El orfanato olía a humedad, desde que Yoshitaka tiene memoria había sido así.
Las paredes sudaban agua, la ropa nunca terminaba de secarse del todo y por toda la casa estaba ese olor dulzón de leche en polvo mal disuelta que solían darle a los mas pequeños. Las goteras sonaban como un metrónomo durante las noches de tormenta, y las grietas en el yeso dibujaban mapas que a veces Yoshitaka fingía que era un mapa del tesoro en un intento por alegrar a los mas pequeños.
Más niños significaban más dinero. Esa era la ecuación simple que regía sus vidas, el hombre que los había acogido amontonaba cuerpos como... cómo si fueran simples objetos sin valor.
Para ese entonces, Yoshitaka es el mayor, con solo dieciséis años.
Los siguientes tenían doce, once, nueve. Luego los pequeños, los que aún no sabían atarse los zapatos ni pedir por favor. Y detrás de todos, los bebés que llegaban y se iban como estaciones, algunos durando semanas, otros meses, antes de ser trasladados a algún lugar que Yoshitaka imaginaba mejor solo para poder dormir por las noches.
Los golpes del día anterior no habían sido normales.
Normal era un puñetazo mal dirigido, un manotazo en la nuca, un empujón escaleras abajo. Normal era el dolor sordo que se convertía en moratón y luego en recuerdo. Pero lo de ayer había sido diferente. La mano del hombre había cerrado el puño con una intención que Mine conocía bien, la intención de dañar y no de castigar, y había caído una y otra vez sobre su espalda, sus costillas, sus brazos levantados en un intento inútil de proteger su cara.
Faltaba dinero.
Esa había sido la excusa, siempre había una excusa. A veces era un plato roto, a veces un niño que lloraba demasiado, a veces la mirada de Yoshitaka, que según el hombre ❛ siempre estaba juzgando ❜ . Pero la verdad era que la subvención había llegado tarde, que las facturas se acumulaban, que el alcohol que el hombre bebía cada noche no se pagaba solo.
Cuando el hombre se fue maldiciendo y la puerta se cerró con un golpe que hizo temblar las paredes, Yoshitaka caminó hasta la litera más alejada, la suya, la que compartía con dos hermanos pequeños que ya estaban dormidos, y se dejó caer sobre la fina colchoneta.
Ahí, en la oscuridad, con el ronquido de los niños pequeños y el olor a humedad, Yoshitaka sollozó. Apretó la almohada contra su cara para que nadie lo oyera, y deseó, con una claridad que le daba miedo, no despertar al día siguiente.
Cuando el pensamiento se formó en su cabeza, Yoshitaka abrió los ojos de par en par en la oscuridad.
𝘘𝘶𝘦́ 𝘢𝘴𝘤𝘰 𝘥𝘦 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢 𝘴𝘰𝘺, pensó, con las mejillas aún mojadas. 𝘘𝘶𝘦́ 𝘢𝘴𝘤𝘰 𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳 𝘦𝘴𝘰 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘭𝘭𝘰𝘴 𝘮𝘦 𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯.
Porque esa era la verdad. Ellos lo necesitaban. Los pequeños que aún mojaban la cama y a los que Yoshitaka cambiaba las sábanas sin hacer comentarios. La niña que estaba aprendiendo a hablar y que solo repetía las palabras cuando era él quien se las decía. El chico de doce años que ya estaba aprendiendo a mantener la cabeza alta aunque le temblara.
Eran como sus hijitos.
El adolescente no sabía cómo ponerlo en palabras, porque a los dieciséis años nadie le había enseñado ese vocabulario. Solo sabía que cuando el hombre se acercaba a alguno de los más pequeños, sus piernas se movían solas para ponerse en medio. Solo sabía que cuando lloraban por la noche, era su mano la que buscaba las suyas bajo las mantas. Solo sabía que cuando alguien tenía hambre, él distribuía su propia ración en porciones más pequeñas para que alcanzara para todos.
Aquella mañana, cuando finalmente logró levantarse, sus piernas temblaban.
Ya había tres niños despiertos, sentados en el suelo como pajaritos en una rama, esperando. Sus ojos se iluminaron cuando lo vieron, a pesar de su cara, a pesar de la cojera, a pesar de todo.
❛ Yoshi-kun, hoy tenemos hambre ❜ dijo la más pequeña, tirando de su camiseta con dedos diminutos.
Yoshitaka se arrodilló con esfuerzo, las rodillas le dolían, todo le dolía, y le dio un beso en la frente.
❛ Vamos a comer como Dios manda hoy, ❜ dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía ❛ ¡Tengo carne! ❜
No era cierto. No tenía nada de carne. Pero sabía de un puesto en el mercado que a veces tiraba los recortes al final del día, y si corría rápido y sonreía con su labio partido, quizás la señora se apiadaría de él otra vez.
⊹ ︶︶ ୨୧ ︶︶ ⊹
Faltaban tres meses para que Yoshitaka cumpliera dieciocho años.
Noventa días. Después podría firmar papeles, alquilar un cuarto, conseguir trabajo de verdad, no de esos turnos en el mercado donde le pagaban con recortes de carne y miserias. Noventa días y podría llevarse a los pequeños a algún sitio seguro.
Esa noche, el hombre había bebido más de la cuenta.
El olor a licor barato lo golpeó antes de que pudiera ver nada. Los niños estaban todos apilados en un rincón, callados demostrando que estaban aterrados, y en el centro del salón el hombre sujetaba a Takeshi por el brazo.
Takeshi tenía once años. Era el más silencioso de todos, el que mojaba la cama y escondía las sábanas antes de que nadie pudiera verlas, el que tenía los ojos demasiado grandes para su cara y las manos que no dejaban de temblar, como si su cuerpo hubiera aprendido solo, sin que nadie le enseñara, que el mundo era un lugar lleno de golpes inesperados.
El cinturón ya estaba desabrochado, el cuero doblado en dos entre sus dedos.
Mine vio la mano levantarse.
Yoshitaka era un chico que pesaba cada decisión antes de tomarla, que sabía perfectamente lo que significaba enfrentarse al hombre, lo que costaba, lo que se perdía. Pero en ese momento no hubo nada de eso. Solo estaba el cuerpo pequeño de Takeshi y su propia mano moviéndose sola, antes de que su cabeza pudiera decirle que se detuviera.
Agarró la muñeca del hombre en el aire.
Yoshitaka sintió el brazo del hombre tensarse bajo sus dedos. La carne caliente, el músculo apretado. La suya propia era piel sobre hueso, pero no soltó.
❛ No, ❜ dijo, y su propia voz le sonó extraña, como si viniera de más lejos de lo que era. ❛ No vas a golpearlo, ya no más. ❜
El hombre lo miró de verdad por primera vez en años, con esos ojos inyectados en sangre que lo recorrieron de arriba a abajo, el rostro golpeado, el cuerpo flaco, las manos huesudas aferradas a su muñeca.
❛ ¿Qué has dicho? ❜
❛ Que no. ❜ Yoshitaka apretó los dientes. Las costillas le protestaban, los moratones del día anterior ardían debajo de la camiseta. ❛ Si quieres golpear a alguien aquí estoy yo. Pero a él no. A ninguno de ellos. ❜
Esta vez no terminó de la misma manera.
Cuando el hombre se detuvo, jadeando, con la cara enrojecida por el esfuerzo y el alcohol, señaló la puerta con un dedo que le temblaba.
❛ Fuera ❜
Yoshitaka parpadeó. ❛ ¿Qué? ❜
❛ Que te largues de mi casa. No quiero verte más. ❜ Escupió en el suelo. ❛ Les llenas la cabeza de ideas. Te crees mejor que yo, ¿verdad? A ver cómo te va en la calle. ❜
Yoshitaka miró a los niños. Algunos lloraban sin ruido, otros tenían los ojos vidriosos. La niña pequeña, la del cabello oscuro que siempre le tiraba de la camiseta por las mañanas, abrió la boca para decir algo, pero uno de los mayores le tapó la boca con la mano. Porque sabían. Sabían que despedirse lo empeoraría todo, que Yoshitaka se iba y que ninguno de ellos podía cambiar eso.
Sus piernas se movieron solas, igual que antes su mano. Cruzó la habitación, cruzó el umbral, sin mirar atrás, porque si miraba se rompía, y romperse era un lujo que no existía cuando no tenía nada más que a sí mismo.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Mine se quedó en la calle con la camiseta rota y la sangre seca en los labios y el eco de los niños resonándole dentro. Caminó hasta que las piernas le fallaron y se sentó contra la pared exterior del edificio, abrazándose las rodillas, y lloró sin hacer ruido, porque eso también lo había aprendido ahí dentro, que llorar en voz alta era algo que no podía permitirse.
Se prometió que volvería. Que sería alguien. Que los sacaría de ahí a todos.
⊹ ︶︶ ୨୧ ︶︶ ⊹
Cuatro años, Yoshitaka contó cada día con paciencia, examen por examen, semana por semana, cada hora extra que realizó el primer mes apenas tuvo trabajo.
Cuando recibió el primer sueldo de verdad, no compró nada para él. Llenó una caja con libros para los mayores, cuadernos para colorear para los pequeños, caramelos envueltos en papel brillante, y unos zapatos que le parecieron del número correcto para Haruka, aunque cuatro años eran muchos años y los pies de los niños no esperan a nadie.
Se vistió con lo más casual que tenía. No quería llegar como un adulto de visita oficial, con ese porte de traje y corbata que hacía que los niños se asustaran. Quería que lo reconocieran... necesitaba que lo reconocieran, aunque fuera por la forma de caminar, aunque fuera por la voz.
El tren tardó cuatro horas en llegar a su destino. Pensó en Takeshi, que ahora tendría quince años y probablemente ya no mojaba la cama pero seguiría teniendo esas manos que no sabían dónde ponerse. Pensó en Haruko, seis años cuando él se fue, diez ahora, y esperó que todavía tirara de las mangas de la gente para hacerse notar.
El barrio seguía siendo el mismo barrio. Los postes de electricidad inclinados hacia la derecha, la tienda de la esquina con el letrero descolorido, las mismas calles estrechas donde los coches tenían que subir a la acera para cruzarse. Mine caminó con las manos en los bolsillos y la caja bajo el brazo y el corazón latíéndole demasiado arriba, casi en la garganta. ❛ Todo va a estar bien, ❜ se dijo. Dobló la esquina.
Y se paró.
Donde había estado el orfanato había un solar vacío. Tierra removida, cascotes, un cartel de SE VENDE oxidado que se movía con el viento. Nada más. Mine parpadeó como si el problema fuera de sus ojos, como si bastara con enfocar mejor para que los ladrillos volvieran a su sitio y la puerta azul apareciera y alguien abriera desde dentro.
La caja se le cayó de los brazos.
Se sentó en el bordillo de la acera y se dejó caer, con la espalda doblada y los codos sobre las rodillas, incapaz de sostener el peso del cuerpo solo con las piernas. La mochila quedó en el suelo y los caramelos seguían dispersos.
Mine se abrazó. Los brazos rodeando su propio torso, los dedos apretando la tela de la sudadera gris hasta que los nudillos se pusieron blancos. Era el abrazo de alguien que no tiene a nadie que lo abraza y lleva demasiado tiempo sabiéndolo.
El llanto cuando llegó no fue silencioso; No fue ese llanto apretado contra la almohada que había perfeccionado de niño . Fue un llanto desorganizado, de garganta, que dolía al salir y dejaba un sabor metálico en los labios. Los hombros le temblaron, la respiración se le fue en pedazos. Las lágrimas le mojaron la mejilla y la manga de la sudadera y no hizo nada por detenerlas porque ya no le quedaban fuerzas para eso.
Lloró por los que pasaron por ese sitio antes de que él llegara y después de que él se fuera, los que encontraron algo y los que no encontraron nada y los que nunca sabrá cómo les fue.
Lloró por él mismo, por el chico de diecisiete que se fue con el cuerpo lleno de moretones prometiéndose volver, que construyó algo desde la nada durante cuatro años pensando que eso era suficiente, que llegar con los brazos llenos de cosas simples y buenas intenciones era suficiente. No lo era.
Un mes. Le dijeron después, un vecino que lo reconoció y tuvo la compasión suficiente para contarle. El orfanato había cerrado un mes después de que lo echaran. Un mes. Si hubiera esperado. Si no hubiera levantado la mano aquella noche. Si hubiera aguantado treinta días más.
Las paredes sudaban agua, la ropa nunca terminaba de secarse del todo y por toda la casa estaba ese olor dulzón de leche en polvo mal disuelta que solían darle a los mas pequeños. Las goteras sonaban como un metrónomo durante las noches de tormenta, y las grietas en el yeso dibujaban mapas que a veces Yoshitaka fingía que era un mapa del tesoro en un intento por alegrar a los mas pequeños.
Más niños significaban más dinero. Esa era la ecuación simple que regía sus vidas, el hombre que los había acogido amontonaba cuerpos como... cómo si fueran simples objetos sin valor.
Para ese entonces, Yoshitaka es el mayor, con solo dieciséis años.
Los siguientes tenían doce, once, nueve. Luego los pequeños, los que aún no sabían atarse los zapatos ni pedir por favor. Y detrás de todos, los bebés que llegaban y se iban como estaciones, algunos durando semanas, otros meses, antes de ser trasladados a algún lugar que Yoshitaka imaginaba mejor solo para poder dormir por las noches.
Los golpes del día anterior no habían sido normales.
Normal era un puñetazo mal dirigido, un manotazo en la nuca, un empujón escaleras abajo. Normal era el dolor sordo que se convertía en moratón y luego en recuerdo. Pero lo de ayer había sido diferente. La mano del hombre había cerrado el puño con una intención que Mine conocía bien, la intención de dañar y no de castigar, y había caído una y otra vez sobre su espalda, sus costillas, sus brazos levantados en un intento inútil de proteger su cara.
Faltaba dinero.
Esa había sido la excusa, siempre había una excusa. A veces era un plato roto, a veces un niño que lloraba demasiado, a veces la mirada de Yoshitaka, que según el hombre ❛ siempre estaba juzgando ❜ . Pero la verdad era que la subvención había llegado tarde, que las facturas se acumulaban, que el alcohol que el hombre bebía cada noche no se pagaba solo.
Cuando el hombre se fue maldiciendo y la puerta se cerró con un golpe que hizo temblar las paredes, Yoshitaka caminó hasta la litera más alejada, la suya, la que compartía con dos hermanos pequeños que ya estaban dormidos, y se dejó caer sobre la fina colchoneta.
Ahí, en la oscuridad, con el ronquido de los niños pequeños y el olor a humedad, Yoshitaka sollozó. Apretó la almohada contra su cara para que nadie lo oyera, y deseó, con una claridad que le daba miedo, no despertar al día siguiente.
Cuando el pensamiento se formó en su cabeza, Yoshitaka abrió los ojos de par en par en la oscuridad.
𝘘𝘶𝘦́ 𝘢𝘴𝘤𝘰 𝘥𝘦 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢 𝘴𝘰𝘺, pensó, con las mejillas aún mojadas. 𝘘𝘶𝘦́ 𝘢𝘴𝘤𝘰 𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳 𝘦𝘴𝘰 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘭𝘭𝘰𝘴 𝘮𝘦 𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯.
Porque esa era la verdad. Ellos lo necesitaban. Los pequeños que aún mojaban la cama y a los que Yoshitaka cambiaba las sábanas sin hacer comentarios. La niña que estaba aprendiendo a hablar y que solo repetía las palabras cuando era él quien se las decía. El chico de doce años que ya estaba aprendiendo a mantener la cabeza alta aunque le temblara.
Eran como sus hijitos.
El adolescente no sabía cómo ponerlo en palabras, porque a los dieciséis años nadie le había enseñado ese vocabulario. Solo sabía que cuando el hombre se acercaba a alguno de los más pequeños, sus piernas se movían solas para ponerse en medio. Solo sabía que cuando lloraban por la noche, era su mano la que buscaba las suyas bajo las mantas. Solo sabía que cuando alguien tenía hambre, él distribuía su propia ración en porciones más pequeñas para que alcanzara para todos.
Aquella mañana, cuando finalmente logró levantarse, sus piernas temblaban.
Ya había tres niños despiertos, sentados en el suelo como pajaritos en una rama, esperando. Sus ojos se iluminaron cuando lo vieron, a pesar de su cara, a pesar de la cojera, a pesar de todo.
❛ Yoshi-kun, hoy tenemos hambre ❜ dijo la más pequeña, tirando de su camiseta con dedos diminutos.
Yoshitaka se arrodilló con esfuerzo, las rodillas le dolían, todo le dolía, y le dio un beso en la frente.
❛ Vamos a comer como Dios manda hoy, ❜ dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía ❛ ¡Tengo carne! ❜
No era cierto. No tenía nada de carne. Pero sabía de un puesto en el mercado que a veces tiraba los recortes al final del día, y si corría rápido y sonreía con su labio partido, quizás la señora se apiadaría de él otra vez.
⊹ ︶︶ ୨୧ ︶︶ ⊹
Faltaban tres meses para que Yoshitaka cumpliera dieciocho años.
Noventa días. Después podría firmar papeles, alquilar un cuarto, conseguir trabajo de verdad, no de esos turnos en el mercado donde le pagaban con recortes de carne y miserias. Noventa días y podría llevarse a los pequeños a algún sitio seguro.
Esa noche, el hombre había bebido más de la cuenta.
El olor a licor barato lo golpeó antes de que pudiera ver nada. Los niños estaban todos apilados en un rincón, callados demostrando que estaban aterrados, y en el centro del salón el hombre sujetaba a Takeshi por el brazo.
Takeshi tenía once años. Era el más silencioso de todos, el que mojaba la cama y escondía las sábanas antes de que nadie pudiera verlas, el que tenía los ojos demasiado grandes para su cara y las manos que no dejaban de temblar, como si su cuerpo hubiera aprendido solo, sin que nadie le enseñara, que el mundo era un lugar lleno de golpes inesperados.
El cinturón ya estaba desabrochado, el cuero doblado en dos entre sus dedos.
Mine vio la mano levantarse.
Yoshitaka era un chico que pesaba cada decisión antes de tomarla, que sabía perfectamente lo que significaba enfrentarse al hombre, lo que costaba, lo que se perdía. Pero en ese momento no hubo nada de eso. Solo estaba el cuerpo pequeño de Takeshi y su propia mano moviéndose sola, antes de que su cabeza pudiera decirle que se detuviera.
Agarró la muñeca del hombre en el aire.
Yoshitaka sintió el brazo del hombre tensarse bajo sus dedos. La carne caliente, el músculo apretado. La suya propia era piel sobre hueso, pero no soltó.
❛ No, ❜ dijo, y su propia voz le sonó extraña, como si viniera de más lejos de lo que era. ❛ No vas a golpearlo, ya no más. ❜
El hombre lo miró de verdad por primera vez en años, con esos ojos inyectados en sangre que lo recorrieron de arriba a abajo, el rostro golpeado, el cuerpo flaco, las manos huesudas aferradas a su muñeca.
❛ ¿Qué has dicho? ❜
❛ Que no. ❜ Yoshitaka apretó los dientes. Las costillas le protestaban, los moratones del día anterior ardían debajo de la camiseta. ❛ Si quieres golpear a alguien aquí estoy yo. Pero a él no. A ninguno de ellos. ❜
Esta vez no terminó de la misma manera.
Cuando el hombre se detuvo, jadeando, con la cara enrojecida por el esfuerzo y el alcohol, señaló la puerta con un dedo que le temblaba.
❛ Fuera ❜
Yoshitaka parpadeó. ❛ ¿Qué? ❜
❛ Que te largues de mi casa. No quiero verte más. ❜ Escupió en el suelo. ❛ Les llenas la cabeza de ideas. Te crees mejor que yo, ¿verdad? A ver cómo te va en la calle. ❜
Yoshitaka miró a los niños. Algunos lloraban sin ruido, otros tenían los ojos vidriosos. La niña pequeña, la del cabello oscuro que siempre le tiraba de la camiseta por las mañanas, abrió la boca para decir algo, pero uno de los mayores le tapó la boca con la mano. Porque sabían. Sabían que despedirse lo empeoraría todo, que Yoshitaka se iba y que ninguno de ellos podía cambiar eso.
Sus piernas se movieron solas, igual que antes su mano. Cruzó la habitación, cruzó el umbral, sin mirar atrás, porque si miraba se rompía, y romperse era un lujo que no existía cuando no tenía nada más que a sí mismo.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Mine se quedó en la calle con la camiseta rota y la sangre seca en los labios y el eco de los niños resonándole dentro. Caminó hasta que las piernas le fallaron y se sentó contra la pared exterior del edificio, abrazándose las rodillas, y lloró sin hacer ruido, porque eso también lo había aprendido ahí dentro, que llorar en voz alta era algo que no podía permitirse.
Se prometió que volvería. Que sería alguien. Que los sacaría de ahí a todos.
⊹ ︶︶ ୨୧ ︶︶ ⊹
Cuatro años, Yoshitaka contó cada día con paciencia, examen por examen, semana por semana, cada hora extra que realizó el primer mes apenas tuvo trabajo.
Cuando recibió el primer sueldo de verdad, no compró nada para él. Llenó una caja con libros para los mayores, cuadernos para colorear para los pequeños, caramelos envueltos en papel brillante, y unos zapatos que le parecieron del número correcto para Haruka, aunque cuatro años eran muchos años y los pies de los niños no esperan a nadie.
Se vistió con lo más casual que tenía. No quería llegar como un adulto de visita oficial, con ese porte de traje y corbata que hacía que los niños se asustaran. Quería que lo reconocieran... necesitaba que lo reconocieran, aunque fuera por la forma de caminar, aunque fuera por la voz.
El tren tardó cuatro horas en llegar a su destino. Pensó en Takeshi, que ahora tendría quince años y probablemente ya no mojaba la cama pero seguiría teniendo esas manos que no sabían dónde ponerse. Pensó en Haruko, seis años cuando él se fue, diez ahora, y esperó que todavía tirara de las mangas de la gente para hacerse notar.
El barrio seguía siendo el mismo barrio. Los postes de electricidad inclinados hacia la derecha, la tienda de la esquina con el letrero descolorido, las mismas calles estrechas donde los coches tenían que subir a la acera para cruzarse. Mine caminó con las manos en los bolsillos y la caja bajo el brazo y el corazón latíéndole demasiado arriba, casi en la garganta. ❛ Todo va a estar bien, ❜ se dijo. Dobló la esquina.
Y se paró.
Donde había estado el orfanato había un solar vacío. Tierra removida, cascotes, un cartel de SE VENDE oxidado que se movía con el viento. Nada más. Mine parpadeó como si el problema fuera de sus ojos, como si bastara con enfocar mejor para que los ladrillos volvieran a su sitio y la puerta azul apareciera y alguien abriera desde dentro.
La caja se le cayó de los brazos.
Se sentó en el bordillo de la acera y se dejó caer, con la espalda doblada y los codos sobre las rodillas, incapaz de sostener el peso del cuerpo solo con las piernas. La mochila quedó en el suelo y los caramelos seguían dispersos.
Mine se abrazó. Los brazos rodeando su propio torso, los dedos apretando la tela de la sudadera gris hasta que los nudillos se pusieron blancos. Era el abrazo de alguien que no tiene a nadie que lo abraza y lleva demasiado tiempo sabiéndolo.
El llanto cuando llegó no fue silencioso; No fue ese llanto apretado contra la almohada que había perfeccionado de niño . Fue un llanto desorganizado, de garganta, que dolía al salir y dejaba un sabor metálico en los labios. Los hombros le temblaron, la respiración se le fue en pedazos. Las lágrimas le mojaron la mejilla y la manga de la sudadera y no hizo nada por detenerlas porque ya no le quedaban fuerzas para eso.
Lloró por los que pasaron por ese sitio antes de que él llegara y después de que él se fuera, los que encontraron algo y los que no encontraron nada y los que nunca sabrá cómo les fue.
Lloró por él mismo, por el chico de diecisiete que se fue con el cuerpo lleno de moretones prometiéndose volver, que construyó algo desde la nada durante cuatro años pensando que eso era suficiente, que llegar con los brazos llenos de cosas simples y buenas intenciones era suficiente. No lo era.
Un mes. Le dijeron después, un vecino que lo reconoció y tuvo la compasión suficiente para contarle. El orfanato había cerrado un mes después de que lo echaran. Un mes. Si hubiera esperado. Si no hubiera levantado la mano aquella noche. Si hubiera aguantado treinta días más.
El orfanato olía a humedad, desde que Yoshitaka tiene memoria había sido así.
Las paredes sudaban agua, la ropa nunca terminaba de secarse del todo y por toda la casa estaba ese olor dulzón de leche en polvo mal disuelta que solían darle a los mas pequeños. Las goteras sonaban como un metrónomo durante las noches de tormenta, y las grietas en el yeso dibujaban mapas que a veces Yoshitaka fingía que era un mapa del tesoro en un intento por alegrar a los mas pequeños.
Más niños significaban más dinero. Esa era la ecuación simple que regía sus vidas, el hombre que los había acogido amontonaba cuerpos como... cómo si fueran simples objetos sin valor.
Para ese entonces, Yoshitaka es el mayor, con solo dieciséis años.
Los siguientes tenían doce, once, nueve. Luego los pequeños, los que aún no sabían atarse los zapatos ni pedir por favor. Y detrás de todos, los bebés que llegaban y se iban como estaciones, algunos durando semanas, otros meses, antes de ser trasladados a algún lugar que Yoshitaka imaginaba mejor solo para poder dormir por las noches.
Los golpes del día anterior no habían sido normales.
Normal era un puñetazo mal dirigido, un manotazo en la nuca, un empujón escaleras abajo. Normal era el dolor sordo que se convertía en moratón y luego en recuerdo. Pero lo de ayer había sido diferente. La mano del hombre había cerrado el puño con una intención que Mine conocía bien, la intención de dañar y no de castigar, y había caído una y otra vez sobre su espalda, sus costillas, sus brazos levantados en un intento inútil de proteger su cara.
Faltaba dinero.
Esa había sido la excusa, siempre había una excusa. A veces era un plato roto, a veces un niño que lloraba demasiado, a veces la mirada de Yoshitaka, que según el hombre ❛ siempre estaba juzgando ❜ . Pero la verdad era que la subvención había llegado tarde, que las facturas se acumulaban, que el alcohol que el hombre bebía cada noche no se pagaba solo.
Cuando el hombre se fue maldiciendo y la puerta se cerró con un golpe que hizo temblar las paredes, Yoshitaka caminó hasta la litera más alejada, la suya, la que compartía con dos hermanos pequeños que ya estaban dormidos, y se dejó caer sobre la fina colchoneta.
Ahí, en la oscuridad, con el ronquido de los niños pequeños y el olor a humedad, Yoshitaka sollozó. Apretó la almohada contra su cara para que nadie lo oyera, y deseó, con una claridad que le daba miedo, no despertar al día siguiente.
Cuando el pensamiento se formó en su cabeza, Yoshitaka abrió los ojos de par en par en la oscuridad.
𝘘𝘶𝘦́ 𝘢𝘴𝘤𝘰 𝘥𝘦 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢 𝘴𝘰𝘺, pensó, con las mejillas aún mojadas. 𝘘𝘶𝘦́ 𝘢𝘴𝘤𝘰 𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳 𝘦𝘴𝘰 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘭𝘭𝘰𝘴 𝘮𝘦 𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯.
Porque esa era la verdad. Ellos lo necesitaban. Los pequeños que aún mojaban la cama y a los que Yoshitaka cambiaba las sábanas sin hacer comentarios. La niña que estaba aprendiendo a hablar y que solo repetía las palabras cuando era él quien se las decía. El chico de doce años que ya estaba aprendiendo a mantener la cabeza alta aunque le temblara.
Eran como sus hijitos.
El adolescente no sabía cómo ponerlo en palabras, porque a los dieciséis años nadie le había enseñado ese vocabulario. Solo sabía que cuando el hombre se acercaba a alguno de los más pequeños, sus piernas se movían solas para ponerse en medio. Solo sabía que cuando lloraban por la noche, era su mano la que buscaba las suyas bajo las mantas. Solo sabía que cuando alguien tenía hambre, él distribuía su propia ración en porciones más pequeñas para que alcanzara para todos.
Aquella mañana, cuando finalmente logró levantarse, sus piernas temblaban.
Ya había tres niños despiertos, sentados en el suelo como pajaritos en una rama, esperando. Sus ojos se iluminaron cuando lo vieron, a pesar de su cara, a pesar de la cojera, a pesar de todo.
❛ Yoshi-kun, hoy tenemos hambre ❜ dijo la más pequeña, tirando de su camiseta con dedos diminutos.
Yoshitaka se arrodilló con esfuerzo, las rodillas le dolían, todo le dolía, y le dio un beso en la frente.
❛ Vamos a comer como Dios manda hoy, ❜ dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía ❛ ¡Tengo carne! ❜
No era cierto. No tenía nada de carne. Pero sabía de un puesto en el mercado que a veces tiraba los recortes al final del día, y si corría rápido y sonreía con su labio partido, quizás la señora se apiadaría de él otra vez.
⊹ ︶︶ ୨୧ ︶︶ ⊹
Faltaban tres meses para que Yoshitaka cumpliera dieciocho años.
Noventa días. Después podría firmar papeles, alquilar un cuarto, conseguir trabajo de verdad, no de esos turnos en el mercado donde le pagaban con recortes de carne y miserias. Noventa días y podría llevarse a los pequeños a algún sitio seguro.
Esa noche, el hombre había bebido más de la cuenta.
El olor a licor barato lo golpeó antes de que pudiera ver nada. Los niños estaban todos apilados en un rincón, callados demostrando que estaban aterrados, y en el centro del salón el hombre sujetaba a Takeshi por el brazo.
Takeshi tenía once años. Era el más silencioso de todos, el que mojaba la cama y escondía las sábanas antes de que nadie pudiera verlas, el que tenía los ojos demasiado grandes para su cara y las manos que no dejaban de temblar, como si su cuerpo hubiera aprendido solo, sin que nadie le enseñara, que el mundo era un lugar lleno de golpes inesperados.
El cinturón ya estaba desabrochado, el cuero doblado en dos entre sus dedos.
Mine vio la mano levantarse.
Yoshitaka era un chico que pesaba cada decisión antes de tomarla, que sabía perfectamente lo que significaba enfrentarse al hombre, lo que costaba, lo que se perdía. Pero en ese momento no hubo nada de eso. Solo estaba el cuerpo pequeño de Takeshi y su propia mano moviéndose sola, antes de que su cabeza pudiera decirle que se detuviera.
Agarró la muñeca del hombre en el aire.
Yoshitaka sintió el brazo del hombre tensarse bajo sus dedos. La carne caliente, el músculo apretado. La suya propia era piel sobre hueso, pero no soltó.
❛ No, ❜ dijo, y su propia voz le sonó extraña, como si viniera de más lejos de lo que era. ❛ No vas a golpearlo, ya no más. ❜
El hombre lo miró de verdad por primera vez en años, con esos ojos inyectados en sangre que lo recorrieron de arriba a abajo, el rostro golpeado, el cuerpo flaco, las manos huesudas aferradas a su muñeca.
❛ ¿Qué has dicho? ❜
❛ Que no. ❜ Yoshitaka apretó los dientes. Las costillas le protestaban, los moratones del día anterior ardían debajo de la camiseta. ❛ Si quieres golpear a alguien aquí estoy yo. Pero a él no. A ninguno de ellos. ❜
Esta vez no terminó de la misma manera.
Cuando el hombre se detuvo, jadeando, con la cara enrojecida por el esfuerzo y el alcohol, señaló la puerta con un dedo que le temblaba.
❛ Fuera ❜
Yoshitaka parpadeó. ❛ ¿Qué? ❜
❛ Que te largues de mi casa. No quiero verte más. ❜ Escupió en el suelo. ❛ Les llenas la cabeza de ideas. Te crees mejor que yo, ¿verdad? A ver cómo te va en la calle. ❜
Yoshitaka miró a los niños. Algunos lloraban sin ruido, otros tenían los ojos vidriosos. La niña pequeña, la del cabello oscuro que siempre le tiraba de la camiseta por las mañanas, abrió la boca para decir algo, pero uno de los mayores le tapó la boca con la mano. Porque sabían. Sabían que despedirse lo empeoraría todo, que Yoshitaka se iba y que ninguno de ellos podía cambiar eso.
Sus piernas se movieron solas, igual que antes su mano. Cruzó la habitación, cruzó el umbral, sin mirar atrás, porque si miraba se rompía, y romperse era un lujo que no existía cuando no tenía nada más que a sí mismo.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Mine se quedó en la calle con la camiseta rota y la sangre seca en los labios y el eco de los niños resonándole dentro. Caminó hasta que las piernas le fallaron y se sentó contra la pared exterior del edificio, abrazándose las rodillas, y lloró sin hacer ruido, porque eso también lo había aprendido ahí dentro, que llorar en voz alta era algo que no podía permitirse.
Se prometió que volvería. Que sería alguien. Que los sacaría de ahí a todos.
⊹ ︶︶ ୨୧ ︶︶ ⊹
Cuatro años, Yoshitaka contó cada día con paciencia, examen por examen, semana por semana, cada hora extra que realizó el primer mes apenas tuvo trabajo.
Cuando recibió el primer sueldo de verdad, no compró nada para él. Llenó una caja con libros para los mayores, cuadernos para colorear para los pequeños, caramelos envueltos en papel brillante, y unos zapatos que le parecieron del número correcto para Haruka, aunque cuatro años eran muchos años y los pies de los niños no esperan a nadie.
Se vistió con lo más casual que tenía. No quería llegar como un adulto de visita oficial, con ese porte de traje y corbata que hacía que los niños se asustaran. Quería que lo reconocieran... necesitaba que lo reconocieran, aunque fuera por la forma de caminar, aunque fuera por la voz.
El tren tardó cuatro horas en llegar a su destino. Pensó en Takeshi, que ahora tendría quince años y probablemente ya no mojaba la cama pero seguiría teniendo esas manos que no sabían dónde ponerse. Pensó en Haruko, seis años cuando él se fue, diez ahora, y esperó que todavía tirara de las mangas de la gente para hacerse notar.
El barrio seguía siendo el mismo barrio. Los postes de electricidad inclinados hacia la derecha, la tienda de la esquina con el letrero descolorido, las mismas calles estrechas donde los coches tenían que subir a la acera para cruzarse. Mine caminó con las manos en los bolsillos y la caja bajo el brazo y el corazón latíéndole demasiado arriba, casi en la garganta. ❛ Todo va a estar bien, ❜ se dijo. Dobló la esquina.
Y se paró.
Donde había estado el orfanato había un solar vacío. Tierra removida, cascotes, un cartel de SE VENDE oxidado que se movía con el viento. Nada más. Mine parpadeó como si el problema fuera de sus ojos, como si bastara con enfocar mejor para que los ladrillos volvieran a su sitio y la puerta azul apareciera y alguien abriera desde dentro.
La caja se le cayó de los brazos.
Se sentó en el bordillo de la acera y se dejó caer, con la espalda doblada y los codos sobre las rodillas, incapaz de sostener el peso del cuerpo solo con las piernas. La mochila quedó en el suelo y los caramelos seguían dispersos.
Mine se abrazó. Los brazos rodeando su propio torso, los dedos apretando la tela de la sudadera gris hasta que los nudillos se pusieron blancos. Era el abrazo de alguien que no tiene a nadie que lo abraza y lleva demasiado tiempo sabiéndolo.
El llanto cuando llegó no fue silencioso; No fue ese llanto apretado contra la almohada que había perfeccionado de niño . Fue un llanto desorganizado, de garganta, que dolía al salir y dejaba un sabor metálico en los labios. Los hombros le temblaron, la respiración se le fue en pedazos. Las lágrimas le mojaron la mejilla y la manga de la sudadera y no hizo nada por detenerlas porque ya no le quedaban fuerzas para eso.
Lloró por los que pasaron por ese sitio antes de que él llegara y después de que él se fuera, los que encontraron algo y los que no encontraron nada y los que nunca sabrá cómo les fue.
Lloró por él mismo, por el chico de diecisiete que se fue con el cuerpo lleno de moretones prometiéndose volver, que construyó algo desde la nada durante cuatro años pensando que eso era suficiente, que llegar con los brazos llenos de cosas simples y buenas intenciones era suficiente. No lo era.
Un mes. Le dijeron después, un vecino que lo reconoció y tuvo la compasión suficiente para contarle. El orfanato había cerrado un mes después de que lo echaran. Un mes. Si hubiera esperado. Si no hubiera levantado la mano aquella noche. Si hubiera aguantado treinta días más.