• -Fue enviada por el bunker, llegado a explorar un bosque donde se dijo que había señales de posible asentamiento enemigo.

    Ella al estar sola, tenía prohibido entrar en una pelea, pues de ser enemigos, 12B no tendría ninguna posibilidad de conseguir alguna victoria.

    Suspira y bueno desde que fue hecha siempre a estado sola, era la única de la unidad Yorha qué estaba sola, normalmente siempre se hacían equipo de dos integrantes, pero a ella por alguna razón siempre la hacian hacer misiones sola.

    Bueno al final, ella estaba caminando ese sendero uno de una eterna batalla contra las máquinas y ahora como es de costumbre, debía hacer esa misión sola, levantó la mirada viendo las copas de los árboles, como el sol se colaba entre las ramas, el suave Susurrar el viento, todo parecía algo.. Lleno de calma, paz... Aveces costaba imaginar que vivia en una batalla constante. -
    -Fue enviada por el bunker, llegado a explorar un bosque donde se dijo que había señales de posible asentamiento enemigo. Ella al estar sola, tenía prohibido entrar en una pelea, pues de ser enemigos, 12B no tendría ninguna posibilidad de conseguir alguna victoria. Suspira y bueno desde que fue hecha siempre a estado sola, era la única de la unidad Yorha qué estaba sola, normalmente siempre se hacían equipo de dos integrantes, pero a ella por alguna razón siempre la hacian hacer misiones sola. Bueno al final, ella estaba caminando ese sendero uno de una eterna batalla contra las máquinas y ahora como es de costumbre, debía hacer esa misión sola, levantó la mirada viendo las copas de los árboles, como el sol se colaba entre las ramas, el suave Susurrar el viento, todo parecía algo.. Lleno de calma, paz... Aveces costaba imaginar que vivia en una batalla constante. -
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  • Hace cientos de años, hubo un enfrentamiento feroz entre dos enemigos mortales, la representante del Sol, la luz máxima de los planetas, contra el representante de la oscuridad absoluta.
    Una batalla que se desencadenó cuando la profecía indicaba que el amo de la oscuridad haría su aparición en la Tierra, y que apagaría el Sol y convertiría la Luna en una Luna Roja, para vivir en un eterno eclipse. Sin embargo, la humanidad consiguió adelantarse y decidió invocar en sus tierras, a la Deidad Solar, la única capaz de impedir aquel tal atroz destino, y esto provocó un combate a muerte en quienes por obvias razones, eran enemigos.

    Darakox
    Hace cientos de años, hubo un enfrentamiento feroz entre dos enemigos mortales, la representante del Sol, la luz máxima de los planetas, contra el representante de la oscuridad absoluta. Una batalla que se desencadenó cuando la profecía indicaba que el amo de la oscuridad haría su aparición en la Tierra, y que apagaría el Sol y convertiría la Luna en una Luna Roja, para vivir en un eterno eclipse. Sin embargo, la humanidad consiguió adelantarse y decidió invocar en sus tierras, a la Deidad Solar, la única capaz de impedir aquel tal atroz destino, y esto provocó un combate a muerte en quienes por obvias razones, eran enemigos. [Darakox_DarkGod]
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  • EN UNA DIMENSIÓN ALTERNATIVA

    Judith Thompson alternativa, cayó ante uno de los peores enemigos que es capaz de viajar por Mundos y Dimensiones distintas, Gerkhana Mephisto.

    La Titán es extremadamente poderosa, ella siendo a penas una humana hechicera, se enfrentó a Gerkhana Mephisto con intenciones de que no destruya su Mundo. Sin embargo, con ayuda de varios Dioses Antiguos, y guerreros que sacrificaron su vida, pudo lograr hacerle un daño extraordinario que obligaría a Gerkhana Mephisto volver a dormirse por años.

    — No... no dejaré que... Agh! —. Soltaba quejidos de dolor.

    — ...destruyas nuestro Mundo... has... perdido. —

    Decía Judith estando totalmente debilidatada, comenzaba a toser producto del desgaste y los ataques por parte de La Titán Oscura.
    EN UNA DIMENSIÓN ALTERNATIVA Judith Thompson alternativa, cayó ante uno de los peores enemigos que es capaz de viajar por Mundos y Dimensiones distintas, [echo_lime_hawk_971]. La Titán es extremadamente poderosa, ella siendo a penas una humana hechicera, se enfrentó a Gerkhana Mephisto con intenciones de que no destruya su Mundo. Sin embargo, con ayuda de varios Dioses Antiguos, y guerreros que sacrificaron su vida, pudo lograr hacerle un daño extraordinario que obligaría a Gerkhana Mephisto volver a dormirse por años. — No... no dejaré que... Agh! —. Soltaba quejidos de dolor. — ...destruyas nuestro Mundo... has... perdido. — Decía Judith estando totalmente debilidatada, comenzaba a toser producto del desgaste y los ataques por parte de La Titán Oscura.
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  • Noche sangrienta
    Fandom Cualquiera
    Categoría Acción
    Judith Thompson, ha localizado la ubicación de Shiori Novella, gracias a absorber la energía de la Miembro del Consejo Fauna, y nuevamente ha decidido utilizar sus poderes para ocasionar caos y destrucción, con ayuda de muchas entidades demoníacas que ella trajo al Mundo, esta vez promete vengarse.

    Mientras tanto, al hacer uso de sus poderes y de generar un desastre con ayuda de sus entidades, llamó poderosamente la atención, propensa a que cualquiera de sus enemigos intervengan, incluyendo las mismas Miembros del Consejo, sin embargo, esto más que alarmarla, es algo que quiere, enfrentarse a ellas, es su mayor objetivo antes de Conquistar la Tierra.

    Pero su ocupación principal era encontrarse con Shiori y Fauna, entonces distintos ataques al azar provocaron que uno acierte a uno de los apartamentos rentados por la Archivista, y era exactamente el mismo dónde estarían ocultas, y esto las obliga a salir al exterior sólo para encontrarse con una ciudad en caos, pero allí está, La Princesa del Inframundo preparada para el enfrentamiento que más esperó. Por otro lado, sintió la presencia de Aikaterine, rival que Judith Thompson estaba esperando.

    Aikaterine Ouro
    Shiori Novella
    Fauna
    Judith Thompson, ha localizado la ubicación de Shiori Novella, gracias a absorber la energía de la Miembro del Consejo Fauna, y nuevamente ha decidido utilizar sus poderes para ocasionar caos y destrucción, con ayuda de muchas entidades demoníacas que ella trajo al Mundo, esta vez promete vengarse. Mientras tanto, al hacer uso de sus poderes y de generar un desastre con ayuda de sus entidades, llamó poderosamente la atención, propensa a que cualquiera de sus enemigos intervengan, incluyendo las mismas Miembros del Consejo, sin embargo, esto más que alarmarla, es algo que quiere, enfrentarse a ellas, es su mayor objetivo antes de Conquistar la Tierra. Pero su ocupación principal era encontrarse con Shiori y Fauna, entonces distintos ataques al azar provocaron que uno acierte a uno de los apartamentos rentados por la Archivista, y era exactamente el mismo dónde estarían ocultas, y esto las obliga a salir al exterior sólo para encontrarse con una ciudad en caos, pero allí está, La Princesa del Inframundo preparada para el enfrentamiento que más esperó. Por otro lado, sintió la presencia de Aikaterine, rival que Judith Thompson estaba esperando. [Mercenary1x] [specter_copper_horse_768] [Fauna_Nature]
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
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  • Nuevo Sol
    Categoría Drama
    - 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝐸𝑙𝑒𝑎𝑛𝑜𝑟 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖

    Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro.
    Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida.

    Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe.

    Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder.
    En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo.

    —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos.

    Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación.
    El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas.

    El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja.
    —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo.
    Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente.
    La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta.

    Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada.

    El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco.
    La seguridad es un hábito que no se pierde.
    El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto.
    Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto.
    No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad.

    Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto.
    Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor.
    —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
    👥 - [vision_fuchsia_rabbit_825] 🔥 Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro. Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida. Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe. Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder. En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo. —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos. Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación. El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas. El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja. —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo. Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente. La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta. Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada. El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco. La seguridad es un hábito que no se pierde. El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto. Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto. No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad. Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto. Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor. —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
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  • *Sentado en el borde de un barranco tomando mi refresco mientras descansaba un poco del entrenamiento, me había metido en el juego de Final Fantasy XXV MMO en una de las zonas de máximo nivel para enfrentarme contra los enemigos más fuertes del juego, así practicaría mis habilidades ya que después de tanto tiempo estaba algo oxidado y si quería cumplir mi meta tenía que dejar de estar durmiéndome en los laureles*

    Bueno… suficiente descanso por ahora… hora de continuar con el entrenamiento.

    *Me levante dejando mitad de mis pies en el aire del barranco viendo a lo lejos como spawneaba varios enemigos junto con el jefe de zona, hice aparecer puesta mi armadura y sujetando mi martillo a dos manos con una conseguida después de muchas horas de farmeo, aunque el set no había sido conseguido en el juego que estaba si no en otro llamado Monster Hunter, con una leve sonrisa (aunque no se viera por el casco) salte bastante alto para caer cual meteorito en la zona del jefe y así comenzar el evento de jefe estando yo solo*
    *Sentado en el borde de un barranco tomando mi refresco mientras descansaba un poco del entrenamiento, me había metido en el juego de Final Fantasy XXV MMO en una de las zonas de máximo nivel para enfrentarme contra los enemigos más fuertes del juego, así practicaría mis habilidades ya que después de tanto tiempo estaba algo oxidado y si quería cumplir mi meta tenía que dejar de estar durmiéndome en los laureles* Bueno… suficiente descanso por ahora… hora de continuar con el entrenamiento. *Me levante dejando mitad de mis pies en el aire del barranco viendo a lo lejos como spawneaba varios enemigos junto con el jefe de zona, hice aparecer puesta mi armadura y sujetando mi martillo a dos manos con una conseguida después de muchas horas de farmeo, aunque el set no había sido conseguido en el juego que estaba si no en otro llamado Monster Hunter, con una leve sonrisa (aunque no se viera por el casco) salte bastante alto para caer cual meteorito en la zona del jefe y así comenzar el evento de jefe estando yo solo*
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  • *Después de mucho tiempo de investigación me había tocado ir a las ubicaciones donde se alojaban aquel proyecto que me tenía ausente durante tanto tiempo....*

    *La biblioteca familiar fue un buen lugar para poder comenzar a buscar los orígenes de la magia que lo reino todo en su tiempo*

    *Mí cuerpo está gastado y aquellos enemigos desaparecen pero debo seguir... Voy a romper el ciclo... Nunca más nunca más me quedaré sin poder solucionar algo*

    *La magia que lo controlo todo será mía... Mis estudios también me llevarán a eso la sangre que corre en mis venas es fuerte y aquellos que me han entrenado también... Es un viaje que debo seguir solo y solo así podré volver con los resultados*

    *Algo que he aprendido es que no importa a veces que la magia sea fuerte sino el uso que le das... Este collar es prueba de eso... Y sus runas también*

    *Después de mucho tiempo de investigación me había tocado ir a las ubicaciones donde se alojaban aquel proyecto que me tenía ausente durante tanto tiempo....* *La biblioteca familiar fue un buen lugar para poder comenzar a buscar los orígenes de la magia que lo reino todo en su tiempo* *Mí cuerpo está gastado y aquellos enemigos desaparecen pero debo seguir... Voy a romper el ciclo... Nunca más nunca más me quedaré sin poder solucionar algo* *La magia que lo controlo todo será mía... Mis estudios también me llevarán a eso la sangre que corre en mis venas es fuerte y aquellos que me han entrenado también... Es un viaje que debo seguir solo y solo así podré volver con los resultados* *Algo que he aprendido es que no importa a veces que la magia sea fuerte sino el uso que le das... Este collar es prueba de eso... Y sus runas también*
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  • Atlantis la ciudad perdida
    Fandom Devil May Cry y hazbin hotel
    Categoría Otros
    ꧁༒☬𝓐𝓛𝓐𝓢𝓣𝓞𝓡 𝓡𝓔𝓓 𝓓𝓔𝓜𝓞𝓝 𝓞𝓥𝓔𝓡𝓛𝓞𝓡𝓓☬༒꧂

    Las profundidades del océano guardaban un silencio solemne aquella noche, apenas interrumpido por el canto lejano de las corrientes y el resplandor azul de los cristales ancestrales que mantenían viva a Atlantis. En lo más alto del palacio submarino, Vergil Sparda permanecía de pie frente a un enorme ventanal de coral translúcido, observando la ciudad que había jurado proteger.
    Desde la muerte de Dante, caído en batalla defendiendo las fronteras del reino, el peso de Atlantis había recaído únicamente sobre sus hombros. Ya no era solo el príncipe… era el escudo, la espada y la última esperanza. Su porte era firme, su mirada fría como las aguas abisales, pero en el fondo de su corazón se agitaba una tormenta silenciosa.
    Detrás de él, en la cámara real, el rey Sparda yacía reclinado sobre un trono adaptado a su frágil estado. La enfermedad había consumido gran parte de su fuerza, aquella que alguna vez hizo temblar a los enemigos del mar y de la superficie.

    —Atlantis necesita más que un guerrero… —había dicho el rey con voz cansada—. Necesita un gobernante completo. Un rey… y una reina a su lado. Alguien que te guíe cuando la guerra nuble tu juicio.

    Vergil había apretado los puños.
    —No necesito a nadie —respondió con firmeza—. Mientras respire, Atlantis estará a salvo. No me casaré por deber.

    El rey no insistió más, pero la preocupación quedó flotando en el agua, tan pesada como el destino mismo.

    Lo que Vergil no sabía era que, muy lejos de allí, en la superficie, antiguos mecanismos atlantes habían despertado tras siglos de silencio. Portales olvidados, mapas prohibidos… y viajeros de otros mundos que se acercaban peligrosamente al reino oculto. Entre ellos, un hombre de mente brillante y mirada inquietante: Alastor, un científico cuya curiosidad estaba a punto de chocar con los secretos más antiguos de Atlantis.
    Las corrientes comenzaron a cambiar.
    Y el destino del príncipe, aunque él aún no lo sabía, estaba a punto de desviarse para siempre.
    [Alastor_rabbit] Las profundidades del océano guardaban un silencio solemne aquella noche, apenas interrumpido por el canto lejano de las corrientes y el resplandor azul de los cristales ancestrales que mantenían viva a Atlantis. En lo más alto del palacio submarino, Vergil Sparda permanecía de pie frente a un enorme ventanal de coral translúcido, observando la ciudad que había jurado proteger. Desde la muerte de Dante, caído en batalla defendiendo las fronteras del reino, el peso de Atlantis había recaído únicamente sobre sus hombros. Ya no era solo el príncipe… era el escudo, la espada y la última esperanza. Su porte era firme, su mirada fría como las aguas abisales, pero en el fondo de su corazón se agitaba una tormenta silenciosa. Detrás de él, en la cámara real, el rey Sparda yacía reclinado sobre un trono adaptado a su frágil estado. La enfermedad había consumido gran parte de su fuerza, aquella que alguna vez hizo temblar a los enemigos del mar y de la superficie. —Atlantis necesita más que un guerrero… —había dicho el rey con voz cansada—. Necesita un gobernante completo. Un rey… y una reina a su lado. Alguien que te guíe cuando la guerra nuble tu juicio. Vergil había apretado los puños. —No necesito a nadie —respondió con firmeza—. Mientras respire, Atlantis estará a salvo. No me casaré por deber. El rey no insistió más, pero la preocupación quedó flotando en el agua, tan pesada como el destino mismo. Lo que Vergil no sabía era que, muy lejos de allí, en la superficie, antiguos mecanismos atlantes habían despertado tras siglos de silencio. Portales olvidados, mapas prohibidos… y viajeros de otros mundos que se acercaban peligrosamente al reino oculto. Entre ellos, un hombre de mente brillante y mirada inquietante: Alastor, un científico cuya curiosidad estaba a punto de chocar con los secretos más antiguos de Atlantis. Las corrientes comenzaron a cambiar. Y el destino del príncipe, aunque él aún no lo sabía, estaba a punto de desviarse para siempre.
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  • Dilo, anciano.
    Dilo.
    ¿"Bien hecho, hijo"?
    ¿"Lo siento"?
    ¿"Te fallé"?
    Por favor, nada de eso.
    Lo que tienes que decir es simple:
    "Jason, tenías razón. Yo estaba equivocado."
    Eres tan culpable de las muertes como todos tus enemigos.
    Dilo, anciano. Dilo. ¿"Bien hecho, hijo"? ¿"Lo siento"? ¿"Te fallé"? Por favor, nada de eso. Lo que tienes que decir es simple: "Jason, tenías razón. Yo estaba equivocado." Eres tan culpable de las muertes como todos tus enemigos.
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  • Una armadura que yo mismo creé... Para uno de mis viajes en el futuro y poder luchar contra mis enemigos.
    Una armadura que yo mismo creé... Para uno de mis viajes en el futuro y poder luchar contra mis enemigos.
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