Era una noche bastante bonita, pese a la ligera neblina y la escasa nubosidad, la luna se podía ver en todo su esplendor, era una noche que el realmente no podía ignorar, sobre todo porque ese clima le era nostálgico. El último día que tuvo de libertad absoluta, la noche del lugar donde se encontraba la biblioteca de los Dioses Arquetípicos, era todo tan similar, que podría pensar que volvió en el tiempo, el único detalle que lo mantenía centrado de que eso no había pasado, era que al observar su mano, podía ver la transparencia que su cuerpo poseía, como por mas que este usara energía para manifestarse, no podía realmente estar ahí, esa realización era en cierta medida deprimente, pero el peso de esas emociones era aun mayor cuando recordaba esa maldición, esa macabra e innecesaria maldición que sus captores le pusieron, la locura que causaba el mero hecho de estar en presencia de él, una locura que por mas que intentara reducir los efectos, no lo lograba del todo, causando que la gente tuviera rechazo hacia su ser, lo único que podía contener ese remanente de poder eran los cadáveres.

Ya en cierta medida estaba harto de usar cadáveres para poder moverse en la tierra, aunque los tiempos cambiaban, los cadáveres seguirían descomponiéndose, causando un aroma desagradable y delator, las pieles que poco a poco se caían al roce con cualquier objeto, la sangre podrida como un aceite espeso y negro, el hecho de que ante el más mínimo impacto las partes de los cadáveres se cayeran sin posibilidad de arreglarlos. Era obligatorio para él rotar de cuerpos todo el tiempo, esperar que no lo destrozaran antes de salir de este, cosa de poder continuar su rumbo.

El hecho de también depender de una persona para poder manifestarse era otra de las espinas que le molestaba, como si esa persona moría, era inmediatamente regresado a Carcosa, aunque no tenia nada contra su reino, se había vuelto aburrido, siempre que llegaba una nueva alma ahí, Hastur los recibía con mucha emoción, puesto a que un nuevo ocupante significaba nuevo conocimiento y punto de vista.

Él sabía que no era como los otros Dioses Primigenios, si bien fue concebido por Yog-Sothoth, el carecía de poder, a diferencia de su progenitor y hermanos, esa era la razón por los que los Dioses Arquetípicos lo habían escogido como guardián de la biblioteca de ellos, pero en momentos así, no era fácil controlar la pregunta que le plago por mucho tiempo después de que fuese encerrado, ¿A caso su existencia era un error? ¿Por qué de todos los Dioses Primigenios, él no había nacido con un poder que le permitiera hacer lo que quisiera? Todo su poder se lo debía a sí mismo, todo el tiempo que paso leyendo en la librería de los Dioses Arquetípicos, como él se enseñaba magia, como aprendió a manipular la alquimia, todo el conocimiento que poseía pensó que eso le seria suficiente, pero había un vacío que no podía explicar, un vacío que se acrecentó conforme pasaba su penitencia en Carcosa.

En ese momento un cuervo grazno, sacándolo de sus pensamientos, odiaba las noches así, esos pensamientos, o ¿Realmente las odiaba por eso? ¿O era otra cosa lo que le hacia odiar estas noches? No importaba cuanto conocimiento poseyera, cuantos libros leyera, esa respuesta nunca llegaba.

—¿Qué diría “él” si me viera en estos momentos? —

Había venido con la intención de robar un cuerpo, pero ahora no tenia ganas de eso, por lo que se sentó en una de las bancas que había por ahí, viendo la luna, aunque no tuviera rostro, se podía sentir la melancolía, como si unos ojos invisibles delataran lo que pensaba.
Era una noche bastante bonita, pese a la ligera neblina y la escasa nubosidad, la luna se podía ver en todo su esplendor, era una noche que el realmente no podía ignorar, sobre todo porque ese clima le era nostálgico. El último día que tuvo de libertad absoluta, la noche del lugar donde se encontraba la biblioteca de los Dioses Arquetípicos, era todo tan similar, que podría pensar que volvió en el tiempo, el único detalle que lo mantenía centrado de que eso no había pasado, era que al observar su mano, podía ver la transparencia que su cuerpo poseía, como por mas que este usara energía para manifestarse, no podía realmente estar ahí, esa realización era en cierta medida deprimente, pero el peso de esas emociones era aun mayor cuando recordaba esa maldición, esa macabra e innecesaria maldición que sus captores le pusieron, la locura que causaba el mero hecho de estar en presencia de él, una locura que por mas que intentara reducir los efectos, no lo lograba del todo, causando que la gente tuviera rechazo hacia su ser, lo único que podía contener ese remanente de poder eran los cadáveres. Ya en cierta medida estaba harto de usar cadáveres para poder moverse en la tierra, aunque los tiempos cambiaban, los cadáveres seguirían descomponiéndose, causando un aroma desagradable y delator, las pieles que poco a poco se caían al roce con cualquier objeto, la sangre podrida como un aceite espeso y negro, el hecho de que ante el más mínimo impacto las partes de los cadáveres se cayeran sin posibilidad de arreglarlos. Era obligatorio para él rotar de cuerpos todo el tiempo, esperar que no lo destrozaran antes de salir de este, cosa de poder continuar su rumbo. El hecho de también depender de una persona para poder manifestarse era otra de las espinas que le molestaba, como si esa persona moría, era inmediatamente regresado a Carcosa, aunque no tenia nada contra su reino, se había vuelto aburrido, siempre que llegaba una nueva alma ahí, Hastur los recibía con mucha emoción, puesto a que un nuevo ocupante significaba nuevo conocimiento y punto de vista. Él sabía que no era como los otros Dioses Primigenios, si bien fue concebido por Yog-Sothoth, el carecía de poder, a diferencia de su progenitor y hermanos, esa era la razón por los que los Dioses Arquetípicos lo habían escogido como guardián de la biblioteca de ellos, pero en momentos así, no era fácil controlar la pregunta que le plago por mucho tiempo después de que fuese encerrado, ¿A caso su existencia era un error? ¿Por qué de todos los Dioses Primigenios, él no había nacido con un poder que le permitiera hacer lo que quisiera? Todo su poder se lo debía a sí mismo, todo el tiempo que paso leyendo en la librería de los Dioses Arquetípicos, como él se enseñaba magia, como aprendió a manipular la alquimia, todo el conocimiento que poseía pensó que eso le seria suficiente, pero había un vacío que no podía explicar, un vacío que se acrecentó conforme pasaba su penitencia en Carcosa. En ese momento un cuervo grazno, sacándolo de sus pensamientos, odiaba las noches así, esos pensamientos, o ¿Realmente las odiaba por eso? ¿O era otra cosa lo que le hacia odiar estas noches? No importaba cuanto conocimiento poseyera, cuantos libros leyera, esa respuesta nunca llegaba. —¿Qué diría “él” si me viera en estos momentos? — Había venido con la intención de robar un cuerpo, pero ahora no tenia ganas de eso, por lo que se sentó en una de las bancas que había por ahí, viendo la luna, aunque no tuviera rostro, se podía sentir la melancolía, como si unos ojos invisibles delataran lo que pensaba.
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