—Atrapé y desollé a mi primer liebre silvestre a los seis años. No es la anécdota más bonita de todas, y definitivamente no ayuda a que la gente deje de verme como un bicho raro, pero es mi vida. Es lo que soy.
Cuando la mayoría de las niñas estaban jugando con muñecas o teniendo una vida escolar común y corriente, yo estaba sobreviviendo en lo que muchos consideran un infierno gélido y estéril que odia la vida.
Pero no nos odia. Como yo no odio el lugar en el que crecí, como no odio de donde vengo y quien soy. ¿Y por qué lo odiaría? Me ha parecido siempre incomprensible que la gente me vea con condescendencia por ello.
En realidad, me siento afortunada. Y de tener la oportunidad de cambiar algo, la desaprovecharía una y mil veces.
Porque son estos ojos, que tuvieron que ser entrenados para divisar zorros en la infinidad del manto helado, los que ahora son los ojos de ella también. Porque son estas manos, curtidos por el tallar de la madera, los que ahora toman las de ella.
Porque es esta vida, y este libro, lo que me permite ser un ancla, un faro, una guía. Lo que sea que tenga que ser, lo seré.
Cuando la mayoría de las niñas estaban jugando con muñecas o teniendo una vida escolar común y corriente, yo estaba sobreviviendo en lo que muchos consideran un infierno gélido y estéril que odia la vida.
Pero no nos odia. Como yo no odio el lugar en el que crecí, como no odio de donde vengo y quien soy. ¿Y por qué lo odiaría? Me ha parecido siempre incomprensible que la gente me vea con condescendencia por ello.
En realidad, me siento afortunada. Y de tener la oportunidad de cambiar algo, la desaprovecharía una y mil veces.
Porque son estos ojos, que tuvieron que ser entrenados para divisar zorros en la infinidad del manto helado, los que ahora son los ojos de ella también. Porque son estas manos, curtidos por el tallar de la madera, los que ahora toman las de ella.
Porque es esta vida, y este libro, lo que me permite ser un ancla, un faro, una guía. Lo que sea que tenga que ser, lo seré.
—Atrapé y desollé a mi primer liebre silvestre a los seis años. No es la anécdota más bonita de todas, y definitivamente no ayuda a que la gente deje de verme como un bicho raro, pero es mi vida. Es lo que soy.
Cuando la mayoría de las niñas estaban jugando con muñecas o teniendo una vida escolar común y corriente, yo estaba sobreviviendo en lo que muchos consideran un infierno gélido y estéril que odia la vida.
Pero no nos odia. Como yo no odio el lugar en el que crecí, como no odio de donde vengo y quien soy. ¿Y por qué lo odiaría? Me ha parecido siempre incomprensible que la gente me vea con condescendencia por ello.
En realidad, me siento afortunada. Y de tener la oportunidad de cambiar algo, la desaprovecharía una y mil veces.
Porque son estos ojos, que tuvieron que ser entrenados para divisar zorros en la infinidad del manto helado, los que ahora son los ojos de ella también. Porque son estas manos, curtidos por el tallar de la madera, los que ahora toman las de ella.
Porque es esta vida, y este libro, lo que me permite ser un ancla, un faro, una guía. Lo que sea que tenga que ser, lo seré.