• la niebla era ams densa que nunca en el territorio de la bruja, Yuhi parecia estresada su piel mas palida que nunca pues algo merodeaba en la nada -un dios olvidado.... muy bien Yuhi, ya todos los humanos estan en resguardo solo debo mantener la niebla lo ams densa posible si deseo que pasemos desapercividos- suspiro corriendo por las calles vacias mientras que el cielo completamente oscuro sobre ella observaba la capa blanca de niebla, las estrellas y la luna desaparecieron, solo una penumbra absoluta reinaba en los cielos acompañado de aquella sensacion de peligro inminente y hambre absoluta provenientes de la criatura acechante

    https://music.youtube.com/watch?v=rADczZBs-_E&si=CJlyCxU0rsaOPOAu
    la niebla era ams densa que nunca en el territorio de la bruja, Yuhi parecia estresada su piel mas palida que nunca pues algo merodeaba en la nada -un dios olvidado.... muy bien Yuhi, ya todos los humanos estan en resguardo solo debo mantener la niebla lo ams densa posible si deseo que pasemos desapercividos- suspiro corriendo por las calles vacias mientras que el cielo completamente oscuro sobre ella observaba la capa blanca de niebla, las estrellas y la luna desaparecieron, solo una penumbra absoluta reinaba en los cielos acompañado de aquella sensacion de peligro inminente y hambre absoluta provenientes de la criatura acechante https://music.youtube.com/watch?v=rADczZBs-_E&si=CJlyCxU0rsaOPOAu
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  • Henry Grimmtael Jaegerjaquez Black Sasha Ishtar 𝐀yane 𝐈𝐬𝐡𝐭𝐚𝐫

    Las sombras no nacieron aquella noche.

    Siempre estuvieron ahí.

    Dormidas entre mis huesos.
    Escondidas detrás de mis sonrisas.
    Esperando.

    El cielo crujió como cristal roto cuando mi cuerpo dejó de soportarlo más. No hubo parto. No hubo gritos de vida. No hubo manos sosteniendo un nacimiento sagrado.

    Solo oscuridad.

    La tierra se abrió bajo mis pies mientras la niebla negra escapaba desde mi pecho, desde mi garganta, desde cada herida que jamás cerró realmente. El Caos no pidió permiso. Nunca lo hace.

    Las sombras comenzaron a arrastrarse alrededor de mi cuerpo como bestias hambrientas. Miles de voces susurraban nombres olvidados mientras el mundo entero temblaba junto a mí.

    Dolía.

    Dolía tanto que incluso el aire parecía desgarrarme por dentro.

    Pero sonreí.

    Khkhehe…

    Porque al fin lo comprendí.

    No era una maldición.
    No era un error.

    Era un nacimiento.

    Las sombras comenzaron a comprimirse frente a mí, girando sobre sí mismas como un agujero devorándolo todo. Ojos rojos aparecieron primero dentro de la oscuridad. Después dientes. Después una silueta.

    Alta.

    Delgada.

    Hermosa de una manera equivocada.

    Cabello negro desordenado con mechones blancos cayendo sobre su rostro. Piel violácea marcada por el Caos. Ojos rojos brillando como heridas abiertas dentro de la noche. Sus garras todavía desprendían sombras vivas mientras el suelo se quebraba bajo sus pies descalzos.

    No era un niño.

    Nació ya como un heraldo.

    Como si el odio hubiese decidido tomar forma adolescente desde el primer instante.

    Y aun así…

    Cuando levantó lentamente la mirada hacia mí…

    Sentí algo parecido al amor.

    Mis dedos manchados de sangre rozaron su mejilla mientras alrededor nuestro el mundo seguía desmoronándose.

    —Bienvenido al comienzo del nuevo mundo…

    Mis labios se curvaron lentamente en aquella sonrisa torcida tan propia de mí.

    —Nyxar'Kael.

    Las sombras rugieron.

    —Heraldo del Caos.
    [Henry] [SashaIshtar] [Ayane_Ishtar] Las sombras no nacieron aquella noche. Siempre estuvieron ahí. Dormidas entre mis huesos. Escondidas detrás de mis sonrisas. Esperando. El cielo crujió como cristal roto cuando mi cuerpo dejó de soportarlo más. No hubo parto. No hubo gritos de vida. No hubo manos sosteniendo un nacimiento sagrado. Solo oscuridad. La tierra se abrió bajo mis pies mientras la niebla negra escapaba desde mi pecho, desde mi garganta, desde cada herida que jamás cerró realmente. El Caos no pidió permiso. Nunca lo hace. Las sombras comenzaron a arrastrarse alrededor de mi cuerpo como bestias hambrientas. Miles de voces susurraban nombres olvidados mientras el mundo entero temblaba junto a mí. Dolía. Dolía tanto que incluso el aire parecía desgarrarme por dentro. Pero sonreí. Khkhehe… Porque al fin lo comprendí. No era una maldición. No era un error. Era un nacimiento. Las sombras comenzaron a comprimirse frente a mí, girando sobre sí mismas como un agujero devorándolo todo. Ojos rojos aparecieron primero dentro de la oscuridad. Después dientes. Después una silueta. Alta. Delgada. Hermosa de una manera equivocada. Cabello negro desordenado con mechones blancos cayendo sobre su rostro. Piel violácea marcada por el Caos. Ojos rojos brillando como heridas abiertas dentro de la noche. Sus garras todavía desprendían sombras vivas mientras el suelo se quebraba bajo sus pies descalzos. No era un niño. Nació ya como un heraldo. Como si el odio hubiese decidido tomar forma adolescente desde el primer instante. Y aun así… Cuando levantó lentamente la mirada hacia mí… Sentí algo parecido al amor. Mis dedos manchados de sangre rozaron su mejilla mientras alrededor nuestro el mundo seguía desmoronándose. —Bienvenido al comienzo del nuevo mundo… Mis labios se curvaron lentamente en aquella sonrisa torcida tan propia de mí. —Nyxar'Kael. Las sombras rugieron. —Heraldo del Caos.
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  • ────────────────── 𝕸𝖊𝖗𝖈𝖆𝖙𝖔𝖗 𝖁𝖊𝖓𝖊𝖓𝖎.
    Categoría Aventura
    { Ambient: https://open.spotify.com/intl-es/track/6V8ERjRVcuP3FsKrCr2DL2?si=7786de6c1e6649ab }

    .



    La lluvia había cesado hacía apenas una hora, pero el bosque seguía respirando humedad. El barro se adhería a las botas como manos débiles intentando arrastrar a los vivos bajo tierra, y entre los árboles desnudos por el frío se extendía una niebla tan espesa que el camino parecía deshacerse a pocos metros de distancia.

    Odette avanzaba sola. Cubierta por su capa de tela gruesa color negro y con la capucha ocultando parte de su rostro, llevaba un pequeño farol de aceite en una mano y su bolso de cuero colgado al costado. Dentro tintineaban frascos, morteros pequeños y envoltorios de hierbas secas. El aire alrededor de ella olía a ajenjo, alcanfor y lirios del bosque.

    Había abandonado el pueblo antes del amanecer tras recibir un encargo peculiar.

    Un cazador había llegado moribundo a la botica la noche anterior. Alcanzó únicamente a murmurar sobre un pantano oculto entre los bosques del norte. Decía que en sus aguas crecía una planta imposible:
    una flor pálida capaz de intensificar cualquier veneno o convertir un remedio en algo letal... Y ahora él estaba muerto.

    Odette no confiaba en historias contadas por hombres agonizantes, pero sí confiaba en la expresión de terror que había visto en sus ojos.

    Se detuvo un instante.

    A lo lejos, entre la niebla, distinguió una luz cálida balanceándose lentamente. No parecía provenir de una casa ni de un campamento militar. Era móvil. Como una luciérnaga atrapada en una botella.
    Un carruaje.
    O algo parecido.
    El sonido metálico de cadenas suaves y el relinchar cansado de un caballo terminaron de confirmar su sospecha.

    Odette entrecerró apenas los ojos.

    No era común encontrar viajeros en aquella ruta olvidada. Mucho menos comerciantes.

    Y muchísimo menos comerciantes armados.

    La herborista abandonó el sendero principal y avanzó entre los árboles húmedos hasta divisar finalmente la figura del desconocido: un mercader acompañado por un carromato repleto de cajas, cuchillos, pequeños frascos y puntas de flecha cuidadosamente envueltas en cuero oscuro.

    Incluso desde lejos podía percibir el olor metálico del veneno.

    Odette observó las mercancías con atención curiosa antes de hablar por primera vez.

    —Tus flechas están impregnadas con eléboro negro… pero las dagas huelen a tejo y cicuta.—Su voz sonó tranquila, casi indiferente.—Una mezcla extraña... Y costosa también.

    Sus ojos finalmente se dirigieron hacia el enano de armadura.

    —¿Eres lo bastante valiente para atravesar el pantano del norte… o simplemente estás perdido?

    Un trueno distante resonó entre los árboles.

    Y por un instante, el bosque entero pareció quedarse en silencio.
    Un silencio muerto. Expectante.
    { Ambient: https://open.spotify.com/intl-es/track/6V8ERjRVcuP3FsKrCr2DL2?si=7786de6c1e6649ab } . ༒ La lluvia había cesado hacía apenas una hora, pero el bosque seguía respirando humedad. El barro se adhería a las botas como manos débiles intentando arrastrar a los vivos bajo tierra, y entre los árboles desnudos por el frío se extendía una niebla tan espesa que el camino parecía deshacerse a pocos metros de distancia. Odette avanzaba sola. Cubierta por su capa de tela gruesa color negro y con la capucha ocultando parte de su rostro, llevaba un pequeño farol de aceite en una mano y su bolso de cuero colgado al costado. Dentro tintineaban frascos, morteros pequeños y envoltorios de hierbas secas. El aire alrededor de ella olía a ajenjo, alcanfor y lirios del bosque. Había abandonado el pueblo antes del amanecer tras recibir un encargo peculiar. Un cazador había llegado moribundo a la botica la noche anterior. Alcanzó únicamente a murmurar sobre un pantano oculto entre los bosques del norte. Decía que en sus aguas crecía una planta imposible: una flor pálida capaz de intensificar cualquier veneno o convertir un remedio en algo letal... Y ahora él estaba muerto. Odette no confiaba en historias contadas por hombres agonizantes, pero sí confiaba en la expresión de terror que había visto en sus ojos. Se detuvo un instante. A lo lejos, entre la niebla, distinguió una luz cálida balanceándose lentamente. No parecía provenir de una casa ni de un campamento militar. Era móvil. Como una luciérnaga atrapada en una botella. Un carruaje. O algo parecido. El sonido metálico de cadenas suaves y el relinchar cansado de un caballo terminaron de confirmar su sospecha. Odette entrecerró apenas los ojos. No era común encontrar viajeros en aquella ruta olvidada. Mucho menos comerciantes. Y muchísimo menos comerciantes armados. La herborista abandonó el sendero principal y avanzó entre los árboles húmedos hasta divisar finalmente la figura del desconocido: un mercader acompañado por un carromato repleto de cajas, cuchillos, pequeños frascos y puntas de flecha cuidadosamente envueltas en cuero oscuro. Incluso desde lejos podía percibir el olor metálico del veneno. Odette observó las mercancías con atención curiosa antes de hablar por primera vez. —Tus flechas están impregnadas con eléboro negro… pero las dagas huelen a tejo y cicuta.—Su voz sonó tranquila, casi indiferente.—Una mezcla extraña... Y costosa también. Sus ojos finalmente se dirigieron hacia el enano de armadura. —¿Eres lo bastante valiente para atravesar el pantano del norte… o simplemente estás perdido? Un trueno distante resonó entre los árboles. Y por un instante, el bosque entero pareció quedarse en silencio. Un silencio muerto. Expectante.
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  • El aire huele a ceniza y a promesas rotas, pero él no se detiene. Allí está, de pie ante la puerta que separa mundos, los puños cerrados con una fuerza que no es de rabia, sino de determinación.

    Lo que fue se ha desvanecido como la niebla al amanecer. Su viejo yo ya no existe. Se ha quedado atrás, enterrada bajo el peso de lo que ha superado.

    Ahora solo queda este instante: el momento en que todo comienza de nuevo. La puerta se abre ante él, un umbral hacia lo infinito, y con cada músculo tenso en sus brazos, siente cómo se transforma. Ya no es quien era; es algo nuevo, algo hecho de coraje y voluntad, listo para recorrer caminos que nadie ha pisado, para escribir una historia que aún no tiene nombre.

    Cada respiración es un paso más lejos de lo conocido, cada puño apretado un juramento de que lo viejo ha muerto, y lo que viene es una aventura sin fin.
    El aire huele a ceniza y a promesas rotas, pero él no se detiene. Allí está, de pie ante la puerta que separa mundos, los puños cerrados con una fuerza que no es de rabia, sino de determinación. Lo que fue se ha desvanecido como la niebla al amanecer. Su viejo yo ya no existe. Se ha quedado atrás, enterrada bajo el peso de lo que ha superado. Ahora solo queda este instante: el momento en que todo comienza de nuevo. La puerta se abre ante él, un umbral hacia lo infinito, y con cada músculo tenso en sus brazos, siente cómo se transforma. Ya no es quien era; es algo nuevo, algo hecho de coraje y voluntad, listo para recorrer caminos que nadie ha pisado, para escribir una historia que aún no tiene nombre. Cada respiración es un paso más lejos de lo conocido, cada puño apretado un juramento de que lo viejo ha muerto, y lo que viene es una aventura sin fin.
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  • ────────────────── 𝕾𝖔𝖗𝖔𝖗 𝕸𝖔𝖗𝖙𝖎𝖘.
    Categoría Terror
    [https://youtu.be/aKseWO-PHpc?si=PYm6d1bnYU5KLRXJ
    TW: Música posiblemete embrujada. Se recomienda discreción.(?)]
    .


    Una capilla apareció entre la niebla poco antes del amanecer.
    Pequeña. Olvidada. Hundida entre árboles muertos y lápidas torcidas por las raíces.

    Odette la observó desde el sendero mientras el viento hacía sonar las campanas oxidadas del campanario.
    No había luz dentro.
    Y aun así… alguien estaba cantando.

    Una voz baja y quebradiza escapaba desde el interior de la iglesia, apenas audible entre el crujido de las ramas. No era un himno. Sonaba más parecido a una canción de cuna.

    Odette empujó las puertas lentamente.
    El olor la recibió primero:
    Incienso viejo, cera derretida, flores marchitas y debajo de todo eso… El dulzor espeso de la descomposición.

    La capilla estaba llena de velas ya gastadas hace tiempo. Algunas permanecían encendidas pese a no haber nadie cuidándolas. Otras iluminaban figuras cubiertas por telas blancas sentadas en los bancos de oración.

    Odette avanzó despacio entre ellas, con cautela. Ninguna se movía.
    Parecían fieles rezando en silencio.

    Hasta que la herborista pasó junto a uno de los bancos y la tela cayó ligeramente hacia un lado.
    Debajo no había rostro, solo huesos mohosos cubiertos de flores secas cosidas con hilo negro entre las costillas.

    Odette permaneció en silencio.
    Sus ojos descendieron apenas hacia el suelo de piedra. Había marcas, surcos. Como si algo pesado hubiese sido arrastrado innumerables veces hacia el altar.

    La canción continuaba.
    Más suave. Más cerca.

    Odette alzó la lámpara.

    Y allí la vio... Frente al altar, sentada de espaldas a ella, había una mujer extremadamente delgada vestida con las características ropas de la Orden de la Misericordia Pálida, podridas por la humedad. Su cabello gris caía en mechones largos mientras mecía algo entre los brazos cantándole... Despacio... Como una madre agotada intentando dormir a un niño enfermo.

    Odette avanzó un paso.

    El canto se detuvo.
    Y la mujer habló sin girarse

    —Llegaste tarde para la misa.—La voz sonaba seca. Rasposa. Como páginas viejas deshaciéndose entre los dedos.

    Odette inclinó apenas la cabeza.—No sabía que aún quedaban Hermanas aquí...

    La mujer soltó una risa baja. Siniestra.

    Entonces se giró lentamente.
    Lo que sostenía entre los brazos no era un niño.
    Era un cadáver pequeño cubierto por flores blancas, cuidadosamente vestido con ropa de funeral. Sus manos diminutas habían sido cosidas alrededor de un ramo de flores secas, marchitas hace mucho tiempo ya.

    Pero lo peor...
    Era que el cadáver aún respiraba.
    Lento. Como un debil silbido.

    Odette no mostró horror. Solo cansancio.

    Sus ojos fueron dirigidos hacia las raíces que emergían bajo las ropas de la mujer, extendiéndose por el suelo de la iglesia como venas oscuras.
    Cada banco. Cada cadáver. Cada vela. Todo estaba conectado a ella.

    La hermana le sonrió. De sus cuencas vacías salían lágrimas espesas, oscuras como sangre añeja, mientras pétalos negros se deshacían entre sus dientes y caían lentamente de su boca.

    —Despierta, pequeña y temerosa Odette…—La voz de la hermana retumbó por toda la iglesia, aunque sus labios jamás se movieron.—Ya viene… Y viene por ti.

    —"Sólo fue un sueño…"— Odette permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, aferrándose a la idea de que por fin había escapado de aquella pesadilla.

    Pero algo la inquietó.

    Su mano izquierda seguía crispada entre los pliegues del ropaje de su cama. Y entre los dedos de la derecha sintió el frío tacto de las cuentas de su rosario de plata: el mismo que utilizaba al recitar la última oración para los moribundos, justo antes de que abandonaran este mundo.
    [https://youtu.be/aKseWO-PHpc?si=PYm6d1bnYU5KLRXJ TW: Música posiblemete embrujada. Se recomienda discreción.(?)] . ༒ Una capilla apareció entre la niebla poco antes del amanecer. Pequeña. Olvidada. Hundida entre árboles muertos y lápidas torcidas por las raíces. Odette la observó desde el sendero mientras el viento hacía sonar las campanas oxidadas del campanario. No había luz dentro. Y aun así… alguien estaba cantando. Una voz baja y quebradiza escapaba desde el interior de la iglesia, apenas audible entre el crujido de las ramas. No era un himno. Sonaba más parecido a una canción de cuna. Odette empujó las puertas lentamente. El olor la recibió primero: Incienso viejo, cera derretida, flores marchitas y debajo de todo eso… El dulzor espeso de la descomposición. La capilla estaba llena de velas ya gastadas hace tiempo. Algunas permanecían encendidas pese a no haber nadie cuidándolas. Otras iluminaban figuras cubiertas por telas blancas sentadas en los bancos de oración. Odette avanzó despacio entre ellas, con cautela. Ninguna se movía. Parecían fieles rezando en silencio. Hasta que la herborista pasó junto a uno de los bancos y la tela cayó ligeramente hacia un lado. Debajo no había rostro, solo huesos mohosos cubiertos de flores secas cosidas con hilo negro entre las costillas. Odette permaneció en silencio. Sus ojos descendieron apenas hacia el suelo de piedra. Había marcas, surcos. Como si algo pesado hubiese sido arrastrado innumerables veces hacia el altar. La canción continuaba. Más suave. Más cerca. Odette alzó la lámpara. Y allí la vio... Frente al altar, sentada de espaldas a ella, había una mujer extremadamente delgada vestida con las características ropas de la Orden de la Misericordia Pálida, podridas por la humedad. Su cabello gris caía en mechones largos mientras mecía algo entre los brazos cantándole... Despacio... Como una madre agotada intentando dormir a un niño enfermo. Odette avanzó un paso. El canto se detuvo. Y la mujer habló sin girarse —Llegaste tarde para la misa.—La voz sonaba seca. Rasposa. Como páginas viejas deshaciéndose entre los dedos. Odette inclinó apenas la cabeza.—No sabía que aún quedaban Hermanas aquí... La mujer soltó una risa baja. Siniestra. Entonces se giró lentamente. Lo que sostenía entre los brazos no era un niño. Era un cadáver pequeño cubierto por flores blancas, cuidadosamente vestido con ropa de funeral. Sus manos diminutas habían sido cosidas alrededor de un ramo de flores secas, marchitas hace mucho tiempo ya. Pero lo peor... Era que el cadáver aún respiraba. Lento. Como un debil silbido. Odette no mostró horror. Solo cansancio. Sus ojos fueron dirigidos hacia las raíces que emergían bajo las ropas de la mujer, extendiéndose por el suelo de la iglesia como venas oscuras. Cada banco. Cada cadáver. Cada vela. Todo estaba conectado a ella. La hermana le sonrió. De sus cuencas vacías salían lágrimas espesas, oscuras como sangre añeja, mientras pétalos negros se deshacían entre sus dientes y caían lentamente de su boca. —Despierta, pequeña y temerosa Odette…—La voz de la hermana retumbó por toda la iglesia, aunque sus labios jamás se movieron.—Ya viene… Y viene por ti. —"Sólo fue un sueño…"— Odette permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, aferrándose a la idea de que por fin había escapado de aquella pesadilla. Pero algo la inquietó. Su mano izquierda seguía crispada entre los pliegues del ropaje de su cama. Y entre los dedos de la derecha sintió el frío tacto de las cuentas de su rosario de plata: el mismo que utilizaba al recitar la última oración para los moribundos, justo antes de que abandonaran este mundo.
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  • -algo que no suelo mencionar es el como llegan los humanos a los territorios de las brujas, y resulta ser algo simple, cada bruja representa un concepto o accion y las almas son atraidas a estos si son afines, Yo soy la bruja de la niebla represento el deseo por lo desconocido y el conocimiento, en mi territorio vives personas con mentes curiosas amantes de lo oculto que solo desean ver mas alla de la niebla que cubre el saber, crees ser alguien afin a mi territorio?-
    -algo que no suelo mencionar es el como llegan los humanos a los territorios de las brujas, y resulta ser algo simple, cada bruja representa un concepto o accion y las almas son atraidas a estos si son afines, Yo soy la bruja de la niebla represento el deseo por lo desconocido y el conocimiento, en mi territorio vives personas con mentes curiosas amantes de lo oculto que solo desean ver mas alla de la niebla que cubre el saber, crees ser alguien afin a mi territorio?-
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  • ༒ 𝕻𝖆𝖕𝖆𝖛𝖊𝖗 𝕾𝖔𝖒𝖓𝖎𝖋𝖊𝖗𝖚𝖒.

    En la penumbra de una noche sin luna, las calles de la ciudad parecían más estrechas de lo habitual.
    La humedad descendía lentamente por los muros de piedra y las ventanas permanecían cerradas a cal y canto, como si los habitantes temieran mirar hacia el exterior. Solo algunas lámparas colgaban fuera de las casas. Moribundas, derramando una luz enfermiza que apenas lograba atravesar la niebla.

    Y aun así, alguien caminaba.

    El sonido suave de unas botas sobre el empedrado rompía el silencio con una cadencia tranquila, casi adormecedora.
    Odette avanzaba entre las sombras con la serenidad de quien no le teme a la noche. Su larga falda rozaba apenas el suelo húmedo mientras pequeños frascos tintineaban bajo su capa. El aroma tenue de hierbas secas y flores amargas parecía seguirla como un perfume fúnebre.

    Fue al cruzar una calle angosta cuando lo notó: Una ventana abierta en el tercer piso de una vieja pensión, dentro no había luz, solo una figura inmóvil observando hacia afuera.
    La silueta permanecía allí, completamente quieta detrás de las cortinas desgastadas. Ni siquiera parecía respirar.
    Entonces la ventana se cerró de golpe.

    Odette continuó caminando.
    Pero... al doblar la siguiente esquina volvió a verla.

    La misma ventana. La misma habitación. La misma figura inmóvil tras el cristal.

    Odette se detuvo esta vez.

    Sus ojos claros observaron lentamente la fachada del edificio. Las paredes estaban cubiertas de humedad y musgo oscuro. Ninguna luz habitaba el interior. Ni una sola.
    El aire olía extraño.
    No a cadáver. No a enfermedad.
    A flores.
    Flores demasiado dulces. Como lirios abandonados durante días junto a un ataúd.

    La figura detrás del cristal alzó una mano lentamente y señaló hacia abajo. Hacia la calle.

    Odette bajó la mirada.

    Había pétalos húmedos sobre el empedrado. Pequeños pétalos blancos dispersos entre los charcos oscuros, perdiéndose hacia un callejón estrecho entre dos edificios antiguos. Un camino.

    La ciudad entera parecía guardar silencio mientras ella seguía el rastro paso a paso y sin prisa, hasta llegar al final del callejón.
    Allí no había puertas ni ventanas.
    Solo un muro de piedra vieja cubierto de raíces secas.

    Y en medio de la pared… Una silla.
    Una simple silla de madera colocada frente al muro húmedo y encima de ella descansaba un ramo marchito atado con cinta negra.

    Odette observó el lugar en silencio.

    Después notó algo que hizo que sus dedos se tensaran apenas alrededor de la lámpara.
    Los pétalos no estaban sobre el suelo. Salían de las grietas entre las piedras.
    Como si algo hubiese florecido detrás del muro.

    Entonces escuchó el golpe.
    Suave. Del otro lado.

    …toc.

    Otro más.

    …toc.

    Lento... Paciente...
    Como alguien atrapado tras la pared intentando llamar la atención sin despertar a nadie.

    Odette siguió su camino.

    Lo que sea que estuviese ahí, paciente... Esperando ser notado... No formaba parte del lugar y no habría rezo o veneno que lo alejase.
    ༒ 𝕻𝖆𝖕𝖆𝖛𝖊𝖗 𝕾𝖔𝖒𝖓𝖎𝖋𝖊𝖗𝖚𝖒. En la penumbra de una noche sin luna, las calles de la ciudad parecían más estrechas de lo habitual. La humedad descendía lentamente por los muros de piedra y las ventanas permanecían cerradas a cal y canto, como si los habitantes temieran mirar hacia el exterior. Solo algunas lámparas colgaban fuera de las casas. Moribundas, derramando una luz enfermiza que apenas lograba atravesar la niebla. Y aun así, alguien caminaba. El sonido suave de unas botas sobre el empedrado rompía el silencio con una cadencia tranquila, casi adormecedora. Odette avanzaba entre las sombras con la serenidad de quien no le teme a la noche. Su larga falda rozaba apenas el suelo húmedo mientras pequeños frascos tintineaban bajo su capa. El aroma tenue de hierbas secas y flores amargas parecía seguirla como un perfume fúnebre. Fue al cruzar una calle angosta cuando lo notó: Una ventana abierta en el tercer piso de una vieja pensión, dentro no había luz, solo una figura inmóvil observando hacia afuera. La silueta permanecía allí, completamente quieta detrás de las cortinas desgastadas. Ni siquiera parecía respirar. Entonces la ventana se cerró de golpe. Odette continuó caminando. Pero... al doblar la siguiente esquina volvió a verla. La misma ventana. La misma habitación. La misma figura inmóvil tras el cristal. Odette se detuvo esta vez. Sus ojos claros observaron lentamente la fachada del edificio. Las paredes estaban cubiertas de humedad y musgo oscuro. Ninguna luz habitaba el interior. Ni una sola. El aire olía extraño. No a cadáver. No a enfermedad. A flores. Flores demasiado dulces. Como lirios abandonados durante días junto a un ataúd. La figura detrás del cristal alzó una mano lentamente y señaló hacia abajo. Hacia la calle. Odette bajó la mirada. Había pétalos húmedos sobre el empedrado. Pequeños pétalos blancos dispersos entre los charcos oscuros, perdiéndose hacia un callejón estrecho entre dos edificios antiguos. Un camino. La ciudad entera parecía guardar silencio mientras ella seguía el rastro paso a paso y sin prisa, hasta llegar al final del callejón. Allí no había puertas ni ventanas. Solo un muro de piedra vieja cubierto de raíces secas. Y en medio de la pared… Una silla. Una simple silla de madera colocada frente al muro húmedo y encima de ella descansaba un ramo marchito atado con cinta negra. Odette observó el lugar en silencio. Después notó algo que hizo que sus dedos se tensaran apenas alrededor de la lámpara. Los pétalos no estaban sobre el suelo. Salían de las grietas entre las piedras. Como si algo hubiese florecido detrás del muro. Entonces escuchó el golpe. Suave. Del otro lado. …toc. Otro más. …toc. Lento... Paciente... Como alguien atrapado tras la pared intentando llamar la atención sin despertar a nadie. Odette siguió su camino. Lo que sea que estuviese ahí, paciente... Esperando ser notado... No formaba parte del lugar y no habría rezo o veneno que lo alejase.
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    El camino había desaparecido hacía ya varios kilómetros. Lo único que quedaba bajo los zapatos era lodo húmedo, piedras hundidas y restos de un sendero antiguo devorado por la maleza. La niebla cubría todo con una densidad enfermiza, espesa como humo frío, tragándose árboles, cercas oxidadas y cualquier intento de mirar demasiado lejos. Ni siquiera el sonido de los propios pasos parecía viajar más de unos cuantos metros antes de morir.

    Aquel pueblo no figuraba en ningún mapa, ni en videos de tiktok o guias de exploradores "underground"

    No había señales, nombres ni registros claros de que alguna vez hubiese existido. Y aun así... ahí estaba...

    Casas inclinadas por el tiempo, ventanas rotas como cuencas vacías observando desde la oscuridad, puertas entreabiertas que se balanceaban lentamente pese a que no corría viento alguno. Había ropa vieja colgando en tendederos petrificados por la humedad, rastros de esqueletos de animales de granja que incluso la naturaleza ya habia retomado de regreso, como si todos hubiesen desaparecido al mismo tiempo. Como si algo hubiese vaciado el lugar.

    El aire olía a lluvia vieja, musgo, madera podrida y piedra mojada. Sin embargo.
    .. había una luz.

    A lo lejos, elevándose por encima de los tejados consumidos por la decadencia, se alzaba la silueta de una catedral gótica imposible de ignorar. Sus agujas negras atravesaban la niebla como lanzas deformes, dominando el pueblo entero como el cadáver de un dios olvidado. Las puertas principales permanecían abiertas y eso era quizá lo peor de todo; no estaban forzadas ni destruidas, simplemente abiertas, esperando...

    Cada paso hacia la catedral hacía que aquella presión en el pecho aumentara lentamente. Era esa sensación incómoda que nace cuando el instinto comienza a advertirte que algo está mal aunque todavía no puedas verlo. Como si el propio edificio rechazara la presencia humana.

    El interior era inmenso. Columnas de piedra se perdían hacia arriba entre oscuridad y telarañas gigantescas que colgaban como sudarios. El eco de las gotas de agua cayendo desde el techo resonaba en algún lugar distante, lento e irregular, casi parecido a respiraciones. El suelo estaba cubierto por una fina capa de humedad que reflejaba fragmentos temblorosos de luz provenientes de docenas de velas distribuidas a lo largo de la nave principal. Algunas apenas titilaban mientras otras ardían con una llama completamente inmóvil, antinatural, como si llevasen encendidas siglos enteros sin apagarse jamás.

    No había corrientes de aire ni el más mínimo sonido del exterior. Ni pájaros, ni insectos cantores, ni el murmullo del bosque. Solo aquella catedral respirando lentamente en la oscuridad, húmeda y eterna, hasta que un crujido metálico rompió el silencio desde algún punto arriba.

    La mirada se alzó casi por reflejo… y el corazón (de tu personaje) se detuvo por un instante.

    Suspendida del gigantesco candelabro central había una criatura imposible....

    Masiva, monstruosa, la cual colgaba envuelta en sus propias alas como si fueran un sudario de carne y membrana húmeda, ocultando casi por completo aquel cuerpo descomunal que fácilmente superaba el tamaño de una casa.

    Las cadenas del viejo candelabro crujían bajo su peso mientras pequeñas gotas oscuras caían lentamente desde las membranas rasgadas hacia el suelo de piedra.

    Entonces sus ojos se abrieron...
    Blancos y brillando en medio de la penumbra.

    La cabeza de aquel enorme murciélago se inclinó lentamente hacia un lado, apenas lo suficiente para observar mejor al intruso que acababa de entrar en su guarida. Los colmillos sobresalían entre hilos de saliva espesa y sangre vieja, mientras una lengua larga y grotesca asomaba lentamente entre las fauces.

    La criatura no se movió, pero el tiempo pasaba, era momento de...
    ¿Correr?
    ¿razonar con el murciélago?
    ¿Atacar?
    ¿Dejar un tributo?


    ¿Qué será?
    Open roleplay: El camino había desaparecido hacía ya varios kilómetros. Lo único que quedaba bajo los zapatos era lodo húmedo, piedras hundidas y restos de un sendero antiguo devorado por la maleza. La niebla cubría todo con una densidad enfermiza, espesa como humo frío, tragándose árboles, cercas oxidadas y cualquier intento de mirar demasiado lejos. Ni siquiera el sonido de los propios pasos parecía viajar más de unos cuantos metros antes de morir. Aquel pueblo no figuraba en ningún mapa, ni en videos de tiktok o guias de exploradores "underground" No había señales, nombres ni registros claros de que alguna vez hubiese existido. Y aun así... ahí estaba... Casas inclinadas por el tiempo, ventanas rotas como cuencas vacías observando desde la oscuridad, puertas entreabiertas que se balanceaban lentamente pese a que no corría viento alguno. Había ropa vieja colgando en tendederos petrificados por la humedad, rastros de esqueletos de animales de granja que incluso la naturaleza ya habia retomado de regreso, como si todos hubiesen desaparecido al mismo tiempo. Como si algo hubiese vaciado el lugar. El aire olía a lluvia vieja, musgo, madera podrida y piedra mojada. Sin embargo. .. había una luz. A lo lejos, elevándose por encima de los tejados consumidos por la decadencia, se alzaba la silueta de una catedral gótica imposible de ignorar. Sus agujas negras atravesaban la niebla como lanzas deformes, dominando el pueblo entero como el cadáver de un dios olvidado. Las puertas principales permanecían abiertas y eso era quizá lo peor de todo; no estaban forzadas ni destruidas, simplemente abiertas, esperando... Cada paso hacia la catedral hacía que aquella presión en el pecho aumentara lentamente. Era esa sensación incómoda que nace cuando el instinto comienza a advertirte que algo está mal aunque todavía no puedas verlo. Como si el propio edificio rechazara la presencia humana. El interior era inmenso. Columnas de piedra se perdían hacia arriba entre oscuridad y telarañas gigantescas que colgaban como sudarios. El eco de las gotas de agua cayendo desde el techo resonaba en algún lugar distante, lento e irregular, casi parecido a respiraciones. El suelo estaba cubierto por una fina capa de humedad que reflejaba fragmentos temblorosos de luz provenientes de docenas de velas distribuidas a lo largo de la nave principal. Algunas apenas titilaban mientras otras ardían con una llama completamente inmóvil, antinatural, como si llevasen encendidas siglos enteros sin apagarse jamás. No había corrientes de aire ni el más mínimo sonido del exterior. Ni pájaros, ni insectos cantores, ni el murmullo del bosque. Solo aquella catedral respirando lentamente en la oscuridad, húmeda y eterna, hasta que un crujido metálico rompió el silencio desde algún punto arriba. La mirada se alzó casi por reflejo… y el corazón (de tu personaje) se detuvo por un instante. Suspendida del gigantesco candelabro central había una criatura imposible.... Masiva, monstruosa, la cual colgaba envuelta en sus propias alas como si fueran un sudario de carne y membrana húmeda, ocultando casi por completo aquel cuerpo descomunal que fácilmente superaba el tamaño de una casa. Las cadenas del viejo candelabro crujían bajo su peso mientras pequeñas gotas oscuras caían lentamente desde las membranas rasgadas hacia el suelo de piedra. Entonces sus ojos se abrieron... Blancos y brillando en medio de la penumbra. La cabeza de aquel enorme murciélago se inclinó lentamente hacia un lado, apenas lo suficiente para observar mejor al intruso que acababa de entrar en su guarida. Los colmillos sobresalían entre hilos de saliva espesa y sangre vieja, mientras una lengua larga y grotesca asomaba lentamente entre las fauces. La criatura no se movió, pero el tiempo pasaba, era momento de... ¿Correr? ¿razonar con el murciélago? ¿Atacar? ¿Dejar un tributo? ¿Qué será?
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  • La lluvia caía con fuerza sobre los adoquines rotos de la fortaleza abandonada. El agua descendía por los muros derruidos como si la propia piedra sangrara siglos de miseria. Entre la niebla y el hedor de carne húmeda, avancé arrastrando las pesadas botas sobre el barro ennegrecido.

    El filo de mi gran hacha descansaba sobre mi hombro, aún goteando una mezcla espesa de sangre y podredumbre. El hierro viejo rechinaba con cada paso, como si el arma misma estuviera cansada de partir cuerpos huecos.

    Entonces los escuché.

    Ese maldito sonido.

    Huesos rozando piedra. Respiraciones inexistentes. Gargantas secas intentando imitar la vida.

    Los huecos comenzaron a emerger desde las
    sombras de las callejuelas; uno arrastraba una pierna
    casi desprendida, otro sostenía una espada oxidada

    que apenas podía levantar. Sus ojos vacíos me observaban con el hambre desesperada de quienes
    olvidaron hasta su propio nombre.

    Solté un gruñido dentro del yelmo.

    Uno de ellos se lanzó primero, chillando como anima herido. Alcé el hacha con ambas manos y dejé caer el filo con brutalidad. El impacto partió al hueco desde el hombro hasta el pecho, estrellándolo contrael suelo empapado.

    No hubo tiempo para respirar.

    Otro intentó abalanzarse sobre mí por el costado. Giré sobre mis pies y el mango del hacha golpeó su mandíbula con un crujido seco. Sentí los dedos huesudos rasgar mi armadura mientras retrocedía.

    Más figuras aparecieron entre la lluvia.

    Demasiados.

    El miedo quiso abrirse paso dentro de mi pecho... pero hacía mucho que aprendí a enterrarlo bajo acero y cerveza.

    Clavé el hacha en el suelo un instante y observé el círculo de monstruos acercándose lentamente.

    La tormenta rugió sobre nosotros. Entonces avancé yo primero para atacar.

    Después de aquella ordalia el último hueco cayó de rodillas frente a mí, atravesado por el filo de mi gran hacha. Permaneció inmóvil unos segundos antes de desplomarse sobre el barro junto a los demás cadáveres.

    La lluvia continuó golpeando mi armadura mientras observaba las ruinas en silencio.

    Solté un suspiro cansado dentro del yelmo y limpié el filo ensangrentado contra el suelo.

    —Sigo vivo… eso basta por esta noche.

    A lo lejos, una pequeña hoguera brillaba entre la niebla. Sin mirar atrás, comencé a caminar hacia ella mientras la tormenta devoraba lentamente el campo de batalla.
    La lluvia caía con fuerza sobre los adoquines rotos de la fortaleza abandonada. El agua descendía por los muros derruidos como si la propia piedra sangrara siglos de miseria. Entre la niebla y el hedor de carne húmeda, avancé arrastrando las pesadas botas sobre el barro ennegrecido. El filo de mi gran hacha descansaba sobre mi hombro, aún goteando una mezcla espesa de sangre y podredumbre. El hierro viejo rechinaba con cada paso, como si el arma misma estuviera cansada de partir cuerpos huecos. Entonces los escuché. Ese maldito sonido. Huesos rozando piedra. Respiraciones inexistentes. Gargantas secas intentando imitar la vida. Los huecos comenzaron a emerger desde las sombras de las callejuelas; uno arrastraba una pierna casi desprendida, otro sostenía una espada oxidada que apenas podía levantar. Sus ojos vacíos me observaban con el hambre desesperada de quienes olvidaron hasta su propio nombre. Solté un gruñido dentro del yelmo. Uno de ellos se lanzó primero, chillando como anima herido. Alcé el hacha con ambas manos y dejé caer el filo con brutalidad. El impacto partió al hueco desde el hombro hasta el pecho, estrellándolo contrael suelo empapado. No hubo tiempo para respirar. Otro intentó abalanzarse sobre mí por el costado. Giré sobre mis pies y el mango del hacha golpeó su mandíbula con un crujido seco. Sentí los dedos huesudos rasgar mi armadura mientras retrocedía. Más figuras aparecieron entre la lluvia. Demasiados. El miedo quiso abrirse paso dentro de mi pecho... pero hacía mucho que aprendí a enterrarlo bajo acero y cerveza. Clavé el hacha en el suelo un instante y observé el círculo de monstruos acercándose lentamente. La tormenta rugió sobre nosotros. Entonces avancé yo primero para atacar. Después de aquella ordalia el último hueco cayó de rodillas frente a mí, atravesado por el filo de mi gran hacha. Permaneció inmóvil unos segundos antes de desplomarse sobre el barro junto a los demás cadáveres. La lluvia continuó golpeando mi armadura mientras observaba las ruinas en silencio. Solté un suspiro cansado dentro del yelmo y limpié el filo ensangrentado contra el suelo. —Sigo vivo… eso basta por esta noche. A lo lejos, una pequeña hoguera brillaba entre la niebla. Sin mirar atrás, comencé a caminar hacia ella mientras la tormenta devoraba lentamente el campo de batalla.
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  • -aun deseo ver mi forma completa, como me mandaron a este mundo cuando apenas me estaba formando aun estoy adherido a mi estrella, no tengo forma primigenea ni una forma humana completa- sostuvo aquel espejo es sus manos observando su reflejo -pero ahora que tengo mi centro.... quizas porfin pueda ser una bruja completa, aunque me pregunto que seria, mi madre es la bruja de la niebla y mi tia ya es la bruja de los reflejos, a decir verdad nisiquiera se como me veria y no me gustaria saberlo, prefiero imaginar y dejar que mi emnte cree varias posibilidades que no quiero concretar ninguna-
    -aun deseo ver mi forma completa, como me mandaron a este mundo cuando apenas me estaba formando aun estoy adherido a mi estrella, no tengo forma primigenea ni una forma humana completa- sostuvo aquel espejo es sus manos observando su reflejo -pero ahora que tengo mi centro.... quizas porfin pueda ser una bruja completa, aunque me pregunto que seria, mi madre es la bruja de la niebla y mi tia ya es la bruja de los reflejos, a decir verdad nisiquiera se como me veria y no me gustaria saberlo, prefiero imaginar y dejar que mi emnte cree varias posibilidades que no quiero concretar ninguna-
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