Lo intenté más de una vez.
Apagar la luz.
Cerrar el telón.
Silenciar su voz.
No quise cortarme.
Hay algo en la sangre… algo sagrado e impresionante.
Demasiado vivo.
Demasiado teatral.
El rojo sobre mi piel no me da paz.
El rojo me recuerda a él, a lo que me hizo.
A su mirada cuando me abre.
A la forma en que observa la carne como si fuera una extensión de su lienzo.
Fui cobarde.
Asalté la mesa de noche de mi madre.
Siempre huele a jabón y flores secas.
Guarda el elixir de amapola junto a la talquera.
“Dos gotas debajo de la lengua para dormir toda la noche.”
La voz del doctor aún flotaba en mi memoria.
Tan clínico. Tan seguro. Tan definitivo.
Tomé cuanto había en la botella.
Estaba nueva.
Me gustó ese detalle.
Algo intacto por última vez.
El líquido era dulce y cálido.
Engañosamente suave.
Como una manta de pelo en una noche de invierno.
Y pronto el mundo empezó a desdibujarse.
Sentí ligera la cabeza.
Mis extremidades se hicieron blandas, como si ya no me pertenecieran.
Y entonces… paz.
Una paz espesa.
Profunda.
Real.
Recuerdo la sensación de hundirme en mí mismo.
De no poder abrir los ojos.
De no poder mover los dedos.
De no tener que sostener mi propio peso.
Incluso la falta de aire me arropaba, me anestesiaba.
Fue hermoso.
Hasta que dejó de serlo.
El tirón en mi hombro me arrancó de la tumba.
La gravedad regresó de golpe.
El aire quemó al volver.
No gritaba. Nunca grita.
Es más peligroso que eso.
Su fuerza me volteó boca abajo.
Sus dedos en mi garganta.
Mi cuerpo traicionándome.
Expulsando lo que yo había decidido tragar.
No funcionó.
Ni siquiera la muerte me pertenece.
Él no me dejará morir.
Soy demasiado suyo para desaparecer.
Ahora el agua tibia me cubre el rostro.
Resbala por mis párpados cerrados.
Se acumula en mis oídos y me aísla del mundo.
Aquí abajo todo es más calmo.
Más amable.
La falta de aire no duele.
Acaricia.
Promete.
Me tienta con la misma dulzura que la amapola.
Me susurra que esta vez podría ser distinto.
Pero lo sé.
Lo sé.
Aunque contenga el aliento hasta que el pecho arda,
aunque deje que el agua me abrace,
aunque el mundo vuelva a oscurecerse...
Él llegará.
Me reclamará.
No me dejará morir.
No me dejará ser libre.
Apagar la luz.
Cerrar el telón.
Silenciar su voz.
No quise cortarme.
Hay algo en la sangre… algo sagrado e impresionante.
Demasiado vivo.
Demasiado teatral.
El rojo sobre mi piel no me da paz.
El rojo me recuerda a él, a lo que me hizo.
A su mirada cuando me abre.
A la forma en que observa la carne como si fuera una extensión de su lienzo.
Fui cobarde.
Asalté la mesa de noche de mi madre.
Siempre huele a jabón y flores secas.
Guarda el elixir de amapola junto a la talquera.
“Dos gotas debajo de la lengua para dormir toda la noche.”
La voz del doctor aún flotaba en mi memoria.
Tan clínico. Tan seguro. Tan definitivo.
Tomé cuanto había en la botella.
Estaba nueva.
Me gustó ese detalle.
Algo intacto por última vez.
El líquido era dulce y cálido.
Engañosamente suave.
Como una manta de pelo en una noche de invierno.
Y pronto el mundo empezó a desdibujarse.
Sentí ligera la cabeza.
Mis extremidades se hicieron blandas, como si ya no me pertenecieran.
Y entonces… paz.
Una paz espesa.
Profunda.
Real.
Recuerdo la sensación de hundirme en mí mismo.
De no poder abrir los ojos.
De no poder mover los dedos.
De no tener que sostener mi propio peso.
Incluso la falta de aire me arropaba, me anestesiaba.
Fue hermoso.
Hasta que dejó de serlo.
El tirón en mi hombro me arrancó de la tumba.
La gravedad regresó de golpe.
El aire quemó al volver.
No gritaba. Nunca grita.
Es más peligroso que eso.
Su fuerza me volteó boca abajo.
Sus dedos en mi garganta.
Mi cuerpo traicionándome.
Expulsando lo que yo había decidido tragar.
No funcionó.
Ni siquiera la muerte me pertenece.
Él no me dejará morir.
Soy demasiado suyo para desaparecer.
Ahora el agua tibia me cubre el rostro.
Resbala por mis párpados cerrados.
Se acumula en mis oídos y me aísla del mundo.
Aquí abajo todo es más calmo.
Más amable.
La falta de aire no duele.
Acaricia.
Promete.
Me tienta con la misma dulzura que la amapola.
Me susurra que esta vez podría ser distinto.
Pero lo sé.
Lo sé.
Aunque contenga el aliento hasta que el pecho arda,
aunque deje que el agua me abrace,
aunque el mundo vuelva a oscurecerse...
Él llegará.
Me reclamará.
No me dejará morir.
No me dejará ser libre.
Lo intenté más de una vez.
Apagar la luz.
Cerrar el telón.
Silenciar su voz.
No quise cortarme.
Hay algo en la sangre… algo sagrado e impresionante.
Demasiado vivo.
Demasiado teatral.
El rojo sobre mi piel no me da paz.
El rojo me recuerda a él, a lo que me hizo.
A su mirada cuando me abre.
A la forma en que observa la carne como si fuera una extensión de su lienzo.
Fui cobarde.
Asalté la mesa de noche de mi madre.
Siempre huele a jabón y flores secas.
Guarda el elixir de amapola junto a la talquera.
“Dos gotas debajo de la lengua para dormir toda la noche.”
La voz del doctor aún flotaba en mi memoria.
Tan clínico. Tan seguro. Tan definitivo.
Tomé cuanto había en la botella.
Estaba nueva.
Me gustó ese detalle.
Algo intacto por última vez.
El líquido era dulce y cálido.
Engañosamente suave.
Como una manta de pelo en una noche de invierno.
Y pronto el mundo empezó a desdibujarse.
Sentí ligera la cabeza.
Mis extremidades se hicieron blandas, como si ya no me pertenecieran.
Y entonces… paz.
Una paz espesa.
Profunda.
Real.
Recuerdo la sensación de hundirme en mí mismo.
De no poder abrir los ojos.
De no poder mover los dedos.
De no tener que sostener mi propio peso.
Incluso la falta de aire me arropaba, me anestesiaba.
Fue hermoso.
Hasta que dejó de serlo.
El tirón en mi hombro me arrancó de la tumba.
La gravedad regresó de golpe.
El aire quemó al volver.
No gritaba. Nunca grita.
Es más peligroso que eso.
Su fuerza me volteó boca abajo.
Sus dedos en mi garganta.
Mi cuerpo traicionándome.
Expulsando lo que yo había decidido tragar.
No funcionó.
Ni siquiera la muerte me pertenece.
Él no me dejará morir.
Soy demasiado suyo para desaparecer.
Ahora el agua tibia me cubre el rostro.
Resbala por mis párpados cerrados.
Se acumula en mis oídos y me aísla del mundo.
Aquí abajo todo es más calmo.
Más amable.
La falta de aire no duele.
Acaricia.
Promete.
Me tienta con la misma dulzura que la amapola.
Me susurra que esta vez podría ser distinto.
Pero lo sé.
Lo sé.
Aunque contenga el aliento hasta que el pecho arda,
aunque deje que el agua me abrace,
aunque el mundo vuelva a oscurecerse...
Él llegará.
Me reclamará.
No me dejará morir.
No me dejará ser libre.