Frieren caminaba por las calles de una pequeña aldea, su capa ondeando con la brisa matutina. Los edificios de piedra y madera tenían un aire familiar, pero algo no encajaba. Se detuvo en la esquina de una plaza y frunció el ceño.
Allí, hace muchos años, había encontrado una pequeña tienda de antigüedades. El anciano dueño le había vendido un amuleto que aún guardaba en su bolsa, una pequeña piedra tallada con inscripciones apenas visibles. Recordaba el olor a pergamino viejo, la luz tenue de los faroles dentro del local, y la sonrisa arrugada del mercante cuando le dijo que regresara algún día.
Pero la tienda ya no estaba.
En su lugar, había un jardín cubierto de flores silvestres. La madera del antiguo edificio había desaparecido, y solo quedaban rastros de un viejo cimiento enterrado en la tierra. Un grupo de niños jugaba cerca, sin saber que ahí alguna vez hubo un lugar lleno de historias.
La elfa suspiró. El tiempo no se detenía para nadie, ni siquiera para ella.
Sacó el amuleto de su bolsa, girándolo entre sus dedos por un instante, antes de guardarlo de nuevo y continuar su camino.
Allí, hace muchos años, había encontrado una pequeña tienda de antigüedades. El anciano dueño le había vendido un amuleto que aún guardaba en su bolsa, una pequeña piedra tallada con inscripciones apenas visibles. Recordaba el olor a pergamino viejo, la luz tenue de los faroles dentro del local, y la sonrisa arrugada del mercante cuando le dijo que regresara algún día.
Pero la tienda ya no estaba.
En su lugar, había un jardín cubierto de flores silvestres. La madera del antiguo edificio había desaparecido, y solo quedaban rastros de un viejo cimiento enterrado en la tierra. Un grupo de niños jugaba cerca, sin saber que ahí alguna vez hubo un lugar lleno de historias.
La elfa suspiró. El tiempo no se detenía para nadie, ni siquiera para ella.
Sacó el amuleto de su bolsa, girándolo entre sus dedos por un instante, antes de guardarlo de nuevo y continuar su camino.
Frieren caminaba por las calles de una pequeña aldea, su capa ondeando con la brisa matutina. Los edificios de piedra y madera tenían un aire familiar, pero algo no encajaba. Se detuvo en la esquina de una plaza y frunció el ceño.
Allí, hace muchos años, había encontrado una pequeña tienda de antigüedades. El anciano dueño le había vendido un amuleto que aún guardaba en su bolsa, una pequeña piedra tallada con inscripciones apenas visibles. Recordaba el olor a pergamino viejo, la luz tenue de los faroles dentro del local, y la sonrisa arrugada del mercante cuando le dijo que regresara algún día.
Pero la tienda ya no estaba.
En su lugar, había un jardín cubierto de flores silvestres. La madera del antiguo edificio había desaparecido, y solo quedaban rastros de un viejo cimiento enterrado en la tierra. Un grupo de niños jugaba cerca, sin saber que ahí alguna vez hubo un lugar lleno de historias.
La elfa suspiró. El tiempo no se detenía para nadie, ni siquiera para ella.
Sacó el amuleto de su bolsa, girándolo entre sus dedos por un instante, antes de guardarlo de nuevo y continuar su camino.


