Luana en la orilla
Luana se encontraba tendida sobre la arena tibia, dejando que el sol se mezclara con las gotas saladas que aún resbalaban por su piel. Había llegado ahí después de una larga travesía, buscando un momento para respirar, para escucharse, para volver a sentir que el mundo no giraba demasiado rápido para ella.
Sus ojos, claros y encendidos como un reflejo del mar, permanecían fijos en el horizonte mientras su respiración se estabilizaba poco a poco. Cada exhalación levantaba apenas un poco de arena, como si el propio viento respetara el cansancio que llevaba encima.
Su cabello húmedo caía en mechones sobre su rostro, pegado por el agua y las pequeñas partículas doradas. No era exactamente una pose cómoda, pero a Luana no le importaba. Necesitaba sentir el peso del mundo aflojarse, aunque fuera por unos minutos.
A su lado, los brazaletes dorados tintineaban suavemente con cada movimiento de sus dedos, recordándole quién era, de dónde venía y lo que había logrado resistir.
Había sido un día duro, pero no uno que la derrumbara.
Era más bien un punto de pausa… uno en el que el corazón se tranquilizaba lo suficiente para dejar que los pensamientos se ordenaran.
Luana cerró los ojos un momento.
El viento rozó su mejilla.
Y por primera vez en mucho tiempo, se permitió simplemente estar.
Sin obligaciones.
Sin máscaras.
Solo ella, el mar y la arena abrazándola como un refugio inesperado.
Luana en la orilla
Luana se encontraba tendida sobre la arena tibia, dejando que el sol se mezclara con las gotas saladas que aún resbalaban por su piel. Había llegado ahí después de una larga travesía, buscando un momento para respirar, para escucharse, para volver a sentir que el mundo no giraba demasiado rápido para ella.
Sus ojos, claros y encendidos como un reflejo del mar, permanecían fijos en el horizonte mientras su respiración se estabilizaba poco a poco. Cada exhalación levantaba apenas un poco de arena, como si el propio viento respetara el cansancio que llevaba encima.
Su cabello húmedo caía en mechones sobre su rostro, pegado por el agua y las pequeñas partículas doradas. No era exactamente una pose cómoda, pero a Luana no le importaba. Necesitaba sentir el peso del mundo aflojarse, aunque fuera por unos minutos.
A su lado, los brazaletes dorados tintineaban suavemente con cada movimiento de sus dedos, recordándole quién era, de dónde venía y lo que había logrado resistir.
Había sido un día duro, pero no uno que la derrumbara.
Era más bien un punto de pausa… uno en el que el corazón se tranquilizaba lo suficiente para dejar que los pensamientos se ordenaran.
Luana cerró los ojos un momento.
El viento rozó su mejilla.
Y por primera vez en mucho tiempo, se permitió simplemente estar.
Sin obligaciones.
Sin máscaras.
Solo ella, el mar y la arena abrazándola como un refugio inesperado.