La Cámara del Cuarto Guardián: Zepharion, el Arquitecto del Viento y la Percepción
La puerta de cristal se desvaneció como humo, y Yukine y Lidica fueron absorbidos por una corriente invisible. La cámara no tenía forma. Era un espacio suspendido entre dimensiones, donde el tiempo se fragmentaba y la realidad se reescribía con cada respiración.
En el centro, flotando como una idea sin cuerpo, apareció Zepharion, el Guardián del Aire. Su figura era un remolino de viento, luz y reflejos. No tenía rostro, pero su presencia era abrumadora.
—“El aire no tiene límites. Tampoco los tiene la ilusión. ¿Qué queda de ustedes… cuando todo lo que creen se desvanece?”
Zepharion alzó sus brazos, y el mundo se rompió. Yukine y Lidica fueron separados por ráfagas de viento que los lanzaron a dimensiones paralelas.
- Yukine apareció en una versión del Castillo donde nunca se transformó. Era un mago oscuro, temido por todos, solo y vacío.
- Lidica se vio como una asesina sin propósito, que había traicionado a Yukine por poder.
Ambos comenzaron a luchar contra sus propias versiones. Cada golpe que recibían no solo dolía físicamente, sino que borraba fragmentos de su memoria real.
Yukine olvidó por momentos por qué luchaba. Lidica dudó de su misión.
Zepharion se alimentaba de esa confusión. El aire se volvía más denso, más cortante. Cada palabra que intentaban pronunciar se desvanecía antes de salir.
Cuando Yukine intentó lanzar un hechizo de estabilización, Zepharion lo atrapó en una corriente de vacío. Su magia fue absorbida por el viento, sellada en una esfera de cristal flotante.
—“Tu magia es inútil aquí. El viento no obedece a fórmulas.”
Lidica, al intentar atacar con sus dagas, fue atrapada por una ráfaga que envolvió sus extremidades. Su agilidad fue anulada. Su cuerpo se volvió pesado, torpe.
—“Tu cuerpo es solo una ilusión. Tu agilidad… es mía.”
Ambos cayeron al suelo, sin poder usar sus habilidades. El Guardián los rodeó con corrientes que los elevaron y los lanzaron al vacío.
Yukine y Lidica despertaron en un abismo sin fondo. No había luz, ni sonido, ni forma. Solo viento. Un viento que susurraba:
“Ríndanse. No son nada. No tienen poder. No tienen propósito.”
Yukine, sin magia, sintió que su transformación había sido inútil.
Que todo lo que había hecho solo lo había alejado de sí mismo.
Lidica, sin fuerza, sintió que su lucha no tenía sentido.
Que su hermana había muerto por nada. Que ella misma era solo una sombra.
Ambos cerraron los ojos. El viento los envolvía. El abismo los reclamaba.
Justo cuando todo parecía perdido, una luz tenue apareció en sus pensamientos.
- Yukine vio a su maestro, sonriendo, diciéndole: “Tu magia no está en tus manos. Está en tu decisión de cambiar.”
- Lidica vio a su hermana, viva, abrazándola, susurrando: “Tu fuerza no está en tus dagas. Está en tu corazón.”
Las visiones no eran ilusiones. Eran recuerdos puros, invulnerables al viento. Energía emocional que no podía ser manipulada.
Yukine sintió una chispa en su pecho. No era magia convencional. Era voluntad pura.
Lidica sintió que su cuerpo respondía no por agilidad, sino por convicción.
Yukine y Lidica se levantaron. Sin magia. Sin armas. Solo con lo que eran.
- Yukine canalizó su energía vital en un hechizo sin palabras, una onda de intención que rompió la esfera que sellaba su magia.
- Lidica, con las manos desnudas, corrió entre las corrientes, guiada por el recuerdo de su hermana, y atravesó el núcleo de viento con un salto imposible.
Zepharion gritó. No por dolor, sino por incredulidad.
—“¡No pueden vencerme sin poder!”
—“No te vencimos con poder.” —dijo Yukine.
—“Te vencimos con propósito.” —respondió Lidica.
El viento se detuvo. La cámara se deshizo. El aire volvió a ser solo aire.
Ante ellos apareció el Amuleto del Destino, flotando en una esfera de luz. No era solo un artefacto. Era el reflejo de todo lo que habían superado.
Yukine y Lidica, heridos, agotados, pero más unidos que nunca, lo tomaron juntos.
—“Ahora estamos listos.” —dijo Yukine.
—“Para enfrentar al Señor de las Sombras.” —concluyó Lidica.
Y el castillo tembló. Porque los verdaderos héroes… habían despertado.
La puerta de cristal se desvaneció como humo, y Yukine y Lidica fueron absorbidos por una corriente invisible. La cámara no tenía forma. Era un espacio suspendido entre dimensiones, donde el tiempo se fragmentaba y la realidad se reescribía con cada respiración.
En el centro, flotando como una idea sin cuerpo, apareció Zepharion, el Guardián del Aire. Su figura era un remolino de viento, luz y reflejos. No tenía rostro, pero su presencia era abrumadora.
—“El aire no tiene límites. Tampoco los tiene la ilusión. ¿Qué queda de ustedes… cuando todo lo que creen se desvanece?”
Zepharion alzó sus brazos, y el mundo se rompió. Yukine y Lidica fueron separados por ráfagas de viento que los lanzaron a dimensiones paralelas.
- Yukine apareció en una versión del Castillo donde nunca se transformó. Era un mago oscuro, temido por todos, solo y vacío.
- Lidica se vio como una asesina sin propósito, que había traicionado a Yukine por poder.
Ambos comenzaron a luchar contra sus propias versiones. Cada golpe que recibían no solo dolía físicamente, sino que borraba fragmentos de su memoria real.
Yukine olvidó por momentos por qué luchaba. Lidica dudó de su misión.
Zepharion se alimentaba de esa confusión. El aire se volvía más denso, más cortante. Cada palabra que intentaban pronunciar se desvanecía antes de salir.
Cuando Yukine intentó lanzar un hechizo de estabilización, Zepharion lo atrapó en una corriente de vacío. Su magia fue absorbida por el viento, sellada en una esfera de cristal flotante.
—“Tu magia es inútil aquí. El viento no obedece a fórmulas.”
Lidica, al intentar atacar con sus dagas, fue atrapada por una ráfaga que envolvió sus extremidades. Su agilidad fue anulada. Su cuerpo se volvió pesado, torpe.
—“Tu cuerpo es solo una ilusión. Tu agilidad… es mía.”
Ambos cayeron al suelo, sin poder usar sus habilidades. El Guardián los rodeó con corrientes que los elevaron y los lanzaron al vacío.
Yukine y Lidica despertaron en un abismo sin fondo. No había luz, ni sonido, ni forma. Solo viento. Un viento que susurraba:
“Ríndanse. No son nada. No tienen poder. No tienen propósito.”
Yukine, sin magia, sintió que su transformación había sido inútil.
Que todo lo que había hecho solo lo había alejado de sí mismo.
Lidica, sin fuerza, sintió que su lucha no tenía sentido.
Que su hermana había muerto por nada. Que ella misma era solo una sombra.
Ambos cerraron los ojos. El viento los envolvía. El abismo los reclamaba.
Justo cuando todo parecía perdido, una luz tenue apareció en sus pensamientos.
- Yukine vio a su maestro, sonriendo, diciéndole: “Tu magia no está en tus manos. Está en tu decisión de cambiar.”
- Lidica vio a su hermana, viva, abrazándola, susurrando: “Tu fuerza no está en tus dagas. Está en tu corazón.”
Las visiones no eran ilusiones. Eran recuerdos puros, invulnerables al viento. Energía emocional que no podía ser manipulada.
Yukine sintió una chispa en su pecho. No era magia convencional. Era voluntad pura.
Lidica sintió que su cuerpo respondía no por agilidad, sino por convicción.
Yukine y Lidica se levantaron. Sin magia. Sin armas. Solo con lo que eran.
- Yukine canalizó su energía vital en un hechizo sin palabras, una onda de intención que rompió la esfera que sellaba su magia.
- Lidica, con las manos desnudas, corrió entre las corrientes, guiada por el recuerdo de su hermana, y atravesó el núcleo de viento con un salto imposible.
Zepharion gritó. No por dolor, sino por incredulidad.
—“¡No pueden vencerme sin poder!”
—“No te vencimos con poder.” —dijo Yukine.
—“Te vencimos con propósito.” —respondió Lidica.
El viento se detuvo. La cámara se deshizo. El aire volvió a ser solo aire.
Ante ellos apareció el Amuleto del Destino, flotando en una esfera de luz. No era solo un artefacto. Era el reflejo de todo lo que habían superado.
Yukine y Lidica, heridos, agotados, pero más unidos que nunca, lo tomaron juntos.
—“Ahora estamos listos.” —dijo Yukine.
—“Para enfrentar al Señor de las Sombras.” —concluyó Lidica.
Y el castillo tembló. Porque los verdaderos héroes… habían despertado.
La Cámara del Cuarto Guardián: Zepharion, el Arquitecto del Viento y la Percepción
La puerta de cristal se desvaneció como humo, y Yukine y Lidica fueron absorbidos por una corriente invisible. La cámara no tenía forma. Era un espacio suspendido entre dimensiones, donde el tiempo se fragmentaba y la realidad se reescribía con cada respiración.
En el centro, flotando como una idea sin cuerpo, apareció Zepharion, el Guardián del Aire. Su figura era un remolino de viento, luz y reflejos. No tenía rostro, pero su presencia era abrumadora.
—“El aire no tiene límites. Tampoco los tiene la ilusión. ¿Qué queda de ustedes… cuando todo lo que creen se desvanece?”
Zepharion alzó sus brazos, y el mundo se rompió. Yukine y Lidica fueron separados por ráfagas de viento que los lanzaron a dimensiones paralelas.
- Yukine apareció en una versión del Castillo donde nunca se transformó. Era un mago oscuro, temido por todos, solo y vacío.
- Lidica se vio como una asesina sin propósito, que había traicionado a Yukine por poder.
Ambos comenzaron a luchar contra sus propias versiones. Cada golpe que recibían no solo dolía físicamente, sino que borraba fragmentos de su memoria real.
Yukine olvidó por momentos por qué luchaba. Lidica dudó de su misión.
Zepharion se alimentaba de esa confusión. El aire se volvía más denso, más cortante. Cada palabra que intentaban pronunciar se desvanecía antes de salir.
Cuando Yukine intentó lanzar un hechizo de estabilización, Zepharion lo atrapó en una corriente de vacío. Su magia fue absorbida por el viento, sellada en una esfera de cristal flotante.
—“Tu magia es inútil aquí. El viento no obedece a fórmulas.”
Lidica, al intentar atacar con sus dagas, fue atrapada por una ráfaga que envolvió sus extremidades. Su agilidad fue anulada. Su cuerpo se volvió pesado, torpe.
—“Tu cuerpo es solo una ilusión. Tu agilidad… es mía.”
Ambos cayeron al suelo, sin poder usar sus habilidades. El Guardián los rodeó con corrientes que los elevaron y los lanzaron al vacío.
Yukine y Lidica despertaron en un abismo sin fondo. No había luz, ni sonido, ni forma. Solo viento. Un viento que susurraba:
“Ríndanse. No son nada. No tienen poder. No tienen propósito.”
Yukine, sin magia, sintió que su transformación había sido inútil.
Que todo lo que había hecho solo lo había alejado de sí mismo.
Lidica, sin fuerza, sintió que su lucha no tenía sentido.
Que su hermana había muerto por nada. Que ella misma era solo una sombra.
Ambos cerraron los ojos. El viento los envolvía. El abismo los reclamaba.
Justo cuando todo parecía perdido, una luz tenue apareció en sus pensamientos.
- Yukine vio a su maestro, sonriendo, diciéndole: “Tu magia no está en tus manos. Está en tu decisión de cambiar.”
- Lidica vio a su hermana, viva, abrazándola, susurrando: “Tu fuerza no está en tus dagas. Está en tu corazón.”
Las visiones no eran ilusiones. Eran recuerdos puros, invulnerables al viento. Energía emocional que no podía ser manipulada.
Yukine sintió una chispa en su pecho. No era magia convencional. Era voluntad pura.
Lidica sintió que su cuerpo respondía no por agilidad, sino por convicción.
Yukine y Lidica se levantaron. Sin magia. Sin armas. Solo con lo que eran.
- Yukine canalizó su energía vital en un hechizo sin palabras, una onda de intención que rompió la esfera que sellaba su magia.
- Lidica, con las manos desnudas, corrió entre las corrientes, guiada por el recuerdo de su hermana, y atravesó el núcleo de viento con un salto imposible.
Zepharion gritó. No por dolor, sino por incredulidad.
—“¡No pueden vencerme sin poder!”
—“No te vencimos con poder.” —dijo Yukine.
—“Te vencimos con propósito.” —respondió Lidica.
El viento se detuvo. La cámara se deshizo. El aire volvió a ser solo aire.
Ante ellos apareció el Amuleto del Destino, flotando en una esfera de luz. No era solo un artefacto. Era el reflejo de todo lo que habían superado.
Yukine y Lidica, heridos, agotados, pero más unidos que nunca, lo tomaron juntos.
—“Ahora estamos listos.” —dijo Yukine.
—“Para enfrentar al Señor de las Sombras.” —concluyó Lidica.
Y el castillo tembló. Porque los verdaderos héroes… habían despertado.
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