• Entre la niebla…
    sin corona, sin trono…
    y aún así, de pie.

    Fui yo la que decidió ser lo que soy,
    ¿me entiendes?
    Muchos dicen conocerme…
    otros solo han oído mi nombre
    como un eco que no se atreven a seguir.
    ¿Entiendes lo que te digo, muchacha?

    Si quieres, me aparto.
    Me busco un puesto.
    Haciendo fácil…
    lo que nunca hará el resto.
    Damos por hecho lo hecho,
    y lo que no tenemos…
    también lo damos por supuesto.

    Caigo y me levanto.
    Me jodo y me aguanto.
    No pido ayuda…
    aunque la pido al mismo tiempo.
    No voy a tirar la toalla.
    Si caigo… será de pie.
    Y de pie
    será mi último aliento.

    Y si no hay fuerza… sacaré.
    La energía que necesite para estar bien.

    Tant de temps voltant pels carrers…
    hem après a valorar les coses petites també...
    Entre la niebla… sin corona, sin trono… y aún así, de pie. Fui yo la que decidió ser lo que soy, ¿me entiendes? Muchos dicen conocerme… otros solo han oído mi nombre como un eco que no se atreven a seguir. ¿Entiendes lo que te digo, muchacha? Si quieres, me aparto. Me busco un puesto. Haciendo fácil… lo que nunca hará el resto. Damos por hecho lo hecho, y lo que no tenemos… también lo damos por supuesto. Caigo y me levanto. Me jodo y me aguanto. No pido ayuda… aunque la pido al mismo tiempo. No voy a tirar la toalla. Si caigo… será de pie. Y de pie será mi último aliento. Y si no hay fuerza… sacaré. La energía que necesite para estar bien. Tant de temps voltant pels carrers… hem après a valorar les coses petites també...
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  • las vocinas de la ciudad fueron encendidas, pero esta vez no salio musica si no un anuncio proveniente de la bruja quien -y con la noche el ultimo dia del festivald e las camelias llega a su fin, muchas gracias a todos por visitar, alzare la niebla nuevamente sin embargo no se preocupen, aun podran salir nuestros visitantes hasta mañana por la tarde sin embargo una vez afuera deberan inicar el tramite requerido si desean volver a entrar, gracias por su visita- los puentes que unian la ciudad de Sunset asi como sus fronteras se cubrieron en una tupida y fria niebla gris una vez mas aquel territorio estaria aislado del mundo -para todos los que deseen conseguir su ciudadania el ayuntamiento esta abierto de 12 a 8 recuerden poner en la forma que se les entregue cual es su hogar soñado yo me encargare de levantar el territorio necesario y los trabajadores empezaran la construccion-
    las vocinas de la ciudad fueron encendidas, pero esta vez no salio musica si no un anuncio proveniente de la bruja quien -y con la noche el ultimo dia del festivald e las camelias llega a su fin, muchas gracias a todos por visitar, alzare la niebla nuevamente sin embargo no se preocupen, aun podran salir nuestros visitantes hasta mañana por la tarde sin embargo una vez afuera deberan inicar el tramite requerido si desean volver a entrar, gracias por su visita- los puentes que unian la ciudad de Sunset asi como sus fronteras se cubrieron en una tupida y fria niebla gris una vez mas aquel territorio estaria aislado del mundo -para todos los que deseen conseguir su ciudadania el ayuntamiento esta abierto de 12 a 8 recuerden poner en la forma que se les entregue cual es su hogar soñado yo me encargare de levantar el territorio necesario y los trabajadores empezaran la construccion-
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  • Si cierro los párpados, la oscuridad no me trae paz, sino el desfile de las almas que se desviaron de mi rastro de ceniza.

    ¿Qué fue de aquel niño engendrado en el pecado, esa criatura híbrida cuya sola existencia desafiaba la voluntad divina? ¿Fue devorado por la crueldad intrínseca del hombre, o logró arrastrarse fuera del fango de su propio destino?

    ¿Y qué del caballero que hallé entre la niebla del bosque, donde los árboles susurran blasfemias? Me pregunto si sus brazos cedieron ante el peso de su acero sagrado, o si su mente se quebró ante los himnos de esos falsos salvadores que prometen luz mientras te arrastran al abismo.

    ¿Y aquel cazador... ese iluso que juraba purgar la oscuridad con fuego y hierro? ¿Se habrá convertido ya en la bestia que tanto ansiaba aniquilar?

    En esta tierra de penitencia, la línea entre el verdugo y el monstruo es tan fina como el filo de mi propia arma.
    Si cierro los párpados, la oscuridad no me trae paz, sino el desfile de las almas que se desviaron de mi rastro de ceniza. ¿Qué fue de aquel niño engendrado en el pecado, esa criatura híbrida cuya sola existencia desafiaba la voluntad divina? ¿Fue devorado por la crueldad intrínseca del hombre, o logró arrastrarse fuera del fango de su propio destino? ¿Y qué del caballero que hallé entre la niebla del bosque, donde los árboles susurran blasfemias? Me pregunto si sus brazos cedieron ante el peso de su acero sagrado, o si su mente se quebró ante los himnos de esos falsos salvadores que prometen luz mientras te arrastran al abismo. ¿Y aquel cazador... ese iluso que juraba purgar la oscuridad con fuego y hierro? ¿Se habrá convertido ya en la bestia que tanto ansiaba aniquilar? En esta tierra de penitencia, la línea entre el verdugo y el monstruo es tan fina como el filo de mi propia arma.
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  • 𝐸𝓁 𝐹𝑒𝓈𝓉𝒾𝓋𝒶𝓁 𝒹𝑒 𝓁𝒶𝓈 𝒞𝒶𝓂𝑒𝓁𝒾𝒶𝓈
    Fandom Oc's
    Categoría Slice of Life
    La brisa suave de la primavera estaba llegando, pronto seria el tiempo de que todas las plantas recobren fuerza y temporada para iniciar la agricultura denuevo, pero en el territorio de Sunset se llevaba acabo un evento importante, El Festival de las Camelias, asi como estas flores su gente despedia el invierno con alegria y recibia a la primavera con brazos abiertos, por cinco noches y cinco dias la niebla que la bruja usaba para bloquear toda entrada y salida de la ciudad se desvanecia dando entrada a todo aquel que deseara disfrutar de las fiestas.

    La primera noche habia comenzado las linternas se encendieron, los puestos empezaban su trabajo y luegos juegos se veian a lo lejos, la bruja por otro lado salio lista para divertirse junto a su gente abanicandose ahora que el calor regresaba con el viento calido de la temporada -hmmm...! aahh~ otro invierno que llega a su fin, es hora de dar inicio a las fiestas, el lago esta cristalino y calmo para nadar en estas noches o ir a los bailes y subirse a los juegos mecanicos- la bruja se estiro con alegria hasta que un olor dulce roso su nariz -o aun mejor~ COMER Y BEBER HASTA QUE SALGA EL SOL!- grito con emocion al ver que los puestos de manzanas acarameladas y las tabernas empezaban su jornada
    La brisa suave de la primavera estaba llegando, pronto seria el tiempo de que todas las plantas recobren fuerza y temporada para iniciar la agricultura denuevo, pero en el territorio de Sunset se llevaba acabo un evento importante, El Festival de las Camelias, asi como estas flores su gente despedia el invierno con alegria y recibia a la primavera con brazos abiertos, por cinco noches y cinco dias la niebla que la bruja usaba para bloquear toda entrada y salida de la ciudad se desvanecia dando entrada a todo aquel que deseara disfrutar de las fiestas. La primera noche habia comenzado las linternas se encendieron, los puestos empezaban su trabajo y luegos juegos se veian a lo lejos, la bruja por otro lado salio lista para divertirse junto a su gente abanicandose ahora que el calor regresaba con el viento calido de la temporada -hmmm...! aahh~ otro invierno que llega a su fin, es hora de dar inicio a las fiestas, el lago esta cristalino y calmo para nadar en estas noches o ir a los bailes y subirse a los juegos mecanicos- la bruja se estiro con alegria hasta que un olor dulce roso su nariz -o aun mejor~ COMER Y BEBER HASTA QUE SALGA EL SOL!- grito con emocion al ver que los puestos de manzanas acarameladas y las tabernas empezaban su jornada
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  • la niebla rodeo el templo de 𝗦𝗵𝗶𝗻 𝘆𝗮 真夜 ᵀʰᵉ ᵘˢᵘʳᵖᵉʳ dejando aparecer a la bruja quien portaba una cesta de picnic, sin pedir permiso ni cortesias se sento en las escaleras sacando una botella de vino y unas copas -Oye Shin ya, no seras el dios mas amable pero tampoco el peor, que te parece acompañarme con una copa? me regalaron una botella de vino Flor de Pingus, estas joyitas humanas no se deben degustar en soledad, hasta prepare algunos bocadillos para acompañar- solto unas risillas sirviendose una copa mientras la niebla se disipaba dejando que la luz de la luna iluminara el lugar nuevamente

    https://music.youtube.com/watch?v=7wR8oBM-RnE&si=tdsQijwjpFO-ed6-
    la niebla rodeo el templo de [the_usurper] dejando aparecer a la bruja quien portaba una cesta de picnic, sin pedir permiso ni cortesias se sento en las escaleras sacando una botella de vino y unas copas -Oye Shin ya, no seras el dios mas amable pero tampoco el peor, que te parece acompañarme con una copa? me regalaron una botella de vino Flor de Pingus, estas joyitas humanas no se deben degustar en soledad, hasta prepare algunos bocadillos para acompañar- solto unas risillas sirviendose una copa mientras la niebla se disipaba dejando que la luz de la luna iluminara el lugar nuevamente https://music.youtube.com/watch?v=7wR8oBM-RnE&si=tdsQijwjpFO-ed6-
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  • Sunset pareico acorralado por unos segundos hasta saltar en el aire, su cuerpo transformandose en humo elevandose fuera del alcanze de las estatuas -perdoname herman, Mokku prometo recuperarte- observo la tierra bajo ella antes de sacar su kiseru soplando una nube enorme de hmo que rodeo el lugar, los humanos y animales que aun estaban dentro aparecieron en el exterior de la niebla totalmente ilesos -nada entrara y nada saldra, no dejare que los dioses te hagan mas daño del que ya te han hecho hermana-
    Sunset pareico acorralado por unos segundos hasta saltar en el aire, su cuerpo transformandose en humo elevandose fuera del alcanze de las estatuas -perdoname herman, Mokku prometo recuperarte- observo la tierra bajo ella antes de sacar su kiseru soplando una nube enorme de hmo que rodeo el lugar, los humanos y animales que aun estaban dentro aparecieron en el exterior de la niebla totalmente ilesos -nada entrara y nada saldra, no dejare que los dioses te hagan mas daño del que ya te han hecho hermana-
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    \

    Esto es lo que leeré en el recital:

    \

    Paraíso de liebre submarina.

    Se cuenta, entre tantas danzantes leyendas, que una vez fue creada una Luna por el soplo de una pipa encantada.

    Y ella al ser ingenua se hallaba inmersa en un océano sin cielo, que engarzaba sus ojos entre las almenaras de sus sigilosos sueños. Ahí y justo ahí, el cielo se encargaba de cuidarla; y peinaba sus cabellos y la consentía y la Luna misma posaba su cabeza en el regazo del imberbe.

    A ella la había mandado pedir una flor de loto, como deseo de nacimiento, ya que crecía en un lago marchito. Ella no conocía más que el hedor de ese lugar, al que llamaba hogar mismo.

    Y el lago al ser marchito la volvía siempre egoísta.

    No reía, sólo codiciaba lo bello.

    Un día como cualquier otro, la flor de loto contempló hacia arriba, tras verse iluminada y arropada por una luz muy bella, como los rayos que la hacían vislumbrar las profundidades de su propio seno, y, con el ver nacarado de sus ojos, posados en los cabellos de esa doncella de plata, anheló su majestad y su sosiego. Y pidió y pidió y pidió ser criatura corpórea para poder hacerle el amor al menos una vez.

    Se dice que la flor y la pipa implementaron el tiempo para gobernar ya sus pasos, y, los pasos del loto se hicieron tardes, noches y mañanas. Ya que, al ser la flor más poderosa, construyó un barco para derramar sus sollozos en forma de gotas de sal, como si la sal se esgrimiera en forma y voto por proa desde el augurio de sus lágrimas.

    Aunaba un plan. Estas le permitieran alcanzar a la luna de su anhelo. Porque el anhelo por tenerla, y el querer tenerla, le hizo maquinar en su quehacer cosas terribles, y se olvidó de pensarla con el bienestar de un ser de noble corazón.

    Así que pensó, y pensó, y pensó en apagar la luminaria de las estrellas que la acompañaban.

    Porque las estrellas apagarían el cobijo de su risa y con su Solo de los susurros que, dedicada sólo a ella, una escalera se presentó al tiempo ante sus pies; amorosa y rebelde. Pero también se hizo turbia y deferente.

    Y la flor se tornó caballero de rigor, pesadilla y desesperanza.

    Así sucedió que la flor de loto, tocó una ventisca venidera de una lamparilla de hueso que pasaba, por allí y por allá. Una costilla de anciana virtud. Porque de los huesos que contenía el lago en el que descansaba la flor, ahí, y justo allí, al alcanzar la Luna con un beso, desde lejos, la cortó en varias tiras.

    Y la luna se derramó en casas, océanos y valles, hasta despojarse de su manto coronado.

    Y de la flor desgraciada y desabrida, emergió una doncella con el crepúsculo bañándole el rostro. Porque había permitido que su luna se presentase en sus aposentos, como ante la sorpresa de la Luna misma.

    Cayó en sus brazos, y, al tocar su rostro, cuando en el cuándo, leyó en la flor arrepentimiento. Ah, el arrepentimiento siempre es nacido del amor más pudiente, y orilló a ambos a fragmentarse y de sus fragmentos nació el océano de Valeria. El de más peligros y de más maravillas.

    Y en Valeria, se decía, que todas las cosas sucedían con errados suelos y erradas prosas y prisas, porque ellos cayeron allí y, el todo y la nada se hicieron sendos relojes de oro, bronce y plata. Hasta que, acabados por sus infamias y símiles, el tiempo se detuvo y existió una densa niebla, y, ante la niebla, se dio por presentada al nupcial mundo de la Aurora.

    Aurora, la Ciudad que nunca de los nunca dormiría.

    Aurora conmovida le abrió los brazos a la flor de loto hecha caballero, pero, a cambio de devolverle a su Luna le hizo ver su caparazón. Y la hizo llenarla con fuego: el fuego de los relojes.

    Entonces Valeria y Aurora orillaron a ese nuevo ser, al que llamaron en secreto Diomedes, a otorgarle el tiempo de su destiempo, pues Diomedes era ya santo, pero también anciano. Y entonces Diomedes presentó dos expresiones ante sí mismo. Una de ellas la posó en el cuerpo de la Luna, y, la otra al callarse, sólo hablaría el idioma de las bestias que habitarían, ese, empero nuevo mundo recién descubierto y conocido. Bestias que no lo traicionaron.


    Así y sólo así, se dice pues que, Diomedes izó el tiempo para que retuviera su soplo de amor, ese no tan verdadero, arropó a su Luna con las cicatrices de ese nuevo paraíso tejedor. Ese que nacía de sus propios dedos pinchados con las agujas de su propio tapizar de destinos.

    Y en el ahora del Ahora, Diomedes vio su suerte y se echó a llorar pues escapaba de la realidad que es fantasía, para guiar a su Luna al culmen del cielo, ya que creía, que al menos así, con su fuego horadado, se tejerían los fragmentos que le faltarían. Esos que debe, expiar y espiar, en cada rincón orillado por su propia mano y fuerza.

    Pero la Luna no retornó a los cielos; porque con el pisar de las pisadas de cerdas de su propia vigilia, Diomedes la lloró y convocó un conjuro que permitiría que esa niña mujer, mujer niña tocara el cielo siquiera una vez. Y por esta razón que Ifigenia, la barca de las líricas se abre paso en el mar de tinta que retiene la esperanzada de uno, y tan sólo uno, que anheló ser maestro de maestros.
    De su nacimiento.

    https://youtu.be/B6s3q2pbYYk?si=pw-MIVud5twowHQK
    \ Esto es lo que leeré en el recital: \ Paraíso de liebre submarina. Se cuenta, entre tantas danzantes leyendas, que una vez fue creada una Luna por el soplo de una pipa encantada. Y ella al ser ingenua se hallaba inmersa en un océano sin cielo, que engarzaba sus ojos entre las almenaras de sus sigilosos sueños. Ahí y justo ahí, el cielo se encargaba de cuidarla; y peinaba sus cabellos y la consentía y la Luna misma posaba su cabeza en el regazo del imberbe. A ella la había mandado pedir una flor de loto, como deseo de nacimiento, ya que crecía en un lago marchito. Ella no conocía más que el hedor de ese lugar, al que llamaba hogar mismo. Y el lago al ser marchito la volvía siempre egoísta. No reía, sólo codiciaba lo bello. Un día como cualquier otro, la flor de loto contempló hacia arriba, tras verse iluminada y arropada por una luz muy bella, como los rayos que la hacían vislumbrar las profundidades de su propio seno, y, con el ver nacarado de sus ojos, posados en los cabellos de esa doncella de plata, anheló su majestad y su sosiego. Y pidió y pidió y pidió ser criatura corpórea para poder hacerle el amor al menos una vez. Se dice que la flor y la pipa implementaron el tiempo para gobernar ya sus pasos, y, los pasos del loto se hicieron tardes, noches y mañanas. Ya que, al ser la flor más poderosa, construyó un barco para derramar sus sollozos en forma de gotas de sal, como si la sal se esgrimiera en forma y voto por proa desde el augurio de sus lágrimas. Aunaba un plan. Estas le permitieran alcanzar a la luna de su anhelo. Porque el anhelo por tenerla, y el querer tenerla, le hizo maquinar en su quehacer cosas terribles, y se olvidó de pensarla con el bienestar de un ser de noble corazón. Así que pensó, y pensó, y pensó en apagar la luminaria de las estrellas que la acompañaban. Porque las estrellas apagarían el cobijo de su risa y con su Solo de los susurros que, dedicada sólo a ella, una escalera se presentó al tiempo ante sus pies; amorosa y rebelde. Pero también se hizo turbia y deferente. Y la flor se tornó caballero de rigor, pesadilla y desesperanza. Así sucedió que la flor de loto, tocó una ventisca venidera de una lamparilla de hueso que pasaba, por allí y por allá. Una costilla de anciana virtud. Porque de los huesos que contenía el lago en el que descansaba la flor, ahí, y justo allí, al alcanzar la Luna con un beso, desde lejos, la cortó en varias tiras. Y la luna se derramó en casas, océanos y valles, hasta despojarse de su manto coronado. Y de la flor desgraciada y desabrida, emergió una doncella con el crepúsculo bañándole el rostro. Porque había permitido que su luna se presentase en sus aposentos, como ante la sorpresa de la Luna misma. Cayó en sus brazos, y, al tocar su rostro, cuando en el cuándo, leyó en la flor arrepentimiento. Ah, el arrepentimiento siempre es nacido del amor más pudiente, y orilló a ambos a fragmentarse y de sus fragmentos nació el océano de Valeria. El de más peligros y de más maravillas. Y en Valeria, se decía, que todas las cosas sucedían con errados suelos y erradas prosas y prisas, porque ellos cayeron allí y, el todo y la nada se hicieron sendos relojes de oro, bronce y plata. Hasta que, acabados por sus infamias y símiles, el tiempo se detuvo y existió una densa niebla, y, ante la niebla, se dio por presentada al nupcial mundo de la Aurora. Aurora, la Ciudad que nunca de los nunca dormiría. Aurora conmovida le abrió los brazos a la flor de loto hecha caballero, pero, a cambio de devolverle a su Luna le hizo ver su caparazón. Y la hizo llenarla con fuego: el fuego de los relojes. Entonces Valeria y Aurora orillaron a ese nuevo ser, al que llamaron en secreto Diomedes, a otorgarle el tiempo de su destiempo, pues Diomedes era ya santo, pero también anciano. Y entonces Diomedes presentó dos expresiones ante sí mismo. Una de ellas la posó en el cuerpo de la Luna, y, la otra al callarse, sólo hablaría el idioma de las bestias que habitarían, ese, empero nuevo mundo recién descubierto y conocido. Bestias que no lo traicionaron. Así y sólo así, se dice pues que, Diomedes izó el tiempo para que retuviera su soplo de amor, ese no tan verdadero, arropó a su Luna con las cicatrices de ese nuevo paraíso tejedor. Ese que nacía de sus propios dedos pinchados con las agujas de su propio tapizar de destinos. Y en el ahora del Ahora, Diomedes vio su suerte y se echó a llorar pues escapaba de la realidad que es fantasía, para guiar a su Luna al culmen del cielo, ya que creía, que al menos así, con su fuego horadado, se tejerían los fragmentos que le faltarían. Esos que debe, expiar y espiar, en cada rincón orillado por su propia mano y fuerza. Pero la Luna no retornó a los cielos; porque con el pisar de las pisadas de cerdas de su propia vigilia, Diomedes la lloró y convocó un conjuro que permitiría que esa niña mujer, mujer niña tocara el cielo siquiera una vez. Y por esta razón que Ifigenia, la barca de las líricas se abre paso en el mar de tinta que retiene la esperanzada de uno, y tan sólo uno, que anheló ser maestro de maestros. De su nacimiento. https://youtu.be/B6s3q2pbYYk?si=pw-MIVud5twowHQK
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  • La noche en la ciudad nunca es realmente silenciosa, pero para Alberto, el zumbido de los neones y el eco de los motores a lo lejos no eran más que ruido blanco. Estaba allí, apoyado contra el frío metal de una barandilla, pero su mente se encontraba a kilómetros —y años— de distancia.

    Con un movimiento mecánico, casi ritual, se llevó el cigarrillo a los labios. El chasquido del encendedor rompió el aire por un segundo, y la pequeña llama bailó en sus pupilas antes de prender la brasa. Al inhalar, el calor del humo llenó sus pulmones, dándole esa extraña y momentánea sensación de plenitud que el vacío en su pecho le negaba durante el día.

    — Una calada por lo que fue... y otra por lo que no pudo ser —pensó, dejando que el humo escapara lentamente de sus labios.

    Sus ojos, cansados y fijos en un punto indefinido del horizonte iluminado por luces difusas, buscaban un rostro que ya solo existía en su memoria. El peso de los cuernos sobre su frente se sentía más real que nunca, como una corona de verdades amargas que aceptaba llevar. Echar de menos no era un sentimiento punzante para él, sino una presencia constante, como la niebla que se aferraba a los edificios de la ciudad; algo que no podías tocar, pero que lo empapaba todo.

    Cada vez que cerraba los ojos, el olor del tabaco se mezclaba con el recuerdo de un perfume, o el eco de una risa que solía silenciar el caos de la metrópoli. Alberto sabía que la ciudad seguiría girando, indiferente a su luto silencioso, pero en ese rincón de sombra, mientras la ceniza se acumulaba en la punta de su cigarro, él se permitía el lujo de no ser un demonio, ni un mito, ni una amenaza. Solo un hombre que deseaba, por un instante, no tener que encender el siguiente cigarrillo a solas.
    La noche en la ciudad nunca es realmente silenciosa, pero para Alberto, el zumbido de los neones y el eco de los motores a lo lejos no eran más que ruido blanco. Estaba allí, apoyado contra el frío metal de una barandilla, pero su mente se encontraba a kilómetros —y años— de distancia. Con un movimiento mecánico, casi ritual, se llevó el cigarrillo a los labios. El chasquido del encendedor rompió el aire por un segundo, y la pequeña llama bailó en sus pupilas antes de prender la brasa. Al inhalar, el calor del humo llenó sus pulmones, dándole esa extraña y momentánea sensación de plenitud que el vacío en su pecho le negaba durante el día. — Una calada por lo que fue... y otra por lo que no pudo ser —pensó, dejando que el humo escapara lentamente de sus labios. Sus ojos, cansados y fijos en un punto indefinido del horizonte iluminado por luces difusas, buscaban un rostro que ya solo existía en su memoria. El peso de los cuernos sobre su frente se sentía más real que nunca, como una corona de verdades amargas que aceptaba llevar. Echar de menos no era un sentimiento punzante para él, sino una presencia constante, como la niebla que se aferraba a los edificios de la ciudad; algo que no podías tocar, pero que lo empapaba todo. Cada vez que cerraba los ojos, el olor del tabaco se mezclaba con el recuerdo de un perfume, o el eco de una risa que solía silenciar el caos de la metrópoli. Alberto sabía que la ciudad seguiría girando, indiferente a su luto silencioso, pero en ese rincón de sombra, mientras la ceniza se acumulaba en la punta de su cigarro, él se permitía el lujo de no ser un demonio, ni un mito, ni una amenaza. Solo un hombre que deseaba, por un instante, no tener que encender el siguiente cigarrillo a solas.
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  • Cero Absoluto
    Fandom OC
    Categoría Aventura
    El Bosque de los Susurros, lo que anteriormente era un lugar, quizá no seguro, pero no lo suficientemente peligroso para poner en riesgo letal a quien lo atravesara, hasta hace unos días un lugar verde y lleno de vida, iluminado por la luz del sol y con los reflejos del agua de los ríos cegar a cualquiera que quisiera tomar un descanso ahí, ahora lucía diferente, apagado. Ciertamente, parecía en un estado de inalterabilidad. La temperatura había descendido peligrosamente, finas capas de nieve comenzaban a cubrir los árboles y el suelo que los alimentaba. Muchos animales habían corrido a buscar refugios más cálidos, nadie estaba preparado para un invierno tan súbito, los menos afortunados, yacían congelados bajo capas de nieve aún en formación.

    Entre todo el ambiente pálido, se encontraba el joven, cargando una mochila amplia. Un día antes, se había comprometido a ser el proveedor de los alimentos que se requirieran para la excursión, de modo que había preparado variedades de infusiones, mismas que permanecían guardadas en un bolso en su cintura, para mejor accesibilidad.

    Caminó hacia el sendero previamente trazado del bosque, el cual conducía eventualmente hacia la montaña, esperando a que su contraparte llegara.

    - Esto es peor de lo que imaginaba. Hace unos días no dijeron que estuviera así... -

    Meditó por unos instantes, mientras trataba de visualizar el pico más alto de la cima de la montaña, sin embargo, no alcanzaba a distinguir nada, la niebla era tan espesa en ese punto que no se podía apreciar qué había ahí, sin embargo, las señales eran claras.
    El Bosque de los Susurros, lo que anteriormente era un lugar, quizá no seguro, pero no lo suficientemente peligroso para poner en riesgo letal a quien lo atravesara, hasta hace unos días un lugar verde y lleno de vida, iluminado por la luz del sol y con los reflejos del agua de los ríos cegar a cualquiera que quisiera tomar un descanso ahí, ahora lucía diferente, apagado. Ciertamente, parecía en un estado de inalterabilidad. La temperatura había descendido peligrosamente, finas capas de nieve comenzaban a cubrir los árboles y el suelo que los alimentaba. Muchos animales habían corrido a buscar refugios más cálidos, nadie estaba preparado para un invierno tan súbito, los menos afortunados, yacían congelados bajo capas de nieve aún en formación. Entre todo el ambiente pálido, se encontraba el joven, cargando una mochila amplia. Un día antes, se había comprometido a ser el proveedor de los alimentos que se requirieran para la excursión, de modo que había preparado variedades de infusiones, mismas que permanecían guardadas en un bolso en su cintura, para mejor accesibilidad. Caminó hacia el sendero previamente trazado del bosque, el cual conducía eventualmente hacia la montaña, esperando a que su contraparte llegara. - Esto es peor de lo que imaginaba. Hace unos días no dijeron que estuviera así... - Meditó por unos instantes, mientras trataba de visualizar el pico más alto de la cima de la montaña, sin embargo, no alcanzaba a distinguir nada, la niebla era tan espesa en ese punto que no se podía apreciar qué había ahí, sin embargo, las señales eran claras.
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  • Cascadas y Recuerdos
    Categoría Original
    Adrián aparcó el coche al borde del camino de tierra, apagó el motor y se quedó un momento sentado, mirando a través del parabrisas. El sonido del agua cayendo ya se oía desde allí, constante y suave, como un viejo amigo que nunca se cansa de saludar.

    Bajó despacio, cerró la puerta con cuidado y se ajustó la capucha del hoodie negro, aunque no hacía frío. Solo era por costumbre, por sentirse un poco más envuelto en algo familiar.

    Caminó por el sendero estrecho entre los helechos y los rododendros en flor, las zapatillas hundiéndose ligeramente en la tierra húmeda. Cuando llegó al claro, se detuvo justo donde el agua se precipitaba en cascada, blanca y espumosa contra las rocas musgosas. El aire olía a verde mojado, a pino y a recuerdos que no había tocado en años.

    Se quedó de espaldas a la cascada un segundo, con las manos en los bolsillos, mirando el agua caer. Luego sonrió, una sonrisa tranquila y genuina que le llegó hasta los ojos.

    —Joder, mamá… sigues trayéndome aquí aunque ya no estés —murmuró bajito, casi riendo para sí mismo.

    Recordó todo de golpe, como si alguien hubiera pulsado play: él con siete u ocho años, corriendo delante con una rama en la mano haciendo de espada, su madre detrás con la cámara colgando del cuello, riendo porque siempre se le olvidaba quitar el tapón del objetivo. Y su padre —sí, su padre también estaba esa vez, una de las pocas—, con el pelo revuelto por el viento, cargándolo en hombros para que viera mejor el arcoíris que salía en la niebla de la cascada. “Mira, Adri, eso solo pasa cuando el sol y el agua se ponen de acuerdo”, le había dicho, y él se había sentido el rey del mundo.

    No fue un viaje perfecto. Su padre se fue pronto después, y las visitas se acabaron. Pero esa tarde, esa cascada, ese arcoíris… eso se quedó intacto. Alegre. Brillante. Como si el tiempo no hubiera podido tocarlo.

    Adrián sacó la cámara del bolsillo interior del hoodie —la misma que le dejó su madre—, la encendió y apuntó hacia la cascada. Hizo una foto sin mirar la pantalla, solo por instinto. Luego otra, capturando las flores violetas que asomaban entre el verde. Y otra más, de las gotas suspendidas en el aire.
    Bajó la cámara y se sentó en una roca plana, dejando que el ruido del agua le llenara los oídos. No había nadie más allí. Solo él, el bosque y esos recuerdos que, por una vez, no dolían. Solo calentaban.

    —Gracias por traerme aquí, mamá —dijo en voz alta, con una sonrisa torcida pero feliz—. Y gracias a ti también, viejo… por venir esa vez.

    Se quedó un rato más, mirando el agua caer, sintiéndose ligero.
    Como si, por un momento, todo estuviera en su sitio. Luego se levantó, se sacudió las hojas de los pantalones y empezó a caminar de vuelta al coche, silbando una melodía vieja que su madre solía cantar en el viaje de ida.

    La vida seguía siendo corta, pero días como este hacían que valiera la pena vivirla a todo volumen.
    Adrián aparcó el coche al borde del camino de tierra, apagó el motor y se quedó un momento sentado, mirando a través del parabrisas. El sonido del agua cayendo ya se oía desde allí, constante y suave, como un viejo amigo que nunca se cansa de saludar. Bajó despacio, cerró la puerta con cuidado y se ajustó la capucha del hoodie negro, aunque no hacía frío. Solo era por costumbre, por sentirse un poco más envuelto en algo familiar. Caminó por el sendero estrecho entre los helechos y los rododendros en flor, las zapatillas hundiéndose ligeramente en la tierra húmeda. Cuando llegó al claro, se detuvo justo donde el agua se precipitaba en cascada, blanca y espumosa contra las rocas musgosas. El aire olía a verde mojado, a pino y a recuerdos que no había tocado en años. Se quedó de espaldas a la cascada un segundo, con las manos en los bolsillos, mirando el agua caer. Luego sonrió, una sonrisa tranquila y genuina que le llegó hasta los ojos. —Joder, mamá… sigues trayéndome aquí aunque ya no estés —murmuró bajito, casi riendo para sí mismo. Recordó todo de golpe, como si alguien hubiera pulsado play: él con siete u ocho años, corriendo delante con una rama en la mano haciendo de espada, su madre detrás con la cámara colgando del cuello, riendo porque siempre se le olvidaba quitar el tapón del objetivo. Y su padre —sí, su padre también estaba esa vez, una de las pocas—, con el pelo revuelto por el viento, cargándolo en hombros para que viera mejor el arcoíris que salía en la niebla de la cascada. “Mira, Adri, eso solo pasa cuando el sol y el agua se ponen de acuerdo”, le había dicho, y él se había sentido el rey del mundo. No fue un viaje perfecto. Su padre se fue pronto después, y las visitas se acabaron. Pero esa tarde, esa cascada, ese arcoíris… eso se quedó intacto. Alegre. Brillante. Como si el tiempo no hubiera podido tocarlo. Adrián sacó la cámara del bolsillo interior del hoodie —la misma que le dejó su madre—, la encendió y apuntó hacia la cascada. Hizo una foto sin mirar la pantalla, solo por instinto. Luego otra, capturando las flores violetas que asomaban entre el verde. Y otra más, de las gotas suspendidas en el aire. Bajó la cámara y se sentó en una roca plana, dejando que el ruido del agua le llenara los oídos. No había nadie más allí. Solo él, el bosque y esos recuerdos que, por una vez, no dolían. Solo calentaban. —Gracias por traerme aquí, mamá —dijo en voz alta, con una sonrisa torcida pero feliz—. Y gracias a ti también, viejo… por venir esa vez. Se quedó un rato más, mirando el agua caer, sintiéndose ligero. Como si, por un momento, todo estuviera en su sitio. Luego se levantó, se sacudió las hojas de los pantalones y empezó a caminar de vuelta al coche, silbando una melodía vieja que su madre solía cantar en el viaje de ida. La vida seguía siendo corta, pero días como este hacían que valiera la pena vivirla a todo volumen.
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