Mine había aprendido la lección antes de cumplir los veinte años, en las aulas de la universidad donde sus compañeros heredaban imperios mientras él se conformaba con ganarse una beca. El mundo, descubrió, no funcionaba con méritos, sino con conexiones. Podías ser el hombre más brillante de una sala, y aún así no significaba nada. No en la yakuza. Allí, los lazos de sangre se forjaban con la certeza de que el hombre a tu lado estaría dispuesto a ๐—ฐ๐—ผ๐—ฟ๐˜๐—ฎ๐—ฟ๐˜€๐—ฒ ๐˜‚๐—ป ๐—ฑ๐—ฒ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐˜๐—ถ. Mine lo sabía antes de dar el primer paso. Así que, como todo en su vida, lo planificó con la meticulosidad de quien no puede permitirse un error.

Investigó durante meses. Pagó a informantes que bebían su salario en whisky barato, consultó archivos judiciales que el resto del mundo había olvidado, rastreó nombres que nadie más recordaba hasta dar con uno. Un hombre que había sido parte de un clan menor en los márgenes del Tojo, ๐—ฎ๐—น๐—ด๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ป ๐˜๐—ฎ๐—ป ๐—ถ๐—ฟ๐—ฟ๐—ฒ๐—น๐—ฒ๐˜ƒ๐—ฎ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐˜€๐˜‚ ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐—ฝ๐—ถ๐—ฎ ๐—ณ๐—ฎ๐—บ๐—ถ๐—น๐—ถ๐—ฎ ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฎ๐—ฏ๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐—ป๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ ๐˜€๐˜‚ ๐˜€๐˜‚๐—ฒ๐—ฟ๐˜๐—ฒ cuando la justicia lo atrapó. El cargo hizo que hasta los yakuzas más endurecidos fruncieran el ceño cuando Mine mencionó el nombre en voz baja. ๐—”๐—ฐ๐—ผ๐˜€๐—ผ ๐—ฆ๐—ฒ๐˜…๐˜‚๐—ฎ๐—น. La condena había sido larga, el escarnio público implacable, la vergüenza tan absoluta que el hombre salió de prisión sin un solo contacto al que recurrir. Perfecto, pensó Mine. ๐—”๐—น๐—ด๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ป ๐˜๐—ฎ๐—ป ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฐ๐—ถ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ผ๐˜€ ๐—ป๐—ผ ๐˜๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ฟ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—ผ๐—ฝ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ๐—ป ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ฎ๐—ณ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฟ๐˜€๐—ฒ ๐—ฎ ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ป ๐—น๐—ฒ ๐˜๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—น๐—ฎ ๐—บ๐—ฎ๐—ป๐—ผ.

La primera vez que lo vio fue en una sala de visitas penitenciaria, el hombre era más bajo de lo que esperaba, con un cuerpo que la cárcel no había hecho más que engordar, un rostro inflamado por los años de mala comida y peor trato, y una mirada que alternaba entre la desconfianza del animal acorralado y una sumisión ๐—ฐ๐—ฎ๐˜€๐—ถ ๐˜ƒ๐—ฒ๐—ฟ๐—ด๐—ผ๐—ป๐˜‡๐—ผ๐˜€๐—ฎ. Cuando Mine se acercó, los otros reclusos que compartían el espacio se alejaron como si el aire a su alrededor estuviera contaminado. Sintió el estómago revolverse, una náusea agria que le subió por la garganta y que solo pudo contener apretando la mandíbula con una fuerza que le hizo crujir los dientes. Aquel hombre era lo más bajo que podía encontrarse en la sociedad japonesa, un paria entre los parias, tan repulsivo que incluso los asesinos y los estafadores le daban la espalda.

Y Mine sonrió. Extendió la mano con la palma hacia arriba, un gesto de apertura que había ensayado frente al espejo durante semanas, y dijo las palabras que había construido con cuidado. Habló de oportunidades, de segundas chances, de cómo alguien con su conocimiento del mundo exterior y alguien con la experiencia del hombre dentro podían construir algo juntos. Su voz no tembló y su gesto no se quebró. ๐—ก๐—ถ ๐˜€๐—ถ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—ฐ๐˜‚๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ ๐—น๐—ฎ ๐—บ๐—ฎ๐—ป๐—ผ ๐˜€๐˜‚๐—ฑ๐—ผ๐—ฟ๐—ผ๐˜€๐—ฎ ๐˜† ๐—ฑ๐—ฒ๐—บ๐—ฎ๐˜€๐—ถ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฐ๐—ฎ๐—น๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฑ๐—ฒ๐—น ๐—ฒ๐˜…๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜ƒ๐—ถ๐—ฐ๐˜๐—ผ ๐—ฎ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐˜๐—ผฬ ๐—น๐—ฎ ๐˜€๐˜‚๐˜†๐—ฎ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ฒ๐—ณ๐˜‚๐˜€๐—ถ๐˜ƒ๐—ถ๐—ฑ๐—ฎ๐—ฑ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—น๐—ฒ ๐—ต๐—ถ๐˜‡๐—ผ ๐˜€๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ถ๐—ฟ ๐—ฐ๐—ผ๐—บ๐—ผ ๐˜€๐—ถ ๐—ฒ๐˜€๐˜๐˜‚๐˜ƒ๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐˜๐—ผ๐—ฐ๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ๐—น๐—ด๐—ผ ๐—ฝ๐˜‚๐˜๐—ฟ๐—ฒ๐—ณ๐—ฎ๐—ฐ๐˜๐—ผ.

Durante meses, Mine se obligó a estar presente. A escuchar las mismas historias aburridas sobre sus conquistas, los mismos chistes vulgares que hacían que sus subordinados más leales desviaran la mirada con incomodidad cuando el hombre reía demasiado fuerte en los bares de Kabukichล. A pagar las cuentas, primero las pequeñas, luego las grandes. Un apartamento aquí, un coche allá, dinero para "inversiones" que nunca se materializaban en nada excepto en deudas más grandes. Cada vez que el hombre lo llamaba "hermano" con esa voz untuosa, Mine sentía algo retorcerse en su interior, ๐˜‚๐—ป ๐—ฎ๐—ป๐—ถ๐—บ๐—ฎ๐—น ๐—ฎ๐˜€๐—พ๐˜‚๐—ฒ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ฎ๐—ฟ๐—ฎ๐—ปฬƒ๐—ฎ๐—ฏ๐—ฎ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜€๐˜‚ ๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ผฬ๐—บ๐—ฎ๐—ด๐—ผ. Pero sostenía la sonrisa, apretaba el hombro del otro con un gesto de camaradería que había ensayado tantas veces que se había vuelto mecánico. Esperaba, pues aquel ๐—–๐—˜๐—ฅ๐——๐—ข era el único que podía brindarle contactos.

Lo que no esperaba, lo que ningún plan financiero ni análisis de riesgo podría haber previsto, fue el momento en que algo dentro de él se dobló.
Ocurrió una noche de lluvia, en un callejón detrás de un izakaya donde habían estado bebiendo hasta que las luces de neón empezaron a parpadear como estrellas moribundas. El hombre estaba ebrio, más de lo habitual, apoyado contra la pared húmeda mientras Mine fingía buscar su teléfono para pedir un taxi. Y entonces, entre balbuceos y eructos, las palabras salieron.

—Somos hermanos jurados, Yoshitaka. Hermanos. Juntos hasta la muerte, ¿entiendes? ๐—›๐—ฎ๐˜€๐˜๐—ฎ ๐—น๐—ฎ ๐—บ๐˜‚๐—ฒ๐—ฟ๐˜๐—ฒ.

La lluvia caía sobre los hombros de Mine, empapando la tela cara de su abrigo, y por un instante, solo un pequeño instante que después repasaría en su memoria cientos de veces, ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐—ป๐˜๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐˜€๐—ฒ ๐˜€๐—ถ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐—ถ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ๐—น๐—ด๐—ผ ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฎ๐—น ๐—ผ ๐˜€๐—ถ๐—บ๐—ฝ๐—น๐—ฒ๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€๐—ฒ๐˜€๐—ฝ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ๐—ป... Mine sintió algo. Una pequeña calidez, una pequeña grieta en los muros que el habia construido con tanto cuidado. Tal vez, pensó mientras miraba al hombre tambaleante bajo la lluvia, ๐˜๐—ฎ๐—น ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜‡ ๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ฎ ๐—ฐ๐—ผ๐˜€๐—ฎ ๐—ด๐—ฟ๐—ผ๐˜๐—ฒ๐˜€๐—ฐ๐—ฎ ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฎ๐—น๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—น๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ๐—ฐ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฒ๐—ป ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ๐—ถ๐—ผ. Tal vez todos los gestos, las borracheras compartidas, las conversaciones sin sentido sobre el futuro, tal vez todo eso había construido algo real. Algo que Mine nunca había tenido.

Fue un pensamiento pasajero, duró lo que el parpadeo de una luciérnaga en verano. A la mañana siguiente, cuando el hombre llamó para pedir más dinero con la misma voz de siempre y la misma falta de vergüenza, Mine ya había enterrado ese momento en lo más profundo de su mente.

La traición llegó tres meses después, aunque en retrospectiva, Mine sabía que había estado gestándose desde el primer día. Un trato. Algo grande, algo que pondría a la Familia Hakuho en una posición de poder dentro del Clan. El hombre había insistido en participar, en demostrar que era más que la mascota que los otros clanes susurraban a sus espaldas. Mine aceptó, a pesar de cada instinto que le gritaba que no lo hiciera. ๐—ง๐—ฎ๐—น ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜‡, ๐˜€๐—ฒ ๐—ฑ๐—ถ๐—ท๐—ผ, ๐˜๐—ฎ๐—น ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜‡ ๐—ฎ๐˜€๐›Šฬ ๐—ฒ๐—น ๐˜ƒ๐›Šฬ๐—ป๐—ฐ๐˜‚๐—น๐—ผ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜€๐˜๐—ฟ๐˜‚๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ๐—ท๐—ฎ๐—ฟ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ ๐˜€๐—ผ๐—น๐—ผ ๐—ฝ๐—ฎ๐—น๐—ฎ๐—ฏ๐—ฟ๐—ฎ๐˜€ ๐—ฒ๐—ฏ๐—ฟ๐—ถ๐—ฎ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป ๐˜‚๐—ป ๐—ฐ๐—ฎ๐—น๐—น๐—ฒ๐—ท๐—ผฬ๐—ป.
La emboscada fue perfectamente ejecutada. Las luces de los vehículos, las armas desenfundadas, los gritos de los hombres de Mine cayendo alrededor. Y el hombre que debía cubrirle la espalda, aquel al que había sacado de la cárcel, ๐—ฎ๐—น ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ถ๐—ฑ๐—ผ, ๐—ฎ๐—น๐—ถ๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ, ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐˜๐—ฒ๐—ด๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฏ๐˜‚๐—ฟ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—น๐—ผ๐˜€ ๐—ฑ๐—ฒ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—ฐ๐—น๐—ฎ๐—ป๐—ฒ๐˜€, ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€๐—ฎ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ ๐—ฒ๐—ป ๐—น๐—ฎ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐—ณ๐˜‚๐˜€๐—ถ๐—ผฬ๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฒ๐—น ๐—ฑ๐—ถ๐—ป๐—ฒ๐—ฟ๐—ผ. Con todo. Mine recordaba haber sangrado esa noche, arrastrándose por un callejón distinto al de la promesa de hermanos jurados, con un tajo en el costado que le enseñó lo que era estar realmente solo.

No lo buscó, no envió hombres tras él, no hizo nada excepto esperar. Y Mine Yoshitaka sabía esperar como nadie. Había esperado años para construir su imperio financiero, había esperado décadas para encontrar un lugar al que pertenecer, había esperado toda una vida para dejar de sentirse como el niño huérfano que miraba desde afuera. Podía esperar unos meses más, después de todo, Mine se convenció así mismo de que ๐—น๐—ฎ ๐˜ƒ๐—ฒ๐—ป๐—ด๐—ฎ๐—ป๐˜‡๐—ฎ ๐—ฒ๐˜€ ๐˜‚๐—ป ๐—ท๐˜‚๐—ฒ๐—ด๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜๐—ผ๐—ป๐˜๐—ผ๐˜€.

El hombre volvió cuando el dinero se acabó. Volvió con la misma sonrisa untuosa, la misma falta de vergüenza, los mismos gestos de camaradería... y Mine sonrió. Le dio la bienvenida, puso una mano en su hombro y dijo que entendía, que eran tiempos difíciles, que los hermanos se perdonan. Cada palabra era un cuchillo que enterraba en su propia carne, pero la sonrisa no se movió ni un milímetro.
Dejó que el hombre creyera que había triunfado, que la traición había sido olvidada, que su lugar junto al futuro patriarca seguía intacto. Le prestó dinero cuando lo pidió, asintió con la cabeza cuando el hombre hablaba de sus planes grandiosos, rió cuando contaba sus chistes vulgares. Cada interacción era una prueba de resistencia, un ejercicio de control tan exquisito que a veces Mine se sorprendía a sí mismo, ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐—ป๐˜๐—ฎฬ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐˜€๐—ฒ ๐˜€๐—ถ ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฎ๐—น๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—ต๐˜‚๐—บ๐—ฎ๐—ป๐—ผ ๐—ผ ๐˜€๐—ผ๐—น๐—ผ ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—บ๐—ฎฬ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ป๐—ฎ ๐—ฑ๐—ถ๐˜€๐—ณ๐—ฟ๐—ฎ๐˜‡๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ต๐—ผ๐—บ๐—ฏ๐—ฟ๐—ฒ.

Pero la paciencia, como todo en la vida, tenía un límite.

Fue una tarde cualquiera. Mine estaba en su oficina de la sede de la Familia Hakuho, repasando informes trimestrales que prometían ganancias récord, cuando el hombre irrumpió sin anunciarse. Ya había estado bebiendo, el aliento a shลchลซ llegó antes que él, impregnando el aire con ese olor agrio que Mine había aprendido a identificar como presagio de problemas. Y entonces comenzó..
Primero fueron las acusaciones: Que Mine le debía más, que lo había mantenido en una posición baja a propósito para humillarlo, que él había puesto su vida en riesgo por el clan y qué había recibido a cambio. La voz del hombre crecía en volumen y en absurdez, cada palabra más inflamada que la anterior, hasta que el traqueteo de los muebles al ser empujados se sumó al ruido. Una lámpara de mesa de porcelana china, una pieza que Mine había adquirido en una subasta en Kioto, valorada en más de lo que aquel cerdo había ganado en toda su vida, voló contra la pared y estalló en fragmentos blancos. Un portarretratos con una fotografía que Mine ni siquiera recordaba haber colocado allí siguió el mismo camino. Luego un jarrón, luego un monitor...

—¡ME DEBES TODO! —el grito del hombre resonó entre las paredes de caoba, sus puños golpeando el escritorio donde Mine todavía estaba sentado, observando con una calma que parecía sobrenatural—. ¡TODO EL DINERO, MINE! ¡Y TUS HOMBRES! ¡ME CANSÉ DE ESTA MIERDA! ¡VOY A ARMAR UNA GUERRA SI NO ME DAS LO QUE ME CORRESPONDE!

Sus manos gordezuelas se cerraron sobre el borde del escritorio, volcando la taza de té que Mine había estado bebiendo momentos antes. El líquido caliente se derramó sobre los informes, arruinando horas de trabajo meticuloso. Y fue eso, de todas las cosas, lo que hizo que algo en los ojos de Mine cambiara. No fue la amenaza de guerra, no fue la destrucción de sus pertenencias. Fue el té sobre los informes. ๐—˜๐—น ๐—ด๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ผ ๐—ฝ๐—ฒ๐—พ๐˜‚๐—ฒ๐—ปฬƒ๐—ผ, ๐—ฐ๐—ฎ๐˜€๐—ถ ๐—ถ๐—ป๐˜€๐—ถ๐—ด๐—ป๐—ถ๐—ณ๐—ถ๐—ฐ๐—ฎ๐—ป๐˜๐—ฒ, ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐—น๐—ฎ๐—ฏ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ณ๐—ฎ๐—น๐˜๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ฟ๐—ฒ๐˜€๐—ฝ๐—ฒ๐˜๐—ผ ๐˜๐—ฎ๐—ป ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐—ณ๐˜‚๐—ป๐—ฑ๐—ฎ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ป๐—ถ ๐˜€๐—ถ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—บ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฐ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ.
El hombre seguía gritando, su cara congestionada hasta adquirir un tono púrpura, la saliva volando de sus labios mientras enumeraba todas las formas en que Mine le había fallado. No había notado cómo la sonrisa de Mine, esa sonrisa que había sostenido durante dos años enteros, había desaparecido de su rostro como si nunca hubiera existido.

Cuando Mine se levantó de su silla, lo hizo con fluidez, el golpe fue tan rápido que el hombre apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el puño de Mine se hundiera en su estómago blando con precisión. El aire salió de sus pulmones en un gemido húmedo, sus rodillas se doblaron, y luego vino el segundo golpe, y el tercero. ๐—–๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ ๐—ถ๐—บ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฐ๐˜๐—ผ ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—น๐—ถ๐—ฏ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ๐—ป, ๐—ฐ๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ ๐˜€๐—ผ๐—ป๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ต๐˜‚๐—ฒ๐˜€๐—ผ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜๐—ฟ๐—ฎ ๐—ฐ๐—ฎ๐—ฟ๐—ป๐—ฒ ๐˜‚๐—ป ๐—ฒ๐—ฐ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ฎ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐˜€๐—ผ๐—ป๐—ฟ๐—ถ๐˜€๐—ฎ๐˜€ ๐—ณ๐—ฎ๐—น๐˜€๐—ฎ๐˜€, ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ฎ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐—บ๐—ฒ๐˜€๐—ฎ๐˜€ ๐—ฟ๐—ผ๐˜๐—ฎ๐˜€, ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ฎ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ป๐—ผ๐—ฐ๐—ต๐—ฒ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐— ๐—ถ๐—ป๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—บ๐—ถ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ๐—น ๐˜๐—ฒ๐—ฐ๐—ต๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜€๐˜‚ ๐—ฎ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฟ๐˜๐—ฎ๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ผ ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐—ป๐˜๐—ฎฬ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐˜€๐—ฒ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐—พ๐˜‚๐—ฒฬ ๐˜€๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ป๐˜๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ผ ๐—ฒ๐˜€๐—ฒ ๐˜ƒ๐—ฎ๐—ฐ๐›Šฬ๐—ผ ๐—ฎ ๐—ฝ๐—ฒ๐˜€๐—ฎ๐—ฟ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ผ ๐—น๐—ผ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—น๐—ผ๐—ด๐—ฟ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ.

La sangre salpicó la manga de su traje, pero Mine ni siquiera parpadeó. Sus nudillos ardían, y el dolor era casi agradable, desestresante diría.
Cuando el hombre yacía en el suelo, entre los restos de porcelana y los papeles manchados de té, emitiendo sonidos que ya no eran palabras sino gemidos, Mine se enderezó. Tomó un pañuelo de su bolsillo interior y se limpió los nudillos meticulosidad. Sólo entonces, con un gesto casi perezoso de su mano, ๐—น๐—น๐—ฎ๐—บ๐—ผฬ ๐—ฎ ๐˜€๐˜‚๐˜€ ๐˜€๐˜‚๐—ฏ๐—ผ๐—ฟ๐—ฑ๐—ถ๐—ป๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ๐˜€.

Dos hombres en traje negro aparecieron en el marco de la puerta, sus rostros perfectamente impasibles, esperando instrucciones.
Mine los miró, y luego desvió la vista hacia el bulto tembloroso en el suelo. Su voz, cuando habló, fue baja y serena, el mismo tono que usaba para aprobar presupuestos trimestrales.

—๐—ก๐—ผ ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ด๐—ฎ๐—ป ๐—ฎ๐—พ๐˜‚๐›Šฬ

Salió de la oficina sin mirar atrás. Caminó por el pasillo de la sede con pasos medidos, escuchando cómo los gritos comenzaban de nuevo detrás de él, más agudos y más desesperados, la voz de aquel hombre que ya no era su "mejor amigo", ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ป๐˜‚๐—ป๐—ฐ๐—ฎ ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ, ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ป๐˜‚๐—ป๐—ฐ๐—ฎ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฑ๐—ฟ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐—ฒ๐—ฟ๐—น๐—ผ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ.

Porque esa era la lección, ¿no? Mine había aprendido muy pronto que en este mundo no recibes nada gratis. Y aquella cosa en el suelo de su oficina, ese despojo que gemía entre la sangre y los restos de porcelana, nunca había sido un hermano. ๐—ฆ๐—ผ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐˜‚๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜๐—ฟ๐—ฎ๐˜๐—ผ ๐—บ๐—ฎ๐—น ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฑ๐—ฎ๐—ฐ๐˜๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ, ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ถ๐—ป๐˜ƒ๐—ฒ๐—ฟ๐˜€๐—ถ๐—ผฬ๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป ๐—ฟ๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ถ๐—บ๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ผ๐˜€ ๐—ป๐—ฒ๐—ด๐—ฎ๐˜๐—ถ๐˜ƒ๐—ผ๐˜€, ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ฝ๐—ฎฬ๐—ด๐—ถ๐—ป๐—ฎ ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป ๐—ฒ๐—น ๐—น๐—ฎ๐—ฟ๐—ด๐—ผ ๐—ฒ๐˜…๐—ฝ๐—ฒ๐—ฑ๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ฟ๐—ฎ๐˜‡๐—ผ๐—ป๐—ฒ๐˜€ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐— ๐—ถ๐—ป๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ๐—ท๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ฐ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฒ๐—ฟ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—น๐—ผ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜‡๐—ผ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฟ๐—ฒ ๐—ต๐—ผ๐—บ๐—ฏ๐—ฟ๐—ฒ๐˜€ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฑ๐›Šฬ๐—ฎ๐—ป ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ ๐—ฎ๐—น๐—ด๐—ผ ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐˜๐—ฟ๐—ฎ๐—ป๐˜€๐—ฎ๐—ฐ๐—ฐ๐—ถ๐—ผ๐—ป๐—ฒ๐˜€.
Mine había aprendido la lección antes de cumplir los veinte años, en las aulas de la universidad donde sus compañeros heredaban imperios mientras él se conformaba con ganarse una beca. El mundo, descubrió, no funcionaba con méritos, sino con conexiones. Podías ser el hombre más brillante de una sala, y aún así no significaba nada. No en la yakuza. Allí, los lazos de sangre se forjaban con la certeza de que el hombre a tu lado estaría dispuesto a ๐—ฐ๐—ผ๐—ฟ๐˜๐—ฎ๐—ฟ๐˜€๐—ฒ ๐˜‚๐—ป ๐—ฑ๐—ฒ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐˜๐—ถ. Mine lo sabía antes de dar el primer paso. Así que, como todo en su vida, lo planificó con la meticulosidad de quien no puede permitirse un error. Investigó durante meses. Pagó a informantes que bebían su salario en whisky barato, consultó archivos judiciales que el resto del mundo había olvidado, rastreó nombres que nadie más recordaba hasta dar con uno. Un hombre que había sido parte de un clan menor en los márgenes del Tojo, ๐—ฎ๐—น๐—ด๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ป ๐˜๐—ฎ๐—ป ๐—ถ๐—ฟ๐—ฟ๐—ฒ๐—น๐—ฒ๐˜ƒ๐—ฎ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐˜€๐˜‚ ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐—ฝ๐—ถ๐—ฎ ๐—ณ๐—ฎ๐—บ๐—ถ๐—น๐—ถ๐—ฎ ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฎ๐—ฏ๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐—ป๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ ๐˜€๐˜‚ ๐˜€๐˜‚๐—ฒ๐—ฟ๐˜๐—ฒ cuando la justicia lo atrapó. El cargo hizo que hasta los yakuzas más endurecidos fruncieran el ceño cuando Mine mencionó el nombre en voz baja. ๐—”๐—ฐ๐—ผ๐˜€๐—ผ ๐—ฆ๐—ฒ๐˜…๐˜‚๐—ฎ๐—น. La condena había sido larga, el escarnio público implacable, la vergüenza tan absoluta que el hombre salió de prisión sin un solo contacto al que recurrir. Perfecto, pensó Mine. ๐—”๐—น๐—ด๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ป ๐˜๐—ฎ๐—ป ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฐ๐—ถ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ผ๐˜€ ๐—ป๐—ผ ๐˜๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ฟ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—ผ๐—ฝ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ๐—ป ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ฎ๐—ณ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฟ๐˜€๐—ฒ ๐—ฎ ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ป ๐—น๐—ฒ ๐˜๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—น๐—ฎ ๐—บ๐—ฎ๐—ป๐—ผ. La primera vez que lo vio fue en una sala de visitas penitenciaria, el hombre era más bajo de lo que esperaba, con un cuerpo que la cárcel no había hecho más que engordar, un rostro inflamado por los años de mala comida y peor trato, y una mirada que alternaba entre la desconfianza del animal acorralado y una sumisión ๐—ฐ๐—ฎ๐˜€๐—ถ ๐˜ƒ๐—ฒ๐—ฟ๐—ด๐—ผ๐—ป๐˜‡๐—ผ๐˜€๐—ฎ. Cuando Mine se acercó, los otros reclusos que compartían el espacio se alejaron como si el aire a su alrededor estuviera contaminado. Sintió el estómago revolverse, una náusea agria que le subió por la garganta y que solo pudo contener apretando la mandíbula con una fuerza que le hizo crujir los dientes. Aquel hombre era lo más bajo que podía encontrarse en la sociedad japonesa, un paria entre los parias, tan repulsivo que incluso los asesinos y los estafadores le daban la espalda. Y Mine sonrió. Extendió la mano con la palma hacia arriba, un gesto de apertura que había ensayado frente al espejo durante semanas, y dijo las palabras que había construido con cuidado. Habló de oportunidades, de segundas chances, de cómo alguien con su conocimiento del mundo exterior y alguien con la experiencia del hombre dentro podían construir algo juntos. Su voz no tembló y su gesto no se quebró. ๐—ก๐—ถ ๐˜€๐—ถ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—ฐ๐˜‚๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ ๐—น๐—ฎ ๐—บ๐—ฎ๐—ป๐—ผ ๐˜€๐˜‚๐—ฑ๐—ผ๐—ฟ๐—ผ๐˜€๐—ฎ ๐˜† ๐—ฑ๐—ฒ๐—บ๐—ฎ๐˜€๐—ถ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฐ๐—ฎ๐—น๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฑ๐—ฒ๐—น ๐—ฒ๐˜…๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜ƒ๐—ถ๐—ฐ๐˜๐—ผ ๐—ฎ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐˜๐—ผฬ ๐—น๐—ฎ ๐˜€๐˜‚๐˜†๐—ฎ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ฒ๐—ณ๐˜‚๐˜€๐—ถ๐˜ƒ๐—ถ๐—ฑ๐—ฎ๐—ฑ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—น๐—ฒ ๐—ต๐—ถ๐˜‡๐—ผ ๐˜€๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ถ๐—ฟ ๐—ฐ๐—ผ๐—บ๐—ผ ๐˜€๐—ถ ๐—ฒ๐˜€๐˜๐˜‚๐˜ƒ๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐˜๐—ผ๐—ฐ๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ๐—น๐—ด๐—ผ ๐—ฝ๐˜‚๐˜๐—ฟ๐—ฒ๐—ณ๐—ฎ๐—ฐ๐˜๐—ผ. Durante meses, Mine se obligó a estar presente. A escuchar las mismas historias aburridas sobre sus conquistas, los mismos chistes vulgares que hacían que sus subordinados más leales desviaran la mirada con incomodidad cuando el hombre reía demasiado fuerte en los bares de Kabukichล. A pagar las cuentas, primero las pequeñas, luego las grandes. Un apartamento aquí, un coche allá, dinero para "inversiones" que nunca se materializaban en nada excepto en deudas más grandes. Cada vez que el hombre lo llamaba "hermano" con esa voz untuosa, Mine sentía algo retorcerse en su interior, ๐˜‚๐—ป ๐—ฎ๐—ป๐—ถ๐—บ๐—ฎ๐—น ๐—ฎ๐˜€๐—พ๐˜‚๐—ฒ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ฎ๐—ฟ๐—ฎ๐—ปฬƒ๐—ฎ๐—ฏ๐—ฎ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜€๐˜‚ ๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ผฬ๐—บ๐—ฎ๐—ด๐—ผ. Pero sostenía la sonrisa, apretaba el hombro del otro con un gesto de camaradería que había ensayado tantas veces que se había vuelto mecánico. Esperaba, pues aquel ๐—–๐—˜๐—ฅ๐——๐—ข era el único que podía brindarle contactos. Lo que no esperaba, lo que ningún plan financiero ni análisis de riesgo podría haber previsto, fue el momento en que algo dentro de él se dobló. Ocurrió una noche de lluvia, en un callejón detrás de un izakaya donde habían estado bebiendo hasta que las luces de neón empezaron a parpadear como estrellas moribundas. El hombre estaba ebrio, más de lo habitual, apoyado contra la pared húmeda mientras Mine fingía buscar su teléfono para pedir un taxi. Y entonces, entre balbuceos y eructos, las palabras salieron. —Somos hermanos jurados, Yoshitaka. Hermanos. Juntos hasta la muerte, ¿entiendes? ๐—›๐—ฎ๐˜€๐˜๐—ฎ ๐—น๐—ฎ ๐—บ๐˜‚๐—ฒ๐—ฟ๐˜๐—ฒ. La lluvia caía sobre los hombros de Mine, empapando la tela cara de su abrigo, y por un instante, solo un pequeño instante que después repasaría en su memoria cientos de veces, ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐—ป๐˜๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐˜€๐—ฒ ๐˜€๐—ถ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐—ถ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ๐—น๐—ด๐—ผ ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฎ๐—น ๐—ผ ๐˜€๐—ถ๐—บ๐—ฝ๐—น๐—ฒ๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€๐—ฒ๐˜€๐—ฝ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ๐—ป... Mine sintió algo. Una pequeña calidez, una pequeña grieta en los muros que el habia construido con tanto cuidado. Tal vez, pensó mientras miraba al hombre tambaleante bajo la lluvia, ๐˜๐—ฎ๐—น ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜‡ ๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ฎ ๐—ฐ๐—ผ๐˜€๐—ฎ ๐—ด๐—ฟ๐—ผ๐˜๐—ฒ๐˜€๐—ฐ๐—ฎ ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฎ๐—น๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—น๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ๐—ฐ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฒ๐—ป ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ๐—ถ๐—ผ. Tal vez todos los gestos, las borracheras compartidas, las conversaciones sin sentido sobre el futuro, tal vez todo eso había construido algo real. Algo que Mine nunca había tenido. Fue un pensamiento pasajero, duró lo que el parpadeo de una luciérnaga en verano. A la mañana siguiente, cuando el hombre llamó para pedir más dinero con la misma voz de siempre y la misma falta de vergüenza, Mine ya había enterrado ese momento en lo más profundo de su mente. La traición llegó tres meses después, aunque en retrospectiva, Mine sabía que había estado gestándose desde el primer día. Un trato. Algo grande, algo que pondría a la Familia Hakuho en una posición de poder dentro del Clan. El hombre había insistido en participar, en demostrar que era más que la mascota que los otros clanes susurraban a sus espaldas. Mine aceptó, a pesar de cada instinto que le gritaba que no lo hiciera. ๐—ง๐—ฎ๐—น ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜‡, ๐˜€๐—ฒ ๐—ฑ๐—ถ๐—ท๐—ผ, ๐˜๐—ฎ๐—น ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜‡ ๐—ฎ๐˜€๐›Šฬ ๐—ฒ๐—น ๐˜ƒ๐›Šฬ๐—ป๐—ฐ๐˜‚๐—น๐—ผ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜€๐˜๐—ฟ๐˜‚๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ๐—ท๐—ฎ๐—ฟ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ ๐˜€๐—ผ๐—น๐—ผ ๐—ฝ๐—ฎ๐—น๐—ฎ๐—ฏ๐—ฟ๐—ฎ๐˜€ ๐—ฒ๐—ฏ๐—ฟ๐—ถ๐—ฎ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป ๐˜‚๐—ป ๐—ฐ๐—ฎ๐—น๐—น๐—ฒ๐—ท๐—ผฬ๐—ป. La emboscada fue perfectamente ejecutada. Las luces de los vehículos, las armas desenfundadas, los gritos de los hombres de Mine cayendo alrededor. Y el hombre que debía cubrirle la espalda, aquel al que había sacado de la cárcel, ๐—ฎ๐—น ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ถ๐—ฑ๐—ผ, ๐—ฎ๐—น๐—ถ๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ, ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐˜๐—ฒ๐—ด๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฏ๐˜‚๐—ฟ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—น๐—ผ๐˜€ ๐—ฑ๐—ฒ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—ฐ๐—น๐—ฎ๐—ป๐—ฒ๐˜€, ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€๐—ฎ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ ๐—ฒ๐—ป ๐—น๐—ฎ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐—ณ๐˜‚๐˜€๐—ถ๐—ผฬ๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฒ๐—น ๐—ฑ๐—ถ๐—ป๐—ฒ๐—ฟ๐—ผ. Con todo. Mine recordaba haber sangrado esa noche, arrastrándose por un callejón distinto al de la promesa de hermanos jurados, con un tajo en el costado que le enseñó lo que era estar realmente solo. No lo buscó, no envió hombres tras él, no hizo nada excepto esperar. Y Mine Yoshitaka sabía esperar como nadie. Había esperado años para construir su imperio financiero, había esperado décadas para encontrar un lugar al que pertenecer, había esperado toda una vida para dejar de sentirse como el niño huérfano que miraba desde afuera. Podía esperar unos meses más, después de todo, Mine se convenció así mismo de que ๐—น๐—ฎ ๐˜ƒ๐—ฒ๐—ป๐—ด๐—ฎ๐—ป๐˜‡๐—ฎ ๐—ฒ๐˜€ ๐˜‚๐—ป ๐—ท๐˜‚๐—ฒ๐—ด๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜๐—ผ๐—ป๐˜๐—ผ๐˜€. El hombre volvió cuando el dinero se acabó. Volvió con la misma sonrisa untuosa, la misma falta de vergüenza, los mismos gestos de camaradería... y Mine sonrió. Le dio la bienvenida, puso una mano en su hombro y dijo que entendía, que eran tiempos difíciles, que los hermanos se perdonan. Cada palabra era un cuchillo que enterraba en su propia carne, pero la sonrisa no se movió ni un milímetro. Dejó que el hombre creyera que había triunfado, que la traición había sido olvidada, que su lugar junto al futuro patriarca seguía intacto. Le prestó dinero cuando lo pidió, asintió con la cabeza cuando el hombre hablaba de sus planes grandiosos, rió cuando contaba sus chistes vulgares. Cada interacción era una prueba de resistencia, un ejercicio de control tan exquisito que a veces Mine se sorprendía a sí mismo, ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐—ป๐˜๐—ฎฬ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐˜€๐—ฒ ๐˜€๐—ถ ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฎ๐—น๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—ต๐˜‚๐—บ๐—ฎ๐—ป๐—ผ ๐—ผ ๐˜€๐—ผ๐—น๐—ผ ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—บ๐—ฎฬ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ป๐—ฎ ๐—ฑ๐—ถ๐˜€๐—ณ๐—ฟ๐—ฎ๐˜‡๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ต๐—ผ๐—บ๐—ฏ๐—ฟ๐—ฒ. Pero la paciencia, como todo en la vida, tenía un límite. Fue una tarde cualquiera. Mine estaba en su oficina de la sede de la Familia Hakuho, repasando informes trimestrales que prometían ganancias récord, cuando el hombre irrumpió sin anunciarse. Ya había estado bebiendo, el aliento a shลchลซ llegó antes que él, impregnando el aire con ese olor agrio que Mine había aprendido a identificar como presagio de problemas. Y entonces comenzó.. Primero fueron las acusaciones: Que Mine le debía más, que lo había mantenido en una posición baja a propósito para humillarlo, que él había puesto su vida en riesgo por el clan y qué había recibido a cambio. La voz del hombre crecía en volumen y en absurdez, cada palabra más inflamada que la anterior, hasta que el traqueteo de los muebles al ser empujados se sumó al ruido. Una lámpara de mesa de porcelana china, una pieza que Mine había adquirido en una subasta en Kioto, valorada en más de lo que aquel cerdo había ganado en toda su vida, voló contra la pared y estalló en fragmentos blancos. Un portarretratos con una fotografía que Mine ni siquiera recordaba haber colocado allí siguió el mismo camino. Luego un jarrón, luego un monitor... —¡ME DEBES TODO! —el grito del hombre resonó entre las paredes de caoba, sus puños golpeando el escritorio donde Mine todavía estaba sentado, observando con una calma que parecía sobrenatural—. ¡TODO EL DINERO, MINE! ¡Y TUS HOMBRES! ¡ME CANSÉ DE ESTA MIERDA! ¡VOY A ARMAR UNA GUERRA SI NO ME DAS LO QUE ME CORRESPONDE! Sus manos gordezuelas se cerraron sobre el borde del escritorio, volcando la taza de té que Mine había estado bebiendo momentos antes. El líquido caliente se derramó sobre los informes, arruinando horas de trabajo meticuloso. Y fue eso, de todas las cosas, lo que hizo que algo en los ojos de Mine cambiara. No fue la amenaza de guerra, no fue la destrucción de sus pertenencias. Fue el té sobre los informes. ๐—˜๐—น ๐—ด๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ผ ๐—ฝ๐—ฒ๐—พ๐˜‚๐—ฒ๐—ปฬƒ๐—ผ, ๐—ฐ๐—ฎ๐˜€๐—ถ ๐—ถ๐—ป๐˜€๐—ถ๐—ด๐—ป๐—ถ๐—ณ๐—ถ๐—ฐ๐—ฎ๐—ป๐˜๐—ฒ, ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐—น๐—ฎ๐—ฏ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ณ๐—ฎ๐—น๐˜๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ฟ๐—ฒ๐˜€๐—ฝ๐—ฒ๐˜๐—ผ ๐˜๐—ฎ๐—ป ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐—ณ๐˜‚๐—ป๐—ฑ๐—ฎ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ป๐—ถ ๐˜€๐—ถ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—บ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฐ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ. El hombre seguía gritando, su cara congestionada hasta adquirir un tono púrpura, la saliva volando de sus labios mientras enumeraba todas las formas en que Mine le había fallado. No había notado cómo la sonrisa de Mine, esa sonrisa que había sostenido durante dos años enteros, había desaparecido de su rostro como si nunca hubiera existido. Cuando Mine se levantó de su silla, lo hizo con fluidez, el golpe fue tan rápido que el hombre apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el puño de Mine se hundiera en su estómago blando con precisión. El aire salió de sus pulmones en un gemido húmedo, sus rodillas se doblaron, y luego vino el segundo golpe, y el tercero. ๐—–๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ ๐—ถ๐—บ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฐ๐˜๐—ผ ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—น๐—ถ๐—ฏ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ๐—ป, ๐—ฐ๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ ๐˜€๐—ผ๐—ป๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ต๐˜‚๐—ฒ๐˜€๐—ผ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜๐—ฟ๐—ฎ ๐—ฐ๐—ฎ๐—ฟ๐—ป๐—ฒ ๐˜‚๐—ป ๐—ฒ๐—ฐ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ฎ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐˜€๐—ผ๐—ป๐—ฟ๐—ถ๐˜€๐—ฎ๐˜€ ๐—ณ๐—ฎ๐—น๐˜€๐—ฎ๐˜€, ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ฎ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐—บ๐—ฒ๐˜€๐—ฎ๐˜€ ๐—ฟ๐—ผ๐˜๐—ฎ๐˜€, ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ฎ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ป๐—ผ๐—ฐ๐—ต๐—ฒ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐— ๐—ถ๐—ป๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—บ๐—ถ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ๐—น ๐˜๐—ฒ๐—ฐ๐—ต๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜€๐˜‚ ๐—ฎ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฟ๐˜๐—ฎ๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ผ ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐—ป๐˜๐—ฎฬ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐˜€๐—ฒ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐—พ๐˜‚๐—ฒฬ ๐˜€๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ป๐˜๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ผ ๐—ฒ๐˜€๐—ฒ ๐˜ƒ๐—ฎ๐—ฐ๐›Šฬ๐—ผ ๐—ฎ ๐—ฝ๐—ฒ๐˜€๐—ฎ๐—ฟ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ผ ๐—น๐—ผ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—น๐—ผ๐—ด๐—ฟ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ. La sangre salpicó la manga de su traje, pero Mine ni siquiera parpadeó. Sus nudillos ardían, y el dolor era casi agradable, desestresante diría. Cuando el hombre yacía en el suelo, entre los restos de porcelana y los papeles manchados de té, emitiendo sonidos que ya no eran palabras sino gemidos, Mine se enderezó. Tomó un pañuelo de su bolsillo interior y se limpió los nudillos meticulosidad. Sólo entonces, con un gesto casi perezoso de su mano, ๐—น๐—น๐—ฎ๐—บ๐—ผฬ ๐—ฎ ๐˜€๐˜‚๐˜€ ๐˜€๐˜‚๐—ฏ๐—ผ๐—ฟ๐—ฑ๐—ถ๐—ป๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ๐˜€. Dos hombres en traje negro aparecieron en el marco de la puerta, sus rostros perfectamente impasibles, esperando instrucciones. Mine los miró, y luego desvió la vista hacia el bulto tembloroso en el suelo. Su voz, cuando habló, fue baja y serena, el mismo tono que usaba para aprobar presupuestos trimestrales. —๐—ก๐—ผ ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ด๐—ฎ๐—ป ๐—ฎ๐—พ๐˜‚๐›Šฬ Salió de la oficina sin mirar atrás. Caminó por el pasillo de la sede con pasos medidos, escuchando cómo los gritos comenzaban de nuevo detrás de él, más agudos y más desesperados, la voz de aquel hombre que ya no era su "mejor amigo", ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ป๐˜‚๐—ป๐—ฐ๐—ฎ ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ, ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ป๐˜‚๐—ป๐—ฐ๐—ฎ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฑ๐—ฟ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐—ฒ๐—ฟ๐—น๐—ผ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ. Porque esa era la lección, ¿no? Mine había aprendido muy pronto que en este mundo no recibes nada gratis. Y aquella cosa en el suelo de su oficina, ese despojo que gemía entre la sangre y los restos de porcelana, nunca había sido un hermano. ๐—ฆ๐—ผ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐˜‚๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜๐—ฟ๐—ฎ๐˜๐—ผ ๐—บ๐—ฎ๐—น ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฑ๐—ฎ๐—ฐ๐˜๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ, ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ถ๐—ป๐˜ƒ๐—ฒ๐—ฟ๐˜€๐—ถ๐—ผฬ๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป ๐—ฟ๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ถ๐—บ๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ผ๐˜€ ๐—ป๐—ฒ๐—ด๐—ฎ๐˜๐—ถ๐˜ƒ๐—ผ๐˜€, ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ฝ๐—ฎฬ๐—ด๐—ถ๐—ป๐—ฎ ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป ๐—ฒ๐—น ๐—น๐—ฎ๐—ฟ๐—ด๐—ผ ๐—ฒ๐˜…๐—ฝ๐—ฒ๐—ฑ๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ฟ๐—ฎ๐˜‡๐—ผ๐—ป๐—ฒ๐˜€ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐— ๐—ถ๐—ป๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ๐—ท๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ฐ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฒ๐—ฟ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—น๐—ผ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜‡๐—ผ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฟ๐—ฒ ๐—ต๐—ผ๐—บ๐—ฏ๐—ฟ๐—ฒ๐˜€ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฑ๐›Šฬ๐—ฎ๐—ป ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ ๐—ฎ๐—น๐—ด๐—ผ ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐˜๐—ฟ๐—ฎ๐—ป๐˜€๐—ฎ๐—ฐ๐—ฐ๐—ถ๐—ผ๐—ป๐—ฒ๐˜€.
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