El aroma del pan recién horneado la tomó por sorpresa.
Frieren se detuvo en la entrada de la pequeña panadería, su mirada perdida en el aire. No era la primera vez que pasaba por un lugar así, pero algo en ese instante particular—quizás la mezcla precisa de levadura, harina tostada y mantequilla derretida—le despertó un recuerdo.
—"¿Tienes hambre, Frieren?" —la voz de Himmel resonó en su mente con claridad, como si él estuviera justo a su lado.
Era una tarde similar, décadas atrás, cuando habían llegado a un pueblo tras una larga caminata. Himmel se detuvo ante una tienda modesta y se inclinó un poco para observar el escaparate. El vidrio estaba cubierto de vapor, y tras él, una anciana colocaba hogazas doradas en bandejas de madera.
—"Se ven buenos." —dijo Himmel con una sonrisa ligera, los ojos brillando con un entusiasmo casi infantil.
Frieren no respondió de inmediato. En aquel entonces, la comida no le parecía particularmente importante, menos aún el pan, pero Himmel había insistido. Compró varios trozos y se los repartió a los demás. Cuando ella lo mordió, se dio cuenta de que el calor le reconfortaba las manos, y que el sabor—ligeramente dulce—era agradable.
Himmel la observó con atención.
- "Te gusta, ¿verdad?" -
— Supongo. —
- "Sabía que sí." -
Era un recuerdo insignificante, perdido entre los siglos, pero ahora, frente a la panadería, Frieren sintió que algo en su pecho se apretaba con dulzura y melancolía.
Sin pensarlo demasiado, entró y compró una pequeña hogaza, recién salida del horno. Al salir, partió un pedazo y lo probó.
El sabor era diferente.
Pero el calor en sus manos era el mismo.
Frieren se detuvo en la entrada de la pequeña panadería, su mirada perdida en el aire. No era la primera vez que pasaba por un lugar así, pero algo en ese instante particular—quizás la mezcla precisa de levadura, harina tostada y mantequilla derretida—le despertó un recuerdo.
—"¿Tienes hambre, Frieren?" —la voz de Himmel resonó en su mente con claridad, como si él estuviera justo a su lado.
Era una tarde similar, décadas atrás, cuando habían llegado a un pueblo tras una larga caminata. Himmel se detuvo ante una tienda modesta y se inclinó un poco para observar el escaparate. El vidrio estaba cubierto de vapor, y tras él, una anciana colocaba hogazas doradas en bandejas de madera.
—"Se ven buenos." —dijo Himmel con una sonrisa ligera, los ojos brillando con un entusiasmo casi infantil.
Frieren no respondió de inmediato. En aquel entonces, la comida no le parecía particularmente importante, menos aún el pan, pero Himmel había insistido. Compró varios trozos y se los repartió a los demás. Cuando ella lo mordió, se dio cuenta de que el calor le reconfortaba las manos, y que el sabor—ligeramente dulce—era agradable.
Himmel la observó con atención.
- "Te gusta, ¿verdad?" -
— Supongo. —
- "Sabía que sí." -
Era un recuerdo insignificante, perdido entre los siglos, pero ahora, frente a la panadería, Frieren sintió que algo en su pecho se apretaba con dulzura y melancolía.
Sin pensarlo demasiado, entró y compró una pequeña hogaza, recién salida del horno. Al salir, partió un pedazo y lo probó.
El sabor era diferente.
Pero el calor en sus manos era el mismo.
El aroma del pan recién horneado la tomó por sorpresa.
Frieren se detuvo en la entrada de la pequeña panadería, su mirada perdida en el aire. No era la primera vez que pasaba por un lugar así, pero algo en ese instante particular—quizás la mezcla precisa de levadura, harina tostada y mantequilla derretida—le despertó un recuerdo.
—"¿Tienes hambre, Frieren?" —la voz de Himmel resonó en su mente con claridad, como si él estuviera justo a su lado.
Era una tarde similar, décadas atrás, cuando habían llegado a un pueblo tras una larga caminata. Himmel se detuvo ante una tienda modesta y se inclinó un poco para observar el escaparate. El vidrio estaba cubierto de vapor, y tras él, una anciana colocaba hogazas doradas en bandejas de madera.
—"Se ven buenos." —dijo Himmel con una sonrisa ligera, los ojos brillando con un entusiasmo casi infantil.
Frieren no respondió de inmediato. En aquel entonces, la comida no le parecía particularmente importante, menos aún el pan, pero Himmel había insistido. Compró varios trozos y se los repartió a los demás. Cuando ella lo mordió, se dio cuenta de que el calor le reconfortaba las manos, y que el sabor—ligeramente dulce—era agradable.
Himmel la observó con atención.
- "Te gusta, ¿verdad?" -
— Supongo. —
- "Sabía que sí." -
Era un recuerdo insignificante, perdido entre los siglos, pero ahora, frente a la panadería, Frieren sintió que algo en su pecho se apretaba con dulzura y melancolía.
Sin pensarlo demasiado, entró y compró una pequeña hogaza, recién salida del horno. Al salir, partió un pedazo y lo probó.
El sabor era diferente.
Pero el calor en sus manos era el mismo.
