Tal y como había advertido, pues no bromeaba con lo que salía de su boca, había tenido entrenando a sus compañeras hasta altas horas sin dejarlas partir a descansar hasta que la luna casi llegó a lo alto... Casi, a agradecer que había sido lo suficientemente benévola para dejarlas partir entonces y no cuando la luna estuviera en su punto más alto como había dicho que haría.
Estaba cansada, pues resultaba agotador tener que tratar con todo un ejército se inútiles... Aunque siempre le habían resultado medio patéticas, ahora se pasaban de inútiles. Aunque no estuvo del todo segura si era el intenso entrenamiento lo que la había dejado agotada o era más bien un cansancio mental pues tampoco había dejado de darle vueltas en la cabeza al asunto de la reunión de Adán en el infierno.
— ¿Bajar para una reunión? Tsk... —
Había murmurado entre dientes en su retorno a su habitación. No recordaba el primer hombre accediera a una cosa como esa tan fácil, incluso recordaba que si utilizaba hologramas era para no tener que llevar su pura presencia a un lugar tan desagradable a excepción de los exterminios pues era divertido.
Suponía que era otro truco de los demonios ¿Cómo no? Era beneficioso para ellos, además de que el arcángel había mencionado su tendencia a ir solo ¿Qué mejor ocasión para ellos que no podían ascender que aprovechar la soledad en la reunión para seguirle lavandole el cerebro? Por fortuna ahora había le había concedido el permiso de acompañarle y pese a que tendría que mantenerse en su lugar y no abrir la boca, al menos podría asegurarse, estando siempre a su lado, de que nadie podría seguir hechizandolo.
Suspiró, desviando su mirada al cielo estrellado. Tan solo un manto nocturno despejado con pequeños puntos brillantes adornando... Luego observó el camino que la llevaba a su cuarto. Frunció el ceño, de todas formas no tenía sueño y necesitaba despejar la mente por lo que, desplegando sus alas y alzando el vuelo, desvió su camino en otra dirección. Una que ocasionalmente tomaba de forma solitaria y en su mayoría a altas horas de la noche.
Sobrevolando la ciudad celestial, traspasó la vivaz animosidad de la ciudad dejando las luces y la civilización detrás, yendo incluso más lejos que las área de las exterminadoras. Las luces comenzaron a apagarse y los ruidos desaparecer tan solo quedándole como compañía el sonido de algún grillo distante o la luz de la luna como su única guía en lo que la oscuridad la rodeaba, más no la asustaba. Pues la oscuridad que bañaba el cielo no era más peligrosa que un mar calmado, tan sólo silencioso y solitario pero sin verdaderas amenazas que se escondieran entre sus sombras. Aún así no estaría a oscuras tanto tiempo pues pronto una luz brillante le llegaría, casi tan cegador como un faro para quien no lo conociera, una luz que al acercarse tomaría la forma de un árbol. Una planta que deslumbraba elegancia y delicadeza pero que también se veía antiguo.
Sus alas se batieron para detenerse y luego sus pies tocaron la tierra reseca bajo ella. Un páramo, un desierto cuya una fuente de vida parecía ser aquella planta frente a ella pues no era otro sino el árbol de la vida.
En silencio y con cuidado se acercó hasta su grueso tronco, apenas con cauteloso cuidado tocando su corteza un momento en lo que tomaba aire y suspiraba. Tal vez una forma de rendirle respeto antes de volver a volar, esta vez con más calma, hasta poder ascender a una de las tantas ramas y sentarse en ella. Desde allí observó el cielo estrellado cuyas estrellas parecían incluso estar más cerca que antes, más brillantes. Suspirando esbozó una sonrisa aprovechando la calma silenciosa que la rodeaba para aclarar su mente y eliminar sus preocupaciones
Estaba cansada, pues resultaba agotador tener que tratar con todo un ejército se inútiles... Aunque siempre le habían resultado medio patéticas, ahora se pasaban de inútiles. Aunque no estuvo del todo segura si era el intenso entrenamiento lo que la había dejado agotada o era más bien un cansancio mental pues tampoco había dejado de darle vueltas en la cabeza al asunto de la reunión de Adán en el infierno.
— ¿Bajar para una reunión? Tsk... —
Había murmurado entre dientes en su retorno a su habitación. No recordaba el primer hombre accediera a una cosa como esa tan fácil, incluso recordaba que si utilizaba hologramas era para no tener que llevar su pura presencia a un lugar tan desagradable a excepción de los exterminios pues era divertido.
Suponía que era otro truco de los demonios ¿Cómo no? Era beneficioso para ellos, además de que el arcángel había mencionado su tendencia a ir solo ¿Qué mejor ocasión para ellos que no podían ascender que aprovechar la soledad en la reunión para seguirle lavandole el cerebro? Por fortuna ahora había le había concedido el permiso de acompañarle y pese a que tendría que mantenerse en su lugar y no abrir la boca, al menos podría asegurarse, estando siempre a su lado, de que nadie podría seguir hechizandolo.
Suspiró, desviando su mirada al cielo estrellado. Tan solo un manto nocturno despejado con pequeños puntos brillantes adornando... Luego observó el camino que la llevaba a su cuarto. Frunció el ceño, de todas formas no tenía sueño y necesitaba despejar la mente por lo que, desplegando sus alas y alzando el vuelo, desvió su camino en otra dirección. Una que ocasionalmente tomaba de forma solitaria y en su mayoría a altas horas de la noche.
Sobrevolando la ciudad celestial, traspasó la vivaz animosidad de la ciudad dejando las luces y la civilización detrás, yendo incluso más lejos que las área de las exterminadoras. Las luces comenzaron a apagarse y los ruidos desaparecer tan solo quedándole como compañía el sonido de algún grillo distante o la luz de la luna como su única guía en lo que la oscuridad la rodeaba, más no la asustaba. Pues la oscuridad que bañaba el cielo no era más peligrosa que un mar calmado, tan sólo silencioso y solitario pero sin verdaderas amenazas que se escondieran entre sus sombras. Aún así no estaría a oscuras tanto tiempo pues pronto una luz brillante le llegaría, casi tan cegador como un faro para quien no lo conociera, una luz que al acercarse tomaría la forma de un árbol. Una planta que deslumbraba elegancia y delicadeza pero que también se veía antiguo.
Sus alas se batieron para detenerse y luego sus pies tocaron la tierra reseca bajo ella. Un páramo, un desierto cuya una fuente de vida parecía ser aquella planta frente a ella pues no era otro sino el árbol de la vida.
En silencio y con cuidado se acercó hasta su grueso tronco, apenas con cauteloso cuidado tocando su corteza un momento en lo que tomaba aire y suspiraba. Tal vez una forma de rendirle respeto antes de volver a volar, esta vez con más calma, hasta poder ascender a una de las tantas ramas y sentarse en ella. Desde allí observó el cielo estrellado cuyas estrellas parecían incluso estar más cerca que antes, más brillantes. Suspirando esbozó una sonrisa aprovechando la calma silenciosa que la rodeaba para aclarar su mente y eliminar sus preocupaciones
Tal y como había advertido, pues no bromeaba con lo que salía de su boca, había tenido entrenando a sus compañeras hasta altas horas sin dejarlas partir a descansar hasta que la luna casi llegó a lo alto... Casi, a agradecer que había sido lo suficientemente benévola para dejarlas partir entonces y no cuando la luna estuviera en su punto más alto como había dicho que haría.
Estaba cansada, pues resultaba agotador tener que tratar con todo un ejército se inútiles... Aunque siempre le habían resultado medio patéticas, ahora se pasaban de inútiles. Aunque no estuvo del todo segura si era el intenso entrenamiento lo que la había dejado agotada o era más bien un cansancio mental pues tampoco había dejado de darle vueltas en la cabeza al asunto de la reunión de Adán en el infierno.
— ¿Bajar para una reunión? Tsk... —
Había murmurado entre dientes en su retorno a su habitación. No recordaba el primer hombre accediera a una cosa como esa tan fácil, incluso recordaba que si utilizaba hologramas era para no tener que llevar su pura presencia a un lugar tan desagradable a excepción de los exterminios pues era divertido.
Suponía que era otro truco de los demonios ¿Cómo no? Era beneficioso para ellos, además de que el arcángel había mencionado su tendencia a ir solo ¿Qué mejor ocasión para ellos que no podían ascender que aprovechar la soledad en la reunión para seguirle lavandole el cerebro? Por fortuna ahora había le había concedido el permiso de acompañarle y pese a que tendría que mantenerse en su lugar y no abrir la boca, al menos podría asegurarse, estando siempre a su lado, de que nadie podría seguir hechizandolo.
Suspiró, desviando su mirada al cielo estrellado. Tan solo un manto nocturno despejado con pequeños puntos brillantes adornando... Luego observó el camino que la llevaba a su cuarto. Frunció el ceño, de todas formas no tenía sueño y necesitaba despejar la mente por lo que, desplegando sus alas y alzando el vuelo, desvió su camino en otra dirección. Una que ocasionalmente tomaba de forma solitaria y en su mayoría a altas horas de la noche.
Sobrevolando la ciudad celestial, traspasó la vivaz animosidad de la ciudad dejando las luces y la civilización detrás, yendo incluso más lejos que las área de las exterminadoras. Las luces comenzaron a apagarse y los ruidos desaparecer tan solo quedándole como compañía el sonido de algún grillo distante o la luz de la luna como su única guía en lo que la oscuridad la rodeaba, más no la asustaba. Pues la oscuridad que bañaba el cielo no era más peligrosa que un mar calmado, tan sólo silencioso y solitario pero sin verdaderas amenazas que se escondieran entre sus sombras. Aún así no estaría a oscuras tanto tiempo pues pronto una luz brillante le llegaría, casi tan cegador como un faro para quien no lo conociera, una luz que al acercarse tomaría la forma de un árbol. Una planta que deslumbraba elegancia y delicadeza pero que también se veía antiguo.
Sus alas se batieron para detenerse y luego sus pies tocaron la tierra reseca bajo ella. Un páramo, un desierto cuya una fuente de vida parecía ser aquella planta frente a ella pues no era otro sino el árbol de la vida.
En silencio y con cuidado se acercó hasta su grueso tronco, apenas con cauteloso cuidado tocando su corteza un momento en lo que tomaba aire y suspiraba. Tal vez una forma de rendirle respeto antes de volver a volar, esta vez con más calma, hasta poder ascender a una de las tantas ramas y sentarse en ella. Desde allí observó el cielo estrellado cuyas estrellas parecían incluso estar más cerca que antes, más brillantes. Suspirando esbozó una sonrisa aprovechando la calma silenciosa que la rodeaba para aclarar su mente y eliminar sus preocupaciones