Zelkova hollaba una vasta comarca nivosa, con los brazos ceñidos al torso en vano intento de conservar el calor. La ventisca, feroz e inclemente, le flagelaba el semblante con millares de agujas de escarcha, mientras el horizonte desaparecía tras un velo blanquecino e inescrutable. Cada paso se hundía en la nieve hasta las pantorrillas, y toda senda parecía haberse desvanecido bajo el manto invernal. Entrecerrando los ojos para resistir el embate del temporal, murmuró con voz fatigada:
●Realmente he extraviado el derrotero... ¿Es acaso éste mi castigo divino?
Sus palabras fueron engullidas por el ulular del vendaval. Solo, rodeado por aquella inmensidad alba y desolada, Zelkova continuó avanzando a tientas, como un peregrino errabundo condenado a vagar por un páramo sin fin.
●Realmente he extraviado el derrotero... ¿Es acaso éste mi castigo divino?
Sus palabras fueron engullidas por el ulular del vendaval. Solo, rodeado por aquella inmensidad alba y desolada, Zelkova continuó avanzando a tientas, como un peregrino errabundo condenado a vagar por un páramo sin fin.
Zelkova hollaba una vasta comarca nivosa, con los brazos ceñidos al torso en vano intento de conservar el calor. La ventisca, feroz e inclemente, le flagelaba el semblante con millares de agujas de escarcha, mientras el horizonte desaparecía tras un velo blanquecino e inescrutable. Cada paso se hundía en la nieve hasta las pantorrillas, y toda senda parecía haberse desvanecido bajo el manto invernal. Entrecerrando los ojos para resistir el embate del temporal, murmuró con voz fatigada:
●Realmente he extraviado el derrotero... ¿Es acaso éste mi castigo divino?
Sus palabras fueron engullidas por el ulular del vendaval. Solo, rodeado por aquella inmensidad alba y desolada, Zelkova continuó avanzando a tientas, como un peregrino errabundo condenado a vagar por un páramo sin fin.
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