo más difícil de nombrar. Algo que siempre parecía pertenecerle únicamente a ella. Sus pies resonaron por la piedra caliza a paso silencioso, mientras avanzaba sin anunciarse. No traía presas para alimentar su hambre, no arrastraba cadáveres ni trofeos de alguna cacería. Tampoco estaba herido. A simple vista parecía el mismo hombre que había partido semanas atrás.

    No lo era.

    Bajo uno de sus brazos descansaba un objeto envuelto en tela oscura. Grande, plano, protegido con más cuidado del que normalmente reservaba para cualquier reliquia. Y cuando finalmente se detuvo, el silencio permaneció entre las columnas durante varios segundos antes que su voz rompiera la quietud.

    —𝘌𝘯𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘦́ 𝘵𝘶 𝘳𝘰𝘴𝘵𝘳𝘰 —la frase salió simple, directa. Como una herida que no ha sido sanada. Sus ojos permanecieron fijos en algún punto de la oscuridad, esperando sentir su presencia incluso antes de verla—. 𝘈 𝘵𝘳𝘦𝘴 𝘴𝘦𝘮𝘢𝘯𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘢𝘲𝘶𝜄́.

    La tela fue retirada lentamente. Debajo apareció una tabla de madera ennegrecida por los siglos; los bordes estaban consumidos por el tiempo y las grietas recorrían la superficie como venas secas. En el centro, apenas conservado por milagro o maldición, permanecía el retrato de una mujer.

    Cabello claro y níveo, rasgos delicados. La misma curva de sus labios y... extrañamente, asumía que los mismos ojos. No parecida, sino idéntica. La inscripción inferior estaba casi destruida, pero todavía podían leerse fragmentos de una fecha tan antigua que pertenecía a una época anterior a varios reinos que hoy seguro gobernaban aquellas tierras. Kanwulf no apartó la mirada del retrato todavía.

    —𝘋𝘶𝘳𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘮𝘪𝘯𝘰 𝘪𝘯𝘵𝘦𝘯𝘵𝘦́ 𝘤𝘰𝘯𝘷𝘦𝘯𝘤𝘦𝘳𝘮𝘦 𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘳𝘢𝘴 𝘵𝘶́ —la confesión fue apenas más baja, honesta—. 𝘕𝘰 𝘧𝘶𝘯𝘤𝘪𝘰𝘯𝘰́.

    Por primera vez levantó la vista. No hacia la pintura, sino hacia donde —𝘦́𝘭 𝘱𝘪𝘦𝘯𝘴𝘢— ella está, en algún lugar de la inmensa y abandonada abadía. Porque aquello era lo que realmente le siembra una duda que aterra en el pecho. No la posibilidad de que la mujer fuera un retrato de Aelianna; no la posibilidad de que algo imposible estuviera ocurriendo. Lo que le inquietaba era haberse dado cuenta, en algún punto del regreso, de que la respuesta no cambiaría nada. Si aquel rostro había esperado por siglos sumido en la oscuridad. Si existían más o si ella era algo mucho más antiguo de lo que muchos pudieran imaginar.

    Y quizá esa era la parte verdaderamente oscura de toda la historia. Que la duda había viajado con él durante semanas, pero la devoción había llegado primero. En cómo los Vaeltaja fueron creados para reconocer la oscuridad allí donde se ocultara. Quizá por eso la encontró; la tragedia nunca fue haberla amado. La tragedia fue reconocer exactamente lo que era... y permanecer de todos modos.

    𝐻𝑎𝑏𝜄́𝑎 𝑙𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑜 𝑎 𝑙𝑎 𝑎𝑏𝑎𝑑𝜄́𝑎 𝑏𝑢𝑠𝑐𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑢𝑛 𝑚𝑜𝑛𝑠𝑡𝑟𝑢𝑜. 𝐶𝑜𝑛 𝑒𝑙 𝑡𝑖𝑒𝑚𝑝𝑜 𝑒𝑛𝑐𝑜𝑛𝑡𝑟𝑜́ 𝑎𝑙𝑔𝑜 𝑚𝑎́𝑠 𝑝𝑒𝑙𝑖𝑔𝑟𝑜𝑠𝑜: 𝑢𝑛𝑎 𝑟𝑎𝑧𝑜́𝑛 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑑𝑒𝑗𝑎𝑟 𝑑𝑒 𝑏𝑢𝑠𝑐𝑎𝑟.
    𝑹𝒐𝒍 𝒄𝒐𝒏: [meine.sehnsucht] 𝑨𝒃𝒂𝒅𝜾́𝒂 𝒅𝒆 𝑺𝒂𝒊𝒏𝒕 𝑬𝒊𝒓𝒊𝒍𝒅, 𝑬𝒊𝒄𝒉𝒆𝒏𝒘𝒂𝒍𝒅 𝐴 𝑙𝑎 𝑑𝑢𝑜𝑑𝑒́𝑐𝑖𝑚𝑎 𝑐𝑎𝑚𝑝𝑎𝑛𝑎𝑑𝑎; 𝑎 𝑙𝑎 𝘩𝑜𝑟𝑎 𝑑𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑙𝑜𝑏𝑜𝑠 - 𝙢𝙚𝙙𝙞𝙖 𝙣𝙤𝙘𝙝𝙚. La tormenta había terminado dos días atrás, pero el barro seguía aferrándose a las botas melladas de acero y al borde de la capa como si algo en el camino se negara a dejarlo marchar. El Vaeltaja no regresó a la abadía con prisa. Nunca lo hacía, pues durante el viaje hubo una incomodidad persistente acompañándolo entre árboles, una sensación que ni las bestias del bosque ni los espectros de los viejos caminos habían logrado provocarle jamás. Había enfrentado criaturas nacidas antes que sus reinos. Había contemplado horrores que hacían retroceder a hombres de fe y guerreros por igual. Aquello era diferente. Era duda que lo devora por dentro como una maldición. La abadía apareció finalmente entre la niebla de la madrugada, erguida sobre la colina como siempre había estado. Inmutable, familiar. Durante un instante permaneció observándola desde la distancia. Las agujas de piedra elevándose hacia un cielo gris, los muros antiguos, los vitrales oscuros y todos donde la luz moría antes de atravesarlos del todo. Allí dentro sabe que estaba esperando. Lo sabía con la misma certeza con la que conocía el peso de su espada o el sonido de su propia respiración. Y precisamente por eso había tardado tanto en regresar. 𝑃𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑠𝑎𝑏𝜄́𝑎 𝑞𝑢𝑒́ 𝘩𝑎𝑐𝑒𝑟 𝑐𝑜𝑛 𝑎𝑞𝑢𝑒𝑙𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝘩𝑎𝑏𝜄́𝑎 𝑒𝑛𝑐𝑜𝑛𝑡𝑟𝑎𝑑𝑜. La pesada puerta cedió bajo su mano enguantada de acero negro. El interior lo recibió con el olor familiar a muerte, a cadáveres, el incienso antiguo. La piedra húmeda y algo más difícil de nombrar. Algo que siempre parecía pertenecerle únicamente a ella. Sus pies resonaron por la piedra caliza a paso silencioso, mientras avanzaba sin anunciarse. No traía presas para alimentar su hambre, no arrastraba cadáveres ni trofeos de alguna cacería. Tampoco estaba herido. A simple vista parecía el mismo hombre que había partido semanas atrás. No lo era. Bajo uno de sus brazos descansaba un objeto envuelto en tela oscura. Grande, plano, protegido con más cuidado del que normalmente reservaba para cualquier reliquia. Y cuando finalmente se detuvo, el silencio permaneció entre las columnas durante varios segundos antes que su voz rompiera la quietud. —𝘌𝘯𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘦́ 𝘵𝘶 𝘳𝘰𝘴𝘵𝘳𝘰 —la frase salió simple, directa. Como una herida que no ha sido sanada. Sus ojos permanecieron fijos en algún punto de la oscuridad, esperando sentir su presencia incluso antes de verla—. 𝘈 𝘵𝘳𝘦𝘴 𝘴𝘦𝘮𝘢𝘯𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘢𝘲𝘶𝜄́. La tela fue retirada lentamente. Debajo apareció una tabla de madera ennegrecida por los siglos; los bordes estaban consumidos por el tiempo y las grietas recorrían la superficie como venas secas. En el centro, apenas conservado por milagro o maldición, permanecía el retrato de una mujer. Cabello claro y níveo, rasgos delicados. La misma curva de sus labios y... extrañamente, asumía que los mismos ojos. No parecida, sino idéntica. La inscripción inferior estaba casi destruida, pero todavía podían leerse fragmentos de una fecha tan antigua que pertenecía a una época anterior a varios reinos que hoy seguro gobernaban aquellas tierras. Kanwulf no apartó la mirada del retrato todavía. —𝘋𝘶𝘳𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘮𝘪𝘯𝘰 𝘪𝘯𝘵𝘦𝘯𝘵𝘦́ 𝘤𝘰𝘯𝘷𝘦𝘯𝘤𝘦𝘳𝘮𝘦 𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘳𝘢𝘴 𝘵𝘶́ —la confesión fue apenas más baja, honesta—. 𝘕𝘰 𝘧𝘶𝘯𝘤𝘪𝘰𝘯𝘰́. Por primera vez levantó la vista. No hacia la pintura, sino hacia donde —𝘦́𝘭 𝘱𝘪𝘦𝘯𝘴𝘢— ella está, en algún lugar de la inmensa y abandonada abadía. Porque aquello era lo que realmente le siembra una duda que aterra en el pecho. No la posibilidad de que la mujer fuera un retrato de Aelianna; no la posibilidad de que algo imposible estuviera ocurriendo. Lo que le inquietaba era haberse dado cuenta, en algún punto del regreso, de que la respuesta no cambiaría nada. Si aquel rostro había esperado por siglos sumido en la oscuridad. Si existían más o si ella era algo mucho más antiguo de lo que muchos pudieran imaginar. Y quizá esa era la parte verdaderamente oscura de toda la historia. Que la duda había viajado con él durante semanas, pero la devoción había llegado primero. En cómo los Vaeltaja fueron creados para reconocer la oscuridad allí donde se ocultara. Quizá por eso la encontró; la tragedia nunca fue haberla amado. La tragedia fue reconocer exactamente lo que era... y permanecer de todos modos. 𝐻𝑎𝑏𝜄́𝑎 𝑙𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑜 𝑎 𝑙𝑎 𝑎𝑏𝑎𝑑𝜄́𝑎 𝑏𝑢𝑠𝑐𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑢𝑛 𝑚𝑜𝑛𝑠𝑡𝑟𝑢𝑜. 𝐶𝑜𝑛 𝑒𝑙 𝑡𝑖𝑒𝑚𝑝𝑜 𝑒𝑛𝑐𝑜𝑛𝑡𝑟𝑜́ 𝑎𝑙𝑔𝑜 𝑚𝑎́𝑠 𝑝𝑒𝑙𝑖𝑔𝑟𝑜𝑠𝑜: 𝑢𝑛𝑎 𝑟𝑎𝑧𝑜́𝑛 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑑𝑒𝑗𝑎𝑟 𝑑𝑒 𝑏𝑢𝑠𝑐𝑎𝑟.
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  • El joven cura permanecía de pie sobre una antigua estructura de piedra cubierta de musgo, contemplando el inmenso mar de ruinas suspendidas entre la niebla. El viento agitaba suavemente su abrigo mientras observaba el paisaje perdido en sus pensamientos. Entonces, una pequeña ave blanca descendió del cielo y se posó con delicadeza sobre su mano extendida. El cura sonrió con calma, admirando a la diminuta visitante en medio de aquel silencioso y misterioso mundo.
    El joven cura permanecía de pie sobre una antigua estructura de piedra cubierta de musgo, contemplando el inmenso mar de ruinas suspendidas entre la niebla. El viento agitaba suavemente su abrigo mientras observaba el paisaje perdido en sus pensamientos. Entonces, una pequeña ave blanca descendió del cielo y se posó con delicadeza sobre su mano extendida. El cura sonrió con calma, admirando a la diminuta visitante en medio de aquel silencioso y misterioso mundo.
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  • 𝔒𝔡𝔢𝔱𝔱𝔢 ℌ𝔢𝔪𝔩𝔬𝔠𝔨

    Hacía apenas unas horas que lo habían asaltado. Cuatro bandidos desesperados, famélicos y con los ojos hundidos por la peste reciente. Lo emboscaron en un recodo del camino viejo, donde los árboles se cerraban como dedos huesudos. Gritaban que querían su armadura, su espada, cualquier cosa que pudieran vender.

    El caballero ni siquiera intentó razonar. Solo desenvainó. Mató a tres con golpes pesados y torpes. El cuarto le clavó una lanza oxidada entre las placas del costado antes de que le partiera el cráneo con el pomo de la espada. Sangró mucho. Pero como siempre, la herida ya empezaba a cerrarse mientras el cuerpo aún estaba caliente en el barro.

    Ahora caminaba más lento. La sangre seca le pegaba la camisa a la piel bajo la armadura. Había dejado los cadáveres atrás sin enterrarlos. ¿Para qué? Mañana habría más. O cuervos, daba igual. Solo siguió el sendero que se adentraba en el bosque. No sabía hacia dónde iba, habian pasado dias que habia perdido el rumbo, de seguro el camino que llevaba al capitolio del sur, lo había errado mucho antes, ya ni siquiera fingía que tenía una meta. Solo ponía un pie delante del otro, con la armadura manchada de sangre ajena y propia, la capa rota y el yelmo ligeramente abollado en un lado nuevo.

    La niebla colgaba como un velo de luto sobre el sendero olvidado, denso, frío y cargado del olor a tierra húmeda y hojas en descomposición. El mundo parecía haber olvidado este lugar, igual que había olvidado a tantos otros.

    La figura alta y pesada seguia caminando, su armadura de placas, antaño pulida, estaba ahora cubierta de óxido, sangre seca y grietas que hablaban de batallas perdidas en el tiempo. La gran espada colgaba a su espalda, envainada, pero su peso parecía tirar de sus hombros hacia abajo. Cada paso era lento, deliberado, como si caminar ya fuera un acto de terca resignación.

    Una figura solitaria más adelante, envuelta en un manto negro raído. Caminaba con paso medido, cargando un bolso de cuero que tintineaba suavemente. No parecía una simple viajera. De seguro a lo lejos pudo oir el sonido de las placas chocando al caminar, Siegmeyer se detuvo a unos metros de la mujer del manto negro. No la conocía. Para él solo era otra silueta en un camino que ya no llevaba a ninguna parte que importara.

    Sus ojos azulados, fríos y apagados tras las ranuras del yelmo, la observaron sin prisa. No había curiosidad, solo una quietud pesada.

    — Mujer. —

    Su voz era grave, ronca. No levantó la mano. No hizo gesto alguno de saludo.

    — Probablemente este camino se vuelve más oscuro cuando cae la noche. Bandidos, bestias o simplemente el silencio que termina devorándolo todo.

    Una pausa larga. El viento movió su capa raída sin entusiasmo.

    — Soy Siegmeyer. Mi armadura no significa nada además de protección, es decir no soy parte del clero o reino. —

    Su mirada bajó un instante al bolso de cuero que ella llevaba, luego volvió a su rostro.

    — Lo digo para que no creas que hay otra intencion. Si tus pasos van en la misma dirección que los míos… no te molestaré. Puedo ser compañía. —

    El silencio volvió a llenar el aire entre ellos, pesado como su propia armadura.

    — O sigue sola. Como prefieras. Ya nada cambia mucho al final. —

    Se quedó inmóvil, esperando.
    [orbit_turquoise_elephant_485] Hacía apenas unas horas que lo habían asaltado. Cuatro bandidos desesperados, famélicos y con los ojos hundidos por la peste reciente. Lo emboscaron en un recodo del camino viejo, donde los árboles se cerraban como dedos huesudos. Gritaban que querían su armadura, su espada, cualquier cosa que pudieran vender. El caballero ni siquiera intentó razonar. Solo desenvainó. Mató a tres con golpes pesados y torpes. El cuarto le clavó una lanza oxidada entre las placas del costado antes de que le partiera el cráneo con el pomo de la espada. Sangró mucho. Pero como siempre, la herida ya empezaba a cerrarse mientras el cuerpo aún estaba caliente en el barro. Ahora caminaba más lento. La sangre seca le pegaba la camisa a la piel bajo la armadura. Había dejado los cadáveres atrás sin enterrarlos. ¿Para qué? Mañana habría más. O cuervos, daba igual. Solo siguió el sendero que se adentraba en el bosque. No sabía hacia dónde iba, habian pasado dias que habia perdido el rumbo, de seguro el camino que llevaba al capitolio del sur, lo había errado mucho antes, ya ni siquiera fingía que tenía una meta. Solo ponía un pie delante del otro, con la armadura manchada de sangre ajena y propia, la capa rota y el yelmo ligeramente abollado en un lado nuevo. La niebla colgaba como un velo de luto sobre el sendero olvidado, denso, frío y cargado del olor a tierra húmeda y hojas en descomposición. El mundo parecía haber olvidado este lugar, igual que había olvidado a tantos otros. La figura alta y pesada seguia caminando, su armadura de placas, antaño pulida, estaba ahora cubierta de óxido, sangre seca y grietas que hablaban de batallas perdidas en el tiempo. La gran espada colgaba a su espalda, envainada, pero su peso parecía tirar de sus hombros hacia abajo. Cada paso era lento, deliberado, como si caminar ya fuera un acto de terca resignación. Una figura solitaria más adelante, envuelta en un manto negro raído. Caminaba con paso medido, cargando un bolso de cuero que tintineaba suavemente. No parecía una simple viajera. De seguro a lo lejos pudo oir el sonido de las placas chocando al caminar, Siegmeyer se detuvo a unos metros de la mujer del manto negro. No la conocía. Para él solo era otra silueta en un camino que ya no llevaba a ninguna parte que importara. Sus ojos azulados, fríos y apagados tras las ranuras del yelmo, la observaron sin prisa. No había curiosidad, solo una quietud pesada. — Mujer. — Su voz era grave, ronca. No levantó la mano. No hizo gesto alguno de saludo. — Probablemente este camino se vuelve más oscuro cuando cae la noche. Bandidos, bestias o simplemente el silencio que termina devorándolo todo. Una pausa larga. El viento movió su capa raída sin entusiasmo. — Soy Siegmeyer. Mi armadura no significa nada además de protección, es decir no soy parte del clero o reino. — Su mirada bajó un instante al bolso de cuero que ella llevaba, luego volvió a su rostro. — Lo digo para que no creas que hay otra intencion. Si tus pasos van en la misma dirección que los míos… no te molestaré. Puedo ser compañía. — El silencio volvió a llenar el aire entre ellos, pesado como su propia armadura. — O sigue sola. Como prefieras. Ya nada cambia mucho al final. — Se quedó inmóvil, esperando.
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  • Siegmeyer había viajado en la carreta de un comerciante hosco que, al llegar al lindero del bosque, detuvo los caballos con manos temblorosas.
    —No sigo. —masculló, sin atreverse a mirarlo—. Baja. —

    El errante decidió no insistir y descendió. La carreta se alejó rápidamente. Un par de kilómetros antes de llegar un pueblo que se veia camuflado entre los arboles, había encontrado al anciano moribundo apoyado en un arbol. Con los labios agrietados y la voz convertida en un estertor, este le había clavado los dedos en el guantelete.

    —No entres… El aquelarre te va a oler. Han tomado Eichenbruch. Si cruzas sus calles… te reclamarán. Desearás haberte quedado a pudrirte aquí, conmigo. —Siegmeyer cerró sus ojos vidriosos y continuó.

    La niebla se arrastraba por las calles, espesa, fría y cargada de un olor dulzón a hierbas quemadas y podredumbre. El pueblo de Eichenbruch parecía una herida abierta en el bosque. Las casas torcidas de madera y piedra, techos hundidos y ventanas que observaban como ojos ciegos. Todo estaba demasiado quieto. Ahora caminaba por las calles empedradas, su armadura oscura y abollada resonando con cada paso. La capa raída goteaba agua sucia. Los pocos aldeanos que aún se atrevían a estar fuera se apartaban de su camino con terror evidente. Una mujer soltó un gemido ahogado y se escondió en un callejón. Un hombre cerró de golpe su puerta al verlo pasar.

    Parecía un enviado directo del clero, pero no servía a ningún rey, a ningún dios. El caballero no se detuvo, sus ojos azules, fríos y alerta, escaneaban las sombras. Al final de la calle principal distinguió un edificio más grande que los demás, con un letrero de madera medio podrido que apenas se leía: “El Jabalí Negro”. Una luz amarillenta y débil se filtraba por las ventanas empañadas. Parecía una posada o una trampa.

    Empujó la pesada puerta de madera. Esta chirrió como un animal herido. Dentro, el aire era denso, cargado de humo de chimenea y un olor extraño, casi dulzón. Varias cabezas se giraron hacia él al instante. El murmullo de conversaciones se cortó de golpe. Un tabernero de rostro pálido y ojos hundidos lo miró desde atrás de la barra como si acabara de ver a un muerto caminando. En las mesas, rostros demacrados lo observaban en silencio.

    Siegmeyer se detuvo bajo el umbral, la luz del fuego reflejándose en su armadura. Lentamente levantó la visera de su yelmo, revelando un rostro curtido, barba de varios días y aquellos ojos azules que no mostraban miedo, solo una cansada determinación.

    —Un plato de comida, el que tengas ya preparado. —dijo con voz grave y ronca, que cortó el silencio. — Y algo de vino o agua, lo que sepa mejor. — Nadie se movió. Solo se oía el crepitar del fuego.
    Siegmeyer había viajado en la carreta de un comerciante hosco que, al llegar al lindero del bosque, detuvo los caballos con manos temblorosas. —No sigo. —masculló, sin atreverse a mirarlo—. Baja. — El errante decidió no insistir y descendió. La carreta se alejó rápidamente. Un par de kilómetros antes de llegar un pueblo que se veia camuflado entre los arboles, había encontrado al anciano moribundo apoyado en un arbol. Con los labios agrietados y la voz convertida en un estertor, este le había clavado los dedos en el guantelete. —No entres… El aquelarre te va a oler. Han tomado Eichenbruch. Si cruzas sus calles… te reclamarán. Desearás haberte quedado a pudrirte aquí, conmigo. —Siegmeyer cerró sus ojos vidriosos y continuó. La niebla se arrastraba por las calles, espesa, fría y cargada de un olor dulzón a hierbas quemadas y podredumbre. El pueblo de Eichenbruch parecía una herida abierta en el bosque. Las casas torcidas de madera y piedra, techos hundidos y ventanas que observaban como ojos ciegos. Todo estaba demasiado quieto. Ahora caminaba por las calles empedradas, su armadura oscura y abollada resonando con cada paso. La capa raída goteaba agua sucia. Los pocos aldeanos que aún se atrevían a estar fuera se apartaban de su camino con terror evidente. Una mujer soltó un gemido ahogado y se escondió en un callejón. Un hombre cerró de golpe su puerta al verlo pasar. Parecía un enviado directo del clero, pero no servía a ningún rey, a ningún dios. El caballero no se detuvo, sus ojos azules, fríos y alerta, escaneaban las sombras. Al final de la calle principal distinguió un edificio más grande que los demás, con un letrero de madera medio podrido que apenas se leía: “El Jabalí Negro”. Una luz amarillenta y débil se filtraba por las ventanas empañadas. Parecía una posada o una trampa. Empujó la pesada puerta de madera. Esta chirrió como un animal herido. Dentro, el aire era denso, cargado de humo de chimenea y un olor extraño, casi dulzón. Varias cabezas se giraron hacia él al instante. El murmullo de conversaciones se cortó de golpe. Un tabernero de rostro pálido y ojos hundidos lo miró desde atrás de la barra como si acabara de ver a un muerto caminando. En las mesas, rostros demacrados lo observaban en silencio. Siegmeyer se detuvo bajo el umbral, la luz del fuego reflejándose en su armadura. Lentamente levantó la visera de su yelmo, revelando un rostro curtido, barba de varios días y aquellos ojos azules que no mostraban miedo, solo una cansada determinación. —Un plato de comida, el que tengas ya preparado. —dijo con voz grave y ronca, que cortó el silencio. — Y algo de vino o agua, lo que sepa mejor. — Nadie se movió. Solo se oía el crepitar del fuego.
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  • Korei Nightshade
    —La Galaxia nunca ha sido un lugar seguro, y menos ahora –murmuró, cerrando los ojos y guardó la Dao del Tigre Blanco en su funda.

    Para cuando la Khan llegó, ya era demasiado tarde. Aquella criatura había aprovechado las trampas que le había tendido a la Khan para escapar, y lo que encontró en su lugar fue un cascarón frío e inerte. Las pupilas de la Khan subieron hacia los altos rascacielos que desterraban la oscuridad de los alrededores desérticos de esa ciudad en la Tierra.

    Tenía que encontrarla. Había viajado desde muy lejos para cazarla, para terminar de juntar las piezas de un rompecabezas cuya sombra anunciaba la llegada de algo grande y terrible que se aproximaba desde el vacío de las estrellas. Una nueva cacería había comenzado.

    Aquella cosa se deslizó por la ventilación de un edicio, reptando entre sus paredes metálicas con el sigilo propio de un fantasma errante, hasta que una hermosa voz capturó su atención. Las rendijas de una luz anaranjada iluminaron las sombras azuladas de su rostro cuando la criatura asomó la cabeza. En el interior de la habitación, se encontraba una mujer de estatura alta, ojos afilados y cabello negro. Su voz era la clase de sonido que seguramente acompañaba noches enteras de recorridos por una ciudad que dormía envuelta entre la niebla y el neón. Una cantante de City pop. Dulce, melancólico, el tipo de canto que podría hipnotizar masas enteras si se lo proponía, y la criatura estaba dispuesta a ayudarla con ello.

    Saltó sobre de ella.

    Sus tenazas rasgaron y mordieron piel, antes de que el verdadero asalto se transladara a otro lugar; en la mente de la cantante. La mujer se cubrió el rostro con las manos, se tambaleó. Un jarrón se fragmetó en pequeños trocitos cuando su espalda dio contra un mueble. Libró una feroz batalla por el dominio de su cuerpo. Poco a poco, su voz marchitó y, cuando clavó una mano pálida sobre el borde del tocador para incorporarse, un fuego púrpura ardió en el reflejo de sus iris frente al espejo.

    La criatura se tomó unos minutos para familiarizarse con esa nueva piel, comprobando el movimiento de sus dedos delicados al cerrar y abrir los puños. La respiración agitada le quemó la garganta, era un recipiente muy compacto, frágil y perfecto. Exploró algunos de los recuerdos de aquella mujer, de entre ellos, algo le resultó divertido. Al parecer, hacía no mucho que había hecho enojar a algunas personas poderosas y llevaba días intentando mantener un perfil bajo; asustada, vulnerable, como una presa acorralada que solo podía esconderse. Soltó el inicio de una risa seca, mientras se acomodaba el cabello. Luego tomó las maletas que estaban preparadas sobre la cama, y se dispuso a salir al mundo.
    [blast_magenta_rat_186] —La Galaxia nunca ha sido un lugar seguro, y menos ahora –murmuró, cerrando los ojos y guardó la Dao del Tigre Blanco en su funda. Para cuando la Khan llegó, ya era demasiado tarde. Aquella criatura había aprovechado las trampas que le había tendido a la Khan para escapar, y lo que encontró en su lugar fue un cascarón frío e inerte. Las pupilas de la Khan subieron hacia los altos rascacielos que desterraban la oscuridad de los alrededores desérticos de esa ciudad en la Tierra. Tenía que encontrarla. Había viajado desde muy lejos para cazarla, para terminar de juntar las piezas de un rompecabezas cuya sombra anunciaba la llegada de algo grande y terrible que se aproximaba desde el vacío de las estrellas. Una nueva cacería había comenzado. Aquella cosa se deslizó por la ventilación de un edicio, reptando entre sus paredes metálicas con el sigilo propio de un fantasma errante, hasta que una hermosa voz capturó su atención. Las rendijas de una luz anaranjada iluminaron las sombras azuladas de su rostro cuando la criatura asomó la cabeza. En el interior de la habitación, se encontraba una mujer de estatura alta, ojos afilados y cabello negro. Su voz era la clase de sonido que seguramente acompañaba noches enteras de recorridos por una ciudad que dormía envuelta entre la niebla y el neón. Una cantante de City pop. Dulce, melancólico, el tipo de canto que podría hipnotizar masas enteras si se lo proponía, y la criatura estaba dispuesta a ayudarla con ello. Saltó sobre de ella. Sus tenazas rasgaron y mordieron piel, antes de que el verdadero asalto se transladara a otro lugar; en la mente de la cantante. La mujer se cubrió el rostro con las manos, se tambaleó. Un jarrón se fragmetó en pequeños trocitos cuando su espalda dio contra un mueble. Libró una feroz batalla por el dominio de su cuerpo. Poco a poco, su voz marchitó y, cuando clavó una mano pálida sobre el borde del tocador para incorporarse, un fuego púrpura ardió en el reflejo de sus iris frente al espejo. La criatura se tomó unos minutos para familiarizarse con esa nueva piel, comprobando el movimiento de sus dedos delicados al cerrar y abrir los puños. La respiración agitada le quemó la garganta, era un recipiente muy compacto, frágil y perfecto. Exploró algunos de los recuerdos de aquella mujer, de entre ellos, algo le resultó divertido. Al parecer, hacía no mucho que había hecho enojar a algunas personas poderosas y llevaba días intentando mantener un perfil bajo; asustada, vulnerable, como una presa acorralada que solo podía esconderse. Soltó el inicio de una risa seca, mientras se acomodaba el cabello. Luego tomó las maletas que estaban preparadas sobre la cama, y se dispuso a salir al mundo.
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  • la niebla era ams densa que nunca en el territorio de la bruja, Yuhi parecia estresada su piel mas palida que nunca pues algo merodeaba en la nada -un dios olvidado.... muy bien Yuhi, ya todos los humanos estan en resguardo solo debo mantener la niebla lo ams densa posible si deseo que pasemos desapercividos- suspiro corriendo por las calles vacias mientras que el cielo completamente oscuro sobre ella observaba la capa blanca de niebla, las estrellas y la luna desaparecieron, solo una penumbra absoluta reinaba en los cielos acompañado de aquella sensacion de peligro inminente y hambre absoluta provenientes de la criatura acechante

    https://music.youtube.com/watch?v=rADczZBs-_E&si=CJlyCxU0rsaOPOAu
    la niebla era ams densa que nunca en el territorio de la bruja, Yuhi parecia estresada su piel mas palida que nunca pues algo merodeaba en la nada -un dios olvidado.... muy bien Yuhi, ya todos los humanos estan en resguardo solo debo mantener la niebla lo ams densa posible si deseo que pasemos desapercividos- suspiro corriendo por las calles vacias mientras que el cielo completamente oscuro sobre ella observaba la capa blanca de niebla, las estrellas y la luna desaparecieron, solo una penumbra absoluta reinaba en los cielos acompañado de aquella sensacion de peligro inminente y hambre absoluta provenientes de la criatura acechante https://music.youtube.com/watch?v=rADczZBs-_E&si=CJlyCxU0rsaOPOAu
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