༒ 𝕻𝖆𝖕𝖆𝖛𝖊𝖗 𝕾𝖔𝖒𝖓𝖎𝖋𝖊𝖗𝖚𝖒.

En la penumbra de una noche sin luna, las calles de la ciudad parecían más estrechas de lo habitual.
La humedad descendía lentamente por los muros de piedra y las ventanas permanecían cerradas a cal y canto, como si los habitantes temieran mirar hacia el exterior. Solo algunas lámparas colgaban fuera de las casas. Moribundas, derramando una luz enfermiza que apenas lograba atravesar la niebla.

Y aun así, alguien caminaba.

El sonido suave de unas botas sobre el empedrado rompía el silencio con una cadencia tranquila, casi adormecedora.
Odette avanzaba entre las sombras con la serenidad de quien no le teme a la noche. Su larga falda rozaba apenas el suelo húmedo mientras pequeños frascos tintineaban bajo su capa. El aroma tenue de hierbas secas y flores amargas parecía seguirla como un perfume fúnebre.

Fue al cruzar una calle angosta cuando lo notó: Una ventana abierta en el tercer piso de una vieja pensión, dentro no había luz, solo una figura inmóvil observando hacia afuera.
La silueta permanecía allí, completamente quieta detrás de las cortinas desgastadas. Ni siquiera parecía respirar.
Entonces la ventana se cerró de golpe.

Odette continuó caminando.
Pero... al doblar la siguiente esquina volvió a verla.

La misma ventana. La misma habitación. La misma figura inmóvil tras el cristal.

Odette se detuvo esta vez.

Sus ojos claros observaron lentamente la fachada del edificio. Las paredes estaban cubiertas de humedad y musgo oscuro. Ninguna luz habitaba el interior. Ni una sola.
El aire olía extraño.
No a cadáver. No a enfermedad.
A flores.
Flores demasiado dulces. Como lirios abandonados durante días junto a un ataúd.

La figura detrás del cristal alzó una mano lentamente y señaló hacia abajo. Hacia la calle.

Odette bajó la mirada.

Había pétalos húmedos sobre el empedrado. Pequeños pétalos blancos dispersos entre los charcos oscuros, perdiéndose hacia un callejón estrecho entre dos edificios antiguos. Un camino.

La ciudad entera parecía guardar silencio mientras ella seguía el rastro paso a paso y sin prisa, hasta llegar al final del callejón.
Allí no había puertas ni ventanas.
Solo un muro de piedra vieja cubierto de raíces secas.

Y en medio de la pared… Una silla.
Una simple silla de madera colocada frente al muro húmedo y encima de ella descansaba un ramo marchito atado con cinta negra.

Odette observó el lugar en silencio.

Después notó algo que hizo que sus dedos se tensaran apenas alrededor de la lámpara.
Los pétalos no estaban sobre el suelo. Salían de las grietas entre las piedras.
Como si algo hubiese florecido detrás del muro.

Entonces escuchó el golpe.
Suave. Del otro lado.

…toc.

Otro más.

…toc.

Lento... Paciente...
Como alguien atrapado tras la pared intentando llamar la atención sin despertar a nadie.

Odette siguió su camino.

Lo que sea que estuviese ahí, paciente... Esperando ser notado... No formaba parte del lugar y no habría rezo o veneno que lo alejase.
༒ 𝕻𝖆𝖕𝖆𝖛𝖊𝖗 𝕾𝖔𝖒𝖓𝖎𝖋𝖊𝖗𝖚𝖒. En la penumbra de una noche sin luna, las calles de la ciudad parecían más estrechas de lo habitual. La humedad descendía lentamente por los muros de piedra y las ventanas permanecían cerradas a cal y canto, como si los habitantes temieran mirar hacia el exterior. Solo algunas lámparas colgaban fuera de las casas. Moribundas, derramando una luz enfermiza que apenas lograba atravesar la niebla. Y aun así, alguien caminaba. El sonido suave de unas botas sobre el empedrado rompía el silencio con una cadencia tranquila, casi adormecedora. Odette avanzaba entre las sombras con la serenidad de quien no le teme a la noche. Su larga falda rozaba apenas el suelo húmedo mientras pequeños frascos tintineaban bajo su capa. El aroma tenue de hierbas secas y flores amargas parecía seguirla como un perfume fúnebre. Fue al cruzar una calle angosta cuando lo notó: Una ventana abierta en el tercer piso de una vieja pensión, dentro no había luz, solo una figura inmóvil observando hacia afuera. La silueta permanecía allí, completamente quieta detrás de las cortinas desgastadas. Ni siquiera parecía respirar. Entonces la ventana se cerró de golpe. Odette continuó caminando. Pero... al doblar la siguiente esquina volvió a verla. La misma ventana. La misma habitación. La misma figura inmóvil tras el cristal. Odette se detuvo esta vez. Sus ojos claros observaron lentamente la fachada del edificio. Las paredes estaban cubiertas de humedad y musgo oscuro. Ninguna luz habitaba el interior. Ni una sola. El aire olía extraño. No a cadáver. No a enfermedad. A flores. Flores demasiado dulces. Como lirios abandonados durante días junto a un ataúd. La figura detrás del cristal alzó una mano lentamente y señaló hacia abajo. Hacia la calle. Odette bajó la mirada. Había pétalos húmedos sobre el empedrado. Pequeños pétalos blancos dispersos entre los charcos oscuros, perdiéndose hacia un callejón estrecho entre dos edificios antiguos. Un camino. La ciudad entera parecía guardar silencio mientras ella seguía el rastro paso a paso y sin prisa, hasta llegar al final del callejón. Allí no había puertas ni ventanas. Solo un muro de piedra vieja cubierto de raíces secas. Y en medio de la pared… Una silla. Una simple silla de madera colocada frente al muro húmedo y encima de ella descansaba un ramo marchito atado con cinta negra. Odette observó el lugar en silencio. Después notó algo que hizo que sus dedos se tensaran apenas alrededor de la lámpara. Los pétalos no estaban sobre el suelo. Salían de las grietas entre las piedras. Como si algo hubiese florecido detrás del muro. Entonces escuchó el golpe. Suave. Del otro lado. …toc. Otro más. …toc. Lento... Paciente... Como alguien atrapado tras la pared intentando llamar la atención sin despertar a nadie. Odette siguió su camino. Lo que sea que estuviese ahí, paciente... Esperando ser notado... No formaba parte del lugar y no habría rezo o veneno que lo alejase.
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