Carmina estaba apoyada en el borde del mostrador de la tienda, la luz de la tarde colándose por la ventana, iluminando apenas su rostro. Afuera, el viento movía las hojas como si quisiera recordarle que todo fluye, excepto su corazón, que parecía estancado en un silencio que no entendía.
Había conocido a alguien… se llamaba Luca. Tenía una sonrisa fácil y un encanto que parecía genuino. Al principio, Carmina se permitió creer en eso, se permitió sentir esa chispa de emoción que hacía que sus días fueran más ligeros, incluso cuando tenía que ordenar las estanterías de la tienda.

Pero luego vinieron los mensajes que dejaron de llegar. Primero, largos silencios entre una respuesta y otra. Después, el vacío absoluto. Luca desapareció de su vida sin explicación, y con él se llevó un trozo de su ilusión. Carmina se quedó ahí, con la sensación de que quizás siempre estaba destinada a observar desde la distancia.

Se dejó caer en la silla detrás del mostrador, con las manos entrelazadas sobre sus piernas. Su pecho se apretaba y, sin poder contenerlo, una lágrima se deslizó por su mejilla. Luego otra, y otra más, cada una llevando consigo un pedazo de la esperanza que había puesto en Luca, en los demás, en la idea de que el amor podría ser algo simple y cálido.

Recordó todas las decepciones: los encuentros que prometían más de lo que podían dar, los corazones que se marchaban sin explicación, los abrazos que no llenaban lo que necesitaba. Sus lágrimas cayeron sin ruido, pero con el peso de todo lo no dicho, de todo lo esperado y perdido. Sintió que su corazón estaba siempre un paso detrás de los demás, siempre esperando algo que nunca llegaba.
Carmina estaba apoyada en el borde del mostrador de la tienda, la luz de la tarde colándose por la ventana, iluminando apenas su rostro. Afuera, el viento movía las hojas como si quisiera recordarle que todo fluye, excepto su corazón, que parecía estancado en un silencio que no entendía. Había conocido a alguien… se llamaba Luca. Tenía una sonrisa fácil y un encanto que parecía genuino. Al principio, Carmina se permitió creer en eso, se permitió sentir esa chispa de emoción que hacía que sus días fueran más ligeros, incluso cuando tenía que ordenar las estanterías de la tienda. Pero luego vinieron los mensajes que dejaron de llegar. Primero, largos silencios entre una respuesta y otra. Después, el vacío absoluto. Luca desapareció de su vida sin explicación, y con él se llevó un trozo de su ilusión. Carmina se quedó ahí, con la sensación de que quizás siempre estaba destinada a observar desde la distancia. Se dejó caer en la silla detrás del mostrador, con las manos entrelazadas sobre sus piernas. Su pecho se apretaba y, sin poder contenerlo, una lágrima se deslizó por su mejilla. Luego otra, y otra más, cada una llevando consigo un pedazo de la esperanza que había puesto en Luca, en los demás, en la idea de que el amor podría ser algo simple y cálido. Recordó todas las decepciones: los encuentros que prometían más de lo que podían dar, los corazones que se marchaban sin explicación, los abrazos que no llenaban lo que necesitaba. Sus lágrimas cayeron sin ruido, pero con el peso de todo lo no dicho, de todo lo esperado y perdido. Sintió que su corazón estaba siempre un paso detrás de los demás, siempre esperando algo que nunca llegaba.
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